19
Harald iba en su motocicleta por el muelle de Copenhague a la hora del crepúsculo. Cuando había luz de día las sucias aguas eran de un gris aceitoso, pero ahora relucían con los reflejos del ocaso, un cielo rojo y amarillo que las pequeñas olas disgregaban en retazos de color como los trazos dejados por el pincel de un artista.
Detuvo la motocicleta cerca de una fila de camiones Daimler Benz a medio cargar con la madera procedente de un mercante noruego. Entonces vio a dos soldados alemanes que estaban vigilando la mercancía. El rollo de película que llevaba en el bolsillo pareció de pronto arder junto a su pierna. Harald metió la mano en el bolsillo y se dijo que no debía dejarse llevar por el pánico. Nadie sospechaba que hubiese cometido ningún delito, y la motocicleta estaría segura cerca de los soldados. Aparcó junto a los camiones.
La última vez que Harald había estado allí se encontraba borracho, y ahora tuvo que hacer un esfuerzo para recordar exactamente dónde quedaba el club de jazz. Fue siguiendo la hilera de almacenes y tabernas. El romántico resplandor del sol poniente transformaba los mugrientos edificios al igual que las sucias aguas del puerto. Al cabo Harald divisó el letrero que rezaba: INSTITUTO DANÉS DE CANCIÓN POPULAR Y DANZA CAMPESINA. Bajó los escalones que llevaban al sótano y empujó la puerta. Estaba abierta.
Eran las diez de la noche, una hora bastante temprana para los clubes nocturnos, y el local se hallaba medio vacío. Nadie estaba tocando el piano manchado de cerveza que había sobre el pequeño escenario. Harald cruzó la sala en dirección a la barra, examinando las caras mientras andaba. Para su desilusión, no reconoció a nadie.
El barman llevaba un trapo atado alrededor de la cabeza como un gitano. Dirigió un cauteloso asentimiento a Harald, quien no parecía el tipo de cliente habitual.
—¿Has visto hoy a Betsy? —preguntó Harald.
El barman se relajó, aparentemente convencido de que Harald solo era otro hombre joven que andaba en busca de una prostituta.
—Anda por ahí —dijo. Harald tomó asiento en un taburete.
—Esperaré.
—Trude está allí —dijo el barman, queriendo ayudar.
Harald miró en la dirección que le señalaba y vio a una rubia que estaba bebiendo de un vaso manchado con lápiz de labios. Sacudió la cabeza.
—Quiero a Betsy.
—Esas cosas son muy personales —dijo el barman sensatamente. Harald reprimió una sonrisa ante lo evidente de aquella observación. ¿Qué podía ser más personal que el acto sexual?
—Muy cierto —dijo, preguntándose si las conversaciones de taberna siempre eran tan estúpidas.
—¿Una copa mientras la esperas?
—Cerveza, por favor.
—¿Algo para acompañarla?
—No, gracias —dijo Harald, al que le bastó aquavit para que le entraran náuseas.
Fue bebiendo su cerveza con sorbos pensativos. Llevaba todo el día reflexionando en su apuro. La presencia de la policía en el escondite de Arne significaba casi con toda certeza que Arne había sido descubierto. Si por algún milagro había logrado escapar al arresto, el único lugar en el que podía estar escondiéndose era el monasterio en ruinas de Kirstenslot, por lo que Harald fue hasta allí en su motocicleta y echó un vistazo. Encontró el lugar vacío.
Había pasado varias horas sentado en el suelo de la iglesia, alternando el lamentar el destino sufrido por su hermano con el tratar de pensar en qué debía hacer a continuación.
Si iba a terminar el trabajo que había iniciado Arne, tenía que llevar la película a Londres durante los once días siguientes. Arne tenía que haber contado con un plan para ello, pero Harald no sabía en qué consistía, y no se le ocurrió ninguna manera de averiguarlo. Aquello quería decir que tendría que idear su propio plan.
Primero pensó en limitarse a meter los negativos dentro de un sobre y enviarlos por correo a la legación británica en Estocolmo. No obstante, estaba seguro de que todo el correo remitido a esa dirección era abierto de manera rutinaria por los censores.
No tenía la suerte de conocer a nadie del pequeño grupo de personas que viajaban legalmente entre Dinamarca y Suecia. Podía limitarse a ir al atracadero del transbordador en Copenhague, o a la estación del barco ferroviario en Elsinor y pedir a un pasajero que llevara el sobre, pero aquello parecía casi tan arriesgado como echarlo al correo.
