8

Tilde Jespersen llevaba un delicado perfume floral cuyas emanaciones flotaban a través de la mesa de la acera y jugaban con la nariz de Peter Flemming, sin que nunca llegaran a ser lo bastante intensas para que él pudiera identificarlo, como un recuerdo que se negara a acudir a la memoria. Peter imaginó cómo se elevaría la fragancia de su cálida piel mientras él le quitaba la falda, la blusa y la ropa interior.

—¿En qué estás pensando? —preguntó ella.

Se sintió tentado de decírselo. Tilde fingiría escandalizarse, pero se sentiría secretamente complacida. Peter sabía cuándo una mujer estaba lista para aquella clase de conversación, y sabía cuál era la manera en que había que mantenerla: como sin darle importancia, con una sonrisa avergonzada, pero también con un tono subyacente de sinceridad.

Entonces pensó en su esposa, y se contuvo. Peter se tomaba muy en serio sus votos matrimoniales. Otras personas quizá pudieran pensar que tenía una buena excusa para quebrantarlos, pero Peter se había fijado unas pautas de conducta más elevadas y por consiguiente lo que dijo fue:

—Estaba pensando en cómo le pusiste la zancadilla al mecánico en el aeródromo cuando intentaba huir. Demostraste una gran presencia de ánimo.

—Ni siquiera pensé en ello. Simplemente extendí el pie.

—Tienes buenos instintos. Nunca he estado a favor de las mujeres policías, y para serte sincero, todavía tengo mis dudas acerca de ellas. Pero nadie puede negar que eres una agente de primera clase.

Tilde se encogió de hombros.

—Yo misma tengo mis dudas. Las mujeres tal vez deberían quedarse en casa y cuidar, de los niños. Pero después de que murió Oskar… —Oskar había sido su marido, un detective de Copenhague amigo de Peter—. Tenía que trabajar, y la del policía es la única clase de vida acerca de la que sé alguna cosa. Mi padre era agente de aduanas, mi hermano mayor es oficial en la Academia de Policía, y mi hermano pequeño es policía de uniforme en Aarhus.

—Te diré qué es lo mejor de ti, Tilde: nunca intentas conseguir que los hombres hagan tu trabajo jugando a ser la hembra indefensa.

Peter había pretendido que su observación fuera un elogio, pero ella no pareció sentirse tan complacida como él había esperado.

—Nunca pido ninguna clase de ayuda —dijo secamente.

—Probablemente eso sea una buena política.

Tilde le lanzó una mirada que Peter no fue capaz de interpretar. Sorprendido ante el repentino enfriamiento de la atmósfera, se preguntó si no podía tener miedo de pedir ayuda por si se diera el caso de que eso hiciese que la clasificasen inmediatamente como una hembra indefensa. No necesitaba esforzarse demasiado para imaginar hasta qué punto la molestaría eso. Después de todo, los hombres siempre se estaban pidiendo ayuda los unos a los otros.

—Pero ¿por qué eres policía? —preguntó ella—. Tu padre tenía un negocio que iba muy bien. ¿No pasarás a encargarte de él algún día?

Peter sacudió la cabeza con abatimiento.

—Solía trabajar en el hotel durante las vacaciones escolares. Odiaba a los huéspedes, con sus demandas y sus quejas: este buey está demasiado hecho, mi colchón está lleno de bultos, llevo veinte minutos esperando que me traigan una taza de café. No podía soportarlo.

El camarero llegó en ese momento. Peter resistió la tentación de pedir arenques y cebollas en su smorrebrod, pensando, vagamente, que podía llegar a acercarse lo suficiente a Tilde para que ella le oliera el aliento, así que en vez de eso pidió queso blando y pepinos. Dieron sus tarjetas de raciones al camarero.

—¿Ha habido algún progreso en el caso del espía?

—La verdad es que no. Los dos hombres a los que arrestamos en el aeródromo no nos dijeron nada. Fueron enviados a Hamburgo para que se los sometiera a lo que la Gestapo llama un «interrogatorio en profundidad», y dieron el nombre de su contacto: Matthies Hertz, un oficial del ejército. Pero Hertz ha desaparecido.

—Un callejón sin salida, entonces.

—Sí. —La frase hizo pensar a Peter en otro callejón sin salida con el que se había tropezado—. ¿Conoces a algún judío?

Tilde pareció sorprenderse.

—A uno o dos, diría yo. Ninguno está en la policía. ¿Por qué?

—Estoy haciendo una lista.

—¿Una lista de judíos?

—Sí.

—¿De dónde, de Copenhague?

—De Dinamarca.

—¿Por qué?

—Por la razón habitual. Mi trabajo consiste en mantener vigiladas a las personas que crean problemas.

—¿Y los judíos crean problemas?

—Los alemanes así lo piensan.

—Es fácil ver por qué ellos podrían tener problemas con los judíos. Pero ¿acaso podemos tenerlos nosotros?

Peter se quedó bastante sorprendido. Había esperado que Tilde viera aquello desde su mismo punto de vista.

—Siempre es mejor estar preparados. Tenemos listas de organizadores sindicales, comunistas, extranjeros y miembros del partido nazi danés.

—¿Y piensas que eso es lo mismo?

—Todo es información. Identificar a los nuevos inmigrantes judíos que han venido aquí durante los últimos cincuenta años resulta fácil. Visten raro, hablan con un acento peculiar, y la mayoría de ellos viven en las mismas calles de Copenhague. Pero también hay judíos cuyas familias llevan siglos siendo danesas. Esos judíos tienen el mismo aspecto y hablan igual que cualquier otra persona. La mayoría de ellos comen cerdo asado y van a trabajar la mañana del sábado. Si alguna vez necesitamos dar con ellos, podríamos tener serios problemas. Por eso estoy haciendo una lista.

—¿Cómo? No puedes limitarte a ir por ahí preguntándole a la gente si conocen algún judío.

—Es un problema, desde luego. Tengo a dos detectives repasando la guía de teléfonos, y una o dos listas más, y tomando nota de los apellidos que suenen a judío.

—No es un método muy fiable. Hay montones de personas apellidadas Isaksen que no son judías.

—Y montones de judíos con nombres como Jan Christiansen. Lo que realmente me gustaría hacer es registrar la sinagoga. Probablemente tienen una lista de miembros.

Para su sorpresa, Tilde estaba poniendo cara de desaprobación, pero dijo:

—¿Y por qué no lo haces?

—Juel no lo permitiría.

—Creo que en eso tiene razón.

—¿De veras? ¿Por qué?

—¿Es que no lo ves, Peter? ¿Qué clase de uso se le podría llegar a dar a tu lista en el futuro?

—¿Acaso no resulta obvio? —replicó él con irritación—. Si grupos judíos empiezan a organizar la resistencia contra los alemanes, entonces sabremos dónde buscar a los sospechosos.

—¿Y si los nazis deciden detener a todos los judíos y enviarlos a esos campos de concentración que tienen en Alemania? ¡Entonces utilizarían tu lista!

