I
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No me apetecía estar completamente solo en casa de Chucks y convertirme en el nuevo fantasma de la Provenza, así que me mudé con Lola. La primera vez que volvió a ver la casa, nada más desmontar del Spider, se arrulló entre mis piernas y sollozó, pero enseguida recobró su territorio perdido. Ladró un par de veces y salió corriendo hacia el jardín.
En cualquier caso, no estuve solo esos primeros tres días. Manon, la sobrina de Mabel, vino a limpiar todas las mañanas, mientras yo trataba de retomar una saludable disciplina creativa. Era una muchacha curiosa. Sabía que allí había muerto una persona e iba santiguándose por la casa, y aunque apenas hablaba una palabra de inglés, nos entendíamos bien. Los primeros días se dedicó a limpiar, planchar y recoger toda la ropa de Chucks, que quedó empaquetada en varias cajas y maletas. Después aspiró, fregó y abrillantó la casa y hecho esto supongo que temió quedarse sin trabajo, así que empezó a cocinar para mí. El primer día estuve a punto de disuadirla para que no lo hiciera, pero en cuanto probé su tagliatelle a las trufas blancas cerré los labios en cremallera. A fin de cuentas, aquellos días estaban siendo realmente productivos para mí, atrincherado en el salón Stalin con mi MacBook, café, tabaco y una Gibson Les Paul Goldtop del 57 que tocaba en mis horas de aburrimiento. Ni una pastilla, ni un trago, pasando el mono de la mejor manera que podía: escribiendo. Realmente aquella casa funcionaba para mí igual que le había funcionado a Chucks, y pensé que podría quedarme una temporada y terminar la novela. Eso al menos sería quitarme un problema de encima.
Bill Nooran parecía haber despertado de nuevo. Su amiga, la amable anciana Castevet, había comenzado a invitarle a tomar té a su casita de las afueras de Testamento con la excusa de charlar sobre literatura. Cierto día, después de terminarse la segunda taza, Bill le dijo que el azúcar le excitaba demasiado. Dicho esto, se levantó y la golpeó con un ejemplar del Quijote en plena mandíbula izquierda, quebrando aquel frágil cuello de vértebras sexagenarias y matando a la señora Castevet de un solo y seco golpe literario. Y a partir de ese momento la historia recobró el ritmo, se enfiló en la dirección correcta y ya podía ver el final.
Un viernes, casi ocho días después de haberme marchado de casa, tuve la última revelación del libro. Debían de ser las cinco o las seis de la tarde cuando me desperté de una larga siesta. Las ventanas de la habitación golpeaban entre sí empujadas por un viento sureño, extraño, casi premonitorio, y el cielo se había encapotado. La humedad previa a una buena descarga de lluvia, a una tormenta de verano quizá, se palpaba en todas partes. Era como si la tierra emanara una extraña energía aquella tarde y los grillos, casi coléricos, tocaran su guitarra una y otra vez, como si fuera la última tarde en sus vidas.
Lo bueno de las siestas es que a veces afinan la imaginación. Al despertarme de aquella, todavía tumbado en la cama deshecha, tuve la idea perfecta para el final: llevaría a Bill Nooran hasta la gasolinera de Rattle Avenue, donde tomaría a dos hermanitos como rehenes. Uno de ellos era el precoz pirómano Toby Bruster, que provocaría una explosión brutal con su minilanzador de bengalas (un invento que había dejado colar adecuadamente páginas atrás) y unas latas de gasoil. El cuerpo de Bill desaparecería y en Testamento todo el mundo pensaría que había sido reducido a cenizas, pero una última escena revelaría lo contrario. ¡Listo para la cuarta entrega!
Me puse unos vaqueros, una vieja camiseta de Bruce Springsteen y unas Crocs que habían pertenecido a Chucks. Eso es lo absolutamente genial de vivir solo: que nadie puede decirte que vas hecho un disparate. Bajé al salón Stalin con la idea de ponerme a escribir esa misma tarde. Mi MacBook Air de diez pulgadas estaba abierto sobre la mesa baja que había frente al sofá. El mismo sofá en el que una vez vi a Britney envuelta en mantas, llorando después de haber encontrado el cadáver de Chucks flotando en la piscina. El cenicero estaba lleno de colillas y había cinco tazas de café vacías a un lado.
