31
Harald fue hacia la iglesia moviéndose con mucha cautela.
Había caído un chaparrón y la hierba estaba mojada, pero ya había dejado de llover. Una ligera brisa empujaba a las nubes alejándolas de allí, y una luna que estaba en tres cuartos brillaba intensamente a través de los huecos. La sombra de la torre del campanario iba y venía con la luz de la luna.
Harald no vio ningún coche desconocido aparcado cerca, pero aquello no lo tranquilizó demasiado. Si la policía realmente se estaba tomando en serio tender una trampa, habría escondido sus vehículos.
No había luces en ningún lugar del monasterio en ruinas. Era medianoche, y todos los soldados estaban acostados excepto dos: el centinela del parque, apostado delante de la tienda que servía como cantina, y una enfermera veterinaria de guardia en el hospital de caballos.
Harald se detuvo a escuchar enfrente de la iglesia. Oyó piafar a un caballo en los claustros. Moviéndose con la mayor cautela posible, se subió al tronco y miró por encima del alféizar.
Pudo entrever los vagos contornos del coche y el avión a la tenue claridad reflejada de la luna. Podía haber alguien escondido allí dentro, esperando al acecho.
Entonces oyó un gruñido ahogado y un golpe sordo. El ruido se repitió pasado un minuto, y Harald supuso que era Hansen, debatiéndose con sus ataduras. Una nueva esperanza hizo que le diera un vuelco el corazón. Si Hansen continuaba atado, quería decir que la señora Jespersen aún no había regresado con Peter. Seguía habiendo una probabilidad de que él y Karen consiguieran despegar a bordo del Hornet Moth.
Se metió por la ventana y fue al avión. Sacó la linterna de la cabina y recorrió el interior de la iglesia con su haz. Allí dentro no había nadie.
Abrió el maletero del coche. Hansen seguía atado y amordazado. Harald comprobó los nudos y vio que estaban aguantando. Volvió a cerrar el maletero.
Entonces oyó un ruidoso susurro.
—¡Harald! ¿Eres tú?
Alumbró las ventanas con la linterna y vio a Karen mirando por una de ellas.
La habían traído a casa en una ambulancia. Sus padres habían ido con ella. Antes de que se despidieran en el teatro, Karen había prometido salir de la casa sin ser vista tan pronto como pudiera y reunirse con él en la iglesia si no había nadie vigilando.
Harald apagó la linterna y luego abrió la gran puerta de la iglesia para dejarla pasar. Karen entró por ella cojeando, con un abrigo de piel encima de los hombros y llevando una manta. Harald la rodeó suavemente con los brazos, teniendo mucho cuidado con el brazo derecho en cabestrillo, y la estrechó contra su pecho. Por un breve instante, el calor de su cuerpo y el olor de sus cabellos hicieron que sintiese una intensa emoción.
Luego volvió a concentrarse en las cuestiones prácticas.
—¿Cómo te sientes?
—Me duele horrores, pero sobreviviré.
—¿Tienes frío?
—Todavía no, pero lo tendré cuando estemos volando a mil quinientos metros por encima del mar del Norte. La manta es para ti.
Harald cogió la manta y le apretó la mano buena.
—¿Estás preparada para hacer esto?
—Sí.
—Te quiero —dijo Harald, besándola suavemente.
—Yo también te quiero.
—¿De veras? Antes nunca lo habías dicho.
—Lo sé, y te lo estoy diciendo ahora por si se diese el caso de que no sobreviva a este viaje —replicó ella con su despreocupación habitual—. Eres el mejor hombre que he conocido jamás, por un factor de diez sobre uno. Tienes cerebro, pero nunca miras a la gente por encima del hombro. Eres bueno y delicado, pero tienes valor suficiente para todo un ejército. —Le tocó el pelo—. Hasta eres guapo, a tu manera un tanto curiosa. ¿Qué más podría pedir?
—A algunas chicas les gusta que un hombre vaya bien vestido.
—Sí, en eso tienes razón. Pero siempre podemos arreglarlo.