—Pero ¿por qué iban a enviar a los judíos a los campos de concentración?

—Porque los nazis odian a los judíos. Pero nosotros no somos nazis, somos agentes de policía. Arrestamos a las personas porque han cometido crímenes, no porque las odiemos.

—Eso ya lo sé —dijo Peter con irritación, asombrándose de que se lo estuviera atacando desde aquel ángulo. Tilde hubiese tenido que saber que su motivo era defender la ley, no subvertirla—. Siempre existe un riesgo de que la información no sea utilizada como es debido.

—¿Y entonces no crees que sería mejor no hacer esa maldita lista?

¿Cómo podía ser tan estúpida? A Peter lo sacaba de quicio encontrarse con toda aquella oposición por parte de alguien a quien consideraba una camarada en la guerra contra quienes infringían la ley.

—¡No! —gritó, y luego bajó la voz con un esfuerzo—. ¡Si pensáramos de esa manera, no tendríamos ningún departamento de seguridad!

Tilde sacudió la cabeza.

—Mira, Peter, los nazis han hecho un montón de cosas buenas y eso ambos lo sabemos. Básicamente, están del lado de la policía. Han acabado con la subversión, mantienen la ley y el orden, han reducido el desempleo y etcétera, etcétera. Pero en el tema de los judíos, están locos.

—Quizá, pero ahora son los que están dictando las reglas.

—Fíjate en los judíos daneses: respetan la ley, trabajan duro, envían a sus hijos a la escuela… Hacer una lista con sus nombres y sus direcciones como si todos formaran parte de alguna conspiración comunista es sencillamente ridículo.

Peter se recostó en su asiento y dijo acusadoramente:

—¿Así que te niegas a trabajar conmigo en esto?

Esta vez le tocó el turno a ella de ofenderse.

—¿Cómo puedes decir eso? Soy una agente de policía profesional, y tú eres mi jefe. Haré lo que tú digas. Eso ya deberías saberlo.

—¿Hablas en serio?

—Oye, si quisieras hacer una lista completa de todas las brujas que hay en Dinamarca, te diría que no creo que las brujas sean unas criminales o unas subversivas… pero te ayudaría a hacer la lista.

Entonces llegó su comida. Hubo un incómodo silencio mientras empezaban a comer. Pasados unos minutos, Tilde dijo:

—¿Qué tal van las cosas en casa?

A la memoria de Peter acudió un súbito recuerdo de él e Inge, unos días antes del accidente, yendo a la iglesia la mañana del domingo, dos personas sanas, felices y jóvenes vestidas con sus mejores ropas. Con toda la escoria que había en el mundo, ¿por qué había tenido que ser su esposa la persona cuya mente fue destruida por aquel joven borracho que iba en su coche deportivo?

—Inge está igual —dijo.

—¿No ha habido ninguna mejora?

—Cuando el cerebro se encuentra tan dañado, ya no se recupera. Nunca habrá ninguna mejora.

—Tiene que ser duro para ti.

—Tengo la suerte de contar con un padre generoso. Con lo que se gana en la policía no podría permitirme pagar a una enfermera, y entonces Inge tendría que ingresar en un asilo.

Tilde volvió a lanzarle una mirada que resultaba difícil de interpretar. Casi parecía como si pensara que el asilo no sería una mala solución.

—¿Y qué se sabe del conductor de ese coche deportivo?

—Finn Jonk. Su juicio se inició ayer, y dentro de uno o dos días debería haber terminado.

—¡Por fin! ¿Qué crees que ocurrirá? Jonk se ha declarado culpable. Supongo que pasará cinco o diez años en la cárcel.

—No parece suficiente.

—¿Por destruir la mente de alguien? ¿Qué sería suficiente?

Después del almuerzo, cuando volvían andando al Politigaarden, Tilde rodeó el brazo de Peter con el suyo. Era un gesto afectuoso, y él sintió que Tilde le estaba diciendo que le gustaba a pesar de su desacuerdo. Cuando estaban llegando al ultramoderno edificio de los cuarteles generales de la policía, Peter dijo:

—Siento que desapruebes mi lista de judíos.

Tilde se detuvo y se volvió hacia él.

—No eres un mal hombre, Peter. —Para sorpresa de él, parecía hallarse al borde del llanto—. Tu gran virtud es tu sentido del deber. Pero cumplir con tu deber no es la única ley.

—No entiendo qué quieres decir.

—Lo sé. —Dio media vuelta y entró en el edificio de la policía.

Mientras iba hacia su despacho, Peter intentó ver la cuestión desde el punto de vista de Tilde. Si los nazis encarcelaban a judíos respetuosos de la ley, eso sería un crimen, y la lista de Peter ayudaría a los criminales. Pero eso también podías decirlo acerca de una pistola, o incluso de un coche: el hecho de que algo pudiera ser utilizado por los criminales no significaba que estuviera mal disponer de ello.

Cuando estaba cruzando el patio abierto central, fue llamado por su jefe, Frederik Juel.

—Venga conmigo —dijo Juel secamente—. El general Braun quiere vernos. —Echó a andar delante de él, con su porte militar transmitiendo una impresión de eficiencia y determinación que Peter sabía era totalmente falsa.

Solo había una corta distancia desde el Politigaarden hasta la plaza de la alcaldía, donde los alemanes habían ocupado un edificio llamado el Dagmarhus. Estaba rodeado por alambre de espino, y había cañones y ametralladoras antiaéreas encima de su tejado plano. Fueron llevados al despacho de Walter Braun, una habitación en el ángulo del edificio desde la cual se dominaba la plaza y que se hallaba confortablemente amueblada con un escritorio antiguo y un sofá de cuero. En la pared había un retrato bastante pequeño del Führer y una foto enmarcada de dos niños con uniforme escolar encima del escritorio. Peter se fijó en que Braun llevaba su pistola incluso allí, como para decir que aunque tenía un despacho muy acogedor, se tomaba en serio su trabajo.

Braun parecía sentirse bastante complacido de sí mismo.

—Nuestra gente ha descifrado el mensaje que usted encontró dentro del calce hueco —dijo con su habitual casi susurro. Peter se puso muy contento.

—Muy impresionante —murmuró Juel.

—Al parecer no resultó demasiado difícil —siguió diciendo Braun—. Los británicos utilizan códigos sencillos, a menudo basados en un poema o algún famoso pasaje en prosa. En cuanto nuestros criptoanalistas han descifrado unas cuantas palabras, lo habitual es que un profesor de literatura inglesa pueda completar el resto. Antes de esto nunca había sabido que el estudio de la literatura inglesa pudiera servir para algún propósito útil —concluyó el general, riéndose de su propio ingenio.

—¿Qué había en el mensaje? —preguntó Peter impacientemente.

Braun abrió un expediente que tenía encima de su escritorio.

