La aventura del asesino de metal

Fred Soberhagen

Es curioso como se fijan en la mente las sugerencias, aunque sean pequeñas. La simple mención de «Baker Street» ya es suficiente. Decir «Elemental» es suficiente. Casi es suficiente referirse a alguien como «un hombre alto».

Tenía el cuerpo de un hombre y el cerebro de un diablo electrónico.

Las máquinas de este tipo eran las mejores imitaciones de hombres y mujeres que los berserkers[6], esas máquinas asesinas, habían sido capaces de diseñar y construir. Aun así se podía ver que eran imitaciones cuando se les inspeccionaba de cerca.

—¿Sólo se han encontrado veintinueve? —exigió saber el supervisor de defensa. Sentado en su asiento de combate, miraba al espacio a través de una pantalla semitransparente de información situada ante él. La masa terráquea en la cercanía estaba protegida dentro de los campos de fuerza defensivos de color marrón, los cuales no dejaban ver los colores normales de tierra, agua y aire.

—Sólo veintinueve —llegó la respuesta en el puente de la nave insignia en medio del ruido de chisporroteo eléctrico. La voz continuó—. Y ahora parece estar claro que había treinta en un principio.

—¿Entonces dónde está el que falta?

No hubo respuesta.

Todas las fuerzas defensivas de la Tierra estaban aún en alerta total, aunque el ataque había sido pequeño, nada más que un intento de infiltración, y parecía que había sido repelido con éxito. Los berserkers, supervivientes de una antigua guerra interestelar, eran enemigos mortales de cualquier cosa viviente y el mayor peligro para la humanidad que hubiera revelado el universo.

Una pequeña estela recorrió la superficie marrón de la Tierra, a lo largo de un recorrido que lo llevaría a tan sólo unos cientos de kilómetros de la nave del supervisor. Era la Planta Energética I, un agujero negro domesticado. En tiempo de paz, los billones de habitantes de la Tierra obtenían la mitad de la siempre necesitada energía de aquí. La Planta I era visible a simple vista como una leve distorsión de las estrellas.

Estaba llegando en esos momentos otro informe:

—Estamos registrando el espacio en busca del androide berserker que falta, supervisor.

—¡Y que se os ocurra no hacerlo!

—La nave infiltrante llevaba contenedores acolchados para treinta androides, según se supo por el análisis computerizado de los restos. Debemos suponer que todos los contenedores estaban ocupados.

El tono del supervisor dejaba entrever que era una cuestión de vida o muerte.

—¿Existe alguna posibilidad de que la unidad que falta haya pasado vuestras líneas y haya llegado a la superficie?

—Negativo, supervisor —hubo una corta pausa—. Por lo menos no en nuestra época.

—¿Nuestra época? ¿Qué significa eso? ¿Cómo podría…? El agujero negro pasó a su lado en un abrir y cerrar de ojos. No estaba realmente domesticado, aunque esta era una palabra reconfortante, y los humanos la aplicaban frecuentemente. Digamos que estaba controlado en mayor o menor medida.

Supongamos —y teniendo en cuenta el lugar de la escaramuza, la suposición no es improbable— que el androide berserker número treinta fuera lanzado, por algún error en el combate, directamente contra la Planta I. Era fácil que hubiera entrado en el agujero negro. Según las teorías más recientes, existe la posibilidad de que hubiera sobrevivido para reemerger intacto al universo, lanzado fuera del agujero con su misma imagen tangible en un estallido de radiación de partículas virtuales.

La teoría sostiene que si este fuera el caso, la reemergencia tendría que ocurrir antes de caerse dentro. El supervisor dio órdenes contundentes. Sus computadoras en la Tierra, en el Conglomerado de Defensa de la Tierra, empezaron en seguida a resolver el problema con la máxima prioridad. ¿Qué podía hacer un solo androide berserker a la Tierra? Seguramente no demasiado. Pero para el supervisor y aquellos que trabajaban bajo su mando, la defensa era una tarea sagrada. El templo de la seguridad de la Tierra estaba siendo profanado.

La máquina tardó once minutos en dar las primeras respuestas.

—El número treinta entró en el agujero negro, señor. Ni el enemigo ni nosotros podíamos haber previsto tal resultado, pero…

—¿Cuál es la probabilidad de que el androide haya emergido intacto?

