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La tormenta de nieve llegó tal como Sofía había pronosticado, pero esa vez los guardias hicieron caso de su advertencia y antes de que estallara sujetaron la larga hilera gris a las cuerdas y todos emprendieron la marcha de regreso al campo.
El sendero serpenteaba a través de los interminables bosques de la taiga, sumidos en perpetua oscuridad y, como si fueran los centinelas de Stalin, las esbeltas columnas de los pinos supervisaban la marcha. En el profundo silencio, la respiración de cientos de mujeres generaba un sonido extraño e inquietante, al tiempo que sus pies tropezaban con los surcos cubiertos de nieve.
Sofía detestaba el bosque, lo cual resultaba raro teniendo en cuenta que había pasado gran parte de su vida en una granja y estaba acostumbrada al ambiente rural, mientras que Ana, que adoraba el bosque y lo consideraba mágico, se había criado en la ciudad. Pero a lo mejor se debía a eso; Sofía sabía muy bien de lo que era capaz un bosque, sentía su aliento en la nuca como una presencia amenazadora, de modo que se estremecía cuando unos sonidos suaves y repentinos surgían de entre los árboles al tiempo que capas de nieve caían de las ramas. Era como si el bosque suspirara.
El viento se intensificó y les arrebató el último resto de calor que albergaban sus cuerpos. A medida que las prisioneras se abrían paso entre los árboles, Sofía y Ana agacharon la cabeza y se arrebujaron en sus bufandas para evitar que las ráfagas heladas les golpearan el rostro. Avanzaban paso a paso, exhaustas, y procuraban mantenerse juntas en un intento de compartir los últimos restos de calor, pero también debido a algo diferente, algo más importante para las dos. Incluso más importante que el calor.
Ambas conversaban y no se limitaban a quejarse del dolor de espalda, las palas rotas o la brigada que no cumplía con la cuota diaria, no: utilizaban palabras auténticas que describían imágenes reales. Resultaba difícil huir de las duras escenas que conformaban la existencia diaria y brutal en el campo Davinski, pues estas clamaban incluso en su cabeza y se aferraban a la mente impidiendo el paso de cualquier otro pensamiento.
Desde el principio, Sofía había comprendido que en un campo de trabajos forzados la vida se reducía a lo que ocurría de un minuto a otro, de un bocado al siguiente. Uno dividía el tiempo en porciones minúsculas y uno se decía a sí mismo que podía sobrevivir durante ese diminuto periodo: era la manera de aguantar un día más, no había pasado ni futuro, solo ese momento. Sofía estaba convencida de que era el único modo de sobrevivir en ese lugar, sometiendo al alma a una lenta y dolorosa inanición.
Ana albergaba otras ideas. Había roto todas las reglas autoimpuestas de Sofía y logrado que cada día fuese tolerable. Mediante palabras. Todas las mañanas, durante la caminata de dos horas hasta la zona de trabajo, y todas las noches, en la agotadora marcha de regreso al campo, ambas se acercaban la una a la otra y creaban imágenes, cada palabra una vistosa puntada en ese tapiz compartido, hasta que las escenas delicadamente creadas fueran lo único que veían. Los guardias, los rifles, el bosque oscuro y la implacable brutalidad del lugar se disipaban como se disipan los sueños, de manera que lo único que quedaba eran vagos fragmentos de algo casi olvidado.
Ana era la que poseía más talento. Era capaz de hacer danzar las palabras. Después de narrar sus historias soltaba risas de placer, y el sonido era tan libre y tan poco común que las otras prisioneras se volvían y suspiraban de envidia. Todas las historias versaban sobre la infancia de Ana en Petrogrado, antes de la Revolución, y día tras día, mes tras mes, año tras año, Sofía notaba que las palabras y las historias se acumulaban en sus propios huesos. Invadían el espacio antes ocupado por la médula ósea desaparecida hacía tiempo y mantenían sus miembros firmes y fuertes cuando blandía un hacha o cavaba una zanja.
Pero las cosas habían cambiado. A medida que la nieve comenzaba a caer, blanqueando los hombros de las prisioneras que iban en cabeza, Sofía desvió la mirada y se volvió hacia Ana. Le había llevado mucho tiempo acostumbrarse al aullido del viento siberiano, pero ya había aprendido a no prescindir de él, junto con los gruñidos de los perros guardianes y los sollozos de la joven a sus espaldas.
