8

—La extraña está aquí. Lo percibo. Se encuentra muy cerca.

Las palabras vibraron en la oscura habitación y agitaron el aire nocturno dentro de la pequeña izba situada en el extremo de Tivil, donde dos figuras de cabellos oscuros se inclinaban sobre una mesa envuelta en un incierto círculo luminoso.

Un puñado de polvos aromáticos creaba una espiral de chispas en torno a la única vela que ardía entre ambos y aspiraron su delicada fragancia.

—La he atraído —murmuró Rafik—, está tan cerca que puedo oír los latidos de su corazón en Tivil.

Su mano se cernía sobre un paño negro sobre el cual reposaba una pesada esfera de cristal que resplandecía, centelleaba y parecía palpitar en la oscuridad a medida que la mano del gitano trazaba lentos círculos por encima ella y escuchaba su voz.

—¿Qué oyes? —susurró la muchacha de tez morena.

—Oigo que su corazón se desgarra. Oigo sangre que se derrama gota a gota, y sin embargo... Oigo su risa. —El sonido era tan dulce como el trino de las aves—. Y ahora, Zenia, dime qué ves tú.

La muchacha agitó la copa de cobre apoyada en la mesa y las hojas húmedas y oscuras que contenía reflejaron la luz titilante. A Rafik le encantaba observar a su hija mientras ella realizaba su tarea, la pasión que despertaba en la muchacha y ardía en sus ojos negros cuando inclinaba la cabeza por encima de la copa. Si bien sus talentos de gitana diferían en gran medida de los de su padre, parecían proporcionarle más dicha que a él los suyos. Percibía el estallido de su excitación que hacía que la pequeña y monótona habitación cobrara vida, pero al mismo tiempo ella era tan frágil como una flor en primavera. Complacía su alma y Rafik volvió a dar las gracias al espíritu de su madre, fallecida hacía tiempo. Sus propios talentos más bien suponían un peso, como un alimento demasiado sustancioso para su estómago que le causaba una desagradable sensación de hartazgo casi doloroso. Y eso era lo que sentía en ese momento.

—¿Qué es lo que ves, Zenia?

—Veo peligro, una gris y oscura capa de peligro que ella arrastra tras de sí a medida que se acerca a Tivil.

El silencio, frío como la luz de la luna, inundó la habitación.

—¿Hay algo más? —preguntó Rafik.

La muchacha agitó su rizada y negra cabellera, removió la copa, rozó el borde con los labios y cerró los ojos.

—Está envuelto en humo —musitó, pero sus párpados temblaron, inquietos—. Veo algo más tras el velo de humo, algo más brillante que el mismo sol —añadió. Frunció los labios rojos y carnosos y sacudió la cabeza para ver con mayor claridad—. Ella lo está buscando, pero alberga una sombra en su interior. Es la sombra de la muerte.

—¿Ella comprende por qué se encuentra aquí?

—Comprende tan poco...

La mano de su hija comenzó a temblar y Rafik percibió las capas tenebrosas que descendían sobre su mente. Se apresuró a estirar la mano, le quitó la tibia copa y rozó la amplia frente de su hija con la punta del dedo. Los ojos de ella se iluminaron.

—Ella debe escoger —dijo él—. Una bifurcación en el camino. Una conduce a la vida, la otra a la muerte.

Apoyó la cabeza en las manos, recorrió la huella de dolor entre sus ojos con la punta de un dedo y, antes de hablar, reflexionó sobre sus palabras.

—Todos nosotros debemos escoger.