16

Arne Olufsen se había escurrido entre los dedos de Peter Flemming.

Peter reflexionaba sobre aquello mientras hervía un huevo para el desayuno de Inge. Después de que Arne se hubiera quitado de encima a la vigilancia en Bornholm, Peter había asegurado inocentemente que no tardarían en volver a dar con él. Su confianza no había podido ser más infundada. Creía que Arne no era lo bastante listo para que pudiera salir de la isla sin ser observado…, y había estado equivocado. Todavía no sabía cómo se las había ingeniado Arne, pero no cabía duda de que había regresado a Copenhague, porque un agente de uniforme lo había visto en el centro de la ciudad. El patrullero lo había seguido, pero Arne corrió más que él… y volvió a esfumarse.

Era evidente que seguía habiendo alguna clase de espionaje en marcha, como había señalado el jefe de Peter, Frederik Juel, con gélido desprecio.

—Aparentemente Olufsen está llevando a cabo maniobras evasivas —había dicho. El general Braun no se había andado con tantos rodeos.

—Está claro que la muerte de Poul Kirke no ha bastado para desmantelar la red de espionaje. —No se había vuelto a hablar de ascender a Peter al puesto de jefe del departamento—. Llamaré a la Gestapo para que intervenga en esto.

Todo aquello era terriblemente injusto, pensó Peter con irritación. Él había descubierto aquella red de espionaje: encontrado el mensaje secreto en el calce del avión y detenido a los mecánicos; después dirigió la incursión en la sinagoga donde detuvo a Ingemar Gammel; organizó la operación en la escuela de vuelo, donde acabó con Poul Kirke, y obligó a desenmascararse a Arne Olufsen. Pero aun así, personas como Juel, que no habían hecho nada, podían denigrar sus logros e impedir que estos fueran reconocidos como era debido.

Pero Peter todavía no había terminado.

—Puedo encontrar a Arne Olufsen —le había dicho al general Braun la noche anterior. Juel había abierto la boca para protestar, pero Peter se le adelantó—. Deme veinticuatro horas. Si Arne Olufsen no está en nuestro poder mañana por la noche, puede hacer venir a la Gestapo.

Braun había accedido.

Arne no había vuelto al cuartel y tampoco estaba en Sande con sus padres, así que tenía que estar escondiéndose en la casa de otro espía. Pero ahora todos estarían procurando pasar lo más inadvertidos posible. No obstante, una persona que probablemente conocía a la mayor parte de los espías era Karen Duchwitz. Había salido con Poul y su hermano estudiaba en la misma escuela que el primo de Poul. Peter estaba seguro de que la joven Duchwitz no era una espía, así que no tenía ninguna razón para evitar atraer la atención. Podía conducirlo hasta Arne.

Era una probabilidad entre mil, pero Peter no tenía otra cosa.

Trituró el huevo duro mezclándolo con sal y un poco de mantequilla, y luego llevó la bandeja al dormitorio. Incorporó a Inge en la cama dejándola sentada y le dio una cucharada de huevo. Le pareció que a su esposa no le gustaba demasiado. Peter lo probó y estaba delicioso, así que le dio otra cucharada. Pasados unos instantes Inge la echó de la boca, igual que hubiese hecho un bebé. El huevo bajó por su barbilla y cayó sobre el corpiño de su camisón.

Peter la miró con desesperación. Inge se había puesto perdida en varias ocasiones durante las últimas dos semanas. Aquello era algo totalmente nuevo, ya que su esposa siempre había estado muy pendiente de su aspecto.

—Inge nunca hubiese hecho eso —dijo Peter.

Puso la bandeja en el suelo, dejó a Inge y fue al teléfono. Marcó el número del hotel de Sande y preguntó por su padre, quien siempre iba a trabajar muy temprano. Cuando su padre se puso al teléfono, Peter dijo:

—Tenías razón. Va siendo hora de ingresar a Inge en un asilo.

