21

Cuando despertó, Harald supo que algo maravilloso había sucedido, pero por un instante no pudo recordar de qué se trataba. Estaba tumbado sobre la repisa en el ábside de la iglesia, con la manta de Karen alrededor de él y Pinetop el gato hecho un ovillo junto a su pecho, y esperó a que su memoria empezara a trabajar. Tenía la impresión de que aquel maravilloso acontecimiento se hallaba estrechamente relacionado con algo preocupante, pero estaba tan emocionado que le daba igual el peligro.

Entonces todo volvió de golpe a su mente: Karen había accedido a volar con él a Inglaterra en el Hornet Moth.

Harald se incorporó tan bruscamente que echó de su sitio a Pinetop, quien saltó al suelo con un maullido de indignación.

El peligro era que ambos podían ser capturados, arrestados y muertos. Lo que lo hacía feliz, a pesar de eso, era el hecho de que iba a pasar muchas horas a solas con Karen. No se trataba de que Harald pensase que iba a ocurrir nada romántico. Sabía que Karen se hallaba fuera de su alcance, pero no podía evitar sentir lo que sentía por ella. Incluso si nunca iba a besarla, lo emocionaba pensar en el tiempo que iban a pasar juntos. No era solo el viaje, aunque aquello sería el punto culminante. Antes de que pudieran despegar tendrían que pasar días trabajando en el avión.

Pero todo el plan dependía de si Harald podía reparar el Hornet Moth. La noche anterior, con una linterna por toda iluminación, no había podido inspeccionarlo a fondo. Ahora, con el sol naciente resplandeciendo a través de los ventanales que se alzaban por encima del ábside, pudo evaluar la magnitud de la labor.

Se lavó en el grifo de agua fría del rincón, se vistió y dio comienzo a su examen.

Lo primero en que se fijó fue en un largo trozo de gruesa cuerda que habían atado a la parte inferior del fuselaje. ¿Para qué era aquello? Después de unos instantes de reflexión, comprendió que era para llevar el avión de un lado a otro cuando el motor estaba apagado. Con las alas plegadas, resultaría difícil encontrar un punto por el cual empujar la máquina, pero la cuerda permitiría que alguien tirase de ella igual que si fuese una carreta.

Karen llegó en ese preciso instante.

Calzaba sandalias y llevaba unos pantalones cortos que mostraban sus largas y fuertes piernas. Su pelo rizado estaba recién lavado y se extendía alrededor de su cabeza en una nube color cobre. Harald pensó que los ángeles debían de tener aquel aspecto. ¡Qué inmensa tragedia sería que Karen muriese en la aventura que los aguardaba!

Era demasiado temprano para hablar de morir, se dijo a sí mismo. Ni siquiera había empezado a reparar el avión. Y bajo la claridad de la mañana, aquello parecía una tarea más abrumadora.

Al igual que Harald, aquella mañana Karen estaba pesimista. El día anterior se había sentido muy emocionada por la perspectiva de la aventura, pero hoy tendía a ver las cosas de una manera más sombría.

—He estado pensando en lo de reparar esta cosa —dijo—. No estoy segura de que pueda hacerse, especialmente en diez días…, nueve, ahora.

Harald sintió nacer en su interior el inicio de aquella tozudez que siempre se adueñaba de él cuando alguien le decía que no podía hacer algo.

—Ya veremos —dijo.

—Tienes esa expresión… —observó ella.

—¿Cuál?

—La que dice que no quieres oír lo que se está diciendo.

—No tengo ninguna expresión —dijo Harald obstinadamente. Karen se echó a reír.

—Tus dientes están apretados, las comisuras de tu boca apuntan hacia abajo, y estás frunciendo el ceño.

Harald se vio obligado a sonreír, y en realidad lo complació mucho que Karen se hubiera fijado en su expresión.

—Eso ya está mejor —dijo ella.

Harald empezó a estudiar el Hornet Moth con ojos de ingeniero. Cuando lo vio por primera vez, había pensado que sus alas estaban rotas, pero Arne le había explicado que se doblaban hacia atrás para que resultara más fácil guardarlo. Harald contempló las bisagras mediante las que se hallaban unidas al fuselaje.

—Creo que podría volver a poner bien las alas —dijo.

