18

 

 

Hallie dejó en la mesa los documentos que acababa de imprimir y se acomodó en la silla. Tenía los hombros tensos después de haber pasado casi todo el día delante del ordenador. Cuando se despertó esa mañana, se propuso mantenerse todo lo distante de Jamie que fuera posible. Se comportaría con él de forma profesional y nada más. Nada de bromas ni de tomaduras de pelo. Se limitaría a hacer su trabajo de la mejor manera posible.

Jamie había accedido a su petición y su familia se había mantenido apartada, de manera que habían pasado el día solos.

A primera hora de la mañana, tuvieron la primera sesión de rehabilitación de la rodilla de ese día. No fue un masaje, sino ejercicios de terapia. Se percató de que su cuerpo estaba tenso otra vez, pero no hizo nada al respecto para aliviar dicha tensión.

Jamie solo hizo un comentario referente a su silencio.

Estaba observándolo mientras él levantaba peso con la pierna y comprendió que le dolía porque tenía la frente llena de sudor. Sin embargo, no se quejó. Lo que dijo fue:

—Si quieres hablar, estoy aquí.

A modo de respuesta, Hallie lo miró con serenidad, pero no dijo nada.

Desde que se conocieron, él había sido el centro de atención, y por un buen motivo. Sus heridas de guerra, el accidente mientras esquiaba, sus temores, todo eso tenía prioridad.

Sin embargo, ese día ella había sido la protagonista. Jamie había dejado a un lado lo que sintiera por el hecho de que quisiera solicitar otro trabajo y se había propuesto ayudarla. Había hecho algunas llamadas y había conseguido información. Su tío Frank había hecho algunas sugerencias muy buenas.

—El problema es que tengo poca experiencia como fisioterapeuta —reconoció Hallie mientras le echaba un vistazo a su currículo actualizado—. En masajes, sí. Y también he trabajado a tiempo parcial en un hospital con un tutor estupendo, pero...

—Deberías incluir lo que hacías con tu padre —sugirió Jamie.

—¿Cómo voy a poner eso en el currículo? ¿Quieres que ponga que cuando tenía catorce años el director me llamaba para preguntarme sobre las drogas que habían encontrado en un registro ilegal de las taquillas de los alumnos? Los chicos guardaban oxicodona en botes con etiquetas correspondientes a antihistamínicos. —Miró a Jamie con los ojos como platos.

—¿Crees que el director te daría una buena recomendación?

—Más bien sería fantástica. —Se volvió hacia el monitor—. Gracias —dijo.

Jamie estuvo todo el día en la estancia, leyendo una de sus novelas policíacas preferidas. Era natural comentar con él lo que estaba escribiendo o descubriendo en sus búsquedas por internet.

—¿Qué tal San Francisco? —le preguntó—. Podría buscar trabajo allí.

—Una ciudad preciosa. Difícil para conducir por las cuestas, pero muy bonita.

—Portland también me gusta. O tal vez debería ir al sur. Arizona, quizá. O California.

—Todos tendrán suerte si los eliges —le había dicho él, tras lo cual había seguido leyendo.

Solo en una ocasión Jamie sugirió Colorado.

—A mi familia le encantaría si vivieras allí.

Las palabras que había dicho Todd regresaron a la mente de Hallie y su rostro lo demostró.

—Vale —dijo Jamie, que levantó las manos en señal de rendición—. Lo pillo. Ya te has cansado de nosotros.

—Tu familia es estupenda —replicó Hallie—, pero quiero hacerlo por mi cuenta. —Al ver que Jamie se limitaba a asentir con la cabeza, Hallie pensó en lo sorprendente que era el hecho de soltar un topicazo y que alguien se lo creyera.

En cualquier película o serie de televisión había una chica espabilada afirmando que quería abrirse camino por sus méritos, de manera que cuando ella decía lo mismo, nadie parecía dudarlo.

Sin embargo, en el fondo no quería abrirse camino por su cuenta. Le encantaría contar con algo de ayuda y conseguir un trabajo en algún sitio donde conociera a alguien. ¿Cómo iba a lograrlo sola? ¿Cómo iba a conseguir un apartamento, amueblarlo, conocer a gente, hacer vida social y también labrarse una vida laboral? ¿O debería quedarse en Nantucket e intentar conocer gente en la isla?