Después de un día entero de estrujarse el cerebro, Harald había llegado a la conclusión de que tendría que ir él mismo.
No podía hacer eso abiertamente. Ahora que se sabía que su hermano era un espía, no le concederían un permiso para viajar. Tendría que encontrar una ruta clandestina. Embarcaciones danesas iban a Suecia y regresaban de allí cada día. Tenía que haber una manera de subir a bordo de una y pasar al otro lado sin ser detectado. Harald no podía conseguir un trabajo a bordo de una embarcación, ya que los marineros tenían documentos de identidad especiales. Pero siempre había una actividad clandestina alrededor de los muelles: contrabando, robo, prostitución, drogas. Eso significaba que Harald tenía que establecer contacto con los criminales y encontrar a alguien que estuviera dispuesto a introducirlo en Suecia.
No tuvo que esperar a Betsy durante mucho rato. Solo se había bebido la mitad de su cerveza cuando la vio llegar. Betsy bajó por la escalera de atrás acompañada por un hombre al que, supuso Harald, acababa de prestar sus servicios en un dormitorio del piso de arriba. El cliente tenía la piel pálida y de un aspecto enfermizo, iba casi rapado por un corte de pelo brutal y lucía una pequeña llaga a medio curar junto al agujero izquierdo de su nariz. Tendría unos diecisiete años. Harald supuso que era un marinero. Cruzó rápidamente la sala y salió por la puerta, mirando en todas direcciones como si temiera ser visto.
Betsy fue a la barra, vio a Harald y dio un respingo.
—Hola, colegial —le dijo afablemente.
—Hola, princesa.
Betsy ladeó la cabeza coquetamente, haciendo oscilar sus oscuros rizos.
—¿Has cambiado de parecer? ¿Quieres pasar un buen rato?
La mera idea de mantener una relación sexual con ella minutos después del marinero resultaba de lo más vil, pero respondió con una broma.
—No antes de que estemos casados.
Ella se echó a reír.
—¿Qué diría tu madre?
Harald contempló su regordeta figura.
—Que necesitas comer más.
Betsy sonrió.
—Adulador. Andas detrás de algo, ¿verdad? No has vuelto por la cerveza aguada.
—Pues la verdad es que necesito hablar con tu Luther.
—¿Con Lou? —replicó ella, mirándolo con desaprobación—. ¿Qué es lo que quieres de él?
—Tengo un pequeño problema con el que quizá podría ayudarme.
—¿Qué clase de problema?
—Probablemente no debería decírtelo…
—No seas idiota. ¿Te has metido en algún lío?
—No exactamente.
Entonces Betsy volvió la mirada hacia la puerta y dijo:
—Oh, mierda.
Harald siguió la dirección de su mirada y vio entrar a Luther. Aquella noche llevaba una chaqueta deportiva de seda, muy sucia, encima de una camisa. Con él iba un hombre de unos treinta años tan borracho que apenas si podía tenerse en pie. Cogiéndolo del brazo, Luther lo llevó hacia Betsy. El hombre se detuvo delante de ella para contemplarla con mirada lujuriosa.
—¿Cuánto le has sacado? —le preguntó Betsy a Luther.
—Diez.
—Eres un mentiroso de mierda.
Luther le entregó un billete de cinco coronas.
—Aquí tienes tu mitad.
Ella se encogió de hombros, se guardó el dinero y luego se llevó al hombre al piso de arriba.
—¿Te apetecería tomar una copa, Lou? —preguntó Harald.
—Aquavit. —Sus modales no habían mejorado—. Bien, ¿detrás de qué andas?
—Tú eres un hombre que tiene muchos contactos en el muelle, y…
—No te molestes en hacerme la pelota, hijo —lo interrumpió Luther—. ¿Qué es lo que quieres? ¿Un muchachito con un hermoso trasero? ¿Cigarrillos baratos? ¿Droga?
El barman llenó un vasito con aquavit. Luther lo vació de un trago. Harald pagó y esperó hasta que el barman se hubo alejado. Bajando la voz, dijo:
—Quiero ir a Suecia.
Luther entornó los ojos.
—¿Por qué?
—¿Importa?
—Podría importar.
—Tengo una novia en Estocolmo. Queremos casarnos. —Harald empezó a improvisar—. Puedo conseguir trabajo en la fabrica de su padre. Hace cueros de buena calidad, carteras y bolsos de mano y…
—Pues pide a las autoridades que te concedan un permiso para salir del país.