—Eso no es nada complicado. Nuestro instructor, Thomas, lo hacía cada vez que guardaba el avión. Solo se tardan unos minutos. —Tocó el ala más próxima—. Pero la tela se encuentra en bastante mal estado.

Las alas y el fuselaje estaban hechos de madera recubierta por una tela que había sido tratada con alguna clase de pintura. En la superficie de arriba, Harald pudo ver las puntadas allí donde la tela quedaba sujeta a las costillas del armazón mediante un grueso hilo. La pintura se había agrietado, y había algunos sitios en los que la tela estaba desgarrada.

—Solo son daños superficiales —dijo—. ¿Importan?

—Sí. Los desgarrones en la tela podrían interferir con el flujo del aire por encima de las alas.

—Pues entonces tendremos que remendarlos. A mí me preocupa más la parte inferior del fuselaje.

El avión había sufrido alguna clase de accidente, probablemente una toma de tierra torpe como la que había descrito Arne. Harald se arrodilló para poder examinar más de cerca el tren de aterrizaje dañado. El sólido tubo de acero que formaba el eje parecía tener dos salientes que encajaban en un bastidor con forma de V. El bastidor estaba hecho de tubo de acero ovalado, y los dos brazos de la V se habían arrugado y doblado en su punto más débil, presumiblemente justo más allá de los extremos del tubo que servía como eje. Tenían aspecto de que podían romperse con facilidad. Un tercer bastidor, que a Harald le pareció tenía el aspecto de ser un amortiguador de impactos, no parecía haber sufrido daños. Aun así, saltaba a la vista que el tren de aterrizaje había quedado demasiado debilitado para que el Hornet Moth pudiera tomar tierra.

—Eso lo hice yo —dijo Karen.

—¿Te estrellaste?

—Tomé tierra cuando había viento cruzado y el avión se desvió hacia un lado. La punta del ala chocó con el suelo.

Sonaba aterrador.

—¿Pasaste mucho miedo?

—No. Me sentía como una estúpida, pero Tom dijo que no es raro que eso ocurra en un Hornet Moth. De hecho me confesó que él mismo lo había hecho en una ocasión.

Harald asintió. Aquello encajaba con lo que había dicho Arne. Pero había algo en la manera en que Karen hablaba de Thomas, el instructor, que lo hizo sentirse celoso.

—¿Por qué nunca la reparasteis?

—Aquí no disponemos de los medios necesarios —dijo Karen, señalando el banco de trabajo y el soporte para las herramientas—. Tom podía hacer unas cuantas reparaciones menores y era bueno con el motor, pero esto no es una fundición y no tenemos ningún equipo de soldadura. Luego papá tuvo un pequeño ataque al corazón. Ya se ha recuperado, pero eso significó que nunca le darían la licencia de piloto, y perdió el interés por aprender a volar. El resultado fue que el trabajo nunca llegó a hacerse.

Harald pensó que aquello no sonaba nada prometedor. ¿Cómo se las iba a arreglar para trabajar el metal? Fue hasta la cola y examinó el ala que había chocado con el suelo.

—No parece haberse partido —dijo—. No me costaría mucho reparar la punta.

—Nunca se sabe —dijo Karen lúgubremente—. Una de las traviesas de madera del interior podría haberse sobrecargado. Eso no es algo que se pueda determinar con solo examinarlo por fuera. Y si un ala ha quedado debilitada, entonces el avión se estrellará.

Harald estudió el plano de cola. La mitad posterior estaba montada sobre bisagras y subía y bajaba, y recordó que aquello era el timón de profundidad. El timón de dirección superior se desplazaba hacia la izquierda y hacia la derecha. Examinándolo más de cerca, Harald vio que todo estaba controlado mediante unos cables que salían del fuselaje. Pero los cables habían sido cortados y extraídos.

—¿Qué les ocurrió a los cables? —preguntó.

—Creo que los sacaron del fuselaje para reparar alguna otra máquina.

—Eso va a ser un problema.

—Solo faltan los últimos tres metros de cada cable, porque fueron quitando cable hasta llegar al tensor que hay detrás del panel de acceso debajo del fuselaje. El resto todavía sigue ahí porque costaba demasiado acceder a él.

