15

 

 

Hallie se despertó presa del pánico. ¡No había ido a tranquilizar a Jamie a las dos de la madrugada! Estaba en un tris de saltar de la cama cuando recordó que se había ido con el tío Kit después de la cena.

Era demasiado temprano, de modo que se quedó en la cama, abrazó la almohada y recordó lo sucedido durante la cena. Las Damas del Té se convirtieron en las protagonistas de la velada, ya que cada uno de ellos contó lo que había experimentado al respecto.

Jilly demostró ser un público maravilloso. No dejó de expresar su sorpresa o su alegría por todo lo que se revelaba.

Hallie describió su sueño y les enseñó los retratos que había ocultos tras la enorme vitrina.

—¿¡Habíais oído algo semejante!? —preguntó ella.

—Pues Toby y Graydon... —dijo Jilly, que dejó la frase en el aire—. No, da igual.

Jamie les contó que había visto el fantasma de una muchacha muy guapa y que había escuchado «Juliana ha muerto», pero no dijo que fue Hallie quien pronunció esas palabras. Eso hizo que Jamie y Hallie les contaran la historia de Caleb acerca del motivo por el que las jóvenes se convirtieron en fantasmas.

—Me gustaría leer los documentos que cuentan la historia —dijo Hallie.

—Dudo mucho que haya alguno —replicó Jilly.

Los otros tres la miraron con expresiones penetrantes, pero ella se limitó a sonreír.

—Kit comentó algo de una caja que habías encontrado.

Hallie se levantó y sacó la antigua caja de madera del estante para dejarla en mitad de la mesa.

—No la he abierto. Jamie estaba... —Se interrumpió. No había necesidad de mencionar el ataque de pánico de Jamie.

Sin embargo, Jamie estaba en familia.

—No tuvo tiempo de abrir la caja porque yo estaba desquiciado, arrastrándome por el suelo presa del pánico —les explicó él—. La vieja historia de siempre.

Kit y Jilly lo miraron con expresiones compasivas... algo que inquietó a Hallie.

—Lo raro de los ataques de pánico de Jamie es que darle abrazos y besos es lo único que lo calma. Empiezo a preguntarme si no se los inventa.

Hallie seguía de pie y, por un segundo, los tres la miraron sin dar crédito. Kit fue el primero en echarse a reír, seguido de Jilly. Jamie le tomó la mano y le besó la palma.

Después de eso, no quedó ni rastro del malhumor de Jamie.

Durante los postres, Kit les enseñó la tarjeta que estaba dentro del sobre dirigido a su nombre. «Encuéntralos», decía la preciosa caligrafía.

Se pasaron la tarjeta de unos a otros, pero ninguno sabía a qué se refería.

—¿A quiénes tenemos que encontrar? —preguntó Hallie.

—¿Quién ha desaparecido? —quiso saber Jamie a su vez, pero Kit se quedó callado.

La caja estaba llena de recetas, y parecían extenderse a lo largo de varios siglos y de varios continentes.

—¡Mira! —le dijo Hallie a Jamie al tiempo que sostenía una tarjeta amarillenta—. Es la receta de esas galletas que tanto te gustan. —El comentario hizo que se pusieran a hablar de las maravillosas comidas que Edith les dejaba—. Tienen calorías por un tubo —aseguró Hallie—, pero nos lo comemos todo.

—No veo que te sienten mal —repuso Jamie—. Ese vestido te quedaba muy ceñido.

—Lo sé. Creo que es por todo el trabajo con tus primos desnudos. Conseguir relajar los tensos músculos de Raine seguramente queme unas dos mil calorías.

Jamie gimió.

—¿Veis lo que tengo que aguantar?

Hallie vio de soslayo que Kit y Jilly se miraban con una sonrisa.

Con todo, fue una velada estupenda... y Jamie accedió a que su querida tía Jilly se quedase a pasar la noche. Kit dijo que llevaría a Jamie a una casa donde podría dormir.

—Te veré mañana para la boda —dijo Hallie cuando se despidieron en la puerta.

—Sí —replicó Jamie con voz titubeante—. Puede. —Antes de que ella pudiera preguntarle qué quería decir, se volvió hacia Kit—. Será mejor que nos vayamos.

Kit se llevó a Jamie en el coche de Hallie, mientras que Jilly se quedaba en la casa. Hallie miró a la otra mujer y la mandó a la cama.

—Pero debería ayudarte a limpiar.

—De eso nada —sentenció Hallie, que se quedó de pie mientras la observaba subir la escalera.

Cuando Jilly desapareció de su vista, Hallie regresó al salón del té y comenzó a recoger los platos. La casa estaba sumida en un extraño silencio y deseó que Jamie estuviera con ella. Le gastaría bromas, de modo que la tarea sería mucho más amena.

Casi había terminado cuando se sentó en el sofá y enterró la cara en las manos. ¡Había sido un día larguísimo! Ver las cicatrices de Jamie, huir de él y cabrearse mucho para después... para después sentir esos labios sobre los suyos, ese cuerpo desnudo contra el suyo. Luego, tendidos en el sofá con las piernas entrelazadas mientras la tormenta rugía en el exterior y el fuego crepitaba dentro. Recordó el ataque de pánico de Jamie y lo inútil que ella se había sentido, pero, al mismo tiempo, Jamie había logrado que se sintiera necesitada.

