47
Tivil
Julio de 1933
Sofía aguardaba en la oscuridad; estaba tensa y respiraba agitadamente. Se hallaba de pie junto al cedro ante la entrada de la aldea de Tivil. Él acudiría, estaba segura de que acudiría. El cielo nocturno estaba nublado, oscuro y húmedo, y caía una ligera llovizna. Cuando empezó a temblar se alegró, porque significaba que el calor abrasador que la consumía comenzaba a apagarse. En medio del frío y del silencio volvió a oír las palabras de Rafik: «Busca en lo más profundo de ti misma, eres fuerte.»
¿Fuerte?
No se sentía fuerte, se sentía golpeada y exhausta, y lo único que quería era echarse a llorar. Las preguntas se arremolinaban en su cabeza: ¿qué había visto Rafik en ella? ¿Qué había ocurrido en el interior de esa cámara? ¿Quiénes eran esas personas de cabellos plateados y por qué la habían atacado los murciélagos? Y Mijaíl, ¿llegaría? Debía creer que lo haría, ya fuera como resultado de la extraña ceremonia o sencillamente porque Fomenko hubiera reaccionado ante su velada amenaza y hubiera optado por ejercer su influencia en los lugares correctos. El motivo le daba igual, siempre que Mijaíl acudiera. Inspiró profunda y lentamente, trató de recuperar la calma y notó que la brisa nocturna eliminaba el pánico que le atenazaba los pulmones.
«Mijaíl, mi Mijaíl. Ven a mí.»
Murmuró las palabras en voz alta y durante un segundo oyó un aleteo, pero cuando alzó la vista el sonido desapareció. Se preguntó si su mente agotada lo había imaginado. Allí, al borde de la aldea, notó que de algún modo el aire se volvía menos denso y el peligro más acuciante. Las cicatrices de los dedos se volvieron dolorosas, como le ocurría cuando se ponía nerviosa.
«Busca en lo más profundo de ti misma.»
Escudriñó la negrura durante mucho tiempo, pero no logró distinguir nada. De pronto un hormigueo empezó a recorrerle el cuerpo desde la planta de los pies hasta las palmas de las manos y se le encogió el corazón. Empezó a mover las piernas y al principio percibió los baches bajo los pies, también las piedras y las raíces mientras tropezaba en la oscuridad. Después corrió calle abajo, hacia él, con los brazos abiertos mientras las gotas de lluvia le rozaban las mejillas.
Mijaíl estaba entre sus brazos, cálido, a salvo y con vida. Durante un segundo temió que sus sentidos la engañaran: eso no era real, solo se trataba de otra versión de su deseo desplegándose en su cabeza... Pero las ropas de él hedían, sangre seca le manchaba el cuello de la camisa y su mandíbula sin afeitar le arañaba la piel. Tenía los labios hinchados, pero no tanto como para no presionar los suyos o susurrar una y otra vez:
—Sofía, amor mío, Sofía.
Mijaíl se lavó en el patio detrás de la casa. La lámpara de aceite proyectaba una tenue luz, pero gran parte del recinto estaba en sombras. Ella lo observó desde el interior mientras él se quitaba cada una de las mugrientas prendas hechas jirones, las arrojaba al suelo y les prendía fuego. Las llamas eran pequeñas y humeantes en el aire húmedo, pero proyectaban dorados haces de luz en sus muslos desnudos y en la curva de sus nalgas. Una oleada de deseo la invadió, pero al igual que las sombras se desplazaron y lo envolvieron como un manto, ella se alejó de la ventana para concederle intimidad.
Cuando finalmente entró en la habitación llevaba una camisa y unos pantalones negros y limpios. Al verla sentada en su gran sillón, una sonrisa de alivio le cruzó el rostro, como si hubiese temido que ella se marchara. Mientras Sofía contemplaba sus ojos grises, amoratados, sintió que se le encogía el corazón. Vio que tenía los labios hinchados, un diente astillado y que se movía con incomodidad: algo le dolía. Sin embargo, cuando ella le preguntó al respecto, dijo que no era nada.
Sofía se puso de pie, le besó la boca, le lamió los labios con delicadeza y le ayudó a sentarse en el sillón. Después le masajeó las pantorrillas, eliminando la ira de sus músculos y procurando transmitirle su energía. Por fin el aroma masculino y familiar de él acabó por serenar los latidos de su corazón.
—Estás preciosa —dijo Mijaíl, y le acarició la mejilla con gesto tierno, como si ella fuese de frágil porcelana. Sus dedos recorrieron los labios de ella—. Resplandeces.