Eso sí, no permitió que Jamie se percatara de sus dudas.

Cuando llegó la tarde, había enviado más de veinte mensajes de correo electrónico solicitando ayuda. Le había pedido a gente que le diera cartas de recomendación, había preguntado por posibles puestos de trabajo en diversas instituciones, e incluso había impreso algunas páginas de lugares donde vivir en algunas ciudades muy elegantes. Sin embargo, la idea de dejar su casa de Nantucket le provocaba una enorme tristeza.

A la hora de cenar, y después de que prepararan juntos la comida, Jamie le recordó que la boda de Jilly se celebraba al día siguiente.

—¿Quieres acompañarme?

—No sé si debería ir —contestó ella.

—Mamá ha enviado un vestido para que te lo pongas. Me dijo que era precioso.

—No puedo aceptar...

—Es un préstamo —la interrumpió Jamie, que parecía nervioso—. No un regalo. Es de una de mis primas y podrás devolverlo pasado mañana. —Le cubrió una mano con una de las suyas—. Hallie, por favor, dime qué hemos hecho mi familia o yo para ofenderte.

Ella apartó la mano.

—Nada. Todos sois perfectos. Es una auténtica alegría miraros y tenéis personalidades interesantes. No tenéis ni un solo defecto.

—Vale —replicó él—. Pero que sepas que la tía Jilly se ofenderá si no asistes. ¿Qué pasó entre vosotras la noche que ella y el tío Kit vinieron a cenar? Me ha llamado dos veces preguntando por ti.

—Nada —respondió, incapaz de mirarlo a los ojos. Aunque algunas mujeres de la familia estuvieran al tanto del embarazo, pocos de los hombres lo sabían. Y hasta que no supiera que Ken ya estaba al tanto, no pensaba decir una sola palabra.

—Vale —repuso Jamie, que se levantó de la mesa.

—¿No quieres postre?

—No, gracias —rehusó—. Deja todo esto así, que yo lo recojo luego. Voy un rato al gimnasio.

Hallie, por supuesto, no dejó que fuera él quien recogiese la cocina. Una vez que estuvo todo en orden, se detuvo a pensar qué podía hacer. La enorme pantalla de televisión seguía aún en el salón y podía ver algo, o podía ir al salón del té y leer todo lo que Cale había descubierto.

Sin embargo, no soportaba la idea de entrar en la estancia. La ropa de Jamie seguía allí, en el sofá, y no quería ni verla. La ropa que había comprado para ella aún estaba en las bolsas, en su dormitorio.

Como siempre, cuando Jamie no estaba cerca, la casa parecía muy grande y vacía. «Como mi vida», pensó, pero desterró el pensamiento al instante.

Eran las nueve de la noche y Jamie aún no había regresado a la casa. Hallie sintió la tentación de ir al gimnasio, pero no lo hizo. En cambio, subió a la planta alta y se metió en la cama con la intención de leer una de las novelas que tenía en su lector de eBook. No obstante, se quedó dormida al instante y ni siquiera oyó a Jamie cuando subió la escalera.

La despertó un golpe. Al principio, no sabía lo que era y siguió tendida en la cama hasta que se dio cuenta de que estaban llamando a la puerta principal.

—¡Jamie! —exclamó, pensando que le había pasado algo. Salió de la cama de un salto y corrió hacia la escalera.

Sin embargo, vio que Jamie estaba a mitad de camino, aferrado al pasamanos y sin las muletas. Cuando se volvió para mirarla, Hallie vio que tenía la cara demudada por la preocupación y comprendió que estaba pensando que algo malo le había pasado a alguien de su familia.

—Quédate ahí —le dijo—. Yo me encargo.

—Tu familia no llamaría —señaló ella mientras pasaba corriendo a su lado y abría la puerta.

Descubrió a un chico que podría ser universitario, pero al que no conocía. La sonrisa tonta que tenía en los labios le indicó que había estado bebiendo.

—Nos dijo que se quedaba en Hartley House. Nos ha costado encontrar el sitio. —Hablaba con dificultad—. Si eres Hallie, dice que te quiere.

—¿Quién dice eso? —quiso saber ella.

