29

Sofía se dirigió a toda prisa a los establos, quería alcanzarlos antes de que Fomenko la descubriera correteando por ahí en vez de unirse a una de sus malditas brigadas. El sendero estaba lleno de baches y hoyos dejados por los cascos de los caballos; ella iba en busca de Logvinov y estaba nerviosa: el sacerdote era de esa clase de personas que atraen la desgracia a cuantos se acercan a ellas... y de momento no podía permitirse ese lujo, y mucho menos estando tan cerca de su meta.

La experiencia con Rafik en la oficina la había hecho dudar de sus propios pensamientos y tuvo que hacer un gran esfuerzo para dejar de pensar en Mijaíl, pero su cuerpo se resistía al control: la acuciaba el recuerdo de los labios de Mijaíl presionando los suyos, al principio con una intensidad dolorosa y después tan suaves y seductores que su boca anheló más besos. Sofía apretó el paso, procurando pensar en otras cosas.

Alcanzó un grupo de destartalados edificios de madera que se elevaban sin orden ni concierto en tres lados de un polvoriento patio. Estaban lo bastante alejados de la aldea como para aprovechar la suave ladera que ascendía hasta la cresta. Allí, en ese terreno más elevado, Sofía disfrutó de la brisa y del aroma del bosque, denso y secreto.

—¿Se encuentra aquí el sacerdote Logvinov? —le preguntó a un joven de tez oscura que barría el patio con movimientos lentos y perezosos. Tenía la cabeza y los brazos desnudos cubiertos de costras.

—En el interior, con Glinka —murmuró el muchacho, inclinando la cabeza hacia las puertas abiertas del establo, sin interrumpir los movimientos rítmicos de la escoba.

Spasibo —dijo Sofía.

Después de la luz deslumbrante del patio, la penumbra reinante en el interior supuso un alivio y su vista tardó unos momentos en adaptarse. Inhaló el olor a caballo y heno, y al principio no vio a nadie, solo una hilera de pesebres desiertos, paja fresca cubriendo el suelo y baldes llenos de agua limpia. Los caballos estaban trabajando en los campos o arrastrando troncos de árboles desde el bosque, pero entonces oyó el golpe de un casco y un suave murmullo que provenía del otro extremo.

El sacerdote no se volvió hacia ella cuando se acercó, pero Sofía estaba segura de que se había percatado de su presencia. Su alta y desgarbada figura envuelta en un chaleco sin mangas de piel de ciervo estaba inclinada por encima de la puerta baja de uno de los pesebres, mientras con los nudillos masajeaba la frente de una pequeña yegua baya que mantenía los ojos entornados y soltaba relinchos de placer. Junto a ella, un potrillo negro procuraba mantenerse en pie sobre sus patas delgadas, que parecían demasiado largas. Debía de ser el que había nacido la noche anterior. Cuando ella se aproximó, el potrillo pateó el suelo con aire bravucón y la contempló con sus ojos de largas pestañas.

—Es un potrillo estupendo —dijo Sofía.

—Lleva el demonio en el cuerpo.

Como para demostrarlo, el animal le pegó una coz a la pared.

—¿Estabas aquí en Tivil, sacerdote, antes de que cerraran la iglesia?

Él volvió la cabeza y la contempló. Una red de venas azuladas palpitaba en su cuello largo y flaco, sus lacios cabellos rojizos colgaban a ambos lados de su rostro, pero la mirada de sus ojos verdes aún era abrasadora.

—Sí, era el pastor de una feligresía temerosa de Dios. En aquella época podíamos venerar a nuestro Señor y entonar los himnos del oficio de vísperas, tal como nos dictaba nuestra conciencia.

La tristeza de su voz la conmovió. Era un hombre extraño.

—¿Así que conocías el interior de la iglesia? Antes de que eliminaran la decoración y la pintaran de blanco, quiero decir.

