III

1

Había preparado un par de disculpas para encubrir mi viaje a Mónaco de ese lunes, pero no hicieron falta. Miriam salió muy pronto por la mañana a sus clases de pilates y me dejó una nota muy corta: «Almorzaré fuera y llegaré tarde».

Había estado enfadada desde que me opuse a aquel viaje a Ibiza con los Van Ern. Era su vieja estrategia. Ni sexo ni buenos días. Pero esta vez yo tenía que aclarar un par de cosas antes de hacerme demasiado amigo de aquella gente.

Solo un par de cosas.

Desayuné con Britney o, mejor dicho, con Britney y su iPad. Intenté preguntarle qué tal el fin de semana y me murmuró no sé qué mientras respondía a un tuit y hacía un par de likes. Salió con su motocicleta a las ocho y media y yo me terminé el café con Lola en el jardín. «¿Sabes, Lola? Eres la única mujer de esta casa que aún me hace caso».

Después me puse una cazadora y me monté en el Spider. Activé el GPS de mi teléfono móvil y le dije que me llevara a Cap-d’Ail, que era donde Mark me había dicho que vivía la hermana de Daniel Someres.

Joder, no sabía ni cómo iba a plantear aquello, pero, en fin, ya improvisaría algo. La cuestión es que, en el fondo de mi cabeza, tenía la sensación de que aquello era algo que debía hacer. Algo que Chucks me había dicho que debía hacer. Una promesa es una promesa: «Averigüemos qué hacía Someres en las Corniches, y cómo murió. Te aseguro que si rascamos un poco, encontraremos cosas muy raras en su muerte».

Llevaba una temporada sin conducir una buena distancia. En Londres, muchos fines de semana me escapaba hasta Brighton o Escocia con un MG deportivo. Visitaba a algún amigo, o tomaba un par de fotos para mis novelas, y regresaba por la noche, tarde, cuando el intenso tráfico de la capital se relajaba un poco.

Comenzaba a hacer muy buen tiempo e iba sin capota. Me encanta la sensación del aire a mi alrededor. Además, me había quitado los zapatos y conducía descalzo, otro de mis pequeños caprichos. Cargué un CD de los Beach Boys: Pet Sounds y fui cantando los falsettos de Brian Wilson en la maravillosa «Sloop John B».

Hice una parada nada más dejar Brignoles. Eché una meada, tomé un café y charlé con las dos chicas alemanas que viajaban hacia Mónaco también. Encontré un par de libros míos en la tienda, debajo de un gigantesco expositor de Amanda Northörpe, con una foto suya a todo color, sonriendo con la típica pose de escritor: «¡Más de un millón de lectores en Francia!».

«Tengo que decirle a Mark que yo también puedo hacerme fotos de estas».

Después llené el depósito y continué la ruta.

A la altura de Niza me desvié hacia los Alpes marítimos y tomé la zigzagueante Grande Corniche. Los pinares emanaban un aroma profundo que se mezclaba con la suave caricia de algunos olivos salteados a orillas de la carretera. Pasé junto a grandes calizas que se arrimaban a la carretera, amenazantes, como si fueran a caer sobre el coche y a aplastarme en cualquier instante. Y al otro lado, el Mediterráneo, perfectamente azul, resplandecía salpicado de veleros.

Solo había recorrido aquella insigne carretera —inmortalizada en muchas películas como Atrapa a un ladrón de Alfred Hitchcock— en una ocasión, pero iba con Miriam y Britney en el coche y seguramente estábamos teniendo una bronca. Esta vez, en cambio, pude deleitarme con las impresionantes vistas. Hice una parada en Turbie para admirar Mónaco y el puerto de Eze, que aparecían ante mis ojos como pueblos de juguete. Después, emprendí la bajada a la Basse Corniche, tirando de marchas cortas entre las vertiginosas curvas donde un día, hace muchos años, Grace Kelly perdió el control de su coche. Finalmente llegué a Cap-d’Ail sobre las tres de la tarde.