Me puse a limpiar un poco aquello y pensé que un café cargado me vendría de perlas. La idea sobre el final de mi novela iba cobrando fuerza a cada paso que daba. La noche sería larga y le calculaba unas diez o quince buenas páginas, pero al final de la noche contaba con tener un manuscrito completo que enviar a Mark.
Fui a la cocina. Manon había dejado la cocina limpia y un puchero de pollo y arroz para la cena. La cafetera exprés reposaba desmontada en piezas. La llené de agua y fui a cargarla de café cuando me di cuenta de que esa mañana había terminado la última cucharada.
«Mierda».
Había hecho una sola compra, cinco días atrás, y desde entonces no había vuelto a acordarme de ir al supermercado. Había un pequeño colmado en la carretera de Sainte Claire, pero no me apetecía coger el coche e ir hasta allí, así que decidí investigar en una despensa que me había parecido encontrar unos días antes, tras la puerta de la cocina.
Abrí la puerta y encendí la luz. Era un pasillo estrecho, con estanterías a los lados, donde Chucks había ido acumulando una cantidad insana de productos enlatados, botellas de vino, bolsas de patatas fritas y, por supuesto, salchichas Druwel como para aguantar un par de inviernos nucleares.
Me puse a revolver por allí, a remover cosas, en busca de una lata de café o un paquete. Ahora que lo recordaba, Chucks no bebía mucho café desde que aquella novia feng shui le dijo que era como veneno. Di con un par de posibles candidatas, pero estaban vacías. Entonces pensé que quizá tuviera más suerte en las estanterías superiores. Había una escalerilla plegable pegada a la pared del fondo, sobre unos delantales. La cogí y descubrí que lo que había detrás no era una pared, como había pensado en un principio, sino una puerta.
Estaba camuflada detrás de aquella confusión de cosas y no la hubiera visto de no haber estado buscando el café (ya que, como todo buen adicto sabe, uno hace lo que sea cuando quiere tomarse una buena taza). Bueno, aparté la escalera y quité los delantales que la cubrían y encontré la manilla. La abrí y de pronto sentí una corriente de aire frío y una oscuridad rampante colándose a través de ella.
«¿Otro sótano?», pensé al distinguir el comienzo de unos escalones de madera iluminados por la luz de la despensa.
Introduje la mano y palpé esa pared en busca de alguna luz. A veces haces eso y te topas con una araña, o con un escorpión, pero ese día tuve suerte y di con el interruptor de la luz. Unas lámparas fluorescentes destellaron durante unos segundos antes de encenderse definitivamente. Y entonces me di cuenta de dónde estaba.
No era ningún sótano.
Era el garaje de Chucks.
Sus dos coches estaban aparcados, uno al lado del otro. El elegante Tesla era el que más cerca estaba de mí, junto a esos cuatro escalones de madera que unían el garaje con aquella conexión a la casa que yo acababa de descubrir (¿la habría descubierto Chucks también?). Y junto al Tesla, como un gigantesco casco de Darth Vader, estaba el Rover. Aparcado al fondo, como escondido.
Y verlo me provocó un escalofrío.
«El Rover, tío», pensé, mientras un escalofrío me recorría la espalda.
Me di cuenta de que era la primera vez que lo veía desde que Chucks me contó su historia del atropello. Nunca había querido ver aquellas «pequeñas abolladuras» que Chucks aseguró que habían quedado impresas en su morro porque, en el fondo, era como si verlas pudiera dotar de realidad a una historia que a todas luces me parecía ficticia.
«… Llegué a Sainte Claire, metí el Rover en el garaje y me pasé una hora limpiándolo a fondo. Increíblemente, el puto coche no había recibido ni un toque. La matrícula un poco doblada y un par de abolladuras en la parte delantera. Nada más. Es lo que pasa con esos monstruos».