—Proviene de un grupo cuyos miembros se hacen llamar los Vigilantes Nocturnos. —Aunque estaban hablando alemán, usó la palabra danesa natvaegterne—. ¿Significa eso algo para usted?

La pregunta pilló desprevenido a Peter.

—Comprobaré los archivos, claro está, pero estoy casi seguro de que no nos hemos encontrado con este nombre antes. —Frunció el ceño mientras reflexionaba—. Los vigilantes nocturnos de la vida real normalmente son policías o soldados, ¿verdad?

Juel se encrespó.

—Me cuesta pensar que unos policías daneses…

—No he dicho que fueran daneses —lo interrumpió Peter—. Los espías podrían ser traidores alemanes. —Se encogió de hombros—. O quizá solo aspiran a alcanzar el estatus militar. —Miró a Braun—. ¿Cuál es el contenido del mensaje, general?

—Contiene detalles sobre nuestros preparativos militares en Dinamarca. Eche un vistazo. —Pasó un fajo de papeles por encima del escritorio—. Ubicación de las baterías antiaéreas en Copenhague y sus alrededores. Buques de guerra alemanes presentes en el puerto durante el último mes. Regimientos estacionados en Aarhus, Odense y Morlunde.

—¿Y la información es correcta?

Braun titubeó durante un instante antes de responder.

—No exactamente. Se aproxima a la verdad, pero no es exacta.

Peter asintió.

—Entonces los espías probablemente no son alemanes que disponen de información interna, ya que esas personas serían capaces de obtener detalles correctos de los archivos. Lo más probable es que sean daneses que lo observan todo con mucha atención y luego hacen estimaciones basándose en lo que han visto.

Braun asintió.

—Una deducción muy astuta. Pero ¿puede usted dar con esas personas?

—Espero que sí.

La atención de Braun había pasado a quedar completamente centrada en Peter, como si Juel no se encontrara allí, o solo fuese un subordinado que asistía a la reunión en vez de ser el que mandaba.

—¿Piensa que esas mismas personas están publicando los periódicos ilegales?

A Peter lo complacía que Braun reconociera su capacidad, pero le frustraba que Juel siguiera siendo el jefe a pesar de ello. Esperaba que el mismo Braun hubiera percibido aquella ironía. Sacudió la cabeza.

—Conocemos a los editores de la prensa clandestina y nos mantenemos al corriente de sus actividades. Si hubieran estado haciendo meticulosas observaciones de los preparativos militares alemanes, nos habríamos dado cuenta de ello. No, creo que se trata de una nueva organización que todavía no habíamos descubierto.

—¿Y cómo los atrapará entonces? Existe un grupo de subversivos en potencia a los que nunca hemos investigado apropiadamente: los judíos.

Peter oyó cómo Juel tragaba aire con una brusca inspiración.

—Será mejor que empiece a fijarse en ellos —dijo Braun.

—En este país no siempre resulta fácil saber quiénes son los judíos.

—¡Entonces vaya a la sinagoga!

—Buena idea —dijo Peter—. Puede que tengan una lista de miembros. Eso sería un comienzo.

Juel lanzó una mirada amenazadora a Peter, pero no dijo nada.

—Mis superiores en Berlín están muy impresionados por la lealtad y la eficiencia de que ha dado muestra la policía danesa al interceptar ese mensaje dirigido a la inteligencia británica —dijo Braun—. Aun así, querían enviar inmediatamente a un equipo de investigadores de la Gestapo. Los he disuadido de hacerlo, prometiéndoles que ustedes investigarán vigorosamente la red de espías y que harán comparecer a los traidores ante la justicia. —Era un discurso muy largo para un hombre que solo tenía un pulmón, y dejó sin respiración al general. Braun se calló y su mirada fue de Peter a Juel para volver a posarse nuevamente en Peter. Cuando hubo recuperado el aliento, concluyó—: Por su propio bien, y por el bien de todos en Dinamarca, más vale que tengan éxito.

Juel y Peter se levantaron y Juel, hablando en un tono bastante seco, dijo:

—Haremos todo lo posible.

Salieron del despacho. En cuanto estuvieron fuera del edificio, Juel se volvió hacia Peter para fulminarlo con sus ojos azules.

—Usted sabe perfectamente que esto no tiene nada que ver con la sinagoga, maldito sea.

—No sé nada de eso.

—Se está comportando como un sucio lacayo que solo piensa en lamerles las botas a los nazis.

—¿Qué razón hay para que no debamos ayudarlos? Ahora ellos representan la ley.

—Usted cree que ellos lo ayudarán a hacer carrera.

—¿Y por qué no iban a hacerlo? —dijo Peter, ardiendo en deseos de pasar al ataque—. La élite de Copenhague tiene muchos prejuicios contra los hombres que vienen de las provincias, pero los alemanes son más abiertos de miras.

Juel reaccionó con incredulidad.

—¿Es eso lo que usted cree?

—Por lo menos no están ciegos a las capacidades de los chicos que no fueron a la Jansborg Skole.

—¿Así que piensa que no se lo ha tomado en consideración debido a su procedencia? ¡Idiota, si usted no consiguió el puesto fue porque siempre va demasiado lejos! No tiene absolutamente ningún sentido de la proporción. ¡Acabaría con el crimen arrestando a todas las personas que le parecieran sospechosas! —Soltó un bufido de disgusto—. A poco que dependa de mí, nunca se le concederá otro ascenso. Ahora quítese de mi vista —dijo, y se fue.

Peter ardía de resentimiento. ¿Quién se pensaba que era Juel? Tener un antepasado famoso no lo hacía mejor que los demás. Juel era un policía, igual que Peter, y no tenía ningún derecho a hablarle como si perteneciera a una forma de vida superior.

Pero Peter se había salido con la suya. Había derrotado a Juel. Tenía permiso para entrar en la sinagoga.

Juel lo odiaría para siempre por eso. Pero ¿importaba? Ahora quien tenía el poder era Braun, no Juel. Más valía ser el favorito de Braun y el enemigo de Juel que al revés.

Una vez en los cuarteles generales, Peter reunió rápidamente a su equipo, escogiendo a los mismos detectives que había utilizado en Kastrup: Conrad, Dresler y Ellegard.

—Me gustaría llevarte con nosotros, si no tienes ninguna objeción —le dijo a Tilde Jespersen.

—¿Por qué iba a tenerla? —replicó ella con voz malhumorada.

—Después de la conversación que mantuvimos durante el almuerzo…

—¡Por favor! Ya te he dicho que soy una profesional.

—Me basta con eso —dijo él.

Fueron en coche a una calle llamada Krystalgade. La sinagoga de ladrillos amarillos se alzaba junto a la calle, como encogiendo un hombro contra un mundo hostil. Peter dejó a Ellegard junto a la puerta para asegurarse de que nadie podría huir por ella.

Un hombre ya bastante mayor ataviado con un yarmulke salió del hogar de ancianos judío que había al lado de la sinagoga.