Peter estudió el Teatro Real, un edificio de piedra amarilla rematado por una cúpula que había sido construido en el siglo XIX. Su fachada estaba esculpida con columnas, pilastras, capiteles, ménsulas, guirnaldas, escudos, liras, máscaras, querubines, sirenas y ángeles. En el tejado había urnas, soportes para antorchas y criaturas de cuatro patas con alas y senos humanos.

—Un poco recargado —dijo—. Incluso para un teatro.

Tilde Jespersen rió.

Estaban sentados en la galería del hotel d’Angleterre. Tenían una buena vista a través del Kongens Nytorv, la plaza más grande de Copenhague. Dentro del teatro, los estudiantes de la escuela de ballet estaban asistiendo a un ensayo con vestuario de Las sílfides, el montaje actual. Peter y Tilde esperaban a que Karen Duchwitz saliera del teatro.

Tilde estaba fingiendo leer el periódico del día. El titular de la primera plana rezaba: LENINGRADO EN LLAMAS. Hasta los nazis se mostraban sorprendidos ante lo bien que estaba yendo la campaña rusa, diciendo que su éxito «asombraba a la imaginación».

Peter estaba hablando para liberar la tensión contenida. Hasta el momento, su plan había sido un completo fracaso. Karen había estado bajo vigilancia durante todo el día y no había hecho nada aparte de ir a la escuela de ballet. Pero la ansiedad infructuosa debilitaba e inducía a cometer errores, por lo que Peter estaba intentando relajarse un poco.

—¿Piensas que los arquitectos hacen deliberadamente que las óperas y los teatros te intimiden con su aspecto, para así disuadir a las personas corrientes de entrar en ellos?

—¿Te consideras una persona corriente?

—Por supuesto que sí. —La entrada se hallaba flanqueada por dos estatuas verdes de figuras sentadas, esculpidas en un tamaño más grande que el natural—. ¿Quiénes son esos dos?

—Holberg y Oehlenschláger.

Peter reconoció los nombres. Ambos eran grandes dramaturgos daneses.

—No me gusta mucho el drama: demasiados discursos —dijo—. Prefiero ir a ver una película, algo que me haga reír, Buster Keaton o Laurel y Hardy. ¿Viste aquella en la que los dos están encalando una habitación, y entra alguien llevando un tablón encima del hombro? —El recuerdo hizo que soltara una risita—. Casi me caigo al dichoso suelo de tanto que reí.

Tilde le lanzó una de sus miradas enigmáticas.

—Ahora sí que me has dejado sorprendida. Nunca te hubiese rebajado a la categoría de un amante de las comedias baratas.

—¿Qué te imaginabas que me gustaría?

—Las películas del Oeste, donde el manejo de las armas asegura que triunfe la justicia.

—Tienes razón, esas también me gustan. ¿Y qué me dices de ti? ¿Te gusta el teatro?

En teoría los habitantes de Copenhague aprueban la cultura, pero la mayoría de ellos nunca han puesto los pies dentro de ese edificio.

—Me gusta la ópera. ¿Y a ti?

—Bueno… Las melodías están bien, pero las historias son una estupidez.

Ella sonrió.

—Nunca se me había ocurrido pensar en ello desde esa perspectiva, pero tienes razón. ¿Qué me dices del ballet?

—Realmente no le veo el sentido. Y los trajes son muy raros. Para decirte la verdad, las mallas de los hombres me resultan un poco embarazosas.

Tilde volvió a reír.

—Oh, Peter, eres muy gracioso. Pero me gustas de todas maneras.

Él no había tenido intención de ser divertido, pero aceptó el cumplido alegremente. Miró la foto que tenía en la mano. La había cogido del dormitorio de Poul Kirke. Mostraba a Poul sentado en una bicicleta con Karen acomodada encima del tubo horizontal. Ambos llevaban pantalones cortos. Karen tenía unas piernas maravillosamente largas. Parecían una pareja tan feliz, llenos de energía y diversión, que por un momento a Peter lo entristeció que Poul hubiera muerto. Tuvo que recordarse severamente a sí mismo que Poul había elegido ser un espía y burlar la ley.

