VIII

Tardamos varios días en estudiar los mandos en el tablero de la nave. Cada uno estaba marcado con una escritura extraña que nunca habríamos podido descifrar. Pero Raffles, el siempre formidable Raffles, descubrió el mando que desplazaría la nave desde el fondo hasta la superficie, y averiguó el modo de abrir la portilla al exterior. Eso fue todo lo que necesitábamos saber.

Mientras tanto, comimos y bebimos de las provisiones que habían sido adquiridas para alimentar al viejo marinero. La otra comida era nauseabunda, y aunque hubiera sido apetitosa no nos habríamos atrevido ni a probarla. Tres días más tarde, después de sacar el barco remando —la niebla había desaparecido—, vimos cómo la nave, con la portilla abierta, se hundía de nuevo bajo las aguas. Y por lo que yo sé, todavía está allí.

Decidimos no contar nada del bicho y de su nave a las autoridades. No teníamos ningún deseo de pasar tiempo en prisión, por muy patrióticos que fuésemos. A lo mejor se nos habría perdonado por nuestro gran servicio, pero, por otro lado, según Raffles, a lo mejor nos hubieran encerrado de por vida porque las autoridades quisieran mantenerlo en secreto.

Raffles también dijo que la nave probablemente contenía aparatos que, en las manos de Gran Bretaña, habrían asegurado su supremacía. Ya era la nación más potente sobre la tierra, y ¿quién sabe qué caja de Pandora estaríamos abriendo? No sabíamos, claro, que en veintitrés años surgiría la Gran Guerra que mataría a la mayoría de nuestros mejores hombres jóvenes y que nuestra nación empezaría a pertenecer a las de segunda clase.

Una vez en la orilla, tomamos un tren de vuelta a Londres. Allí lanzamos una campaña de un mes que resultó en el robo y la destrucción de todos y cada uno de los huevos-zafiros. Uno había eclosionado, y el bicho había tomado refugio en las paredes de una casa, pero Raffles quemó la casa entera aunque después de evacuar a los ocupantes humanos. Era descorazonador robar joyas que habían costado alrededor de un millón para tener que destruirlas. Pero lo hicimos, y de esta manera se salvó el mundo.

¿Adivinó Holmes algo de la verdad? Pocas cosas escapaban a los ojos grises de ese gavilán y al atento cerebro gris que se hallaba tras ellos. Sospecho que él sabía más de lo que contó a Watson. Por eso Watson afirmó, cuando narró The problem of the thor bridge, que había tres casos en los que Holmes falló por completo.

Estaba el caso de James Phillimore, que volvió a su casa para buscar un paraguas y nunca más fue visto. Estaba el caso de Isadora Persano, quien fue encontrado loco mirando fijamente a una lombriz en una caja de cerillas, una lombriz desconocida para la ciencia. Y el caso del cúter Alicia, que se adentró en una masa de niebla en una clara mañana de primavera y nunca volvió a emerger; ni el barco, ni la tripulación fueron vistos más.