Al margen del tiempo
Mirando retrospectivamente, parece raro que nadie, salvo el profesor Minott, descubriera el asunto. Los indicios eran más que evidentes. A principios de diciembre de 1934, el profesor Michaelson afirmó haber descubierto que la velocidad de la luz no es un límite absoluto ni puede considerarse invariante. Naturalmente, éste fue uno de los primeros indicios de lo que iba a suceder.
El segundo indicio se presentó el 15 de febrero a las 12.40, hora de Greenwich, cuando el Sol emitió un súbito resplandor blanquiazul. En cuestión de cinco minutos, el enorme incremento del índice de radiación aumentó en nueve grados la temperatura de la superficie terrestre. Transcurridos los cinco minutos, el Sol retornó a su tasa normal de radiación sin mostrar otros síntomas anormales.
Luego fueron expuestas muchas teorías por los más famosos científicos, pero ninguna explicación plausible del fenómeno daba cuenta de la ulterior ausencia total de perturbaciones en la fotosfera solar.
Como tercer presagio evidente de los acontecimientos de junio, el diez de marzo la jirafa macho del zoológico de Bronx, en Nueva York, dejó de comer. Durante los nueve días siguientes cambió de forma, retrayendo sus extremidades, incluso el cuello y la cabeza, hasta convertirse en una extraordinaria masa ovalada de carne y hueso aún vivientes, que el décimo día empezó a dividirse espontáneamente, y el decimosegundo quedó convertida en dos masas carnosas que latían débilmente.
Al día siguiente aparecieron en ambas masas unas protuberancias que crecieron y adquirieron forma. Al cabo de veinte días desde el comienzo del fenómeno eran patas, cuellos y cabezas. Dos jirafas idénticas, ambas machos, se movían en el coto de las jirafas. Cada una pesaba algo menos de la mitad que el peso del ejemplar original. Coincidían en todas sus marcas. Comían, se movían y a todos los efectos parecían animales normales, aunque inmaduros.
Desde la República Argentina comunicaron un fenómeno prácticamente igual, pues un novillo de las pampas había pasado por el mismo y extraordinario método de reproducción bajo la mirada incrédula de los científicos argentinos.
Hoy parece increíble que los científicos de 1935 no supieran interpretar estas singularidades. Hoy conocemos qué tipo de tensión las produjo, aunque ya no ocurran. Pero entre enero y junio de 1935, las agencias periodísticas de la nación se vieron inundadas de noticias por el estilo.
El río Ohio fluyó pendiente arriba durante dos días. Durante seis horas, los árboles del parque Euclid de Cleveland agitaron terriblemente sus hojas, como si hubiera una gran tormenta, pese a que no soplaba la menor brisa. Y en Nueva Orleans, hacia fines de mayo, los peces salieron nadando del río Mississippi para luego «ahogarse» en el aire que los sostenía inexplicablemente. Más tarde se volvieron panza arriba y flotaron inertes en un imaginario nivel de agua situado a unos cuatro metros por encima de las calles de la ciudad.
Parece claro que el profesor Minott no fue el único que sospechó el significado de estos —para nosotros— evidentes indicios de los acontecimientos que iban a sobrevenir. El profesor Minott enseñaba matemáticas en la facultad del Robinson College, de Fredericksburg, Virginia. Sabemos que predijo prácticamente todos los hechos que luego asustaron al planeta (y no sólo al nuestro). Pero supo tener cerrada la boca.
El Robinson College era pequeño. Estaba considerado como una universidad «provinciana», sin que esto ofendiese a nadie, salvo a la facultad y a ciertos alumnos puntillosos. Si un humilde profesor de matemáticas como Minott hubiera publicado su teoría, ello ni siquiera habría sido noticia. Se habría catalogado como un acceso de locura. Y, en caso de que alguien hubiera creído en ella, no habría servido sino para aterrorizarle. Por eso guardó silencio.
El profesor Minott poseía valor, obstinación y cierta sangre fría, pero carecía de riquezas e influencia. Tenía algo más que conocimientos generales de física matemática, y sus cálculos mostraban un extraordinario dominio de las leyes probabilísticas; en cambio, tenía muy poca paciencia con los problemas éticos. También sentía una pasión particularmente impetuosa hacia Maida Haynes, hija del profesor de lenguas románicas, aun sin la menor oportunidad de llamar siquiera su atención, pues ello habría significado competir con la mayoría del estudiantado del sexo masculino.
Todas estas explicaciones son necesarias, pues nadie sino una persona como el profesor Minott podría prever lo que estaba a punto de suceder y tomar sus disposiciones como él lo hizo.
Gracias a sus notas sabemos que según sus cálculos, las probabilidades de salvación eran de una entre cuatro, o poco menos. Es realmente una pena que no poseamos los cálculos mismos. Hay muchas cosas que nuestros científicos aún no comprenden. Las notas que dejó el profesor Minott son preciosas, pero hay en ellas evidentes lagunas. Sin duda se llevó la mayor parte de sus anotaciones —y entre éstas las más valiosas— a ese lugar desconocido donde supuestamente vive y trabaja ahora.
Sin duda le divertiría la diligencia con que el menor de sus garabatos es ahora analizado, estudiado y discutido por las mayores inteligencias de nuestro tiempo y espacio. Y es muy probable que haya inventado una palabra para designar la catástrofe a la que hemos escapado. Nosotros todavía no tenemos ninguna.
No hay palabras para describir un desastre que pudo destruir, no sólo la Tierra, sino todo nuestro sistema solar. Y no sólo nuestro sistema solar, sino incluso nuestra galaxia. Y no sólo nuestra galaxia, sino cualquier universo del espacio que conocemos; más aún, pudo destruir todo el espacio tal como ahora lo concebimos, así como el tiempo. Lo cual significaría, no sólo la anulación del presente y el futuro, sino incluso la destrucción del pasado, como si nunca hubiera existido. Sin contar esas extrañas formas de la realidad que hoy conocemos, esos otros universos, esos pasados y futuros alternativos: todo reducido a la nada. No existe palabra para nombrar semejante catástrofe.
Sería interesante saber cómo la llamaba el profesor Minott mientras se preparaba fríamente para explotar aquella única posibilidad de supervivencia entre cuatro, si las cosas sucedían de acuerdo con lo previsto. Pero es más fácil suponer cómo se sintió la víspera del 5 de junio de 1935. No lo sabemos. No podemos saberlo. Sólo podemos estar seguros de lo que sentimos nosotros... y de lo que ocurrió.
Eran las siete y media de la mañana del 5 de junio de 1935. La ciudad de Joplin, Missouri, despertaba del plácido descanso de una noche estival. El rocío brillaba sobre el césped y las hojas, y las telarañas resplandecían como diamante en polvo bajo los primeros rayos del sol. En el barrio oriental, un estudiante de secundaria salió bostezando de su casa para cortar el césped antes de ir a la escuela. Un coche bastante desvencijado pasó a una manzana de distancia. Hubo una explosión, se detuvo y volvió a ponerse en marcha con un ronroneo inseguro. Las voces de los niños resonaban entre las casas. Una lavandera negra caminaba bajo los árboles que flanqueaban la avenida de aquella zona residencial.
Por la ventana de un piso superior, la radio rugía:
—¡Uno, dos, tres, cuatro! ¡Más alto ahora! ¡...tres, cuatro! ¡Con más agilidad ahora! ¡...dos, tres, cuatro!
Súbitamente la radio crepitó y empezó a emitir un aullido penetrante y mecánico, que murió al poco, oyéndose entonces un crujido terrible, como si hubieran estallado diez mil tormentas eléctricas a la vez. Luego quedó en silencio.
El estudiante de secundaria se apoyó perezosamente sobre la manija de la cortadora de césped. En el instante en que calló el altavoz de la radio, el muchacho cayó bruscamente sentado sobre la hierba humedecida por el rocío. La negra se tambaleó y se sujetó frenéticamente al tronco del árbol más cercano. Su cesta cayó y derramó en el suelo una catarata de ropas almidonadas y multicolores. Los niños aullaron de terror, entre gritos agudos de las mujeres.
—¡Terremoto! ¡Terremoto!
Algunos salieron corriendo de las casas. Otro huyó hacia un invernadero, tropezó con una columna y cayó en pijama sobre un rosal. En cuestión de segundos, todos los vecinos de la calle habían salido al aire libre.
Luego hubo un silencio extraño, un instante de estupor. No había sido un terremoto. Ninguna casa se había derrumbado, ni se había resquebrajado ninguna chimenea. Ni vajillas ni cristales sufrieron roturas. La sensación que todos los testigos experimentaron no fue un verdadero estremecimiento del suelo. Sí, se había producido una conmoción de la tierra, pero aquel movimiento no se parecía a nada experimentado anteriormente por ser humano alguno. Aquella conmoción no iba a serles familiar hasta mucho tiempo después. De momento se limitaban a mirarse unos a otros, desconcertados.
En medio del repentino silencio mortal, roto tan sólo por el zumbido de un motor en punto muerto y el llanto de un bebé asustado, se hizo audible un nuevo rumor. Era un ruido de pies en marcha, acompañado de un extraño estrépito metálico. Luego se oyó una voz de mando que, sin lugar a dudas, no había sido pronunciada en inglés.
Por la calle de un barrio de Joplin, Missouri, el 5 de junio del año de gracia de 1935, desfilaba una cohorte de soldados armados con lanzas y escudos, vestidos con las togas cortas de la antigua Roma. Llevaban cubiertas las cabezas con cascos. Miraron a su alrededor con el mismo aire estúpido y azorado con que eran contemplados por los ciudadanos de Joplin. Una larga columna de hombres en marcha surgió a la vista de todos, portando escudo y lanza, y con el aire indefinible de estar acostumbrados a semejantes armas.
Se detuvieron a otra voz de mando. Un hombrecillo avejentado que portaba una espada corta hizo una pregunta a los norteamericanos que miraban. El estudiante de secundaria dio un brinco. El hombrecillo volvió a ladrar su pregunta. El estudiante tartamudeó y articuló dificultosamente algunas sílabas. El hombrecillo gruñó, satisfecho. Hablaba con claridad, aunque en tono de impaciencia. El estudiante se volvió hacia los demás norteamericanos.
—Quiere saber el nombre de esta ciudad —dijo, sin dar crédito a sus propias palabras—. Habla el mismo latín que yo estudio en la escuela. Dice que esta ciudad no figura en los mapas dé carreteras, y que no sabe dónde está. Pero igualmente ha tomado posesión de ella en nombre del emperador Valerius Fabricius, césar de Roma y de los lejanos confines de la tierra. —En ese momento, el estudiante de secundaria tartamudeó—: Di... dice que éstas son las seis primeras cohortes de la Legión Cuadragésimo Segunda, de guarnición en Messalia. Eso..., eso se supone que está a dos días de marcha en esta dirección —apuntó hacia Saint Louis.
El motor que giraba en punto muerto aceleró de súbito. El cambio crujió y el vehículo rodó por la calle. La bocina resonó con energía pidiendo paso por entre los soldados portadores de escudos. Éstos lo contemplaron con la boca abierta. Volvió a tocar la bocina y avanzó hacia ellos.
A una orden repentina se abalanzaron sobre él, esgrimiendo las lanzas y dando tajos con las espadas cortas. Hasta entonces, ni un solo habitante de Joplin había dejado de creer que los lanceros eran extras de cine, una comparsa u otra cosa igualmente delirante, aunque verosímil. Pero no hubo nada fingido en la carga contra el coche. Arremetieron contra él como si se tratara de una bestia feroz, probablemente asesina. Se lanzaron a la batalla con bravura grotesca y temeraria.
Y tampoco fue fingida la escrupulosidad con que atravesaron mediante sus lanzas al señor Horace B. Davis, que sólo pretendía llegar hasta su despacho de corretaje de algodón. Ellos creyeron que conducía aquella bestia extraña para asesinarlos, y por eso le dieron muerte. El estudiante fue testigo, mientras iba palideciendo cada vez más. Cuando un espadachín se acercó al hombre avejentado y le presentó la cabeza cortada del señor Davis, cuyas gafas colgaban grotescamente de una oreja, el estudiante de secundaria se desmayó.
Amaneció el 5 de junio de 1935. Cyrus Harding desayunaba a la pálida luz gris de la mañana. Momentos antes se había sentido muy mareado y enfermo, pero volvía a encontrarse bien. El olor a fritura llenaba la cocina. Su esposa guisaba. Cyrus Harding comía. Vació su plato resoplando glotonamente. Tenía las manos callosas y fatigadas por el trabajo, pero su mueca era de plácida satisfacción. Contempló el calendario colgado en la pared, obsequio navideño de Bryan Feed & Fertilizer Co., de Bryan, Ohio.
—Hoy el alguacil venderá lo de Amos —dijo serenamente—. Supongo que la conseguiré con cuarenta de rebaja.
Su esposa comentó cansadamente:
—Hace un año que te la ofrece.
—Sí —señaló Cyrus Harding, satisfecho de sí mismo—. Y ha rebajado el precio. Pero nadie hará una oferta mejor que la mía durante la subasta. Saben que la quiero y que no soy de buen trato cuando alguien me quita una cosa en mis propias narices. Todos lo saben. La conseguiré mucho más barata que cuando me la ofreció Amos. Quería venderla para pagar los intereses y aguantar otro año. La conseguiré por la mitad.
Se puso en pie y se limpió la cara, dirigiéndose hacia la puerta.
—El jornalero ya debería trabajar en la trilla —señaló expansivamente—. Echaré una mirada y luego iré a la subasta.
Abrió la puerta de la cocina. Luego se quedó boquiabierto. Desde el umbral el panorama era, normalmente, el de un patio de granja no demasiado limpio, y luego tierras de labor llanas como un piso y sembradas hasta la misma cerca. Se veía una prometedora cosecha de maíz con límite en el horizonte.
Ahora el panorama era muy diferente. Hasta el patio de la granja, todo parecía normal. Más allá era el delirio. Enormes helechos arborescentes se alzaban a más de treinta metros. Múltiples ramas cubiertas de follaje formaban un techo increíblemente denso sobre una extraña jungla que ningún hombre de la tierra había contemplado antes. Las selvas de la cuenca del Amazonas eran parques comparadas con aquella espesura. Constituía una inextricable maraña de vegetación donde el crecimiento era lucha, la lucha era vida y la vida un conflicto letal e implacable.
Ningún hombre habría sido capaz de recorrer tres metros a través de semejante selva. De ella brotaba una exhalación fétida que era putrefacción y al mismo tiempo vitalidad fértil, exuberante, así como el intenso perfume de flores resplandecientemente vividas. Era una selva semejante a las que existieron durante el Carbonífero, descritas por los paleobotánicos, y que dieron lugar a nuestras minas de carbón.
—¡No..., no es posible! —balbució débilmente Cyrus Harding—. ¡No..., no es posible!
Su esposa no respondió. No había visto nada. Estaba limpiando con desgana lo que había ensuciado su amo y señor.
Cyrus Harding bajó la escalera de la cocina, tembloroso y con la mirada vidriosa. Avanzó hacia aquella plaga increíble que cubría sus cosechas. La visión no desapareció al acercarse él. Se detuvo a seis metros, con los ojos desorbitados, incrédulo, empezando a suponer que se había vuelto loco.