El propósito de la foto era ayudarlo a identificar a Karen. La joven era atractiva, con una gran sonrisa y un montón de cabellos rizados, y parecía tener mucha personalidad y relacionarse fácilmente, con los demás. Era la antítesis de Tilde, no muy alta y con sus facciones regulares en una cara redonda. Algunos de los hombres decían que Tilde era frígida, porque rechazaba sus avances. Pero yo sé que no tiene nada de frígida, pensó Peter.

No habían hablado del fiasco en el hotel de Bornholm. Peter se había sentido demasiado avergonzado para dejarlo traslucir. No iba a disculparse, porque con eso solo conseguiría añadir otra humillación a la que ya había sufrido. Pero un plan estaba cobrando forma dentro de su mente, algo tan espectacular y melodramático que prefería pensar en ello solo de una manera muy vaga.

—Ahí viene —dijo Tilde.

Peter miró a través de la plaza y vio salir del teatro a un grupo de jóvenes. Enseguida distinguió a Karen. Llevaba un sombrero de paja inclinado en un atrevido ángulo y un vestido de verano color amarillo mostaza con una falda plisada que danzaba sugerentemente alrededor de sus rodillas. La foto en blanco y negro no había mostrado que tenía la piel muy blanca y los cabellos rojos como el fuego, y tampoco había hecho justicia a ese aire jovial y animoso que a Peter le resultaba evidente incluso desde lejos. Karen Duchwitz parecía estar haciendo una entrada en el escenario del teatro, más que meramente estar bajando los escalones para salir.

Cruzó la plaza y se metió por la calle principal, la Stroget.

Peter y Tilde se levantaron.

—Antes de que nos vayamos… —dijo Peter.

—¿Qué?

—¿Vendrás a mi piso esta noche?

—¿Alguna razón en especial?

—Sí, pero preferiría no explicártela.

—Está bien.

—Gracias.

Sin decir nada más, Peter se apresuró a seguir a Karen. Tilde lo siguió a cierta distancia, tal como habían acordado previamente.

La Stroget era una calle no muy ancha atestada de gente que iba de compras y con la calzada llena de autobuses, cuyo paso cerraban con frecuencia coches aparcados incorrectamente. Peter estaba seguro de que bastaría con doblar las multas y ponerle una a cada coche para que el problema desapareciese. No perdía de vista el sombrero de paja de Karen, y rezó para que no se estuviera limitando a regresar a su casa.

Al final de la Stroget estaba la plaza del ayuntamiento. Allí el grupo de estudiantes se dispersó. Karen siguió andando con una de las chicas, charlando animadamente. Peter se les acercó un poco más. Pasaron ante los jardines del Tívoli y se detuvieron, como disponiéndose a separarse, pero luego continuaron con su conversación. Karen y su amiga ofrecían una imagen hermosa y despreocupada bajo el sol de la tarde. Peter se preguntó impacientemente qué más podían tener que decirse dos chicas después de haber pasado todo el día juntas.

Finalmente la amiga de Karen echó a andar hacia la estación central y Karen fue en dirección opuesta. Peter empezó a sentirse un poco más esperanzado. ¿Tendría una cita con alguien del círculo de espías? La siguió, pero para su consternación Karen fue a Vesterport, una estación del ferrocarril suburbano desde la cual podría coger un tren para regresar a su casa en el pueblo de Kirstenslot.

Aquello no serviría de nada. A Peter ya solo le quedaban unas horas, y estaba claro que Karen Duchwitz no iba a conducirlo hasta ningún miembro del círculo. Tendría que forzar la situación.

La alcanzó en la entrada de la estación.

—Disculpe —dijo—. Tengo que hablar con usted.

Ella lo miró sin inmutarse y continuó andando.

—¿De qué se trata? —preguntó con fría cortesía.

—¿No podríamos hablar un momento?

Ella pasó por la entrada y empezó a bajar los escalones que llevaban al andén.

—Ya estamos hablando.

Peter fingió estar muy nervioso.

—Estoy corriendo un riesgo terrible solo por hablar con usted.