—Ya lo hice. Me lo negaron.
—¿Por qué?
—No quisieron decírmelo.
Luther puso cara de estárselo pensando, y pasados unos momentos dijo:
—Sí, es lo que suelen hacer.
—¿Puedes subirme a bordo de un barco?
—Todo es posible. ¿Cuánto dinero tienes?
Harald recordó la desconfianza que Betsy había mostrado hacia Luther hacía un minuto.
—Ahora no tengo nada —dijo—. Pero puedo conseguir un poco. Bien, ¿puedes encontrarme algo?
—Conozco a un hombre al que se lo puedo preguntar.
—¡Estupendo! ¿Esta noche?
—Dame diez coronas.
—¿Para qué?
—Para ir a ver a ese hombre. ¿Piensas que soy un servicio público gratuito, igual que la biblioteca?
—Ya te he dicho que no tengo dinero.
Luther sonrió, enseñando sus dientes podridos.
—Pagaste esa cerveza con un billete de veinte, y te han dado uno de diez de cambio. Dámelo.
Harald odiaba tener que ceder ante un matón como él, pero no parecía haber otra elección. Le entregó el billete.
—Espera aquí —dijo Luther, y salió.
Harald esperó, bebiendo lentos sorbos de su cerveza para hacerla durar. Se preguntó dónde estaría Arne ahora. Probablemente en una celda dentro del Politigaarden, siendo interrogado. El interrogatorio quizá correría a cargo de Peter Flemming, ya que el espionaje era su departamento. ¿Hablaría Arne? Harald estaba seguro de que al principio no lo haría. Arne no se desmoronaría inmediatamente. Pero ¿tendría la fortaleza suficiente para poder aguantar? Harald siempre había tenido la sensación de que existía una parte de su hermano que él no conocía del todo. ¿Y si era torturado? ¿Cuánto tiempo transcurriría antes de que Arne traicionase a Harald?
Entonces hubo una súbita conmoción en la escalera de atrás y el último cliente de Betsy, el borracho, rodó escalera abajo. Betsy lo siguió, lo levantó del suelo y, acompañándolo hasta la puerta, lo ayudó a subir los escalones.
Luego volvió con otro cliente, este un hombre de mediana edad y aspecto respetable vestido con un traje gris viejo pero pulcramente planchado. Tenía aspecto de haberse pasado toda la vida trabajando en un banco sin que lo hubieran ascendido nunca. Mientras cruzaban la sala, Betsy le dijo a Harald:
—¿Dónde está Lou?
—Ha ido a ver a un hombre por mí.
Betsy se detuvo y fue hacia la barra, dejando plantado en el centro de la sala al empleado de banca con cara de sentirse muy incómodo.
—No te mezcles con Lou. Es un bastardo.
—No tengo elección.
—Entonces acepta un consejo —dijo Betsy, y bajó la voz—: No confíes ni un pelo en él. —Sacudió el dedo ante el rostro de Harald como una maestra de escuela—. Vigila tu espalda, por el amor de Dios. —Luego subió por la escalera con el hombre del traje gastado.
Al principio Harald se sintió un poco furioso con ella por estar tan segura de que él no podía cuidar de sí mismo. Después se dijo que no debía ser tan estúpido. Betsy tenía razón: todo aquello le venía demasiado grande. Nunca había tratado con personas como Luther, y no tenía ni idea de cómo protegerse de ellas.
«No confíes ni un pelo en él», le había dicho Betsy. Bueno, Harald solo le había dado diez coronas. No veía cómo podía llegar a estafarlo Luther en aquella fase del asunto, aunque más adelante podía embolsarse una suma más grande a cambio de la que luego no le daría nada.
«Vigila tu espalda». Aquello quería decir que debía prepararse para ser traicionado. A Harald no se le ocurría cómo podía traicionarlo Luther, pero ¿había alguna precaución que pudiera adoptar? Entonces pensó que se encontraba atrapado en aquel bar, sin ninguna puerta trasera. Quizá debiera irse y vigilar la entrada desde una prudente distancia. Comportarse de una manera impredecible podía ser más seguro.
Apuró su cerveza y salió del club despidiéndose del barman con un gesto de la mano.