Jamie estaba detrás de ella y abrió la puerta de par en par. Como era más alto, pudo ver por encima de la cabeza del desconocido. Tras él había dos chicos más que sostenían a un tercer hombre. El susodicho tendría unos treinta años, llevaba un traje arrugado, tenía el pelo rubio oscuro y era evidente que estaba como una cuba.

—¿Cuánto ha bebido?

—Mucho —contestó el chico—. Nos dijo que quería regresar a la universidad y empezar de nuevo.

—¿¡Quién!? —gritó Hallie.

El chico se apartó.

—¡Braden! —Hallie corrió hacia él.

—Hallie —la saludó Braden con una sonrisa y los ojos casi cerrados—. Eres muy guapa. No recuerdo que fueras tan guapa. —Sonrió y miró a los tres chicos que lo rodeaban—. ¿No os dije que era genial?

—Sí, lo dijiste —contestó el chico que había llamado a la puerta mientras la miraba con admiración antes de clavar la vista en Braden—. ¿Podemos dejarlo contigo?

—Llevadlo arriba, al dormitorio de la izquierda —contestó Jamie.

—Pero ese es tu dormitorio —protestó Hallie.

—Tengo la impresión de que querrás estar cerca de él esta noche y no hay sitio para que duermas abajo.

—Pero tú... —Se hizo a un lado para dejar que los chicos arrojaran de mala manera el equipaje de Branden al interior de la casa y lo subieran a empujones por la escalera.

—No te preocupes por mí —dijo Jamie—. Tú cuida a tu amigo.

En parte, Hallie se alegró de escuchar las palabras de Jamie, pero también se enfadó. ¿Adónde se habían ido aquellos celos tan maravillosos?

—¡Y ponte ropa! —añadió Jamie.

Hallie se echó un vistazo. La camiseta de manga corta que llevaba le dejaba las piernas a la vista. Cuando subió la escalera delante de Jamie, tal vez contoneó las caderas algo más de la cuenta.

Entró en su dormitorio para ponerse unos vaqueros y maquillarse un poco la cara de dormida que tenía. ¡Era Braden! ¡Estaba en Nantucket!

Cuando salió al distribuidor, los universitarios acababan de salir del otro dormitorio.

—Ese tío sí que sabe —comentó uno de ellos.

—¿Braden? —preguntó Hallie—. ¿Os ha ofrecido algún consejo legal?

—¿Él? No. —Se echaron a reír—. Nos ha dicho que nos mantengamos alejados de las mujeres toda la vida.

—Lo ha pasado mal últimamente —replicó Hallie—. ¿Necesitáis que os lleve a algún sitio en coche?

—No, iremos andando. —Bajaron la escalera y se detuvieron al llegar abajo—. Es demasiado mayor para emborracharse así. Será mejor que lo obligues a quedarse en casa contigo.

—Lo haré, gracias —repuso Hallie. Cuando se marcharon, entró en el dormitorio de Jamie.

Braden estaba en la cama, incorporado sobre los codos y sonriendo.

—Ha vomitado fuera —dijo Jamie—, así que mañana estará mejor. Le hemos quitado la ropa y le he prestado una de mis camisetas. Todavía apesta, pero no estaba dispuesto a meterlo en la ducha y lavarlo. —La miró—. A lo mejor a ti sí te gustaría hacerlo.

—Paso, pero gracias por todo lo que has hecho. No me gusta que tengas que salir de tu cama. ¿Quieres dormir en la mía?

Jamie tardó un poco en contestar.

—Aceptaré la invitación cuando tú duermas conmigo. —Se apartó de ella—. Te dejo con él. Intenta que beba agua. Aunque estoy seguro de que ya sabes lo que tienes que hacer. —Salió del dormitorio.

—Hallie —dijo Braden en cuanto se quedaron solos.

—¿Cómo estás? —le preguntó ella mientras se inclinaba. Jamie tenía razón. ¡Apestaba!

—He estado mejor.

Hallie fue al cuarto de baño, cogió una manopla que empapó con agua fría y regresó junto a la cama para ponérsela a Braden en la frente. Consideró la idea de acercar un sillón a la cama, pero la descartó porque era muy bajo. De modo que se sentó en el borde del colchón, sobre el cobertor.

