23

El ejército alemán contaba con un millón de caballos. La mayoría de las divisiones incluían una compañía veterinaria, dedicada a curar a los animales enfermos y heridos, encontrar forraje y capturar a los caballos que habían huido. Una de esas compañías había sido enviada a Kirstenslot.

Aquello era el peor golpe de mala suerte posible para Harald. Los oficiales estaban viviendo en el castillo, y cosa de un centenar de hombres dormían dentro del monasterio en ruinas. Los viejos claustros adyacentes a la iglesia en la que Harald tenía su escondite habían sido convertidos en un hospital para caballos.

El padre de Karen había persuadido a la unidad para que no utilizara la iglesia propiamente dicha. Karen le había suplicado que negociara aquel punto, diciendo que no quería que los soldados dañaran los tesoros infantiles que había guardados allí. El señor Duchwitz le había hecho ver al oficial, el capitán Kleiss, que de todas maneras los trastos viejos almacenados dentro de la iglesia dejaban muy poco espacio utilizable. Después de echar una mirada a través de una ventana —con Harald ausente después de que le avisara Karen—, Kleiss había accedido a que la iglesia permaneciera cerrada. A cambio de ello, había pedido que se le cedieran tres habitaciones en el castillo para usarlas como oficinas, y el trato quedó cerrado.

Los alemanes eran educados, amables… y sentían curiosidad por todo. Además de todas las dificultades a las que se enfrentaba Harald para reparar el Hornet Moth, ahora tenía que hacerlo bajo las narices de los soldados.

Estaba desenroscando las tuercas que fijaban el eje doblado en forma de espoleta. Su plan consistía en soltar la sección dañada y luego pasar junto a los soldados sin ser visto e ir al taller del granjero Nielsen. Si Nielsen se lo permitía, lo repararía allí. Entretanto, la tercera pata intacta, con el amortiguador, sostendría el peso del avión mientras este permaneciera en tierra.

La rueda de frenado probablemente había quedado dañada, pero Harald no iba a preocuparse por los frenos. Estos se utilizaban principalmente cuando se rodaba por la pista, y Karen le había dicho que podía arreglárselas sin ellos.

Mientras trabajaba, Harald iba lanzando miradas a las ventanas, esperando ver en cualquier momento el rostro del capitán Kleiss mirando por ellas. Kleiss tenía una nariz muy grande y una barbilla bastante prominente, que le daban un aspecto belicoso. Pero no se acercó nadie, y pasados unos minutos Harald ya tenía en su mano el bastidor en forma de V.

Se subió a una caja para mirar por una ventana. El extremo este de la iglesia quedaba parcialmente tapado por un castaño que ahora se encontraba lleno de hojas. No parecía haber nadie en los alrededores. Harald pasó el bastidor por la ventana y lo dejó caer al suelo; luego saltó tras él.

Más allá del árbol podía divisar la gran extensión de césped que había delante del castillo. Los soldados habían levantado cuatro grandes tiendas y aparcado sus vehículos allí, jeeps y cajones para caballos y un camión cisterna lleno de combustible. Se veían unos cuantos hombres yendo de una tienda a otra, pero estaba atardeciendo y la mayor parte de la compañía se encontraba lejos en una misión u otra, llevando caballos a la estación o trayéndolos de ella, negociando con granjeros para obtener heno o tratando a caballos enfermos en Copenhague y otras ciudades.

Harald cogió el bastidor y se adentró rápidamente en el bosque.

Cuando doblaba la esquina de la iglesia, vio al capitán Kleiss.

El capitán era un hombretón con un aire agresivo, y permanecía inmóvil con los brazos cruzados y las piernas separadas mientras hablaba con un sargento. De pronto ambos se volvieron y miraron directamente a Harald.

Harald experimentó la súbita náusea del miedo. ¿Iba a ser atrapado tan pronto? Se detuvo, queriendo volver por donde había venido, y entonces comprendió que salir corriendo sería muy sospechoso. Titubeó y luego echó a andar hacia delante, consciente de que su conducta parecía culpable y de que llevaba consigo una parte del tren de aterrizaje de un aeroplano. Lo habían pillado con las manos en la masa, y lo único que podía hacer era salir del paso contando alguna mentira. Trató de sostener el bastidor de una manera lo más casual posible, de la misma manera en que hubiera podido llevar una raqueta de tenis o un libro.

Kleiss se dirigió a él en alemán.

—¿Quién eres?