Bajé los escalones, pasé junto al Tesla y me acerqué al morro del Range Rover. Palpé aquel oscuro y brillante chasis y detecté unas ligeras abolladuras en la chapa delantera. Eran tan amplias e indefinidas que podría haber pasado por una decoración. La matrícula también lucía una pequeña deformación en una de sus esquinas, y había algunos fragmentos rotos en el panel del radiador, pero nada demasiado grave, nada que no pudiera haber sido ocasionado por un golpe doméstico contra una pared o un obstáculo del jardín.
«Nunca sabremos lo que pasó —me dije—, lárgate de aquí. Vuelve a tu novela y olvida todo esto».
Al fondo, a través de los ventanucos que había en lo alto del portón del garaje, se veían los árboles agitarse por el viento. De pronto sentí que algo estaba a punto de suceder allí mismo. Que los fantasmas me habían llevado hasta allí por alguna razón. La despensa, la puerta, el garaje. El Rover.
«Lárgate, Bert. Termina la novela».
Caminé entre los dos coches y abrí la puerta del Rover. Un fuerte olor a tabaco me acarició la nariz. El cenicero aún estaba abierto y mostraba unas cuantas colillas. Recordé lo que Chucks me había contado: «Iba fumando y entonces se me cayó la brasa del cigarrillo entre las piernas y empecé a dar saltos y a intentar apagarla con el culo».
Los asientos del Rover Evoque eran de piel cobriza, me agaché y observé de cerca el del conductor. Allí se podía ver el rastro de una quemadura, varios cráteres provocados por la brasa de un cigarrillo. «Bueno —pensé—, eso encaja, aunque esa quemadura podría haberse hecho cualquier otra noche».
Monté en el asiento del conductor. ¿Qué estaba haciendo? Tomé el volante con las manos, tratando de imaginar aquella noche de lluvia. El cigarrillo entre las piernas. El momento en el que Chucks atropellaba a Daniel Someres. Le recordé contándomelo, estremecido, aquella mañana de mayo.
«De pronto levanto la vista y veo a un tío delante del coche. Así. Iluminado como si estuviera en un teatro, con los brazos levantados, en medio de la puta carretera, y pidiéndome que frenara. Fue un visto y no visto. Bam».
Era un coche alto, pensé. Y si Daniel Someres era un poco más alto que su hermana, el morro le habría entrado justo por la mitad del pecho. Suficiente como para romperle la caja torácica, tal y como recordaba Chucks.
Encendí el contacto eléctrico y escuché los micromotores moviendo los faros y extendiendo los espejos retrovisores. Y al mismo tiempo, de pronto, el iPod mini se activó y comenzó a sonar una canción: «Beach Ride».
«El motor del Rover se había apagado, y durante unos segundos “Beach Ride” dejó de sonar, pero después se activó el circuito eléctrico y la puta canción volvió».
Un escalofrío me recorrió la espalda al escuchar aquello. Era muy posible que Chucks no hubiera vuelto a utilizar el Range Rover desde la noche del accidente y ni siquiera había retirado su iPod de allí. Permanecí congelado oyéndole cantar aquel bonito estribillo que evocaba una playa, un paseo de la mano con una chica. Con Linda, en Cádiz, donde ahora estarían los dos si sus dos vidas no se hubieran extinguido demasiado pronto. ¿No era James Dean el que decía «Vive a tope, muere joven y deja un bonito cadáver»? Pero el cadáver de Chucks era todo menos bonito. La cara pálida y flácida, los brazos encajados en el ataúd. No, no era nada bonito.
Había cosas en el asiento de atrás. Paquetes de tabaco. Botellas de Orangina medio vacías. «Joder, Chucks, tienes un Rover y lo tienes lleno de mierda». ¿Cuántas veces le había hecho ese chiste? «Hemos salido de nuestro barrio, pero nuestro barrio no ha salido de nosotros, tío». Incluso olía a vino. Solo me faltaba encontrar un condón.