Braden tenía los ojos rojos y parecía incapaz de enfocarlos. Le cogió una mano y le besó el dorso.

Hallie se inclinó hacia él y le apartó el pelo de la frente. Era de un precioso tono rubio. Cuando era más joven, casi lo tenía blanco. A su madre le encantaba decir que siempre lo elegían para que hiciera de ángel en las representaciones del colegio. En cuanto a ella, le encantaba tocarle el pelo, la cara y el cuello.

Braden le besó la mano otra vez.

—He complicado las cosas.

—¿Qué cosas?

—Mi vida.

Hallie soltó una carcajada.

—Qué va. Tu madre dice que estás a punto de que te nombren socio y vas a ser el más joven del bufete en conseguirlo.

Braden agitó la mano en el aire.

—Ese soy yo. El mejor abogado de Boston. Gano todos los casos. Así equilibro mi vida, porque en la faceta personal lo pierdo todo. ¿Sabes que les he propuesto matrimonio a tres mujeres?

—Sí —contestó ella.

Braden gimió.

—Por supuesto que lo sabes. Mi madre te lo ha dicho. Una me dijo que no y las otras dos dijeron que sí, pero luego me dejaron tirado. Debería comprar anillos de compromiso al peso. Se lo comentaré al joyero. Con todos los que compro, debería invertir en una mina de diamantes.

—¿No te devolvieron los anillos? —quiso saber Hallie.

—La última sí. —Con un gemido, señaló sus vaqueros, colgados en el respaldo de una silla—. Mira en el bolsillo.

Hallie se bajó de la cama y buscó en los bolsillos hasta que dio con el anillo. Relucía a la luz de la lámpara. En el centro había un diamante rodeado por lo que parecían docenas de diamantes más pequeños. Además de rodear el diamante más grande, descendían por los laterales.

«Hortera» fue la primera palabra que se le ocurrió nada más verlo.

—¿Zara... se llamaba Zara? ¿Fue ella quién eligió esto?

—Sí, fue ella —confirmó Braden.

—Creo que a Shelly le encantaría —comentó Hallie mientras regresaba a la cama, junto a él.

Braden gimió.

—Esa es tu peor sentencia.

Hallie estaba jugando con el anillo.

—Me dijiste que habías llevado a Shelly al bufete.

—Sí. Pero si te cuento la verdad, me odiarás.

Hallie cogió una botella de agua que estaba sobre la mesilla y le sostuvo la cabeza a Braden mientras bebía.

—No, no te odiaré.

Él le besó la palma de la mano.

—¿Por qué no puedo casarme con alguien como tú?

—No tengo la menor idea —respondió Hallie con seriedad—. En mi opinión, ese es uno de los grandes misterios del universo.

Braden se echó hacia atrás para mirarla y parpadeó en un intento por enfocar la mirada.

—Estás distinta. Ha pasado algo. Has cambiado.

—A lo mejor el hecho de salir de la casa donde crecí me ha hecho ver las cosas de otra manera.

Braden la estaba mirando.

—Te veo muy bien. Y me refiero a que estás muy, muy bien.

Hallie sintió que se ruborizaba.

—Todo parece estupendo cuando se está borracho. Bueno, ¿qué pasó con Shelly como para que yo acabe odiándote?

Braden volvió la cara.

—La utilicé. La utilicé, simple y llanamente.

—¿Sexo? —Hallie trataba de parecer una mujer de mundo, pero estaba clavándose las uñas en las palmas de las manos.

—¡Madre mía, no! ¿Por quién me has tomado? Utilicé a Shelly para no parecer un fracasado. Le puse unos zapatos de diez centímetros de tacón, un traje de Chanel y la llevé al trabajo para lucirme a su lado. Quería que Zara viera que no lo estaba pasando mal por que me hubiera cambiado por un diamante más grande, una casa más grande, una vida más grande. —Soltó el aire de golpe—. Pero me salió el tiro por la culata. Shelly le tiró los tejos a uno de los socios. Cuando él me lo contó, me dijo que si quería llegar a ser socio, necesitaba otro tipo de mujer como esposa. Me dijo que debería buscar a alguien que creara un hogar para mí, alguien capaz de ejercer de anfitriona para los clientes. Alguien con quien pudiera tener hijos. —La miró—. Se refería a alguien como tú, Hallie.