Anduvo por el muelle, bajo la luz del crepúsculo, hasta llegar a un gran mercante de grano que estaba amarrado con unos cables tan gruesos como el brazo de Harald. Tomando asiento sobre la cúpula que remataba un cabrestante de acero, se volvió hacia el club. Podía ver claramente la entrada, y pensó que probablemente reconocería a Luther. ¿Podría ver Luther que estaba sentado allí? Harald pensó que no, ya que su silueta resultaría difícil de distinguir delante de la oscura mole del barco. Eso era bueno, porque le daba el control de la situación. Cuando Luther regresara, si todo parecía estar bien, Harald volvería a entrar en el club. Si se olía alguna clase de trampa, entonces desaparecería. Se dispuso a esperar.
Pasados diez minutos, apareció un coche de la policía.
Llegó por el muelle muy deprisa, pero sin hacer sonar la sirena. Harald se levantó. Su instinto le decía que echara a correr, pero comprendió que eso atraería la atención hacia él, y se obligó a volver a sentarse y permanecer muy quieto.
El coche se detuvo delante del club de jazz con un chirriar de frenos.
Dos hombres bajaron de él. Uno, el conductor, vestía el uniforme de la policía. El otro llevaba un traje de color claro. Harald lo observó bajo la penumbra, reconoció la cara y dejó escapar una exclamación ahogada. Era Peter Flemming.
Los dos policías entraron en el club.
Harald se disponía a largarse de allí cuando apareció otra figura, encorvada y que andaba sobre los adoquines con un paso familiar. Era Luther. Se detuvo a unos metros del coche de la policía y se apoyó en la pared, como un espectador que no tuviera nada mejor que hacer que esperar a ver lo que sucedía.
Presumiblemente le había dicho a la policía que Harald estaba planeando huir a Suecia. Sin duda esperaba que su delación fuera recompensada con algo de dinero. Betsy era muy lista, y por suerte Harald había seguido su consejo.
Unos minutos después los policías salieron del club y Peter Flemming fue a hablar con Luther. Harald pudo oír las voces, porque los dos estaban hablando en un tono bastante irritado, pero se encontraba demasiado lejos para que pudiera distinguir las palabras. No obstante, parecía que Peter le estaba soltando una reprimenda a Luther, quien no paraba de levantar las manos hacia el cielo en un gesto de impotente frustración.
Pasado un rato los dos policías se fueron en su coche, y Luther entró en el club.
Harald se apresuró a irse, temblando ante lo cerca que había estado de que lo cogieran. Fue a buscar su motocicleta y se alejó bajo los últimos resplandores del crepúsculo. Pasaría la noche en el monasterio en ruinas de Kirstenslot. ¿Y qué haría después?
La tarde siguiente Harald le contó toda la historia a Karen.
Se sentaron en el suelo de la iglesia abandonada, mientras fuera el atardecer iba volviéndose más oscuro y las formas tapadas y las cajas que había alrededor de ellos se convertían en fantasmas bajo el crepúsculo. Karen se sentó con las piernas cruzadas, igual que una colegiala y se subió la falda de su vestido de seda, dejándosela por encima de las rodillas para estar más cómoda. Harald fue encendiéndole cigarrillos, y tuvo la sensación de que por fin estaba empezando a intimar con ella.
Le contó cómo había entrado en la base de Sande, y luego había fingido estar durmiendo mientras el soldado registraba la casa de sus padres. «¡Eso sí que es tener valor!», exclamó ella. Harald se sintió muy complacido por su admiración, y se alegró de que Karen no pudiese ver cómo se le humedecían los ojos mientras le explicaba que su padre había dicho una mentira para salvarlo.
Luego le explicó la deducción de Heis de que habría una gran incursión aérea la próxima luna llena, y sus razones para pensar que la película tenía que llegar a Londres antes de esa fecha.
Cuando le contó que un sargento de policía había abierto la puerta de la casa de Jens Toksvig después de que llamara a ella, Karen lo interrumpió.
—Recibí una advertencia —dijo.
—¿Qué quieres decir?
—Un desconocido se me acercó en la estación y me dijo que la policía sabía dónde estaba Arne. Ese hombre era policía y estaba en el departamento de tráfico, pero había oído algo por casualidad, y quería que lo supiéramos porque deseaba ayudarnos.
—¿No advertiste a Arne?
—¡Sí, lo hice! Sabía que estaba con Jens, así que busqué la dirección de Jens en la guía de teléfonos y luego fui a su casa. Vi a Arne y le conté lo que había sucedido.
A Harald todo aquello le sonó un poco raro.
—¿Qué fue lo que dijo Arne?