—¿Puedo ayudarles en algo? —preguntó cortésmente.

—Somos policías —dijo Peter—. ¿Quién es usted?

El rostro del hombre adquirió una expresión de miedo tan abyecto que Peter casi sintió pena por él.

—Me llamo Gorm Rasmussen y soy el encargado de día del hogar —dijo con voz temblorosa.

—¿Tiene llaves de la sinagoga?

—Sí.

—Entremos en ella.

El hombre sacó un manojo de llaves de su bolsillo y abrió una puerta.

La mayor parte del edificio estaba ocupada por la sala principal, una estancia suntuosamente decorada con columnas egipcias doradas que sostenían galerías encima de los pasillos laterales.

—Estos judíos tienen montones de dinero —musitó Conrad.

—Enséñeme su lista de miembros —le dijo Peter a Rasmussen.

—¿Lista de miembros? ¿Qué quiere decir?

—Ustedes han de tener los nombres y las direcciones de las personas que forman su congregación.

—No, no… Todos los judíos son bienvenidos.

El instinto de Peter le dijo que el hombre estaba diciendo la verdad, pero registraría el lugar de todas maneras.

—¿Hay algún despacho?

—No. Solo disponemos de pequeños cuartos para que el rabino y otros dignatarios puedan vestirse, y un guardarropa para que la congregación deje sus chaquetas y abrigos en él.

Peter hizo una seña con la cabeza a Dresler y Conrad.

—Examínenlos. —Fue por el centro de la sala hasta llegar al púlpito y subió un corto tramo de escalones que llevaba a un estrado. Detrás de una cortina encontró una hornacina oculta—. ¿Qué tenemos aquí?

—Los rollos de la Torá —dijo Rasmussen.

Había seis grandes rollos de aspecto muy pesado cuidadosamente envueltos en paños de terciopelo que proporcionarían unos escondites perfectos para documentos secretos.

—Desenvuélvalos todos —dijo Peter—. Extiéndalos encima del suelo para que yo pueda ver que no hay nada dentro.

—Sí, enseguida.

Mientras Rasmussen estaba haciendo lo que le había ordenado, Peter se alejó unos metros con Tilde, y le habló mientras seguía mirando con suspicacia al encargado.

—¿Te encuentras bien?

—Ya te lo había dicho.

—Si encontramos algo, ¿admitirás que yo tenía razón?

Tilde sonrió.

—¿Y si no encontramos nada, admitirás tú que estabas equivocado?

Peter asintió, sintiéndose complacido al ver que Tilde no estaba enfadada con él.

Rasmussen extendió los rollos, que estaban cubiertos de escritura hebrea. Peter no vio nada sospechoso. Supuso que era posible que no tuvieran ningún registro de miembros. Lo más probable era que antes sí tuviesen uno, pero lo hubieran destruido como precaución el día en que los alemanes invadieron Dinamarca. Peter se sintió muy frustrado. Había tenido que esforzarse mucho para poder llevar a cabo aquel registro, y había conseguido hacerse todavía más impopular ante su jefe. Sería lamentable que todo terminara quedando en nada.

Dresler y Conrad volvieron de extremos opuestos del edificio. Dresler venía con las manos vacías, pero Conrad traía consigo un ejemplar del periódico Realidad.

Peter cogió el periódico y se lo enseñó a Rasmussen.

—Esto es ilegal.

—Lo lamento —dijo el hombre. Parecía como si pudiera echarse a llorar en cualquier momento—. Los meten por el buzón.

Las personas que imprimían el periódico no estaban siendo buscadas por la policía, con lo que quienes se limitaban a leerlo no corrían absolutamente ningún peligro. Pero Rasmussen no lo sabía, y Peter explotó su ventaja moral.

—Tienen que escribirle a su gente de vez en cuando —dijo.

—Bueno, naturalmente, a los dirigentes de la comunidad judía. Pero no tenemos ninguna lista. Sabemos quiénes son. —Intentó esbozar una débil sonrisa—. Igual que usted, me imagino.

Así era. Peter conocía los nombres de más de una docena de judíos prominentes: un par de banqueros, un juez, varios profesores de universidad, algunas figuras políticas, un pintor. No era detrás de ellos de quienes andaba, porque eran demasiado conocidos para ser espías. Aquella clase de personas no podían estar de pie en el muelle contando barcos sin que se fijaran en ellas.

—¿No envían cartas a personas corrientes, pidiéndoles que hagan donativos benéficos o hablándoles de acontecimientos que ustedes están organizando, celebraciones, salidas al campo, conciertos?

—No —dijo el hombre—. Nos limitamos a poner un aviso en el centro de la comunidad.

—Ah —dijo Peter con una sonrisa de satisfacción—. El centro de la comunidad. ¿Y dónde está eso?

—Cerca de Christiansborg, en Ny Kongensgade.

Aquello quedaba a cosa de un kilómetro y medio de distancia.

—Dresler, mantén a este tipo aquí durante quince minutos y asegúrate de que no advierte a nadie —dijo Peter.

Fueron a la calle llamada Ny Kongensgade. El centro de la comunidad judía era un gran edificio del siglo XVIII con un patio interno y una elegante escalinata, aunque necesitaba que lo redecorasen. La cafetería estaba cerrada, y no había nadie jugando al ping-pong en el sótano. Un hombre joven, bien vestido y de aire desdeñoso, tenía a su cargo la administración del centro. Dijo que no disponían de ninguna lista de nombres y direcciones, pero los detectives registraron el lugar de todas maneras.

El joven se llamaba Ingemar Gammel, y algo en él dio que pensar a Peter. ¿Qué era? A diferencia de Rasmussen, Gammel no estaba asustado; pero si antes Peter había sentido que Rasmussen estaba asustado pero era inocente, Gammel le producía la impresión opuesta.

Gammel se sentó detrás de un escritorio, luciendo un chaleco con un reloj de cadena, y contempló con expresión impasible cómo era saqueado su despacho. Sus ropas parecían caras. ¿Por qué un joven acomodado estaba actuando allí como secretario? Normalmente aquella clase de trabajo era desempeñado por chicas que cobraban un sueldo muy bajo, o por amas de casa de clase media cuyos hijos habían volado del nido.

—Me parece, que esto es lo que estamos buscando, jefe —dijo Conrad, entregando a Peter un bloc de notas negro en espiral—. Una lista de agujeros de ratas.

Peter lo abrió y vio página tras página de nombres y direcciones, varios centenares de ellas.

—Hemos dado en el blanco —dijo—. Bien hecho. —Pero el instinto le decía que había más cosas que encontrar—. Que todo el mundo siga buscando por si aparece algo más.

Pasó las páginas, buscando algo extraño, familiar, o… lo que fuese. Estaba experimentando aquella vieja sensación de insatisfacción, pero nada atrajo su mirada.