Echó un vistazo por la estancia. El fuego casi se había consumido, casi todas las velas estaban apagadas y los platos de la mesa estaban vacíos.

¿Por qué se había cabreado tanto Jamie por Braden? Jamie debía de saber que lo que estaba sucediendo en ese momento era temporal. Era una fantasía. El ambiente romántico de una casa antigua con sus preciosos fantasmas, los guapísimos hombres que pululaban por la zona, las comilonas que parecían salir de la nada... No era real.

No dejaba de pensar en la vida que llevó con sus abuelos. Había sido alegre, feliz y despreocupada. Pero todo terminó de golpe un día.

No le cabía la menor duda de que cuando la rodilla de Jamie se curase, él también se iría.

Se puso en pie y se detuvo junto a la mesa. Estaba demasiado cansada para terminar. Ya lo recogería por la mañana. Apagó las pocas velas que quedaban encendidas y subió a su dormitorio. Diez minutos después, dormía como un tronco.

En ese momento, ya había amanecido y deseaba poder quedarse en la cama, pero escuchó cómo corría el agua por las cañerías y supo que Jilly ya se había despertado. Debería comprobar que estaba bien.

Se vistió a toda prisa y atravesó la sala de estar. El dormitorio tenía la puerta abierta y Jilly estaba metiéndose en la cama de nuevo.

—Buena idea —dijo ella, y Jilly señaló con un gesto de la cabeza el otro lado de la cama.

Hallie rodeó la cama y se tendió sobre la colcha junto a Jilly.

—Creo que es la primera mañana que me parece real que vaya a tener otro bebé —dijo Jilly.

—¿No lo habías planeado?

—Tengo cuarenta y tres años. No, no lo había planeado.

Las dos volvieron la cabeza y se miraron con una sonrisa.

—Haces que me acuerde de mi hija —comentó Jilly—. Ya está en la universidad y no necesita a su madre. ¿Qué me dices de ti?

—No recuerdo a mi madre, pero disfruté de una abuela joven y vital, y con eso me bastó. ¿Se alegrará Ken cuando se lo digas?

—Estará en el séptimo cielo. Su primera mujer, Victoria, y él solo tuvieron una hija. ¿Conoces a alguno de los dos?

—No. Parece que solo conozco a hombres guapos y altos que se quitan la ropa nada más verme.

Jilly se echó a reír.

—Todos menos Jamie.

Hallie gimió.

—¡Conseguir que se quitara la ropa fue una hazaña! Me entraron ganas de estrangular a Todd. ¿Por qué le caigo tan mal?

—Solo quiere proteger a su hermano. Cuando Jamie le dijo que iba a alistarse en el ejército para servir en Afganistán, Todd casi se volvió loco. Le aterraba la idea de perder a Jamie.

—Pero ¿Todd no corre el riesgo de recibir un balazo en su trabajo?

—Si me estás pidiendo que te explique la lógica masculina —repuso Jilly—, no puedo complacerte. Todd quería ser policía o sheriff desde pequeño. Todos los Halloween se disfrazaba de lo mismo. Cuando era niño, Cale le compró la colección completa de vídeos de Mayberry. Los veía mientras Jamie veía dibujos animados.

—¿No veía vídeos de soldados?

—No —contestó Jilly—, y creo que en parte por eso Todd se alteró tanto. Es un hombre muy puntilloso. No le gustan las sorpresas. —Miró a Hallie—. ¿Estás preparada para el día de hoy?

—Eso creo. No le he dado muchas vueltas. Jamie y yo hemos estado tan ensimismados con los fantasmas que apenas hemos hablado de la boda de su primo. Parece mucho trabajo montar una tele exclusivamente para verlo en vivo. Supongo que los novios han contratado a profesionales para hacerlo.

Jilly enarcó una ceja y miró a Hallie.

—No tienes ni idea, ¿verdad? ¿Nadie te lo ha dicho?

—Se ve que no, porque no tengo la menor idea de lo que dices.

Jilly se recostó en la cama.

—Si no fueran tan grandes, les daba una azotaina a mis sobrinos. ¿Por dónde empiezo? Durante la Segunda Guerra Mundial, J. T. Montgomery se casó con la princesa Aria de Lanconia, y juntos se convirtieron en reyes. Cuando su hijo tenía cuarenta años, abdicaron y le cedieron el trono.

Hallie miraba a Jilly sin dar crédito mientras empezaba a comprender dónde acabaría la historia.

—Graydon Montgomery, el novio, es el nieto de J. T.

—Oh —dijo Hallie—. Oh.

—Eso mismo —repuso Jilly—. Es una boda real. Graydon se convertirá en el próximo rey de Lanconia y Toby será la reina. ¿Y nadie te lo ha contado?

—No me han dicho ni media palabra.

—Entiendo la postura. Para ellos, Graydon solo es uno más de los chicos que ven en verano. La familia se mueve entre Maine y Colorado. Solemos dejar las puertas abiertas y tener mucha comida, y los niños corretean a sus anchas. Supongo que es un poco caótico.

—Me parece el paraíso —repuso Hallie, que seguía pensando en la boda—. He invitado a Adam y a los demás a ver la boda aquí. ¿Cuántos crees que aparecerán?