Aquello logró atraer su atención. La joven se detuvo en el centro del andén y miró nerviosamente a su alrededor.

—¿De qué va todo esto?

Peter se fijó en que tenía unos ojos maravillosos, de un impresionante color verde claro.

—Es sobre Arne Olufsen. —Entonces vio miedo en aquellos ojos, y se sintió gratificado. Su instinto estaba en lo cierto. Karen Duchwitz sabía algo.

—¿Qué pasa con él? —preguntó ella, consiguiendo hablar en un tono muy firme sin llegar a levantar la voz.

—¿No es usted amiga suya?

—No. Lo he visto un par de veces, y solía salir con un amigo suyo. Pero en realidad no lo conozco. ¿Por qué me lo pregunta?

—¿Sabe dónde está?

—No.

Habló con firmeza, y Peter pensó con súbita consternación que tenía aspecto de estar diciendo la verdad.

Pero todavía no estaba dispuesto a darse por vencido.

—¿Podría hacerle llegar un mensaje?

Ella titubeó, y el corazón de Peter enseguida se estremeció de esperanza. Supuso que se estaba preguntando si mentir o no.

—Posiblemente —dijo pasados unos momentos—. No puedo estar segura. ¿Qué clase de mensaje?

—Soy de la policía.

Ella dio un temeroso paso atrás.

—No se preocupe, estoy de su parte —dijo Peter, dándose cuenta de que ella no sabía si creerlo—. No tengo nada que ver con el departamento de seguridad. Pero nuestra sección está justo al lado de la suya, y a veces oigo lo que está ocurriendo.

—¿Qué es lo que ha oído?

—Arne corre un gran peligro. El departamento de seguridad sabe dónde se está escondiendo.

—Dios mío.

Peter reparó en que ella no preguntaba qué era el departamento de seguridad, ni qué crimen se suponía que había cometido Arne; tampoco mostraba ninguna sorpresa ante el hecho de que se estuviera escondiendo. Por consiguiente tenía que saber lo que estaba tramando Arne, concluyó con una sensación de triunfo.

Por sí solo, eso ya era un motivo más que suficiente para arrestarla e interrogarla. Pero Peter tenía un plan mejor.

—Van a detenerlo esta noche —dijo, introduciendo una nota de dramática urgencia en su voz.

—¡Oh, no!

—Si sabe cómo ponerse en contacto con Arne, le ruego por el amor de Dios que intente hacerle llegar un aviso durante la próxima hora.

—No creo que…

—No puedo correr el riesgo de ser visto con usted. He de irme. Lo siento. Haga lo que pueda.

Dio media vuelta y se alejó andando rápidamente. Al llegar al final de la escalera pasó junto a Tilde, que fingía estar leyendo un horario de trenes. Ella no lo miró, pero Peter sabía que lo había visto y que ahora seguiría a Karen.

Al otro lado de la calle, un hombre con un delantal de cuero estaba descargando cajas de cerveza de un carro tirado por dos robustos caballos. Peter pasó por detrás del carro. Quitándose el sombrero de paño, se lo guardó dentro de la chaqueta y lo sustituyó por una gorra de pico. Sabía por experiencia que ese simple cambio operaba una notable transformación en su apariencia. No soportaría un cuidadoso escrutinio, pero a una mirada poco atenta le parecería estar viendo una persona distinta.

Medio escondido por el carro, se dedicó a vigilar la entrada de la estación. Pasados unos momentos, Karen salió por ella.

Tilde iba a unos cuantos pasos de distancia de la joven.

Peter siguió a Tilde. Doblaron una esquina y fueron por la calle que discurría entre el Tívoli y la estación. Al llegar a la manzana siguiente, Karen entró en la central de correos, un majestuoso edificio clásico de ladrillo rojo y piedra gris. Tilde la siguió al interior del edificio.

Iba a hacer una llamada telefónica, pensó Peter con alborozo. Corrió hacia la entrada de personal. Le enseñó su placa de policía a la primera persona con la que se encontró, una mujer joven, y dijo:

—Haga venir al encargado, rápido.