La chaqueta de Gammel colgaba de un gancho detrás de la puerta. Peter leyó la etiqueta del sastre. El traje había sido confeccionado por Anderson Sheppard de Savile Row, Londres, en 1938. Peter sintió una punzada de celos. Él compraba su ropa en las mejores tiendas de Copenhague, pero nunca había podido permitirse tener un traje inglés. En el bolsillo delantero de la chaqueta había un pañuelo de seda. Peter encontró un clip para billetes abundantemente provisto dentro del bolsillo lateral izquierdo. En el bolsillo derecho había un billete de tren para Aarhus, de ida y vuelta, con un agujero limpiamente perforado por la taladradora de un inspector de billetes.

—¿Por qué fue a Aarhus?

—Para visitar a unos amigos.

Peter recordó que el mensaje descifrado había incluido el nombre del regimiento alemán estacionado en Aarhus. No obstante, Aarhus era la ciudad más grande después de Copenhague, y centenares de personas iban y venían entre las dos ciudades cada día.

Dentro del bolsillo interior de la chaqueta había un delgado diario. Peter lo abrió.

—¿Disfruta con su trabajo? —preguntó Gammel.

Peter levantó la vista hacia él con una sonrisa en los labios. Disfrutaba haciendo enfurecer a los ricos de modales ampulosos que se creían superiores a las personas corrientes. Pero lo que dijo fue:

—Igual que un fontanero, veo un montón de mierda. —Luego volvió a dirigir su mirada hacia el diario de Gammel.

La letra de Gammel era elegante, al igual que su traje, con grandes mayúsculas y aparatosas curvas. Todas las entradas que había en el diario parecían normales: fechas para almorzar, teatros, el cumpleaños de mamá, telefonear a Jorgen acerca de Wilder.

—¿Quién es Jorgen? —preguntó Peter.

—Mi primo, Jorgen Lumpe. Nos intercambiamos libros.

—¿Y Wilder?

—Thornton Wilder.

—¿Y él es…?

—El escritor norteamericano. El puente de San Luis Rey. Tiene que haberla leído.

Aquellas últimas palabras contenían un escarnio, la implicación de que los policías no eran lo suficientemente cultos para leer novelas extranjeras. Pero Peter no hizo caso y pasó a las últimas páginas del diario. Tal como había esperado, encontró una lista de nombres y direcciones, algunas con números de teléfono. Alzó la mirada hacia Gammel, y creyó ver el atisbo de un rubor en sus mejillas pulcramente afeitadas. Aquello era prometedor. Examinó la lista con mucha atención. Escogió un nombre al azar.

—Hilde Bjergager. ¿Quién es?

—Una amiga —respondió Gammel fríamente. Peter probó con otro nombre.

—¿Bertil Bruun?

Gammel no se inmutó.

—Jugamos al tenis.

—Fred Eskildsen.

—El gerente de mi banco.

Los otros detectives habían dejado de buscar y guardaban silencio, percibiendo la tensión.

—¿Poul Kirke?

—Un viejo amigo.

—Preben Klausen.

—Un marchante de cuadros.

Gammel mostró una sombra de emoción por primera vez, pero esta consistió más en alivio que en culpabilidad. ¿Por qué? ¿Pensaba que había conseguido ocultar algo? ¿Cuál era el significado del marchante de cuadros Klausen? ¿O el nombre importante era el anterior? ¿Habría mostrado alivio Gammel porque Peter había pasado a preguntar por Klausen?

—¿Poul Kirke es un viejo amigo?

—Estuvimos juntos en la universidad. —La voz de Gammel no había perdido su firmeza, pero ahora había una leve sugerencia de miedo en sus ojos.

Peter miró a Tilde, y esta inclinó ligeramente la cabeza. Ella también había notado algo en la reacción de Gammel.

Peter volvió a mirar el diario. No había ninguna dirección para Kirke, pero al lado del número de teléfono había una «N», escrita con una letra bastante más pequeña de lo que era habitual en las mayúsculas de Gammel.

—¿Qué significa esta N? —preguntó Peter.

—Naestved. Es su número de teléfono en Naestved.

—¿Cuál es su otro número?

—No tiene ningún otro número.

—¿Y entonces por qué necesita usted la anotación?

—Pues si quiere que le diga la verdad, no me acuerdo —respondió Gammel, mostrando irritación.

Podía ser verdad. Por otra parte, «N» también podía ser una abreviatura de «Vigilantes Nocturnos».

—¿Qué hace su amigo para ganarse la vida? —preguntó Peter.

—Es piloto.

—¿Dónde?

—En el ejército.

—Ah. —Peter había especulado con la posibilidad de que los Vigilantes Nocturnos pudieran estar en el ejército, debido a su nombre y a la precisión con que sabían observar los detalles militares—. ¿En qué base está?

—Vodal.

—Creía que había dicho que vivía en Naestved.

—Está cerca.

—Queda a casi cuarenta kilómetros de distancia.

—Bueno, así es como lo recuerdo yo.

Peter asintió pensativamente, y luego le dijo a Conrad:

—Arreste a este capullo embustero.

El registro del apartamento de Ingemar Gammel resultó decepcionante. Peter no encontró nada de interés: ningún libro de códigos, ninguna literatura subversiva, ningún arma. Llegó a la conclusión de que Gammel tenía que ser una figura menor dentro de la red de espionaje, una cuyo papel consistía simplemente en hacer observaciones y comunicárselas a un contacto central. Ese hombre clave compilaría los mensajes y los enviaría a Inglaterra. Pero ¿quién era la figura alrededor de la cual giraba todo? Peter abrigaba la esperanza de que pudiera ser Poul Kirke.

Antes de conducir los ochenta kilómetros hasta la escuela de vuelo de Vodal en la que se encontraba estacionado Poul Kirke, Peter pasó una hora en casa con su esposa Inge. Mientras iba dándole de comer sus bocadillos de manzana y miel cortados en diminutos cuadrados, se encontró soñando despierto en una vida doméstica con Tilde Jespersen. Se imaginó contemplando a Tilde mientras ésta se preparaba para salir por la noche: lavándose el pelo y secándoselo vigorosamente con una toalla, sentándose al tocador vestida con su ropa interior para pintarse las uñas, observándose en el espejo mientras ataba un pañuelo de seda alrededor de su cuello. Entonces se dio cuenta de que anhelaba estar con una mujer que pudiera hacer las cosas por sí misma.

Tenía que dejar de pensar de aquella manera. Era un hombre casado. El hecho de que la esposa de un hombre estuviera enferma no proporcionaba una excusa para el adulterio. Tilde era una colega y una amiga, y nunca debería llegar a ser nada más que eso para él.

Sintiéndose nervioso y descontento, encendió la radio y escuchó las noticias mientras esperaba a que llegara la enfermera de la noche. Los británicos habían lanzado un nuevo ataque en África del Norte, atravesando la frontera egipcia para entrar en Libia con una división de tanques en un intento de aliviar el asedio que estaba sufriendo Tobruk. Sonaba como una gran operación, aunque la emisora danesa censurada naturalmente predecía que los cañones antitanque alemanes diezmarían a las fuerzas británicas.

