19
Tivil
Julio de 1933
A Piotr le pareció que aquella noche Tivil fue devastada y arrasada.
—No salgas, Piotr, y mantén la puerta cerrada con llave.
Eso fue lo que le dijo su padre. Después el hombre frunció el ceño, encendió un cigarrillo, le pasó la mano por el pelo a su hijo y, cuando estaba a punto de desaparecer en medio del caos nocturno, se detuvo abruptamente y dirigió la mirada a Sofía Morózova, evaluándola. Mijaíl Pashin no le había soltado el brazo, como tampoco el de Piotr, cuando abandonaron la sala de reuniones y los condujo a los dos hasta su casa, donde estarían fuera de peligro, pero en ese momento se disponía a abandonarlos.
—¿Puedo pedirte un favor? —le preguntó—. ¿Cuidarás de mi hijo esta noche?
—Claro. Cuidaré muy bien de él.
Piotr se moría de vergüenza, pero su padre asintió con expresión satisfecha y salió a la calle. Caía una fría llovizna mientras cerraba la puerta y Piotr vio las gotas de agua brillando como diamantes en los cabellos oscuros de su padre. Intentó no preocuparse por su destino. Él y la fugitiva permanecían de pie en el diminuto vestíbulo donde guardaban las botas, los dos a solas en la casa, contemplándose con recelo. Piotr cogió la lámpara de aceite que su padre había dejado encendida en un estante junto a la puerta y entró en la sala de estar. Confió en que ella no lo seguiría, pero no fue así: le pisaba los talones.
Ambos callaron. Él dejó la lámpara sobre la mesa y se dirigió a la cocina, donde se sirvió un vaso de agua, bebió con lentitud, contó mentalmente hasta cincuenta y regresó a la sala de estar. Ella todavía estaba allí, inclinada sobre la mesa, contemplando la maqueta a medio construir de un puente mientras sostenía uno de los minúsculos fragmentos de madera entre los dedos. Había docenas de pequeñas y ligeras vigas desparramadas en la superficie.
—No las toques —se apresuró a decir él.
—Hay que tener mucha paciencia para hacer eso —dijo ella.
—Papá lo está construyendo —comentó, acercándose—. Yo le ayudo.
—Es muy bonito —dijo la mujer en tono grave.
Él clavó la vista en una de las elegantes torres de madera sin decir nada.
—¿Qué puente es?
—El puente Forth, en Escocia —contestó el muchacho, mintiendo.
—Comprendo —dijo Sofía, asintiendo con la cabeza.
—No toques nada.
Ella dejó el trozo de madera en la mesa y miró en derredor de la sala.
—Tenéis una casa muy bonita —dijo por fin.
Piotr se negaba a mirarla. Claro que era una casa bonita, la más bonita de la aldea. Una gran estufa pechka proporcionaba calor al corazón de la izba, que disponía de habitaciones amplias, una gran cocina y un elegante samovar decorado al estilo jojloma. La casa era luminosa y espaciosa, los muebles elegantes y comprados en una fábrica, no tallados a mano. Piotr echó una orgullosa mirada en torno. Era un hogar adecuado para el director de una fábrica, las mejores alfombras de lana cubrían el suelo pintado de color pardo y había cortinas confeccionadas por las máquinas de la fábrica Levitski. Solo entonces se le ocurrió a Piotr que quizá presentara un aspecto un tanto desordenado.
—¿Puedo beber algo? —preguntó ella.
Él la miró. Tenía las mejillas sonrosadas; a lo mejor tenía calor. No quería servirle un vaso de agua, quería que se marchara, que lo dejara solo, pero...
—¿Puedo beber algo? —repitió la mujer.
Piotr regresó a la cocina justo en el momento en el que el reloj de cuco daba las diez y vertió un poco de agua en el mismo vaso que él había utilizado. No se molestó en lavarlo. Pero cuando se apresuró a volver a la sala de estar, la encontró agachada ante el armario triangular en el que su padre guardaba sus cosas privadas. En una mano sostenía una botella de vodka y en la otra, una copita.
—Eso es de papá.
—No creí que fuese tuyo.
—Déjalo donde estaba.
Ella esbozó una sonrisita. Piotr la observó mientras la mujer destapaba la botella y servía un poco de líquido en la copita, un líquido que parecía agua pero que no lo era. No sabía qué decir. Ella llevó la botella y la copita hasta el sillón, tomó asiento y alzó la mano en un gesto de brindis.
—Za zdorovie! —dijo en tono solemne.
—Ese es el sillón de papá.
—Lo sé.
—¿Cómo puedes saberlo?