Ella le besó la punta de los dedos.
—Te he echado de menos.
Mijaíl le alborotó los cabellos rubios y enrolló un rizo en torno a su índice, como si la sujetara a él. El silencio entre las palabras de ambos se desvaneció y él ahuecó la mano y le rodeó la parte posterior de la cabeza.
—Estabas conmigo —susurró sin despegar la vista de ella—. Estabas conmigo todo el tiempo.
—Todavía duerme.
Era la segunda vez que Mijaíl echaba un vistazo a Piotr; la inquietud por el muchacho le impulsaba a abandonar el sillón pese al cansancio.
—Estaba preocupado por ti —dijo Sofía al tiempo que servía dos vodkas. Le tendió uno cuando él volvió a acomodarse—. Pero se encuentra bien. Es fuerte.
—Gracias por cuidarlo.
—Hice muy poco, excepto llevarlo a Dagorsk para interceder por ti. Ambos nos cuidamos mutuamente.
—Ven aquí.
Mijaíl le tendió una mano y cuando Sofía la cogió, él la atrajo y la sentó en su regazo, apoyó la cabeza contra la de ella, la abrazó tan estrechamente que ella percibió los latidos de su corazón y lentamente ambos comenzaron a inspirar y espirar hasta que sus alientos se acompasaron.
—Dime qué diablos está pasando, Sofía —musitó él con los labios pegados a los cabellos de ella.
Ella guardó silencio.
Mijaíl le alzó la barbilla y la obligó a mirarlo.
—Me esperabas. ¿Cómo sabías que vendría?
—No lo sabía, no con certeza.
—Estaba en prisión, Sofía, pasaba del interrogatorio a las palizas y otra vez al interrogatorio, una y otra vez, no me daban de comer ni de beber y no me dejaban dormir. Me considero afortunado porque no me sometieron al suplicio del armario, pero...
—¿Qué es el armario?
—No quieras saberlo.
Ella le besó los ojos amoratados.
—Dímelo.
—Es algo acerca de lo cual susurraban los otros prisioneros de la celda. Es un espacio de un metro por medio metro y de la altura de un hombre. Lo llaman el armario. Los cabrones meten allí a cinco o seis pobres desgraciados, todos apiñados, sin poder moverse ni apenas respirar. Podían permanecer allí horas o incluso días, incapaces de volverse o sentarse. La mayoría muere de asfixia.
Sofía hundió la cara en el cuello de él.
—No cabe duda de que habría acabado allí dentro si no me hubieran puesto en libertad —dijo en tono feroz, pero besó una lágrima de ella con delicadeza—. Sin embargo, en medio de un interrogatorio un oficial de la OGPU entró en la habitación, agitó una orden de liberación firmada y me encontré en la calle, en plena noche y bajo la lluvia antes de que pudiera decir Chto za chyort! —añadió, vació la copa de vodka de un trago y se estremeció. Le besó los cabellos y restregó la mejilla contra las sedosas mechas—. Y después resultó que tú estabas esperándome.
—Estás a salvo —musitó Sofía—. Eso es lo único que importa.
—Necesito saberlo, Sofía.
Ella le cogió el rostro con las manos.
—Mijaíl, mi querido Mijaíl, ignoro qué ocurrió, de verdad. Puede que Rafik haya causado tu liberación. El gitano posee poderes asombrosos y es capaz de manipular pensamientos. O también puede que... haya sido otro. Mañana hablaremos de ello, amor mío. Ya has sufrido bastante.
Ella le rozó la nariz recta con la punta de los dedos: que no se la hubieran roto era un milagro; después sus dedos recorrieron la ancha frente.
Mijaíl frunció el ceño y la escudriñó con mirada sombría. Ambos se miraron a los ojos hasta que de pronto algo en lo más profundo de Mijaíl pareció abrirse, una emoción agitaba su cuerpo vigoroso con tanta violencia que un temblor recorrió sus piernas. Soltó un quejido y Sofía presionó los labios contra la garganta de él. Cuando Mijaíl se levantó del sillón con ella en brazos y la llevó a su habitación, ella trató de acallar las palabras que retumbaban en su cabeza y le decían que estaba robando.
Mijaíl estaba seguro de que el mundo había dejado de girar sobre su eje, porque, de lo contrario, ¿cómo pudo pasar de un imborrable y momentáneo infierno a la más absoluta perfección? La piel desnuda de Sofía era una perla, no como una perla, sino una perla. Una cremosa y traslúcida palidez cuyo brillo parecía surgir del interior; se moría por tocarla, un ansia que alcanzaba hasta la punta de sus dedos.