—Me gustaría decirte por qué te amo, pero la policía podría llegar aquí en cualquier momento.
—Oh, no te preocupes. Ya lo sé: me amas porque soy maravillosa.
Harald abrió la puerta de la cabina y tiró la manta dentro.
—Y ahora será mejor que subas a bordo —dijo—. Cuanto menos tengamos que hacer a la vista de todos, más probabilidades tendremos de poder salir de aquí.
—De acuerdo.
Harald vio que a Karen iba a resultarle difícil meterse en la cabina. Arrastró una caja hasta dejarla al lado del avión y Karen se subió a ella, pero entonces no podía meter dentro el pie lesionado. Entrar costaba bastante de todas maneras —la cabina disponía de menos espacio que el asiento delantero de un coche pequeño—, y parecía imposible hacerlo teniendo dos extremidades lesionadas. Harald comprendió que tendría que subirla en brazos.
Alzó en vilo a Karen con el brazo izquierdo debajo de sus hombros y el derecho debajo de sus rodillas, y luego se subió a la caja y la dejó sentada en el asiento de pasajeros del lado derecho de la cabina. De aquella manera, Karen podría accionar la palanca de control central en forma de Y con la mano izquierda buena, y Harald, sentado junto a ella en el asiento del piloto, podría emplear su mano derecha.
—¿Qué es eso que hay en el suelo? —preguntó Karen, inclinándose desde el asiento.
—El arma de Hansen. No sabía qué otra cosa hacer con ella. —Cerró la puerta—. ¿Estás bien?
Karen abrió la ventanilla.
—Estupendamente. El mejor sitio para despegar será yendo a lo largo del camino. El viento nos va bien, pero sopla hacia el castillo, así que tendrás que empujar el avión toda la distancia hasta la puerta del castillo y luego volverlo para que despegue con el viento de cara.
—De acuerdo.
Harald abrió de par en par las puertas de la iglesia. Lo siguiente que tenía que hacer era sacar el avión. Afortunadamente había sido estacionado de una manera muy inteligente, dejándolo enfilado hacia la puerta. Había un trozo de cuerda firmemente atado a la parte inferior del fuselaje que, había supuesto Harald cuando lo vio por primera vez, era utilizado para tirar del avión. Aferrando la cuerda con ambas manos, Harald tiró de ella.
El Hornet Moth era más pesado de lo que había imaginado. Además de su motor, llevaba dentro ciento ochenta litros de gasolina aparte de a Karen. Aquello era mucho peso que empujar.
Para vencer la inercia del avión, Harald consiguió hacer que este se meciera sobre sus ruedas y luego fue creando un ritmo hasta que finalmente pudo ponerlo en movimiento con un último empujón. La resistencia se redujo bastante una vez que el avión empezó a moverse, pero aun así seguía pesando mucho. Harald lo sacó de la iglesia con un considerable esfuerzo y logró llevarlo hasta el camino.
La luna asomó de detrás de una nube. El parque quedó casi tan iluminado como si fuera de día, dejando el avión totalmente expuesto a los ojos de cualquiera que mirase en la dirección apropiada. Harald tenía que trabajar deprisa.
Soltó el cierre que mantenía sujeta el ala izquierda contra el fuselaje y la colocó en posición. Luego bajó el alerón plegable del extremo interior del ala superior. Aquello mantuvo el ala en su sitio mientras Harald pasaba alrededor de ella para ir al borde delantero. Una vez allí hizo girar la clavija del ala inferior y la introdujo en su ranura. La clavija pareció topar con algún obstáculo. Harald ya se había encontrado con aquel problema cuando estaba practicando. Hizo que el ala se meciera suavemente, y eso le permitió terminar de introducir la clavija en su sitio. La sujetó con la tira de cuero y acto seguido repitió el ejercicio con la clavija del ala superior, para terminar fijándola mediante el puntal.
Para hacer todo aquello le habían hecho falta unos tres o cuatro minutos. Harald miró a través del parque hacia el campamento de los soldados. El centinela lo había visto y estaba viniendo hacia él.