—Ana —insistió, aferrando la cuerda que las mantenía unidas—, vuelve a hablarme de Vasili.
Ana sonrió, no podía evitarlo. La mera mención de su nombre encendía una luz en su interior por más cansada, mojada o enferma que estuviera. Vasili Dyuzheyev había sido el amigo de infancia de Ana en Petrogrado, dos años mayor que ella, y acompañaba sus pensamientos cotidianos y sus sueños nocturnos. Era el hijo de Svetlana y Grigori Dyuzheyev, unos amigos aristocráticos del padre de Ana, y en ese preciso momento Sofía necesitaba saberlo todo acerca de él. Absolutamente todo. Y esa vez no solo por placer —si bien le desagradaba reconocer, incluso ante sí misma, cuánto placer le proporcionaba Ana al hablar de él—, porque entonces la situación se había vuelto seria.
Sofía había tomado la decisión de sacar a Ana de ese agujero infernal antes de que fuera demasiado tarde; su única esperanza de alcanzar el éxito era mediante una ayuda, y Vasili era el único a quien podía recurrir, pero ¿la ayudaría? Y, además, ¿lograría encontrarlo?
Una sonrisa silenciosa y pensativa recorría el rostro de Ana. Tenía la cabeza y la parte inferior de la cara envuelta en la bufanda, de modo que solo se le veían los ojos entornados frente al viento. Pero cuando empezó a hablar la sonrisa permaneció allí, en lo más profundo de ambos...
—El día era tan descolorido como el de hoy. Era invierno y el año 1917 acababa de comenzar; en todas partes el cielo blanco y el blanco suelo se confundían para convertirse en una única caracola, congelada en un mundo silencioso. No había viento; el único sonido, el de un cisne que golpeaba la superficie helada del lago con sus patas palmeadas grandes y planas. Vasili y yo habíamos salido a dar un paseo, solo nosotros dos, muy abrigados para defendernos del frío. Mientras recorríamos el césped corriendo para entrar en calor, nuestras botas forradas de piel producían un crujido agradable al pisar la nieve.
»“Desde aquí veo la cúpula de la catedral de San Isaac, Vasili. ¡Parece una bola de nieve grande y resplandeciente!”, grité desde las ramas superiores del sicomoro. Siempre me había gustado trepar a los árboles y ese era especialmente tentador. Estaba junto al lago de la finca de su padre.
»“Construiré un trineo para ti, digno de una reina de las nieves”, prometió.
»Deberías haberlo visto, Sofía. Tenía los ojos brillantes, tan brillantes como los carámbanos que colgaban de las ramas del árbol; se quedó mirándome mientras yo me encaramaba a las grandes ramas desnudas que se extendían por encima del césped como un esqueleto. No dijo “Ten cuidado” o “Eso no es propio de una señorita” ni una sola vez, tal como hubiese hecho María, mi institutriz.
»“Allí arriba estarás seca”, dijo, riendo, “y así al menos no andarás saltando por encima del trineo con tus grandes pies antes de que esté terminado.”
»Le tiré una bola de nieve y luego disfruté observando cómo formaba patines con la nieve y empezaba a crear el cuerpo del trineo y sus lados largos y curvados. Al principio le canté “Gaida Troika”, balanceando los pies al ritmo de la canción, pero después ya no aguanté más y le hice la pregunta que me abrasaba la lengua.
»“¿Me dirás lo que has estado haciendo, Vasili? Casi nunca estás aquí y he... oído cosas.”
»“¿Qué clase de cosas?”
»“Los criados dicen que las calles se han vuelto peligrosas.”
»“Siempre has de prestar oídos a las palabras de los criados, Annochka”, contestó, riendo. “Por lo visto lo saben todo.”
»Pero yo no me conformé con su evasiva.
»“Dímelo, Vasili.”
»Él alzó la vista y de pronto su mirada se tornó grave, sus suaves cabellos castaños cayeron hacia atrás revelando los huesos de su frente y sus pómulos. Me pareció que estaba más delgado y se me encogió el estómago cuando comprendí el motivo: estaba regalando su comida.
»“¿De verdad quieres saberlo?”
»“Sí, ya tengo doce años, soy lo bastante mayor para saber qué está ocurriendo. Dímelo, Vasili.”