—Por el extraño ángulo de entrada, aproximadamente un sesenta y nueve por ciento.

—¿Tan alto?

—Y hay una probabilidad del cuarenta y nueve por ciento de que alcance la superficie de la Tierra en condiciones funcionales, en algún momento de nuestro pasado. Sin embargo, las computadoras se muestran optimistas. Teniendo en cuenta que el ingenio enemigo debió estar programado para un ataque repentino sobre nuestra sociedad presente, no es probable que pueda causar demasiado daño en otro tiempo y lugar, donde…

—Tiene usted un vacío de orden intergaláctico en el cráneo. Yo le diré a usted y a sus computadoras cuándo podemos empezar a sentirnos optimistas. Mientras tanto, consígame más datos.

La siguiente noticia de la Tierra llegó a los veinte minutos.

—Hay una probabilidad del noventa y dos por ciento de que el aterrizaje del androide sobre la superficie, si es que ocurrió, fuera dentro de un radio de doscientos kilómetros de las coordenadas cincuenta y un grados, once minutos, latitud Norte; cero grados, siete minutos, longitud Oeste.

—¿Y la época?

—Noventa y ocho por ciento de probabilidad de que fuera el uno de enero de mil ochocientos ochenta, Era Cristiana, más menos diez años estándar.

Un trozo del planeta Tierra, una isla nubosa, fue presentado en la pantalla del supervisor.

—¿Acción recomendada?

El ED del Conglomerado tardó una hora y media en dar respuesta a esta pregunta.

Los dos primeros voluntarios perecieron en sendos intentos de lanzamiento antes de que se pudiera mejorar el método lo suficiente como para que las probabilidades de supervivencia fueran razonables. Cuando el tercer hombre se hallaba preparado fue llamado poco antes del lanzamiento para tener un encuentro privado con el supervisor.

El supervisor lo miró de arriba a abajo, fijándose en su extraña vestimenta, peinado y demás. No preguntó si el voluntario estaba preparado, sino que empezó a decir con franqueza:

—Se ha confirmado ya que, independientemente de que pierda o gane en el pasado, nunca podrá volver a esta época.

—Sí, señor. Ya suponía que ese era el caso.

—Muy bien —el supervisor consultó los datos que tenía extendidos ante él—. Todavía no estamos seguros de cómo está armado el enemigo. Algo refinado, sin duda, adaptado para el sabotaje en la Tierra de nuestra época…, además de la fuerza física sobrehumana y la velocidad a las que tendrá que enfrentarse. Deberá tener en cuenta que está equipado con lanzarrayos que pueden mermar su mente. Están las bombas modelo, diseñadas para desactivar nuestros computadores de defensa, alimentándolos con información aleatoria. Siempre deberá tener presente la posibilidad de guerra bacteriológica. ¿Lleva su equipo médico? Sí, ya veo. Claro que también existe la posibilidad de encontrarse algo nuevo.

—Sí, señor —el voluntario parecía estar tan preparado como cualquier otro pudiera estarlo. El supervisor se acercó con los brazos abiertos para el ritual abrazo de despedida.

Sacudiéndose la lluvia londinense sacó su reloj como si estuviera mirando la hora, y se quedó en la acera delante del teatro como si estuviera esperando a un amigo. Era un instrumento que, además del ruidoso tic-tac, emitía una vibración silenciosa, y esta señal indicaba que la máquina enemiga estaba cerca. Probablemente estaba en un radio de cincuenta metros.

Un cartel pegado en la puerta del teatro decía:

—El verdadero problema, señor —dijo un caballero con sombrero de copa que estaba conversando con otro en la cercanía—, no está en si la máquina puede ganar o no al ajedrez, sino en si se le puede hacer jugar siquiera.

«No, ése no es el verdadero problema, señor», pensaba el agente del futuro. «Pero considérese afortunado de pensar que sí lo es».

Compró una entrada, entró y tomó un asiento. Cuando se había reunido suficiente audiencia hubo una pequeña conferencia por parte de un hombre bajito en traje de gala, que tenía algo de destructivo y algo de miedo a pesar de la soltura y el humor ensayado de su charla.

Con el tiempo apareció el jugador de ajedrez. Era como una caja del tamaño de una mesa de despacho, con una figura sentada detrás. Todo estaba sobre ruedas y fue sacado al escenario por ayudantes. La figura representaba a un hombre enorme vestido de turco. Obviamente era un maniquí que vibraba con el ajetreo del transporte de la mesa, a la que estaba atornillada su silla. Ahora, el agente podía sentir las frenéticas vibraciones de su reloj sin ni siquiera tener que meter la mano en el bolsillo.