Jilly tardó un momento en contestar.

—Respetarán las necesidades de Jamie, así que no habrá demasiados.

—¿Solo los hombres que pueden lidiar con él físicamente si... si algo sucede?

—Sí —contestó Jilly, que miraba el ceño fruncido de Hallie—. Por favor, dime qué piensas.

—Con razón Jamie se enfada con sus primos —dijo Hallie—. Seguro que sabe el motivo por el que solo se acercan a él los jóvenes más fuertes. Y los dos pequeños a los que pueden quitar de en medio antes de que vean algo. Supongo que por eso aparecieron todos cuando los niños se metieron en la cama con nosotros. —Cerró los ojos.

—¿Estabas en la cama con Jamie? —preguntó Jilly.

Hallie agitó una mano.

—No es lo que piensas. Fue cosa de sus pesadillas. —Estaba pensando en todo lo que había averiguado.

—Hallie, no quiero ponerme pesada contigo, pero si Jamie y tú vais a tener relaciones sexuales, tienes que usar protección.

—¿Tiene alguna enfermedad de transmisión sexual?

—No, es imposible. El hospital lo comprobó todo y desde que salió no ha tenido... Siento tener que revelar secretos. No, el problema es que los Taggert parecen ser muy fértiles. Yo soy un ejemplo. Cale jura y perjura que sus dos pequeños fueron concebidos porque mi hermano y ella compartieron una cuchara. No es asunto mío, pero a veces, con la emoción del momento, la gente puede olvidarse de ciertas cosas.

Hallie soltó el aire que había estado conteniendo.

—Ya. Las toallas se caen al suelo y, de repente, tienes delante toda esa piel cálida y dorada.

—Lo entiendo perfectamente —aseguró Jilly—. Un hombre sale de la ducha con una barba de dos días y, de repente, te alegras muchísimo de haber lavado la alfombra del baño, porque la tienes contra la espalda.

—¿Qué tienen los músculos de los hombres que están conectados directamente con las rodillas de las mujeres? Si flexionan un bíceps, allí que se dobla una rodilla.

—Ken puede mirarme por encima de una taza de café y ya estoy de espaldas. Es como si mi mente se fuera de vacaciones.

—Creo que está relacionado con la procreación —le dijo Hallie.

—Si las mujeres no disfrutáramos del aspecto de los hombres y solo pudiéramos escucharlos, no nacerían niños en la vida —sentenció Jilly.

Hallie se echó a reír.

—Creo que tienes razón.

—No quiero ser cotilla, pero ¿se han caído muchas toallas delante de ti? —preguntó Jilly.

—Esto... —dijo Hallie.

—¿Hay alguien por ahí? —preguntó una voz masculina desde la planta baja—. Tenemos comida.

—Y cerveza —añadió otra voz.

Hallie se sentó en la cama.

—No hace falta que te vistas a la carrera. Yo me encargo de los hombres.

—Se te acaba de iluminar la cara —dijo Jilly—. ¿A quién esperas ver en la planta baja?

El primer instinto de Hallie fue contestar con la verdad, pero luego dijo:

—A Max.

Acto seguido, salió corriendo del dormitorio. Se metió en su propio baño y se maquilló con la esperanza de no parecer que iba maquillada.

Hizo ademán de coger las tenacillas del pelo, pero no lo hizo. En cambio, se recogió la melena en una coleta. «Con el pelo liso y recogido», en palabras de Jamie.

Raine la esperaba al pie de la escalera, con una sonrisa. ¡Menuda estampa para despertarse por las mañanas! «Músculos masculinos y rodillas femeninas», pensó.

—Buenos días —lo saludó.

Raine le colocó las manos en la cintura y la levantó los dos últimos escalones.

—Buenos días. La tía Cale ha hablado con tu primo, Leland, y vendrá para la boda de la tía Jilly.

—Es estupendo —replicó Hallie—. Por favor, dale las gracias de mi parte.

Adam rodeó a Raine.

—Estas son de anoche. A ver qué te parecen. —Le ofreció una galleta, pero cuando Hallie intentó cogerla, la apartó. Tuvo que probarla directamente de su mano.

Ian llegó por la espalda de Hallie.

—Prueba esto. —Sostenía en alto una copa para que bebiera. Era de un vino blanco afrutado.

—¡Delicioso!

—¡Hallie! —gritaron Max y Cory mientras corrían hacia ella a toda velocidad.

Raine los atrapó del cuello de la camiseta y solo los soltó cuando dejaron de moverse.

Cuando Hallie se agachó, los dos niños la abrazaron.

—Mamá ha dicho que podemos quedarnos solo si tú dices que vale —anunció Cory.

—Vale, claro que vale. Pero tenéis que decirme quién es quién en la boda. No conozco a ninguno.

Ian y Adam se habían ido, pero Raine seguía de pie a su lado, mirándola con una sonrisa.

—Hay gente a la que no conocemos —dijo Cory con seriedad—. El tío Graydon es un Montgomery, pero no vive en Maine. —Lo dijo como si fuera una cosa rarísima.

Max se inclinó para hablarle a Hallie al oído.

—Jamie no está —susurró el niño.

—¿Eso te pone triste? —le preguntó Hallie, que también susurró.