Unos instantes después, apareció un hombre encorvado con un traje negro ya bastante gastado.

—¿En qué puedo ayudarle?

—Una mujer joven que lleva un vestido amarillo acaba de entrar en la sala principal —le explicó Peter—. No quiero que me vea, pero necesito saber qué hace.

El encargado se estremeció de emoción. Peter pensó que aquello probablemente fuese la cosa más excitante que había ocurrido nunca en la central de correos.

—¡Santo cielo! —dijo—. Será mejor que venga conmigo.

Fue a toda prisa por un pasillo y abrió una puerta. Peter pudo ver un mostrador con una hilera de taburetes colocados delante de unas ventanillas. El encargado pasó por la puerta.

—Me parece que la veo —dijo—. ¿Pelo rojo rizado y un sombrero de paja?

—Esa es.

—Nunca hubiese adivinado que fuera una delincuente.

—¿Qué está haciendo?

—Está consultando la guía de teléfonos. Es asombroso que una joven tan hermosa…

—Si hace una llamada, necesito poder escuchar lo que dice.

El encargado titubeó.

Peter no tenía ningún derecho a escuchar conversaciones privadas sin una orden judicial, pero esperaba que el encargado no lo supiera.

—Es muy importante —dijo.

—No estoy seguro de si puedo…

—No se preocupe, yo asumiré la responsabilidad.

—Ahora está dejando la guía de teléfonos.

Peter no iba a permitir que Karen telefonease a Arne sin escuchar la conversación. Si llegaba a ser necesario, decidió que desenfundaría su arma y amenazaría a aquel estúpido funcionario de correos con ella.

—He de insistir.

—Aquí tenemos reglas.

—Aun así…

—¡Ah! —dijo el encargado—. Ha dejado la guía, pero no se dirige hacia el mostrador. —El alivio iluminó su rostro—. ¡Se va!

Peter masculló un juramento de frustración y corrió hacia la salida.

Entreabrió la puerta unos centímetros y miró por ella. Vio a Karen cruzando la calle. Esperó hasta que Tilde salió del edificio, siguiendo a Karen. Luego fue tras ellas.

Se sentía desilusionado, pero no derrotado. Karen conocía el nombre de alguien que podía ponerse en contacto con Arne. Había buscado ese nombre en la guía de teléfonos. ¿Por qué demonios no había telefoneado a aquella persona? Quizá temía —correctamente— que la conversación pudiese ser escuchada por la policía, o por personal de seguridad alemán que estuviera llevando a cabo una vigilancia rutinaria.

Con todo, si no había querido telefonear, tenía que haber estado buscando la dirección. Y ahora, si la suerte de Peter no lo había abandonado, estaba yendo hacia esa dirección.

Dejó que Karen se perdiera de vista, pero no le quitó los ojos de encima a Tilde. Ir detrás de ella siempre era un placer, y era agradable contar con una excusa para contemplar su redondo trasero. ¿Sabía Tilde que Peter la estaba mirando? ¿Estaba exagerando deliberadamente el contoneo de sus caderas? Peter no tenía ni idea. ¿Quién podía saber lo que pasaba por la mente de una mujer?

Atravesaron la pequeña isla de Christiansborg y siguieron el muelle, con la bahía a su derecha y los antiguos edificios del gobierno de la isla a su izquierda. Allí el aire de la ciudad calentado por el sol quedaba refrescado por una brisa salada procedente del mar Báltico. Mercantes, embarcaciones de pesca, transbordadores y buques de las armadas danesa y alemana se alineaban a lo largo de la gran extensión del canal. Dos jóvenes marineros echaron a andar detrás de Tilde e hicieron un alegre intento de entablar conversación con ella, pero Tilde respondió secamente a sus avances y los marineros lo dejaron correr de inmediato.

Karen llegó hasta el palacio de Amalienborg y luego torció hacia el interior. Siguiendo a Tilde, Peter cruzó la gran plaza formada por las cuatro mansiones estilo rococó en las que vivía la familia real. Desde allí fueron hacia Nyboder, un barrio de pequeñas casas que originalmente eran alojamientos baratos para los marineros.

