13
Campo Davinski
Julio de 1933
—Espérame, Ana —gritó Nina al tiempo que se agachaba para meter más musgo en sus zapatos, en un intento de impedir que penetrara el agua.
Ana alzó la cabeza. El corazón le palpitaba con fuerza.
«Espérame, Ana.» Esas habían sido las últimas palabras que oyó cuando Sofía escapó y en ese momento volvió a oírlas con tanta claridad como si su amiga estuviera a su lado: flotaban en el aire, insistentes. «Espérame.» Durante todos esos meses Ana se había preocupado, inquietado, martirizado con pesadillas e imaginado que la fugitiva sufría toda suerte de destinos atroces: que moría de hambre lenta y dolorosamente en las estepas, que un granjero le clavaba una horca hasta matarla o que un soldado la violaba, que un lobo la devoraba o un oso la mataba a zarpazos. Que la atrapaban y la enviaban a trabajar en una mina de carbón o, todavía peor, que le daban caza y le pegaban un balazo en la cabeza. Capturada, capturada, capturada... No lograba quitarse esa palabra de la cabeza.
«Espérame.»
Ana miró en torno y contempló a las mujeres que formaban filas para emprender el agotador camino de regreso al campo. Un largo día de trabajo había llegado a su fin, las aguardaba una marcha de dos horas, tenían los pies doloridos y llagados, les dolía la espalda y el estómago, estaban hambrientas, pero a pesar de todo ello, aquel suponía un breve momento del cual Ana siempre disfrutaba. En vez de tener las cabezas gachas, las alzaban, volvían a anudarse los pañuelos y se quitaban las polainas que las protegían de las picaduras de los insectos en las fangosas zanjas. Había que trabajar en el más estricto silencio, pero durante esos escasos y breves minutos las mujeres entablaban conversaciones. Para Ana el sonido de sus voces era tan dulce como si se hubiesen puesto a cantar; daba igual que comentaran los problemas de ese día o soltaran carcajadas provocadas por chistes tontos, lo importante era que hablaban entre ellas.
—¿Cómo tienes la rodilla?
—Igual que ayer, ya sabes cómo es. ¿Y las úlceras de tus piernas?
—Un jodido fastidio.
—¿Alguien tiene un trozo de tela de algodón? Mira, se me ha roto la camisa.
—¿Os habéis enterado de lo de Natalie?
—No —respondieron en coro—. ¿Hay novedades?
—Ha tenido a su bebé.
—¿Niño o niña?
—Un niño. —Una pausa—. Nació muerto.
Dos mujeres se persignaron discretamente para evitar que los guardias las vieran.
—Un cabrón con suerte —exclamó Tasha—. Muerto es mejor que...
—Cállate —la regañó Nina, ocupando su lugar junto a Ana y encogiéndose de hombros; era el lugar que solía ocupar Sofía. Cada vez que Ana tropezaba o se quedaba rezagada, las fuertes manos de Nina la sostenían—. Corre un rumor... —añadió en voz baja.
—¿Qué rumor? —preguntó Ana.
—Dicen que pronto nos pondrán a construir un tramo de vía férrea —dijo, se quitó una costra del brazo y la masticó.
—¿La vía férrea del norte?
Nina asintió y las dos mujeres se miraron.
—Según dicen —murmuró Ana cuando emprendieron la marcha—, este año el ferrocarril ya ha costado la vida a cuarenta mil personas.
Sin embargo, siempre llegaban más, un interminable río de prisioneras enviadas desde todos los extremos del país en vagones de ganado. Cada vez que llegaba una nueva remesa al barracón, Ana abrigaba esperanzas, pero siempre se veían frustradas.
«¿Has hablado con una mujer llamada Sofía Morózova? ¿En uno de los campos? ¿En un tren? ¿En la celda de una prisión?»
«Niet. —Siempre la misma respuesta—. Niet.»