—Sí, conozco cada centímetro de la casa de Dios, al igual que conozco las palabras de la Santa Biblia. Conozco sus estados de ánimo y sus sombras, al igual que conocía los estados de ánimo y las sombras de mis feligreses mientras ellos se aferraban a su fe. Lucifer en persona merodea por los pasillos de mármol del Kremlin y arrastra su pezuña por los corazones y las almas de los hijos de Dios —dijo, y su rostro delgado se crispó—. Un infierno eterno aguarda a cuantos abandonan las leyes divinas debido al temor que los atenaza. —Su voz se volvió áspera a causa del dolor y la pena—. El miedo es una mancha que se extiende a lo largo y lo ancho de nuestro país.

—Decir esas cosas en voz alta es poco prudente —le advirtió ella—. Ten cuidado.

Logvinov abrió los brazos esqueléticos y el potrillo soltó un gruñido alarmado.

—«Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque Tú estarás conmigo» —citó.

—Aún ignoras el mal de que es capaz la humanidad, sacerdote —dijo ella en voz baja—, pero has de creerme: si sigues así, pronto lo conocerás. Carcome tu humanidad hasta que ni siquiera te reconoces... —añadió.

Logvinov la miró fijamente y sus ojos verdes expresaron una tristeza feroz. Ella bajó la vista, se apartó e hizo la pregunta que la había llevado hasta allí.

—¿Había una imagen de san Pedro en la iglesia antes de que la clausuraran?

—Sí.

—¿Dónde se encontraba?

—¿Por qué me lo preguntas?

—¿Qué más da? Solo necesito saber dónde estaba.

Los únicos sonidos eran los del potrillo mamando y la escoba barriendo el patio con movimientos rítmicos. Finalmente, Logvinov se pasó una mano por la barba roja.

—Llegaron un domingo por la mañana, un grupo de komsomoltsky —dijo en tono amargo—. Arrancaron todos los ornamentos, los destruyeron a martillazos, lo quemaron todo en una hoguera en medio de la calle, destruyeron todas las antiguas tallas y los iconos de la Virgen María y de nuestros adorados santos. Y cargaron todo lo que no fue pasto de las llamas en su camión, para fundirlo, incluso la gran campana de bronce y el altar con su cruz de oro de dos siglos de antigüedad.

Sofía había creído que el hombre gritaría y se desgañitaría, pero en cambio habló en voz cada vez más queda.

—¿La imagen de san Pedro?

—Hecha trizas —contestó el sacerdote, estremeciéndose—. Ocupaba un nicho junto a la ventana que da al sur. Ahora lo ocupa un busto de Stalin.

—Lo siento, sacerdote.

—Yo también. Y también mis feligreses, por Dios.

—Has de permanecer con vida. Al menos en bien de ellos.

—«Sé que vives donde está el trono de Satanás.»

La sensación de encontrarse frente a un hombre que se tambaleaba al borde de una obstinada autodestrucción volvió a apoderarse de Sofía y la llenó de una profunda melancolía. Le dio las gracias y se apresuró a abandonar los establos, pero cuando volvía sobre sus pasos a lo largo del bacheado sendero no sabía muy bien qué la había disgustado.

¿Qué le ocurría? ¿Acaso temía por Rafik? ¿O se debía a Mijaíl y el modo en que Lilya había restregado el hombro contra el de él como si le perteneciera? ¿Es que sus propias defensas tan cuidosamente erigidas se estaban desmoronando?

El viento parecía agitar sus ideas, arremolinar sus pensamientos y volvió a traerle las palabras de Logvinov: «El miedo es una mancha que se extiende a lo largo y lo ancho de nuestro país.» Y entonces cayó en la cuenta: meses atrás, Ana había pronunciado casi esas mismas palabras.

Ana. Los débiles latidos de su corazón se detendrían si ella no regresaba a tiempo.

La iglesia —o sala de reuniones, tal como se la llamaba en ese momento— era el único edificio de ladrillo de Tivil. El techo era de chapa de zinc cubierta de líquenes amarillos, y estrechas hileras de ventanas de cristal acabadas en punta dividían las paredes, aunque una estaba clausurada con tablas, un recuerdo de los actos violentos de la noche de la reunión. Por encima de la puerta se elevaba una torre baja de lados abiertos, donde era de suponer que antaño colgaba la campana, pero que ya solo albergaba aire tibio y palomas.

