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Tivil
Primavera de 1934

El aire era claro como el cristal y en lo alto, por encima de Tivil, la fina estela de un avión recorría el cielo azul pálido. Mijaíl alzó la vista para contemplarlo y se protegió los ojos con la mano.

—Es un ANT-9 —dijo Piotr con seguridad—. Como el Kokodril.

—Tienes razón —dijo Mijaíl con una sonrisa alegre—. Llegarás a ser un piloto.

Estaban en el cementerio en la parte posterior de lo que tiempo atrás había sido una iglesia. A la sombra del edificio la hierba aún era frágil a causa de las heladas, pero los primeros brotes ya crecían bajo el sol primaveral. Sofía estaba arrodillada junto a la tumba de Rafik. Sostenía un ramo de podsnezhniki, campanillas de invierno, y sus delicadas cabezas se agitaban con suavidad cuando las introdujo en un jarro y lo dejó en la tumba.

—¿Dónde encontraste esas flores tan tempranas? —preguntó Mijaíl.

—¿Dónde crees que las encontré? —contestó, alzando la cabeza con una sonrisa.

—Debajo del cedro.

—Claro.

Ella y Ana las habían recogido juntas; el recuerdo le despertó otra sonrisa: fue allí donde Ana le había susurrado tímidamente que estaba embarazada.

—Es un secreto —había dicho Ana—, pero tengo que contártelo. Ahora que me encuentro mejor no supondrá un peligro.

—¿Ya se lo has dicho a tu marido?

—Sí.

—¿Y?

Ana se tocó el vientre.

—Lo llamaremos Vasili.

—Pues confiemos en que sea un niño —había respondido Sofía, riendo.

Entonces cogió el guijarro blanco que guardaba en el bolsillo y lo apoyó en la tumba de Rafik.

—¿Por qué siempre haces eso? —quiso saber Piotr.

Había crecido durante los meses del invierno, de repente sus hombros se habían vuelto más anchos y la mirada de sus ojos más pensativa. Sofía se descubrió observándolo y haciéndose preguntas.

—Lo hago porque este guijarro conecta a Tivil con Rafik.

Sofía recogió la piedra. Ni el comunismo ni la Iglesia habían llevado la paz a Tivil, pero eso era algo distinto, una fuerza que parecía surgir del corazón de la propia tierra. Ella lo miró a los ojos.

—Cógelo.

Piotr no vaciló, como si hubiese aguardado la llegada de ese momento durante mucho tiempo. Tomó el guijarro con la mano e inmediatamente sus jóvenes ojos se llenaron de luz en la resplandeciente mañana primaveral.

—Antes de que tu padre te adoptara, Piotr, ¿tenías hermanos?

—Sí, pero cuando tenía tres años todos murieron en una epidemia de tifus —contestó, examinando el guijarro blanco.

—Seis hermanos mayores, ¿verdad? Así que tú eras el séptimo hijo.

—Sí. ¿Cómo lo sabes?

Ella no contestó la pregunta.

—¿Te gustaría venir de vez en cuando a dar un paseo conmigo, Piotr, cuando esté oscuro? Te enseñaría a dar forma a los pensamientos que surgen en tu mente.

Piotr miró a su padre. Mijaíl lo contempló con suave pesar y asintió con la cabeza.

—Cuida de mi hijo, Sofía.

—Lo haré, lo prometo.

Piotr tanteaba el guijarro.

—¿Cuándo empezamos? —preguntó.

Sofía miró en derredor para contemplar la aldea que era su hogar, las casas tan sólidas y, sin embargo, tan frágiles bajo la luz del sol.

—Esta noche —murmuró—. Empezaremos esta noche.