Harald repitió el mismo procedimiento con el ala derecha. Cuando hubo terminado, el centinela ya estaba inmóvil detrás de él, mirando. Era el siempre amistoso Leo.
—¿Qué estás haciendo? —le preguntó, lleno de curiosidad.
Harald ya tenía preparada una historia.
—Vamos a sacar una fotografía. El señor Duchwitz quiere vender el avión porque no puede obtener combustible para él.
—¿Una foto? ¿De noche?
—Será una instantánea tomada a la luz de la luna, con el castillo al fondo.
—¿Lo sabe mi capitán?
—Oh, sí. El señor Duchwitz habló con él, y el capitán Kleiss dijo que no habría ningún problema.
—Oh, bien —dijo Leo, y luego volvió a fruncir el ceño—. Pero es extraño que el capitán no me hablara de ello.
—Quizá no pensó que fuera nada importante —dijo Harald, cayendo en la cuenta de que probablemente se había topado con un perdedor. Si los militares alemanes fueran tan descuidados, no hubiesen conquistado Europa.
Leo sacudió la cabeza.
—Un centinela tiene que ser informado de cualquier acontecimiento que se salga de lo corriente y que esté previsto que vaya a tener lugar durante su turno de guardia —dijo, como si estuviera repitiendo un reglamento.
—Estoy seguro de que el señor Duchwitz no nos habría dicho que hiciéramos esto sin haber hablado primero con el capitán —dijo Harald, inclinándose sobre el plano de cola y empujándolo.
Viéndolo esforzarse por mover la cola, Leo le echó una mano. Juntos hicieron girar la parte de atrás del avión en un cuarto de círculo de manera que este quedó encarado al sendero.
—Será mejor que lo compruebe con el capitán —dijo Leo.
—Si estás seguro de que no le importará que lo despierten…
Leo lo miró, entre dudoso y preocupado.
—Puede que todavía no se haya dormido —dijo pasados unos momentos.
Harald sabía que los oficiales dormían en el castillo. Intentó pensar en alguna manera de retrasar a Leo y terminar antes su propia tarea.
—Bueno, si tienes que subir hasta el castillo, antes podrías ayudarme a mover este trasto.
—Está bien.
—Yo cogeré el ala izquierda y tú coges la derecha.
Leo se colgó el rifle del hombro y se inclinó sobre el puntal metálico que corría entre el ala superior y el ala inferior. Con los dos empujando, el Hornet Moth ya no resultó tan difícil de mover.
Hermia cogió el último tren de la noche en la estación de Vesterport. El tren entró en Kirstenslot pasada la medianoche.
No estaba demasiado segura de qué iba a hacer cuando llegara al castillo. No quería atraer la atención hacia su persona llamando a la puerta y despertando a toda la casa. Quizá tuviera que esperar hasta la mañana antes de preguntar por Harald, y aquello significaría pasar la noche a la intemperie. Pero eso no la mataría. Por otra parte, si había luces encendidas en el castillo, quizá encontraría a alguna persona con la que pudiese hablar discretamente, tal vez alguien de la servidumbre. Y Hermia no quería perder un tiempo precioso.
Otra persona bajó del tren con ella. Era la mujer de la boina azul celeste.
Hermia sufrió un súbito ramalazo de miedo. ¿Había cometido un error? ¿Podía estar siguiéndola aquella mujer, relevando a Peter Flemming?
Tendría que comprobarlo.
Se detuvo en cuanto hubo salido de la estación oscurecida y abrió la maleta, fingiendo buscar algo. Si aquella mujer la estaba siguiendo, ella también encontraría un pretexto para esperar.
La mujer salió de la estación y pasó junto a Hermia sin la menor vacilación.
Hermia siguió hurgando dentro de su maleta mientras observaba a la mujer por el rabillo del ojo.
La mujer fue con paso rápido y decidido hacia un Buick negro estacionado cerca de allí. Alguien estaba sentado detrás del volante, fumando. Hermia no pudo verla cara, solo el resplandor del cigarrillo. La mujer subió al coche. El Buick se puso en marcha y empezó a alejarse.