—Aun así, eso son unos doce metros, y no puedes comprar cables: ahora nadie puede conseguir repuestos para nada. Sin duda esa fue la razón por la que aprovecharon el cable del avión para reparar otra máquina. —Harald estaba empezando a sentirse abrumado por los malos presentimientos, pero habló en un tono deliberadamente jovial—. Bueno, vamos a ver qué otros problemas hay. —Fue a la proa del aparato. Encontró dos cierres en el lado derecho del fuselaje, los hizo girar y abrió la cubierta del motor, la cual estaba hecha de un metal muy delgado que parecía latón pero probablemente fuese aluminio. Estudió el motor.

—Es un cuatro cilindros en línea —dijo Karen.

—Sí, pero parece como si estuviera puesto al revés.

—Comparado con un motor de coche, sí. El eje de la manivela se encuentra arriba. Sirve para elevar el nivel de la hélice cuando quieres mantenerla alejada del suelo.

Harald se sorprendió al ver lo mucho que Karen entendía de aquello. Nunca había conocido a una chica que supiese lo que era una manivela de motor.

—¿Y qué tal era ese Tom? —preguntó.

—Era un gran profesor. Tenía mucha paciencia, y siempre sabía cómo darte ánimos.

—¿Tuviste una aventura con él?

—¡Por favor! Yo tenía catorce años.

—Apuesto a que estabas loca por él.

Karen se enfadó un poco.

—Supongo que piensas que esa es la única razón por la que una chica va a aprender de motores, ¿verdad?

Harald pensaba precisamente eso, pero no lo dijo.

—No, no. Es que me he dado cuenta de que hablabas de él con mucho cariño. Claro que eso no es asunto mío. Veo que el motor se enfría por aire. —No había radiador, pero los cilindros contaban con pequeños ventiladores de refrigeración.

—Creo que todos los motores de avión lo hacen, para ahorrar peso.

Harald fue al otro lado del fuselaje y abrió la cubierta derecha. Todos los conductos del combustible y el aceite parecían estar firmemente conectados, y no había ninguna señal exterior de daños. Desenroscó el tapón del aceite y usó el medidor para comprobar el contenido. Todavía había un poco de aceite dentro del depósito.

—Todo parece estar bien —dijo—. Vamos a ver si se pone en marcha.

—Resulta más fácil entre dos personas. Tú puedes sentarte dentro de la cabina mientras yo hago girar la hélice.

—¿La batería no se habrá descargado después de todos estos años?

—No hay ninguna batería. La electricidad proviene de dos imanes que son accionados por el mismo motor. Subamos a la cabina y te enseñaré qué es lo que has de hacer.

Karen abrió la puerta y entonces soltó un chillido y se apresuró a retroceder… para caer en los brazos de Harald. Era la primera vez que él tocaba su cuerpo, y fue como recibir una súbita descarga de electricidad. Karen apenas pareció darse cuenta de que se estaban abrazando, y Harald se sintió un poco culpable por estar disfrutando de un abrazo fortuito. Se apresuró a enderezar a Karen y luego se apartó de ella.

—¿Te encuentras bien? —preguntó—. ¿Qué ha pasado?

—Ratones.

Harald volvió a abrir la puerta. Dos ratones saltaron por el hueco y bajaron corriendo por sus pantalones hasta llegar al suelo. Karen soltó un bufido de disgusto.

Había agujeros en la tela que tapizaba uno de los asientos, y Harald supuso que los ratones se habrían instalado dentro del relleno.

—Ese problema puede solucionarse rápidamente —dijo. Hizo un ruido de beso con los labios y Pinetop apareció inmediatamente, con la esperanza de recibir algo de comida. Harald cogió al gato y lo metió dentro de la cabina.

Un súbito estallido de energía se adueñó de Pinetop. Corrió de un lado de la pequeña cabina al otro, y Harald creyó ver cómo una cola de ratón desaparecía dentro del agujero que había debajo del asiento de la izquierda por el que pasaba un conducto de cobre. Pinetop se subió al asiento y luego saltó al estante del equipaje que había detrás de él, sin atrapar ningún ratón. Acto seguido investigó los agujeros en el tapizado. Allí encontró una cría de ratón, y empezó a comérsela con gran delicadeza.

Harald vio que había dos libritos encima del estante del equipaje. Se inclinó dentro de la cabina y los cogió. Eran un par de manuales, uno para el Hornet Moth y otro para el motor Gipsy Major que lo impulsaba. Encantado con su descubrimiento, se los enseñó a Karen.