Pensé en vaciar el cenicero y toda aquella mierda en algún sitio. Al fin y al cabo, ahora era yo el nuevo «comisario» de todas aquellas propiedades. Y el Rover estaba nuevo, tenía solo ocho meses y unos cuarenta mil kilómetros. Podría venderlo por unos cuantos miles de euros y donarlo a alguna organización que salvase urogallos o algo así. A fin de cuentas, ni a Carla ni a la gorda y avariciosa prima de Chucks les interesaba un coche francés con el volante cambiado. Y a mí, personalmente, no me gustaban los tanques.
Salí a por una bolsa y regresé. Abrí la puerta y empecé a recoger la basura que había sobre el asiento. Después fui a por un par de envoltorios de chocolatina que había en el suelo. Hecho esto vacié el cenicero y pensé que seguramente en el maletero habría más basura. Entré por el asiento del conductor y apreté el botón de apertura automática. La puerta del maletero se elevó mecánicamente y desveló el desorden de cosas que Chucks guardaba allí: una caja de vino que había comprado y que se había olvidado de descargar; unos patines; un tubo de buceo y unas aletas… Pero sobre todo aquello había algo que me llamó poderosamente la atención: un montón de ropa. Una bola que estaba colocada en el centro, sobre el resto de las otras cosas.
Bueno, pensé que el desorden y la calamidad de Chucks no tenían límites. Por un instante imaginé que quizá se habría quitado la ropa algún día y se habría olvidado de recogerla. ¿Le habría dado por conducir desnudo alguna noche? Quién sabe. O quizá se había cambiado de ropa por alguna razón. El caso es que comencé a desenrollar la bola y me di cuenta de que reconocía aquellas prendas. Unos pantalones, una camisa vaquera con el clásico yugo bordado de cowboy…
«Joder, espera. Esta es la ropa que Chucks llevaba la noche del accidente».
Extendí la gruesa camisa vaquera y descubrí una larga mancha de vino por todo el lateral. Era el vino que aquel idiota del bar le había derramado sin querer (o queriendo, según Chucks) en el Abeto Rojo. Pero ¿qué hacía allí esa ropa? Entonces, como un flash, recordé algo que Chucks había dicho el día que me lo contó todo: que escondió la ropa como un criminal, «pensando que quizá contuviera algún resto de ADN de esos que encuentran los polis de las películas».
Aquello me había hecho reír y volví a reírme solo en el garaje. El puto Chucks y sus ideas salvajes. Me lo imaginé en calzoncillos, escondiendo las pruebas de su delito. Pero lo cierto es que lo había hecho: todo cuanto me había contado era cierto.
La sensación de que los fantasmas me rodeaban aumentó. El viento ululaba fuera. Un perro. Una campana. La lluvia. Empecé a sentir que estaba allí por alguna razón, había encontrado esa ropa por alguna razón. Pero ¿cuál?
Bueno, Manon ya había hecho la colada y recogido toda la ropa de Chucks, y además aquella camisa me traía malos recuerdos, de modo que pensé en tirarla a la basura junto con el resto de las cosas. Y al cogerla por una esquina con toda la intención de meterla en la bolsa de plástico, vi que algo se escapaba de uno de los bolsillos y caía en el suelo del garaje, rebotando sobre los azulejos rojos.
El objeto, tan pequeño como un caramelo y de color negro, se quedó a mis pies. Me agaché a recogerlo. Primero pensé que se trataría de un mechero, o un pastillero, pero después me di cuenta de que no era eso. Dejé la bolsa de basura en el maletero y extraje aquella tapa, dejando al descubierto el extremo de uno de esos pequeños dispositivos para guardar documentos que caben en el bolsillo pequeño de un vaquero. Un USB.
El viento había cobrado fuerza ahí fuera. Y había empezado a llover. Cerré el puño alrededor de aquel objeto y salí del garaje por la puerta de la despensa olvidándome del café. Fui directo al salón y me senté frente a mi ordenador portátil. Con mucho cuidado, casi como si estuviera manejando la espoleta de una bomba, lo introduje en la ranura USB de mi Mac. Un nuevo icono, representando un disco, apareció en mi escritorio. Bajo el icono podía leerse el título del disco:
DSOMERES2