Hermia respiró más tranquila. Aquella mujer había pasado la tarde en la ciudad, y su marido había ido a la estación para llevarla a casa en el coche. Falsa alarma, pensó Hermia con alivio.
Echó a andar.
Harald y Leo empujaron el Hornet Moth a lo largo del camino, pasando ante el camión cisterna del que Harald había robado combustible, hasta llegar al patio delantero del castillo, y luego lo dejaron encarado hacia el viento. Leo entró corriendo en el castillo para despertar al capitán Kleiss.
Harald solo disponía de un minuto o dos.
Sacó la linterna de su bolsillo, la encendió y la sostuvo entre los dientes. Hizo girar los cierres en el lado izquierdo de la proa del fuselaje y abrió la cubierta.
—¿Combustible abierto? —preguntó.
—Combustible abierto —dijo Karen.
Harald tiró del anillo del activador y accionó la palanca de una de las dos bombas de combustible para inundar el carburador. Luego cerró la cubierta y aseguró los cierres. Sacándose la linterna de la boca, preguntó:
—¿Imanes encendidos y válvula de estrangulación fijada?
—Imanes encendidos y válvula de estrangulación fijada.
Harald se colocó delante del avión e hizo girar la hélice. Imitando lo que le había visto hacer a Karen, la hizo girar una segunda vez y luego una tercera. Finalmente le asestó un vigoroso empujón y se apresuró a retroceder.
No sucedió nada.
Harald soltó una maldición. No había tiempo para ocuparse de los fallos.
Repitió el procedimiento. Algo iba mal, pensó en el mismo instante en que lo intentaba. Cuando hizo girar la hélice antes, había ocurrido algo que no estaba ocurriendo ahora. Harald trató desesperadamente de recordar qué era.
El motor tampoco se puso en marcha.
Entonces el recuerdo volvió de pronto a su mente haciéndole comprender qué era lo que faltaba. Cuando hacía girar la hélice no se producía ningún chasquido. Recordó que Karen le había dicho que el chasquido era el impulsor de arranque. Sin eso, no habría ninguna chispa.
Corrió hacia la ventanilla que había abierto Karen.
—¡No hay ningún chasquido! —dijo.
—El imán se ha atascado —dijo ella sin perder la calma—. Ocurre con frecuencia. Abre la cubierta derecha. Verás el impulsor de arranque entre el imán y el motor. Dale un golpecito con una piedra o con algo duro. Normalmente eso basta para solucionar el problema.
Harald abrió la cubierta derecha e iluminó el motor con su linterna. El impulsor de arranque era un cilindro de metal plano. Harald buscó con la mirada en el suelo alrededor de sus pies. No había ninguna piedra.
—Dame algo del equipo de herramientas —le dijo a Karen.
Karen lo localizó y le dio una llave inglesa. Harald golpeó suavemente el arranque con ella.
—Deje de hacer eso ahora mismo —dijo una voz detrás de él.
Harald se volvió para ver al capitán Kleiss, vestido con los pantalones del uniforme y una chaqueta de pijama, cruzando el patio hacia él con rápidas zancadas; Leo venía detrás de él. Kleiss no iba armado, pero Leo tenía un rifle.
Harald se metió la llave inglesa en el bolsillo, cerró la cubierta y fue al morro del avión.
—¡Aléjese de ese avión! —gritó Kleiss—. ¡Es una orden!
De pronto se oyó la voz de Karen.
—¡No dé un paso más o le mataré!
Harald vio el brazo de Karen sobresaliendo de la ventanilla, apuntando la pistola de Hansen directamente hacia Kleiss. Este se detuvo, y Leo hizo lo mismo.
Harald no tenía ni idea de si Karen sabía disparar el arma, pero Kleiss tampoco.
—Tira el rifle al suelo, Leo —dijo Karen.
Leo dejó caer su arma.
Harald extendió la mano hacia la hélice y la hizo girar.