En ese momento, algo se movió en la jungla. Un largo cuello serpentino de varios metros de diámetro en la base, que se reducía a sólo veintiséis centímetros detrás de una cabeza del tamaño de un barril. El cuello avanzó seis metros hacia él. Unos ojos fríos le miraron con indiferencia. La boca se abrió. Cyrus Harding gritó.
Su esposa levantó la mirada. Miró por la puerta abierta y vio la jungla. Vio las mandíbulas que se llevaban a su esposo. Vio unos ojos colosales y fríos, semicerrados mientras la fiera engullía, se ahogaba y tragaba... Vio en el cuello monstruoso el bulto que descendía desde la parte relativamente delgada próxima a la cabeza hasta la porción más gruesa que asomaba por entre la jungla. Vio que la cabeza se ocultaba en la espesura desapareciendo inmediatamente.
La viuda de Cyrus Harding se puso muy pálida. Tomó el sombrero y salió por la puerta principal, para dirigirse hacia la casa del vecino más cercano. Mientras andaba, se decía serenamente:
—Ha ocurrido. Estoy loca. Tendrán que meterme en el manicomio. Pero ya no tendré que aguantarle. ¡No tendré que aguantarle!
Era mediodía del 5 de junio de 1935, La puerta de la celda se abrió y entró un hombre muy serio, de grandes patillas, que vestía un extraño uniforme gris. Tocó suavemente el hombro del preso.
—Soy el doctor Holloway —dijo en tono melifluo—. Espero que no le moleste explicarme lo que ha ocurrido. Estoy seguro de que todo podrá solucionarse, cómo no.
El preso protestó:
—Pues..., pues... ¡Caray! —se indignó—. Venía yo de Louisville esta mañana. Tuve un mareo y... bien... debí equivocar el camino, pues de súbito lo que me rodeaba me pareció desconocido. Luego me gritó un hombre de uniforme gris; un minuto después empezó a disparar y descubrí que me habían arrestado por llevar la bandera norteamericana pintada en el coche. ¡Soy representante de la empresa Golosinas del Tío Sam y Compañía! ¡Caray! ¿Desde cuándo no puede uno izar la bandera de su país...?
—En su país, cuando quiera —observó el doctor, apacible—. Pero sepa que aquí no permitimos que flamee ninguna bandera salvo la nuestra. Usted ha violado nuestras leyes, claro que sí.
—¿Sus leyes? —el prisionero le miró con expresión estúpida—. ¿Qué leyes? ¿En qué lugar de los Estados Unidos es ilegal ostentar la bandera norteamericana?
—En ningún lugar de los Estados Unidos, claro que no —sonrió el doctor—. Ha debido cruzar la frontera sin darse cuenta, seguro. A decir verdad, al principio creímos que estaba loco. Ahora comprendo que se trata de un error.
—¿Frontera... Estados...? —jadeó el prisionero—. ¿No estoy en los Estados Unidos? ¿No? ¿Dónde demonios estoy?
—A dieciséis kilómetros dentro de los límites de la Confederación —respondió el doctor y rió—. Un extraño error, cómo no. Pero me hago cargo de que no ha querido ofender. Será puesto inmediatamente en libertad. Hay demasiada tensión entre Washington y Richmond, como para que otro incidente fronterizo dé pie a nuestros agitadores.
—¿Confederación? —se atragantó el prisionero—. ¿No estará... no se referirá a los Estados sudistas?
—Por supuesto. Los Estados Confederados de Norteamérica. ¿Qué otra cosa, si no?
El detenido tragó saliva.
—¡Me he... vuelto loco! —tartamudeó—. ¡Debo estar loco! ¿Y lo de Gettysburg...? ¿Y lo de...?
—¿Gettysburg? ¡Ah, sí! —asintió el doctor con indulgencia—. Estamos muy orgullosos de nuestra historia, cómo no. Se refiere a la guerra de Secesión, cuando el destino de la Confederación se jugó en cuestión de diez minutos. A menudo me he preguntado cuál habría sido la continuación si hubiera sido rechazado el ataque de Pickett. Fue la carga esa lo que nos salvó, cómo no, Dos días después, Inglaterra reconoció a la Confederación, Francia lo hizo una semana después y tuvimos crédito ilimitado en el extranjero. ¡Pero aquél sí fue un momento difícil, cómo no!
El prisionero ahogó una exclamación y miró por la ventana. Frente a la cárcel se alzaba lo que, indiscutiblemente, era el palacio de Justicia, coronado por un mástil. ¡Y allí, orgullosa, ondeaba sobre el edificio gubernamental la bandera de la Confederación!
Era la noche del 5 de junio de 1935. El administrador de Correos de North Centerville, Massachusetts, salió de su covachuela para escuchar el relato. La panzuda estufa de la tienda despedía un calorcillo reconfortante, aunque innecesario. El narrador reía entre dientes.
—Sí. Rodearon el cabo, treinta o cuarenta en un bote de dieciocho metros con una extraña vela cuadrada. En la borda llevaban cosas redondas como..., como escudos. ¡Remaban como demonios! Se detuvieron al ver el pueblo, y parecieron sorprendidos. Luego nos llamaron hablando en un idioma desconocido. Ole Peterson estuvo a punto de dejar caer el sedal con pescado y todo. Luego intentó responder. Les costó mucho trabajo entenderle. Entonces dieron media vuelta y se alejaron remando. Serían comediantes o algo por el estilo, haciendo una broma. Fue una cosa rara. Quizás algunos señoritos, divirtiéndose por la costa. ¡Ja, ja! Ole dice que hablaban en un divertido y antiguo dialecto noruego. Le dijeron que venían de Leifsholm o algo por el estilo, un poco más al norte, No lograban entender cómo nuestro pueblo estaba aquí. ¡Nunca lo habían visto! ¿Qué os parece? Ole dice que eran vikingos, que llamaron Winland a este lugar y que... ¿qué ha sido eso?
Un estrépito repentino turbó el silencio de la noche. Gritos, chillidos, un seco disparo de escopeta. La tertulia de la tienda salió al porche. Brotaban llamas de varios edificios de la zona portuaria. A la luz de las mismas podía verse una docena de naves como dragones, que avanzaban rápidamente hacia la orilla, propulsadas a remo. De las que ya estaban varadas en la playa iban saliendo negras figuras. El resplandor del fuego se reflejaba en las espadas, en los escudos. Una mujer chilló cuando un hombre gigantesco de rubia cabellera echó mano de ella. Su casco y su escudo de bronce brillaron. Reía, Luego, un individuo en traje de faena se abalanzó sobre el gigante rubio, esgrimiendo un hacha.
El gigante le asestó un tajo con su espada ya chorreante, y rugió. Sus secuaces corrieron hacia él y se dedicaron a saquear y quemar. Más figuras armadas saltaban a la arena desde otra nave varada. Otra casa se abrió hacia el cielo en una llamarada.
A las diez y media de la mañana del 5 de junio, el profesor Minott se acercó al grupo de estudiantes con un revólver en cada mano. Había perdido su aspecto de profesor cuya amenaza más peligrosa podía ser, a lo sumo, un insuficiente en matemáticas. Ahora esgrimía armas, en lugar de tiza o lápiz, y sus ojos brillaban, aunque conservaba su fría sonrisa. Las cuatro muchachas se quedaron boquiabiertas de admiración. Los jóvenes, acostumbrados a verle siempre en un aula, comprendieron que no sólo era capaz de utilizar las armas que llevaba, sino que estaba dispuesto a hacerlo. De súbito, le respetaron lo mismo que respetarían a un atracador, un raptor famoso o un jefe de bandoleros, por ejemplo. Se había alzado por encima de su nivel de mero profesor de matemáticas. Se convirtió instantáneamente en un jefe y, gracias a sus armas, incluso en un caudillo.
—Como verán, había previsto la situación en que nos encontramos —dijo serenamente el profesor Minott—. Hasta cierto punto, estoy preparado para hacerle frente, No sólo nosotros, sino toda la raza humana puede desaparecer de un momento a otro. Pero también tenemos una posibilidad de supervivencia. Me propongo aprovechar al máximo esa posibilidad...
Contempló con serenidad a los estudiantes, que le habían seguido para investigar la extraordinaria aparición de un bosque de sequoias al norte de Fredericksburg.
—Sé lo que ha sucedido —prosiguió el profesor Minott—, y también lo que probablemente ocurrirá, Y sé lo que pienso hacer. Quien esté dispuesto a seguirme, que lo diga. Quien tenga objeciones... bien... ¡tendré que pegarle un tiro, pues no estoy dispuesto a tolerar ningún motín!
—Pero... profesor —dijo Blake con nerviosismo—, tendríamos que acompañar a las muchachas a sus casas...
—Jamás regresarán a sus casas —objetó el profesor Minott, sin inmutarse—. Ninguno de nosotros. Cuando hayan comprendido que estoy dispuesto a utilizar estas armas, les explicaré lo ocurrido y lo que significa, Estoy preparado desde hace semanas.
Grandes árboles se alzaban alrededor del grupo, árboles gigantescos, árboles magníficos. Alcanzaban los ochenta metros de altura, y su venerable aire de serenidad venía a dar la prueba más palpable de su realidad, pese a ser lo más improbable que podía ocurrir en Fredericksburg, Virginia. El pequeño grupo a caballo pasó con espanto bajo los titanes del bosque. Minott los contempló con aprobación: tres hombres y cuatro muchachas jóvenes, ex estudiantes del Robinson College. El profesor Minott ya no era un enseñante a cargo de un grupo de prácticas, sino un jefe autoritario e implacable.
A las ocho y media de la mañana del 5 de junio de 1935, los habitantes de Fredericksburg habían experimentado un extraño mareo colectivo, pero pasajero, El sol brillaba en todo su esplendor. No parecía haberse producido ningún cambio notable en la rutina diaria. Pero una hora después, la pequeña y soñolienta ciudad bullía de excitación. El camino a Washington —Ruta Uno en todos los mapas de carreteras— estaba cortado unos cinco kilómetros al norte. Había aparecido mágicamente un bosque colosal y gigantesco, que bloqueaba el camino.
Las comunicaciones telegráficas con Washington estaban interrumpidas. Incluso habían dejado de transmitir las emisoras de la capital. Los árboles del extraordinario bosque eran más altos de lo que conocía cualquier habitante de la ciudad. Recordaban las fotografías de sequoias gigantes de las regiones occidentales pero... tal cosa era simplemente imposible.
Antes de una hora y media, el profesor Minott había organizado un grupo de exploración entre sus alumnos. Al escoger el grupo parecía guiado por una extraña clarividencia: tres jóvenes y cuatro muchachas. Quisieron tomar el destartalado coche de uno de los muchachos, pero el profesor Minott rechazó la idea.
—El camino termina en el bosque —explicó, sonriente—. Me gustaría explorar un bosque mágico. ¿No les parece mejor ir a caballo? Yo los conseguiré.
A los diez minutos estuvieron prontos los caballos. Las muchachas se hicieron con pantalones de montar. Al regresar observaron con aprobación que los caballos llevaban alforjas. El profesor Minott volvió a sonreír.
—Vamos de exploración, ¿no? —comentó con humor—. Es preciso ir prevenidos. Lo más seguro es que debamos quedarnos a comer. Y tomaremos muestras para que las analice el laboratorio de botánica.
Las muchachas montaron encantadas, y los jóvenes satisfechos y excitados. Pero a todos les decepcionó un poco el verse rápidamente adelantados por los coches en los que toda Fredericksburg iba a contemplar el extraño bosque que cortaba el camino.
Había centenares de coches en el lugar donde la carretera cesaba bruscamente. La multitud contemplaba el bosque. Árboles gigantescos con sus raíces bien hundidas en la tierra, cubiertas de matorral en algunos puntos. Era, ante todo, un panorama de paz y de... serena firmeza. Entre los mirones se alzaba un rumor de conjeturas, de frases de sorpresa. Lo que veían era imposible. Aquel bosque no podía ser real. Estaban en presencia de algún milagro.
Cuando llegó el grupo de jinetes, media docena de hombres salían del bosque, donde se habían atrevido a penetrar. Regresaban sin dar crédito a su propia experiencia, cargados de hojas y ramas. Uno de ellos traía ciertas bayas pequeñas, desconocidas en la costa atlántica.
Un agente de policía del Estado alzó la mano cuando el grupo del profesor Minott se acercó al lindero del bosque.
—¡Alto! —dijo—. Hemos oído ruidos extraños ahí. No permitiré que entre nadie hasta que sepamos lo que es.
El profesor Minott asintió.
—Tendremos cuidado. Soy el profesor Minott, del Robinson College. Vamos a coger algunos ejemplares botánicos. Llevo un revólver. No habrá ningún problema.
Espoleó a su caballo. El agente, que no había recibido órdenes claras, se encogió de hombros y dedicó sus esfuerzos a impedir otras penetraciones. Al cabo de pocos minutos, los ocho caballos y sus jinetes se perdieron de vista.
Transcurrieron tres horas. El profesor Minott había conducido a su grupo hacia el nordeste, desviándose luego un poco al sur. No vieron animales peligrosos. Hallaron muchas plantas conocidas. Eran numerosos los conejos y una vez vieron una silueta gris y escurridiza que Tom Hunter, futuro especialista en zoología, dijo ser un lobo. No debían hallarse lobos en las cercanías de Fredericksburg, lo mismo que no había sequoias. El grupo no halló rastros de actividad humana, pese a que Fredericksburg se halla en una zona agrícola intensamente explotada.
En aquellas tres horas, los caballos debieron recorrer entre veinte y veinticuatro kilómetros por entre los árboles. Poco después de divisar un corpulento animal que, sin discusión alguna, era un bisonte —especie extinguida al este de las Rocosas ya en 1820—, el joven Blake se negó a seguir avanzando.
—Aquí pasa algo raro, señor —balbució—. No me importa explorar todo lo que usted quiera, pero las muchachas no deben acompañarnos. Si no regresan pronto, tendremos problemas con el decano.
Fue entonces cuando Minott sacó sus dos revólveres y anunció con toda calma que nadie regresaría; que sabía lo que había ocurrido y lo que se podía esperar. Agregó que lo explicaría cuando hubieran entendido que emplearía los revólveres si se producía un amotinamiento.
—Nos ha convencido, señor —dijo Blake.
Estaba algo pálido, pero no había retrocedido. Al contrario, se había interpuesto entre Maida Haynes y el cañón del revólver.
—Nos gustaría saber cómo todos estos árboles y plantas, que deberían estar a cinco mil kilómetros de aquí, han podido crecer inesperadamente en Virginia. Sobre todo, teniendo en cuenta que la topografía del subsuelo es la misma de antes. Las colinas tienen el mismo perfil que solían, pero todo lo que crecía sobre ellas ha desaparecido y otras cosas ocupan su lugar.
Minott asintió.