El hombre destructivo contó otro chiste, sonrió espantosamente, y luego seleccionó a uno de los jugadores de ajedrez del público que había levantado la mano —entre ellos no estaba el agente— para retar al autómata. El jugador subió al escenario, donde se estaban colocando las piezas sobre una tabla que estaba fijada a la mesa rodante, y se abrieron las puertas de la mesa para mostrar que no había más que maquinaria dentro.

El agente notó que no había velas en la mesa, como había sido el caso del jugador de ajedrez de Maelzel hace algunas décadas. El autómata de Maelzel resultó ser un fraude, claro. Se pusieron velas en la parte exterior para disimular el olor a cera de la vela que necesitaba el hombre que había dentro, entre las ruedas dentadas del autómata, manipulándolo. El año en el cual llegó el agente era aún pronto para la luz eléctrica, al menos para el tipo de luz que fuera lo suficientemente manejable para que pudiera ser de alguna utilidad a un hombre en estas circunstancias. Hay que tener en cuenta que se permitió que el jugador oponente se sentara mucho más cerca de lo que se había permitido en el caso del autómata de Maelzel, y parecía bastante evidente que no había nadie escondido dentro de la caja ni de la figura humana que se hallaba en el escenario.

Por lo tanto…

A lo mejor, si se ponía en pie, el agente podría dispararle limpiamente. ¿Debía apuntar a la caja o a la figura? Y, por otro lado, no sabía lo bien que pudiera estar armado. ¿Quién le pararía si fallaba? Ya había aprendido lo suficiente para sobrevivir en el Londres del siglo XIX. Probablemente ya había matado para conseguir sus propósitos.

No, ahora que había localizado a su enemigo, tenía que planear todo meticulosamente y trabajar pacientemente. Abandonó el teatro pensativamente entre la muchedumbre al acabarse la función y empezó a caminar a pie hacia las habitaciones que había empezado a compartir en Baker Street. Un problema sin trascendencia, cuando fue lanzado hacia el agujero negro, le había costado algo de su equipo, incluyendo la mayoría de su dinero falsificado. No había transcurrido el suficiente tiempo para que su empleo adoptivo empezara a producir ingresos, por lo que estaba en una situación económica más bien precaria por el momento.

Tenía que pensar un plan. Una posibilidad era acercarse al hombrecillo asustado con traje de gala. A estas alturas ya debía de saber con quién estaba tratando. El agente podría acercarse a él disfrazado de…

De repente empezó a sonar el reloj del agente. Era una señal muy distinta a la que previamente había generado. Significaba que el enemigo había conseguido detectar su detector y que estaba siguiendo la señal.

El sudor empezó a mezclarse con la llovizna en la cara del agente mientras empezaba a correr. Debió haberle descubierto en el teatro, aunque entonces no pudo seguramente individualizarlo de la multitud. Evitando los taxis de caballos y un ómnibus, salió de Oxford Street para meterse en Baker Street y luego aminoró la marcha a un caminar rápido durante la corta distancia que le quedaba. No podía tirar el reloj chivato, pues no podría buscar al enemigo sin su ayuda. Pero tampoco se atrevía a seguir con el reloj encima.

Cuando el agente irrumpió en el salón, su compañero levantó la mirada, con su habitual sonrisa superficial, de la tarea de sacar libros de una caja y colocarlos en un estante.

—Oye —dijo el agente con un tono entre el alivio y la urgencia—, me ha surgido algo bastante importante y hay un par de recados que debo hacer en seguida. ¿Te importaría hacerme uno de ellos?

El recado del agente no le llevó más lejos que al otro lado de la calle. Allí, en el portal de Camden House, se escondió, intentando respirar lo más silenciosamente posible. No se había movido cuando, a los tres minutos, se acercaba desde Oxford Street una figura alta que el agente sospechaba no ser humana. Tenía un sombrero que le ocultaba la parte superior de la cara. La parte inferior estaba tapada con unas vendas. Se paró al otro lado de la calle y parecía estar consultando su propio reloj de bolsillo, y luego se volvió para tocar el timbre. Si el agente hubiera estado completamente seguro de que era su presa, le habría disparado por la espalda. Pero sin su reloj tendría que acercarse más para estar absolutamente seguro.