—Pero ¿qué pasa con los ratones? —preguntó ella—. No los soporto.

—Pinetop los ha hecho huir. En el futuro, dejaré abiertas las puertas de la cabina para que Pinetop pueda entrar y salir de ella. Él los mantendrá alejados —dijo Harald, abriendo el manual del Hornet Moth.

—¿Qué está haciendo ahora?

—¿Quién, Pinetop? Oh, se está comiendo a las crías. ¡Fíjate en estos diagramas, es magnífico!

—¡Harald! —chilló Karen—. ¡Eso es repugnante! ¡Detenlo!

Harald se quedó atónito.

—¡Es asqueroso!

—Es natural.

—Me da igual que lo sea.

—¿Cuál es la alternativa? —preguntó Harald impacientemente—. Tenemos que librarnos del nido. Podría sacar a las crías con mis manos y tirarlas entre los arbustos, pero Pinetop seguiría comiéndoselas, a menos que los pájaros llegaran hasta ellas primero.

—Es tan cruel…

—¡Son ratones, por el amor de Dios!

—¿Cómo es posible que no lo entiendas? ¿Es que no ves que no lo soporto?

—Lo comprendo, es que me parece una tontería que…

—Oh, no eres más que un estúpido ingeniero que solo piensa en cómo funcionan las cosas y nunca sabe pensar en los sentimientos de las personas.

Harald se sintió muy herido.

—Eso no es cierto.

—Lo es —dijo Karen, y se fue hecha una furia. Harald estaba asombrado.

—¿A qué demonios ha venido todo eso? —dijo en voz alta. ¿Realmente creía Karen que él era un estúpido ingeniero que nunca pensaba en los sentimientos de las personas? Aquello era muy injusto.

Se subió a una caja para mirar por uno de los ventanales. Vio a Karen alejándose sendero arriba hacia el castillo. De pronto pareció cambiar de parecer y se internó en el bosque. Harald pensó seguirla, y luego decidió no hacerlo.

El primer día de su gran colaboración se habían peleado. ¿Qué posibilidades había de que pudieran volar a Inglaterra?

Volvió al avión. Ya puestos, siempre podía tratar de poner en marcha el motor. Se dijo que si Karen se echaba atrás, ya encontraría otro piloto. Las instrucciones estaban en el manual.

Calzar las ruedas y poner el freno de mano.

Harald no pudo encontrar los calces, pero arrastró por el suelo dos cajas llenas de trastos viejos y las empujó contra las ruedas. Localizó la palanca del freno de mano en la puerta izquierda y comprobó que estuviera puesta. Pinetop estaba sentado en el asiento, lamiéndose las patas con una expresión saciada.

—La dama opina que eres repugnante —le dijo Harald. El gato le lanzó una mirada desdeñosa y salió de la cabina con un ágil salto.

Abrir entrada de combustible (control en cabina).

Harald abrió la puerta y se inclinó hacia el interior de la cabina, la cual era lo bastante pequeña para que pudiera llegar a los controles sin necesidad de meterse dentro de ella. El indicador del combustible quedaba parcialmente escondido entre los dos asientos traseros, y, junto a él había un tirador metido en una ranura. Harald lo movió de la posición de apagado a la de encendido.

Inyectar combustible en el carburador accionando la palanca que hay a cada lado de las bombas del motor. La entrada de combustible a través del conducto se produce al activar el arranque del carburador.

La cubierta izquierda del motor todavía estaba abierta y Harald enseguida localizó las dos bombas de combustible, cada una con una pequeña palanca sobresaliendo de ella. El arranque del carburador resultó más difícil de identificar, pero Harald terminó decidiendo que sería un anillo con un mecanismo de resorte. Tiró del anillo y subió y bajó una de las palancas. No tenía ninguna manera de saber si lo que estaba haciendo surtía algún efecto. Por lo que él sabía, el depósito muy bien podía estar seco.

Se sentía muy desanimado ahora que Karen se había ido. ¿Por qué siempre terminaba haciéndolo todo tan mal con ella? Lo único que quería era mostrarse afable y encantador y hacer lo que fuese necesario para complacerla, pero no conseguía saber qué era lo que ella quería. ¿Por qué las chicas no podían ser más como los motores?

Ajustar la válvula en la posición «Apagado», o prácticamente en ella.