—Sé muchas cosas sobre tu padre.
Ella inclinó la cabeza hacia atrás y vació la copita. Abrió los ojos azules y murmuró unas palabras.
—Lo diré —dijo él, rápidamente.
—¿Qué es lo que dirás?
—Le diré al director Fomenko que eres una fugitiva.
—Comprendo.
Sofía se sirvió un poco más de vodka y lo apuró de un trago. Cerró los ojos y se relamió, jadeando un poco. Las pestañas se apoyaban en sus mejillas como rayos de luna.
—¿Qué te hace pensar que soy una fugitiva? —preguntó, sin abrir los ojos—. Solo hacía una pausa en mi viaje al sur, descansaba en el bosque. —Y en voz baja, añadió—: no tienes pruebas.
Él no contestó.
—No quiero problemas —añadió ella.
—Si no quieres problemas, ¿por qué viniste a la reunión de esta noche?
—Te buscaba a ti.
El corazón de Piotr dio un vuelco.
—Cuando nos encontramos en el bosque ignoraba que eras el hijo de Mijaíl Pashin.
Piotr se limitó a clavar la vista en sus zapatos. Había olvidado lustrarlos.
—¿Dónde está tu madre?
—Se marchó —replicó él, encogiéndose de hombros—. Y no volvió.
—Lo siento, Piotr. ¿Cuánto tiempo hace de eso?
—Seis años.
—Eso es mucho tiempo.
Él alzó la vista y la contempló. La joven tenía los ojos muy abiertos, presa de una emoción que no logró descifrar. De pronto resonó un grito en la calle y oyeron pasos apresurados. Piotr deseó estar allí fuera.
—¿De verdad sabes conducir un tractor?
—Sí.
—¿En serio?
—Sí. —La mujer le sonrió y él volvió a sentir la dulce miel deslizándose por su garganta. Ella se inclinó hacia delante con el mentón apoyado en una mano—. Por favor, Piotr. Tú y yo podemos ser amigos.
El muchacho percibía los hilos de la red acercándose a él, tan finos que resultaban invisibles, pero sabía que estaban allí. Envuelta en sus prendas grises, ella parecía inofensiva... pero reconoció su determinación, del mismo modo que reconocía la inminencia del trueno tras los nubarrones grises de una tormenta. Se volvió y salió corriendo de la casa.
Elizaveta Lishnikova estaba de pie en el umbral de la escuela, observando al muchacho que corría calle arriba como alma que lleva el diablo antes de desaparecer en la oscuridad. Caía una ligera llovizna, pero ella permaneció inmóvil, tensa y escuchando los gritos y los alaridos de pánico que recorrían la aldea. Formas negras se movían sigilosamente en la noche y vio una niña delgada como un palito arrastrándose junto a la verja que bordeaba la escuela. Su corazón se encogió de dolor.
—Anastasia —gritó—, ven aquí.
La niña vaciló, temerosa. Llevaba un bulto de tela bajo el brazo.
—Ven aquí, niña —ordenó Elizaveta en el tono que utilizaba como directora de la escuela.
La niña pasó por la puerta principal y recorrió el sendero a toda prisa, como un ratoncillo asustado. Se detuvo ante Elizaveta con la cabeza gacha y una expresión consternada atravesó su rostro pequeño y delgado. El bulto que llevaba en brazos estaba envuelto en una tela a rayas y la lluvia lo había humedecido.
«¡Dios mío! ¿Hemos de vernos reducidos a usar a nuestros hijos para hacer nuestros trabajos sucios?»
—¿Qué estás haciendo, Anastasia, vagando por la aldea esta noche?
—Los soldados vinieron a nuestra casa —susurró la niña. Moqueaba y se secó la nariz con la manga.
—Yo diría que ese es el mejor motivo para quedarte en casa con tus padres.
—Mi padre me dijo que... cogiera una cosa... y escapara —respondió la pequeña, sorbiéndose los mocos.
La niña apretaba esa «cosa» contra su pecho huesudo y de pronto el inconfundible cacareo de una gallina enfadada surgió del bulto de tela.
—¿Por qué la has traído aquí a la escuela, Anastasia?
La niña asintió vigorosamente con la cabeza.
—Piotr me dijo que lo hiciera. Dijo... —Su vocecita se interrumpió.
—¿Qué dijo Piotr?
—Dijo que los soldados no registrarían la escuela en busca de comida.
—¿Eso dijo?
—Dijo que esta noche era el lugar más seguro.
—Comprendo.
Unos ojos de mirada esperanzada contemplaron a Elizaveta; húmedas mechas de pelo estaban pegadas a sus mejillas; parecían colas de ratón.