—Sí. Nuestro hermano estuvo a punto de morir. Lo vimos en el hospital, y papá y mamá lloraron mucho.

Cory se apartó y Hallie abrazó al niño pequeño.

—Jamie ya está mejor, ¿a que sí?

Max se apartó un poco para mirar a Hallie, de modo que su carita quedó muy cerca de la de ella.

—Mi madre dice que tú haces reír a Jamie y que te quiere por eso.

—¿En serio?

—¡Max! —gritó Cory—. Papá ha mandado magdalenas y dice que no se lo digas a mamá. —Los niños se alejaron corriendo.

Hallie se puso en pie y miró a Raine.

—Abandonada por las virutas de chocolate.

Raine se inclinó y le dio un beso en la mejilla.

—Todos te damos las gracias —dijo en voz baja antes de apartarse—. Ven a comer, anda, y luego veremos cómo se casa un Montgomery.

Lo dijo como si el evento le pareciera un imposible.

—A veces, cuando besas a una rana, se convierte en príncipe —dijo ella.

Raine se echó a reír.

—Lo del príncipe no lo sé, pero que hay ranas, seguro.

Durante la siguiente hora, hubo tal bullicio que Hallie no tuvo tiempo de pensar. Otro Montgomery, llamado Tynan, y un Taggert, llamado Roan, aparecieron, los dos jóvenes y guapísimos. Una parte de Hallie se molestó al ver que no aparecía ninguna mujer.

Cuando preguntó por ellas, Roan dijo:

—Creo que se están haciendo la manicura y arreglándose el pelo. Hemos decidido dejarlas tranquilas.

Adam se inclinó hacia ella para susurrarle:

—Es joven. Las mujeres están dándole al tequila y leyendo libros guarros. Nos han desterrado. No estamos a la altura de sus fantasías.

Hallie seguía riendo por esa imagen cuando Jilly bajó la escalera.

—Creo que me voy a Kingsley House. Mis hermanos han montado una pantalla para que Kit y yo, así como otras personas más tranquilas, veamos la boda. Puedes venir si te apetece.

—No, me quedo —replicó Hallie.

Jilly la miró con expresión penetrante.

—Si quieres ver a Jamie, creo que no va a aparecer por aquí. Hay demasiado ruido y demasiada gente para él. Podrías ir adonde está, pero te perderías la boda.

—Quiero verla.

—¡Tía Jilly! —exclamó Ian, que la alzó en volandas y empezó a hacerla girar—. ¿Vas a bailar conmigo en tu boda?

—¿Y conmigo? —preguntó Adam en cuanto Ian la dejó en el suelo. Adam empezó a bailar con ella por la estancia. La condujo a través de la enorme despensa hasta el salón del té.

Hallie los siguió y se llevó una grata sorpresa al ver que alguien había recogido lo que quedaba de la cena de la noche anterior. Las mesas estaban replegadas contra la pared.

Raine atrapó a Hallie entre sus brazos y comenzó a bailar con ella, dando vueltas. Para ser tan grande, se movía pero que muy bien. Empezó a sonar la música y Hallie fue pasando de unas manos a otras. ¡No dejaba de reír y se lo estaba pasando en grande!

—La boda está a punto de empezar —anunció alguien, y todos pasaron al salón, menos Jilly, que se escabulló por la puerta lateral.

Condujeron a Hallie al sofá que había justo delante del enorme televisor. Adam estaba a punto de sentarse a un lado y Raine al otro cuando los niños se abalanzaron corriendo y ocuparon dichos sitios.

—¡Mocosos! —exclamó Adam—. ¿No es hora de que os vayáis a la cama?

—Es de día y soy capaz de correr más que tú —dijo Cory.

—Y yo soy capaz de nadar más que tú —replicó Adam mientras se sentaba al lado de la niña. Le dio un beso en la coronilla... y se tuvo que limpiar la boca—. Tienes arena en el pelo.

—Hace que los chicos me dejen tranquila —repuso Cory.

—Tengo que recordar el truco —dijo Hallie.

—A ti no te funcionaría —le aseguró Raine en voz baja, sin apartar la vista de la tele.

—¡Roan! —gritó Adam por encima del respaldo del sofá—. Palomitas. —Miró a Hallie—. Es para lo único que sirven los críos como él.

—A mí no se me ocurre que pueda hacer otra cosa —replicó ella.

—¡Mirad! Es Graydon —chilló Cory mientras señalaba con la mano.

En la pantalla, había aparecido una foto de dos personas guapísimas. Graydon era alto y de pelo oscuro, mientras que su novia, Toby, era alta y rubia.

—Son guapísimos —dijo Hallie.

—Graydon es un Montgomery —explicó Ian con orgullo.

El comentario le valió que le tirasen palomitas.

Se pasaron casi una hora viendo cómo llegaban los invitados a la enorme catedral de Lanconia, donde se celebraría la boda. El presentador fue diciendo los nombres de los diplomáticos y de los embajadores a medida que fueron llegando. Cuando se trataba de invitados a título personal, todo el mundo hizo comentarios y dio explicaciones.

—¡Es el señor Huntley! —exclamó Hallie, que abrió los ojos como platos—. ¿¡Quién es la mujer que lo acompaña!?

