5
Jamie estaba tumbado de espaldas en el suelo de su nuevo dormitorio, con las manos entrelazadas y los brazos extendidos por encima de la cabeza. Hallie estaba sentada a su lado, inclinada sobre su vientre, con la mano por debajo de su ombligo. Claro que no podía verle el ombligo, pero se imaginaba dónde estaba.
—Quiero que sientas cómo te sale la respiración desde aquí —dijo ella—. Ahora, prueba a respirar más hondo y despacio.
—¿Seguro que esto va a servir de algo?
—Chitón —le ordenó ella—. No hables. Solo respira.
Hallie lo observó mientras levantaba y bajaba las manos despacio y tomaba hondas bocanadas de aire. «¡Qué hombre más contradictorio!», pensó. A simple vista parecía ser incapaz de comportarse con seriedad, siempre estaba de guasa, sonriendo, pero su cuerpo era como un muelle comprimido a punto de saltar. Si pudiera conseguir que se relajara por completo, tal vez no necesitara pastillas para dormir.
No dejaba de preguntarse qué le habría pasado para que estuviera tan tenso. ¿Se trataba de una tragedia reciente en su vida? ¿Un encontronazo con la muerte? Claro que ni se le ocurriría preguntárselo directamente. Jamie se limitaría a cambiar de tema.
Se pasaron una hora haciendo ejercicios juntos. Jamie dijo que eran «de niña» y frunció el ceño, pero Hallie se daba cuenta de que los ejercicios de respiración lo estaban ayudando. En un momento dado, Hallie vio que se le cerraban los ojos, como si tuviera sueño. La idea de que tal vez lo hubiera ayudado lo suficiente para dormir sin necesidad de pastillas hizo que se sintiera mejor.
Cuando terminó con él, Jamie se quedó tendido en la gruesa alfombra, con los ojos cerrados y una sonrisa.
—¿Te sientes mejor? —le preguntó.
—La verdad es que sí. —Parecía sorprendido.
Se puso de pie y lo miró. Jamie le había dicho que empezaba a caerle bien y ella sentía algo parecido. Jamás se había sentido tan cómoda con un hombre. A veces parecían pensar lo mismo a la vez.
Con los pocos novios que había tenido, la reacción normal había sido la de apartarse de ellos lo antes posible. Mientras crecía, su vecina la señora Westbrook, la madre de Braden, había sido su mejor amiga. Ella decía que el problema de Hallie estribaba en que escogía a hombres que se parecían a la gente que ya conocía. Hallie le preguntó qué quería decir con eso.
—Larry era tranquilo y sosegado como tu abuelo; y Kyle nunca estaba disponible, igualito que tu padre. Y Craig se sentaba en una silla y dejaba que tú lo atendieras. Era el equivalente masculino de Shelly.
En aquel momento, se echó a reír por la descripción tan acertada de sus relaciones, pero sabía que no quería repetir los errores.
Por supuesto, había un hombre del que nunca hablaban: Braden. Las dos querían lo mismo: que Braden y ella formasen pareja, algo que no parecía que pudiera suceder.
Mientras Hallie miraba a Jamie Taggert, que seguía tumbado en el suelo, se preguntó si sería posible que tuvieran un futuro en común.
Despacio, Jamie abrió los ojos y la miró. Algo de lo que estaba pensando debió de asomar a sus ojos, porque la expresión de Jamie pasó de soñolienta a incitante. Le tendió la mano para que se reuniera con él en el suelo... y Hallie sabía adónde conduciría eso. Un polvo rapidito sin que él se quitara el chándal. Seguramente sería genial, pero por la mañana estaría cabreada consigo misma por haber mezclado negocios y placer.
Tuvo que darse la vuelta, porque de lo contrario ganaría el placer.
—¿Puedes levantarte sin ayuda? —Estaba dándole la espalda.
—Claro —contestó él con voz seca. Parecía un hombre al que acababan de rechazar... lo que, en cierto modo, era verdad.
Hallie oyó cómo se apoyaba en el poste de la cama para levantarse. Una vez de pie, lo miró de nuevo y le sonrió como si nada hubiera pasado.
—Te veo por la mañana.
—Vale —repuso Jamie con voz fría y distante. Pero después levantó la cabeza—. ¿Cómo entrenas tú?
—Pues como todo el mundo —contestó.
La verdad era que entre cuidar de Shelly, sus varios trabajos, los estudios y, en fin, cuidar de Shelly, había eliminado el tiempo que le dedicaba al gimnasio. Se dijo que las prácticas con las que había aprendido la técnica correcta para llevar a cabo los ejercicios de rehabilitación bastaban.
La expresión desconfiada desapareció del apuesto rostro de Jamie y la tensión entre ellos se esfumó.
—Mañana por la mañana vas a entrenar conmigo.
—No, de eso nada —se apresuró a decir Hallie. Lo había visto en el gimnasio y seguramente le daría unas mancuernas de más de veinte kilos y le diría algo como «A ver qué eres capaz de hacer».
—Te veo a las seis. Buenas noches.
—No creo que sea una buena idea.