Ella se echó a reír.

—Soy la vecina. Con la vecina solo se casan los hombres que vienen de otro lado. A ellos les parecemos exóticas.

Braden le cogió las manos.

—He pensado en ti durante estos últimos días. Eres perfecta. Siempre lo has sido. Y siempre te he querido. Lo sabes, ¿verdad? Y eres una santa. Te hiciste cargo de tu familia sin quejarte siquiera.

—Nunca he dejado de quejarme. Pregúntale a tu madre. Ella ha sido mi paño de lágrimas. —Hallie hizo ademán de bajarse de la cama, pero él se lo impidió aferrándole una mano.

—¿Tienes el anillo?

Se lo entregó y él se lo colocó en el anular de la mano izquierda.

—Piénsalo, ¿quieres?

—Creo que esta es la mejor proposición matrimonial que un borracho me ha hecho en la vida.

A Braden se le estaban cerrando los ojos.

—¿Te han hecho muchas? Te lo pregunto porque yo lo hago como el que come pipas. Cásate conmigo, sé la madre de mis hijos, vive en una casa de cuatro dormitorios y tres cuartos de baño, sal a cenar conmigo los viernes por la noche y ven a ver cómo entreno al equipo de fútbol infantil. ¿Por qué a las mujeres de hoy en día les repele tanto todo eso?

—No tengo la menor idea —contestó Hallie con sinceridad mientras se ponía en pie, le quitaba la manopla de la cabeza y lo arropaba.

—Dime que sí —murmuró Braden—. Últimamente he escuchado muchas negativas.

—Sí —dijo ella—. Mañana por la mañana no recordarás nada de esto, así que acepto. Y ahora duérmete para que puedas acompañarme mañana a la boda.

—Shelly me dijo que los colores de su boda serían el morado y el verde. ¿Quedan bien?

—¿Qué hacíais Shelly y tú hablando de sus planes de boda? —quiso saber, pero Braden ya estaba dormido.

 

 

—¿Se puede saber qué narices te has puesto? —masculló Jamie entre dientes cuando Hallie entró a la mañana siguiente en la cocina.

Ella se miró los vaqueros y la camiseta de manga corta, sin entender a qué se refería.

—Me cambiaré antes de la boda. Espero que tú también lo hagas. —Jamie llevaba unos pantalones de deporte y una camiseta de manga larga, dos prendas que le tapaban todo el cuerpo como era habitual.

Jamie se dio media vuelta, le cogió la mano izquierda y se la levantó.

—¿Qué es esto?

El enorme anillo de compromiso brilló a la luz de la mañana.

—¡Ah! Eso. No he podido quitármelo. ¿Quedan más muffins de arándanos? Creo que a Braden le gustarían. —Intentó pasar junto a Jamie, pero él no se movió. Se limitó a quedarse plantado, mirándola.

—¿Estás pensando casarte con él?

Hallie soltó una carcajada mientras lo rodeaba y echaba a andar hacia el frigorífico.

—Es posible. Me lo ha pedido y le he dicho que sí, así que a lo mejor lo hago. Pero, claro, estaba borracho. Si te hubieras quedado un rato más, a lo mejor te lo habría pedido a ti.

Jamie se quedó plantado en mitad de la cocina, echando chispas por los ojos.

—Si crees que esto es una broma, ¿por qué llevas el anillo?

Hallie estaba buscando comida en el frigorífico. Necesitaba ir a comprar. Con dos hombres que alimentar en la casa, tendría que comprar un montón de cosas. Cuando cerró la puerta, se encontró con Jamie al lado.

—¿Hallie? —dijo él como si estuviera recurriendo a toda su paciencia para hablar con ella—. ¿Qué está pasando?

Hallie vio una cesta cubierta por una servilleta grande, con un surtido de muffins. También había una tetera caliente. Cuando se sentó y empezó a comer, Jamie tomó asiento a su lado. Estaba esperando a que ella hablara.

Hallie suspiró. Estaba claro que no iba a dejar el tema.

—Braden lo ha pasado mal últimamente. Bueno, tal vez no últimamente. Más bien desde que se fue a la universidad. Supongo que podría decirse que no tiene suerte en el amor.