—Es su mujer, Victoria —contestó Adam en voz baja, y se hizo un repentino silencio en la habitación.

Victoria Huntley era una mujer deslumbrante. Llevaba un vestido verde que se ajustaba a las estupendas curvas de su cuerpo. Un sombrerito perfecto decoraba su magnífico pelo rojo.

—Es despampanante —dijo Hallie. Al ver que nadie respondió al comentario, miró a su alrededor. Todos los hombres de la sala, incluso Max, miraban a la mujer con los ojos abiertos de par en par y completamente atónitos.

Hallie y Cory se miraron con cara de asco. Cory cogió el mando a distancia y apagó la tele.

—¡Vaya!

Cuando los hombres comenzaron a gritar y a buscar el mando para encender la tele, Hallie y Cory chocaron los cinco.

Junto a ellos, Raine y Adam se reían en silencio.

Hallie vio que Todd entraba por la puerta de la cocina. Al mirarla, le hizo un gesto con la cabeza, pero no saludó mientras se dirigía al fondo del salón del té y se sentaba en la vieja silla del escritorio.

Cuando Hallie vio a Jared y a su mujer en la tele, se quedó de piedra. Alix era guapa, pero también parecía muy lista. No era la clase de mujer que había pensado que querría pescar a un famoso arquitecto. Cuando Alix se volvió un poco, Hallie se dio cuenta de que estaba embarazada.

—Otra más —dijo Hallie, más para sí misma.

Sin embargo, Raine la oyó y, durante un segundo, la miró como si intentase averiguar qué había querido decir. Devolvió la vista a la tele y justo antes de llevarse una palomita a la boca, preguntó:

—¿La tía Jilly está bien?

—Sí, sí —contestó Hallie.

Raine no la miró de nuevo, pero a juzgar por la sonrisa que esbozó, Hallie supo que había averiguado el estado de su tía. Raine y ella compartían un secreto.

Cuando los invitados por fin estuvieron sentados, llegaron el novio y su hermano. Los dos lucían uniformes azul oscuro, resplandecientes por los botones dorados y las charreteras.

—Hombres de uniforme —dijo Hallie con un suspiro.

—Jamie tiene un uniforme —comentó Max.

—Supongo que sí —repuso Hallie, que sonrió por la imagen.

A Graydon y a su hermano, Rory, se les unió otro hombre muy alto, con piel dorada como la miel y pelo negro. Andaba con un paso muy majestuoso.

—Es Daire —dijo Raine—. Es lanconiano.

—Bonito país —repuso Hallie con admiración.

Los tres hombres recorrieron el largo pasillo hasta el altar de la impresionante catedral. Había tantas flores que Hallie casi se imaginaba oliéndolas. A continuación, aparecieron las dos damas de honor, una mujer muy alta con una larga melena negra y otra más bajita pero muy guapa.

—Lorcan y Lexie —explicó Adam—. Lexie y Toby vivían juntas en la casa que hay al final de la calle.

La imagen se trasladó a un hombre alto y de pelo oscuro que estaba entre los invitados. Era tan guapo que Hallie se quedó sin aliento.

—¿Quién es ese?

Durante un segundo, nadie contestó.

—El marido de Lexie —dijo Adam—. Roger Plymouth.

Hallie le dio un toque a Cory con el codo.

—¿Qué te parece?

La niña se encogió de hombros.

—Nicholas es mejor.

Hallie miró a Adam con expresión interrogante.

—Es un primo Montgomery, el hijo de la tía Dougless. No ha venido.

—Qué pena —replicó Hallie con un suspiro exagerado. Echó un vistazo a su alrededor y miró a los hombres que la rodeaban—. Supongo que tendré que conformarme con los troles que me han tocado.

Se escucharon gemidos de dolor, como si hubiera herido sus sentimientos, y Hallie se echó a reír. Era agradable, pensó, encajar tan bien. Aunque solo fuera temporal, era maravilloso formar parte de una familia.

Las cámaras mostraron la llegada de la novia en un carruaje con enormes ventanas y adornado con miles de florecillas azules. Era una imagen tan bonita que todos se quedaron callados.

El carruaje se detuvo delante de las puertas de la catedral y Toby descendió.

Lucía un sencillo vestido de satén blanco con un sobrevestido de delicado encaje. El presentador anunció que había sido confeccionado a mano por miembros de la tribu Ulten de Lanconia. El vestido tenía mangas largas y escote alto. Habría resultado muy decoroso de no ser porque se ceñía perfectamente a la excelente figura de Toby. Los diamantes brillaban en su pelo y tenía la cara cubierta por el velo. La cola del vestido era tan larga que las damas de honor tardaron varios minutos en sacarla del carruaje.

Un hombre algo mayor, muy guapo, salió de las sombras y le ofreció su brazo.

—¿Es su padre? —preguntó Hallie.

—Sí —contestó Raine.

Adam se inclinó sobre Cory.

—La madre de Toby se llevó tal impresión cuando se enteró del compromiso de su hija con un príncipe que tuvieron que llamar a una ambulancia para que recuperase el sentido.

—Creo que Toby parece una princesa —dijo Cory.

—Yo también —convino Hallie.