—¡Magnífico, Blake! —le felicitó—. ¡Una excelente observación! Lo elegí porque usted sabe mucha geología, a pesar de que había... ¡hum!... razones que lo desaconsejaban. Sigamos hasta la próxima loma. Si no me equivoco, aparecerá ante nuestros ojos el Potomac. Entonces contestaré a todas las preguntas que quieran formular. Sospecho que hoy aún tendremos que cabalgar bastante.
Los ocho caballos escalaron la pendiente de mala gana, metiéndose entre matorrales. Era extraño que en tres horas no hubieran visto ni rastros de un camino que condujera a parte alguna. En la cumbre de la colina vieron uno. Era un sendero estrecho. Sin decir palabra, los ocho jinetes lo enfilaron con sus cabalgaduras. Zigzagueaba unos quinientos metros y desaparecía de súbito. El Potomac surgió ante ellos, al pie de la elevación.
Entonces, siete de los ocho jinetes lanzaron una exclamación. A las orillas del río había un poblado. Barcas en un muelle; otras más allá, luchando contra la corriente río arriba y otras tres subiendo poco a poco desde la dirección de Chesapeake Bay. Pero ni el poblado ni las embarcaciones correspondían al río Potomac.
El caserío era pequeño y con murallas de adobes. Pequeñas figuras vestidas de azul se atareaban en los campos. Los edificios, las líneas de los tejados y, sobre todo, la silueta inequívoca de una especie de templo en medio del poblado fortificado indicaban que eran chinos. Las embarcaciones que habían visto eran juncos, aunque con velamen de tela y no de tablillas de bambú. Los campos estaban cultivados de un modo desacostumbrado. Cerca del río, donde las conocidas marismas del Potomac, se extendían arrozales intensamente trabajados.
En aquel momento se acercaba un personaje de sombrero ancho, chaqueta rellena de algodón, pantalones de algodón y zuecos. Era la personificación del campesino chino, sobre todo cuando mostró su rostro de ojos oblicuos. Espantado, huyó dando voces y abandonando un yugo de madera enormemente pesado, de donde colgaban dos sacos llenos de bayas que había recogido en el bosque.
Los jinetes miraron con atención. Allí estaba el Potomac. Pero un pueblo chino se alzaba a su orilla, y juncos chinos surcaban sus aguas.
—Su... supongo —dijo Maida Haynes, temblorosa—, supongo... que me he vuelto loca, ¿no es cierto?
El profesor Minott se encogió de hombros. Parecía defraudado y al mismo tiempo muy decidido.
—No —respondió, lacónico—. No está loca. Sucede que los chinos fueron los primeros en colonizar América. Sabemos que juncos chinos arribaron a la costa americana, la del Pacífico, naturalmente, mucho antes que Colón. Es evidente que la colonizaron. Tal ve» llegaron por tierra a la costa Atlántica, o quizá por Panamá. De todos modos, ahora es un continente chino. No es esto lo que buscamos. Seguiremos cabalgando.
El fugitivo había dado la alarma al poblado. Un inmenso gong comenzó a sonar desatinadamente. Los labradores abandonaron los campos para refugiarse tras las murallas. Dispararon algunos petardos, acompañados de un coro de gritos que helaban la sangre.
—¡Vámonos! —ordenó bruscamente Minott—. ¡Será mejor que nos pongamos en marcha!
Dio vuelta a su caballo y partió al trote largo. Por instinto y dado que al parecer sólo él sabía lo que se podía hacer, los demás le siguieron.
Súbitamente los caballos dieron un traspiés. Los jinetes sintieron un extraño vértigo acompañado de náuseas. Sólo duró un segundo, pero ello bastó para hacer palidecer a Minott.
—Ahora veremos qué ha ocurrido —dijo con serenidad—. Las probabilidades siguen siendo favorables, pero prefiero que todo siga igual hasta que hayamos probado en otros lugares.
El mismo vértigo nauseoso afectó a la multitud que contemplaba la carretera cortada al norte de Fredericksburg. Fue como una momentánea enfermedad sobrenatural, que incluso les empañó la visión. Luego volvieron a ver con claridad. Y un instante después gritaban llenos de pánico y ponían en marcha sus coches a toda prisa, mientras algunos huían a pie.
El bosque de sequoias había desaparecido. En su lugar había un espantoso yermo de deslumbrante color blanco, tocones hundidos bajo la nieve, extensiones onduladas cubiertas de una capa pulverulenta y resplandeciente.
En pocos minutos, una densa niebla veló el paisaje cuando el cálido aire de la mañana de junio en Virginia fue enfriado por aquella capa helada. Al mismo tiempo, la espesa nieve empezaba a derretirse. Los coches se precipitaban por la carretera, huyendo del cinturón de niebla. Los arroyuelos se llenaron repentinamente, de agua, bajaron con más fuerza y crecieron.
Los ocho jinetes estaban muy pálidos. Incluso Minott parecía alterado, aunque sin ceder en nada de su energía cuando sujetó las riendas.
—Supongo que esto resuelve cualquier duda —dijo con gran calma—. Usted es el geólogo del grupo, Blake. ¿No le resulta conocida esta orilla?
Blake asintió. Estaba lívido. Apuntó hacia el río.
—Sí, y también la catarata. Éste es el emplazamiento de Fredericksburg, señor, donde estábamos esta mañana. Allí estaba... o estará el puente principal. La carretera principal a Richmond debía estar... —se humedeció los labios—...debía estar hacia donde se encuentra ese enorme roble, y el Hotel Princesa Ana en la ladera de esa colina. Señor, yo..., yo diría que de algún modo hemos retrocedido a través del tiempo o avanzado hacia el futuro. Parece cosa de locos, pero he estado pensándolo y...
Minott asintió fríamente.
—¡Muy bien! No cabe duda de que aquí estaba Fredericksburg. Pero no hemos avanzado ni retrocedido a través del tiempo. Espero que haya observado el lugar por donde salimos del bosque. Allí parece haber una especie de falla que tal vez nos convenga recordar.
Hizo una pausa.
—No estamos en el tiempo pasado ni en el futuro, Blake. Hemos viajado al margen del mismo, como si saltáramos de una senda de tiempo a otra, Sucede que estamos en... bien, un sector del tiempo en que Fredericksburg no existía. Parecidamente, hace poco nos hallábamos donde los chinos ocuparon el continente americano. Será mejor que comamos.
Se apeó. Las cuatro muchachas se apelotonaron en un grupo aparte. A Lucy Blair le castañeteaban los dientes.
Blake se acercó hasta donde estaban los caballos de las chicas.
—No os asustéis —dijo con énfasis—. Estamos juntos, sea donde sea. El profesor Minott explicará la situación dentro de un minuto. Como él sabe de qué se trata, no corremos peligro. Descabalgad, y comamos. Estoy más hambriento que un oso. ¡Vamos, Maida!
Maida Haynes se apeó y consiguió esbozar una temblorosa sonrisa.
—Tengo miedo de... él —susurró—. Más que... de cualquier otra cosa. ¡Por favor, quédate conmigo!
Blake frunció el ceño.
Minott habló, tajante:
—En sus alforjas encontrarán bocadillos. También armas de fuego. Será mejor que los hombres vayan armados. Como no hay esperanza de regresar al mundo que conocemos, tendrán que confiar en sus armas.
Blake le miró y luego registró en silencio sus alforjas. Halló dos revólveres y lo que le pareció una provisión anormalmente abundante de cartuchos. Había una masa de papeles, que resultaron ser libros con las tapas de cartón arrancadas. Miró los revólveres con aire de entendido y se los guardó en los bolsillos. Luego devolvió los libros a su lugar.
—Le nombro mi segundo, Blake —dijo Minott con más sequedad que antes—. No lo entenderá ahora, pero ya se hará cargo. No me equivoqué al elegirle, pese a las reservas que usted me inspiraba. Siéntense y les diré lo que sucedió.
Con un gruñido y un bufido, un osezno negro salió de su escondite y huyó hacia donde aquella misma mañana se alzaba una elegante estación de servicio. El grupo tuvo un sobresalto, pero luego se tranquilizó. De repente, las muchachas se pusieron a sonreír bobaliconamente, casi histéricas. Minott devoró su bocadillo sin inmutarse y luego dijo en tono conciliador:
—Tendré que hablarles de matemáticas, pero voy a tratar de ser más ameno de lo que solían ser mis clases. Como comprenderán, cuanto ha ocurrido sólo puede explicarse en términos matemáticos y, sobre todo, utilizando ciertas nociones de física matemática. Aunque sean ustedes universitarios, tendré que hablar con gran sencillez, como si me dirigiese a niños de diez años. Hunter, está usted distraído. Si realmente ha visto algo, por ejemplo un indio, dispárele y huirá. Lo más probable debe ser que no haya oído nunca el estampido de un arma de fuego. Ya no estamos en el continente chino.
Hunter balbució una excusa y metió las manos en las alforjas. Mientras su alumno sacaba los revólveres Minott continuó, imperturbable:
—Se ha producido una conmoción natural que aún continúa. Pero en lugar de un terremoto que confunda las capas geológicas, ha habido un cataclismo en donde se confunden espacio y tiempo. Me remontaré a los principios. El tiempo es una dimensión. El pasado es uno de sus sentidos, el futuro otra, lo mismo que el este es una dirección del espacio que nos es familiar, y el oeste la opuesta. Por lo común nos representamos el tiempo como una línea, o tal vez una especie de túnel. No cometemos ese error en las dimensiones que contemplamos en la vida cotidiana. Por ejemplo, sabemos que Annapolis y... digamos... Norfolk se hallan al este de nosotros. Pero sabemos que, para llegar a cualquiera de estos lugares, no sólo tendríamos que ir hacia el este sino además hacia el norte o el sur. Cuando se trata de viajes imaginarios al futuro, nos olvidamos del sentido común. Pensamos que el futuro es una línea, y no una coordenada; una senda, y no una dirección. Creemos que si viajamos hacia el futuro sólo habrá un destino posible. Y esto es tan absurdo como ignorar la posibilidad de viajar hacia el este siguiendo diferentes rumbos, como si no hubiera nordeste, sudeste y gran cantidad de rumbos intermedios.
El joven Blake intervino con vacilación:
—Lo comprendo, señor, pero no veo cómo se aplica esto a...
—¿A nuestro problema? ¡Claro que se aplica! —sonrió Minott, mostrando los dientes para morder otro bocadillo—. Supongamos que llego a una bifurcación de un camino. Echo una moneda al aire para decidir qué ruta escogeré. En cualquier caso encontraré ciertos hitos y ciertas aventuras, Pero los hitos y aventuras nunca serán los mismos. Al escoger entre las dos sendas, no sólo elijo entre dos conjuntos de hitos que podría encontrar, sino entre dos conjuntos de hechos. Elijo un sendero dado, no sólo en la superficie terrestre, sino además en el tiempo. Y así como esos dos senderos de la tierra pueden conducir a dos ciudades distintas, los dos senderos del futuro podrían conducir a dos destinos totalmente distintos. En uno puedo hallar una ocasión de ganar riquezas, En el otro podría sufrir un accidente vulgar que me convierta en un cadáver despedazado, no sólo en un tramo de carretera del Estado de Virginia, sino también en un tramo de la carretera del tiempo. En resumen, intento demostrar que nos aguarda más de un futuro y, más o menos deliberadamente, escogemos entre ellos. Pero los futuros que no encontramos en los caminos que no tomamos son tan reales como los hitos de esos caminos. Sin llegar a verlos jamás, admitimos desde luego su existencia.
Fue Blake quien volvió a protestar:
—Todo esto es muy interesante, pero aún no comprendo qué relación tiene con nuestra situación actual.
Minott respondió con impaciencia:
—¿No comprende que, si es ésta la configuración del futuro, también debió ser la del pasado? Hablamos de tres dimensiones, de un presente y de un futuro. Pero existe la necesidad teórica, la necesidad matemática de postular la existencia de más de un futuro. Hay un número indeterminado de futuros posibles, cualquiera de los cuales encontraríamos si tomáramos el «sendero» adecuado del tiempo. Hay muchas direcciones hacia el este. Hay muchas hacia el futuro. Salga desde cien kilómetros al oeste y camine hacia el este, eligiendo al azar sus senderos sobre la tierra, igual que lo hace en el tiempo. Quizá pase por el lugar donde estamos ahora, o más al norte, o más al sur, pero no por eso dejará de estar al este de su punto de partida. Comience ahora cien años atrás, en lugar de cien kilómetros al oeste.
Blake tartamudeó:
—Señor, entiendo que... lo mismo que hay muchos futuros, debieron existir muchos pasados además de los que consigna nuestra historia. Y..., en consecuencia, hay un número indeterminado de lo que podríamos llamar «presentes».
Minott concluyó su bocadillo y asintió.
—Exacto. Y la convulsión que hoy se ha desencadenado en la naturaleza los ha confundido y aún los confunde de vez en cuando. En otra época los nórdicos colonizaron América, En la secuencia de los hechos que marcan la senda de nuestros antepasados a través del tiempo, aquella colonia fracasó. Pero en otra senda del tiempo, dicha colonia prosperó y floreció. Los chinos desembarcaron en California. En la senda que nuestros antepasados siguieron a través del tiempo, tal hecho no tuvo consecuencias. Pero esta mañana llegamos a un sector del tiempo en que colonizaron y conquistaron este continente. Aunque, a juzgar por el miedo que manifestó aquel campesino, no han logrado vencer a los indios. En algún lugar sigue existiendo el Imperio Romano y es bastante probable que gobierne América, lo mismo que en otra época gobernó Inglaterra. En algún lugar, esto no es imposible, prevalecen aún las condiciones del período glaciar y Virginia está enterrada bajo una masa de nieve. Incluso es posible que perdure el carbonífero. O, para acercarnos al presente que conocemos, en algún lugar hay un sendero del tiempo en que el desesperado ataque de Pickett pudo invertir el desenlace de la batalla de Gettysburg; los Estados Confederados de América serían una nación independiente que habría fortificado poderosamente sus fronteras y mantendría una actitud beligerante de cara a la Unión.
Sólo Blake se había atrevido a preguntar, mientras los demás escuchaban boquiabiertos.
Maida Haynes dijo entonces:
—Pero, ¿dónde estamos ahora, profesor Minott?
—Probablemente nos encontramos en una senda de tiempo en que América no ha sido descubierta por el hombre blanco —respondió Minott, sonriente—. Esta situación no es muy satisfactoria. Buscaremos algo mejor. No estaríamos cómodos en tiendas indias, vestidos con pieles. Por eso nos interesa un ambiente más acogedor. Supongo que disponemos de varias semanas para realizar nuestra búsqueda. A menos, naturalmente, que todo el espacio y el tiempo sean destruidos por la misma causa que provoca esta situación.
Tom Hunter se removió con inquietud.
—Entonces, ¿no hemos viajado hacia atrás ni hacia adelante en el tiempo?
—No —repuso Minott, poniéndose en pie—. La extraña náusea que hemos experimentado parece debida al desplazamiento al margen del tiempo. Es el síntoma de un salto lateral. Seguiremos cabalgando y veremos qué otros mundos nos aguardan. Somos un grupo bastante preparado para este tipo de exploración. Les elegí por sus especialidades. Hunter, zoología. Blake, mecánica y geología. Harris —apuntó con el gesto a un joven bastante esmirriado, que se ruborizó cuando los demás se volvieron a mirarle—, por lo que dicen, es un químico muy competente. La señorita Ketterling es una gran botánica. La señorita Blair...