Ana dirigió la mirada a la espesa pared de troncos de color cobre a ambos lados del camino, una cicatriz que se abría paso a través del bosque hasta otro campo dejado de la mano de Dios, y después hasta otro y otro más. ¿Acaso Sofía se encontraba allí fuera? ¿En algún lugar? Alzó el rostro hacia el argentino cielo estival. Trató de volver a escuchar las palabras: «Espérame, Ana», pero se habían desvanecido. Tenía frío y el dolor en los pulmones aumentó; tosió y se limpió la sangre con la manga de la blusa.
—No puedo esperar —murmuró.
Un pie. Después el otro. Y luego de nuevo el primero, derecha, izquierda, derecha, izquierda, no dejar de mover los pies. Había pasado una breve tormenta de verano que dejó el cielo del atardecer tan pálido y apagado como la hilera de mujeres que avanzaban bajo él. Los pinos rígidos parecían verdes centinelas apostados a lo largo del sendero, como si estuvieran confabulados con los guardias.
Un pie. Después el otro. No dejar que se detengan.
Las agujas de los pinos formaban una alfombra blanda; el sendero presentaba profundos baches causados por cientos de pies a medida que las prisioneras iban y venían de la Zona. Solo de vez en cuando las mujeres vislumbraban un solitario lobo entre las sombras u oían el escalofriante aullido de una manada, como si fueran fantasmas en el bosque. En esos momentos los rifles de los guardias de pronto suponían un consuelo en vez de una amenaza.
Durante las horas que Ana dedicaba a caminar —o más bien a arrastrar los pies, para ser más exactos— era cuando perdía el control de sus pensamientos, que escapaban de ella como un perro que se zafa de la correa y huye. Sin la risa de Sofía cuando ella le narraba sus historias, Ana ya no tenía fuerzas para controlarlos, se desplazaban a lugares a los que no siempre quería seguirlos y chocaban entre sí.
Al principio solo fueron momentos aislados que se deslizaban en su cabeza, cálidos y vívidos, como el recuerdo de montar en el caballo negro de su padre, cuyo pelaje brillaba como el metal pulido, soltando grititos dichosos cuando sus manos infantiles se aferraban a las ásperas y negras crines. O cuando María, su institutriz, ataviada con su segundo mejor vestido de seda, el que era del color del vino tinto, le dijo que aquel día Ana no podía salir a cabalgar con él —el padre era médico— porque le dolía la garganta. El hombre adoptó una expresión apesadumbrada y le hizo cosquillas en la barbilla, le dijo que se curara y la llamó su «dulce ángel». Le dio un beso de despedida y ella captó el olor de sus gruesos cigarros en el áspero bigote de su padre. En cierta ocasión, Ana había robado uno del humidificador del despacho de su padre y lo desmenuzó secretamente en la buhardilla para descubrir por qué su aroma era tan maravilloso, pero lo único que consiguió fue un montón de polvo de color pardo desparramado en su regazo.
—Estás sonriendo —musitó Nina a su lado en tono complacido.
—Dime, Nina, ¿alguna vez piensas en el pasado?
—No, si puedo evitarlo.
—Entonces ¿en qué piensas?
Una sonrisa recorrió los rasgos toscos de Nina.
—Pienso en el sexo. Y cuando estoy demasiado cansada para pensar en eso, pienso en ganar jugando a cartas.
—Anoche le gané ese mugriento trozo de espejo a Tasha.
—¿Para qué diablos quieres un espejo? Todas tenemos una pinta horrorosa.
Ana asintió un par de veces con la cabeza y observó una yasheritsa, una lagartija de un brillante color anaranjado, que huía bajo sus pies y remontaba el tronco de un árbol agitando la cola.
—Estaba pensando en usarlo para quemar el campo en un día soleado y despejado —contestó.
Nina soltó una carcajada tan sonora que un guardia se acercó y le pegó un culatazo en la cara.
Pero las imágenes y los recuerdos se amontonaban unos sobre otros a medida que Ana se concentraba en avanzar un paso y otro más, sin fuerzas para defenderse de ellos. Olvidó el penumbroso sendero del bosque y, en lugar de eso, dentro del imprevisible laberinto que ocupaba su cabeza, se encontró en el asiento trasero de un coche negro y lujoso.
