13
STEPHEN pasó la segunda semana de febrero en La Haya, cubriendo el juicio contra Milosevic por crímenes de guerra.
Durante largas horas contempló a Milosevic a través del vidrio a prueba de balas que separaba al dictador de la tribuna del público. Había un defecto en el vidrio y, cuando Stephen movía la cabeza, las facciones abotargadas y hurañas del acusado se ondulaban como una imagen reflejada en el agua.
Milosevic aparecía también en una pequeña pantalla instalada en la pared, a la derecha de Stephen, casi siempre en un indiscreto primer plano. Veías hasta la piel irritada por el afeitado, a la izquierda del mentón. Pantalla, realidad, pantalla, realidad, la atención de Stephen iba de una a otra, aunque la imagen de la pantalla era más reveladora, y también más fiel, porque no estaba distorsionada por el defecto del vidrio.
El murmullo de los discursos y traducciones se interrumpía cada vez que en las pantallas se proyectaba una diapositiva o se pasaban escenas en vídeo. Un Milosevic joven y vigoroso, con el cabello castaño, pronunciaba un vibrante discurso rodeado de guardaespaldas. El hombre de pelo gris sentado en el banquillo sonrió tristemente al contemplar su propia imagen, y un breve murmullo de comprensión recorrió los bancos del público. Todos sabían lo que era eso. Cada cual, al encontrarse inesperadamente frente a la versión joven de sí mismo, piensa: «Dios mío, ¿qué ha sido de todo aquello?»
Pero entonces otras imágenes llenaron las pantallas, y se acabaron las sonrisas.
—Esto es un cadáver exhumado de una fosa común en Kosovo —dijo la fiscal.
En la pantalla apareció la cara semidescompuesta de un hombre joven, con los ojos vendados y la boca abierta en lo que hubiera sido difícil no identificar como un grito. A algunos los castraban antes de matarlos. Le habían vendado los ojos no para que no identificara a sus torturadores —de todos modos iban a matarlo—, sino porque es más fácil torturar a un hombre si no le ves los ojos.
—Y esto —dijo Milosevic al día siguiente, lanzándose no sin fruición a un siniestro juego de toma y daca— es la cabeza de un niño serbio, en la acera de una calle de Belgrado.
Nada demostraba la nacionalidad del niño; también podía ser la cabeza de un niño bosnio, en la plaza del mercado de Sarajevo. No sería la primera vez que la propaganda hacía trabajar a los muertos a jornada doble, presentándolos como víctimas de uno y otro bando.
Los ojos del niño te miraban desde el suelo. En la sala, la gente revolvía papeles, tosía o hacía girar la estilográfica entre los dedos, avergonzada de su incapacidad para seguir horrorizándose. El niño fue sustituido por unos cadáveres carbonizados en un vagón de tren, caras calcinadas en sonrisas sin labios, volcadas hacia las ventanillas, como para despedirse de amigos y familiares que estuvieran en el andén.
Nada de aquello había sido visto en su momento. Ni siquiera por los pilotos que arrojaban las bombas y, mucho menos, por los espectadores que, en la sala de su casa, veían por televisión las imágenes facilitadas por el Pentágono. En los televisores y en la pantalla instalada en la oficina de prensa veías columnas de humo marrón enmarcadas por las líneas del visor telescópico. El espectador, separado de la realidad por una pantalla doble, miraba, bostezaba, se rascaba y, finalmente, cambiaba de canal. ¿Quién podía reprochárselo? La guerra volvía a tener color sepia. Estaba depurada. No debía enseñarse algo tan sucio como la sangre.
Y, mientras tanto, bajo las lejanas erupciones de polvo marrón, ocurría esto. Un niño despedazado. Unos seres humanos cocidos como cagarrutas de perro al sol.
Aquella noche, en el bar, al levantar la mirada del periódico, Stephen vio a su viejo amigo Ian Brodie —con su inseparable trinchera negra— empujar las puertas: una silueta tan inconfundible como la de un bombardero fantasma. Stephen se levantó, saludó a su amigo, le ofreció un trago y fue en busca de dos jarras de cerveza mientras Ian se quitaba la trinchera.
Encontraron una mesita relativamente tranquila en un rincón. En el diván de enfrente, un político serbio era entrevistado en directo. De la mesa de al lado, en la que un joven editaba otra entrevista, llegaba el chirrido de voces en rebobinado. Stephen miró alrededor preguntándose si realmente echaba de menos todo aquello. O en qué medida lo echaba de menos.
Ian se sentó, trayendo en la ropa olor a aire limpio. Tenía la cabeza en forma de bala y el pelo fino como plumón de ganso. Pasaron una hora chismorreando: quiénes estaban aquí y para cuánto tiempo. Pobres capullos a los que les hubiera caído en suerte cubrir la información de modo permanente, dijo Ian, porque aquello iba a durar y durar.
—Slobo se morirá de viejo o de una embolia antes de que tengamos veredicto —dijo. Todos lo llamaban Slobo: sonaba afectuoso pero no lo era.
—Por lo menos han cazado al muy cabrón —dijo Stephen.
—La justicia del vencedor.
—¿Tú crees?
Graznido de regocijo.
—No estaría aquí si hubiera ganado él.
—Sí. De acuerdo, lo sé. Pero igual es importante que esté aquí. Raison d’état? No, perdona, tío, tú eres un asesino. —Stephen se inclinó—. Yo estoy contento.