Maida Haynes se incorporó despacio.
—Profesor Minott, usted nos ha metido en este asunto. Di... dijo que nunca regresaríamos. Pero lo preparó todo deliberadamente. ¿Cuál..., cuál fue su intención? ¿Por qué ha contado con nosotros?
Minott subió a caballo. Sonrió, aunque había amargura en su sonrisa.
—En el mundo que conocíamos, yo era profesor de matemáticas en una universidad pequeña y no muy famosa —respondió—. No tenía la menor posibilidad de ser algo más que eso. En este mundo soy, por lo menos, el jefe de un grupo de jóvenes bastante inteligentes. En nuestras alforjas hay armas, municiones y, lo que es más importante, libros de consulta para nuestras actividades futuras. Buscaremos y hallaremos un mundo donde nuestros conocimientos técnicos sean muy necesarios. Viviremos allí, a menos que todo el tiempo y el espacio hagan colapso, y emplearemos nuestros conocimientos.
Maida Haynes dijo:
—Y ¿para qué, repito?
—¡Para conquistarlo! —respondió Minott con repentino ímpetu—. ¡Para hacernos los amos! ¡Los ocho gobernaremos un mundo como nunca se ha hecho desde el principio de los tiempos! ¡Les prometo que cuando encontremos el ambiente que busco tendrán riquezas a millones, miles de esclavos, todos los lujos imaginables y tanto poder como un ser humano pueda desear!
Blake preguntó con serenidad:
—¿Y usted, señor? ¿Qué tendrá usted?
—Más poder que nadie —respondió Minott, tranquilizándose—. ¡Seré emperador del mundo! Y además —su tono adquirió un acento indescriptible mientras miraba a Maida—, además poseeré otra cosa que deseo.
Dicho esto les volvió la espalda y se ocupó de buscar el camino. Maida Haynes, mortalmente pálida, caminaba al lado de Blake. Su mano sujetó con angustia el brazo del joven.
—Jerry —susurró—. Estoy asustada...
Blake respondió con firmeza:
—¡No te preocupes! ¡Antes lo mato!
El «ferry» de Berkeley avanzaba valientemente por entre la niebla. Su sirena aullaba de un modo lastimero a intervalos reglamentarios.
En el puente, el patrón susurraba en voz baja:
—Te aseguro que acabo de tener la sensación más extraña de mi vida. Tuve vértigo, como si estuviera mareado y borracho a la vez.
El piloto comentó, distraído:
—Hace un rato sentí algo parecido. Nos habrá sentado mal algo de lo que comimos... ¡Eh! ¡Esto sí que es extraño!
—¿El qué?
—Hace un rato había mucho tráfico en el puerto, pero ahora no oigo ni una sirena. ¡Escucha!
Ambos hombres prestaron atención, y escucharon el sordo martilleo de las máquinas del barco. Captaron retazos de conversación de los pasajeros en cubierta, así como la rompiente del agua sobre el tajamar. Nada más. Absolutamente nada.
—¡Extraño! —exclamó el patrón.
—¡Condenadamente extraño! —aseguró el piloto.
El «ferry» siguió avanzando. La niebla reducía la visibilidad a un radio de unos sesenta metros.
—¡Es lo más raro que he visto en mi vida! —dijo el patrón, preocupado. Tiró del cordón de la sirena y comentó—: Estamos cerca de nuestro embarcadero. Me gustaría...
Entre silbidos y retumbos, se abrió paso entre la niebla un remolcador. Sus tripulantes contemplaron con sorpresa el inmenso casco del «ferry». El remolcador navegó en círculo alrededor del panzudo transbordador; alguien salió a la cubierta del primero y lanzó un grito ininteligible, aunque se entendía que era una orden. Hizo un gesto indicando su propia bandera, y volvió a berrear con rabia.
—¿Qué diablos le pasa a ese muchacho? —inquirió el piloto.
De súbito se alzó una brisa fresca. La niebla comenzó a disiparse, y el débil resplandor del sol se hizo más intenso. Sus escuálidos rayos luchaban por abrirse paso a través del banco de niebla. El hombre que chillaba a bordo del remolcador enrojeció de ira al comprobar que no eran acatadas sus órdenes.
Luego, de súbito, los últimos jirones de niebla se disiparon. San Francisco quedaba a la vista. Pero... ¿San Francisco? ¡Aquello no era San Francisco! Lo que se veía era una ciudad de madera, pequeña, mugrienta, de calles estrechas con mecheros a gas y cuatro monstruosos barracones junto a los muelles. Allí estaba la elevación de Nob Hill, pero no las casas ni...
—¡Maldita sea! —vociferó el piloto del «ferry».
Miraba una masa colosal de mampostería, cuadrada e inmensa, que culminaba en una gigantesca cúpula bizantina. Una bandera extranjera desconocida flameaba al viento sobre algunos de los edificios. Había escasos peatones en las calles, así como dos o tres automóviles, pero éstos eran primitivos y enormes.
El piloto se fijó en un carruaje tirado por caballos. El tiro era de tres, adiestrados o conducidos de tal modo que los cuellos de los dos laterales se volvían hacia fuera, al estilo de la Rusia zarista.
Cosa bastante lógica, en el fondo. Cuando lograron encontrar un intérprete, piloto y patrón se vieron duramente reprendidos por entrar al puerto de Novo Skevsky sin prestar la debida atención a las ordenanzas promulgadas por el zar Alexis de todas las Rusias. Supieron que dichas normas eran cumplidas con especial rigor en todo el territorio ruso de América, desde Alaska hasta el Sur.
El chiquillo regresó corriendo a la aldea.
—¡Eh, abuelito! ¡Eh, abuelito! ¡Mira los pájaros! —señaló mientras corría.
Un mirón ocioso se quedó transfigurado. Una mujer hizo alto hecha una estatua. El lago Superior azuleaba hacia el oeste y los aldeanos solían volver la mirada hacia aquella dirección. Pero ahora, mientras el chiquillo corría proclamando a gritos lo que había visto, los hombres fijaban la mirada, las mujeres se maravillaban y los niños corrían, gritaban y chillaban con la excitación instintiva de la infancia ante cualquier cosa que asombra a los adultos.
Los pájaros volaban sobre los extensos pinares. Se acercaban formando grandes masas oscuras. Ni por docenas, ni a cientos, ni siquiera a miles. Se acercaban a millones, en inmensas bandadas que nublaban el cielo. La primera vez que el chiquillo gritó, había dos enormes formaciones a la vista. Fueron seis antes de que consiguiera llegar a su casa para reclamar, jadeante, la atención de sus progenitores. Y llegaban más, en profusión increíble, cruzando directamente sobre la aldea.
Anocheció de súbito cuando la primera bandada pasó por el cenit. El zumbido de las alas era ensordecedor. Por eso la gente levantó la voz para preguntarse qué clase de pájaros podían ser aquéllos. Hubo luz de nuevo, y otra vez la oscuridad, alternando a medida que pasaban las bandadas. La dimensión de las formaciones no podía expresarse en metros ni en hectómetros, sino en kilómetros. Tres, cinco kilómetros de pájaros, volando sin cesar en una única masa enorme de siete kilómetros de frente; luego otra semejante, otra y otra.
—¿Qué son, abuelito? ¡Debe haber millones!.
En algún lugar resonó una escopeta. Algunos de los pequeños seres cayeron del cielo; otro disparo de escopeta y otro más. Una andanada partió de la aldea hacia la masa de alas zumbantes. Y los animalitos heridos cayeron entre las casas.
El abuelo recogió uno, acariciando su manchado plumaje. Lanzó una interjección y exclamó:
—¡Es una paloma salvaje! ¡Lo que solían llamar palomas peregrinas! En el 78 había miles de millones de estos pájaros. ¡Los viejos dicen que ese mismo año mataron muchos millones en Michigan! Pero ahora ya no existen. Se extinguieron como el bisonte. No dejaron ni uno.
El cielo estaba nublado de pájaros. Una bandada de siete kilómetros de frente y cinco de longitud obligó a encender las luces de la aldea. En el aire resonaba el batir de alas. Las palomas silvestres habían regresado a un continente de donde faltaban desde hacía casi cincuenta años.
Las espesas y oscuras masas de palomas silvestres eran como las avistadas en Audubon en 1813, cuando se calculó que las palomas que cruzaban Kentucky ascendían a cientos de miles de millones. Volaban en bandadas innumerables hacia el oeste. El sol quedó eclipsado y, durante varias horas de oscuridad, el rumor de las alas siguió oyéndose, incesante.
Una gran hoguera acariciaba las rocas cercanas. Los caballos pacían inquietos. El olor del asado era indiscutiblemente apetitoso, pero una de las muchachas sollozaba ruidosamente sobre un lecho de hojarasca. Harris era el encargado de cocinar. Tom Hunter recogía madera. Blake montaba guardia un poco más allá del círculo de claridad, con los revólveres preparados, escrutando la oscuridad. El profesor Minott estudiaba un mapa topográfico de Virginia mientras Maida Haynes intentaba consolar a la muchacha que lloraba.
—La cena está lista —dijo Harris, consiguiendo que incluso este anuncio sonase algo tímido, como si pidiera disculpas.
Minott plegó el mapa. Tom Hunter dividió en grandes trozos la carne humeante del muslo de venado, los colocó sobre trozos de corteza y comenzó a pasarlos, Minott alargó la mano y cogió uno. Comía con evidente apetito. Parecía haber abandonado su preocupación tan pronto como dejó el mapa. Mostraba las cualidades de un jefe capaz.
—Después de comer, Hunter relevará a Blake —ordenó—. Seguiremos turnando la guardia toda la noche, A propósito, muchachos: no olviden el dar cuerda a los relojes. A la larga, tendremos que sincronizarlos.
Hunter comió con prontitud y se acercó al puesto de Blake, Conversaron en voz baja. Blake se acercó a la fogata. Tomó la ración que le ofreció Harris y se puso a comer. Miró a la muchacha llorosa.
—Está asustada —comentó Minott—. La piel de su brazo apenas ha sido arañada. Pero, para una universitaria del Robinson College, resulta enervante ser herida por una flecha de punta de piedra.
Blake asintió.
—Oí algunos ruidos en la oscuridad —comentó—. No estoy seguro, pero me pareció que me espiaban. Creí distinguir una voz humana.
—Es posible que nos vigilen —admitió Minott—. Pero estamos fuera de la senda de tiempo en que aquellos indios intentaron tendernos una emboscada. Si nos hubieran seguido, estarían demasiado espantados como para resultar muy peligrosos.
—Eso espero —dijo Blake.
Su actitud no era cordial, pero carecía de pretexto para suscitar una discusión. El profesor Minott había metido a sus alumnos en un apuro que no parecía tener salida. Lo había planeado todo a conciencia, y eso le convertía en el jefe indiscutible del grupo. Blake no intentó minar su autoridad.
Pero a pesar de su juventud, Blake también poseía ciertas cualidades de jefe. La más prometedora era quizá que no pretendía saber tanto como Minott y no buscaba el adelantarse a los acontecimientos.
Escuchó con atención y luego dijo:
—Creo, profesor, que hemos comprendido su lección de esta mañana. ¿Cuánto podrá durar este desorden del espacio y el tiempo? Salimos de Fredericksburg y fuimos hasta el Potomac. Era territorio chino. Volvimos a Fredericksburg y no estaba allí. En su lugar encontramos indios que nos lanzaron flechas e hirieron a Bertha Ketterling en el brazo. Pero ahora estamos prácticamente fuera de su alcance.
—Estaban asustados —observó Minott—. Nunca habían visto caballos. Puede que nuestras pieles blancas les sorprendieran también, para no hablar de nuestras armas. Cuando maté a uno de ellos cundió el pánico.
—Pero... ¿qué ocurriría con Fredericksburg? Salimos de allí. ¿Por qué no podemos regresar?
—El proceso de desorden ha continuado —respondió Minott, disgustado—. ¿Recuerda lo del extraño vértigo? Hoy lo hemos sufrido varias veces y, en mi opinión, cada vez corresponde a una conmoción de la tierra. ¡Hum! Preste atención.
Se incorporó para tomar de nuevo el mapa. Lo desplegó y señaló una línea gruesa hecha a lápiz.
—Aquí tiene un mapa de Virginia en nuestra época. El continente chino aparecía cinco kilómetros al norte de Fredericksburg. Calculo que la línea de demarcación corresponde al emplazamiento de los sequoias gigantes. Mientras nos hallábamos en el tiempo chino sentimos el vértigo y regresamos a Fredericksburg. Salimos del bosque por el mismo punto que antes. Me cercioré de ello. Pero el continente de nuestra época ya no estaba allí. Cabalgamos hacia el este y, aunque usted tal vez no haya reparado en ello, antes de llegar al límite del distrito se produjo otro cambio repentino en la vegetación: de pinos, a robles y abetos, que no son característicos de esta región del mundo en nuestra propia época. No vimos asomo de civilización. Hacia el sur llegamos a esa niebla espesa y, más allá, la nieve. Evidentemente, hay una senda de tiempo en que Virginia aún está sometida al clima glaciar.
Blake asintió después de haber escuchado con atención y dijo:
—Con esto define tres lados de una..., una isla de tiempo.
—En efecto —afirmó Minott—. ¡Exactamente! En el proceso de desorden, en esta conmoción, al parecer se han producido «fallas» naturales en la superficie de la tierra. Territorios relativamente extensos parecen avanzar y retroceder en bloque de una senda de tiempo a otra. Podrían compararse con los ascensores de una casa de muchos pisos. Cuando estábamos en el «ascensor» de Fredericksburg, en nuestra propia senda cronológica, nos vimos desplazados a otro tiempo. Fuimos hasta el continente chino. Mientras estábamos allí, nuestra sección de origen pasó a otro tiempo totalmente distinto. Cuando deshicimos lo andado... hallamos la ciudad de Fredericksburg en otra senda de tiempo diferente.
—¡Atención! —exclamó Blake de súbito.
Un rumor sordo se oía a lo lejos, hacia el norte. Duró sólo un instante y cesó. Los matorrales cercanos fueron pisoteados y un animal monstruoso se acercó desconfiadamente hasta el círculo de la hoguera. Era un alce, pero ¡qué alce! Se trataba de un ejemplar gigantesco, colosal. Una de las muchachas gritó espantada y el animal volvió a desaparecer entre los matorrales.
—No hay alces en Virginia —observó Minott, lacónico.
Blake repitió:
—¡Atención otra vez!
Otra vez se oyó aquel rumor sordo hacia el norte. El volumen sonoro aumentó. Era el motor de un avión. El rumor se convirtió en un gruñido y éste en un rugido. Luego apareció el avión en lo alto y vieron brillar las luces de posición en sus alas. Viró inclinándose mucho y se volvió por donde había venido. Al verlo, los espectadores sintieron una extraña impresión de impotencia. El aparato picó bruscamente.
—Un aviador de nuestro tiempo —comentó Blake mirando hacia el lugar por donde había desaparecido—. Habrá visto nuestra fogata. Intentará un aterrizaje de emergencia en la oscuridad.