Era el Daimler de los Dyuzheyev, más grande y brillante que el Oakland de su padre, y con una mampara de cristal —que no chirriaba— entre ellos y el chófer. Svetlana y Grigori Dyuzheyev eran los amigos más íntimos de su padre, acaudalados aristócratas que vivían en una magnífica mansión de Petrogrado.
—Qué perlas tan bonitas.
Svetlana Dyuzheyeva, una mujer muy elegante, estaba encantada con el cumplido. Recorrió con el dedo el collar de perlas de tres vueltas que le rodeaba el cuello.
—Gracias, Ana. Eran de mi madre y antes fueron de mi abuela. ¿Quieres tocarlas? —dijo, y cogió uno de los dedos de Ana.
El tacto de las perlas era sedoso y tibio, más fino que su propia piel. Se le antojaba inconcebible que semejante belleza pudiera esconderse en algo tan feo como una ostra.
—Son maravillosas —murmuró—. Y un día serán de Vasili.
Pensaba en voz alta, ya temía que su amigo acabara comportándose como un estúpido y las utilizara para alimentar a sus compañeros manifestantes. La idea le resultaba insoportable.
Svetlana le lanzó una sonrisa pícara, arqueó una ceja y le susurró al oído:
—De Vasili... o de su esposa.
Entonces, horrorizada, Ana notó que el rubor le cubría las mejillas, volvió la cabeza para ocultar su desazón y miró por la otra ventanilla. María, la institutriz de Ana, estaba sentada en el asiento plegable frente al padre de su pupila, ataviada con su mejor vestido de seda verde y sonriendo. Ana adoraba a su institutriz, sobre todo ese día, porque no hubo ceños fruncidos, regañinas ni deberes. En lugar de eso María había tocado el piano para todos ellos cuando Grigori se cansó de hacerlo, y había bailado con papá hasta que su nariz adoptó un brillo sonrosado.
Después entonaron canciones, bebieron champán y comieron finísimos cuadrados de pan blanco cubiertos de caviar osyotr. Entonces su padre acompañó a Svetlana y Grigori al teatro y luego el chófer llevaría a Ana y a María a casa. La niña estaba sentada entre su padre y Svetlana en el ancho asiento de cuero del coche. Había disfrutado de ese día emocionante, pero que Vasili se ausentase la había decepcionado. Le había susurrado al oído que debía reunirse con un amigo, pero cuando ella preguntó: «¿Para hacer qué?», su expresión se volvió adusta y no le contestó.
—Nikolái —dijo Svetlana, como si supiera lo que Ana estaba pensando—, mi Vasili fue muy descortés al no acompañar a tu hija a casa esta noche. Espero que no estés ofendido. Eso no se hace.
Pero lo dijo con la sonrisa indulgente de una madre.
—No te preocupes —respondió el padre—. Gracias a sus trineos de nieve y los bailes, tu Vasili sabe muy bien cómo complacer a mi hija, y por tanto cómo complacerme a mí.
Echó un vistazo por la ventanilla mientras avanzaban lentamente tras una cola de coches que se dirigían al teatro, a lo largo de la calle Bolshaya Morskaya; las luces de las tiendas titilaban y reflejaban la seda negra de los sombreros de copa. Después de unos instantes volvió a dirigir la mirada a Svetlana.
—¿Dónde están esta noche?
—No lo sé —contestó ella, encogiéndose de hombros con gesto elegante—. A las ocho entró en vigor un toque de queda.
—Están en la plaza del Palacio —dijo María en voz baja—. Miles de ellos. Con pancartas y banderas.
—¡Malditos leninistas! —gruñó Grigori.
—¿Y hoy por qué están en huelga? —preguntó Svetlana, suspirando.
—Exigen pan, señora.