»Él asintió con expresión pensativa y luego pasó a hablarme de las multitudes que el día anterior se habían reunido ruidosamente en la plaza del Palacio de Invierno y que alguien disparó un tiro. Que la caballería había cargado contra la multitud blandiendo sus sables para mantener el orden.
»“Pero no tardará mucho, Ana. Es como los fuegos artificiales: la mecha está encendida y ahora solo se trata de saber cuándo estallarán.”
»“Las explosiones causan daños.”
»Temí por él y, desde lo alto, dejé caer una bola de nieve a sus pies. Observé cómo reventaba y desaparecía.
»“Exacto. Por eso te lo cuento, Ana, para advertirte. Mis padres se niegan a escucharme, pero si no modifican su estilo de vida ahora mismo, será...”
»“¿Será demasiado tarde, Vasili?”
»“Será demasiado tarde.”
»Aunque iba muy bien abrigada con mi sombrero y mi capa de piel de castor, un escalofrío me recorrió la espalda. Reconocí la pena en su rostro; me apresuré a bajar del árbol, descolgándome de una rama a la siguiente y cuando estaba a punto de brincar al suelo Vasili me tendió los brazos y me lancé. Me cogió e inspiré el aroma de sus cabellos, un aroma fresco y masculino, un terreno desconocido que me encantaba explorar. Le di un beso en la mejilla y él me estrechó entre sus brazos, luego me hizo girar en el aire y me dejó sobre el trineo de nieve, en el asiento que había tallado, e inclinó la cabeza.
»“Vuestra carroza, princesa Ana.”
»En aquel momento no estaba de humor, pero para complacerlo cogí unas riendas imaginarias y las agité, zas, zas, le chasqueé la lengua al imaginario caballo y entonces comencé a volar a lo largo de un sendero del bosque en mi trineo plateado mientras los árboles se inclinaban por encima de mi cabeza, susurrando. De repente miré en derredor y me volví en mi gélido asiento. ¿Dónde estaba Vasili? Lo descubrí apoyado contra el oscuro tronco del sicomoro, fumando un cigarrillo con expresión apesadumbrada.
»“¡Vasili!”, grité.
»Cuando dejó caer el cigarrillo en la nieve, la brasa soltó un silbido.
»“¿Qué pasa, princesa?”
»Se acercó, pero sin sonreír. Mantenía la mirada de sus ojos grises clavada en la casa de su padre. Era de tres plantas, de elegantes ventanas y altas chimeneas.
»“¿Sabes cuántas familias podrían vivir en una casa como la nuestra?”, preguntó.
»“Una. La tuya.”
»“No: doce familias. Quizá más, si los niños compartieran las habitaciones. Las cosas cambiarán, Ana. Rasputín, el viejo y malvado hechicero de la zarina, fue asesinado el mes pasado, y eso solo fue el comienzo. Debes estar preparada.”
»Le di un golpecito en el rostro con la mano enguantada y le alcé la comisura de los labios.
»“Me gustan los cambios.”
»“Sí, lo sé, pero allí fuera hay personas, millones de personas, que exigirán cambios, y no porque les guste sino porque los necesitan.”
»“¿Son las que están en huelga?”
»“Sí. Son pobres de solemnidad, Ana, y les han robado sus derechos. Tú no comprendes cómo es su vida porque siempre has vivido en una jaula de oro. No sabes lo que es tener hambre y frío.”
»Ya habíamos hablado de eso con anterioridad y ya sabía que era mejor no mencionar la propia jaula dorada de Vasili.
»“Pueden quedarse con mi otro abrigo. Está en el coche.”
»La sonrisa que me lanzó aceleró los latidos de mi corazón. Compensaba la pérdida de mi abrigo.
»“Ven, vamos a buscarlo”, dije, riendo.
»Vasili recorrió el césped a grandes zancadas y dejó un rastro de profundas huellas en la nieve. Lo seguí procurando estirar las piernas al máximo para no perder su paso y apoyé las suelas de mis botas de piel negra en cada una de sus huellas, y durante todo el tiempo continué oyendo el tintineo de los carámbanos en los árboles. Parecía una advertencia.
Sofía estaba sentada en el suelo sucio con las piernas cruzadas, inmóvil. La noche era oscura, muy fría, y la temperatura seguía bajando, pero había aprendido a controlar sus músculos. Había aprendido a tener paciencia, de modo que cuando el curioso ratón gris asomó el hocico por entre las tablas podridas de la pared del barracón con ojos brillantes y agitando los bigotes, ella estaba preparada.