Entraron en una calle llamada St. Paul’s Gade. Peter pudo ver a Karen calle abajo mientras la joven examinaba una hilera de casas amarillas con tejados rojos, aparentemente en busca de un número. Tuvo una intensa y emocionante sensación de estar cerca de su presa.

Karen se detuvo y miró a uno y otro extremo de la calle, como si estuviera comprobando si era observada. Ya era demasiado tarde para eso, claro está, pero Karen era una aficionada. En cualquier caso, no pareció ver a Tilde, y Peter se encontraba demasiado lejos para que pudiera reconocerlo.

Karen llamó a una puerta.

La puerta se abrió cuando Peter se reunía con Tilde. No pudo ver quién había allí. Karen dijo algo y entró, y la puerta se cerró. Peter reparó en que era el número cincuenta y tres.

—¿Crees que Arne está ahí dentro? —preguntó Tilde.

—O él o alguien que sabe dónde está.

—¿Qué quieres hacer?

—Esperar. —Miró a uno y otro extremo de la calle. Enfrente de ellos había una tienda en la esquina—. Allí. —Cruzaron la calle y se quedaron delante del escaparate mirando lo que contenía. Peter encendió un cigarrillo.

—Esta tienda probablemente dispone de un teléfono —dijo Tilde—. ¿Crees que deberíamos llamar a la central? Quizá sería mejor que entráramos con efectivos suficientes. No sabemos cuántos espías puede haber ahí dentro.

Peter consideró la posibilidad de pedir refuerzos.

—Todavía no —dijo finalmente—. No estamos seguros de qué es lo que está ocurriendo. Veamos qué curso siguen los acontecimientos.

Tilde asintió. Se quitó su boina azul celeste y se cubrió la cabeza con un pañuelo estampado. Peter la contempló mientras ella recogía sus rubios rizos debajo del pañuelo. Ahora tendría un aspecto un tanto distinto cuando Karen saliera de la casa, con lo que habría menos probabilidades de que esta la reconociese.

Tilde cogió el cigarrillo de entre los dedos de Peter, se lo llevó a la boca, aspiró una bocanada de humo y se lo devolvió. Era un gesto muy íntimo, y Peter sintió como si casi lo hubiera besado. Notó que se estaba ruborizando y apartó la mirada, dirigiéndola hacia el número cincuenta y tres de la calle.

La puerta se abrió y Karen salió por ella.

—Mira —dijo Peter, y Tilde siguió la dirección de su mirada.

La puerta se cerró detrás de Karen y la vieron alejarse sin que nadie la acompañara.

—Maldición —dijo Peter.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Tilde.

Peter pensó a toda velocidad. Suponiendo que Arne estuviera dentro de aquella casita amarilla, entonces necesitaría pedir refuerzos, irrumpir en la casa y detener tanto a Arne como a quienquiera que se encontrase con él. Por otra parte, Arne podía estar en algún otro sitio y Karen podía estar dirigiéndose hacia allí, en cuyo caso Peter necesitaba seguirla.

O podía haber fracasado en su empresa y decidido darse por vencida y volver a casa.

Tomó una decisión.

—Nos separaremos —le dijo a Tilde—. Tú sigue a Karen; yo llamaré a la central y entraremos en la casa.

—De acuerdo —dijo Tilde, y se apresuró a ir detrás de Karen.

Peter entró en la tienda. Era un colmado que vendía verduras, pan y artículos caseros como jabón y cerillas. Había latas de comida en los estantes, y apenas si se podía andar debido a los haces de leña para el fuego y los sacos de patatas amontonados en el suelo. El local estaba bastante sucio, pero tenía aspecto de que a sus dueños les iban bien las cosas. Peter enseñó su placa de la policía a una mujer de cabellos grises que llevaba un delantal manchado.

—¿Tiene teléfono?

—Tendré que cobrarle.

Peter hurgó dentro de su bolsillo en busca de cambio.