—¿Me estás diciendo que unas cuantas mujeres le han dado calabazas y que ahora va detrás de ti?

—Sí, quiero decir, no. Anoche estaba de bajón, eso es todo, y me enseñó el anillo que le habían devuelto.

—¿Y te lo pusiste?

—En realidad, él me lo puso en el dedo. Intenté quitármelo antes de acostarme, pero se me quedó atascado y esta mañana tampoco he podido quitármelo. —Levantó la mano—. ¿Qué te parece?

—Hortera. Llamativo. No te pega. ¿Te importa si intento quitártelo?

—Adelante.

Jamie la invitó a que se levantara y la llevó hasta el fregadero donde pasaron casi media hora intentando quitarle el anillo. Lo intentó con jabón en pastilla, con jabón líquido, con aceite, con mantequilla y con grasa de beicon. Nada logró sacar el anillo.

Hallie mantuvo la sonrisa en todo momento. Le gustaba estar cerca de Jamie, le gustaba ver lo concentrado que estaba en quitarle el anillo.

—Creo que tengo el dedo hinchado —dijo— y hasta que no vuelva a la normalidad, no podré quitarme el anillo.

—Hay una caja de herramientas en...

—¡No! —gritó ella, que cerró el puño y levantó la mano—. ¿Podemos limitarnos a desayunar, por favor? ¿A qué hora es la boda?

—A las diez. Ya te enseñé la iglesia. Después de la ceremonia, nos trasladaremos a la capilla de Alix para la recepción. Han instalado carpas muy grandes.

—Suena genial. ¿Habrá música?

—Hasta la madrugada. Háblame de ti y de Braden. ¿Él es el motivo por el que ayer estabas enfurruñada?

—¡Yo no estaba enfurruñada! Solo quería... —No pensaba ponerse a la defensiva—. Braden es mi amigo y siempre ha estado ahí para ayudarme. Cada vez que me pasaba algo malo... o bueno, podía contar con él. Ni siquiera habría ido a la universidad de no haber sido por él.

—¿Qué hizo?

—Es una historia larga y aburrida, pero de no haber sido por él, seguramente habría pasado del instituto a trabajar en una hamburguesería. Pero además de todas las cosas importantes, Braden me enseñó a montar en bicicleta. Cuando se me rompía un juguete, él me lo arreglaba. Una vez, cuando estaba en el instituto, se enteró de que iba a salir con un chico que él conocía y fue a buscarme. Sabía que ese chico solía alardear de lo que hacía con las chicas en el asiento trasero del coche de su padre. En aquel momento, me enfadé mucho con él, pero después me enteré de que estuvo a punto de violar a una chica. Braden me salvó. ¿Lo ves? Entre nosotros hay una historia muy larga.

—Me recuerda a mi hermana pequeña y a mí —comentó Jamie—. La acompañé la primera vez que montó a caballo y la primera vez que saltó obstáculos con su poni. Me he convertido en un experto a la hora de arreglar muñecas descabezadas. Incluso puedo hacerle una trenza a una Barbie.

—Pero vosotros dos sois familia. Las cosas son distintas entre Braden y yo.

—Eso parece —replicó Jamie—, si te ha propuesto matrimonio. ¿Ya habéis fijado la fecha? ¿Habéis elegido los colores de la boda?

Hallie se levantó de la mesa.

—Eres un capullo y no quiero seguir hablando de esto. Mañana iré al hospital y preguntaré si tienen alguna vacante temporal libre. —Dejó los platos en el fregadero.

Jamie se acercó a ella.

—Es imposible que estés pensando en regresar a Boston para vivir en una casita preciosa con él. ¿Eso es lo que de verdad quieres? ¿Un lugar sin fantasmas? ¿Sin molestos primos desnudos? ¿Sin un hombre al que se le vaya la pinza cuando escucha un golpe fuerte?

—¡Ya vale! —exclamó Hallie—. Braden es... —No estaba segura de cómo sucedió, pero, de repente, el enfado se transformó en pasión.

Jamie la atrajo hacia él y la besó. Al principio, fue un beso dominante y ella trató de alejarse. Sin embargo, sentir ese cuerpo tan grande junto al suyo despertó el deseo de pegarse a él. Los labios de Jamie empezaron a besarla con suavidad y el beso se tornó más apasionado. Sintió el roce de su lengua contra la suya.