El ruido del motor cesó. Durante un rato, sólo se oyó el chisporroteo del fuego y el ulular del viento sobre las heladas planicies en la noche. Luego, una terrible agitación del follaje, una explosión...
Un resplandor, un estruendo y las llamas amarillentas de la gasolina incendiada elevándose hacia el cielo.
—¡No os mováis! —gritó Blake, poniéndose instantáneamente de pie—. ¡Harris! ¡Profesor Minott! ¡Que alguien se quede con las chicas! ¡Voy a buscar a Hunter y trataremos de ayudar!
Desapareció en la oscuridad, llamando a Hunter. Los dos se abrieron paso por entre los matorrales, Minott frunció el ceño y sacó los revólveres. Malhumorado, se alejó de la luz del fuego y asumió la guardia que Hunter había abandonado.
Un depósito de gasolina estalló en la oscuridad. El resplandor del fuego se hizo intolerablemente intenso. Los pasos de los dos jóvenes que corrían entre la maleza se alejaron y finalmente dejaron de oírse.
Transcurrió largo rato; luego, muy lejos, volvió a oírse el ruido de pasos entre los matorrales. El resplandor del incendio fue apagándose. Los expedicionarios regresaban despacio, como si transportaran algo muy pesado, y se detuvieron más allá del resplandor de la fogata. Después, Blake y Hunter se reunieron con los demás.
—Está muerto —dijo Blake—. Menos mal que fue lanzado lejos por el choque, antes de que se incendiaran los depósitos de gasolina. Recobró los sentidos un par de minutos antes de... morir. Nuestra fogata era la única señal de vida que había visto desde hace horas. Le hemos traído aquí. Mañana lo enterraremos.
Se hizo el silencio. El rostro ceñudo de Minott tenía una expresión salvaje mientras regresaba hacia la fogata.
—¿Pudo decir algo? —preguntó Maida Haynes.
—Salió de Washington a las cinco de la tarde —respondió Blake concisamente—. Según nuestro tiempo, digamos. Toda Virginia al otro lado del Potomac se desvaneció a las cuatro y media y ocupó su lugar una selva virgen. Salió a explorar, y cuando regresó al cabo de una hora, Washington había desaparecido. En su lugar había un banco de niebla y debajo nieve. Siguió el curso del Potomac y vio casas, empalizadas y, en las orillas, embarcaciones largas de remos.
—¡Los vikingos! —exclamó Minott, satisfecho.
—No aterrizó, sino que siguió volando río abajo buscando la ciudad de Baltimore. ¡Había desaparecido! En un momento dado creyó ver una ciudad, pero entonces se sintió enfermo y, Cuando se recobró, aquélla había desaparecido. Puso dirección al norte, y estaba quedándose sin gasolina cuando vio nuestra fogata. Intentó un aterrizaje de emergencia, pero como no llevaba bengalas se estrelló... y murió.
—¡Pobre hombre! —exclamó Maida, conmovida.
—La cuestión —prosiguió Blake— es que Washington estaba en nuestro tiempo presente a eso de las cuatro y media de hoy. ¡Tenemos una posibilidad de regresar, aunque remota! Es preciso llegar hasta el límite de uno de esos territorios que oscilan a través del tiempo, al borde de lo que el profesor Minott llama una «falla de tiempo», y vigilarla. Cuando se produzca el cambio, la exploraremos con la mayor rapidez posible. ¡Tal vez no haya muchas probabilidades de regresar exactamente a nuestra propia época, pero estaremos más cerca que ahora! El profesor Minott dice que en algún lugar existe la Confederación. Pero aun así, estaremos mejor entre gentes de nuestra raza y que hablan nuestro idioma, antes que permanecer varados para siempre entre indios, chinos o escandinavos.
Minott dijo, cortante:
—¡Será mejor que decidamos este asunto ahora mismo, Blake! ¡Yo soy el que da las órdenes aquí! Usted tomó la iniciativa cuando se estrelló el avión, y quiso darnos órdenes a Harris y a mí. Lo he tolerado por esa vez, pero aquí sólo puede haber un jefe. ¡Ese jefe soy yo! Que no se le olvide.
Blake se volvió. Minott le apuntaba con su revólver.
—Usted pretende regresar a nuestro tiempo —prosiguió Minott con ferocidad—. ¡No lo permitiré! Todo indica que moriremos. Pero si vivo, pienso aprovechar mi oportunidad, y no entra en mis proyectos el regresar para dedicarme a dar clases de matemáticas en el Robinson College.
—¿Y bien? —preguntó Blake fríamente—. ¿Qué más, señor?
—¡Sólo esto! Usted va a entregarme sus armas. De ahora en adelante seré yo quien haga los planes y dé las órdenes, Buscaremos la senda de tiempo en que prospera en América una civilización vikinga. Será fácil, pues estas perturbaciones deben durar algunas semanas todavía. ¡Cuando la encontremos, nos estableceremos entre los escandinavos! ¡Tan pronto como vuelvan a estabilizarse el espacio y el tiempo comenzaré la creación de mi imperio! ¡Y usted me obedecerá, o seguirá solo mientras los demás avanzamos hacia mi destino!
Blake dijo con toda serenidad:
—Olvida que, a lo mejor, preferiremos ocuparnos de nuestros propios destinos, en vez de servirle de herramientas para que realice usted el suyo.
Minott le desafió un instante con la mirada, apretando los labios.
—Lástima —dijo fríamente—. Su inteligencia podía serme útil, Blake. Pero no puedo tolerar un motín. Voy a matarle.
Y levantó despiadadamente el revólver.
La Academia Británica de Ciencias había convocado una sesión extraordinaria para determinar la causa de ciertas emergencias recientes. Los sabios estaban cansados, soñolientos, pero conscientes aún de su dignidad y de la importancia de su tarea. Un físico, venerable, de largas patillas, estaba diciendo con énfasis y solemnidad:
—Por tanto, señores, creo que no hay más que decir. Los extraordinarios acontecimientos de las últimas horas parecen resultar de ciertos fenómenos acontecidos en nuestro propio espacio cerrado. Los campos gravitatorios de 1079 partículas de materia cerrarán el espacio alrededor de semejante conjunto. Ningún cosmos puede ser mayor ni menor, Y si consideramos la creación de semejante cosmos, veremos que sus galaxias se desvanecen tan pronto como la 1079 partícula sume su propia masa a la de las anteriores. Sin embargo, el hecho de que el espacio se haya cerrado alrededor de ese cosmos no implica la aniquilación de éste, sino meramente su eliminación del espacio originario, quedando aislado del continuum espacio-temporal a causa de la curvatura debida al campo gravitatorio. Y admitiendo que exista más de un sector de espacio cerrado, en cierto sentido hemos postulado la hipótesis de un hiper-espacio que separe los espacios cerrados; lo cual supone coordenadas hiper-espaciales que definan las posiciones hiper-espaciales relativas, y que...
Un caballero de patillas aún más largas y blancas que las del orador dijo en voz alta y enérgica:
—¡Disparates! ¡Necedades!
El orador se interrumpió, mirando fijamente a su adversario.
—¡Señor! ¿Acaso insinúa usted que...?
—¡Así es! —respondió el otro—. ¡Tonterías! ¿Afirmará usted que, en su hiper-espacio, los espacios cerrados estarían sometidos a hiper-leyes? ¿Que se desplazarían en hiper-órbitas reguladas por una hiper-gravedad y que, sin duda, en determinadas ocasiones se producirían mareas hiper-terráqueas o hiper-colisiones, que decididamente producirían hiper-catástrofes?
—¡En efecto! —exclamó el caballero de la tribuna, temblando de indignación—. ¡En efecto, señor mío!
—¡Usted me pone enfermo! —replicó el científico de patillas más largas y blancas.
Como si quisiera demostrarlo, se tambaleó. Pero no fue el único. Toda la venerable asamblea vaciló por efecto de un vértigo súbito. Así fue como la Academia Británica de Ciencias decidió levantar la sesión sin otro formulismo, presa del pánico. Hubo una desbandada. De súbito, tribuna y hemiciclo desaparecieron. En el lugar ocupado por el orador se abría ahora un claro, y en el claro había una fogata. Alrededor de ella, ciertos personajes grotescos, no muy diferentes de los mismos sabios, rugieron al ver a los venerables que huían. Con los rostros encendidos, esgrimiendo burdas mazas, atacaron a la Academia Británica de Ciencias. Se sabe que atraparon a una persona, un biólogo de opiniones sumamente excéntricas. Se cree que se lo comieron.
Desde hace tiempo se venía afirmando que al menos algunas de las especies extinguidas de la humanidad, por ejemplo el hombre de Piltdown y el de Neanderthal, eran caníbales. Si en algún sendero del tiempo exterminaron a sus rivales más inteligentes... si en algún lugar el pithecanthropus erectus sobrevive y el homo sapiens no... pues bien, en esa senda del tiempo, el canibalismo es un hábito social perfectamente respetable.
Con una exclamación, Maida Haynes se interpuso ante Blake. Pero Harris fue más rápido. Aquel tímido acababa de cortar un trozo humeante de muslo de venado, y lo lanzó con fuerza. La masa abrasadora desvió la mano de Minott causándole al mismo tiempo una tremenda quemadura.
Blake se incorporó y sacó el arma.
—Si vuelve a apuntarnos con esta pistola —dijo bastante nervioso, aunque con indudable sinceridad—, le meteré un tiro en el brazo.
Minott profirió un insulto. Recogió el arma con la mano izquierda y se la guardó en el bolsillo.
—¡Imbécil! —dijo—. No pensaba disparar. Sólo quería asustarlo. ¡Es usted un idiota, Harris! Luego hablaremos de su actitud, Maida. Vuestro peor castigo sería que os dejase librados a vuestra suerte.
Se apartó de la fogata y desapareció en la oscuridad. Una especie de consternación se apoderó del grupo. El avión incendiado aún ardía a lo lejos. El fuego parecía haberse propagado un poco.
—¡Es un demonio! —exclamó Hunter, intranquilo—. Sabe de esto más que nosotros. ¡Si nos deja, estamos perdidos!
—Así es —reconoció Blake, sombrío—. Y puede que lo estemos de todos modos.
Lucy Blair dijo:
—Yo... hablaré con él, Solía..., solía ser bueno conmigo en clase. Y debe dolerle mucho la mano. Le habéis quemado.
Se alejó de la fogata, precedida por su alargada sombra.
Minott exclamó de improviso:
—¡Fuera! ¡Algo se mueve ahí!
Al cabo de un momento disparó; se oyó un grito y el arma volvió a tronar. Hubo un gran revuelo de sombras que huían.
Minott regresó junto a la hoguera con gesto despectivo.
—Mal jefe será usted, Blake —comentó irónicamente—. Ha descuidado la guardia, ¿No era usted el que creía oír voces? Han escapado. Eran indios, naturalmente.
Lucy Blair preguntó con vacilación:
—¿Me permite curarle la mano? Se ha quemado...
—¿Cómo? —preguntó con ira.
—Tenemos grasa —le respondió—. Los indios solían curar las heridas con grasa de oso. Supongo que la de venado también servirá.
Minott permitió que la muchacha le curase la herida, aunque no era grave. Lucy pidió los pañuelos a sus compañeros. Alrededor de la hoguera reinaba la lógica confusión. Aquello no era una banda de aventureros dispuestos a todo, sino un grupo de estudiantes menores de edad.
Minott fruncía el ceño mientras Lucy Blair le curaba la mano. Harris quería disculparse por haber sido el causante de la herida. Bertha Ketterling sollozaba... pero quedamente, pues nadie le hacía caso. Blake contemplaba el fuego, meditativo. Maida Haynes procuraba no recordar que, en cierto sentido y aunque nadie lo hubiera mencionado, ella era la manzana de la discordia.
Los caballos pataleaban, inquietos, Bertha Ketterling estornudó. Maida sintió que le escocían los ojos. Ella fue la primera en advertir la extensión del incendio provocado por la gasolina del avión. Su grito de alarma puso sobre aviso a los demás.
El avión se había estrellado a más de un kilómetro y medio del campamento. El incendio de los depósitos había sido violento, pero breve. Las alas y el fuselaje quedaron destruidos en seguida, y en apariencia el fuego se había reducido a rescoldos. Pero ahora había allí algo más que un rescoldo.
Sin duda, el fuego se había propagado entre los espesos matorrales, hasta alcanzar el resinoso bosque de pinos. Soplaba una brisa leve pero continua. Cuando Maida intentó ver de dónde procedía el humo que le escocía en los ojos, vio arder un árbol alto, observó el frente de llamas devoradoras que reptaban por el suelo y luego dos, tres, una docena de brillantes llamaradas alzándose al cielo.
Los caballos relincharon y se encabritaron.
Minott ordenó:
—¡Harris, acerque los caballos! ¡Hunter, haga que las muchachas monten en seguida!
De intención no dio órdenes a Blake. Estudió detenidamente el mapa. Mientras tanto, el incendio se propagaba cada vez más. Minott se guardó el mapa en el bolsillo. Blake recogió tranquilamente el muslo de venado. Cuando Minott saltó a la silla dominando a su aterrorizada montura, el muchacho ya se hallaba al lado de Maida Haynes, listo para partir.
—Cabalgaremos por parejas —indicó Minott—. Cada hombre cuidará de una muchacha. Yo abriré camino con la linterna. Hemos de salir al río Rappahannock, si el fuego no nos toma la delantera.
Coronaron una loma, y entonces se dieron cuenta de la extensión del peligro. En ochocientos metros a la redonda, el fuego lo consumía todo. A la derecha el incendio hacía estragos entre los árboles de un bosque tan espeso que parecía una selva. El resplandor avanzaba rápidamente; parecía que el fuego generaba el propio viento que lo alimentaba, como así era en efecto. A la izquierda de los jinetes devoraba ferozmente los matorrales.
Como si no bastara aquel peligro tan real, se alzó de súbito un viento realmente fuerte. Empezaron a recibir chispas y brasas encendidas, fragmentos del ramaje a medida que iba consumiéndose. Bertha Ketterling gritó cuando un pedacito de carbón encendido le rozó la mejilla. El caballo de Harris se encabritó al notar una quemadura. Galoparon frenéticamente por entre los árboles. La linterna de Minott resultaba inútil, debido al rojo resplandor que les perseguía. Al menos, servía para mostrarles el camino.
Un bicho grande, negro y torpe salió pesadamente a la plaza, entre la estatua de Grady y el edificio de Correos. Las lámparas de arco permitían verlo claramente. No era lo que uno pensaría encontrar por las calles de Atlanta, Georgia, a ninguna hora del día o de la noche. Un taxista lo vio y estuvo a punto de reventar un neumático al dar la vuelta para alejarse. Un policía lo vio también y se puso muy pálido mientras cogía el teléfono de su coche patrulla para dar parte. Pero aquel día habían pasado demasiadas cosas extrañas como para poner en duda su propia cordura. El «Journal» había publicado tantas novedades alarmantes de otros lugares, que le fue forzoso creer en lo que veía.