El teléfono sonó, y Peter cruzó la habitación para descolgarlo.

—Aquí Allan Forslund, División de Tráfico. —Forslund era el agente que se ocupaba de Finn Jonk, el conductor borracho que había chocado con el coche de Peter—. El juicio acaba de terminar.

—¿Qué ha sucedido?

—A Jonk le han caído seis meses.

—¿Seis meses?

—Lo siento…

Peter lo vio todo borroso. Sintió que se iba a caer, y puso una mano encima de la pared para apoyarse en ella.

—¿Por destruir la mente de mi esposa y arruinar mi vida? ¿Seis meses?

—El juez dijo que Jonk ya había padecido un auténtico tormento y que tendría que vivir con la culpa durante el resto de su vida.

—¡Eso no son más que chorradas!

—Lo sé.

—Creía que la acusación iba a pedir una sentencia severa.

—Lo hicimos. Pero el abogado de Jonk era muy persuasivo. Dijo que el muchacho había dejado de beber, que ahora siempre se desplaza en bicicleta, que está estudiando para ser arquitecto…

—Eso puede decirlo cualquiera.

—Lo sé.

—¡No lo acepto! ¡Me niego a aceptarlo!

—No hay nada que podamos hacer para…

—Desde luego que lo hay.

—No cometas ninguna locura, Peter.

Peter trató de calmarse.

—Pues claro que no.

—¿Estás solo?

—Volveré al trabajo dentro de unos minutos.

—Mientras tengas a alguien con quien hablar…

—Sí. Gracias por llamar, Allan.

—Siento mucho que no hayamos sabido hacerlo mejor.

—No es culpa tuya. Un abogado que conoce su oficio y un juez estúpido. Ya hemos visto eso antes.

Peter colgó. Se había obligado a hablar en un tono tranquilo y razonable, pero por dentro estaba hirviendo de furia. Si Jonk hubiera estado en libertad, podría haber ido en su busca y haberlo matado. Pero el chico se hallaba a salvo en la cárcel, aunque solo fuera por unos meses. Pensó en encontrar al abogado, arrestarlo con cualquier pretexto, y darle una buena paliza; pero sabía que no haría eso. El abogado no había quebrantado ninguna ley.

Miró a Inge. Estaba sentada allí donde él la había dejado, contemplándolo con el rostro vacío de toda expresión mientras esperaba a que siguiera alimentándola. Vio que un poco de manzana masticada había caído de su boca para esparcirse sobre el corpiño de su vestido. Normalmente su esposa nunca se ensuciaba al comer, a pesar de su estado. Antes del accidente, Inge siempre había sido extraordinariamente meticulosa acerca de su apariencia. Verla con comida en la barbilla y manchas en la ropa hizo que de pronto le entraran ganas de llorar.

Fue salvado por el timbre de la puerta. Peter se dominó con un rápido esfuerzo y respondió a la llamada. La enfermera había llegado al mismo tiempo que Bent Conrad, quien venía a recogerlo para el viaje hasta Vodal. Peter se puso la chaqueta y dejó que la enfermera se encargara de limpiar a Inge.

Fueron en dos coches, un par de los Buick de color negro habituales en la policía. Peter había pensado que el ejército podía ponerles obstáculos, por lo que pidió al general Braun que enviara con ellos a un oficial alemán para imponer la autoridad en el caso de que fuese necesario y el mayor Schwarz, que formaba parte de la plana mayor de Braun, iba en el primer coche.

El trayecto duró una hora y media. Schwarz fumaba un gran puro, que llenó el coche con sus humos. Peter intentó no pensar en la sentencia indignantemente ligera que le habían impuesto a Finn Jonk. Una vez que estuvieran en la base aérea podía llegar a necesitar tener la mente lo más clara posible, y no quería que la rabia oscureciera su juicio. Intentó extinguir la furia que llameaba dentro de él, pero esta continuó ardiendo bajo una manta de falsa calma, irritándole los ojos con su humo al igual que estaba haciendo el puro de Schwarz.

Vodal era un campo de pistas de hierba con unos cuantos edificios bajos esparcidos en un lado. La seguridad no era muy estricta —solo era una escuela de adiestramiento, por lo que allí no tenía lugar nada que fuese ni remotamente secreto—, y el único guardia que había en la puerta los invitó a pasar con un gesto de la mano sin preguntarles qué venían a hacer. Media docena de Tiger Moth estaban estacionados en una hilera, como pájaros posados encima de una valla. También había algunos planeadores, y dos Messerschmitt Me—109.

Cuando salía del coche, Peter vio a Arne Olufsen, su rival adolescente de Sande, cruzar el aparcamiento con paso rápido y decidido luciendo su elegante uniforme marrón del ejército. El amargo sabor del resentimiento llenó la boca de Peter. Peter y Arne habían sido amigos a lo largo de toda su infancia, hasta el enfrentamiento surgido entre sus familias hacía doce años. Todo empezó cuando Axel Flemming, el padre de Peter, fue acusado de fraude fiscal. Axel encontró indignante que se lo persiguiese de aquella manera: él solo había hecho lo que hacían todos los demás, reduciendo sus beneficios a través de hinchar sus gastos. Se le consideró culpable y tuvo que pagar una considerable multa además de todos los impuestos atrasados.

Había persuadido a sus amigos y vecinos de que vieran el caso como una discusión acerca de un tecnicismo contable, más que como una acusación de falta de honradez. Entonces había intervenido el pastor Olufsen.

Existía una regla de la iglesia según la cual cualquier miembro que cometiera un crimen debía ser «leído fuera», o expulsado de la congregación. El trasgresor podía regresar el domingo siguiente, si así lo deseaba, pero durante una semana era un extraño. El procedimiento no era invocado para delitos triviales como el exceso de velocidad, y Axel había argumentado que su trasgresión entraba dentro de esa categoría. El pastor Olufsen era de otra opinión.

Aquella humillación había sido mucho peor para Axel que la multa con la cual lo había castigado el tribunal. Su nombre había sido leído a la congregación, se lo había obligado a abandonar su sitio y sentarse al fondo de la iglesia durante todo el servicio, y para completar su mortificación el pastor había predicado un sermón sobre el texto: «Dad al César lo que es del César».

Peter torcía el gesto cada vez que lo recordaba. Axel se sentía muy orgulloso de su posición como hombre de negocios que había triunfado y líder de la comunidad, y para él no podía haber castigo mayor que perder el respeto de sus vecinos. Para Peter había sido una auténtica tortura ver cómo su padre era objeto de una reprimenda pública por parte de un santurrón pagado de sí mismo como Olufsen. Creía que su padre se había merecido la multa, pero no la humillación en la iglesia. Entonces había jurado que si cualquier miembro de la familia Olufsen llegaba a cometer alguna clase de trasgresión, no habría ninguna piedad para él.