Todo el mundo se quedó en silencio mientras las dos damas de honor, seguidas de Toby, recorrían el pasillo hacia el altar. Cuando la novia llegó junto al novio, incluso a través del velo, la sonrisa enamorada fue más que evidente.

Hallie suspiró.

—Desde luego que el novio le gusta y creo que él está a punto de echarse a llorar.

—¡Los Montgomery no nos echamos a llorar! —protestó Tynan.

Raine se inclinó hacia Hallie y dijo en voz baja:

—Los Taggert sí.

—Raine, eres un... —Fue incapaz de encontrar una palabra que lo definiera, de modo que le sonrió. Solo cuando la ceremonia dio comienzo, se volvió hacia la pantalla.

Algunas partes de la ceremonia oficiada por una persona lujosamente vestida eran en lanconiano, pero no comprender las palabras no le restaba mérito a la preciosa boda. Hallie le echó el brazo por encima del hombro a Cory y las dos suspiraron mientras miraban la tele. En cuanto a los hombres, permanecían en silencio. Parecía ser el protocolo aceptado que no se grabara el beso de los novios, pero en cuanto los declararon marido y mujer, todos los presentes en el salón de Hallie comenzaron a vitorear.

Adam cogió a Cory y bailó con ella por la estancia, mientras que Raine se subió a Max a los hombros.

—Ahora soy una princesa —chilló Cory.

—Y yo soy un caballero —gritó Max.

—A ver, ¿ahora tenemos títulos o algo? —preguntó Roan.

Hallie no sabía si lo decía en broma o no, pero era maravilloso formar parte de la celebración. Subieron el volumen de la tele de modo que el repique de las campanas de Lanconia resultó casi ensordecedor.

Ian tomó a Hallie de las manos y empezó a bailar con ella una especie de polca. Entre las vueltas y las risas, Hallie estaba mareada. Cuando Ian la condujo junto a la puerta, Hallie vio a dos preciosos fantasmas, de pie, observándolos... y las muchachas no parecían contentas. Fue algo muy rápido, pero Hallie tuvo la sensación de que la estaban poniendo sobre aviso por algún motivo.

Cuando Ian le hizo dar una vuelta completa y regresó al mismo punto, la puerta ya estaba desierta. Seguro que habían sido imaginaciones suyas.

—Ahora viene el banquete —gritó Adam al tiempo que se la quitaba a Ian de las manos—. Cámara privada. Solo para nosotros. ¿Quieres ver la tarta? Mide por lo menos dos metros y medio.

—¡Me encantaría! —contestó Hallie a voz en grito. No sabía qué altavoces habían montado, pero sonaban tan fuerte que tenía la sensación de estar en mitad de la multitud de lanconianos que vitoreaban—. ¿Hay alguna oveja negra en tu familia? ¿O sois todos perfectos?

—¡Ian! —gritó Adam—. Hallie quiere saber si tenemos algún bala perdida en la familia.

—Ranleigh —repuso Ian mientras se alejaba bailando.

Adam asintió con la cabeza.

—Sí, Ranleigh es tu hombre.

—¿Cuándo puedo conocerlo? —preguntó Hallie con una carcajada.

Adam hizo ademán de contestar, pero, de repente, se hizo el silencio. La tele seguía puesta, pero le habían quitado el sonido. Todo el mundo dejó de bailar, de reír y de hablar.

—¿Otra vez por la mujer del señor Huntley? —quiso saber Hallie, que miró a Adam—. Creo que voy a chivarme a su marido de lo que hacéis. Seguro que...

Dejó la frase en el aire porque todo el mundo miraba un punto situado detrás de ella... justo donde creía haber visto a las Damas del Té un momento antes. Hallie soltó a Adam de las manos y se dio media vuelta muy despacio, segura de que vería a dos fantasmas semitranslúcidos allí plantados.

En cambio, vio a Jamie. Iba apoyado en las muletas y cuando sus ojos se encontraron, la miró con una sonrisa.

Hallie no comprendía lo que pasaba. Todo el mundo seguía paralizado, mirando fijamente a Jamie.

Se apartó de Adam y se acercó a Jamie.

—Has venido justo a tiempo para ver la recepción. —Le hizo un gesto con la cabeza para que la siguiera, pero él no se movió.

Roan fue quien rompió el silencio.

—Jamie —dijo, en voz calmadísima—, ¿te acerco una silla?

—Siéntate aquí —recalcó Ian.

—¿Qué necesitas? —preguntó Raine.

Hablaban en voz muy baja y mucho más despacio de lo habitual... y ella no entendía el motivo. Todd seguía al fondo de la estancia, cerca del viejo escritorio de Jamie, y en sus ojos pudo ver una mezcla de preocupación y de impotencia.

Cuando Hallie miró de nuevo a Jamie, por fin lo comprendió. En el día a día, se comportaban con normalidad cuando estaban con Jamie. Pero en mitad de ese caos, su reacción era algo que los preocupaba. Habían dejado de reírse por lo que él había sufrido.

Si bien era evidente que lo querían mucho y que se preocupaban por él, el estómago de Hallie se encogió al ver cómo lo aislaban por su comportamiento.

—Creo que será mejor que me vaya —dijo Jamie, que hizo ademán de salir por la puerta.