El bicho era monstruoso, una especie de reptil repugnante. Medía veinticuatro metros de longitud, de los cuales al menos quince eran cabeza, cuello y rabo, y el resto un cuerpo fofo. Pesaría unas veinticinco o treinta toneladas, pero su cabeza no abultaba mucho más que la de un caballo grande, y aquella minúscula cabeza se mecía estúpidamente. La bestia estaba desconcertada. Dio un paso con su pata colosal, y un chorro de agua salió de la cañería principal reventada bajo el pavimento. El bicho no reparó en ello. Se removió un poco, exhalando un olor húmedo y mohoso.
Las sirenas de los coches-patrulla de la policía y las sirenas de los bomberos hicieron vibrar el aire. Una ambulancia fue azotada por un poderoso coletazo, que la estrelló en una esquina.
El bicho lanzó un grito plañidero, sin hacer caso de los daños que había causado su cola. Parecía un balido multiplicado por mil. Miraba sin cesar a su alrededor, al parecer incomodado por los altos edificios que lo rodeaban. Pero era demasiado estúpido para volver sobre sus pasos en busca de escapatoria.
Alguien gritó a lo lejos, mientras los coches de la policía y los camiones de bomberos llegaban al lugar. Otros dos bichos, más pequeños que el primero, habían seguido a éste. Eran también de cuerpos monstruosos y cabezas demasiado pequeñas. Una de ellas tropezó neciamente contra un camión-grúa. Ambos rodaron por el suelo y el bicho baló como su predecesor.
Luego algún imbécil se puso a disparar. Otros imbéciles le imitaron. Las balas de acero se hundieron en aquellas moles de carne. Las metralletas de la policía cosieron a los monstruos a tiros. Eran empuñadas por hombres de gran valor, que no dejaron de observar la total estupidez de los seres procedentes del gran pantano aparecido donde solía estar el Parque Inman.
Las balas dolían, hacían daño. Las tres bestias balaron e hicieron torpes intentos de huir, La mayor quiso escalar un edificio de cinco pisos y lo redujo a escombros.
Antes de que muriera el último —mejor dicho, antes de que dejara de mover sus miembros principales, pues la cola se agitó convulsivamente largo rato, y el corazón aún latía al día siguiente, cuando fue cargado en un carro de basura—, antes de que el último muriera, el caos era total en tres manzanas de edificios comerciales del centro de Atlanta, y habían muerto diecisiete hombres. Sin embargo, no habían intentado luchar; sólo pretendían huir. La destrucción y las muertes que causaron fueron debidas a su torpeza y estupidez.
Los caballos que llevaban la delantera tropezaron de improviso, hundiéndose hasta el codillo en algo suave y muy esponjoso. Bertha Ketterling gritó de miedo cuando su cabalgadura cambió el paso.
Blake dijo con prontitud en medio de las tinieblas:
—Parece terreno arado. Profesor Minott, será mejor que encienda la linterna.
El cielo, a sus espaldas, tenía un resplandor rojizo. Aún los perseguía el fuego del bosque, disparando chispas, llamas y una vivida claridad que iluminaba las volutas de su propio humo.
El haz de luz de la linterna acuchilló la tierra. Era tierra de labor. Había sido surcada por manos de hombres. Minott alumbró con la linterna encendida, mientras todos lanzaban exclamaciones de gratitud.
Luego agregó con sarcasmo:
—¿Sabéis qué han sembrado aquí? ¡Lentejas! ¿Desde cuándo se cultivan lentejas en Virginia? ¡Todo es posible! Ahora veremos qué clase de individuos andan por aquí.
Se volvió para contemplar la línea de surcos.
Tom Hunter dijo, pesaroso:
—Si esto es terreno arado, se trata de un surco muy superficial. Un arado de un solo caballo levantaría más tierra.
Una luz brillaba débilmente a lo lejos. Todos la vieron al mismo tiempo. Como por instinto, también los caballos se volvieron hacia ella.
—Debemos andar con cuidado —observó Blake—. Quizá sean chinos.
La luz estaría como a un kilómetro y medio de distancia. Se acercaron cautelosamente a campo través.
Los cascos del caballo de Lucy Blair tocaron piedra súbitamente. El ruido fue inesperadamente fuerte. Los caballos que seguían al de ella formaron un estrépito ensordecedor. Minott alumbró de nuevo con la linterna. Era piedra labrada, un camino de bloques de piedra, de dos metros o dos y medio de anchura. Entonces uno de los caballos se encabritó y relinchó, huyendo de algo que había en el camino. Minott dirigió la linterna a lo largo del mismo.
—El único pueblo que construyó caminos como éste fue el romano —explicó secamente—. Así construían sus calzadas militares. Pero, que sepamos, ellos no descubrieron América.
La linterna iluminó un bulto oscuro. Una de las muchachas sofocó un grito. Había muchos cadáveres. Uno de ellos, el de un hombre con escudo, espada y casco como suele representarse a los soldados de la antigua Roma. Le faltaba media cabeza. A su lado yacía un hombre con un extraño uniforme gris. Mostraba una herida de espada.
La linterna buscó más lejos. Más cadáveres; muchos vestidos de romanos. Otros llevaban lo que podría describirse como el uniforme de los soldados del Ejército Confederado... admitiendo que aún existiese la vieja Confederación sudista.
—Hubo lucha —dijo Blake con calma—. Supongo que los de la Confederación, quiero decir los de esa senda de tiempo, salieron a investigar lo que debió parecerles un acontecimiento condenadamente raro. Y estos romanos, si es que lo son, les atacaron.
Alguien se acercaba en la oscuridad. Minott le dirigió la luz de la linterna. Era un hombre. Pero estaba prácticamente desnudo y cargado de cadenas, había sido golpeado y su cuerpo presentaba grandes heridas de otros castigos. Parecía extenuado. Tenía el gesto delirante de la desesperación absoluta. Lo habían embrutecido mediante la tortura.
Frunció el ceño, deslumbrado por la linterna, demasiado aturdido para sentir miedo.
Cuando Minott habló el desconocido se dejó caer en el barro. Minott habló con energía, procurando recordar su semi-olvidado latín. El hombre postrado balbució palabras en un latín bárbaro que, al pasar por sus labios agrietados, aún resultaban más incomprensibles.
—Es un esclavo —comentó Minott—. Los enemigos, supongo que confederados, llegaron hoy del norte. Hubo un combate y murieron algunos guardias de esta propiedad. Aunque este esclavo lo niega, supongo que se dirigía al norte con intención de desertar. Bien mirado, creo que no somos los únicos expedicionarios atrapados fuera de su propia senda de tiempo por la catástrofe.
Despidió con rudeza al esclavo y siguió adelante, dirigiéndose hacia la luz lejana.
—¿Qué..., qué se propone? —preguntó Maida débilmente.
—Llegar al poblado y hacer algunas preguntas —replicó Minott—. Si están ahí los confederados, seremos bien recibidos. De lo contrario, procuraremos ganarnos la bienvenida. Quiero acampar en una falla de tiempo y cruzar cuando un cambio temporal nos acerque una colonia escandinava. Para ello necesito noticias exactas sobre los lugares donde hayan sido vistos, si eso es posible.
Maida Haynes se acercó a Blake. El joven la confortó apoyando la mano en su brazo mientras los caballos seguían con dificultad sobre el terreno blando. A sus espaldas, el fuego atacaba de nuevo. Las coníferas resinosas estallaban a veces como bombas y lanzaban fugitivos resplandores rojos sobre los jinetes. Pero el resplandor iba haciéndose más consistente e intenso. A su luz vieron las blancas tapias de una casa de campo, con sus corrales y graneros. Era un edificio monstruoso, que más bien parecía un barracón.
Era una granja, una villa romana trasladada al borde de la selva. Blake recordó vagamente una antigua foto de una villa romana en Inglaterra, que había sido restaurada para devolverle el aspecto que tuvo antes de que Roma retirase sus legiones de Britannia, abandonando la isla a la barbarie y la ignorancia, La rodeaban varios pajares, entre los cuales pasaron al trote. De pronto, Blake olfateó el aire con repentina desconfianza.
Maida se acercó y le dirigió algunas palabras en voz baja. Lucy Blair contemplaba a Minott, llena de aprensión. Harris seguía a Bertha Ketterling, que montaba como si estuviera molida de andar a caballo, Tom Hunter buscó a Minott como para acogerse a su protección, dejando que Janet Thompson se las arreglara por su cuenta.
—¿En qué piensas, Jerry? —murmuró Maida.
—Esto no me gusta —explicó Blake en voz baja—, aunque no hay más remedio que seguir. Creo que huele a...
De súbito, unas sombras saltaron hacia los caballos: eran salvajes desnudos, sudorosos, escurridizos y casi frenéticos. Algunos agitaban cadenas al saltar. Una voz les gritaba órdenes desde lejos, subrayadas por el espantoso restallar de un látigo.
Dos disparos pusieron fin al combate. Había sido Blake. Un caballo hizo una espantada. Bertha Ketterling chillaba, lastimera. Ton Hunter barbotaba palabras incomprensibles, y Harris profería palabrotas, totalmente olvidado de su habitual timidez.
Minott parecía rodeado por aquellos salvajes apestosos, lo mismo que los demás, pero parlamentaba con sus agresores en tono autoritario. Ellos se apartaron, encogiéndose como por instinto. Súbitamente aparecieron antorchas, y a su luz vieron que eran esclavos. Esclavos sometidos a todo tipo de miseria y degradación, de diferentes mezclas raciales, pero unánimes en su desesperada abyección ante el amo, que se acercaba entre los portadores de antorchas.
Era un hombre bajo y grueso, que vestía una toga de corte algo diferente del clásico. La luz de las antorchas permitía ver a los cautivos, pero también los rasgos abotargados, sibaríticos e indescriptiblemente crueles del propietario de estos esclavos y de la villa. Su actitud y las órdenes que impartía en un latín extrañamente corrompido, daban a entender que se consideraba también propietario de los cautivos.
El diputado por Aisne-le-Sur decidió que había sido una gran idea pasear al aire fresco. París de noche es estimulante. Aquel extraño ataque de vértigo sería culpa del exceso de champán. El aire fresco disipaba los vapores. Pero le sorprendía verse desorientado, puesto que conocía muy bien París.
Las calles presentaban un aspecto extraño. Las casas no eran como las que él conocía. A la luz de los faroles —de un diseño bastante insólito— se notaban ciertos rasgos extraños en su arquitectura. Meditó la cuestión, tratando de averiguar a qué era debida la particular inclinación que mostraban las casas.
Era para impacientarse. Tarde o temprano tendría que regresar a casa, aunque su mujer... El diputado por Aisne-le-Sur se encogió de hombros. Luego vio luces más adelante. Apuró el paso. Era una mansión magnífica, brillantemente iluminada.
Resonaban muchos cascos. Un escuadrón de caballería formó frente a la casa, de donde salió un joven pálido acompañado de un hombre alto y gordo que se inclinó para besarle la mano al primero, como en un rapto de admiración. Los soldados desmontaron y se situaron en dos filas desde el portal hasta el coche. Dos jóvenes oficiales seguían al joven pálido, cargados de condecoraciones. El diputado por Aisne-le-Sur advirtió que no reconocía los uniformes. Se abrió la puerta del coche. El automóvil era algo raro, aunque el diputado no podía precisar con exactitud por qué.
Hubo taconazos y fueron presentadas las hojas de acero en señal de saludo. El joven pálido soportó que el gordo volviera a besarle la mano y subió al coche. Los dos jóvenes oficiales cargados de medallas le imitaron y el coche se alejó. La formación de escolta rompió filas con gran tintineo de espuelas.
El gordo se quedó en la acera, radiante y frotándose las manos. Los soldados de caballería volvieron a montar y se alejaron rápidamente.
El diputado por Aisne-le-Sur había asistido al espectáculo sin saber qué pensar. Observó a otro transeúnte detenido, y se sobresaltó al verle vestido a estilo tan extraño y desconocido como el de las casas y el de aquellos personajes a quienes acababa de contemplar.
—Perdone, señor —dijo el diputado por Aisne-le-Sur—. Me he extraviado. ¿Podría decirme...?
—Esta casa es la residencia del señor duque de Montigny —respondió el otro con sarcasmo—. ¿Es posible que haya en 1935 alguien que no conozca al señor duque? ¿O, sobre todo, a la señora duquesa? ¿A qué se dedica y dónde vive?
El diputado por Aisne-le-Sur parpadeó.
—¿Montigny? ¿Montigny? Pues no —admitió—. ¿Y el joven del coche, cuya mano fue besada por...?
—¿Besada por el señor duque? —El extraño le miró azorado—. Mon dieu! ¿De dónde sale usted, que no conoce a nuestro buen rey Luis Vigésimo? Acaba de rendir visita a la señora, su amante.
—¡Luis Vigésimo! —tartamudeó el diputado por Aisne-le-Sur—. No..., no comprendo.
—¡Burro! —exclamó el impaciente desconocido—. ¡El rey de Francia, que sucedió a su padre cuando era un niño de diez años, que hace diez meses ha alcanzado la mayoría de edad... y ya está arruinando a Francia!
La telefonista estableció la comunicación con mano temblorosa.
—Su número, por favor... Lo siento, señor, pero no podemos ponerle con Camden... Las líneas están cortadas... Lo siento mucho, señor —Conectó otra línea—. ¡Hola!... Lo siento, señor, pero no podemos ponerle con Jenkinstown. Las líneas están cortadas... Lo siento mucho, señor.
Zumbó otra llamada y se encendió otra luz.
—¡Hola!... Lo siento, señor. No podemos ponerle con Dover. Las líneas están cortadas... —Sus manos se movían automáticamente—. Hola... Lo siento, pero no podemos ponerle con Nueva York. Las líneas están cortadas... No, señor. No podemos pasar la comunicación a través de Atlantic City. Las líneas están cortadas... Le advierto que las compañías telegráficas no garantizan la entrega... No, señor, no podemos pasar su mensaje a través de Pittsburgh...
Tenía la voz temblorosa.
—No, señor. La central de Scranton no contesta... Harrisburg tampoco. Sí, señor... Lo siento, pero no podemos enviar un mensaje a Filadelfia para que sea transmitido desde allí en cualquier dirección... Hemos intentado comunicar por radio, pero no contesta nadie...
Abandonando los conmutadores, se cubrió el rostro con las manos. Luego hizo una llamada:
—¡Minnie! ¿No habéis sabido nada...? ¿Nada...? ¿Cómo...? ¿Telefonearon pidiendo más policía...? ¿La... la operadora de allí dice que hay lucha? ¿Que ha oído muchos disparos? ¿Qué ha pasado, Minnie? ¿No se sabe...? ¿Que... que también usan los camiones blindados de los bancos para luchar? Pero ¿contra quién luchan? ¿Cómo...? ¡Minnie, mis padres viven ahí! ¡Mis padres viven ahí!
La puerta del barracón de los esclavos se cerró y fue atrancada por fuera con grandes vigas. El ambiente hediondo, espantoso e irrespirable los anegó como una ola. Luego oyeron murmullo de voces, tintineo de las cadenas y el roce de la paja, como si se removieran animales en un corral. Alguien empezó a hablar a gritos para hacerse oír por los demás. Comenzó a imponerse, aun sin acallar del todo los murmullos a su alrededor.