Harald tragó saliva, intentando mantener la calma.

—Harald Olufsen.

—¿Y qué es eso que tienes ahí?

—¿Esto? —Harald podía oír los latidos de su propio corazón. Trató de pensar en alguna mentira plausible—. Es, hum… —Sintió que empezaba a sonrojarse, y en ese momento le salvó la inspiración—. Es parte del mecanismo de segado de una cosechadora.

Entonces se le ocurrió pensar que un muchacho de granja danés carente de educación no hablaría tan bien el alemán, y se preguntó nerviosamente si Kleiss era lo bastante sutil para detectar la anomalía.

—¿Qué le ocurre a la máquina? —preguntó Kleiss.

—Eh… Pues pasó por encima de una roca y se le dobló la estructura.

Kleiss le quitó el bastidor de entre los dedos. Harald esperó que no supiera qué era lo que estaba viendo. Aquel hombre se ocupaba de los caballos, y no había razón por la que debiera ser capaz de reconocer una parte del tren de aterrizaje de un avión. Harald dejó de respirar, aguardando el veredicto de Kleiss. Finalmente el capitán le devolvió el bastidor.

—Muy bien, sigue tu camino.

Harald entró en el bosque.

Cuando estuvo lo bastante lejos para que no pudieran verlo, se detuvo y se apoyó en un árbol. Había sido un momento horrible. Pensó que iba a vomitar, pero consiguió reprimir la reacción.

Se serenó. Podía haber más momentos como aquel. Tendría que acostumbrarse a ello.

Siguió andando. Hacía calor pero estaba nublado, una combinación veraniega lamentablemente familiar en Dinamarca, donde no había ningún sitio que estuviera lejos del mar. Cuando se aproximaba a la granja, Harald se preguntó hasta qué punto estaría enfadado el viejo Nielsen porque él se hubiera ido sin avisar después de haber trabajado solo un día.

Encontró a Nielsen en el patio de la alquería contemplando con expresión truculenta un tractor de cuyo motor estaba saliendo vapor.

Nielsen le lanzó una mirada hostil.

—¿Qué es lo que quieres, fugitivo?

Era un mal comienzo.

—Siento haberme marchado sin dar ninguna explicación —dijo Harald—. Me dijeron que tenía que regresar a la casa de mis padres, y no tuve tiempo de poder hablar con usted antes de que me fuera.

Nielsen no preguntó en qué había consistido la emergencia.

—No puedo permitirme pagar a trabajadores en los que no se puede confiar.

Sus palabras dieron un poco de esperanza a Harald. Si lo que preocupaba al temible viejo granjero era el dinero, podía quedárselo.

—No le estoy pidiendo que me pague.

Nielsen se limitó a soltar un gruñido, pero su expresión pareció volverse un poco menos malévola.

—¿Y qué es lo que quieres entonces?

Harald titubeó. Aquella era la parte más difícil. No quería contarle demasiado a Nielsen.

—Un favor —dijo.

—¿De qué clase?

Harald le enseñó el bastidor.

—Me gustaría utilizar su taller para reparar una parte de mi motocicleta.

Nielsen lo miró.

—Por Jesucristo que tienes mucha cara, muchacho.

Eso ya lo sé, pensó Harald.

—Es realmente muy importante —suplicó—. Quizá usted podría hacer eso en vez de pagarme el día que trabajé.

—Quizá podría. —Nielsen titubeó, obviamente reacio a ayudar en nada, pero su tacañería terminó pudiendo más que él—. Bueno, de acuerdo.

Harald ocultó su júbilo.

—Si antes arreglas este maldito tractor —añadió Nielsen.

Harald musitó una maldición. No quería desperdiciar ni un solo instante con el tractor de Nielsen cuando disponía de tan poco tiempo para reparar el Hornet Moth, pero después de todo solo se trataba de un radiador que hervía.

—De acuerdo.

Nielsen se fue en busca de alguna otra cosa de la cual pudiera quejarse.

El radiador no tardó en expulsar todo el vapor y Harald pudo examinar el motor. Enseguida vio que un manguito de goma se había agujereado justo donde se conectaba a un tubo, por lo que el agua salía del sistema de refrigeración. No había ninguna posibilidad de obtener un manguito nuevo para sustituirlo, naturalmente, pero por suerte el existente era lo bastante largo para que Harald pudiera cortar el extremo podrido y volver a conectarlo. Fue a buscar un cubo de agua caliente a la cocina de la alquería y volvió a llenar el radiador, sabiendo que pasar agua fría por un motor recalentado podía causarle graves averías. Finalmente puso en marcha el tractor para asegurarse de que la nueva conexión aguantaría. Lo hizo.

