Epílogo
Tres meses después de la boda de Jilly, llegó un mensaje de correo electrónico de Shelly. Hallie contuvo el aliento.
—Braden y ella han fijado la fecha de la boda para el próximo enero y quiere que sea su dama de honor.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Jamie.
—Rechazar la proposición, claro. Solo me lo ha pedido para que me encargue de todo el trabajo de la boda mientras ella no mueve ni un dedo. Ni de coña.
—Tener familia no es vivir felices para siempre como en los cuentos —señaló él—. Creo que deberías pensar con calma lo que quieres hacer.
Hallie supuso que era un buen consejo, de modo que durante tres días no pensó en otra cosa. El primer día solo sintió rabia. ¡Pues claro que iba a rechazar la petición! ¿Cómo se atrevía Shelly a pedírselo siquiera? Pero el segundo día, empezó a analizar las repercusiones de sus actos. Si asistía a la boda de Shelly y de Braden, ¿lo haría con el corazón cargado de rabia? ¿Se merecía Braden algo así? ¿Lloraría la madre de Braden por el espanto que suponía que se casase con alguien como Shelly?
El tercer día, Hallie supo que tenía que esforzarse por alcanzar cierta paz. Dejó a Jamie en Nantucket y voló a Boston para regresar a su casa. Las cosas estaban peor de lo que se había imaginado. La madre de Braden parecía tan apática que rozaba la depresión. Estaba convencida de que su hijo iba a arruinarse la vida... y lo decía con frecuencia. Braden trabajaba dieciséis horas al día para no tener que pensar en sus problemas personales. Y, según él, Shelly vivía aterrada por el miedo de que cortase con ella en cualquier momento. Nada de lo que le decía la tranquilizaba.
Hallie decidió que tenía que ayudar a Braden y a su madre. Lo primero fue pasar horas hablando con Braden. Quería asegurarse de que estaba enamorado de Shelly, no colgado de su aspecto. Descubrió que llevaba años enamorado de ella y, además, Braden le contó que Shelly estaba marcada por su niñez. Necesitó un par de días y muchas conversaciones telefónicas con Jamie, pero acabó por aceptar esa nueva información.
Hallie sopesó la idea de sentarse con su hermanastra y tener una conversación sincera. Pero ¿en qué consistiría? ¿En sacar a la luz años de acusaciones? Sería algo como un tira y afloja lleno de frases del estilo: «¡Me rompiste la muñeca!», «¡Tus abuelos te querían a ti, pero no a mí!», «¡Me robaste el novio!» y «¡Tú podías jugar cuando éramos pequeñas, pero yo no!».
No, así no conseguiría nada.
Tras unas largas charlas con Jamie, seguidas de otras cuantas con su tía Jilly, Hallie decidió usar la inminente boda para tender un puente entre ambas partes.
Hallie fue a ver a la madre de Braden e interpretó el papel de su vida. Se llevó consigo un montón de revistas de novias y, llorando a lágrima viva, le dijo que Shelly quería que planificase su boda, pero que no tenía ni idea de cómo hacerlo.
En cuestión de diez minutos, la señora Westbrook estaba organizando una boda. Hallie tardó dos días en conseguir que Shelly ocupase su lugar. La madre de Braden y ella se obsesionaron con las flores, las tartas, los vestidos e incluso con la pedrería de los zapatos. Cuando Shelly le dijo a su futura suegra que estaba ansiosa por tener un niño enseguida, la paz se firmó para siempre.
Durante la calma que siguió, Braden llamó a Hallie y le dijo:
—Te quiero.
Hallie se echó a reír.
—Bueno, ¿qué serán al final: peonías o rosas?
—¿Qué más da? De verdad, Hallie, mi madre y Shelly salen de compras juntas y hablan de niños y... —Inspiró hondo—. Gracias.
—Lo que he hecho no es nada al lado de todo lo que tu madre y tú hicisteis por mí. ¿Amigos?
—Para siempre —aseguró Braden.
En cuanto terminó de hablar con Braden, llamó a Jamie.
—Mañana vuelvo a casa.
Jamie solo atinó a exclamar:
—¡Sí!
Mientras regresaba a Nantucket, supo que estaba liberándose de una vida de rabia y de resentimiento. No creía que Shelly y ella pudieran llegar a ser grandes amigas, pero tampoco habría mala sangre entre ellas. Pasarían vacaciones juntas e intercambiarían triunfos y fracasos. De alguna manera, conseguirían dejar atrás el pasado.