Decidí que lo mejor era aparcar el coche y buscar algún sitio para comer. Lo único que encontré abierto a esas horas fue un bar de comida indonesia, pero donde tenían una guía de servicios del pueblo y gracias a ella pude investigar la dirección de la tienda de ropa donde trabajaba la hermana de Someres. Después de comer un delicioso arroz especiado salí hacia la tienda. Era un pequeño negocio en el puerto. La clásica tiendita de pareos y ropa veraniega para turistas que vienen faltos de fondo. Encontré a una chica aburriéndose tras el mostrador, leyendo una revista mientras en la cadena musical sonaba un infumable cantante pop francés. Me acerqué donde la chica y con voz temblorosa me presenté y le pregunté si era Andrea Someres.

—No —dijo la chica levantando la vista rápidamente y frunciendo el ceño. Era guapa, con el pelo negro cortado a lo chico, un piercing y un cuello esbelto—. Andrea está de vacaciones.

Noté que se le subían los colores.

—¿Existe alguna forma de contactarla? —pregunté, intentando disimular el hecho de que le había pillado mintiendo.

La chica miró a un lado y a otro.

—¿Quién es usted?

—Mire, me llamo Bert Amandale —dije—. ¿Ha oído hablar de mí? En fin, eso no importa. Verá… soy escritor. Era… amigo de Daniel, el hermano de Andrea.

La chica puso cara de sorpresa. Después abrió los ojos de par en par y sonrió.

—Ah… perdone. ¿Cómo ha dicho que se llama?

Le repetí mi nombre.

—Me enteré de su accidente y… —continué diciendo—. Bueno, nunca he llegado a conocer a Andrea, pero vivo por la zona y… Anne-Fleur, la agente de Daniel, me dijo que tenía una hermana viviendo aquí. En fin, venía a darle las condolencias y a preguntarle si necesitaba cualquier cosa.

—Claro, claro —dijo la muchacha de pronto azorada—. Ella, verá, vive aquí en Cap-d’Ail. Si quiere le puedo dar su dirección. Ahora mismo está en casa.

Andrea vivía a las afueras del pueblo, en lo alto de una de las muchas colinas que amurallaban aquel viejo puerto. Tomé el coche y conduje por las vertiginosas cuestas hasta una pequeña casita junto a la carretera. Frente a un viejo granero donde unas gallinas picoteaban el suelo de un jardín bastante asilvestrado, decorado con esos «atrapasueños» tan horteras y unos enanitos cuya cabeza había servido para apagar más de un cigarrillo.

Toqué el aldabón de la puerta y oí el crujido de unas viejas escaleras. Apareció ante mí una chica bajita, de treinta años como mucho, de rostro muy bello y ojos pardos, grandes. Por su aspecto (lateral rapado y piercing) me aposté una cerveza a que ella y la chica de la tienda eran novias.

—Hola… ¿señor Amandale?

—El mismo.

—Berta me llamó desde la tienda diciendo que vendría. ¡Estoy muy agradecida, señor! ¿Quiere pasar? Lo menos que puedo hacer es ofrecerle un café.

Surcamos un oscuro pasillo y desembocamos en un saloncito donde Andrea me invitó a sentarme junto a un bonito mirador. Había un gran retrato de las dos muchachas sobre la mesa.

—Berta es mi pareja —dijo Andrea al darse cuenta de que lo miraba—; vivimos juntas. ¿Café o té?

—Café. Gracias.

Andrea se disculpó un segundo y regresó con una jarra de café, una botella de crema y una caja de pastas. Fuera las gallinas corrían a sus anchas por el jardín.

—No le vi en el funeral —dijo mientras sacaba unas tazas de una vieja alacena—, pero supongo que lo hicimos demasiado pronto. Hubo mucha gente que no vino.

—Verá, es que me enteré por el periódico —dije— de casualidad.

—Yo… no sabía lo que Daniel prefería —dijo colocando una taza y un platito frente a mí—. Lo incineramos. Espero que fuera lo correcto.

