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09.50 horas
El alcalde Melián miró su reloj y comprobó que marcaba la hora prevista para terminar la visita al superpetrolero.
—Hora de recoger velas —se dijo, sonriendo ante su ocurrencia marítima. Porque era marítima, ¿no? La duda le asaltó.
Buscó con la mirada a su jefe de prensa, uno de esos tipos que lo agobiaban continuamente con la agenda, y lo descubrió atiborrándose a caviar. Por lo menos su punto flaco —o, mejor dicho, grueso— saltaba a la vista, no como en el caso de otros miembros de su cohorte, que nunca se sabía por dónde iban a salir. Por eso no le daba la espalda a ninguno. En el pasado, le había ido bien así. Así que ahora no iba a cambiar.
El jefe de prensa se percató de la actitud de su jefe y dejó de trasegar al instante, aunque se le quedaron dos granos oscuros en la comisura de la boca, detalle que no mejoró su aspecto. Al menos hasta que una señal repetida e insistente de un compañero le hizo caer en la cuenta, y los restos de caviar pasaron del rostro a la manga de la camisa mientras se acercaba a su superior.
—Es la hora, ¿no? —preguntó el alcalde.
—Efectivamente, señor, voy a avisar al capitán de su partida.
Melián asintió, satisfecho de que aquel perillán se pusiera a trabajar. El móvil volvió a cobrar vida en su bolsillo. Lo sacó y comprobó que era Arabia de nuevo.
—Dime que la crisis del secuestro ha pasado, que todo era una falsa alarma —dijo al descolgar.
—Servando —respondió la teniente de alcalde—, si te dijera siempre lo que quieres oír, no estaría trabajando contigo. Eso lo hacen otros políticos.
—Siempre me has gustado, Arabia.
—Cállate, que seguro que alguien nos está grabando. Escucha: el presunto secuestro cada vez es menos presunto. El barco ha cambiado de dirección y ha aumentado la velocidad.
—Eso no es bueno, ¿no? —La voz del alcalde comenzó a sonar preocupada.
—Pues no. Y menos si te digo que el catamarán va a toda velocidad contra el barco en el que estás ahora de cachondeo. Así que quiero que salgas de ahí a toda leche.
Melián necesitó unos segundos para asimilar la mala nueva.
—¿No ha habido contacto con los secuestradores? —preguntó, confuso.
—Ninguno. Cero. Así que esto me huele peor que lo de las Torres Gemelas, aunque sea aquí, en Tenerife.
—¿Crees que alguien se atrevería...?
—Joder, Servando, que dos y dos son cuatro. —Arabia Mederos jamás había tenido pelos en la lengua—. Nunca se le ha ocurrido a nadie secuestrar el ferry de Agaete y lo hacen justo el día en que está en Tenerife el petrolero más grande del mundo. Y el alcalde en él.
—No creo que la oposición llegue a tanto —dijo, desorientado.
—¿La oposición? ¿Esos ineptos? Me da igual quién sea. Si tú no estás, me quedo sin trabajo, así que vas saliendo de ese barco ya.
Melián se sentía petrificado. Le costaba reaccionar ante las noticias que le daba su teniente de alcalde.
—Déjame pensarlo —dijo, sin fuelle.
—¿Cómo que déjame pensarlo? —estalló Arabia—. ¡Te subes al primer helicóptero! ¿Me oyes?
—Luego te llamo —contestó Melián, y cortó la comunicación.
Nunca en su vida se había enfrentado a una crisis en la que su propia vida pudiera estar en peligro. Aquello era nuevo. Y notaba cómo la adrenalina comenzaba a regar su organismo, sacándolo de su estupefacción inicial. Le gustaba. Nunca se había planteado la alcaldía como una profesión de riesgo (de acuerdo, los infartos eran previsibles, pero no que te embistiera un ferry interinsular), pero ahora lo veía con otro prisma. El riesgo parecía estar dándole una nueva vitalidad. Un aire de aventura a su cargo.
—Me quedo —dijo en voz alta.
La única que le escuchó fue Sandra, que, casualmente o no, estaba a menos de dos metros.
—¿Decía? —preguntó la periodista, buscando en la exclamación un pie de conversación.
Melián se percató de la presencia de la periodista y volvió a la realidad que le rodeaba, envarándose un tanto.
—Nada, señorita. Sin comentarios sobre el hecho de que el ferry se dirija hacia nosotros a toda velocidad.
Sandra vaciló, pero supo disimular la sorpresa que las palabras del alcalde le habían producido.
—¿Y no piensa hacer nada?
—Claro que pienso hacer algo: iniciar la evacuación inmediata de todos los visitantes. Y, de paso, encomendarme al Altísimo. ¿Le parece poco?