—¿Dónde está el teléfono? —preguntó impacientemente.

La mujer señaló con un gesto de la cabeza una cortina que había en la parte de atrás.

—Entrando por allí.

Peter arrojó unas cuantas monedas encima del mostrador y pasó a una salita que olía a gatos. Descolgó el auricular, llamó al Politigaarden y habló con Conrad.

—Creo que puedo haber encontrado el escondite de Arne. Número cincuenta y tres en St. Paul’s Gade. Coge a Dresler y Ellegard y venid aquí en un coche lo más deprisa que podáis.

—Enseguida —dijo Conrad.

Peter colgó y se apresuró a salir de la tienda. Había tardado menos de un minuto. Si alguien había salido de la casa durante ese tiempo, todavía debería ser visible en la calle. Peter miró en ambas direcciones. Vio a un viejo con una camisa sin cuello que paseaba a un perro artrítico, ambos moviéndose con penosa lentitud. Un brioso pony tiraba de una pequeña carreta en la que había un sofá con agujeros en el tapizado de cuero. Un grupo de muchachos estaba jugando al fútbol en la calle, utilizando una vieja pelota de tenis pelada con el uso. No había ni rastro de Arne. Peter cruzó la calle.

Mientras andaba, se permitió pensar por unos instantes en lo satisfactorio que sería arrestar al hijo mayor de la familia Olufsen. ¡Qué gran venganza supondría eso por la humillación que Axel Flemming había sufrido hacía ya tantos años! Al ser inmediatamente después de que el hijo menor hubiera sido expulsado de la escuela, el desenmascaramiento de Arne como un espía seguramente significaría el fin del prestigio del pastor Olufsen. ¿Cómo podría seguir predicando y pavoneándose cuando sus dos hijos habían tomado el mal camino? Tendría que renunciar a su cargo.

El padre de Peter se sentiría muy complacido.

La puerta del número cincuenta y tres se abrió. Peter deslizó la mano por debajo de la chaqueta y acarició la empuñadura del arma que llevaba en la pistolera mientras Arne salía de la casa.

Una oleada de exaltación se adueñó de Peter. Arne se había afeitado el bigote y cubierto sus negros cabellos con una gorra de obrero, pero Peter lo había conocido desde pequeño y lo reconoció inmediatamente.

Pasado un instante, el entusiasmo fue sustituido por la cautela. Cuando un policía intentaba hacer una detención en solitario solía haber problemas. La posibilidad de escapar resultaba muy tentadora al sospechoso que se enfrentaba a un solo agente. Ser un detective de paisano que carecía de la autoridad de un uniforme lo empeoraba todavía más. Si había una pelea, quienes pasaran por allí no tenían ninguna manera de saber que uno de los dos era policía, y podían llegar a intervenir poniéndose del bando equivocado.

Peter y Arne se habían peleado en una ocasión, hacía doce años, cuando sus familias se convirtieron en enemigas. Peter era más corpulento, pero Arne había llegado a ser muy ágil y fuerte gracias a todos los deportes que practicaba. No hubo ningún resultado claro. Habían intercambiado varios golpes y luego dejaron de pelear. En esos momentos Peter tenía una pistola. Pero Arne quizá también tuviera una.

Arne cerró la puerta de la casa dando un portazo y salió a la calle, echando a andar hacia Peter.

Cuando estuvieron un poco más cerca el uno del otro, Arne evitó mirarlo a los ojos y echó a andar por la parte interior de la acera, manteniéndose cerca de las paredes de las casas a la manera de un fugitivo. Peter iba por el lado del bordillo, observando furtivamente el rostro de Arne.

En cuanto estuvieron a unos diez metros de distancia, Arne lanzó un rápido vistazo de soslayo al rostro de Peter. Peter le sostuvo la mirada, vigilando atentamente su expresión. Vio un fruncimiento de perplejidad, y luego un destello de reconocimiento que fue seguido muy rápidamente por la conmoción, el miedo y el pánico.

Arne se detuvo, momentáneamente paralizado.