Sofía tiró del gran pasador de hierro, pero la puerta no se abrió. Soltó una maldición y la empujó con más fuerza. Chyort! Pero comenzaba a darse cuenta de que el director Fomenko no era de los que dejan las cosas al azar, y mucho menos la seguridad de su sala de reuniones. Echó un vistazo calle arriba y calle abajo, pero a esa hora la actividad era escasa, solo había un niño y su cabra que se dirigían a los prados. De pronto reparó en dos ancianas sentadas a la sombra, ataviadas con pañuelos en la cabeza y largos vestidos negros pese al calor; casi parecían formar parte del paisaje. Cuando Sofía se acercó, notó que una de ellas tenía un libro apoyado en el regazo y leía en voz alta.

Dobrye utro, babushki —dijo Sofía, sonriendo—. Buenos días, abuelas.

La anciana del libro reaccionó con sorpresa, era un poco sorda y no había oído los suaves pasos de Sofía. El libro desapareció de inmediato bajo el pañuelo tejido a mano, pero la joven alcanzó a distinguir que era una Biblia. Leer la Biblia no era ilegal, pero identificaba a quien lo hacía, indicaba que era alguien que no compartía la doctrina soviética, alguien que debía ser vigilado. Sofía simuló no haberla visto.

—¿Podrías decirme quién tiene una llave de la sala de reuniones, por favor?

La mujer que no había leído la Biblia alzó la cabeza y, al ver la película blanca que le cubría los ojos, Sofía se dio cuenta de que era ciega, aunque un ovillo de lana verde reposaba en su regazo y sus manos estaban atareadas tejiendo a ritmo veloz.

—La tiene el director —dijo, y ladeó la cabeza—. ¿Es la muchacha del tractor? —preguntó.

Da, sí, es ella —contestó la otra y dirigió una sonrisa cordial a Sofía—. Bienvenida a Tivil.

Spasibo. ¿Dónde puedo encontrar al director Fomenko?

—En cualquier lugar donde estén trabajando —dijo la babushka ciega—. Polina y yo calculamos que no tardará en llegar, por los puntos que he tejido esta mañana.

Ambas ancianas soltaron risitas bondadosas.

—Pero su casa no está lejos, se encuentra justo al otro lado de la igle... de la sala de reuniones. Su izba es la de la puerta negra. Podrías probar allí.

—Gracias, lo haré.

Cuando llamó a la puerta negra nadie respondió, así que regresó a la iglesia y empezó a caminar siguiendo la fachada tal como ya había hecho antes. En aquella ocasión había avanzado de manera furtiva, en la oscuridad y aguzando el oído, pero en esa ocasión inspeccionó el edificio abiertamente, procurando encontrar un acceso.

Avanzó entre la maleza a ambos lados de un estrecho sendero hasta la sombría parte trasera de la iglesia y allí descubrió una puerta, tan antigua que parecía formar parte del muro de piedra. Era bastante baja, su cabeza casi rozaba el dintel, y quedaba medio oculta tras un arbusto espinoso... Observó que alrededor de la pesada cerradura de hierro aparecían las marcas de su cuchillo. Tocó la terca cerradura y se preguntó por qué parecía estar tan bien engrasada.

—Intentas encontrar algo, ¿verdad?

Sofía retiró la mano y se volvió bruscamente. A sus espaldas había un hombre de hombros estrechos envuelto en una tosca bata; fumaba la colilla de un cigarrillo liado a mano y su cara evocaba la de un roedor: facciones pequeñas y dientes afilados.

—Busco la manera de entrar.

—Podrías usar una llave, pero detrás de la puerta solo hay un viejo depósito.

La expresión del hombre era repugnante.

—Me han dicho que el director Fomenko tiene la llave de la sala de reuniones, pero no está en casa.

—Pues claro que no, está trabajando en el campo.

Sofía trató de avanzar, pero el hombre se interpuso en su camino y esbozó una sonrisa desagradable.