La hélice giró con un ruidoso y satisfactorio chasquido.
Peter Flemming llegó al castillo antes que Hermia, con Tilde Jespersen en el asiento de pasajeros junto a él.
—Aparcaremos donde no se nos pueda ver, y observaremos qué hace cuando llegue aquí —dijo.
—De acuerdo.
—Y sobre lo que ocurrió en Sande…
—No hables de ello, por favor.
Peter reprimió su ira.
—¿Nunca, quieres decir?
—Nunca.
A Peter le entraron ganas de estrangularla.
Los faros del coche mostraron un pueblecito con una iglesia y una taberna. Donde terminaba el pueblecito había una gran entrada a la que no tardarían en llegar.
—Lo siento, Peter —dijo Tilde—. Cometí un error, pero eso se acabó. Limitémonos a ser amigos y colegas.
—Al diablo con eso —dijo Peter, sintiendo que ahora ya no había nada que le importara mientras metía el coche en el recinto del castillo.
A la derecha del camino había un monasterio en ruinas.
—Qué raro —dijo Tilde—. Las puertas de la iglesia están abiertas de par en par.
Peter esperaba que hubiera un poco de acción para así poder dejar de pensar en el rechazo de Tilde. Detuvo el Buick y apagó el motor.
—Echemos una mirada —dijo, sacando una linterna de la guantera.
Bajaron del coche y entraron en la iglesia. Peter oyó un gruñido ahogado seguido por un golpe sordo. Parecía provenir del Rolls-Royce colocado encima de unos bloques en el centro de la iglesia. Abrió el maletero y el haz de su linterna reveló a un policía, atado y amordazado.
—¿Este hombre es tu Hansen? —preguntó.
—¡El avión no está aquí! —dijo Tilde—. ¡Ha desaparecido!
En ese momento, oyeron el ruido de un motor de avión poniéndose en marcha.
El Hornet Moth cobró vida con un rugido y pareció inclinarse hacia delante como si estuviera impaciente por partir.
Harald fue rápidamente hacia donde se habían detenido Kleiss y Leo. Cogió el rifle y lo sostuvo amenazadoramente, adoptando un aire de confianza en sí mismo que no sentía. Luego fue retrocediendo lentamente ante ellos y pasó alrededor de la hélice, que continuaba girando, para ir hacia la puerta de la izquierda. Extendió la mano hacia la puerta, la abrió de un manotazo y tiró el rifle encima del estante del equipaje detrás de los asientos.
Estaba subiendo a la cabina cuando un movimiento repentino hizo que mirara más allá de Karen por la ventana del otro lado. Vio cómo el capitán Kleiss saltaba hacia delante, en dirección al avión, y se tiraba al suelo. Un instante después hubo una detonación, ensordecedora incluso a pesar del ruido del motor, cuando Karen disparó la pistola de Hansen. Pero Harald pudo ver que el marco de la ventana le había impedido bajar la muñeca lo suficiente, y que no había conseguido darle al capitán.
Kleiss rodó por debajo del fuselaje, se incorporó al otro lado del avión y se subió al ala de un salto.
Harald intentó cerrar la puerta, pero Kleiss se interponía entre esta y el marco. El capitán agarró por las solapas a Harald y trató de arrancarlo de su asiento. Harald se debatió, intentando librarse de la presa de Kleiss. Karen empuñaba la pistola con su mano izquierda, y dentro de aquella cabina tan pequeña no podía volverse para disparar contra Kleiss. Leo vino corriendo, pero no pudo acercarse lo suficiente para unirse a la pelea.
Harald sacó la llave inglesa de su bolsillo y la usó para golpear con todas sus fuerzas. El extremo afilado de la herramienta le dio a Kleiss debajo del ojo e hizo que la sangre saltara, pero el capitán no soltó su presa.
Karen se inclinó hacia delante pasando junto a Harald y empujó la palanca de control hasta dejarla colocada en el tope. El motor rugió más estruendosamente y el avión empezó a moverse hacia delante. Kleiss perdió el equilibrio. Extendió un brazo, pero continuó aferrándose a Harald con el otro.