Harald odiaba los manuales que no sabían decidir qué era lo que querían exactamente. ¿Cómo tenía que estar la válvula, cerrada o ligeramente abierta? Localizó el control, una palanca situada justo delante de la puerta izquierda de la cabina. Pensando en su vuelo a bordo de un Tiger Moth hacía dos semanas, recordó que Poul Kirke había ajustado la válvula a cosa de un centímetro y medio del extremo «Apagado». El Hornet Moth debería de ser similar. Tenía una escala grabada graduada del uno al diez, mientras que el Tiger Moth no la tenía. Guiándose por aquella conjetura, Harald ajustó la válvula en el uno.

Poner los interruptores en la posición «Encendido».

En el salpicadero había un par de interruptores marcados con «Encendido» y «Apagado». Harald supuso que debían de activar los imanes gemelos. Los encendió.

Hacer girar la hélice.

Harald se puso delante del avión y agarró una de las palas de la hélice. La empujó hacia abajo. La hélice estaba muy rígida, y tuvo que recurrir a toda su fuerza para que pudiera moverla. Cuando finalmente empezó a girar, la hélice produjo un seco chasquido y luego se detuvo.

Volvió a hacerla girar. Esta vez la hélice se movió con más facilidad. Volvió a producir un chasquido.

La tercera vez, Harald le dio un vigoroso empujón con la esperanza de que se encendería el motor.

No ocurrió nada.

Volvió a intentarlo. La hélice se movía sin ninguna dificultad y producía el chasquido cada vez que lo hacía, pero el motor permanecía silencioso e inmóvil. Karen entró.

—¿No arranca? —preguntó.

Harald la miró con sorpresa. No había esperado volver a verla. Se puso muy contento, pero cuando replicó lo hizo en un tono distante.

—Es demasiado pronto para decirlo. Solo acabo de empezar.

Karen parecía contrita.

—Siento haberme ido de esa manera.

Hasta aquel momento Harald la había creído demasiado orgullosa para pedir disculpas, y aquello era un nuevo aspecto de ella.

—No importa —dijo.

—Es que cuando pensé en el gato comiéndose a las crías de ratón… Bueno, no podía soportarlo. Ya sé que es una tontería preocuparse por los ratones cuando hombres como Poul están perdiendo la vida.

Así era como lo veía Harald, pero no lo dijo.

—De todas maneras, ahora Pinetop se ha ido.

—No me sorprende que el motor no arranque —dijo Karen, volviendo a las cuestiones prácticas. Que era justo lo que hacía cuando se sentía avergonzada por algo, pensó Harald—. Hace lo menos tres años que no ha sido puesto en marcha.

—Podría ser un problema de combustible. Después de más de dos inviernos, el agua tiene que haberse condensado dentro del depósito. Pero el combustible flota, así que se habrá acumulado encima. Quizá podamos sacar el agua. —Volvió a consultar el manual.

—Deberíamos desconectar los interruptores, para no correr riesgos —dijo Karen—. Yo lo haré.

Harald había averiguado gracias al manual que en la parte inferior del fuselaje había un panel que daba acceso al drenaje del combustible. Cogió un destornillador del soporte de las herramientas, se acostó en el suelo y se deslizó debajo del avión para destornillar el panel. Karen se tumbó junto a él y Harald le fue pasando los tornillos. La joven olía muy bien, a una mezcla de champú y cálida piel.

Cuando el panel quedó suelto, Karen le pasó una llave inglesa ajustable. El tapón del drenaje había sido colocado de una manera muy incómoda, ligeramente a un lado del orificio de acceso. Era justo la clase de defecto que hacía anhelar a Harald un puesto de mando, para poder obligar a los diseñadores perezosos a hacer las cosas como era debido. Cuando tenía la mano metida en el hueco ya no podía ver el tapón del drenaje, cosa que lo obligaba a trabajar a ciegas.

Fue haciendo girar el tapón con mucha lentitud pero, cuando este por fin quedó suelto, Harald se sobresaltó al sentir el súbito chorro de liquido helado que le roció la mano. Se apresuró a retirarla, golpeándose los dedos entumecidos con el borde del agujero de acceso; para su irritación, entonces se le cayó el tapón.