—Te recuerdo, estabas en la reunión de la otra noche: te llamas Sofía Morózova. Soy el camarada Zakarov.

Sofía se puso tensa en el acto y recordó las palabras de Zenia: «Borís Zakarov. Es el espía del Partido de esta comarca.» Así que no se había acercado subrepticiamente a ella por casualidad.

—¿Por qué tienes tanto interés por entrar en la sala de reuniones, camarada Morózova?

—Creo que eso es asunto mío, ¿no te parece?

—Pues yo podría ayudarte.

—¿Tienes una llave?

—Quizá —contestó Zakarov, pegando una larga calada a su pitillo.

—Se me cayó una llave durante la reunión —dijo ella con mirada fría—. La perdí durante el alboroto y quiero encontrarla.

—¿Qué valor adjudicas a esa llave? —preguntó. Su sonrisa reveló sus dientes afilados—. ¿Vale un beso?

Sus palabras rebotaron en la cabeza de Sofía como en una oscura caverna. «Es un mendrugo de pan mohoso.» ¿Vale un beso? «Es un trozo de felpa para hacer guantes.» ¿Vale un beso? «Es una pizca de mantequilla.» ¿Vale más que un beso? ¿Cuánto más?

Pasó a un lado de Zakarov sin decir una palabra, solo para toparse directamente con Alekséi Fomenko, que remontaba la ladera desde los campos y el río con un saco lleno de coles colgado del hombro y un borzói de largas patas a su lado. Parecía disgustado al verla holgazanear cuando debería estar trabajando para la granja colectiva.

«Lo primero: conoce a tu enemigo.»

Ella había aprendido bien esa lección. «Conócelo y busca su punto débil.» En la aldea, quien suponía la mayor amenaza para Sofía era Alekséi Fomenko, pero su punto débil estaba bien oculto.

El hombre le daba la espalda mientras abría la puerta de su casa; era una espalda orgullosa y musculosa, y Fomenko no temía dársela a nadie, algo que Sofía le envidiaba. Observó sus orejas pequeñas, que destacaban debido al corte de sus cabellos castaños. El sudor manchaba su tosca camisa de algodón y se preguntó por qué diablos ese director de una gran granja colectiva se esforzaba por parecer un simple campesino. ¿Qué lo impulsaba a hacerlo?

—¿Te has registrado?

Habló en tono brusco, pero la mirada demostraba su interés y Sofía consideró que era un hombre que sentía mayor curiosidad por los demás de lo que estaba dispuesto a reconocer. Zenia le había dicho que no estaba casado y se preguntó cómo sería su vida. Evidentemente, él confiaban en que ella lo aguardara fuera, pero no lo hizo: una vez que el borzói entró en la casa y sus patas chasquearon contra el suelo de madera, Sofía lo siguió.

—Sí, ya me he registrado —contestó.

Mientras, echó un rápido vistazo a la habitación que acababa de pisar. «Conoce a tu enemigo.» ¿Qué le decía esa guarida acerca del hombre? Era de una sencillez desconcertante. Nada colgaba de las paredes, ningún adorno burgués u otros objetos pretenciosos. Una silla, una mesa, una estufa, algunos estantes, eso era todo; resultaba evidente que el director Fomenko no se permitía lujos. En vez de una casa distinguida, digna de un director de un koljós, era idéntica a cualquiera de las otras izbas de la aldea. El suelo estaba barrido y las vigas, libres de telarañas; era una casa de un hombre de mente ordenada. O de uno muy reservado.

No había pistas, solo el perro. Sofía tendió la mano y el animal rozó sus dedos con su nariz negra y húmeda y, cuando se dio por satisfecho, dejó que ella le acariciara el pelaje gris e hirsuto del lomo. Era un elegante borzói, una perra de hocico estrecho y dulces ojos pardos que contemplaban a Sofía con una expresión tan bondadosa que casi se enamoró de la criatura. Pero un instante después la perra volvió a situarse junto a la pierna de Fomenko y permaneció allí.