Hallie no sabía qué hacer para acabar con todo aquello, pero ¡joder, tenía que hacer algo! Se puso de puntillas y le susurró a Jamie al oído:

—Como te vayas con el rabo entre las piernas, no te vuelvo a dar un masaje en la vida.

Cuando él la miró a la cara, tenía una sonrisilla en los labios.

—No puedo arriesgarme a que eso ocurra, ¿verdad?

—Pues no, no puedes. —Lo miraba fijamente, con todo lo que guardaba en su interior para obligarlo a quedarse. ¡Le dolía ver cómo le daban de lado!

Adam retrocedió para que Jamie pudiera llegar hasta el sofá. Hallie los observó, tan serviciales y tan preocupados, tan atentos y tan amables... con un cabreo tan monumental que tenía ganas de pegarles un tiro. Ni siquiera Shelly con su egoísmo la había cabreado tanto en la vida.

No podía sentarse. En cambio, fue a la cocina. Tenía que alejarse de todos ellos.

Se detuvo al llegar a la antigua encimera, apoyó las manos en ella y clavó la vista en la ventana. Temblaba por la rabia que la consumía. ¿Cómo podían estar haciéndole eso? Jamie había bromeado acerca de que su familia lo trataba como si fuera de cristal, pero no lo había entendido del todo. Ella se había reído con las imágenes que sus palabras crearon. Pero lo que acababa de ver no le hacía ni pizca de gracia.

Tras ella, escuchó que encendía de nuevo la tele, pero con el sonido bajísimo. Al nivel de una casa donde vivían ancianos. Al nivel de «No vayas a despertar a tu padre». Al nivel de «No vayas a provocarle un ataque de pánico a Jamie».

—Quieren más patatas fritas —escuchó que alguien decía a su espalda. Era la voz de Cory.

Hallie se obligó a tomar unas cuantas bocanadas de aire antes de darse la vuelta para mirar a la niña. Estaba de pie con un enorme cuenco vacío y la miraba con una expresión casi temerosa en los ojos.

—¿Estás enfadada con Jamie? —A Cory le temblaba el labio inferior.

Hallie le quitó el cuenco de las manos y lo dejó en la mesa.

—No, qué va. Pero estoy muy enfadada con todos los demás.

Cory parpadeó al escucharla, pero después sonrió.

—Entonces vale. Yo me enfado con ellos a todas horas. Pero si le gritas a Jamie, puede ponerse malo otra vez.

—¿Todo el mundo se calla cada vez que Jamie entra en una habitación?

—Sí —contestó Cory, que bajó la voz antes de añadir—. A veces Jamie no recuerda dónde está.

—Lo sé —replicó Hallie—, pero creo que ya está mucho mejor.

Hallie se irguió. A juzgar por lo que tenía entendido, Jamie volvió de la guerra hacía bastante tiempo y había mejorado muchísimo. Pero seguían tratándolo como si hubiera salido del hospital el día anterior. Ojalá encontrara la manera de hacerles ver que Jamie ya no necesitaba lo que estaban haciendo... al menos, que ya no necesitaba que se callaran.

De repente, se le ocurrió algo, aunque trató de desterrar la idea. Podría salirle el tiro por la culata y, si fallaba, empeoraría la calidad de vida de Jamie. Podría reforzar la espantosa manera en la que su familia lo trataba, aunque los guiara el cariño.

Claro que, pensó, a lo mejor podía ayudar. Miró a Cory.

—¿Se te da bien hacer ruido?

—Mi padre dice que es lo que mejor se me da —contestó ella.

Hallie asintió con la cabeza.

—Quiero que traigas a Max a la cocina. Tengo un trabajo para vosotros.

Cory no titubeó y salió corriendo en busca de su hermano.

Cuando volvieron a la cocina, Hallie había sacado tres ollas grandes y tres cucharones. Le dio una olla a cada niño con su respectivo cucharón y se quedó otro para ella.

—Voy a ponerme en la puerta y cuando golpee la olla con el cucharón, quiero que vosotros hagáis lo mismo. Quiero que gritéis y chilléis y golpeéis la olla y hagáis todo el ruido del que seáis capaces. ¿Podréis hacerlo?

Max tenía los ojos abiertos como platos.

—Pero Jamie se asustará.

Hallie se arrodilló delante del niño.

—¿Recuerdas que me has dicho que tu madre cree que yo estoy consiguiendo que Jamie mejore?

—Sí.

—Pues necesito que confiéis en mí. ¿Podrás hacerlo?

Max titubeó un momento, pero después asintió con la cabeza.

El corazón se le iba a salir del pecho cuando se acercó a la puerta, pero la escena del salón afianzó la certeza de que tenía que hacer lo que había pensado.

El ambiente alegre había desaparecido. La tele seguía encendida, pero a un volumen tan bajo que apenas se podía escuchar. Todos estaban sentados muy tiesos, con la vista clavada en la pantalla. Nadie reía, y los comentarios se hacían en la voz más baja posible.

Lo peor de todo era que Jamie se había levantado del sofá y estaba cerca de la puerta. Todd estaba detrás de él. Iba a marcharse para que los demás pudieran disfrutar. Estaba poniendo a los demás por encima de sus necesidades.

¡Joder con todos ellos!, pensó Hallie. Inspiró hondo antes de gritar:

—¡Oye, Taggert!