Luego pudo entrar por fin en el taller.

Necesitaba un poco de chapa de acero delgada para reforzar la parte del eje que se había roto. Ya sabía dónde obtenerla. En la pared había cuatro estantes metálicos, y lo que hizo Harald fue sacar todo lo que había en el estante de arriba y repartir las cosas en los tres estantes inferiores. Luego bajó al suelo el estante de arriba. Empleando la cizalla de Nielsen, recortó los bordes doblados del estante y luego cortó cuatro tiras.

Las utilizaría como si estuviese entablillando una fractura.

Metió una tira en un torno y fue dándole martillazos hasta convertirla en una curva que encajara con el tubo ovalado del bastidor. Hizo lo mismo con las otras tres tiras. Luego las soldó encima de las melladuras del bastidor.

Retrocedió para contemplar su obra.

—Feo, pero efectivo —dijo en voz alta.

Mientras regresaba al castillo por el bosque, pudo oír los sonidos del campamento: hombres llamándose los unos a los otros, motores poniéndose en marcha, caballos relinchando. Ya no faltaba mucho para que anocheciera, y los soldados volvían de sus deberes del día. Harald se preguntó si tendría problemas para volver a entrar en la iglesia sin ser visto.

Fue hacia el monasterio yendo por la parte de atrás. En el lado norte de la iglesia, un joven soldado estaba apoyado en la pared fumando un cigarrillo. Harald lo saludó con un gesto de la cabeza, y el soldado dijo en danés:

—Buenos días. Me llamo Leo.

Harald trató de sonreír.

—Yo soy Harald. Encantado de conocerte.

—¿Te apetece un cigarrillo?

—En otra ocasión, gracias. Ahora tengo mucha prisa.

Harald fue por aquel lado de la iglesia. Había encontrado un tronco que hizo rodar por el suelo hasta dejarlo debajo de una de las ventanas. Cuando llegó allí, se subió al tronco y miró dentro de la iglesia. Pasó el bastidor en forma de espoleta por aquella ventana que no tenía cristal y lo dejó caer encima de la caja que había debajo de la ventana en el interior. El bastidor rebotó en la caja y cayó al suelo. Luego Harald se metió por el hueco de la ventana.

—¡Hola! —dijo una voz.

El corazón de Harald dejó de latir, y entonces vio a Karen. Estaba junto a la cola, parcialmente oculta por el avión mientras trabajaba en el ala que tenía la punta dañada. Harald recogió el eje y fue a enseñárselo.

—¡Creía que este sitio estaba desierto! —dijo entonces una voz en alemán.

Leo se metió por la ventana y saltó al suelo. Harald lanzó una rápida mirada a la cola del avión. Karen había desaparecido. Leo miró; en torno a él, con más curiosidad que sospecha.

El Hornet Moth estaba cubierto desde la hélice hasta la cabina y las alas se encontraban dobladas hacia atrás, pero el fuselaje era visible, y la aleta de la cola podía ser divisada en el otro extremo de la iglesia. ¿Hasta qué punto era observador Leo?

Afortunadamente, el soldado parecía más interesado en el Rolls-Royce.

—Bonito coche —dijo—. ¿Es tuyo?

—Por desgracia no —dijo Harald—. La motocicleta sí que es mía. —Alzó el eje del Hornet Moth—. Esto es para mi sidecar. Estoy tratando de arreglarlo.

—¡Ah! —Leo no mostró ninguna señal de escepticismo—. Me gustaría ayudarte, pero no sé nada de maquinaria. Mi especialidad es la carne de caballo.

—Claro.

Él y Leo eran de la misma edad, y Harald sintió una súbita simpatía por aquel joven que se encontraba solo tan lejos del hogar. Pero aun así deseaba que Leo se marchara antes de que viese demasiado.

Entonces sonó un estridente silbato.

—Hora de cenar —dijo Leo.

Gracias a Dios, pensó Harald.

—Ha sido un placer hablar contigo, Harald. Espero que volvamos a vernos.

—Yo también.

Leo se subió a la caja y salió por el hueco de la ventana.

—Jesús —dijo Harald en voz alta.

Karen salió de detrás de la cola del Hornet Moth, visiblemente nerviosa.