—Es hermosa —dijo Sofía—. ¿Cómo se llama?

Nadyezhda.

Esperanza. Un nombre poco habitual para un perro.

Él apoyó una mano en la cabeza del animal y le acarició una oreja. Contempló a Sofía como si estuviera a punto de explicarle el motivo del nombre, pero tras reflexionar un instante se volvió y cogió una gran llave de hierro de un estante lleno de libros situado en la parte posterior de la habitación. Estaba demasiado lejos para que Sofía pudiera leer los títulos. Fomenko parecía tener prisa, pero cuando se disponía a darle la llave se detuvo.

—¿Dices que perdiste algo en la sala de reuniones?

—Sí. Una llave.

—No tengo tiempo de ayudarte a buscarla, camarada, pero si te doy esta llave debes entregarla en la oficina cuando ya no la necesites.

—Desde luego.

—Después preséntate en la brigada de patatas.

—Trabajaré duro.

Pero él aún sopesaba la llave en la mano y ella tuvo la sensación de que, a pesar de tener prisa, había algo más que quería decirle y eso la ponía nerviosa. Mientras la examinaba cuidadosamente, la mirada de sus ojos grises era tan intensa que de pronto ella percibió la soledad de ese hombre y el esfuerzo que hacía para ocultarla.

—Un conductor de tractores le resultará muy útil al koljós el mes que viene, cuando comience la cosecha —dijo en tono pensativo.

—Me alegro.

Sofía no tenía la menor intención de seguir en Tivil para entonces.

—Pero todos saben que un conductor de tractores puede causar grandes daños a la cosecha si él, o más exactamente ella, decide hacerlo.

—Me ofrezco como ayudante, camarada director, no como destructora.

—Pero resulta significativo que en cuanto apareciste en Tivil un granero fuera pasto de las llamas y desaparecieran varios sacos de cereales.

—Es una coincidencia que está manipulando otra persona de la aldea —dijo Sofía, y sintió que el corazón le palpitaba con fuerza.

—¿Quién?

—¿Cómo quieres que lo sepa? —replicó—. Acabo de llegar.

—De eso se trata —dijo Fomenko. Alzó la mano y se golpeó la mandíbula con la llave—. Ven a la oficina mañana al mediodía; quisiera hacerte unas preguntas.

—Eso me ofende, director. Estoy aquí para prestar ayuda al koljós de mi tío.

—En tal caso no te importará responder a mis preguntas, ¿verdad? —preguntó, mirándola fijamente.

—¿Preguntas acerca de qué?

—Acerca de dónde provienes, quiénes eran tus padres. Acerca de tu familia —dijo Fomenko, hizo otra pausa y, escudriñándola, añadió—: Acerca de tu tío.

—El tío Rafik no se encuentra bien.

—Es curioso que el gitano siempre se ponga enfermo tras la visita a Tivil de los oficiales de abastecimiento —dijo, esbozando una sonrisa irónica—. Ocurre con tanta frecuencia que empiezo a preguntarme si existe una relación entre los dos hechos.

—Creo que el sufrimiento de la aldea lo angustia.

Sus palabras desagradaron al director y apretó los labios.

—Lo que debería angustiarlo son los hombres, las mujeres y los niños que sufren hambre en nuestros pueblos y ciudades. Mi tarea consiste en procurar que no sea así, haciendo que este koljós sea productivo. Debemos ayudar a cumplir el plan de nuestro gran líder.

La pausa que hizo a continuación exigía una respuesta patriótica, pero ella fue incapaz de pronunciar las palabras adecuadas y en vez de eso tendió la mano para que le diera la llave.

Cuando Sofía cerró la puerta con llave encontró el interior de la iglesia fresco y silencioso. La luz del sol entraba por las ventanas en haces dorados y brillantes en los que danzaban motas de polvo y hacía que las sombras parecieran más oscuras. Inspiró profundamente y se desconcertó al descubrir que estaba temblando.