—Por supuesto, seguro que estará bien —dije—. No se preocupe.

Me quedé en silencio mientras Andrea servía el café, pensando en Chucks momentos antes de arder. Su rostro caído. Muerto.

—¿Le conocía mucho?

—¿Cómo? —dije despertando de mis visiones.

—A Daniel.

—Ah, sí, habíamos coincidido varias veces en París. Compartimos agente, ¿sabe?, Anne-Fleur Kann, y tuvimos la oportunidad de charlar de libros en algunas ocasiones.

—Sí, de eso estoy segura. Daniel y su forma de hablar —se rio—; no paraba.

—Es cierto. Le recuerdo muy hablador.

—Era un chico muy inteligente, muy noble. Pero se obsesionaba con las cosas. Vivía para sus libros y sus investigaciones. Bueno, pero usted es escritor; qué le voy a contar.

—Yo escribo ficción —dije—, es otra cosa. Me invento personajes y escenarios y los pongo a jugar, como en un teatro de guiñol. Daniel estaba metido en otra línea más «seria»… la investigación.

—Sí. Eso era lo suyo.

Andrea se levantó y cogió una foto que descansaba en la alacena. La trajo. En ella se les veía a los dos, abrazados. Daniel, un poco más alto que su hermana. Ambos con la misma forma de cara y una buena barbilla. Rubios. Había un río a sus espaldas.

—¿Marsella?

—Toulouse —dijo ella—. Crecimos allí. Y vivimos… hasta que nuestros padres murieron. Después yo me marché a Berlín una época y Daniel empezó con sus libros. Todavía tenemos el apartamento familiar.

—Sus padres… ¿tuvieron algún accidente o…?

—Desaparecieron —dijo Andrea—. Iban a bordo de aquel avión, el París-Sídney que cayó en el Pacífico. ¿Le suena?

—Creo que sí. El que nunca se encontró.

—Exacto. Daniel tenía dieciséis años cuando pasó. Yo solo once. Quizá por eso no me impactó tanto. Pero él escuchó todas aquellas teorías en la televisión, en la radio. Creo que aquello no le hizo ningún bien… Después empezó a escribir y… ya sabe el resto de la historia, era un poco suicida.

Los ojos de Andrea se habían empañado en lágrimas.

—En su funeral no había mucha gente porque en realidad nunca tuvo demasiados amigos. Por eso me alegro tanto de haberle conocido, señor Amandale. ¡Pensaba que nadie le echaría de menos! Le llamaban el «problema con patas», siempre intentando colarse aquí y allá, en esas conferencias, ya sabe.

»Pero creía en lo que hacía. Eso es lo único que se puede decir de él. Creía firmemente que existían todos esos poderes ocultos y que su misión era destaparlos. Lo llamaron loco mil veces. Pobre Daniel…

La chica se echó a llorar e incluso a mí se me empañaron los ojos. Le ofrecí un pañuelo y respeté su dolor.

—¿Le importa si fumo?

—No… está bien. Yo también fumaré.

Rellenamos las tazas con más café. Andrea se recompuso un poco. Aceptó un cigarrillo y me pidió perdón por haber llorado. Le dije que debía llorar. Era bueno para superar el luto.

—¿Sabe en lo que andaba metido últimamente? Anne-Fleur me dijo que llevaba unos meses desaparecido.

—Es verdad. Hará unos tres meses me llamó por teléfono desde Toulouse. Fue… una conversación muy especial. Se lo dije a Berta el otro día, en cuanto me enteré del accidente. Lo primero que te pasa por la cabeza cuando alguien se muere es la última vez que hablaste con él.

Asentí. Yo recordaba muy bien las últimas palabras de Chucks: «Me vuelvo con mis fantasmas».