Casi no se atrevía a abrigar la esperanza de que Arne estuviera implicado en la red de espionaje. Aquello sería una venganza muy dulce. Arne se dio cuenta de que estaba siendo observado.

—¡Peter! —Parecía sorprendido, pero no asustado.

—¿Es aquí donde trabajas? —preguntó Peter.

—Cuando hay algún trabajo que hacer.

Arne estaba tan relajado y seguro de sí mismo como siempre. Si tenía algo de lo cual sentirse culpable, lo estaba ocultando muy bien.

—Eres piloto, claro está.

—Esto es una escuela de adiestramiento, pero no tenemos muchos alumnos. Pero lo que realmente me gustaría saber es qué estás haciendo aquí. —Miró al mayor con uniforme alemán que esperaba detrás de Peter—. ¿Alguien ha estado sacando la basura cuando no debía? ¿O quizá ha ido en bicicleta sin luces después de que hubiera oscurecido?

Peter no encontró nada graciosa la jocosa réplica de Arne.

—Es una investigación de rutina —replicó secamente—. ¿Dónde encontraré a tu oficial superior?

Arne señaló uno de aquellos edificios de escasa altura.

—En el cuartel general de la base. Tienes que hablar con el jefe de escuadrón Renthe.

Peter lo dejó y entró en el edificio. Renthe era un hombre larguirucho con un bigote erizado y una expresión hosca. Peter se presentó y dijo:

—He venido a hacerle unas cuantas preguntas a uno de sus hombres, un teniente de vuelo llamado Poul Kirke.

El jefe de escuadrón miró con suspicacia al mayor Schwarz y dijo:

—¿Cuál es el problema?

La réplica «Ninguno que sea de su incumbencia» acudió a los labios de Peter, pero estaba decidido a no perder la calma, así que recurrió a una mentira cortés.

—Ha estado traficando con propiedad robada.

—Cuando se sospecha que un militar puede haber cometido algún crimen, preferimos investigar el asunto nosotros mismos.

—Por supuesto. No obstante… —Movió una mano señalando a Schwarz—. Nuestros amigos alemanes quieren que la policía se ocupe de esto, así que las preferencias que pueda tener usted son irrelevantes. ¿Se encuentra Kirke en la base en este momento?

—Da la casualidad de que está volando.

Peter arqueó las cejas.

—Creía que todos sus aviones tenían que permanecer en tierra.

—Como regla general sí, pero hay excepciones. Mañana esperamos la visita de un grupo de la Luftwaffe y quieren que se los lleve a bordo de nuestros aparatos de adiestramiento, así que hoy tenemos permiso para hacer unos cuantos vuelos de prueba a fin de cerciorarnos de que los aviones están listos para volar. Kirke debería tomar tierra dentro de unos minutos.

—Mientras tanto registraré su alojamiento. ¿Dónde duerme?

Renthe titubeó, y luego respondió de mala gana:

—En el dormitorio A, al final de la pista.

—¿Dispone de un despacho, una taquilla o algún otro sitio en el que pueda guardar cosas?

—Tiene un pequeño despacho tres puertas más abajo en este pasillo.

—Empezaré por allí. Tilde, ven conmigo. Conrad, ve a la pista para recibir a Kirke cuando regrese: no quiero que se nos escurra de entre los dedos. Dresler y Ellegard, registrad el dormitorio A. Gracias por su ayuda, jefe de escuadrón… —Peter vio cómo los ojos del oficial iban hacia el teléfono que había encima del escritorio, y añadió—: No haga ninguna llamada telefónica durante los próximos minutos. Si llegara a advertir a alguien de que vamos para allá, eso constituiría una obstrucción a la justicia. Entonces yo tendría que meterlo en la cárcel, y eso no haría ningún bien a la reputación del ejército, ¿verdad?

Renthe no dijo nada.

Peter, Tilde y Schwarz fueron por el pasillo hasta llegar a una puerta sobre la que se leía INSTRUCTOR JEFE DE VUELO. Un escritorio y un archivador habían sido introducidos a duras penas en una pequeña habitación desprovista de ventanas. Peter y Tilde dieron comienzo al registro y Schwarz encendió otro puro. El archivador contenía historiales de alumnos. Peter y Tilde examinaron pacientemente cada hoja de papel. La pequeña habitación carecía de ventilación, y el escurridizo perfume de Tilde se perdía entre el humo del puro de Schwarz.

Quince minutos después, Tilde soltó una exclamación de sorpresa y dijo:

—Esto es muy extraño.

Peter levantó la vista de los resultados obtenidos en los exámenes por un estudiante llamado Keld Hansen que no había conseguido superar su prueba de navegación.

Tilde le tendió una hoja de papel. Peter la estudió con el ceño fruncido. Contenía un minucioso esbozo de un aparato que Peter no reconoció: una gran antena cuadrada colocada encima de una plataforma, rodeada por un muro. Un segundo dibujo del mismo aparato sin el muro mostraba más detalles de la plataforma, que tenía el aspecto de poder girar.

Tilde miró por encima de su hombro.

—¿Qué piensas que puede ser?

Peter era intensamente consciente de lo cerca que se encontraba ella.

—Nunca había visto nada parecido, pero sea lo que sea me jugaría la granja a que es secreto. ¿Hay alguna cosa más en el expediente?

—No —dijo Tilde, enseñándole un expediente marcado como «Andersen, H. C.».

Peter soltó un gruñido.

—Hans Christian Andersen… Bueno, en sí mismo eso ya es sospechoso. —Dio la vuelta a la hoja, y vio que en el reverso habían dibujado un mapa de una isla cuya larga y delgada forma le era tan familiar como el mapa de la misma Dinamarca—. ¡Eso es Sande, donde vive mi padre! —dijo.

Examinándolo con más atención, vio que el mapa mostraba la nueva base alemana y la parte de la playa a la cual estaba prohibido acceder.

—Justo en el blanco —murmuró.

Los ojos azules de Tilde brillaban de excitación.

—Hemos atrapado a un espía, ¿verdad?

—Todavía no —dijo Peter—. Pero estamos a punto de hacerlo.

Salieron del edificio, seguidos por el silencioso Schwarz. El sol ya se había puesto, pero podían ver claramente bajo el suave crepúsculo del largo anochecer del verano escandinavo.

Fueron hasta la pista y se detuvieron junto a Conrad, cerca de donde se encontraban estacionados los aviones. Ya habían empezado a guardarlos para la noche. Un avión era llevado al hangar, con dos auxiliares empujando sus alas y un tercero sosteniendo su cola para mantenerla alejada del suelo.

Conrad señaló un aparato que se estaba aproximando al campo con el viento de cola y dijo:

—Creo que ese debe de ser nuestro hombre.