Contenía la respiración; notó que el ratón percibía el peligro, pero la atracción de la migaja de pan depositada en el suelo era demasiado grande en el mundo carente de alimentos del campo de trabajos forzados, y la pequeña criatura cometió su último y fatal error: corrió hacia la migaja. Sofía estiró la mano, el ratón soltó un chillido y todo acabó. Añadió el minúsculo cuerpo a los otros tres que tenía en su regazo y partió la migaja de pan en dos, se introdujo un trozo en la boca y volvió a dejar el otro en el suelo. Entonces guardó silencio una vez más.
—Lo haces muy bien —dijo Ana en voz baja.
Sorprendida, Sofía alzó la vista; en la penumbra logró distinguir la inquieta cabeza de cabellos rubios apoyada en uno de los catres, y el delicado rostro.
—¿No puedes dormir, Ana? —preguntó Sofía.
—Me gusta observarte. No sé cómo consigues moverte con tanta rapidez. Además, así dejo de pensar en... —dijo, indicando el entorno con un breve ademán— todo esto.
Sofía miró en derredor. Un brillante haz de luz de luna dividía la oscuridad en segmentos al penetrar por los estrechos resquicios entre las tablas de la pared. El largo barracón de madera estaba repleto de ciento cincuenta mujeres desnutridas tendidas en duros catres, todas soñando con comida. Sus toses y sus ronquidos hendían el aire gélido. Pero solo una estaba sentada en el suelo con un montoncito de preciosa comida en el regazo. Aunque solo tenía veintiséis años, Sofía había pasado los suficientes en un campo de trabajos forzados como para conocer los secretos de la supervivencia.
—¿Tienes hambre? —le preguntó a Ana con una sonrisa torcida.
—No mucha.
—¿No te atrae la idea de un roedor asado?
—Niet. Esta noche no. Cómetelos tú.
Sofía se puso de pie y se inclinó por encima del catre de Ana, inspirando el olor rancio de los cinco cuerpos sucios y los cinco estómagos vacíos que yacían en los camastros vecinos.
—No lo hagas, Ana. No abandones —dijo con brusquedad. Cogió el brazo de su amiga y lo presionó—. Bajo ese abrigo solo hay un montón de huesos de pajarito. Escúchame. Has llegado demasiado lejos para abandonar ahora. Debes comer lo que consigo para ti, aunque sea asqueroso, ¿me oyes? Si no comes, ¿cómo vas a trabajar mañana?
Ana cerró los ojos y volvió la cabeza hacia la oscuridad.
—No te atrevas a excluirme, Ana Fedorina. No lo hagas. Háblame.
Pero no obtuvo más respuesta que la respiración agitada de su amiga. Fuera, el viento hacía traquetear los tablones de madera del techo y Sofía oyó el chirrido de algo metálico; uno de los perros guardianes junto al perímetro soltó un ladrido.
—Ana —dijo Sofía en tono enfadado—, ¿qué diría Vasili?
Sofía contuvo el aliento. Era la primera vez que pronunciaba dichas palabras o utilizaba el nombre de Vasili como un instrumento. Lentamente, la despeinada cabeza rubia de Ana se volvió y una sonrisa curvó sus labios pálidos. Un movimiento mínimo, apenas una mancha en la oscuridad, pero Sofía no dejó de notar la chispa de energía que titiló en los ojos azules.
—Muy bien, ve a cocinar tus miserables ratones —murmuró Ana.
—¿Prometes comerlos?
—Sí.
—Primero atraparé uno más.
—Deberías estar durmiendo. —Ana aferró la mano de Sofía—. ¿Por qué haces todo esto por mí?
—Porque tú me salvaste la vida.
Más que ver el gesto de indiferencia de Ana, Sofía lo percibió.
—Eso ya está olvidado —susurró Ana.
—Yo no lo he olvidado. Cueste lo que cueste, Ana, no te dejaré morir.
Acarició los dedos enguantados, luego se arrebujó en su propio abrigo y regresó a su lugar junto al agujero y la migaja de pan, apoyó la espalda contra la pared y aguardó hasta que el temblor de sus miembros desapareció y volvió a permanecer totalmente inmóvil.
—Sofía —musitó Ana—, eres tan cabezota como el diablo.
Sofía sonrió.
—Él y yo nos conocemos muy bien.