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Sofía se apoyó contra la pared del barracón, procuró hacer caso omiso de las heladas corrientes de aire y recordó las palabras de Ana.

«Eso ya está olvidado.»

Dos años y ocho meses. Sofía se quitó el improvisado mitón de la mano derecha, confeccionado con hilos de manta y forro de colchón, y alzó los dos dedos cubiertos de cicatrices; logró distinguir la carne deformada, un recordatorio permanente, algo que no olvidaba ni un solo día de su vida.

Todo comenzó cuando dejaron de cortar las ramas de los árboles talados con las hachas y las obligaron a trabajar en el camino. La presión no tardó en aumentar; las brigadas de prisioneras no fueron informadas de dónde provenía la orden ni cuál era su objetivo, pero era dura e implacable y la actitud de los guardias lo denotaba: se volvieron más exigentes y no perdonaban ningún retraso. Las prisioneras empezaron a cometer errores.

Sofía estaba tan exhausta que ya era incapaz de pensar con claridad y, a pesar de los guantes, tenía la piel de las manos desgarrada. Su mundo únicamente consistía en piedras, rocas y grava, y después más piedras, más rocas y más grava. Las apilaba mientras dormía, paleaba grava en sueños, golpeaba montones de granito con el pico hasta obtener una superficie lisa y plana, hasta que los músculos de su espalda olvidaron cómo era la ausencia de un dolor profundo y lacerante que minaba su fuerza de voluntad porque sabía que jamás desaparecería. Cavar zanjas era todavía peor: siempre encorvada y con los pies hundidos en el fango y el agua sucia. El único objetivo era comer, y dormir se había convertido en un lujo.

—Eh, espantapájaros, ¿alguna de vosotras sabe cantar?

La sorprendente petición procedía de uno de los guardias nuevos. Era alto y tan delgado como las propias prisioneras, solo tendría unos veintitantos años y su rostro denotaba inteligencia. Sofía se preguntó qué estaba haciendo allí; quizás había cometido un error en su carrera profesional y lo pagaba trabajando como guardia.

—Bueno, ¿quién de vosotras sabe cantar?

Cantar consumía energía. Nadie cantaba y, además, se suponía que debían trabajar en silencio.

—Venga, me gustaría oír una canción para alegrarme el día. Estoy harto del sonido de vuestros jodidos picos.

Ana estaba en el camino elevado machacando piedras, pero Sofía notó que alzaba la cabeza y que la idea empezaba a cobrar forma. ¿Una canción? Sí, ¿por qué no? Ella no tenía mala voz. Una antigua balada de amor sería...

Sofía lanzó una piedrecita que golpeó contra el tobillo de Ana; esta se encogió de dolor y dirigió la mirada hacia su amiga, de pie en una zanja llena de agua que le cubría las rodillas y extrayendo fango y piedras. Tenía el rostro mugriento, cubierto de mocos, picaduras de insectos y sudor. Las nubes oscurecían el cielo del día estival, pero hacía calor y todos estaban de mal humor debido a la necesidad de cubrirse cada centímetro de piel con harapos para evitar las picaduras de los mosquitos. Sofía negó con la cabeza y articuló las palabras «no lo hagas».

—Yo sé cantar —dijo una voz.

Se trataba de una mujer menuda y morena de unos treinta años. Las prisioneras alzaron la vista y la miraron con sorpresa: en general era muy callada y poco comunicativa.

—Soy una... —La mujer se interrumpió—. Era cantante de ópera. He actuado en Moscú, en París, en Milán y en...

—¡Excelente! Otlichno! Canta algo dulce para mí, pajarillo.

El guardia se apoyó en su rifle y le lanzó una sonrisa expectante.

La mujer no vaciló, dejó el martillo con ademán desdeñoso, se enderezó, inspiró profundamente un par de veces y empezó a cantar. El sonido se derramaba de su boca como un torrente, puro, conmovedor y de una asombrosa belleza. Todas las prisioneras alzaron la cabeza y las lágrimas reanimaron sus rostros exhaustos.