—Aquella vez fue como si se estuviera despidiendo. De hecho, se lo pregunté, entre risas, si planeaba volver a las andadas. Todavía estaba a la espera de un juicio por haberse colado en una reunión en Ginebra, y además ese grupo neonazi le mandó varias amenazas de muerte. Pero me dijo que no era nada de eso. Me dijo que había dado con algo «grande», pero que debía asegurarse. Solo eso. Después la tierra se lo tragó durante meses, aunque eso era normal en él. Viajaba mucho y casi siempre intentando pasar desapercibido. Ya le digo que tenía bastantes enemigos.

—Los periódicos dicen que venía a visitarle esa noche. ¿Lo habían concertado de alguna manera?

—No.

—¿No la llamó para decirle que venía?

—Nada, aunque eso podría encajar con Daniel. Pero en cualquier caso me resulta extraño que fuera a plantarse en casa a las dos de la madrugada. Berta y él no se llevaban precisamente bien. Problemas tontos, pero lo cierto es que me pareció raro, después de casi tres meses sin hablar… Quizás iba a algún otro sitio. No lo sé… creo que nunca se sabrá.

—¿Se lo dijo a la policía?

—Sí, pero no me hicieron demasiado caso. Alguien debió de asustarse ahí arriba. Daniel era un tipo polémico y pensaron que la prensa caería sobre ellos. El caso es que el accidente fue algo limpio. Eso dicen. Iba demasiado rápido y resbaló con una mancha de aceite o algo. Perdió el control. Limpio. Eso me dijeron.

«Igual de limpio que la piscina de Chucks», pensé con un escalofrío.

—¿Usted lo cree?

—Quiero creerlo, señor Amandale. ¿Qué puedo hacer si no? Berta me dice que me volveré loca si empiezo a tejer teorías. Que la explicación más simple tiende a ser la correcta.

Asentí con la cabeza y dejé que el silencio nos rodease un buen rato antes de continuar.

—¿Y sabe dónde guardaba su… trabajo? Lo digo porque quizá le gustaría que alguien lo continuara.

Andrea se rio.

—Anne-Fleur me preguntó lo mismo el otro día, y le respondí igual: que bueno era Daniel para sus cosas. Si guardaba algo, apuéstese lo que quiera a que está debajo de una losa de mil kilos, o protegido por la contraseña más compleja que pueda imaginar. Su otra obsesión era que le perseguían. Estaba seguro de que esa «mano negra» contra la que luchaba estaba en todas partes, observándole.

—¿Le suena de algo el nombre «la ermita»? —dije.

Andrea frunció el ceño intentando recordar.

—No, no me suena. ¿Por qué?

—Sin más, es un nombre que Daniel mencionó la última vez que… estuve con él. Al parecer, tenía algo que ver con su investigación.

—¿Cuándo dice que estuvo con él?

—Yo… en fin, hace un año.

Tragué saliva y esperé a ver si detectaba mi mentira.

—No… no me suena de nada. Pero si le sirve de algo, sé que se entrevistó con un hombre en París un par de veces. En un hospital.

—¿Un hospital?

—Me lo contó la última vez que estuvo por aquí. Iba a un hospital en París a hablar con una persona. Un enfermo. Era para algo relacionado con su último libro; y fue muy al principio. Se hicieron buenos amigos, al parecer.

—¿Sabe cómo se llamaba o dónde puedo encontrarlo? Quizá pudiera darnos alguna pista…

—Ni idea. Pero si encuentro algo más, se lo diré.

Berta llegó a la casa sobre las seis. Andrea y ella me invitaron a quedarme a cenar con ellas, pero les dije que debía regresar a casa. El sol comenzaba a declinar sobre los Alpes marítimos cuando salí de allí.

Conduje en silencio durante otra media hora, hasta que llegué al punto que Andrea Someres me había descrito: «Es un punto en el que no hay muro de protección, tan solo unos tocones muy bajos. Fui a dejar un ramillete de flores allí la semana pasada».

No tardé en encontrar la curva donde Daniel Someres supuestamente había tenido aquel accidente. Dos conos de carretera y una larga cinta de color rojo y blanco aún marcaban el lugar del accidente y avisaban del peligro. Y las flores de Andrea seguían allí, enfriando la sangre a los que conducíamos por allí.