Tras intercambiar unas palabras con la portera, entró. El agente esperó unos dos minutos. Luego llenó los pulmones de aire, se armó de valentía y salió tras él.

Esa cosa que estaba de pie sola en la ventana se volvió para mirar al agente cuando entró en el salón, y ahora no le quedaba la menor duda de lo que era. Los ojos que asomaban por encima de las vendas no eran los ojos de un turco, pero tampoco eran humanos.

Los vendajes hacían de sordina para su voz grave.

—¿Es usted el doctor?

—Ah, usted busca a mi compañero de piso —el agente echó un vistazo hacia la mesa donde había encerrado bajo llave el reloj, una mesa en cuya superficie se hallaba una serie de papeles con el nombre de su compañero de piso—. Ha salido ahora, como puede ver, pero le espero pronto de vuelta. Supongo que usted es uno de sus pacientes.

La cosa dijo con su extraña voz:

—Me han aconsejado venir. Parece ser que el doctor y yo tenemos una serie de experiencias pasadas comunes. La amable portera me permitió pasar para esperarle aquí dentro. Confío en que mi presencia no será un estorbo.

—En absoluto. Por favor, tome asiento, señor…

El agente nunca supo el nombre que había dado el berserker, pues sonó el timbre, dejando la conversación en suspenso. Oyó a la sirvienta que abría la puerta y al cabo de un momento las pisadas de su compañero en la escalera. La máquina de la muerte sacó un pequeño objeto de su bolsillo y se echó a un lado para tener una buena visibilidad de la puerta.

Volviendo la espalda a su enemigo, como con el propósito casual de saludar al hombre que estaba a punto de entrar, el agente sacó disimuladamente de su propio bolsillo una pipa de brezo que era muy funcional, pues servía para otros propósitos que los de fumar. Luego volvió la cabeza y disparó la pipa hacia el berserker por debajo de su sobaco izquierdo.

Era tremendamente rápido para los humanos, pero para ser un berserker, el androide era exageradamente lento y patoso, pues había sido diseñado sobre todo para imitar y no para entrar en duelo. Sus armas se dispararon en el mismo instante.

Las explosiones llenaron el aire y destruyeron al enemigo, estallidos estridentes, aunque limitados en el espacio y prácticamente silenciosos.

El agente también había sido alcanzado. Tambaleándose se dio cuenta con su último pensamiento lúcido del arma que había usado su enemigo —el lanzarrayos mental—. Luego no pudo pensar en absoluto durante un rato. Era apenas consciente de estar de rodillas y de que su compañero de piso acababa de entrar, completamente sorprendido por lo que estaba viendo tras atravesar el umbral.

Al fin, el agente pudo moverse de nuevo, y temblorosamente se guardó su pipa. El cuerpo destrozado del enemigo casi se había vaporizado. Debía estar construido de algún material auto-destruible en caso de ser bravamente dañado, para que la humanidad no pudiera aprender sus secretos. A estas alturas no era más que un charco gaseoso, arremolinándose hacia la ventana abierta donde se mezclaba con la niebla.

El hombre, todavía de pie al lado de la puerta, se había apoyado en la pared para estabilizarse.

—El joyero… no tenía tu reloj —dijo aún boquiabierto.

«He ganado», pensó el agente. Esto no le producía demasiada alegría, pues lo acompañaba el precio que tuvo que pagar para obtener este éxito. Tres cuartas partes de su intelecto se habían desvanecido, el modelo superior de sus conexiones neuronales estaba disperso. No. No disperso. El rayo mental habría reimpuesto sus patrones nerviosos más abajo…, tras esos ojos grises que ahora tenían una mirada penetrante distinta.

—Es obvio que el recado de recoger tu reloj fue una estratagema —dijo su compañero con voz algo dura—. Por otro lado, veo que tu mesa ha sido alterada por alguien que pensaba que era mía —el tono se suavizó algo—. Venga, hombre, no tengo nada contra ti. Tu secreto, si es honorable, no estará en peligro. Pero está claro que no eres lo que aparentas ser.

El agente se levantó, tirándose de los pelos, intentando pensar desesperadamente:

—¿Y usted cómo lo sabe?

—¡Elemental! —dijo el hombre.