Un bel dì, vedremo levarsi un fil di fumo sull’estremo confin del mare. E poi...

—Es Madama Butterfly —murmuró una mujer que arrastraba una carretilla cargada de rocas por el camino.

Mientras la música flotaba en el aire como un hechizo dorado, un grito de advertencia lo hendió. Todos volvieron la cabeza y vieron lo que ocurría: cuando se detuvo para escuchar el canto, la mujer había dejado caer la carretilla al suelo y esta empezó a precipitarse desde lo alto del camino. Era el accidente que todas temían: morir aplastadas bajo un cargamento de rocas que caían desde el camino elevado. No tenían la menor posibilidad de escapar.

—¡Sofía! —gritó Ana con voz aguda.

La mujer actuó con rapidez. Procuraba escapar con el agua hasta las rodillas, pero sus reflejos le permitieron esquivar las rocas, que levantaron una oleada de agua al caer en la zanja detrás de ella.

A excepción de una de las rocas. Rebotó contra los escombros apilados a un lado del nuevo camino y aterrizó sobre la mano derecha de Sofía, aferrada a las piedras del terraplén.

Sofía permaneció en silencio.

—¡Volved al trabajo! —gritó el guardia, perturbado por el accidente que había causado.

Ana se lanzó al agua junto a su amiga y le cogió la mano: las puntas de dos dedos estaban completamente aplastadas, y un chorro de sangre brotó y se derramó en el agua de la zanja.

—Véndale la mano —gritó el guardia, y le arrojó un trapo que guardaba en el bolsillo.

Ella lo cogió. Estaba sucio y Ana maldijo en voz alta.

—En este agujero dejado de la mano de Dios no hay nada limpio.

—No te preocupes —le aseguró Sofía mientras Ana envolvía los dedos heridos en el jirón de tela, uniéndolos para que un dedo hiciera de tablilla del otro y dejaran de sangrar.

—Toma —dijo Ana—, coge mi guante.

Un extraño sabor pastoso inundó la boca de Sofía y murmuró:

—Gracias.

Clavó la mirada en los ojos de Ana y aunque ella no desvió la suya, supo que su amiga veía las sombras que se movían en las profundidades, como el primer aleteo de la muerte.

—Sofía —ordenó Ana, introduciendo la mano herida en su propio guante y después en el guante empapado de Sofía para protegerla de los golpes—, ni se te ocurra.

Sofía retiró la mano y contempló el voluminoso objeto como si ya no le perteneciera. Ambas sabían que la infección era inevitable y que su cuerpo carecía de los nutrientes necesarios para defenderse de ella.

—¡Vosotras dos, volved al trabajo! —gritó el guardia—. ¡Y en silencio!

—¿Que no se me ocurra qué? —preguntó Sofía en voz baja.

—Ni se te ocurra pensar que no te recuperarás; ahora sube al camino y arrastra piedras. Al menos están secas.

Ana cogió la pala caída al agua y comenzó a trabajar.

Sofía remontó la ladera hasta el camino y durante un segundo clavó la vista en la rubia cabeza de Ana, como si estuviese memorizando cada uno de sus cabellos.

—Un día, Ana, te compensaré por esto.

Después Sofía cayó enferma; ambas sabían que ocurriría, pero la rapidez con que avanzó la infección las consternó.

—Cuéntame algo alegre, Ana —había dicho Sofía—. Hazme sonreír.

Era más de medianoche y ambas estaban sentadas en el suelo del barracón con la espalda contra la pared, en su lugar habitual. Solo habían transcurrido cuatro días desde el accidente y Sofía percibió la inquietud de Ana como un objeto sólido apoyado en su regazo.

Ninguna de las dos derrochó palabras, pero no se engañaban mutuamente. La mano herida había empeorado muchísimo, y la piel de Sofía se había vuelto seca y febril. Tenía las mejillas tan sonrosadas que Ana le dijo que casi parecía gozar de buena salud, lo cual provocó la risa de Sofía, pero sus escasas carnes se reducían cada vez más y estaba prácticamente en los huesos. Trabajaba con demasiada lentitud para recibir la comida necesaria y aunque Ana la alimentaba con su propio y escaso paiok, a veces Sofía no tardaba en vomitarlo a causa de la fiebre.

