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HABÍA silencio en el coche. Los dos miraban al frente mientras él conducía, ahora más despacio y con precaución, y los faros exploraban la oscuridad que envolvía los árboles. Stephen no sabía qué decir. No podía volver a disculparse, aunque la muchacha no había protestado. Era sólo que él había provocado una situación que no deseaba y ahora no sabía cómo salir de ella. Con su silencio trataba de dar a entender que aquello había sido un incidente trivial; pero no parecía que el silencio pudiera transmitir el mensaje. A cada minuto que pasaba, el beso adquiría más importancia. Los dos respiraban deprisa, como si temieran que el otro, al percibir una respiración honda, pudiera confundirla con un suspiro. Él sentía una opresión en el pecho. Con el rabillo del ojo veía los muslos de la muchacha, un poco separados, y el surco que el cinturón le marcaba entre los pechos.
—Aquí debió de encontrar Adam el hurón —dijo al fin.
—Fue ahí detrás. A Beth no le gusta que venga solo hasta aquí.
—Si fuera hijo mío, yo no lo dejaría. Si los animales no pueden ver los coches, ¿cómo va a verlos él?
Poco a poco, los árboles iban espaciándose y el bosque quedó atrás. Buscando tema de conversación, él le preguntó si alguno de sus amigos se había tomado un año sabático y si ella se proponía tomárselo. Se lo había planteado, pero había desistido. Al parecer, las facultades de Medicina no aprobaban la idea.
—Piensan que pierdes el ritmo —explicó—. Y probablemente tienen razón. —Su voz, que al principio sonaba ronca y forzada, iba aclarándose y afianzándose. Ella estaba haciendo un año sabático forzado y, desde luego, había perdido el ritmo. Tenía el cerebro embotado.
—Recuerda que has estado enferma.
—Sí, pero ya estoy bien.
—Lo que necesitas es tener nuevas experiencias.
—Sí. —Esto pareció divertirla.
Volvió a haber un poco de tensión cuando él paró el coche delante de la casa parroquial, un edificio georgiano alto, estrecho, con tejado a dos aguas, situado al borde del prado comunal, detrás de un bosquecillo. Stephen rodeó el capó para abrirle la puerta.
Ahora, frente a frente, expuestos súbitamente al frío, se miraron por primera vez. Los ojos de la muchacha relucían al claro de luna. Algo despertó en Stephen, algo sin nombre, irracional y mucho menos sano que el deseo. Volvía a notar el olor de la escalera de Sarajevo, y se llenó los pulmones de aire frío. Ella tenía los labios entreabiertos.
—Sí, bueno... —dijo él dando un paso atrás.
—Adiós.
Ella levantó la mano y se alejó rápidamente por el sendero. La puerta proyectó una franja de luz dorada sobre la nieve pisada, y la muchacha desapareció.