Svetlana se llevó la mano a las perlas que le rodeaban el cuello y no hizo ningún comentario, pero las palabras habían provocado un cambio abrupto en el ambiente que reinaba en el coche. De pronto Ana se sintió como si hubiese sumergido los pies en un cubo de agua helada. Detestaba ver tan preocupado a papá, y para animarlo, comentó:
—Vasili dice que pronto todo será mejor para los obreros. —Asomó el brazo por la ventanilla e indicó una de las tiendas junto a la cual estaban pasando—. Vasili dice que las joyerías como esa cerrarán porque son unos delincuentes.
—¿Delincuentes? —preguntó papá.
—Sí, dice que son unos delincuentes porque han confeccionado cincuenta y dos huevos de oro para la zarina y la emperatriz viuda, mientras que los obreros ni siquiera...
—Creo que en este caso Carl Fabergé tal vez no esté de acuerdo con mi hijo —masculló Grigori en tono furibundo.
—Y Vasili dice que hay ametralladoras en los tejados para...
—Annochka —dijo Svetlana con voz firme—, no debes prestar oídos a todo lo que dice mi hijo.
—¿Por qué no?
—Porque... él es como tú —añadió, y le rodeó los hombros con el brazo—. Todavía cree que el mundo tiene arreglo.
—Papá —dijo Ana en tono serio—, creo que deberíamos hacer algo más para ayudar a algunas de esas personas que según Vasili no tienen comida ni prendas de abrigo. Creo que tenemos más ropa de la que necesitamos; estaría bien compartirla con ellos.
Papá le palmeó la rodilla con un gesto indulgente sumamente irritante. Grigori soltó un gruñido y María sonrió. En cambio Svetlana soltó una carcajada, la estrechó con el brazo, y las plumas de avestruz que adornaban su capa de terciopelo azul oscuro cosquillearon la nariz de Ana y la hicieron estornudar.
—Bud zdorova! —corearon los adultos—. ¡Jesús!
Papá le dio un beso en la mejilla.
—Dios te bendiga, mi querida niña. Te bendiga hoy, mañana y todos los mañanas venideros.
Ana clavó la vista en los coches conducidos por un chófer, desfilando en apretadas hileras como lustrosos elefantes.
—¿Estará el zar esta noche, papá? ¿Será una función muy distinguida?
Papá cogió un cigarro de su cigarrera de plata y lo hizo rodar entre los dedos.
—«Distinguida» no es la palabra adecuada, cariño. Esta noche el teatro Alexandrinski está repleto de grandes duques, rublos de oro y magnificencia imperial solo para que las personas como nosotros podamos ver un melodrama tonto sobre el amor y la muerte titulado Mascarada.
—Nikolái —murmuró Svetlana en tono de desaprobación.
El padre de Ana encendió su cigarro en silencio, observó la primera voluta de humo que flotaba en el interior del coche y después contempló a Svetlana y Grigori.
—Amigos míos —dijo en tono grave—, si alguna vez me ocurriera algo, ¿cuidaréis de Ana?
La pequeña se quedó boquiabierta. ¿Ocurrir? ¿Qué podía pasarle a su padre?
—Querido Nikolái, no...
—Por favor, Svetlana. Ahora que mi hermano ha muerto de difteria no hay nadie más. Y en estos tiempos inciertos uno nunca sabe, así que...
Svetlana estiró el brazo y le presionó el hombro.
—Sería un honor. Puedes estar tranquilo, amigo mío. Queremos mucho a Ana y cuidaríamos de ella como si fuera nuestra hija.
—Spasibo. Gracias —contestó Nikolái con voz ronca.
Ana trató de tomar aire, no comprendía lo que estaba ocurriendo. Temía que acababan de dejarla en manos de otros y eso la disgustaba. Pero su padre no había terminado y se dirigió a la institutriz.
—Y tú, María. Si algo... sucediera, ¿también cuidarás de mi hija?
Ana volvió a quedarse boquiabierta al ver que los ojos castaños de María se llenaban de lágrimas. Trató de ocultarlas parpadeando, pero la farola de la calle proyectó su luz amarilla sobre su rostro.
—Sí, doctor Fedorin. Adoro a la niña.
—Prométemelo.