Sofía apoyó la calenturienta cabeza contra el pecho de su amiga.

—Cuéntame algo alegre, Ana —repitió.

Entonces oyeron el sonido de unas uñas aplastando los cuerpos grises y gordos de los piojos, pero cuando Ana comenzó a tejer su tapiz de palabras todo lo demás, incluso el dolor, empezó a desvanecerse en medio de la oscuridad. Fue entonces cuando Ana le contó que Vasili le había enseñado a patinar en el lago helado. Al final, Sofía había apoyado la cabeza en el hombro de su amiga y soltó una risita.

—Creo que empiezo a enamorarme de ti, Vasili —dijo en voz baja.

—Perderé la mano.

—No.

—La has visto, Ana.

—Ve a la enfermería cuando regresemos de la Zona.

Ambas se contemplaron. Sabían que era una estupidez. Los feldshers no se molestarían en ocuparse de una mano vendada. Por otra parte, en la enfermería las infecciones proliferaban hasta tal punto que si alguien estaba sano al entrar, era casi seguro que moriría cuando saliera. La tuberculosis era endémica en el campo de trabajos forzados, los pulmones ensangrentados y carcomidos difundían la enfermedad cada vez que un afectado tosía.

—Pensaba conseguir la sierra de Nina y pedirte que me cortaras la mano —dijo Sofía con voz serena.

Ana la miró fijamente. El castigo por automutilarse era un balazo en la cabeza.

—No —contestó con dureza—, debemos buscar una solución mejor.

Y Ana pensó en otra cosa, pero no era una solución mejor.

En aquel momento rumores inquietantes circulaban por el barracón; susurraban en el aire como el viento en el bosque al tiempo que las andrajosas prisioneras se acurrucaban en sus catres y murmuraban que la culpa era de la mujer. «Esa mujer estúpida»: estaban hablando de la cantante de ópera.

Le habían perforado el cerebro de un balazo. Uno no infringe las reglas, y aún menos a la vista de todos. El guardia aprendió la misma lección, pero la suya fue más dura: lo obligaron a enfrentarse a un pelotón de fusilamiento formado por sus propios colegas, para que todos aprendieran la lección. Al recordar que aquel día Ana había estado a punto de ponerse a cantar, Sofía se estremeció.

—Esto te ayudará.

Con la mano de su amiga apoyada en la suya, Ana había comenzado a desenrollar el mugriento y húmedo trapo que la envolvía.

Sofía ni siquiera abrió los ojos. Estaba tumbada en las maderas del catre, su respiración era entrecortada y su piel se partía cada vez que la tocaban. Sentía que ya se había hundido más allá del alcance de cualquiera. Hacía días que no trabajaba, y en ese campo si alguien no trabajaba, no comía.

—Sofía —dijo Ana bruscamente—, abre los ojos. Vamos, demuéstrame que estás viva.

Sus rubias pestañas se agitaron, pero no logró abrir los ojos.

—Otra vez —insistió Ana—. Por favor.

Haciendo un esfuerzo inmenso, Sofía abrió los ojos.

El aspecto de la mano era casi intolerable. Era un trozo de carne podrida, negro e hinchado, con grandes heridas entre los dedos que supuraban un pus maloliente. Cada vez que Ana la lavaba se despegaban trozos de carne.

—Mi pobre Sofía —susurró Ana. Le quitó un mechón de pelo de la frente ardiente empapada en sudor—. Esto te ayudará —murmuró una vez más—, te curará.

Aplicó una cataplasma de líquenes verdes y anaranjados en la mano, entre los dedos y alrededor de la esquelética muñeca. Mientras lo hacía —y aunque sus movimientos eran muy suaves— Sofía se estremeció y un hilillo de bilis se derramó de la comisura de sus labios. Ana deslizó unas hojas trituradas mezcladas con mantequilla entre los labios partidos de Sofía.

—Mastícalas —dijo—. Aliviará el dolor.

