[8]

Pero el indígena, al saltar, había atraído la atención de Ham hacia un reborde saliente unos treinta centímetros. Tal vez... Sí, quizá fuese posible utilizar aquella senda para eludir al Pegajoso. Sin duda sería difícil bajo la lluvia de piedras, pero no quedaba otra alternativa.

Soltó a la muchacha para liberar su brazo derecho. Metió otro cargador en la pistola y disparó al azar hacia las sombras que saltaban arriba. La granizada de guijarros cesó un instante y, con un esfuerzo convulsivo y doloroso, Ham arrastró a Patricia hasta el saliente.

Las piedras llovieron de nuevo a su alrededor. Avanzó paso a paso, cruzando exactamente por encima del Pegajoso condenado. ¡Muerte abajo y muerte arriba! Poco a poco salió del paso; arriba, ambos muros reflejaban la luz del sol y ya estaban a salvo.

Al menos él estaba a salvo. La muchacha tal vez había muerto, pensó con desesperación mientras seguía el rastro trazado por el Pegajoso. Cuando salieron a la luz quitó la mascarilla del rostro de la muchacha y observó sus rasgos blancos, fríos como el mármol.

No estaba muerta, sino presa de un sopor producido por los narcóticos. Una hora después volvió en sí, aunque se sentía débil y muy asustada. Lo primero que hizo fue reclamar su mochila.

—Aquí está —contestó Ham—. ¿Qué es eso tan importante que lleva en su mochila? ¿Sus notas?

—¿Mis notas? ¡Oh, no! —un ligero rubor cubrió su rostro—. Eso... es lo que intentaba decirle... se trata de su xixtchil.

—¿Cómo?

—Sí, yo... no la tiré para que se enmoheciera. Es suya, Ham. Muchos traficantes británicos entran en las Tierras Calientes norteamericanas. Rompí la bolsa y oculté la hierba en mi mochila. Los mohos del suelo se hallaban allí porque yo les arrojé algunas ramas... para que pareciera auténtico.

—Pero... pero, ¿por qué?

El rubor se hizo más intenso.

—Quería castigarle —susurró Patricia— por mostrarse tan... tan frío y distante.

—¿Yo? —se asombró Ham—. ¡Usted sí que estaba fría y distante!

—Quizá fue así al principio. Usted entró en mi casa a la fuerza. Pero... Ham, cuando me salvó de la erupción de barro... fue distinto.

Ham se atragantó y, con un gesto brusco, la cobijó entre sus brazos.

—No pienso discutir quién tiene la culpa. Pero hay otra cuestión que arreglaremos en seguida. Iremos a Erotia y allí nos casaremos en una buena iglesia norteamericana, si ya la han construido y, si no es así, nos casará un buen juez norteamericano. No se hable más del Paso del Loco ni de cruzar las Montañas de Eternidad. ¿Está claro?

Patricia miró las vertiginosas cumbres y se estremeció.

—¡Muy claro! —respondió, obediente.

* * *

La revelación de Weinbaum suscitó un período durante el cual todos los autores se dedicaron a divagar sobre extrañas formas de vida. Todos los relatos pasaron a ser epopeyas extraterrestres, aunque nadie lo hacía tan bien como Weinbaum. Cuando empecé a escribir ciencia-ficción, tampoco fui inmune. Aunque prefería poner en acción a seres humanos, alguna vez me atreví con la temática de Weinbaum, por ejemplo en Christmas on Ganymede.

Mi obra más parecida a las de Weinbaum fue de hecho una imitación deliberada del espíritu de El planeta de los parásitos. Me refiero a mi novela de juventud Lucky Starr and the Oceans of Venus, escrita veinte años después que la narración que me inspiró. (No os preocupéis, no la había olvidado.) Es una pena que al progresar nuestros conocimientos astronómicos acerca de Venus, haya desaparecido por completo la posibilidad de que sea un mundo tropical y húmedo. Tanto El planeta de los parásitos como Lucky Starr and the Oceans of Venus quedan hoy ridículamente anticuados.

Los cuentos de ciencia-ficción prestaban cada vez más atención a la verosimilitud científica, En Coloso se hacía caso omiso de que la velocidad de la luz sea limitada. En un cuento posterior, Próxima Centauri de Murray Leinster, publicado en «Astounding Stories» de marzo de 1935, no fue así. El viaje a la estrella más cercana era descrito como una expedición de varios años.