El sonido reverberó en el silencioso salón y todos los hombres la miraron, pero Jamie sabía que se refería a él. Cuando se volvió hacia ella, durante un brevísimo segundo, Hallie vio la soledad en su mirada. Estaba rodeado de gente que lo quería muchísimo, pero se sentía más solo que ninguno.

Lo miró fijamente a los ojos... y le suplicó con la mirada que confiara en ella.

Jamie parecía desconcertado, ya que no comprendía lo que ella intentaba decirle. Todd le colocó una mano en el hombro y lo instó a salir, pero Jamie se quedó allí plantado, sin apartar la vista de Hallie.

Ella no apartó la vista de Jamie mientras levantaba la olla y el cucharón. Cuando golpeó la olla, el estruendo fue tal que hasta ella hizo una mueca... al igual que todos los demás, Jamie incluido. Pero él no se movió.

—¿Qué narices estás haciendo? —preguntó Roan, que dio un paso al frente. Raine extendió un brazo y detuvo a su primo.

Jamie se quedó quieto, observando a Hallie, confiando en ella.

A su espalda, los mellizos se lo pasaron de lo lindo haciendo mucho ruido. Golpes, gritos y saltos.

Hallie mantuvo los ojos en los de Jamie mientras caminaba muy despacio, seguida de los niños. Era un minidesfile.

Los demás no hicieron ruido alguno, se quedaron donde estaban, mirándolos.

Cuando estuvo a escasos centímetros de Jamie, se detuvo y soltó la olla y el cucharón de golpe, que cayeron al suelo a sus pies. A su espalda, los niños se detuvieron y permanecieron en silencio, a la espera de lo que Hallie hiciera a continuación.

El silencio resonaba en la estancia. Hallie y Jamie se quedaron de pie, mirándose a los ojos sin hablar.

Sin embargo, Jamie sabía lo que ella estaba haciendo, y la gratitud que se reflejó en su cara hizo que a Hallie se le llenaran los ojos de lágrimas.

Raine fue el primero en romper el silencio.

—Jamie, te reto a un pulso para poder sentarme junto a Hallie —dijo con voz normal. No con ese susurro antinatural, no con la voz que se usaba con un inválido. La típica bravuconada entre hombres.

Jamie seguía mirando fijamente a Hallie a los ojos.

—Me temo que tendré que romperte el brazo.

—A ver si alguien sube el volumen de la dichosa tele —dijo Adam—. No me entero de nada con todo el ruido que está haciendo Jamie.

En cuestión de un segundo, el volumen volvió a subir. No estaba tan alto como antes, pero sí bastante alto. Ian le echó un brazo a Jamie por los hombros y se lo llevó.

—¿Te apetece una cerveza?

—¿Con todas las pastillas que me tomo? —preguntó Jamie—. Empezaría a ver monos voladores. ¿Hay refrescos?

Hallie se quedó donde estaba un momento. Jamie la miró por encima del hombro, pero inmediatamente después la rodearon un montón de primos. Los mellizos querían hacer más ruido, así que les dijeron que fueran en busca de su padre para volverlo loco.

Todo lo que sucedía era de una normalidad maravillosa. Justo lo que Jamie había dicho que quería.

Hallie consiguió regresar a la cocina y, una vez allí, las piernas le fallaron y tuvo que sentarse en una silla. Temblaba de arriba abajo. Podría haberle salido el tiro por la culata. Podría haberle provocado un trauma a Jamie de por vida. Enterró la cara entre las manos.

—Tu instinto ha acertado —señaló una voz delante de ella. Era Raine.

No se apartó las manos de la cara.

—Podría haber fallado estrepitosamente. —Tenía la voz ronca por las lágrimas que amenazaban con escaparse.

Raine la tomó de las manos y se las apartó de la cara, de modo que lo miró.

—Pero no has fallado. Y no actuabas a tontas y a locas. Lo conoces. Has pasado mucho tiempo con él. Hiciste una suposición acertada con respecto a Jamie. No la basaste en un estudio académico, sino en un hombre y en su situación concreta.

Hallie parpadeó para contener las lágrimas.

—Supongo que es verdad.

—Yo sé que es verdad. —Raine seguía sujetándole las manos—. Has hecho algo maravilloso por todos nosotros.

—¿Cómo está?

Raine echó la silla hacia atrás, miró hacia el salón y volvió a sentarse bien.

—Se está riendo. Adam y él están viendo la tele y están discutiendo sobre una tontería de las gordas que un Montgomery está haciendo.

—Es maravilloso —dijo Hallie, pero se dio cuenta de que las lágrimas comenzaban a deslizarse por sus mejillas.

Raine se levantó y la pegó a su cuerpo.

—Te ordeno que salgas en busca de aire fresco. Date un paseo por el pueblo y cómprate algo bonito. Te lo mereces.

—Gracias —repuso ella—. ¿Crees que él...?

—Dime que no vas a preguntar cómo estará Jamie sin ti.

Hallie sonrió.

—Supongo que no.

—Vete. Sal por el salón del té, así nadie te verá. Están grabando la boda, la puedes ver después. —Se escuchó una salva de carcajadas procedentes del salón y Raine sonrió—. Cuando haya menos ruido.

Hallie asintió con la cabeza y salió de la casa a través del salón del té.