Esa noche, mientras estaba en la cama con Jamie, le contó todo lo que estaba sintiendo.
—Es lo normal en una familia —dijo él.
A medida que se acercaba el invierno, Hallie y Jamie empezaron a hablar del futuro. No habían tomado una decisión acerca de dónde vivirían o de si Jamie volvería a ejercer la medicina o cómo Hallie iba a trabajar. ¿Debería montar una clínica privada? ¿Trabajar en un hospital? Cada vez hacía más frío en la isla y sabían que muchas de las tiendas y de los servicios dejarían de funcionar. No habría mucho trabajo para Hallie.
Una noche, estaban sentados en la cama, cada uno con su portátil en el regazo.
—¡La madre que...! —exclamó Jamie con los ojos abiertos como platos.
Hallie lo miró.
—¿Qué pasa?
Jamie giró el portátil para que pudiera ver. En la pantalla, había una foto de una casa con un gran porche y una habitación acristalada.
—¿Es la de tu sueño?
—Sí —contestó Jamie y se miraron a la cara—. Es justo como la había imaginado.
Sin necesidad de decirlo, los dos sabían quiénes estaban detrás de todo eso. Tras llevar meses en la casa, ya no comentaban lo que hacían las Damas del Té. Habían invitado a cenar a Caleb y a Victoria Huntley en un par de ocasiones, y Caleb hablaba de las damas como si las conociera en persona. Jamie y Hallie pasaron un fin de semana largo en Colorado con su familia, y Caleb les preguntó si podía cuidarles la casa. Más tarde, les dijo que fue un placer visitar a las damas.
A esas alturas, Hallie y Jamie ya estaban tan acostumbrados a que las cosas se movieran, a que la labor del bastidor se bordara sola, a que las puertas se abrieran y se cerraran de repente, que no ponían en tela de juicio una simple conversación.
Leland la había visitado en una ocasión y a Hallie le había encantado conocerlo mejor. Leland llegó con una caja llena de información acerca de lo que le sucedió a su antepasado una vez que lo obligaron a dejar Nantucket. Era la historia de un hombre con el corazón roto que nunca se llegó a recuperar.
Los tres extendieron los documentos en las mesas del salón del té, apagaron las luces y se fueron. A la mañana siguiente, todo estaba bien apilado en una mesa, pero faltaba una foto de Leland, ya de anciano. Había una tarjeta junto a los documentos. Escrito en ella, con una preciosa caligrafía antigua podía leerse:
Gracias, Juliana Hartley
Jamie y Hallie creían que la tarjeta era un detalle muy tierno, pero Leland dijo:
—Necesito un trago.
Durante el resto de su visita, Hallie y Jamie evitaron hablar de los espíritus que vivían en la casa.
Hallie miró la fotografía de la casa que había en la pantalla.
—Me gusta. ¿Qué opina el tío Kit al respecto?
Jamie leyó el mensaje de correo electrónico.
—Se ha comprado un caserón viejo en un pueblecito de Virginia. Dice que cuando vio la casa, y descubrió que estaba a la venta, se acordó de nosotros. —Leyó un poco más del mensaje—. Ah, aquí está. Sabía que el tío Kit tenía un motivo oculto. Dice que el pueblo solo cuenta con un médico. Tenía dos, un padre y un hijo, pero el año pasado el padre murió. Ahora el hijo tiene que trabajar muchas horas y necesita ayuda. —Miró a Hallie—. El tío Kit dice que el pueblo está junto a un enorme lago con muchas casas. Según él, hay muchas lesiones de gente que se queda sentada todo el invierno, pero que se creen adolescentes cuando llega el verano. Dice que una clínica de fisioterapia les iría estupendamente. —Jamie la miraba con expresión intensa—. ¿Qué te parece?
—Me gusta mucho la idea —contestó ella—. ¿Qué te parece a ti? ¿Crees que estás preparado para ejercer la medicina de nuevo?
—Creo que podría intentarlo. Al menos, a tiempo parcial. —Hizo una pausa y la miró—. Si tú estás conmigo para ayudarme, claro.
—Sí —contestó ella con expresión seria—. Iré donde quieras ir. O me quedaré aquí contigo.
Se miraron un momento antes de apartar los portátiles y lanzarse el uno a los brazos del otro.
Sabían que, fueran adonde fuesen, hicieran lo que hiciesen, querían estar juntos.