58

Tivil
Julio de 1933

—¿Ella está allí?

—No —dijo Rafik.

—¿Está cerca?

—Está cerca de la muerte.

—¿Puedes salvarla?

—No.

Un suspiro como el hálito de la luna recorrió las paredes de la cámara.

Tres rostros palidecieron.

—Sálvala.

—Sálvala.

—Sálvala.

—No puedo, la estoy perdiendo en un laberinto.

Vertieron sangre en un cuenco de cobre, como si fuera vino.

—Está demasiado lejos de mí, no consigo desenredar las sombras.

Echaron trozos de carne blanca como el pan en el cuenco.

—Está sola, fuera de mi alcance.

Esparcieron hierbas amargas como el dolor en la brillante superficie.

—¿Cómo podemos protegerla? Dinos cómo.

—Necesito más poder.

—Bebe la sangre.

—Come la carne.

—Traga las hierbas.

Rafik bebió y miró los rostros que lo contemplaban.

—No es suficiente.

—Has venido.

El sacerdote entró en la habitación, la roja cabellera encendida y la mirada inflamada de fe. Su barba resplandecía como un peto en llamas.

—He venido.

—Necesitamos tu fuerza.

—Mi fuerza es la de Dios Todopoderoso.

Rafik se puso de pie, un fantasma envuelto en una túnica blanca.

—La muchacha está en el abismo.

—Todos corren peligro de precipitarse en el Abismo, todos cuantos adoran la imagen de la Bestia. Está escrito en la Palabra de Dios.

—Ayúdanos, sacerdote.

—Si lo que estás haciendo proporciona alimento al Diablo, gitano, el humo de tu tormento será eterno y no hallarás descanso de día ni de noche.

—La necesitamos. Ella es rica en poder.

—¿Qué son las riquezas? En Su infinita sabiduría, Dios nos dice lo siguiente: que cuando nos creemos ricos es cuando más desgraciados somos, y miserables y pobres y ciegos y desnudos. Y con la misma certeza con la que la noche sigue al día, Su ira golpeará a los escorpiones de este mundo.

—Esta aldea bien sabe que es pobre y desgraciada, sacerdote —replicó Rafik con voz sonora—. ¿Te unirás a nosotros?

—Dios te maldecirá, Rafik.

—¿Estás dispuesto a ver cómo Tivil se desangra?

—Los hechiceros están condenados a morar fuera de la Ciudad de Dios y tú eres un hechicero.

—Rafik —dijo el herrero, y señaló el pecho del gitano con dedos ennegrecidos—. Díselo al sacerdote.

—¿Que me diga qué?

Era como si la luz titilara por encima del cuenco de cobre al tiempo que Rafik hablaba lentamente.

—La muchacha tiene un guijarro, un guijarro blanco. Ya le ha proporcionado ayuda.

El rostro del sacerdote Logvinov palideció al tiempo que sus dedos buscaron la cruz que le colgaba del cuello y la aferraba.

—No blasfemes.

—No lo hago.

El sacerdote agitó sus rizos flamígeros.

—En el último Libro de Su Sagrada Palabra, el Señor dice: «Al vencedor daré maná escondido, y también una piedrecita blanca, sobre la que irá grabado un nombre nuevo que nadie conoce, salvo el que lo recibe.»

—Ella tiene la piedrecita.