[9] Éste era otro Colegio para estudiantes no graduados de la Universidad de Columbia, pero no era elitista en modo alguno. Hasta entonces no había oído hablar nunca de él y, en toda mi vida desde entonces, jamás he conocido a nadie que lo oyera mencionar, ni mucho menos que haya estudiado allí.

Estaba en Brooklyn, se regía por las mismas normas académicas que el Columbia (aseguró el entrevistador) y durante los cursos tercero y cuarto se me permitiría asistir a algunas clases con los estudiantes del Columbia College. Lo que no dijo, pero que yo descubrí más tarde, fue que el alumnado del Seth Low era fundamentalmente judío e italiano. Así pues, dicho establecimiento servía para dar a los jóvenes brillantes de esas procedencias una educación de Columbia, sin contaminar demasiado a los jóvenes distinguidos del otro Colegio. En aquellos tiempos, los cupos raciales eran algo tan americano como el pastel de manzana.

El Seth Low Junior College no era lo que yo quería pero, ¿qué podía hacer? Asentí tan alegremente como pude y respondí: «De acuerdo».

Intenté explicárselo a mi padre con buena cara cuando salí del edificio, y afirmé con decisión que el Seth Low era «igual de bueno», y mi padre corroboró resueltamente que así era. Sin embargo, yo no lo creía y él tampoco.

Regresamos a casa de mal humor, y mi padre aprovechó aquella rara ausencia de la tienda para ir conmigo al cine. Recuerdo el título de la película: Richelieu, con George Arliss, Edward Arnold y César Romero.

También fuimos a un museo (creo que era el Museo Metropolitano de Arte, pero no estoy seguro). Allí encontramos a Albert Einstein, que también había ido a ver la exposición. Era un hombre inconfundible, y dondequiera que fuese siempre le seguía un pequeño grupo de curiosos, incluidos en esta ocasión mi padre y yo, que mantenían sin embargo una respetuosa distancia. Einstein, que sin duda estaba acostumbrado a esto, no hacía caso. Fue la única vez que le vi, y recuerdo el día más por él que por mi entrevista con los de Columbia.

Mi fracaso en Columbia enfrió bastante la ceremonia de mi graduación en la escuela secundaria, pero siempre me quedaba la ciencia-ficción. Por aquellos días incluso progresé un poco al intervenir en este campo más allá de mi papel como lector meramente pasivo. A mediados de los años treinta, los clubs de ciencia-ficción surgían en todo el país. Por lo menos «Wonder Stories» los patrocinaba, supongo que como medio para aumentar su circulación. También había clubs en la zona de Nueva York, donde participó activamente Sam Moskowitz, por ejemplo, y donde pasaron su adolescencia los grandes escritores y editores de ciencia-ficción del futuro, como Frederik Pohl y Donald A. Wollheim.

Pero mis actividades no iban por ahí. Yo no sabía nada de esto y, aunque lo hubiera sabido, probablemente no me habría servido de nada. Para participar activamente de un club de ciencia-ficción, era preciso invertir varias horas semanales; y yo, entre la escuela y la tienda de golosinas, no disponía de esas horas.

Pero estaba a mi alcance una intervención más modesta. En aquella época, las distintas revistas de ciencia-ficción publicaban largas secciones de cartas al editor, en letra microscópica y en la cubierta posterior de cada ejemplar. Eran páginas que podían llenar sin pagar, y los lectores las encontraban interesantísimas. (Lo mismo les pasaba a los autores, que apreciaban los comentarios de los lectores... sobre todo cuando éstos eran favorables.)

En 1935 intenté, por primera vez, escribir a una de las revistas... Naturalmente, fue «Astounding Stories». Debió ser una carta escrita a mano, pues en 1935 yo no sabía dactilografiar ni tenía acceso a ninguna máquina de escribir, De todos modos, la carta fue publicada. Era una misiva absolutamente normal. En ella comentaba el último número de «Astounding Stories» que había leído, alabando y criticando cuentos y autores con la condescendencia señorial del crítico, y sugería que la revista saliera con los bordes cortados.

A pesar del éxito obtenido al conseguir que me publicaran una carta y ver mi nombre en letra de molde, durante tres años no volví a intentarlo, De hecho, olvidé que había escrito aquella carta.

Pero muchos años después, cuando se comenzó a organizar «First Fandom», cuyos miembros eran elegidos entre quienes hubieran participado activamente en nuestro sector antes de que comenzara la era de Campbell en 1938, los organizadores se pusieron en contacto conmigo. Con tristeza, hube de confesar que, si bien leía ávidamente ciencia-ficción desde algunos años antes de 1938, no había participado activamente. En seguida recordaron la carta de 1935 a «Astounding Stories» y aseguraron que, en mi caso, constituía título suficiente.