—Ya klyanus. Lo juro, doctor.
Nikolái tragó saliva, alzó la mano y cogió el alfiler que siempre llevaba en la corbata; durante un segundo contempló los dos exquisitos diamantes engarzados en oro antes de rozar el alfiler con los labios.
Ana lo observó, azorada.
Él se inclinó hacia la institutriz, que estaba sentada frente a él, le levantó la solapa del abrigo y clavó el alfiler en la suave lana, en la parte inferior. Cuando volvió a inclinarse hacia atrás el alfiler ya no era visible.
—Nikolái —dijo Svetlana en voz muy baja—, ese alfiler fue un regalo de bodas de la madre de Ana.
—¿Acaso no es la mejor protección que puedo ofrecer?
Fuera lo que fuese lo que estaba ocurriendo allí, Ana estaba decidida a ponerle fin.
—Ne boysya, papá, no tengas miedo. Nada te ocurrirá, yo cuidaré de ti —dijo, le dirigió una amplia sonrisa y le palmeó el brazo—. Puedes confiar en mí. Y en Vasili.
La luz de las farolas pintaba brillantes franjas en la oscuridad. Odeen... dva... tri... Ana empezó a contarlas, uno... dos... tres... Pero los párpados empezaban a pesarle mucho y las luces eran demasiado brillantes, así que cerró los ojos y apoyó la cabeza contra el tibio hombro de María. El familiar aroma a lavanda y naftalina que despedía el pañuelo de su institutriz la reconfortó.
El chófer de los Dyuzheyev los conducía a casa después de dejar a Nikolái, Svetlana y Grigori ante el teatro. El Daimler giró a la izquierda, abandonó la avenida Nevski y pasó junto a la amplia escalinata de la catedral de San Isaac y por debajo de los tilos. Ana se deslizó más profundamente en la oleada de oscuridad que precede al sueño. Apenas notó que el coche aminoraba la marcha, pero sí que María se ponía tensa, y de pronto oyó los gritos alarmados del chófer. Abrió los ojos y de repente se halló rodeada de rostros que se asomaban a las ventanillas desde la calle oscura. Narices aplastadas contra los cristales, puños golpeando la carrocería, bocas soltando gruñidos y mostrando los dientes...
Lobos. Eran lobos que llevaban una gorra y gruesas bufandas. Lobos que aullaban palabras incomprensibles, pero Ana sabía que querían descuartizarla. El vehículo se sacudía sobre los neumáticos, a su lado María gritaba, y entonces el gran coche se lanzó hacia delante, el motor soltó un rugido y las caras desaparecieron. Los altos edificios pasaron como en una carrera; Ana sentía un ardor en el corazón y María jadeaba.
Ana cogió la mano temblorosa de su institutriz y le canturreó como solía hacer con su gatito cuando el borzói de Grigori la asustaba.
—Ahora estás a salvo, estás a salvo.
Pero los ojos de María estaban desorbitados en su rostro redondo y tenía los labios trémulos. Abrazó a Ana y musitó:
—Procura volver a dormir.
Ana obedeció, cerró los ojos y respiró sosegadamente, pero solo fingía. En realidad estaba tensa, incluso sus mejillas estaban rígidas. No podía decirle a nadie lo que había visto, ni a María ni a su padre. Y tampoco a Svetlana y Grigori, desde luego. Guardaría el secreto, pero poco a poco y con mucha cautela, dejó que los rostros de los lobos invadieran su cabeza. Se estremeció y se obligó a examinarlos uno por uno, hasta encontrar el que buscaba. Sí: él estaba allí, detrás del hombre que presionaba la cara contra la ventanilla de María, un rostro que Ana conocía, un rostro que amaba. El de Vasili.
Llevaba la gruesa bufanda roja que ella le había regalado por Navidad y una chaqueta gris que nunca había visto antes, pero que parecía tan vieja y desgastada como las de quienes lo rodeaban. No cabía duda de que era Vasili, pero tenía dientes y ojos de lobo.
Las lágrimas dejaron una fina huella en sus mejillas.