Maida dijo con voz tensa:
—Entiendo... algunas palabras. Está explicándoles a los demás esclavos cómo fuimos capturados. Habla... una especie de latín.
Entre las tinieblas, Bertha Ketterling gritó de súbito:
—¡Alguien me ha tocado! —chilló—. ¡Un hombre!
Cerca resonó una voz burlona. Hubo risas. Parecían aullidos de animales. Según opinaban en la antigua Roma, los esclavos son animales. En la ruidosa libertad de la barraca, los esclavos totalmente embrutecidos iban acercándose a los recién llegados. Los recién capturados prometían servir de diversión, pues aún no habían sido degradados a su estado final.
Lucy Blair lloró ahogadamente. Hubo un crujido seco y alguien cayó. Se oyeron más risas.
—¡Lo he dejado sin sentido! —gritó Minott—. ¡Hunter! ¡Harris! ¡Buscad a vuestro alrededor objetos que sirvan de mazas! Los esclavos quieren humillarnos, y en esta pocilga no tenemos posibilidades de dominarlos. Aunque nos mataran, los castigarían sólo con azotes. Y las mujeres...
Alguien, rugiendo, se abalanzó sobre él a oscuras. La voz autoritaria de Minott resultaba odiosa, Se oyó una queja. La gente se apelotonaba. Reducidos al estado de animales, los esclavos de los romanos se comportaban como fieras encerradas en su monstruoso cubil. Odiaban a los recién llegados por el simple hecho de que habían sido hombres libres y no esclavos. Las mujeres estaban limpias y atemorizadas... Serían presa fácil. Las cadenas tintineaban agoreramente. Los pestilentes alientos viciaban el aire. Un tufo de depravación total, de seres humanos convertidos en algo peor que las fieras, apestaba el ambiente. Estaban totalmente a oscuras.
Bertha Ketterling rompió a llorar ruidosamente. De repente se oyó el espantoso ruido de un golpe aplastando la carne. Se desencadenó la batalla entre los gritos aterrorizados de Lucy Blair. Hubo jadeos de los hombres que luchaban, ruidos de los golpes, Un herido aulló. Otro blasfemó. Una mujer lanzó un chillido estridente.
¡Bang! ¡Bang! ¡Bang! ¡Bang! Los disparos sonaron fuera, una verdadera descarga cerrada. Carreras, gritos. Las vigas de la puerta cayeron. Las grandes puertas se abrieron y algunos hombres aparecieron en el umbral con látigos y antorchas. Los esclavos recibieron orden de salir y atacar a otro enemigo aún desconocido, Les sacaban de su cubil como perros. Cuatro cómitres entraron y repartieron latigazos a discreción. Los disparos continuaban. Los esclavos retrocedieron o salieron aullando al exterior. Pero tres de ellos no volverían a retroceder o atacar nunca más.
Minott y Harris estaban agazapados en un rincón de la barraca. Lucy Blair, con el pelo enmarañado, se ocultaba detrás de Minott, quien esgrimía una pesada viga, decidido a vender cara su piel. Harris aferraba del mismo modo una rústica porra. Cuando recibió la luz de las antorchas, su aire de salvaje desafío desapareció, como si quisiera disculparse por lo del cadáver tendido a sus pies. Hunter y dos de las chicas se empujaban, presas del pánico, por refugiarse detrás de él. Maida Haynes, mortalmente pálida, se apoyaba de espaldas contra una pared, empuñando un fragmento puntiagudo de hueso carcomido como si fuese un puñal.
Recibieron azotes. Las voces se burlaron de ellos. Más latigazos. Minott luchó con rabia, sangrando por una gran herida en el rostro.
Los revólveres tronaron junto a la gran puerta. Blake estaba allí, un revólver en cada mano y los ojos relampagueantes. Un esclavo cayó y su antorcha se apagó, humeante, en el pestilente barro del suelo.
—¡Se acabó! —gritó Blake con ímpetu—. ¡Salid!
Hunter fue el primero en llegar hasta él, fatigado, jadeante. La confusión era indescriptible. Un inmenso granero estalló en llamas. Algunos individuos corrían alocados en todas direcciones. De las llamas brotó una explosión, luego dos, tres más.
—¡Los caballos están en el establo! —dijo Blake, mortalmente pálido—. No los han desensillado. Los esclavos aún no han descubierto cómo se desatan las cinchas. Escondí algunos cartuchos de revólver entre la paja antes de prender fuego al granero.
Viéndose atacado con látigo y daga por otro esbirro, Blake lo liquidó de un balazo.
Minott gritó roncamente:
—¡Déme un revólver, Blake! Voy a...
—¡Primero los caballos! —respondió Blake.
Corrieron hacia el patio. Con dos disparos, los esclavos huyeron aullando. Salieron al galope, agazapados sobre las sillas de montar. Al pasar cerca de la villa vieron en una terraza al gordo de la toga extravagante, que desahogaba su ira con un esclavo postrado a sus pies. Pisoteó al abyecto siervo y avanzó, lanzando órdenes con voz de trueno. Los caballos se alejaron y el propietario agitó el puño, rojo de ira y sin reparar en el peligro que corría, por efecto de su rabia bestial.
Blake lo mató de un disparo, volvió grupas y le arrebató la toga al cadáver del gordo para cubrir a Maida.
—¡Toma! —dijo con violencia—. Mataré a quien...
Era ya el jefe indiscutible. Dirigió la retirada, y los ocho caballos partieron hacia el norte, regresando hacia el bosque en llamas.
Hicieron alto, A sus espaldas, el fuego prendía en otro anexo de la finca. La confusión era total. La muerte del amo anuló toda organización. El barracón de los esclavos comenzó a incendiarse, Los gritos y aullidos de pánico llegaban incluso a oídos de los fugitivos. Pronto los esclavos empezaron a saquear y a combatir entre sí.
Minott se movía como una fiera, desnudando a los cadáveres de aquella increíble batalla entre soldados confederados y tropas romanas, en algún sendero inconcebible del espacio y el tiempo. Blake cubría la retirada, después de ordenar que recogieran los rifles y municiones de los confederados muertos, si eran tal cosa.
Mientras Hunter, sin dejar de gemir histéricamente, cargaba su caballo con aquellas armas aún desconocidas, él y los demás volvieron a experimentar vértigo y náuseas increíbles, insoportables. El bosque incendiado desapareció, tragado por la repentina oscuridad. El viento traía un olor mefítico, a humedad y perfumes extraños y penetrantes de flores exóticas, Un rugido inmenso y letal atronó el espacio abierto ante ellos, que hedía como un fantasmagórico pantano.
El vapor «Ciudad de Baltimore» se balanceaba en alta mar bajo la primera y pálida claridad del amanecer. El patrón, que se hallaba en el puente, parecía preocupado. El radiotelegrafista se acercó llevando un fajo de radiogramas. Tenía los ojos enrojecidos por la falta de sueño.
—Tal vez haya sido culpa mía, señor —informó, soñoliento—. Anoche me sentí terriblemente enfermo, y además me pasé horas sin poder localizar ninguna estación. He revisado la radio, pero no hay avería. Hace poco volví a sentirme muy enfermo y mareado durante un minuto, y cuando me restablecí, la mesa estaba llena de radiogramas. Aquí traigo algunas transcripciones. No comprendo cómo pude estar enfermo y no recibir los mensajes, señor, pero...
El patrón le interrumpió diciendo:
—Yo también he tenido esa sensación enfermiza..., ese mareo, y lo mismo el primer oficial. Nos ha ocurrido a todos. Déme los mensajes.
Su mirada recorrió rápidamente los formularios amarillos:
«Últimas noticias: la mitad de Londres desapareció a las dos de esta madrugada... Informa el vapor “Manzanillo”. La serpiente de mar que durante la noche atacó esta nave y se llevó cuatro marinos ha regresado y ha sido arponeada hace cinco minutos. Parece agonizar. Nuestra proa gravemente aplastada. Dos compartimientos de proa inundados... Aviso a todos los navegantes: masa de hielo a la deriva, a sesenta kilómetros del puerto de Nueva York... Últimas noticias: Madrid, España, ha sufrido un cambio inexplicable. Todos los edificios notables no se identifican desde el aire. Desaparecidos los aeropuertos. Mezquitas ocupan al parecer el lugar de iglesias y catedrales, Los ministerios arbolan pabellón de la media luna. La población europea de Calcuta parece haber sido exterminada. Vapor “Carib” informa que el puerto está desierto, todas las instalaciones coloniales desaparecidas y multitudes hostiles ocupan la orilla...»
El patrón del «Ciudad de Baltimore» se pasó la mano por la frente. Inquieto, miró al operador de la radio.
—Sparks —dijo suavemente—, será mejor que vea al oficial médico de a bordo. Que le acompañe un hombre.
—Comprendo —murmuró Sparks con amargura—. En efecto, supongo que estoy loco. Pero ése es el mensaje que recibí.
Se alejó cabizbajo, escoltado por un marino, Por la proa se divisaba una nubecilla de humo que creció rápidamente. A la velocidad de las dos naves, el otro barco sería visible quince minutos después. Media hora más tarde lo divisaron con claridad. Era largo, bajo y pintado de negro. Lo más increíble consistía en que era un vapor de ruedas, con dos propulsoras en lugar de una. La de popa giraba más rápido que la de proa.
El patrón del «Ciudad de Baltimore» utilizó el catalejo, y del susto estuvo a punto de dejarlo caer, La bandera que arbolaba la otra nave era blanca y negra. Soplaba un rápido viento de manga. ¡La calavera blanca coronando dos tibias cruzadas! ¡La bandera tradicional de los piratas!
En el aparejo de la otra nave aparecieron pabellones de señales. El patrón del «Ciudad de Baltimore» las miró estupefacto.
—¡Imposible! —murmuró—. ¡No tiene sentido! No son las del código internacional. ¡No son las mismas banderas!
En ese momento retumbó un cañón. Una monstruosa bocanada de humo de pólvora negra se arremolinó sobre la proa de la otra nave. El proyectil atravesó la cubierta del «Ciudad de Baltimore» y un momento después hizo explosión.
—¡Yo también estoy loco! —exclamó el patrón, desconcertado.
Un segundo proyectil. Luego un tercero y un cuarto. El vapor negro maniobró para atacar en toda regla al «Ciudad de Baltimore». Medio puente cayó por la borda. La escotilla de la bodega delantera voló por los aires, entre una gran humareda, a causa de una explosión en el sollado.
Entonces el patrón recobró la lucidez. Dio órdenes. La gran nave cabeceó al cambiar de rumbo e hizo avante a toda máquina. Los cañones del enemigo multiplicaron sus disparos. La nave corsaria quiso escapar, pero ya no tenía tiempo.
El «Ciudad de Baltimore» iba a la colisión. Hasta el último momento, el patrón estuvo seguro de su propia locura. Era demasiado tarde para salvar la otra nave. El «Ciudad de Baltimore» la partió por la mitad.
La pálida claridad del amanecer se filtraba a través de un follaje increíblemente denso. Abajo, donde ardía una pequeña fogata de campamento, sólo era un resplandor incierto. La hoguera humeaba, pues la leña estaba verde. Hunter cuidaba del fuego, vestido con jirones de un uniforme gris.
Harris estudiaba pacientemente un fusil, tratando de averiguar cómo funcionaba. No se parecía a ninguno de los fusiles que él conocía. El cerrojo no era en realidad un cerrojo, y había observado que el cañón no tenía rayas. No se veía cargador, alza ni mira. Harris aún llevaba el taparrabos que le pusieron cuando lo encerraron en el cubil de los esclavos de la villa romana, Minott estaba sentado con la cabeza entre las manos, fijando la vista en la otra orilla del torrente. Su rostro sólo reflejaba amargura.
Blake vigilaba. Maida Haynes estaba sentada a su lado, contemplándole. Lucy Blair echaba ojeadas furtivas y algo ávidas a Minott. Luego se acercó para hacerle una pregunta. Las otras muchachas se habían sentado junto a la fogata, Bertha Ketterling se apoyaba sobre el tronco de un helecho arborescente y roncaba con la cabeza echada hacia atrás. Salvo Blake, todos iban descalzos.
Blake se acercó a la fogata y observó la corriente de agua.
—Parece que hemos llegado al límite de una falla de tiempo —observó—. La vegetación de este lado del torrente pertenece desde luego al período carbonífero. La de la otra orilla no es tan primitiva, pero tampoco pertenece a nuestra época. ¿Profesor Minott?
Minott alzó la cabeza.
—¿Qué? —preguntó con desgana.
—Necesitamos orientación —respondió Blake—. Llevamos varias horas aquí y no hemos descubierto ningún cambio en las sendas de tiempo. ¿Sería posible que hubiera concluido el desorden del tiempo y el espacio? Si así fuera y las sendas de tiempo no volvieran al orden normal, no hallaríamos intacto nuestro mundo, pero podríamos buscar colonias, o tal vez ciudades, de gente como nosotros.
—Si lo hiciéramos —replicó Minott—, ¿de qué nos serviría? Estamos prácticamente desarmados. No podemos...
Blake indicó los fusiles que se habían llevado.
Harris está estudiando ese problema —objetó con energía—. Además, las muchachas aún llevan sus revólveres en las alforjas. Eso representa dos revólveres por hombre y sobra un par. Los romanos creyeron que las alforjas eran adornos, o tal vez dejaron para más tarde el desvalijarnos. No importa, Pero ahora me gustaría saber si el cataclismo del tiempo ha terminado.
Lucy Blair dijo algo en voz baja, pero Minott miraba a Maida Haynes.
Ésta observaba con adoración a Blake.
La mirada de Minott ardía. Frunció el ceño hasta asumir una expresión muy hostil.
—Tal vez no —respondió sin rodeos—. Supongo que aún quedarán dos semanas o tal vez más, puesto que el tiempo transcurre simultáneamente en todas las sendas. Dejemos de pensar en el tiempo como si transcurriera tan sólo en nuestra senda cronológica. Sí, supongo que las perturbaciones proseguirán durante unas dos semanas o algo más, salvo colapso total del tiempo y el espacio.
Blake se sentó.
Maida Haynes se acercó disimuladamente.
—¿No podría explicarse mejor? Sólo nos queda aguardar aquí. Por lo que deduzco de la topografía, en nuestro tiempo hay una aldea al otro lado de esta corriente de agua. Si avistamos nuestra senda de tiempo, la encontraremos.
Minott empezaba a recobrar su actitud autoritaria. El verse prisionero y reducido a la condición de esclavo había hecho vacilar su confianza en sí mismo. Antes no sólo se consideraba miembro de una raza superior, sino incluso superior dentro de tal raza. Al ser esclavizado conoció la inferioridad y el desvalimiento. El episodio aún carcomía su vanidad y su amor propio, padecía al recordar que sólo había sido capaz de matar a dos esclavos totalmente embrutecidos sin que ello contribuyera a su propia liberación. Intentó dar a su voz la firmeza que había tenido antes.