Lleno de consternación, Harald lo oyó rodar fuselaje abajo. El combustible manaba del drenaje y los dos se apresuraron a apartarse de aquel pequeño torrente. Luego no hubo nada más que pudieran hacer aparte de mirar hasta que el sistema estuvo vacío y toda la iglesia apestó a combustible.

Harald maldijo al capitán De Havilland y a todos aquellos ingenieros británicos que habían diseñado el avión sin pensar demasiado en lo que estaban haciendo.

—Ahora no tenemos combustible —dijo amargamente.

—Podríamos sacar un poco del depósito del Rolls-Royce con una manguera —sugirió Karen.

—Eso no es combustible para aeroplanos.

—El Hornet Moth funciona con gasolina de coche.

—¿De veras? No había caído en eso. —Harald volvió a animarse—. Claro. Bien, pues vamos a ver si podemos recuperar ese tapón.

Supuso que había rodado hacia atrás hasta que fue detenido por una de las traviesas. Metió el brazo dentro del agujero, pero no podía llegar lo bastante lejos. Karen cogió un cepillo de púas de alambre del banco de trabajo y recuperó el tapón con él. Harald volvió a meterlo en el drenaje.

Ahora tenían que coger gasolina del coche. Harald encontró un embudo y un cubo limpio mientras Karen usaba unas gruesas tenazas para cortar un buen trozo de una manguera de jardín. Quitaron la lona que cubría al Rolls-Royce. Karen desenroscó el tapón del depósito y metió el trozo de manguera dentro de él.

—¿Quieres que lo haga yo? —preguntó Harald.

—No —dijo ella—. Ahora me toca a mí.

Harald supuso que quería demostrar que era capaz de hacer el trabajo sucio, especialmente después del incidente con los ratones, así que dio un paso atrás y se dedicó a mirar.

Karen se metió el extremo de la manguera entre los labios y aspiró por él. Cuando la gasolina llegó a su boca, dirigió rápidamente la manguera hacia el interior del cubo al mismo tiempo que torcía el gesto y escupía. Harald contempló las grotescas expresiones que iban sucediéndose en su rostro. Milagrosamente, Karen estaba igual de hermosa cuando fruncía los labios y apretaba los párpados. Ella se dio cuenta de que la estaba observando y dijo:

—¿Qué estás mirando?

Harald se rió y dijo:

—A ti, naturalmente. Te pones muy guapa cuando escupes.

No había pretendido revelar sus sentimientos hasta ese punto y esperó oír una réplica cortante por parte de ella, pero Karen se limitó a reír.

Harald solo le había dicho que era bonita, naturalmente. Aquello no era ninguna novedad para ella. Pero se lo había dicho con afecto, y las chicas siempre perciben los tonos de voz, especialmente cuando se quiere que lo hagan. Si Karen se hubiese enfadado, habría mostrado su irritación con una mirada desaprobadora o sacudiendo la cabeza impacientemente. Pero, al contrario, había parecido sentirse complacida: casi, pensó Harald, como si se alegrara de inspirar esos sentimientos en él.

Sintió que había cruzado un puente.

El cubo se llenó y la manguera dejó de manar. Habían vaciado el depósito del coche. Harald supuso que habría cosa de cuatro litros y medio de gasolina dentro del cubo, pero con eso era más que suficiente para poder probar el motor. No tenía ni idea de dónde iban a conseguir suficiente combustible para atravesar el mar del Norte.

Llevó el cubo hasta el Hornet Moth, levantó la tapa del acceso y tiró del tapón de la gasolina. Tenía un gancho para fijarlo al reborde del cuello de llenado. Karen sujetó el embudo mientras Harald echaba el combustible dentro del depósito.

—No sé de dónde vamos a sacar más —dijo Karen—. Desde luego no podemos comprarlo.

—¿Cuánto combustible necesitamos?

—En el depósito caben casi ciento sesenta litros. Pero eso es otro problema. El Hornet Moth tiene un radio de vuelo de novecientos cincuenta kilómetros…, en condiciones ideales.

—Y hasta Inglaterra hay aproximadamente esa distancia.

—Así que si las condiciones no son perfectas, por ejemplo si tenemos vientos de cara, lo cual no es improbable…

—Caeremos al mar.

—Exactamente.

—Cada cosa a su tiempo —dijo Harald—. Todavía no hemos puesto en marcha el motor.

Karen sabía qué era lo que había que hacer.

—Llenaré el carburador —dijo.