En sentido a Niza, los miradores quedaban al otro lado de la carretera y tuve que esperar una fila de coches para poder aparcar. Después me encaminé por el estrecho arcén, fumando, con las manos en los bolsillos mientras otros coches pasaban a mi lado y sus ocupantes me enviaban miradas curiosas.

Me asomé a aquel precipicio que se abría a los pies de la carretera. El mar azul se batía contra una pared de caliza a unos treinta metros de altura.

Observé la curva y su recorrido en sentido a Niza, que era el que Someres habría tomado. No era especialmente cerrada, ni tampoco estaba muy mal peraltada, pero discurría cuesta abajo y terminaba en un ángulo quizá demasiado cerrado. Pensé que una persona que fuese muy rápido y hubiera desatendido la conducción por un instante podría haberse salido lateralmente. Parecía lo más lógico.

Aunque, claro, también pudo ocurrir de otra manera.

«Dos coches —pensé—. Uno con el cadáver metido en el maletero. Llegan de noche y aparcan en el mirador. Quizá disimulan sacando unas fotos o quizá no hace falta. Ponen a alguien a vigilar la curva anterior, con una visibilidad de medio kilómetro suficiente para avisar con tiempo. En determinado momento montan a Daniel en el asiento del conductor, le ponen el cinturón y bloquean el volante. El vigilante da el OK y ellos arrancan el coche, meten la tercera y lo empujan directo a la curva…».

Otro coche pasó rozándome. Esta vez el conductor hizo sonar la bocina, probablemente para alertarme de que aquel lugar no era precisamente seguro para un peatón. Lo cierto es que el sol se había ocultado ya detrás de las montañas y aquel lugar era quizá demasiado oscuro.

2

Conduje de vuelta a Les Suir dándole vueltas a todas esas ideas. Tan concentrado que apenas prestaba atención a la carretera.

«Chucks atropella a Someres y se da a la fuga. Entonces ellos, la organización, van a por él. Pero ¿cómo supieron quién era Chucks? ¿Acaso le vieron atropellar a Daniel Someres? ¿Quizá tan solo alcanzaron a ver su matrícula?

»No… —pensé en voz alta—. Fue mucho más sencillo. Chucks fue por su propio pie a decirlo en la comisaría de Sainte Claire. Y quizá si no hubiera confesado, el secreto hubiera quedado enterrado para siempre, pero Chucks confesó, joder, y lo hizo siguiendo mi consejo, y alguien debió de enterarse. Los pueblos pequeños. Los cotilleos que siempre corren como el polvo en el viento. Y entonces fueron a por él. Le espiaron. Posiblemente incluso le pincharon los teléfonos. Aquellas voces que Chucks escuchó a través de su amplificador eran reales: las voces de los conspiradores, ¡por supuesto!

»Pero ¿por qué matarlo? Quizá decidieron que era más seguro quitarlo de en medio… Nadie podría conectar su muerte con la de Someres… y a fin de cuentas se trataba de un divo del rock, una personalidad extravagante, insegura, paranoica. Solo hacía falta observarle un poco para darse cuenta. Lo hicieron pasar por un accidente, igual que con Someres. Algo que no levantara sospechas. Algo “limpio”…

»Y si todo es cierto, entonces el ojo de la conspiración debe de haberse posado sobre nosotros en algún momento. En mí para empezar, puesto que era el mejor amigo de Chucks, y después en Britney y Miriam. ¡Qué curioso que los Van Ern hayan aparecido justo la semana siguiente del accidente de Chucks! Edilia con su amable invitación a ver a Richard Stark. Elron flirteando con Britney. ¡Ella misma dijo que no le había hecho caso durante todo el curso! Y de pronto… Todo había ocurrido en el momento exacto en que Chucks se delató.

»Y ahora eran como águilas sobrevolando nuestro hogar. ¿A qué estaban esperando para caer sobre nosotros?».

Tenía que actuar. Cuanto antes.