Con una expresión casi amenazante, se acercó a ella con la ayuda de una sola muleta, de modo que Hallie retrocedió. No se dio cuenta de que había salido al pasillo hasta que él le cerró la puerta en las narices.
Hizo ademán de abrir la puerta y protestar, pero se lo pensó mejor. En cambio, bostezó, entró en su dormitorio y se metió en la cama. Ya se preocuparía del asunto por la mañana.
Horas más tarde, cuando los gemidos la despertaron, se espabiló enseguida y en cuestión de segundos se encontraba en el dormitorio de Jamie. Estaba muy oscuro, sin la luz de la lamparita, y tuvo que guiarse por lo que recordaba del dormitorio para llegar hasta la cama. Jamie no dejaba de retorcerse sobre el colchón, de un lado a otro, y cuando Hallie le tocó el hombro, la pegó a su cuerpo. Seguía con los pies en el suelo, y estaba en una postura tan torcida que tenía la sensación de que se iba a romper algo.
Colocó una pierna sobre el colchón. Jamie había apartado la sábana, de modo que sus cuerpos estaban pegados. Ella solo llevaba una camiseta ancha y las bragas, pero incluso de noche Jamie estaba cubierto por unos pantalones de chándal y una camiseta de algodón de manga larga.
Jamie la abrazó, atrayéndola de forma que sus piernas quedaron entre las de él. En cuanto sus caderas estuvieron pegadas, Hallie se dio cuenta de que estaba excitado.
—¿Jamie? —susurró, pero no obtuvo respuesta.
La mano de Jamie se deslizó despacio por su cuerpo, hasta llegar hasta su trasero casi desnudo, acariciándole la piel.
Hallie cerró los ojos. Era un hombre guapísimo y ese duro cuerpo contra ella estaba acelerándole el pulso.
—No puedo... No podemos... —comenzó, pero él inclinó la cabeza y la besó.
Ese beso no se pareció a los anteriores. Ese estaba cargado de pasión y de deseo. Cuando la lengua de Jamie acarició la suya, Hallie se olvidó de por qué estaba prohibido y le devolvió el beso. Lo deseaba desde el momento en que lo vio, y los días pasados a su lado habían acrecentado dicho deseo.
Le devolvió el beso como si estuviera desesperada, como si su anhelo trascendiera el deseo. Dado que tenía la rodilla contra su entrepierna, apoyó el pie en el colchón e hizo presión para que Jamie rodara de espaldas. Lo oyó gemir. Pero no era el gemido habitual, fruto de las pesadillas nocturnas, sino un gemido de pasión.
Hallie se sentó a horcajadas sobre él y sintió su dura erección entre las piernas. La habitación estaba tan oscura que no podía verle la cara, pero cuando le besó los ojos, supo que los tenía cerrados.
Se apartó un poco y se quitó la camiseta, que acabó en el suelo, antes de inclinarse sobre él y dejarle los pechos casi en la cara. Lo escuchó soltar un gemido que casi parecía de dolor, teñido por un profundo anhelo.
Con un movimiento ágil, Jamie la obligó a tumbarse de espaldas. Hallie sintió que se soltaba las cintas del pantalón y se lo bajaba. Ella lo había abrazado y estaba acariciándolo por todos lados, explorando los contornos y las curvas de sus músculos. Desnudo tenía que ser espectacular, pensó.
Ella aún tenía las bragas puestas, de modo que cuando él intentó penetrarla, se encontró con la barrera.
—Espera —le susurró mientras bajaba los brazos para quitárselas.
—Te esperaré siempre, Valery —dijo él contra su oreja.
Hallie se quedó helada bajo su cuerpo. En un abrir y cerrar de ojos, pasó de una lujuria ciega a pensar con absoluta claridad. ¡Estaba a punto de acostarse con un hombre drogado! ¿¡Se había vuelto loca!? Jamie no solo no se acordaría por la mañana, sino que creería haber soñado con hacerle el amor a otra mujer.
Por un instante, la cercanía de su magnífico cuerpo, de su cálido aliento en la mejilla y de su exuberante virilidad estuvieron a punto de hacerla tirar por la borda el sentido común.
Sin embargo, tenía más dignidad. No le resultó fácil, pero consiguió salir de debajo de su cuerpo y ponerse en pie. El corazón seguía latiéndole a mil por hora y respiraba de forma entrecortada, y tardó varios minutos en recuperar el control.
La oscuridad de la habitación la había irritado, pero en ese momento se alegró, porque estaba casi desnuda.
Cuando escuchó que Jamie movía los brazos, supo que la estaba buscando.
Tanteó el camino hasta el otro lado de la cama, encontró su camiseta y se la puso. Jamie había dejado de hacer ruido y, por un segundo, creyó que se había despertado, pero después escuchó su respiración profunda y se dio cuenta de que seguía dormido.
Se dirigió a la puerta y salió en busca de su cama. Cuando se acostó, sola, una parte de su mente se arrepentía de haberlo dejado. Echar un polvo con un hombre dormido. Bien mirado, no era tan mala idea.