Estaban tendidos en la cama de él, los miembros entrelazados en la penumbra, iluminados tan solo por el tenue brillo que la lámpara de queroseno de la sala de estar proyectaba en la alfombrilla. Mijaíl no quería que Sofía viera su cuerpo cubierto de verdugones, moratones y cortes. Si lo asqueaba a él, ¿qué efecto le causaría a ella? Siempre había sentido cierto orgullo por su cuerpo, su fuerza y su poderío invencible; siempre había podido confiar en él, pero en ese momento la ira que le provocaban los que lo habían herido y humillado en nombre de la justicia le retorcía las tripas.
Ella pareció percibir esa ira. Deslizó la mano hasta su vientre y empezó a trazar círculos con los dedos abiertos, al principio con suavidad y después con mayor firmeza. Él notó el calor que irradiaban sus manos y vio una delicada vena palpitando en su sien cuando se inclinó sobre él. Estaba expulsando el odio de su cuerpo.
Los labios de Mijaíl se apoderaron de los de ella y ahuecó la mano en torno a su pecho pequeño, firme y perfecto. Ella gimió, un sonido suave como un sollozo. Él recorrió todas las curvas y los ángulos de su cuerpo mal nutrido, acariciando, explorando y provocando, rozó el borde de sus caderas y acarició su vientre sedoso hasta el espeso y rizado pubis rubio, e inhaló su aroma exquisito.
Sus labios acariciaron los párpados de ella, las orejas, el tentador hueco de su garganta al tiempo que sus dedos exploraban los lugares húmedos y secretos hasta que gemidos de placer brotaron de la boca abierta de Sofía y la besó. Adoraba los profundos gruñidos que surgieron de su garganta cuando él deslizó los dedos por la cara interior de sus muslos y el temblor de su cuerpo cuando chupó su pezón erecto. Sabía a bosque, el sabor de una criatura limpia y salvaje. No sucia como él. Por más que se hubiera fregado con el cepillo esa noche, en el patio, aún notaba la suciedad de las celdas y las palizas por debajo de la piel.
Era como si ella pudiera leerle el pensamiento.
—Amado mío —susurró, y lo presionó contra la almohada.
Le lamió una mejilla y después la otra; la flexible tibieza de su lengua parecía envolverlo, suave y seductora, mientras le rozaba la frente, la nariz, los labios, los dientes y el mentón. Mijaíl sabía lo que estaba haciendo y su corazón se derritió: lo estaba purificando.
Cuando Sofía acercó la cabeza al pecho de él respiraba agitadamente y él soltó un resuello cuando ella comenzó a lamerle los moratones y los verdugones trazando círculos cada vez más sensuales. Hundió las manos en la cabellera de ella, apretó los puños y soltó un aullido que le arrancó todo excepto el amor por esa mujer.
—Te amo, Sofía.
—Mi Mijaíl.
El deseo enronquecía sus palabras. El cuerpo de ella rezumaba un aroma almizclado que lo enloquecía al tiempo que la piel de ambos se fundía y también su sangre se convertía en una sola. Cuando se tendió sobre el cuerpo brillante como una perla se retuvo, le apartó un rizo de la frente y se sumergió en la mirada de ella, salvaje y resplandeciente.
—Sofía, dulce corazón mío —murmuró—, ¿es la primera...?
Ella entreabrió los labios y apartó su rostro del suyo.
—¿Que si es mi primera vez? —gimió.
—Si es así, yo...
—No, Mijaíl, no te preocupes, no es mi primera vez —respondió en un tono de infinita amargura.
Con mucha suavidad, la obligó a volverse hacia él y le besó los labios, murmurando y susurrando palabras de consuelo hasta notar que se relajaba; entonces sus lenguas se entrelazaron y ella alzó las caderas desnudas.
—Lo convertiremos en la primera vez, amor mío —musitó, con los labios pegados a los de ella—. Para los dos.
—Así es como debe ser.
Sofía murmuró las palabras en la oscuridad. No fue un forcejeo torpe y brutal detrás de un cobertizo, bajo la lluvia, un desgarro violento de sus carnes como si ella fuera un animal. «Así es como debe ser.» Un maravilloso estallido de dicha que había convertido su cuerpo en algo magnífico y vibrante, algo que apenas reconocía. Rozó la muñeca de Mijaíl con los labios, volviendo a saborearlo una vez más.
—Así es como debe ser —susurró.