—Estás detenido —dijo Peter. Arne recobró parte de su compostura, y la familiar sonrisa despreocupada cruzó velozmente su rostro por un instante.

—Gengibre Pete —dijo, utilizando un apodo de la infancia. Peter vio que Arne se disponía a tratar de salir corriendo. Desenfundó su arma.

—Túmbate bocabajo con las manos detrás de la espalda.

Arne parecía sentirse más preocupado que asustado. En un momento de súbita intuición, Peter comprendió que Arne no tenía miedo del arma, sino de alguna otra cosa.

—¿Vas a disparar contra mí? —preguntó Arne en un tono desafiante.

—Si es necesario, lo haré —dijo Peter. Alzó el arma amenazadoramente, pero en realidad lo único que quería era capturar a Arne con vida. La muerte de Poul Kirke había puesto punto final a la investigación. Quería interrogar a Arne, no matarlo.

Arne sonrió enigmáticamente, y luego dio media vuelta y echó a correr.

Peter extendió el brazo que empuñaba el arma y tomó puntería a lo largo del cañón. Escogió como blanco las piernas de Arne, pero era imposible disparar de manera realmente precisa con una pistola y Peter sabía que podía darle a cualquier parte del cuerpo de Arne, o a ninguna. Pero Arne ya se estaba alejando, y las probabilidades de detenerlo que tenía Peter iban disminuyendo rápidamente con cada fracción de segundo que transcurría.

Peter apretó el gatillo.

Arne siguió corriendo.

Peter volvió a disparar repetidamente. Después del cuarto disparo, Arne pareció tambalearse. Peter volvió a disparar y Arne cayó, desplomándose en el suelo con el sordo estruendo de un peso muerto para quedar inmóvil sobre la espalda.

—Oh, Cristo, no, otra vez no —dijo Peter.

Echó a correr, todavía apuntando a Arne con el arma.

La figura yacía inmóvil sobre el suelo.

Peter se arrodilló junto a ella. Arne abrió los ojos. Su rostro estaba blanco por el dolor.

—Cerdo estúpido… Hubieses debido matarme —dijo.

Aquella tarde Tilde fue al apartamento de Peter. Llevaba una blusa nueva de color rosado con flores bordadas en los puños. Peter pensó que el rosa le sentaba bien. Realzaba su feminidad. Hacía calor, y Tilde no parecía llevar nada debajo de la blusa.

La acompañó a la sala de estar. La luz del atardecer entraba en ella, iluminando la sala con un extraño resplandor bajo el que los, muebles y los cuadros de las paredes parecían volverse levemente borrosos. Inge estaba sentada junto a la chimenea, contemplando la sala con su expresión vacía de costumbre.

Peter atrajo a Tilde hacia él y la besó. Ella se quedó paralizada por un instante, cogida por sorpresa, y luego le devolvió el beso. Peter le acarició los hombros y las caderas.

Entonces Tilde retrocedió y lo miró a la cara. Peter pudo ver deseo en sus ojos, pero había algo que la preocupaba. Tilde miró a Inge.

—¿Crees que esto está bien? —preguntó.

Peter le acarició los cabellos.

—No hables.

Volvió a besarla, ávidamente. Un nuevo apasionamiento se adueñó de ambos. Sin interrumpir el beso, Peter le desabotonó la blusa, poniendo al descubierto sus suaves pechos. Acarició la cálida piel.

Tilde volvió a apartarse de él, respirando entrecortadamente. Sus pechos subieron y bajaron mientras jadeaba.

—¿Y ella qué? —preguntó—. ¿Qué pasa con Inge?

Peter miró a su esposa. Inge los estaba mirando con ojos vacíos de toda expresión y sin mostrar la más mínima emoción, como siempre.

—Ahí no hay nadie —le dijo a Tilde—. No hay absolutamente nadie.

Ella lo miró a los ojos. Su rostro mostraba compasión y comprensión mezclada con curiosidad y deseo.

—Está bien —dijo—. Está bien.

Peter inclinó la cabeza sobre sus pechos desnudos.