Harald abrió la válvula del combustible.

Karen fue accionando el mecanismo de cebado hasta que el combustible goteó sobre el suelo; entonces dijo:

—Enciende los imanes.

Harald conectó los imanes y comprobó que la válvula estuviera en la posición de «Encendido».

Karen agarró la hélice y la empujó hacia abajo. Volvió a haber un seco chasquido.

—¿Has oído eso? —dijo.

—Sí.

—Es el arranque de impulsión. Así es como sabes que está funcionando, por el chasquido.

Hizo girar la hélice una segunda vez, y luego una tercera. Finalmente le dio un enérgico empujón y se apresuró a retroceder.

El motor emitió una especie de ladrido ahogado cuyos ecos resonaron por toda la iglesia, y luego dejó de funcionar.

Harald prorrumpió en vítores.

—¿A qué viene tanta alegría? —preguntó Karen.

—¡Se encendió! No puede ser muy grave.

—Pero no se puso en marcha.

—Lo hará, lo hará. Vuelve a probar.

Karen volvió a hacer girar la hélice, pero obtuvo el mismo resultado que antes. El único cambio fue que sus mejillas quedaron atractivamente sonrojadas por el esfuerzo.

Después de un tercer intento, Harald desconectó los interruptores.

—Ahora el combustible está fluyendo libremente —dijo—. A mí me suena como si el problema estuviera en el encendido. Necesitamos unas cuantas herramientas.

—Ahí dentro hay un equipo de herramientas —dijo Karen, metiendo la mano dentro de la cabina y levantando un cojín para revelar un gran compartimiento que había debajo del asiento. Sacó de él una bolsa de lona con tiras de cuero.

Harald abrió la bolsa y sacó de ella una llave inglesa de cabeza cilíndrica con montura giratoria, del tipo diseñado para trabajar por detrás de un reborde.

—Una llave universal para bujías —dijo—. El capitán De Havilland hizo algo bien después de todo.

Había cuatro bujías en el lado derecho del motor. Harald sacó una y la examinó. Había aceite en las puntas. Karen sacó un pañuelo ribeteado de encaje del bolsillo de sus pantalones cortos y frotó la bujía con él hasta dejarla limpia. Luego rebuscó dentro de la bolsa de las herramientas hasta encontrar un calibrador y comprobó el hueco. Harald volvió a poner la bujía en su sitio. Repitieron el proceso con las otras tres.

—Al otro lado hay cuatro más —dijo Karen.

Aunque el motor solo tenía cuatro cilindros, había dos imanes, cada uno de los cuales accionaba su propio juego de bujías en lo que Harald supuso sería una medida de seguridad. Las bujías del lado izquierdo eran de más difícil acceso, ya que se encontraban detrás de dos rejillas de ventilación que tuvieron que ser quitadas antes.

Cuando hubieron examinado todas las bujías, Harald quitó las tapas de baquelita que cubrían los contactos y comprobó las puntas. Finalmente, quitó el distribuidor de cada imán y limpió el interior con el pañuelo de Karen, que a aquellas alturas ya se había convertido en un trapo sucio.

—Hemos hecho todas las cosas evidentes —dijo—. Si no se pone en marcha ahora, tenemos un problema realmente serio.

Karen volvió al motor y luego hizo girar lentamente la hélice tres veces. Harald abrió la puerta de la cabina y accionó los interruptores de los imanes. Karen dio un último empujón a la hélice y retrocedió.

El motor se encendió, ladró y titubeó. Harald, que permanecía de pie junto a la puerta con la cabeza metida dentro de la cabina, movió hacia delante la palanca de control. El motor cobró vida con un rugido.

Harald soltó un alarido de triunfo mientras la hélice giraba, pero apenas podía oír su propia voz por encima del estruendo. El ruido que hacía el motor rebotaba en las paredes de la iglesia y producía un estrépito infernal. Harald vio cómo el rabo de Pinetop desaparecía por una ventana.

Karen fue hacia él, con los cabellos ondulando violentamente de un lado a otro por el vendaval producido por la hélice. Harald estaba tan contento que se dejó llevar por su exuberancia y la abrazó. «¡Lo hemos conseguido!», gritó. Ella le devolvió el abrazo, para su inmenso placer, y luego dijo algo. Harald sacudió la cabeza para indicar que no podía oírla. Karen se puso deliciosamente cerca de él y le habló al oído. Harald sintió cómo sus labios le rozaban la mejilla. Su mente parecía incapaz de pensar en nada que no fuese lo fácil que resultaría besarla ahora.