¿Cómo era posible que Fomenko la afectara tanto, solo por respirar el mismo aire que él? Se miró la palma de la mano y casi esperó ver la huella de los dedos de él. Pero eso era una tontería, así que reprimió la idea y miró en derredor. Los iconos, las imágenes de mosaicos y las doradas celosías que en el pasado habían bordeado la nave central habían desaparecido. No se veían velas ni cepillo para honrar a la Madre de Dios. Una gruesa capa de pintura blanca cubría lo que antaño era el alma del edificio.

Sofía permaneció allí un instante, completamente inmóvil, preguntándose qué habría opinado su padre. Luego tomó aire. «Ahora las cosas son así. Acéptalo. No pierdas el tiempo lamentándote de lo que jamás volverá a ser como antes. Estás aquí por Ana, solo por Ana. Y ahora registra este lugar desierto, tal como ella te dijo.»

Sofía se apresuró a buscar el busto de Iósif Stalin. No le costó encontrarlo: ocupaba un lugar destacado en un nicho de la pared lateral, tal como le había dicho el sacerdote Logvinov. Ella clavó una mirada de disgusto en los ojos sin vida y el arrogante mentón y sintió el impulso de encaramarse para hacerle lo mismo que los esbirros del komsomol habían hecho a la imagen de san Pedro.

«No debes correr riesgos, y mucho menos ahora. Dedícate a registrar.»

Primero examinó los ladrillos debajo del nicho, recorriendo el contorno de cada uno con los dedos, buscando una esquina floja o un resto de cemento removido que indicara un escondrijo. Pero los ladrillos eran lisos. Los examinó todos en vano y luego se arrodilló en las tablas del suelo para recorrer cada una con las manos, golpeando, tirando de los bordes y comprobando si se movían o se inclinaban. No halló nada, absolutamente nada, excepto una fría y penosa desilusión. Frustrada, se acuclilló en el suelo con los codos apoyados en las rodillas y clavó la vista en la pared blanca. ¿Dónde? ¿Dónde estaba el escondrijo? María había susurrado a Ana que allí habían ocultado una caja secreta, pero ¿dónde, maldita sea, dónde? ¿Dónde ocultar algo que no debía ser hallado?

Entonces alguien aporreó la puerta de roble y Sofía se levantó: alguien trataba de entrar en la iglesia.

—¿Estás ahí dentro, camarada Morózova?

Era la voz del hombre del Partido, del espía, el camarada Zakarov.

Sofía se apresuró a examinar la pared por debajo de la cabeza de Stalin por última vez. «Una caja enterrada a los pies de san Pedro.» Se puso de rodillas abruptamente.

—San Pedro —susurró—, concédeme inspiración. Por favor, te lo suplico. ¿No es eso lo que queréis, tú y tu Dios? ¿Humildad y súplicas?

Pero no ocurrió nada, no apareció ningún rayo de luz que le indicara el camino. Sofía asintió con la cabeza como si no hubiese esperado otra cosa y entonces aporrearon la puerta con más violencia.

—Sé que estás ahí, camarada Morózova.

Y ahora, ¿qué?

Tenía que irse. Avanzó por el pasillo central, introdujo la llave en la cerradura y de pronto el deseo de estar junto a Mijaíl se adueñó de ella con tanta intensidad que la dejó sin aliento.

—Mijaíl —musitó, solo por el placer de pronunciar su nombre.

Él podía ayudarla, pero ¿lo haría? Si le decía todo lo que sabía sobre Ana y el pasado de él, y sobre lo que estaba oculto en la iglesia, ¿se apartaría de ella como si fuese una ladrona? Él había dicho que estaría dispuesto a ayudar a la persona indicada, pero ¿era ella esa persona? ¿Lo era Ana? Mijaíl ocupaba un puesto importante, trabajaba para el sistema estatal soviético y tenía un hijo al que adoraba. ¿Estaría dispuesto a arriesgarlo todo si ella se lo pedía?

«¿Lo harías, Mijaíl, lo harías? Estarías loco si lo hicieras.»

Enderezó los hombros e hizo girar la llave. Si le solicitaba ayuda corría el riesgo de fracasar, lo cual significaba la muerte. Y no solo la suya propia.