—Me dijo que me fuera primero, y que él se iría inmediatamente después que yo. Pero obviamente tardó demasiado en irse.
—O tu advertencia no era más que un ardid —dijo Harald con voz pensativa.
—¿Qué quieres decir? —se apresuró a preguntar ella.
—Que tu policía quizá estaba mintiendo. Supón que no tenía ninguna intención de ayudaros. Podría haberte seguido hasta la casa de Jens y haber arrestado a Arne en cuanto te fuiste.
—Qué idea tan ridícula… ¡Los policías no hacen esas cosas!
Harald vio que había vuelto a chocar con la fe que tenía Karen en la integridad y la buena voluntad de quienes la rodeaban. O era muy crédula o él estaba siendo excesivamente cínico, y Harald no estaba muy seguro de si se trataba de lo primero o de lo segundo. Eso le recordó lo convencido que estaba su padre de que los nazis no harían ningún daño a los judíos daneses, y deseó poder pensar que tanto su padre como Karen estaban en lo cierto.
—¿Qué aspecto tenía ese hombre?
—Alto, apuesto, corpulento, pelirrojo y con un bonito traje.
—¿Una variedad de tweed del color de la avena?
—Sí.
Aquello lo aclaraba todo.
—Era Peter Flemming —dijo Harald, sin que se le pasara por la cabeza reprocharle a Karen lo que había hecho porque sabía que ella había creído estar salvando a Arne. La joven había sido víctima de una hábil treta—. Peter tiene bastante más de espía que de policía. Conozco a su familia, de allá, de Sande.
—¡No te creo! —dijo Karen apasionadamente—. Tienes demasiada imaginación.
Harald no quería discutir con ella. El saber que su hermano se hallaba detenido lo llenó de pena. Arne nunca hubiese debido involucrarse en un engaño, porque el ser taimado y rastrero era algo que sencillamente no formaba parte de su naturaleza. Harald se preguntó con tristeza si volvería a ver a su hermano alguna vez.
Pero había más vidas en juego que la de su hermano.
—Arne no va a poder llevar esta película a Inglaterra.
—¿Qué vas a hacer con ella?
—No lo sé. Me gustaría llevarla yo mismo, pero no se me ocurre cómo. —Le contó lo del club de jazz, Betsy y Luther—. Y quizá haya sido mejor que yo no pueda llegar hasta Suecia. Probablemente me encarcelarían por no disponer de los documentos apropiados. —Una parte del acuerdo de neutralidad que el gobierno sueco tenía con Hitler consistía en que los daneses que llegaran a Suecia de manera ilegal serían arrestados—. No me importa correr un riesgo, pero necesito contar con una buena probabilidad de que lo que haga vaya a salir bien.
—Tiene que haber una manera… ¿Cómo iba a hacerlo Arne?
—No lo sé, no me lo dijo.
—Lo cual fue una estupidez por su parte.
—Viendo cómo han ido las cosas, quizá sí que lo fue. Pero probablemente pensó que cuantas menos personas lo supieran, más seguro estaría él.
—Alguien tiene que saberlo.
—Bueno, Poul tiene que haber dispuesto de un medio de comunicarse con los británicos. Pero mantenerlas en secreto es algo que forma parte de la naturaleza de esas cosas.
Estuvieron callados durante un rato. Harald se sentía muy deprimido. ¿Habría arriesgado su vida por nada?
—¿Has oído las noticias últimamente? —preguntó finalmente Harald, que echaba de menos su radio.
—Finlandia declaró la guerra a la Unión Soviética, y Hungría hizo lo mismo.
—Buitres que huelen la muerte —dijo Harald amargamente.
—Estar sentados aquí impotentes mientras los asquerosos nazis están conquistando el mundo resulta tan frustrante… Ojalá hubiera algo que pudiéramos hacer.
Harald acarició el recipiente de película que había dentro del bolsillo de su pantalón.
—Si pudiera llevarlo a Londres dentro de los próximos diez días esto ayudaría a cambiar un poco las cosas. Entonces quizá todo fuera distinto.
Karen volvió la mirada hacia el Hornet Moth.
—Es una lástima que esa cosa no pueda volar.
Harald contempló la tela desgarrada y la parte inferior del fuselaje.
—Yo quizá podría repararlo. Pero solo recibí una lección de vuelo, y no podría pilotarlo.
Karen lo miró con expresión pensativa.
—No —dijo finalmente—. Pero yo sí que podría hacerlo.