Se le olvidó dónde estaba y quién era. Solo importaban ese hombre y ese momento.

Jamie la levantó del suelo y la sentó en la mesa sin que ella protestara. Le introdujo las manos bajo la camiseta y le desabrochó el sujetador. Dejó de besarla el tiempo justo para pasarle la camiseta por la cabeza, de modo que se quedó desnuda de cintura para arriba. Al cabo de un segundo, él también estaba sin camiseta.

Sintió aquel torso tan precioso, aun lleno de cicatrices, pegado a sus pechos. El roce ardiente de su piel desnuda contra la suya.

El corazón le latía a toda pastilla y apenas podía respirar. Jamie le estaba besando los pechos, el cuello y después regresó a los labios. Lo único que Hallie quería era que el resto de la ropa que los cubría desapareciera.

—¿Hallie? —escuchó que la llamaba Braden—. ¿Dónde estás?

Tardó unos segundos en recordar dónde estaba y quién la estaba llamando. Le dio un empujón a Jamie, pero vio que él tenía los ojos vidriosos, como si estuviera en otro mundo.

—¡Jamie! —masculló en voz baja—. ¡Suéltame! —Lo empujó con fuerza—. Aquí —dijo, dirigiéndose a Braden mientras se agachaba y se bajaba de la mesa para alejarse de Jamie. Tras coger la camiseta corrió hasta la despensa. En ese momento, recordó que su sujetador nuevo de encaje rosa y negro seguía en la cocina, colgado del respaldo de una silla.

Asomó la cabeza por la puerta y miró a Jamie. Estaba poniéndose la camiseta.

—¡Eh! —exclamó al tiempo que señalaba el sujetador.

Jamie estaba a punto de cogerlo cuando Braden apareció por la puerta.

—Buenos días —dijo al entrar.

Jamie se colocó entre el recién llegado y la silla. Se llevó la mano a la espalda y cogió el sujetador.

—¿Cómo te encuentras hoy? —le preguntó Jamie a Braden mientras se alejaba hacia la despensa.

—No muy bien, pero mejor de lo que pensaba. ¿Hay café? ¿Dónde está Hallie? Esta es su casa, ¿no? —Braden se pasó una mano por la cara—. No recuerdo mucho de anoche, pero sé que la vi aquí, ¿verdad?

—Claro que la viste. Ha salido. Voy a buscarla. —Jamie entró en la despensa, cerró la puerta tras él y le dio el sujetador a Hallie—. ¡Ni siquiera se acuerda de lo que pasó anoche y tú llevas su anillo! —susurró.

—Date la vuelta —replicó ella, también susurrando.

—¿Estábamos a punto de hacer el amor por segunda vez y ahora no puedo verte?

—Un polvo en la mesa de la cocina o contra la pared no es hacer el amor. Eso son dos personas que llevan mucho tiempo a dos velas y que se descontrolan por culpa de la situación.

—Llevo «controlándome» más de dos años y he estado en situaciones más propicias que esta.

Hallie le dio la espalda para quitarse la camiseta. Después, se colocó los tirantes del sujetador y trató de abrochárselo. Sin embargo, le temblaban tanto las manos que fue incapaz de hacerlo.

—¡Quita! —exclamó Jamie, enfadado—. Déjame a mí. —Se lo abrochó en un pispás.

Hallie se volvió para mirarlo.

—Se te da muy bien, ¿no? —le soltó igual de enfadada que él.

Jamie tenía los ojos clavados en el sujetador de encaje diseñado para elevar y aumentar. Y cumplía su cometido a la perfección.

—Tengo primas —dijo en voz baja.

—¿Qué significa eso?

—Que las primas crecen con los primos. He abrochado muchos biquinis a lo largo de mi vida. —La miró otra vez a los ojos—. Eso es lo que hacen los parientes. Se ayudan unos a otros.

Hallie se pasó la camiseta por la cabeza.

—Supongo que eso significa que crees que Braden y yo estamos emparentados. Bueno, pues no lo estamos. ¿Te apartas para que pueda ir a verlo?

—Por supuesto. Vuelve con un tío que viene de rebote y que te ha dado un anillo de compromiso usado que ni siquiera te gusta.