El bar se había llenado. Stephen conocía de nombre a todos los presentes. Alguno que otro tenía ese gesto estoico del que está acostumbrado a salir en televisión. Otros eran viejos amigos. Constituían una especie trashumante.
—¿Ya sabes que he dimitido?
—Sí. ¿No estabas escribiendo un libro? ¿Cómo va?
—Despacio. Estoy tardando más de lo que pensaba.
—Es lo que suele ocurrir. ¿Piensas volver?
—Aún no lo sé.
Ian levantó una mano para atraer la atención del barman. Era una mano con la palma amarillenta, porque, en algún momento de su larga carrera, el reportero había adquirido la costumbre del soldado veterano de esconder la brasa del cigarrillo en el hueco de la mano.
—¿Y eso por qué?
—Ya me he cansado.
—Podrías concederte un año sabático.
—No. Me parece que ha llegado el momento de tomar una decisión. Voy a cumplir los cuarenta. No quiero andar de guerra en guerra hasta que sólo sea bueno para que me lleven al cementerio.
Ian se inclinó y lamió la espuma de la jarra con una lengua de fieltro gris.
—¿Como yo, quieres decir?
Stephen respondió, incómodo:
—Ya sabes que no.
Cambiaron de tema. Ian rememoró el tiempo que habían pasado juntos en el sitio de Sarajevo. Stephen pidió otras dos cervezas. Rieron mucho, bebieron mucho y acabaron hablando de Ben.
—Lo vi en Londres —dijo Stephen—. Él se iba al día siguiente y yo salía una semana después. Me dijo que tenía un mal presentimiento. Cuántas veces he recordado aquella conversación. Ojalá le hubiera dicho: Mira, si no estás tranquilo, no vayas; que manden a otro. Porque, cuando has estado metido en este mundo tanto tiempo como él, tienes intuición.
—Ya.
—¿Te acuerdas del amuleto que llevaba? Aquel día no hacía más que manosearlo. El cierre estaba flojo, no tenía tiempo de mandarlo arreglar y estaba preocupado.
—No habría servido de nada tratar de disuadirle —repuso Ian—. Se habría ido de todos modos.
—Sí, lo sé. Pero me gustaría haberlo intentado.
A medianoche, todavía sobrio en apariencia, Ian fue hacia la puerta pisando con suavidad, con el cuerpo erguido y la cabeza quieta, como la novia que teme no llegar al altar con la diadema en su sitio.
De pie en la acera mojada, Stephen apoyó una mano en el hombro de Ian.
—Buenas noches.
—Ahora no vuelvas a desaparecer.
—La próxima vez que vaya a Londres te llamo.
Ian se iba camino de su hotel cuando, a los pocos pasos, se volvió y, andando hacia atrás, gritó:
—No habrías podido salvarlo. Se habría ido de todos modos.
Stephen levantó una mano.
—Buenas noches, Ian.
Lentamente, subió al primer piso, forcejeó con la cerradura y se dejó caer en la cama. Cerró los ojos y vio la imagen del muchacho exhumado de la fosa común de Kosovo. Él estaba presente cuando tomaron aquella foto, tapándose la nariz con el pañuelo. Verano. Polvo en los árboles. Entramado de sol y sombra. Caminaban por el fondo del valle, guiados por el olor y perseguidos por las moscas que zigzagueaban entre los árboles. Una de ellas, borracha de sudor y pestilencia, se le paraba una y otra vez en el labio superior. También se posaban en el hombre que tenía los ojos vendados, pero él no las ahuyentaba. Stephen vio cómo una le entraba volando en la boca abierta.
«No habrías podido salvarlo.»
Stephen se despertó sobresaltado, vio que la luz de la mesita de noche estaba encendida y pensó en levantarse a beber un vaso de agua, pero no tuvo ánimo.
Tanteó en busca del interruptor y apagó la luz.
Mientras desayunaba, Stephen leyó los artículos que había escrito la víspera. En el último minuto, Ted lo había llamado para decirle que tenían una foto sensacional de Milosevic entrando en la sala y que si podría empezar la crónica con eso. A regañadientes, Stephen reescribió el primer párrafo, no sin dificultad, ya que él, al igual que la mayoría, no había visto entrar a Milosevic.
En la foto —publicada en lugar preferente, encabezando página— aparecía Carla del Ponte, la fiscal, sonriendo triunfalmente mientras el ex dictador, una figura vencida, con los hombros caídos, era escoltado al banquillo.
Ted tenía razón, la foto era sensacional. Un momento dramático. Pero un momento que no había existido. Cuando entró Milosevic, Stephen estaba observando a Carla del Ponte. El cabello de la fiscal relucía a la luz de las lámparas como un casco dorado. Y ella estaba bromeando con los otros fiscales, absorta en la conversación. No sólo no sonreía triunfalmente por la ruina de Milosevic sino que ni lo había visto entrar.
Otra muestra del valor de la fotografía como testimonio de la realidad. Aquello lo cabreaba. Por más que se repetía que no importaba, no lograba convencerse. Siempre, en todas las ocasiones, se daba preferencia a la imagen sobre la palabra. A pesar de que las imágenes nunca explican nada y con frecuencia, aun sin pretenderlo, engañan.
Aquella tarde, Stephen se saltó la sesión del tribunal y se fue al Mauritshuis, donde estuvo largo rato delante de La muchacha de la perla de Vermeer.
Una figura sobre fondo negro, unos ojos grandes, con un velo de dolor y lágrimas. Era un poco parecida a Justine, y el recuerdo del tiempo pasado con ella contribuyó más que cualquier otra cosa a descontaminarle la mente.