El Hornet Moth se movía cada vez más deprisa, meciéndose y dando saltos sobre la hierba. Harald volvió a golpear a Kleiss y esta vez el capitán gritó, lo soltó y se desplomó sobre el suelo.
Harald cerró la puerta.
Se dispuso a sujetar la palanca de control en el centro, pero Karen dijo:
—Deja que me encargue yo de la palanca. Puedo hacerlo con la mano izquierda.
El avión estaba enfilado camino abajo, pero empezó a desviarse hacia la izquierda apenas adquirió velocidad.
—¡Utiliza los pedales del timón de dirección! —gritó Karen—. ¡Mantenlo recto!
Harald pisó el pedal izquierdo para hacer que el avión volviera a entrar en el camino. No ocurrió nada, así que lo presionó con todas sus fuerzas. Pasado un instante, el avión ejecutó un viraje completo hacia la izquierda. Cruzó el camino y se metió entre la hierba del otro lado.
—¡Hay una demora y tienes que anticiparte a ella! —chilló Karen.
Harald comprendió a qué se refería. Era como llevar el timón de una embarcación, solo que peor. Ejerció presión con el pie derecho para hacer que el avión volviera al camino y entonces, tan pronto como el Hornet Moth empezó a virar, corrigió con el pie izquierdo. Esta vez el bamboleo no fue tan violento. Cuando el avión regresó al camino, Harald consiguió mantenerlo enderezado dentro de él.
—¡Ahora mantenlo así! —gritó Karen.
El avión aceleró.
Peter Flemming puso la palanca del cambio de marchas en primera y pisó a fondo el pedal. El coche arrancó violentamente en el preciso instante en que Tilde estaba abriendo la portezuela de la derecha para subir a él. Tilde soltó la manecilla dejando escapar un grito y cayó de espaldas. Peter esperó que se hubiera roto el cuello.
Peter fue por el camino, dejando que la portezuela de la derecha oscilara locamente. Cuando el motor del coche empezó a aullar, cambió a segunda. El Buick fue ganando velocidad.
Sus faros iluminaron un pequeño biplano que rodaba por el camino, yendo directamente hacia él. Peter estaba seguro de que Harald Olufsen se encontraba a bordo de aquel avión. Y él iba a detener a Harald, incluso si el hacerlo los mataba a ambos.
Cambió a tercera.
Harald sintió que el Hornet Moth se bamboleaba cuando Karen movió la palanca de control hacia delante, elevando la cola.
—¿Ves ese coche? —le gritó.
—Sí… ¿Está tratando de embestirnos?
—Sí. —Harald no apartaba los ojos del camino, concentrándose en mantener el avión dentro de su curso mediante los pedales del timón de dirección—. ¿Podemos despegar a tiempo de pasar por encima de él?
—No estoy segura de si…
—¡Tienes que decidirte!
—¡Prepárate para virar si te digo que lo hagas!
—¡Estoy preparado!
El coche se hallaba peligrosamente cerca de ellos. Harald pudo ver que no iban a conseguir pasar por encima de él.
—¡Vira! —gritó Karen.
Harald presionó el pedal izquierdo. El avión, respondiendo menos lentamente que antes ahora que iban a más velocidad, salió bruscamente del camino. El viraje había sido demasiado brusco, y Harald temió que la reparación que había llevado a cabo en el tren de aterrizaje no pudiera soportar la tensión. Efectuó una rápida corrección.
Mirando por el rabillo del ojo vio que el coche torcía en la misma dirección, todavía decidido a embestir al Hornet Moth.
Era un Buick, vio, como aquel en el que Peter Flemming lo había llevado a la Jansborg Skole. El Buick volvió a girar, tratando de mantener un curso de colisión con el avión.