—¡Deberíamos apagarlo antes de que alguien lo oiga! —gritó Karen.

Harald se acordó de que aquello no era un juego, y que el propósito de reparar el avión era volar en él para llevar a cabo una peligrosa misión secreta. Metió la cabeza dentro de la cabina, tiró de la palanca de control hasta dejarla en la posición de cierre y desconectó los imanes. El motor se detuvo.

Cuando el ruido murió, el interior de la iglesia hubiese debido quedar sumido en el silencio, pero no ocurrió así. Un extraño sonido llegaba desde el exterior. Al principio, Harald pensó que sus oídos todavía estaban percibiendo el estruendo del motor, pero poco a poco se fue dando cuenta de que se trataba de otra cosa. Aun así no podía dar crédito a lo que estaba oyendo, ya que sonaba como un ruido de pies que estuvieran marchando al unísono.

Karen lo miró, con la perplejidad y el miedo claramente visibles en su rostro.

Ambos dieron media vuelta y corrieron a los ventanales. Harald subió de un salto a la caja que había utilizado para mirar por encima de los alféizares. Le dio la mano a Karen y esta se subió a la caja junto a él. Luego miraron hacia fuera juntos.

Un destacamento de unos treinta soldados con uniforme alemán estaba subiendo por el sendero.

Al principio Harald estuvo seguro de que venían a por él, pero enseguida vio que los soldados no se encontraban preparados para una caza del hombre. La mayoría de ellos parecían ir desarmados. Traían consigo un pesado carro del cual tiraban cuatro cansados caballos y que iba cargado con lo que parecía equipo de acampada. Los soldados pasaron por delante del monasterio y siguieron sendero arriba.

—¿Qué demonios es esto? —preguntó Harald.

—¡No deben entrar aquí! —dijo Karen.

Los dos recorrieron el interior de la iglesia con la mirada. La entrada principal, en el extremo oeste, consistía en dos enormes puertas de madera. Aquel era el camino por el que debía de haber entrado el Hornet Moth, con las alas dobladas hacia atrás. Harald también había metido su motocicleta por allí. Por dentro la entrada tenía una enorme cerradura antigua con una llave gigante, además de una barra de madera que descansaba sobre unas gruesas horquillas.

Solo había una entrada más, la pequeña puerta lateral por la cual se accedía al interior de la iglesia desde los claustros, y que era la que Harald utilizaba normalmente. Tenía una cerradura, pero Harald nunca había visto una llave. No había ninguna barra con la que asegurarla.

—Podríamos clavar la puerta pequeña dejándola cerrada, y luego entrar y salir por las ventanas igual que hace Pinetop —dijo Karen.

—Tenemos un martillo y clavos… Necesitamos un trozo de madera.

Estando dentro de un recinto lleno de trastos viejos hubiese tenido que ser fácil encontrar una gruesa tabla pero, para disgusto de Harald, no había nada apropiado. Al final arrancó uno de los estantes de la pared de encima del banco de trabajo. La colocó sobre la puerta cruzándola en diagonal y la clavó firmemente al marco.

—Un par de hombres podrían tirarla abajo sin mucho esfuerzo —dijo—. Pero al menos ahora nadie puede entrar por casualidad y tropezarse con nuestro secreto.

—Pero podrían mirar por las ventanas —dijo Karen—. Solo tendrían que encontrar algo a lo que subirse.

—Ocultemos la hélice —dijo Harald.

Fue a coger la lona que habían quitado del Rolls-Royce y juntos la extendieron encima del morro del Hornet Moth. La lona llegaba lo bastante lejos para cubrir la cabina.

Retrocedieron un poco y contemplaron su obra.

—Sigue pareciendo un avión con el morro tapado y las alas plegadas hacia atrás —dijo Karen.

—A ti, sí. Pero tú ya sabes lo que es. Alguien que mire por la ventana sólo verá un trastero lleno de cosas viejas.

—A menos que dé la casualidad de que sea un aviador.

—Eso de ahí fuera no era la Luftwaffe, ¿verdad?

—No lo sé —dijo ella—. Será mejor que vaya a averiguarlo.