El avión era otro Tiger Moth. Mientras descendía describiendo una trayectoria de libro de texto y viraba hacia el viento para tomar tierra, Peter pensó que no cabía duda de que Poul Kirke era un espía. La evidencia encontrada en el archivador bastaría para que fuera ahorcado. Pero antes de que eso ocurriera, Peter tenía muchas preguntas que hacerle. ¿Era simplemente un informador, como Ingemar Gammel? ¿Había ido Kirke a Sande para inspeccionar la base aérea y esbozar aquel misterioso aparato? ¿O desempeñaba el mucho más importante papel de coordinador, reuniendo información y transmitiéndola a Inglaterra en mensajes cifrados? Si Kirke era el contacto central, ¿quién había ido a Sande y dibujado el esbozo? ¿Podría haber sido Arne Olufsen? Era posible, pero Arne no había mostrado ninguna señal de culpabilidad hacía una hora cuando Peter llegó inesperadamente a la base. Aun así, quizá valiera la pena ponerlo bajo vigilancia.

Mientras el avión tomaba tierra y rodaba sobre la hierba con un ruidoso traqueteo, uno de los Buick de la policía llegó a toda prisa desde el otro extremo de la pista. Se detuvo con un chirrido de frenos, y Dresler saltó de él llevando algo de un intenso color amarillo.

Peter le lanzó una mirada llena de nerviosismo. No quería ninguna agitación de última hora que pudiera prevenir a Poul Kirke. Mirando a su alrededor, vio que había bajado la guardia por un instante, y debido a ello no se había dado cuenta de que el grupo inmóvil junto a la pista parecía estar un tanto fuera de lugar allí: él vestido con un traje oscuro, Schwarz con uniforme alemán fumando un puro, una mujer, y ahora un hombre que acababa de salir de un coche con una obvia prisa. Parecían un comité de recepción, y la escena podía hacer sonar timbres de alarma dentro de la mente de Kirke.

Dresler fue hacia Peter agitando excitadamente el objeto amarillo, un libro con una sobrecubierta de vivos colores.

—¡Este es su libro de códigos! —dijo. Aquello significaba que Kirke era el hombre clave. Peter contempló el pequeño avión, que había salido de la pista antes de dirigirse hacia el grupo que esperaba, y ahora estaba dejándolos atrás para dirigirse al área de estacionamiento.

—Métete el libro debajo de la chaqueta, maldito idiota —dijo Peter—. ¡Si te ve agitarlo de esa manera, sabrá que vamos a por él!

Volvió nuevamente la mirada hacia el Tiger Moth. Podía ver a Kirke en la carlinga abierta, pero no podía distinguir su expresión detrás de las gafas, el pañuelo y el casco.

Sin embargo, lo que ocurrió a continuación sólo podía ser interpretado de una manera.

De pronto el motor rugió más fuerte cuando la válvula de estrangulación fue abierta al máximo. El avión viró bruscamente, volviéndose hacia el viento pero también dirigiéndose en línea recta hacia el pequeño grupo que rodeaba a Peter.

—¡Maldición, va a tratar de huir! —gritó Peter.

El avión adquirió velocidad y vino directamente hacia ellos.

Peter desenfundó su pistola.

Quería coger a Kirke con vida, e interrogarlo, pero prefería verlo muerto a dejar que escapara. Empuñando el arma con ambas manos, la dirigió hacia el avión que se aproximaba. Derribar un avión con una pistola era prácticamente imposible, pero quizá podría darle al piloto con un tiro de suerte.

La cola del Tiger Moth se elevó del suelo, nivelando el fuselaje y haciendo visibles la cabeza y los hombros de Kirke. Peter apuntó el arma tomando como blanco el casco de vuelo y apretó el gatillo. El avión despegó del suelo y Peter elevó su punto de mira, vaciando el cargador de siete balas de la Walther PPK. Vio con amarga decepción que había disparado demasiado alto, porque una serie de pequeños agujeros como manchones de tinta había aparecido en el depósito de combustible encima de la cabeza del piloto, y la gasolina se estaba derramando dentro de la carlinga en pequeños chorros. El avión siguió adelante.

Los demás se tiraron al suelo.

Una rabia suicida se apoderó de Peter cuando la hélice que giraba fue hacia él moviéndose a cien kilómetros por hora. Sentados a los controles con Poul Kirke estaban todos los criminales que habían llegado a escapar de la justicia, incluido Finn Jonk, el conductor que había lesionado a Inge. Peter iba a impedir que Kirke huyera aunque el hacerlo le costara la vida.

Mirando por el rabillo del ojo, vio el puro del mayor Schwarz reluciendo sobre la hierba, y tuvo un súbito arranque de inspiración.

Mientras el biplano venía letalmente hacia él, Peter se agachó, cogió el puro que todavía ardía y se lo lanzó al piloto.

Después saltó hacia un lado.

Sintió el impacto del viento mientras el ala inferior pasaba a escasos centímetros de su cabeza.

Chocó con el suelo, rodó sobre sí mismo y levantó la vista.

El Tiger Moth estaba subiendo. Las balas y el puro encendido no parecían haber tenido ningún efecto. Peter había fracasado.

¿Lograría escapar Kirke? La Luftwaffe haría despegar a los dos Messerschmitt para que lo persiguieran, pero eso requeriría unos cuantos minutos y para entonces el Tiger Moth ya se habría perdido de vista. El depósito de combustible de Kirke estaba dañado, pero los agujeros podían no hallarse en el punto más bajo de este, en cuyo caso quizá conseguiría conservar la gasolina suficiente para llevarlo a través de las aguas hasta Suecia, que se encontraba a solo unos cuarenta kilómetros de distancia. Y estaba oscureciendo.

Peter concluyó con amargura que Kirke tenía una posibilidad.

Entonces se oyó el rugir de un súbito inflamarse, y una gran llama solitaria se elevó de la carlinga.

Se extendió con terrible rapidez por encima de toda la cabeza y los hombros visibles del piloto, cuyas ropas tenían que haber quedado empapadas de gasolina. Las llamas se deslizaron hacia atrás para lamer el fuselaje, consumiendo rápidamente la tela de lino.

El avión siguió ascendiendo durante unos segundos, aunque la cabeza del piloto ya se había convertido en un tocón calcinado. Entonces el cuerpo de Kirke se desplomó hacia delante, aparentemente empujando la palanca de control al hacerlo, y el Tiger Moth inclinó su morro para caer en picado la corta distancia que lo separaba del suelo y hundirse en este igual que una flecha. El fuselaje se arrugó como un acordeón.

Hubo un silencio horrorizado. Las llamas continuaron lamiendo el fuselaje alrededor de las alas y la cola del avión, consumiendo la tela para abrirse paso hacia los largueros de madera de las alas y revelar los tubos cuadrados de acero del fuselaje como el esqueleto de un mártir quemado.

—Oh, Dios mío, qué horrible… Ese pobre hombre —dijo Tilde. Estaba temblando. Peter la rodeó con los brazos.

—Sí —dijo—. Y lo peor de todo es que ahora no puede responder a ninguna pregunta.