Suspiró, incapaz de despegarse de él. La lámpara de queroseno de la sala de estar se había apagado y la oscuridad nocturna era total, más densa justo antes de la madrugada. Ella sabía que debía irse, pero en vez de eso se acurrucó contra el brazo de Mijaíl y frotó su piel contra la su amado, sintiendo su tibieza mientras él dormía abrazado a ella. Le encantaba el peso del cuerpo de él contra el suyo. Escuchó el ritmo de su respiración y deseó que lo que vivía tras sus párpados trémulos fueran dulces sueños.
Sofía se cerró a todo lo demás, todo lo que no fuera amor dejó de existir y, pese a saber con absoluta certeza que el precio de esa dicha sería muy elevado, en ese momento eso carecía de importancia. Con gesto posesivo deslizó una mano por el muslo de Mijaíl y notó que su respiración se aceleraba, como si ella hubiera penetrado en su sueño. Tanteó en busca de la hinchazón palpitante a un lado de su pierna, un recuerdo del lugar donde había estado y de lo que le habían hecho. Eso bastó para despertar su cólera y la impulsó a abandonar el lecho.
Se vistió con rapidez y sin hacer ruido, luego vació la copa de vodka que anoche había dejado en la mesa, pero antes de abandonar la casa y salir a la calle —donde todavía reinaba la oscuridad anterior al alba— regresó junto a la cama de Mijaíl, se inclinó y le rozó la frente con los labios, tan suavemente que ni siquiera fue un beso. Pese a la oscuridad y aunque él no se despertó, supo que sus labios habían esbozado una sonrisa.
Ansiaba conservarlo así, suyo para siempre, para amarlo y cuidarlo. Vivir toda una vida juntos hasta que fueran ancianos de cabellos grises y pudieran evocar esos días riendo y repitiendo esa frase mágica: «¿Recuerdas cuando...?» ¿Por qué no? Era posible, él la amaba, lo había dicho. Sintió una punzada en el corazón. Era posible. Sería tan sencillo no decir nada e iniciar una nueva vida con Mijaíl en ese lugar y en ese momento...
«¡Oh, Ana, no puedo!»
Se enderezó lentamente, los brazos y las piernas pesadas y sin vida, objetos inútiles sin el toque de él, sin sus besos, sin sus abrazos... Se alejó de la cama con los ojos llenos de lágrimas, se dirigió a la puerta y extrajo del bolsillo la llave que Piotr había hecho para ella.
Ese día todo cambiaría.
Piotr oyó movimientos en la casa. Lo despertaron, pero hundió la cara en la almohada negándose a desvelarse del todo. ¿Qué le estaba ocurriendo a él y a su mundo? Era como si los cimientos se resquebrajaran bajo sus pies y eso lo aterraba. Intentó regresar al consuelo de sus sueños pero fue inútil: ya no estaban a su alcance. Al igual que su padre.
Entonces oyó el estrépito de un cazo golpeando contra la hornalla de la cocina y el corazón le dio un vuelco: Sofía todavía se encontraba en la casa. Eso le levantó el ánimo y brincó de la cama. Ella sabría qué debía hacer, le ayudaría... Pero Sofía era una fugitiva, le había confesado que había escapado de la prisión, así que si lo ayudaba se convertiría en un enemigo del pueblo.
La idea lo mareó.
¿Fue eso lo que sintió el camarada Stalin el año anterior, cuando Nadezhda Alilúyeva, su esposa, se disparó un tiro en la cabeza en el interior del Kremlin? ¿Desconcierto y mareo? ¿Qué era más importante: el amor o las palabras del Gran Líder? Presa de un ataque de ira le pegó un puntapié a un zapato, que fue a dar contra la pared de su diminuta habitación. Lo que más miedo le daba era pensar en lo que podía estar ocurriéndole a su padre y, procurando escapar de sus ideas angustiosas, salió precipitadamente del cuarto.
La figura sentada a la mesa se levantó de la silla con movimientos lentos y torpes, no rápidos y seguros como los de su padre. Pero la figura poseía sus fuertes hombros y era su voz la que pronunció su nombre.
—Piotr.
El chico se arrojó entre los brazos abiertos de su padre y ambos cayeron en la silla estrechamente abrazados. Piotr ocultó el rostro contra la camisa del hombre: lloraba como una niña y no quería que él viera sus lágrimas.
—Piotr, hijo mío.
Al oír su tono de voz el muchacho alzó la vista. Las lágrimas empapaban las mejillas de Mijaíl.