—Ha sido un momento bastante desagradable, desde luego.

—No es que sospechase nada. Solo quería hablar.

—Dios nos guarde de los alemanes que quieren hacer amistades —dijo Karen con una sonrisa.

—Amén —dijo Harald. Le encantaba Karen cuando sonreía. Era igual que ver salir el sol. Contempló su cara durante tanto tiempo como se atrevió a hacerlo.

Luego se volvió hacia el ala en la que había estado trabajando Karen, y entonces vio que estaba reparando los desgarrones. Se acercó un poco más y se detuvo junto a ella. Karen llevaba los viejos pantalones de pana que parecían haber sido usados para trabajar en el jardín, y una camisa de hombre con las mangas enrolladas.

—Estoy pegando trozos de lino encima de las zonas dañadas —le explicó—. Cuando la cola esté seca, pintaré los remiendos para que el aire no pueda pasar por ellos.

—¿De dónde has sacado la tela, y la cola, y la pintura?

—Del teatro. Moví mis pestañas delante de uno de los que hacen los decorados.

—Bravo. —Obviamente a Karen siempre le resultaba muy fácil conseguir de los hombres cualquier cosa que ella quisiera, y Harald sintió celos de aquel hombre que hacía decorados—. ¿Y se puede saber qué es lo que haces en el teatro todo el día? —preguntó.

—Soy la suplente de la protagonista en Las sílfides.

—¿Llegarás a bailar en el escenario?

—No. Hay dos suplentes, así que las otras bailarinas también tendrían que caer enfermas.

—Qué pena. Me encantaría verte.

—Si lo imposible llega a suceder, tendrás una entrada. —Volvió a centrar su atención en el ala—. Debemos asegurarnos de que no hay roturas internas.

—Eso significa que tenemos que examinar los travesaños de madera que hay debajo de la tela.

—Sí.

—Bueno, ahora que disponemos del material necesario para reparar los desgarrones, supongo que podríamos cortar un panel de inspección en la tela y echar un vistazo dentro.

Karen no parecía muy convencida.

—De acuerdo…

Harald no creía que un cuchillo pudiera cortar con facilidad aquel lino tratado, pero encontró un formón bastante afilado en el estante de las herramientas.

—¿Dónde deberíamos cortar?

—Cerca de los travesaños.

Harald hundió el formón en la superficie. En cuanto la brecha inicial quedó hecha, el formón cortó la tela con relativa facilidad: Harald hizo una incisión en forma de L y luego dobló el faldón, tensándolo hacia atrás hasta obtener una abertura del tamaño apropiado.

Karen iluminó el agujero con una linterna, y luego se inclinó encima de él y miró dentro. Se tomó su tiempo, mirando de un lado a otro hasta que terminó sacando la cabeza y metió el brazo. Agarró algo y lo sacudió vigorosamente.

—Me parece que estamos de suerte —dijo—. No hay nada que se mueva.

Retrocedió y Harald ocupó su lugar. Metió la mano dentro del agujero, sujetó un travesaño y tiró de él. El ala entera se movió, pero Harald no percibió ninguna debilidad.

Karen se mostró muy complacida.

—Estamos haciendo progresos —dijo—. Si mañana puedo terminar con la tela, y tú puedes volver a poner el eje, la estructura estará completa salvo los cables que faltan. Y todavía disponemos de ocho días.

—En realidad no —dijo Harald—. Para que nuestra información surta algún efecto, probablemente necesitaremos llegar a Inglaterra como mínimo veinticuatro horas antes del bombardeo. Eso reduce el tiempo a siete días. Para llegar el séptimo día, tendremos que despegar la tarde anterior y volar durante la noche. Así que en realidad disponemos de un máximo de seis días.

—Bueno, entonces tendré que terminar con la tela esta noche —dijo Karen, consultando su reloj—. Será mejor que vaya a cenar a casa, pero volveré lo más pronto que pueda.

Guardó la cola y se lavó las manos en el fregadero, utilizando el jabón que había traído de la casa para Harald. Él la miró. Siempre lamentaba verla marchar. Pensó que le gustaría estar con ella durante todo el día, cada día. Supuso que esa era la sensación que hacía que la gente quisiera casarse. ¿Quería él casarse con Karen? Parecía una pregunta ridícula. Por supuesto que quería casarse con Karen. No le cabía la menor duda de ello. A veces intentaba imaginarse a los dos juntos después de muchos años, aburridos y hartos el uno del otro, pero le resultaba imposible. Karen nunca sería aburrida.

