51
Sofía estaba de pie en el despacho del subdirector Stírjov. El collar de perlas pendía de su mano como una ristra de copos de nieve, cada una única en sí misma pero perfectamente a juego con las demás.
—Creo que esto podría ayudarte a tomar una decisión, camarada subdirector.
Dejó colgar el collar de perlas de tres vueltas sobre su escritorio y lo balanceó un poco, impulsando el dulce aroma del dinero hacia los dilatados orificios nasales del hombre. Detrás de las gafas los ojos de Stírjov se habían vuelto tan redondos como las propias perlas y había entreabierto los labios, como disponiéndose a tragarlas. Tendió la mano.
—Deja que las vea. Podrían ser falsas.
Sofía rio.
—¿Te parecen falsas?
Las perlas, de una blancura límpida, iluminaban el despacho.
—Quiero examinarlas.
Stírjov trató de arrebatarle el collar, pero ella dio un paso atrás y alzó la mano, poniéndolo fuera de su alcance. El hombre estaba sentado al escritorio y se incorporó a medias de la silla, pero le bastó echar un vistazo a la cara de Sofía para cambiar de idea. Ante él, en un cuadrado de tela de algodón blanco, reposaba un broche; era de plata, en forma de un borzói de patas largas que sostenía un faisán incrustado de esmeraldas entre las fauces. La mirada de Stírjov osciló entre las perlas y el broche, y Sofía notó que su codicia aumentaba cuanto más los contemplaba.
—La mitad ahora —dijo— y la otra cuando el trabajo esté hecho.
Stírjov frunció el entrecejo, desconcertado.
—Te lo pondré fácil.
Sofía sonrió y sacó unas tijeritas de su bolsillo.
Entonces él comprendió.
—No.
—Sí —replicó ella y cortó el collar. Las perlas cayeron en el escritorio y rebotaron contra la lustrosa superficie negra como el granizo. Stírjov se apresuró a recogerlas.
—Estúpida zorra.
—La mitad ahora —insistió— y la otra cuando el trabajo esté hecho.
Se dirigió a la puerta con la mitad del collar en la mano.
—Podría arrestarte —gruñó él.
—Pero entonces no obtendrías estas, ¿verdad? —adujo con una sonrisa fría.
Se guardó las perlas en el bolsillo y abandonó el edificio antes de que él pudiese cambiar de idea.
—Paciencia.
Sofía estaba en casa de Alekséi Fomenko; apenas había muebles en el interior de la izba, casi parecía deshabitada. No veía ningún motivo para no estar allí puesto que no era la primera vez que irrumpía en su casa, ya la había invadido cuando ocultó los sacos debajo de la cama de Fomenko, así que le resultó fácil traicionar por segunda vez la confianza que suponía una puerta a la que no le habían echado la llave y entrar en la casa del director.
—Vendrá —dijo para sí, y cerró los dedos en torno al guijarro guardado en su bolsillo donde permanecía, frío y terco. Miraba por la ventana trasera, contemplando las rectas hileras de remolachas, nabos y zanahorias que crecían en su huerto, libres de malas hierbas y ordenadas. Como su casa.
«Vasili, ay, Vasili, ¿cómo he podido cometer semejante error? No me diste ningún indicio, no me advertiste. ¿Cómo pude amar a alguien que no existe?»
Sintió un dolor en el pecho, un dolor real. Era como si su corazón derramara sangre caliente con cada latido.
«¿Cómo te convertirse en Fomenko, Vasili? ¿Qué te ocurrió?»
Tocó la tabla que él usaba para cortar el pan, la sartén en la que se preparaba la comida, la toalla con la que se secaba las manos, buscándolo. Entró en su alcoba, pero era como entrar en la habitación de un muerto. Una cama, un taburete, ganchos en la pared en los que dejaba la ropa. Rozó tres camisas a cuadros colgadas de los ganchos; la tela parecía suave y desgastada al tacto. Se llevó la prenda a la nariz e inhaló el aroma: era limpio y fresco, olía a pino. No olía a él, Alekséi Fomenko. Incluso eso ocultaba.