—Muy bien, Anastasia. Por esta vez puedes entrar en el aula. Siéntate allí al fondo y no hagas ruido, y procura que la dichosa gallina no cacaree. Retuércele el pescuezo si no hay más remedio.
La cara pálida la contempló con una expresión de adoración que Elizaveta no deseaba porque sabía que no se la merecía; lo único que se le ocurrió fue que no valía la pena correr semejante riesgo por una gallina. Sí por un hombre, no por una gallina. Durante unos instantes recordó algo ocurrido treinta años atrás, cuando en la lustrosa mesa de comedor de su padre habían reposado seis pollos asados destinados a la cena de una única familia y los restos fueron arrojados a los perros. En ese momento estaba arriesgando su vida por una sola de esas estúpidas criaturas. El mundo estaba patas arriba.
En la casa de enfrente, una pareja de soldados de la OGPU se abrían paso a la fuerza. Elizaveta retrocedió al vestíbulo, Anastasia cruzó la puerta y corrió hasta el aula. Una vez dentro, de pronto se animó y mantuvo la cabeza más erguida al tiempo que dirigía una sonrisa a Elizaveta.
—Piotr tenía razón —gorjeó—. Siempre tiene razón.
Elizaveta suspiró y volvió a dirigir la atención a la calle. En ese preciso momento el director Fomenko entraba en la casa de enfrente pronunciando duras palabras; Elizaveta sintió el impulso de dirigirse allí y pegarle un azote en las manos con una vara. ¿Qué diablos creía que estaba haciendo ese hombre? «No puedes apoderarte de todas las provisiones de la aldea y pretender que sus habitantes sigan trabajando para ti.» Pero de vez en cuando el condenado la dejaba atónita mediante sus inesperados gestos de generosidad, como cuando se encargaba personalmente de conducir uno de los carros del koljós y transportaba a todos los alumnos de la escuela hasta el valle cercano donde celebraban el festival de primavera, o cuando arrancaba las verduras de su propio huerto y contribuía a organizar una fiesta para toda la aldea el día del cumpleaños de Stalin, con sopa, pan negro y gallina hervida.
A un lado vio el brillo de unos cabellos rubios iluminados por una antorcha. Era la desconocida, la supuesta sobrina del gitano. ¿Y ella por qué andaba correteando por ahí en medio de la oscuridad? Y encima muy cerca de la iglesia. El corazón de Elizaveta palpitaba con fuerza. ¿Acaso la muchacha estaba conduciendo las tropas hasta allí? ¿Descubrirían la cámara?
«¿Dónde estás, Pokrovski?»
Por Dios: ese era uno de los motivos por los cuales no se había casado: siempre pasaba lo mismo, cuando necesitabas a un hombre, nunca estaba allí.
Rafik luchó contra ellos mentalmente. No causó heridas más que en su propia imaginación, pero la ira lo consumía.
Llegaron los uniformados, de uno en uno, en parejas y tríos, con la cabeza llena de paja seca que él podía encender con un toque del dedo o una mirada. Rafik manipuló sus débiles pensamientos y los obligó a retroceder casa por casa, proporcionando tiempo para que los aldeanos hicieran desaparecer las provisiones de las despensas y las ocultaran en el bosque. Sacos de cereales, carne de cerdo, quesos... todos desaparecieron en la oscuridad, pero los uniformes se arrastraban por todas partes, eran demasiados para él. El dolor comenzó cuando seis de ellos se le enfrentaron. Superaban sus fuerzas, pero cuando vio llorar a la dueña de la casa mientras les suplicaba a los rostros pétreos que dejaran algo de comer para su familia, supo las consecuencias que tendría para la aldea el hecho de que él se detuviera.
Así que no se detuvo... y entonces comenzó a pagar por ello. Un dolor punzante estalló en su cabeza y se tambaleó con la boca llena de sangre.
—Zenia —musitó.
Antes de que la palabra acabara de brotar de sus labios su hija ya estaba a su lado en medio de la oscuridad, sosteniendo un diminuto frasquito que contenía un líquido verde. Su mirada buscó la de su padre y él vio cuán grande era su temor por él, pero Zenia en ningún momento lo instó a dejar de hacer lo que hacía.
—La poción no detendrá el daño, pero mitigará el dolor —dijo, y le roció las sienes con un paño que olía a hierbas—, así que podrás continuar. Si es eso lo que quieres.
Pero la mirada de sus ojos le suplicaba que no lo hiciera.
Él le acarició la mejilla y bebió el líquido verde.