—Otra vez te estás comportando como un capullo. —Aferró el pomo de la puerta mientras se volvía para mirarlo—. No vas a contarle a Braden lo... lo nuestro, ¿verdad?

—¿La atracción sexual tan intensa que hay entre nosotros? ¿Que cada vez que nos acercamos la ropa sale volando? ¿Eso es lo que no debería decirle?

Hallie fue incapaz de contener una carcajada.

—Lo adornes como lo adornes, no se lo digas, ¿vale? Sin importar lo que pienses, Braden es alguien real para mí.

—¿Y yo no? —replicó Jamie en voz baja, sin rastro del enfado.

—Tu familia y tú sois una fantasía. ¿Me lo prometes?

Jamie cerró los ojos un momento.

—Sí, mantendré la boca cerrada. ¿Quieres algo más? ¿Un contrato firmado con sangre?

—¡Eres increíble! Compórtate y no le hagas daño a Braden.

—¿Que no le haga daño? —repitió él—. ¿Por qué piensas que podría...?

Sin embargo, Hallie había salido ya de la enorme despensa y había cerrado la puerta tras ella. Jamie se apoyó en la pared y cerró los ojos. Necesitaba controlarse.

Escuchó algo, como si algún objeto de los que descansaban en las baldas se hubiera movido. Abrió los ojos y vio que se había caído al suelo un molde pequeño de madera, que se encontraba junto a la puerta de entrada al salón del té. Cuando lo recogió para ponerlo de vuelta en la balda, vio los montones de ropa que había en el sofá. Comprendió enseguida que la ropa era para él y supuso que Hallie la había traído después de haber ido de compras.

¿Por qué lo había dejado todo en el salón del té? ¿Por qué no le había enseñado lo que había comprado?

Lo único que tenía claro era que Hallie estaba muy enfadada con él por algo, pero desconocía el motivo. Durante todo el día anterior, Hallie se había alejado cada vez que se acercaba a ella. Había estado concentrada en la tarea de intentar encontrar trabajo en algún lugar del país. Si a él se le ocurría mencionar que tal vez le gustaría seguir viéndola una vez que sanara su rodilla, ella reaccionaba con furia.

De modo que decidió replegarse, fingió estar leyendo un libro y se limitó a contestar sus preguntas. Tuvo que morderse la lengua para no decir:

—Yo padezco síndrome de estrés postraumático, pero ¿qué te pasa a ti?

Al final, pensó que el mal humor de Hallie no le permitiría reírse de la broma.

Pero, por la noche, la llegada de ese abogado rubio, hediondo y borracho, la ablandó por completo. Al cabo de un instante, abandonó su actitud distante y gélida, y se convirtió en una chica atenta y agradable al borde del desmayo en cuanto vio a ese tío delgado y paliducho que llevaba la camisa manchada de cerveza vomitada.

Jamie estaba seguro de que se había ganado el cielo esa noche. Había ayudado a su rival a meterse en la cama, había comprobado sus constantes vitales e incluso le había dicho a los chicos que lo ayudaran a asearlo un poco.

Todo por Hallie.

Cogió un jersey del sofá. Era exactamente del tipo que a él le gustaban: de buena calidad, pero sencillo. Lo opuesto a ese espantoso anillo de compromiso que Hallie llevaba prácticamente soldado al dedo.

—Habéis sido vosotras dos, ¿verdad? —preguntó en voz alta, dirigiéndose a los espíritus que habitaban la estancia—. Sois dos cotorras bienintencionadas que queréis que Hallie acabe con un hombre en sus cabales, no con un tarado como yo. Esa es la explicación a todo esto, ¿verdad? —Arrojó el jersey al sofá—. ¡Idos todos al cuerno! —Se dio media vuelta caminando con la ayuda de las muletas y salió por la puerta. Tenía que arreglarse para la boda de su tía y, tan pronto como acabara, se iría a casa. Regresaría a Colorado, un lugar donde solo los caballos pisoteaban los corazones de los hombres.

En el salón del té, dos preciosas jóvenes se miraron la una a la otra y sonrieron. En su experiencia, a veces había que acicatear a un hombre para conseguir que hiciera lo que debía hacer.