Había un espejo y un cepillo de madera oscura apoyados en un estante. Sofía cogió el cepillo y se cepilló el pelo contemplándose en el espejo, viejo y cubierto de manchas negras. Allí no había ni rastro de él, solo su propio reflejo... y el rostro que veía era el de una desconocida. Se acercó a la cama de madera de pino, una colcha de patchwork cubría las sábanas blancas y bastas, pero cuando levantó la sábana superior la impronta del cuerpo de Fomenko brillaba por su ausencia, como si jamás se hubiera tendido allí. Tocó la almohada, blanda al tacto; creyó que sería dura e inflexible, como sus ideas. Se inclinó y apoyó la mejilla sobre la almohada, reposó la cabeza en las plumas y cerró los ojos. ¿Qué sueños lo visitarían por la noche, qué pensamientos? ¿Soñaría con Ana alguna vez? Deslizó la mano bajo la almohada en busca de un talismán secreto, pero no halló nada. Cuando se puso de pie una suerte de cólera apagada se apoderó de ella.
—¡Lo mataste! —gritó en medio del silencio de esa casa muerta—. ¡Mataste a Vasili!
Recogió la almohada y la zarandeó.
—No tenías derecho —gimió—, no tenías derecho de matarlo. Él pertenecía a Ana, sé que lo tomé prestado, pero siempre perteneció a Ana, y ahora la has matado a ella, al igual que lo mataste a él.
Arrojó al otro extremo de la habitación la almohada, que golpeó contra la pared de tablones y cayó al suelo. Algo se deslizó fuera de la funda blanca, algo pequeño y metálico que rodó hasta un rincón como si tratara de ocultarse. Sofía lo recogió, lo tomó en la palma de la mano y lo examinó. Era un pastillero de peltre, pequeño, redondo y gris, con una cara abollada. Le evocó el guijarro que guardaba en el bolsillo. Al abrirlo descubrió que dentro había un rizo de pelo rubio, brillante como el sol.
Mientras Sofía aguardaba, un hormigueo impaciente le recorría la piel. Observó que el sol se deslizaba lentamente desde una pared de la habitación hasta la otra; en algún momento bebió un vaso de agua, pero ni por un instante dejó de pensar en Mijaíl Pashin y en quién era realmente. En lo que había hecho y en lo que ella, Sofía, había jurado hacerle a él.
Despegó cada una de las capas de dolor como si descortezara un árbol y contempló lo que aparecía por debajo: un montón de confusiones y errores.
«Ay, Mijaíl, te obligaste a sufrir por lo que hiciste. Te flagelaste como los penitentes de la Iglesia, pero al final no encontraste el perdón divino. En vez de eso te construiste una vida e intentaste expiar tus pecados con el mismo cuidado con el que montaste tu puente. Ahora no quiero derribar tu vida de un puñetazo pero... tú mataste al padre de Ana.»
Una y otra vez la oscuridad se abatió sobre Sofía mientras permanecía allí sentada, sola. ¿Qué tenía en la cabeza? ¿Qué clase de persona era? ¿Qué clase de muchacho es capaz de disparar a seres humanos a sangre fría? Sacó el guijarro del bolsillo y lo apoyó en su regazo, pero la piedra permaneció allí, inerte y de un blanco apagado. Entonces una vibración le recorrió el cuerpo y creyó oír que el guijarro zumbaba, un rumor débil y agudo en su cabeza. La piedra pareció cobrar brillo, como una perla.
¿Se lo estaba imaginando? ¿Era Rafik quien lo imaginaba todo? La séptima hija de una séptima hija... ¿Era verdad? Y si lo fuera, ¿acaso significaba algo? Vasili ya no existía y saber que el chico que ella había amado en el campo de trabajos forzados era una quimera le había arrancado una parte importante de sí misma, dejando un espantoso vacío en su interior, un vacío similar al hambre. Pero era aún peor que el hambre: a un nivel más profundo era como morir de inanición. Le roía las entrañas con dientes afilados de roedor. Vasili ya no existía y ella lloraba su pérdida. Gimió y se meció en la silla.
Finalmente, se puso de pie y aferró el guijarro con fuerza.
—Espérame, Ana —dijo con voz firme—, iré a por ti.