No despegó la vista de su amiga mientras ella intentaba masticar.

—Ana —dijo Sofía en un áspero murmullo.

—Estoy aquí.

—Dime dónde has conseguido esto.

—No tiene importancia, limítate a tragarlo. Mañana habrá más, lo prometo.

A las hojas le siguió un trocito de cerdo. La mirada nublada de los ojos azules de Sofía estaba clavada en la cara de Ana y su rostro expresaba confusión; entonces, cuando de pronto su mente abotargada comprendió lo que sucedía, dio paso a una expresión de desesperación y soltó un gemido profundo y estremecedor. Ana se encogió de dolor. En ese campo solo había una manera de conseguir la carne de cerdo de los guardias y las dos sabían cuál era. Sofía se sentía sucia, sentía la suciedad en el interior de su cuerpo y por debajo de la piel, como algo duro y áspero. Cogió la muñeca de Ana con la mano sana.

—No lo hagas —siseó, y una lágrima se deslizó por su mejilla hasta la oreja—. Te ruego que no vuelvas a hacerlo. No me comeré eso.

—Quiero una amiga con vida, Sofía. No una pudriéndose en la pestilente fosa del bosque donde arrojan los cadáveres.

—No puedo soportarlo.

—Si yo puedo, tú también —exclamó Ana, alzando la voz e invadida por una repentina cólera.

Sofía observó fijamente a su amiga durante un buen rato. Después, lentamente, retiró los dedos de la muñeca de Ana y le acarició el brazo como una madre acariciaría a su hija.

—Ahora come esto —dijo Ana.

Sofía abrió la boca.

Desde aquel día habían pasado dos años y ocho meses; sin embargo, el recuerdo aún la desgarraba por dentro y le invadía el deseo de zarandear a Ana. Y de abrazarla, estrecharla con toda la fuerza de sus brazos. Desde su lugar en el suelo, aguardando la llegada del siguiente ratón demasiado aventurado, Sofía distinguía la rubia cabeza que se agitaba de un lado a otro sobre las maderas del catre y oía la tos pese al trapo que le cubría la boca.

—Ana —murmuró en voz tan baja que nadie más la oyó—. No lo he olvidado.

Apoyó la frente en las rodillas. «Cueste lo que cueste, Ana.» Vasili tenía que ser la clave. Ana no tenía familia y estaba demasiado débil para emprender el viaje de mil millas a través de la taiga, incluso si lograba escapar de ese agujero infernal, así que solo había una solución. Sofía debía encontrar a Vasili y confiar en que le prestaría ayuda. «Confiar.» No: esa palabra no lo expresaba, era demasiado débil. «Creer.» Esa era la palabra correcta. Ella debía creer en primer lugar que lograría encontrarlo y en segundo lugar que él accedería a ayudar a Ana, aun cuando hacía dieciséis años que no la veía... y siendo brutalmente sincera consigo misma, ¿era probable que estuviera dispuesto a arriesgar su vida? Y en tercer lugar, que tuviera los medios para ayudarle.

Alzó la cabeza y una mueca le crispó el rostro. Planteado de ese modo parecía absurdo. Era una idea demencial e imposible, pero era lo único a lo que podía aferrarse, así que asintió con la cabeza.

—Vasili —susurró—, deposito mi confianza en ti.

Los riesgos eran inmensos. Y también estaba ese pequeño problema, desde luego: ¿cómo se las arreglaría para escapar de la mirada alerta y malvada de los guardias? Cientos de prisioneras lo intentaban todos los años, pero muy pocas lograban alejarse más de un par de verstas. Los sabuesos, la falta de alimentos, los lobos, el frío invernal... Y en verano, el calor y los enjambres de mosquitos negros que las devoraban vivas... todo ello se confabulaba para derrotar hasta al más determinado de los espíritus.

Sofía tiritó, pero no de frío. Una parte de su fatigado cerebro acababa de vislumbrar algo que casi había olvidado. Era algo vivo y brillante, y centelleaba justo al borde de su visión, titilando y seduciéndola.

Era la libertad.