—Sabemos..., sabemos que la gravedad incurva el espacio —habló con meticulosidad—. Gracias a nuestras observaciones podemos calcular la curvatura producida por una masa determinada, así como la masa necesaria para desviar el espacio hasta quedar éste completamente cerrado, dando lugar a un universo aislado que no se puede detectar en las dimensiones que conocemos. Por ejemplo, sabemos que si dos astros gigantescos chocaran formando una masa superior a la crítica, en el instante de la colisión no se produciría un gran cataclismo. Sencillamente, desaparecerían. Pero no por destrucción; meramente dejarían de existir en nuestro espacio y tiempo. Habrían dado lugar a un espacio y tiempo propios.
Harris dijo tímidamente:
—¿Como si uno se metiera en un agujero y lo taponara tras de sí? Una vez leí algo por el estilo en un suplemento dominical.
Minott asintió, y siguió explicando en un tono muy parecido al que solía adoptar en clase:
—Ahora bien, supongamos que haya ocurrido como decía. Ambos universos resultan invisibles desde el espacio y el tiempo de donde proceden. Cada uno existe en su propio espacio y tiempo, al igual que nuestro universo. Pero todos ellos deben existir en cierto... llamémosle hiper-espacio, pues si los espacios están separados ha de existir algo entre ellos.
—En realidad, se trata de especulaciones que probablemente no podríamos verificar por medio de la observación —intervino cautelosamente Blake.
—Exactamente —asintió Minott—. Pero, si nuestro espacio es cerrado, admitiremos que hay otros espacios cerrados. No olviden que esos otros espacios cerrados serían tan reales, son tan reales como el nuestro.
—Y eso ¿qué significa? —preguntó Blake.
—Si existen otros espacios cerrados como el nuestro, y existen en un medio común o hiper-espacio, podrían compararse con las estrellas y los planetas de nuestro universo, que están separados por el espacio normal y se influyen a través del mismo. Puesto que los diversos espacios cerrados están separados por un hiper-espacio lógicamente necesario, parece probable que se influyan entre sí a través de aquél.
Blake comentó, meditabundo:
—Entonces, la variación de las sendas de tiempo... vendría a ser algo comparable a unas inmensas mareas. Si otro astro se acercase al Sol, habría un cataclismo en el planeta debido a las tremendas mareas. Usted supone que nuestro espacio cerrado ha sido abordado por otro en el seno del hiper-espacio. Todo esto resulta muy confuso, profesor.
—Lo he calculado —replicó Minott con aspereza—. Hay tres probabilidades entre cuatro de que el espacio, el tiempo y el universo, así como todas las estrellas y galaxias, se desvanezcan en una catástrofe monstruosa. Ni siquiera el pasado habría existido nunca. Pero existe una probabilidad a favor, y me proponía... aprovecharla.
Se incorporó de súbito, muy erguido y frotándose las manos con frenesí.
—¡Y todavía no he desistido! Tenemos armas. Poseemos libros, conocimientos técnicos, fórmulas... ¡lo esencial del saber humano se halla en nuestras alforjas! ¡Oídme! Ahora cruzaremos este arroyo. Cuando ocurra el próximo cambio pasaremos a la senda de tiempo que ocupe el lugar de ésta. Nos dirigiremos hacia el Potomac, donde el aviador divisó las naves escandinavas. En las alforjas tengo vocabularios anglosajones y de escandinavo primitivo. Nos ganaremos su confianza, les enseñaremos, los dirigiremos. Seremos los amos del mundo y...
Harris dijo en son de disculpa:
—Lo siento, señor, pero prometí a Bertha que la acompañaría a su casa y lo cumpliré si es humanamente posible. Debo hacerlo. No puedo ayudarle para que llegue a ser emperador, suponiendo que tenga esa ocasión.
Minott hizo un gesto despectivo.
—¿Hunter?
—Haré... haré lo que decidan los demás —respondió Hunter, molesto—. Pero... preferiría regresar a casa.
—¡Idiota! —gritó Minott.
Lucy Blair dijo ingenuamente:
—A mí me gustaría ser emperatriz, profesor Minott.
Maida Haynes contempló con asombro a su compañera y quiso protestar. Blake se sacó distraídamente un revólver del bolsillo y lo miró con aire meditabundo mientras Minott gesticulaba, con el rostro congestionado y respirando con dificultad.
—¡Estúpidos! —rugió—. ¡Imbéciles! ¡Jamás regresaréis! No tendréis otra oportunidad...
El vértigo súbito, angustioso e intenso se apoderó nuevamente de todos. Blake dejó caer el revólver y se hizo un silencio mortal.
A Blake le temblaban las piernas mientras miraba a su alrededor.
—¡Toma! —tragó saliva—. ¡Es el palacio de Justicia del distrito de King George, y se diría que en nuestro tiempo... ¡Pronto! ¡Hay que vadear el arroyo!
Tomando de la mano a Maida quiso echar a correr.
Minott se adelantó y graznó:
—¡Alto!
Tenía en la mano el revólver que se le había caído a Blake. Estaba desesperado, frenético y negro de ira.
—Voy a daros la última oportunidad... Os ofrezco riqueza, poder, mujeres y...
Harris se incorporó, alzando el fusil confederado, con el que golpeó hábilmente la muñeca de Minott.
Blake vadeó la corriente y dejó a salvo en la otra orilla a Maida. Hunter chapoteó con torpeza en el agua poco profunda mientras Harris sacudía a Bertha Ketterling para despertarla. Blake regresó empapado, reunió los caballos y las armas, e hizo pasar el torrente a las otras tres muchachas. Hunter había salido corriendo hacia el edificio judicial, Blake vadeó la corriente con los caballos. Minott se frotaba la muñeca golpeada, y sus ojos brillaban con la insania de la desesperación.
—Será mejor que nos acompañe —dijo Blake con serenidad.
—¿Para ser profesor de matemáticas? —Minott lanzó una salvaje carcajada—. ¡No! ¡Me quedo aquí!
Blake pensó que Minott era un tipo raro y poco simpático. Estaba ojeroso, enloquecido. De pie ante la selva primitiva del fondo con el uniforme anacrónico arrebatado a algún caído en otra senda de tiempo, incluso daba lástima, pese a su desplante fanático.
—¡Espere! —gritó Blake.
Quitó las alforjas a seis caballos y lo cargó todo sobre los otros dos; luego los hizo pasar el arroyo.
Minott le contemplaba con odio implacable.
—De no ser por usted —dijo, rencoroso—, habría llevado a cabo mi plan original. Sabía que cometí un error al elegirle. Maida le quiere demasiado, y yo la querría para mí. Ha sido mi único error.
Blake se encogió de hombros. Volvió a pasar el agua y montó su caballo.
Lucy Blair titubeó mirando la silueta solitaria y rebelde.
—De todos modos, es... un valiente —comentó con tristeza.
Un nuevo mareo afectó a todos, pero de modo débil, casi imperceptible. Cuando pasó miraron instintivamente hacia la selva. Minott aún estaba allí, mirándolos con rencor.
—¡Tengo... tengo que hablar con él! —exclamó Lucy Blair fuera de sí—. ¡No me esperéis!
Volvió grupas y cabalgó hacia el agua. Otra vez aquel mareo débil, casi imperceptible. Lucy espoleó frenéticamente a su caballo.
Maida gritó:
—¡Espera, Lucy! Va a cambiar...
Lucy gritó sin volverse:
—¡Eso es lo que quiero! Me quedo con él.
Estaba en medio de la corriente... o quizá más lejos; en aquel momento el vértigo los abatió a todos.
Todos conocen lo demás. Durante dos semanas siguieron produciéndose cambios en las sendas de tiempo. Pronto se observó que la cantidad de fallas de tiempo —según la expresión del profesor Minott— iba disminuyendo. En el período álgido, se ha calculado que no menos del veinticinco por ciento de la superficie total de la Tierra se hallaba, en un momento u otro, en senda de tiempo diferente de la propia. No consta que ninguna zona de la Tierra se librase de padecer tales anomalías.
Por supuesto, esto significa que prácticamente toda la población terrestre ha conocido los fenómenos producidos por las extraordinarias oscilaciones de la tierra al margen del tiempo. Nuestros sabios ya no son tan dogmáticos como solían, La dialéctica de la filosofía ha recibido un fuerte golpe. Los conceptos básicos de la botánica, la zoología e incluso la filología han sido revolucionados por los nuevos datos disponibles gracias a nuestros viajes al margen del tiempo.
Evidentemente, la probabilidad favorable se impuso y la tierra sobrevivió. Y por cierto, en la senda de tiempo normal. El grupo explorador de Minott llegó al juzgado de King George apenas un cuarto de hora después del cambio que se llevó para siempre a Minott y a Lucy Blair fuera de nuestro espacio y tiempo. Blake y Harris se propusieron transmitir al mundo la información que poseían. Gracias a un solitario radioaficionado que residía a un kilómetro y medio de allí, radiaron la teoría de Minott por onda corta. Dejando aparte la estimación pesimista de Minott sobre las probabilidades de supervivencia, fue rápidamente admitida por todo el mundo como la explicación correcta. Esto fue providencial, pues en algunos sitios puso fin a preparativos de expediciones inútiles. Por ejemplo, impidió que una columna militar punitiva se dirigiese a una falla de tiempo en Georgia, donde se había refugiado un grupo de indios coleccionistas de cueros cabelludos. También evitó el envío de una escuadra de destructores para localizar y bombardear Leifsholm, desde donde había partido un ataque vikingo contra North Centerville, Massachusetts. Una escuadrilla de aviones cartográficos fue llamada con urgencia para que abandonase un pantano carbonífero al oeste de Virginia, poco antes de producirse el cambio de tiempo que la habría aislado para siempre.
Pero el conocimiento no pudo impedir algunas contrariedades. Se ha calculado que faltan de su tiempo y espacio no menos de cinco mil norteamericanos, por haberse aventurado en las regiones extrañas tan súbitamente aparecidas. Muchos han debido perecer, pero estamos seguros de que algunos se habrán puesto en contacto con las diversas civilizaciones que existen, conforme sabemos ahora.
En cambio, hemos recibido habitantes de otras sendas de tiempo. Dos cohortes de la Vigésimo Segunda Legión Romana se han establecido cerca de Ithaca, Nueva York. Cuatro familias de campesinos chinos intentaron recoger fresas en lo que creyeron ser un fresal milagroso de Virginia, y se han quedado allí cuando esa zona de terreno retornó a su medio normal.
En Colorado ha quedado una aldea rusa, y una colonia francesa en el Medio Oeste, inexplorado en su tiempo. Parte de los rebaños septentrionales de bisontes han sido recuperados, doscientos mil en total, junto con una aldea de cheyennes que no conocían el caballo ni las armas de fuego. Mil quinientos millones de palomas silvestres han regresado a América del Norte.
Pero nuestras pérdidas son cuantiosas. Además de los atrevidos que fueron arrastrados con los territorios extraños que exploraban, tuvimos los sobrecogedores desastres de Tokio, Río de Janeiro y Detroit. Consideremos los dos primeros. Cuando la deriva al margen del tiempo dejó de actuar, la mayoría de los continentes regresaron a sus posiciones correctas en sus sendas de tiempo. Pero no todos. Al este de Tennessee queda una zona de selva post-cámbrica. Ya hemos mencionado la aldea rusa de Colorado y la factoría francesa del Medio Oeste. En algunos casos, las zonas afectadas quedaron en nuevas posiciones cronológicamente alejadas de sus puntos de origen.
Esta es la causa de la total desaparición de Río y Tokio. Donde se alzaba Río, ahora sólo existe la selva. Pertenece a nuestra era geológica, sólo que corresponde a una senda de tiempo en que Río de Janeiro nunca fue construida. En el emplazamiento de Tokio se alza una vegetación sumamente arcaica, que motiva grandes polémicas entre botánicos y paleontólogos. En algún lugar, en algún espacio y tiempo, Tokio y Río siguen existiendo y sus poblaciones aún viven. Pero lo de Detroit...
Aún no comprendemos qué ocurrió en Detroit. Se hallaba en una zona afectada, desapareció de nuestro tiempo y luego regresó. Pero sus habitantes no retornaron. La ciudad estaba vacía, desierta, como si los cientos de miles que la poblaban se hubieran evaporado. Se han visto algunas señales de lucha, pero tal vez se deban al pánico. La ciudad de Detroit regresó a su propio espacio y tiempo intacta, entera, sin huellas de saqueo siquiera. Pero no había en ella ni siquiera un animal doméstico, ni un pájaro enjaulado. No comprendemos este fenómeno.
Si el profesor Minott hubiera regresado, quizás habría sido capaz de resolver ese enigma. Las notas fragmentarias que se han encontrado, escritas por él, resultaron de un valor inestimable. Nuestra interpretación de lo que sucedió descansa en las observaciones de Minott y, por supuesto, en las declaraciones de Blake y Harris. En cuanto a Tom Hunter, no ha sido capaz de recordar nada útil. Maida Haynes ha proporcionado algunas indicaciones valiosas, pero se refieren a temas bien documentados por otros observadores. La declaración de Bertha Ketterling carece de interés.
Quedan pendientes muchos problemas. Es posible que las respuestas se hayan quedado para siempre en las alforjas que Blake le dio a Minott como viático en su desesperado viaje a través del espacio y el tiempo. Nuestros científicos trabajan incansablemente en el análisis de los datos cuya importancia escapó a Minott. En todo el mundo, muchos echan en falta ciertas alforjas cargadas en un caballo que sigue a Minott y a Lucy Blair por parajes insospechados, en aventuras inimaginables, con un par de revólveres y unos libros de texto como bagaje para la conquista de un imperio.
* * *
Al margen del tiempo ha sido uno de los relatos que más permanentemente influyeron en mi pensamiento. Me hizo intuir los «si...» de la historia, y esto no sólo se ha reflejado en mis cuentos de ciencia-ficción, por ejemplo en The Red Queen’s Race, sino también en mis libros «serios» de Historia. También he utilizado el tema de la especulación histórica,, con enorme complejidad, en mi novela The End of Eternity.
La ciencia-ficción progresó con el tiempo. Cuando surgía un nuevo concepto que por su complejidad y realismo superaba claramente a otro más antiguo y burdo, casi invariablemente los lectores lo advertían en seguida. Y aunque aquel concepto más antiguo y burdo no desaparecía del todo (¿puede algo desaparecer del todo?), quedaba relegado a los rincones menos importantes de la especialidad.
Por ejemplo, H, G, Wells ha escrito el primer relato de ciencia-ficción que desarrolla con realismo una invasión de seres inteligentes de otro mundo. Ese relato fue The War of the Worlds. Apareció en 1898, y los seres eran marcianos. El título La guerra de los mundos sugiere que los marcianos venían a la tierra para sojuzgarla, idea natural en aquella época, pues era eso lo que los europeos estaban haciendo en África.
La influencia de Wells ha sido vigorosa, y durante cuarenta años las invasiones de seres extraterrestres fueron un tópico en las narraciones de ciencia-ficción. Los seres extraterrestres siempre venían decididos a la conquista. No les importaban las vidas humanas, ni les interesaba la cultura humana. Los relatos Tetraedros del espacio, y el ciclo de Tumithak