Pero el avión contaba con un timón de dirección mientras que el coche estaba impulsado por sus ruedas; aquello suponía una considerable diferencia sobre hierba mojada. El Buick empezó a patinar tan pronto como hubo entrado en la hierba. Mientras el coche iniciaba un rápido derrapaje en sentido lateral, la luna iluminó por un instante el rostro del hombre sentado detrás del volante que luchaba por recuperar el control, Harald reconoció a Peter Flemming.
El avión se bamboleó y volvió a enderezarse. Harald vio que estaban a punto de estrellarse contra el camión cisterna. Pisó a fondo el pedal izquierdo, y la punta del ala derecha del Hornet Moth pasó a escasos centímetros del camión.
Peter Flemming no tuvo tanta suerte.
Mirando atrás, Harald vio cómo el Buick, ahora completamente fuera de control, patinaba inexorablemente hacia el camión cisterna. El coche chocó con el camión a la máxima velocidad que podía llegar a alcanzar. Hubo una tremenda deflagración, y un segundo después todo el parque quedó iluminado por un resplandor amarillo. Harald trató de ver si la cola del Hornet Moth podía haberse incendiado, pero era imposible mirar directamente hacia atrás, así que se conformó con esperar que hubiese habido suerte.
El Buick se había convertido en un horno.
—¡Pilota el avión! —le gritó Karen—. ¡Estamos a punto a despegar!
Harald volvió a concentrar su atención en el timón de dirección. Vio que se precipitaba hacia la tienda que servía de cantina y presionó el pedal derecho para no chocar con ella.
Cuando volvieron a tomar un curso recto, el avión cobró velocidad.
Hermia echó a correr nada más oír ponerse en marcha el motor del avión. Cuando entró en el recinto de Kirstenslot vio un coche oscuro, muy parecido al que había visto en la estación, avanzando a gran velocidad por el camino. Mientras lo miraba, el coche derrapó y se estrelló contra un camión cisterna estacionado junto al camino. Hubo una aterradora deflagración, y tanto el coche como el camión quedaron envueltos en llamas.
—¡Peter! —oyó gritar a una mujer.
El fuego daba suficiente luz para que Hermia pudiera ver a la mujer de la boina azul celeste; entonces todo le quedó claro de pronto. La mujer realmente había estado siguiéndola. El hombre que esperaba dentro del Buick era Peter Flemming. No habían tenido necesidad de seguirla, porque sabían adónde iba. Habían llegado al castillo antes que ella. ¿Y luego qué?
Vio un pequeño biplano que rodaba sobre la hierba y parecía estar a punto de alzar el vuelo. Luego vio cómo la mujer de la boina azul celeste se arrodillaba, sacaba un arma de su bolso y apuntaba al avión con ella.
¿Qué estaba ocurriendo allí? Hermia dedujo que si la mujer de la boina azul celeste era una colega de Peter Flemming, entonces el piloto tenía que estar del lado de los ángeles. Incluso podía ser Harald, escapando con la película en su bolsillo.
Tenía que impedir que aquella mujer derribara al avión con su pistola.
El parque estaba iluminado por las llamas del camión cisterna, y en aquel resplandor Harald vio cómo la señora Jespersen apuntaba al Hornet Moth con un arma.
No había nada que él pudiera hacer. Iba directamente hacia ella, y si se desviaba hacia uno u otro lado, lo único que conseguiría sería ofrecerle un blanco mejor. Apretó los dientes. Las balas podían pasar a través de las alas o del fuselaje sin causar serios daños. Por otra parte también podían inutilizar el motor, dañar los controles, agujerear el depósito de combustible, o matarlo a él o a Karen.
Entonces vio a una segunda mujer que corría a través de la hierba con una maleta.
—¡Hermia! —gritó con asombro al reconocerla.
Hermia golpeó en la cabeza a la señora Jespersen con la maleta. La detective se desplomó y dejó caer su arma. Hermia volvió a golpearla, y luego cogió el arma.
Un instante después el avión pasó por encima de ellas y Harald comprendió que había despegado del suelo.
Mirando hacia arriba, Harald vio que el Hornet Moth estaba a punto de estrellarse contra el campanario de la iglesia.