—¿Por qué, te has puesto tan pensativo? —le preguntó ella mientras se secaba las manos con una toalla.

Harald sintió que se sonrojaba.

—Me preguntaba qué nos reserva el futuro.

Karen le lanzó una mirada sorprendentemente directa, y por un instante Harald tuvo la sensación de que podía leerle la mente. Luego miró hacia otro lado.

—Un largo vuelo a través del mar del Norte —dijo—. Novecientos cincuenta kilómetros sin tomar tierra, así que más vale que nos aseguremos de que esta vieja cometa es capaz de hacerlo.

Fue a la ventana y se subió a la caja.

—No mires. Esta maniobra no es nada digna de una dama.

—No lo haré, lo juro —dijo él con una carcajada.

Karen se encaramó al hueco de la ventana. Faltando alegremente a su promesa, Harald contempló su trasero mientras ella pasaba por el hueco. Luego desapareció.

Concentró su atención en el Hornet Moth, pensando que no debería tardar demasiado en volver a colocar el eje reforzado. Encontró las tuercas donde las había dejado, encima del banco de trabajo. Se arrodilló junto a la rueda, encajó el eje en su sitio y empezó a asegurar las tuercas que lo mantenían unido al fuselaje y la montura de la rueda.

Estaba terminando cuando Karen volvió a aparecer, mucho antes, de lo que él había esperado.

Sonrió, complacido por lo temprano de su regreso, y entonces vio que Karen parecía estar muy afectada por algo.

—¿Qué ha pasado? —preguntó.

—Tu madre telefoneó.

Harald se enfadó mucho.

—¡Maldición! No hubiese debido decirle adónde iba. ¿Con quién habló?

—Con mi padre. Pero él le dijo que no estabas aquí, y ella parece haberle creído.

—Gracias a Dios —dijo Harald, alegrándose de que hubiera decidido no contarle a su madre que estaba viviendo en una iglesia abandonada—. ¿Y qué quería?

—Hay malas noticias.

—¿Cuáles?

—Es acerca de Arne.

Entonces Harald cayó en la cuenta, sintiéndose un poco culpable por ello, de que durante los últimos días apenas si había pensado en su hermano, que estaba languideciendo dentro de una celda.

—¿Qué ha ocurrido?

—Arne está… Ha muerto.

Al principio Harald no pudo aceptarlo.

—¿Muerto? —exclamó, como si no entendiera el significado de aquella palabra—. ¿Cómo es posible?

—La policía dice que se quitó la vida.

—¿Suicidio? —Harald tuvo la sensación de que el mundo se estaba derrumbando a su alrededor, con los muros de la iglesia cayendo y los árboles del parque desplomándose mientras el castillo de Kirstenslot era barrido por un terrible vendaval—. ¿Por qué iba a hacer eso?

—El superior de Arne le dijo que para evitar ser interrogado por la Gestapo.

—Para evitar… —Harald comprendió inmediatamente lo que quería decir aquello—. Arne temía no ser capaz de soportar la tortura.

Karen asintió.

—Eso fue lo que dio a entender.

—Si hubiera hablado, me habría traicionado.

Karen guardó silencio, ni mostrándose de acuerdo con él ni diciendo otra cosa.

—Se mató para protegerme. —Harald sintió una súbita necesidad de que Karen confirmara su deducción y la agarró por los hombros—. Estoy en lo cierto, ¿verdad? —gritó—. ¡Sí, tiene que ser eso! ¡Arne lo hizo por mí! Di algo, por el amor de Dios.

Finalmente Karen habló.

—Creo que tienes razón —susurró.

En un instante la ira de Harald se transformó en una pena que se adueñó de todo su ser y perdió el control. Las lágrimas inundaron sus ojos, y los sollozos hicieron temblar su cuerpo.

—Oh, Dios —dijo, y se cubrió con las manos el rostro mojado—. Oh, Dios, esto es horrible…

Sintió que los brazos de Karen lo rodeaban. Su mano fue haciéndole bajar la cabeza hasta dejársela delicadamente apoyada en el hombro. Las lágrimas de Harald empaparon sus cabellos y bajaron por su garganta. Karen le acarició el cuello y le besó la cara.

—Pobre Arne —dijo Harald, con su voz enronquecida por la pena—. Pobre Arn…

—Lo siento —murmuró Karen—. Mi querido Harald, lo siento tanto…