Sin embargo, Hallie se conocía lo suficiente como para darse cuenta de que no se habría detenido ahí... Al menos, ella no. No era la clase de persona capaz de denunciar a su hermanastra cuando había intentado robarle, y tampoco era la clase de persona capaz de acostarse con alguien sin sentir algo. Tal como Jamie había dicho, cada vez le caía mejor. ¿Disfrutarían de una agradable camaradería durante el día y se acostarían juntos por la noche? ¿Unos encuentros que él no recordaría siquiera?
—¿Y qué pasa cuando aparezca Valery? —susurró en voz alta. ¿Se apartaría ella sin más y pensaría que fue divertido mientras duró? ¿Les sonreiría a los dos mientras paseaban por el jardín, se besaban y se abrazaban?
No, sabía que sería incapaz de hacerlo. Antes de dormirse por fin, renovó su juramento de mantener la relación en un terreno estrictamente profesional.
—¡Hartley! —bramó una voz que podría pertenecer a un sargento instructor.
Hallie, tumbada boca abajo bajo el edredón, se acurrucó todavía más.
Jamie le apartó el edredón, dejando al descubierto su torso cubierto por la camiseta.
—Es hora de ir al gimnasio.
—¿Quién es Valery? —le preguntó ella.
Hallie no vio la sorpresa que apareció en su rostro, y que fue reemplazada enseguida por la rabia. Sin embargo, Jamie consiguió controlar sus emociones.
—Es el amor de mi vida. ¿Celosa?
—¿Ella te aguanta los gemidos y los gruñidos y que la llames en mitad de la noche? —Hallie no se había dado la vuelta y se estaba poniendo de vuelta y media por haberle preguntado por la mujer. Claro que eso era mejor a no saber la verdad.
—Me quiere tal como soy —contestó Jamie—. Venga, arriba, que vamos al gimnasio. Voy a ponerte en forma.
—¿Eh? —dijo ella, que se dio la vuelta en la cama para mirarlo. La fina camiseta apenas ocultaba sus pechos, ya que no llevaba sujetador—. ¿No te gusta la suavidad de las mujeres?
Hallie tuvo el placer de verlo poner los ojos abiertos como platos. Tras soltar la muleta, Jamie se sentó en el borde del colchón.
—Si quieres... —Se interrumpió y cuando extendió la mano para tocarla, Hallie apartó el edredón hacia el otro lado, se levantó y rodeó la cama hacia él. La camiseta le llegaba justo por debajo de las caderas, de modo que sus piernas desnudas quedaban a la vista.
Sintió una satisfacción enorme al ver que Jamie se quedaba blanco.
—¡Joder, Hallie! ¡Que soy humano!
—Tú eres el que ha insistido en que me levante.
—Pues que sepas que no eres la única que se ha levantado.
Hallie no supo a qué se refería hasta que una rápida mirada hacia abajo se lo aclaró. Mientras intentaba contener las carcajadas, se metió en el cuarto de baño y cerró la puerta.
Unas dos horas después, salieron del gimnasio y regresaron a la casa. Hallie estaba segura de que iba a tener agujetas en todo el cuerpo. Jamie la había obligado a terminar un programa en la cinta de correr que alternaba entre ritmos lentos y sencillos, y otros más rápidos y difíciles. Después, la instó a sentarse en un banco mientras le movía los brazos a su antojo para realizar una serie de variantes de aperturas con mancuernas y flexiones abdominales.
A cambio, ella consiguió que dejara las pesas y realizara ejercicios que fusionaban el Pilates y el yoga, con una buena dosis de meditación. Su objetivo era liberar la tensión que acumulaba en esos enormes músculos.
Aunque la larga y dura sesión de entrenamiento casi acabó con ella, Hallie había disfrutado. Rieron y hablaron durante todo el tiempo. Jamie le contó historias de su familia, muchas de las cuales tenían como protagonista a su hermano Todd, que Jamie parecía creer que era el mejor tío sobre la faz de la Tierra.
—Lleva a cabo misiones como infiltrado para la policía y a veces pasamos meses sin saber de él. —Su voz parecía indicar que mientras estaban separados, se echaban de menos con desesperación.
Esas historias acerca de su familia eran tan graciosas que Hallie quiso corresponderle en la misma medida, así que le habló de su estancia con sus abuelos. Le describió el enorme jardín que tenían y cómo a sus compañeras de colegio les encantaba quedarse a dormir en casa y coger bayas.
—Mi abuelo sacaba la tele al jardín y veíamos las películas fuera. Ahora parece muy poca cosa, pero para un grupo de crías de nueve años era la leche.
—Pero ¿tus abuelos se mudaron más adelante?
—Sí —contestó Hallie, y la voz le cambió—. Cuando mi padre se presentó con su nueva esposa y su adorable niña rubia, mis abuelos huyeron a Florida.
—¿Tu único pariente vivo es Shelly?
—Sí —respondió Hallie, y se dio cuenta de que estaba apretando los dientes.
Jamie vio en su mirada lo que suponía que eran años de rabia reprimida. Podía ofrecerle su comprensión, pero sabía de primera mano que eso era lo que menos necesitaba una persona.
—¿Quieres unos pocos? Parientes, digo. Creo que tengo como unos cuantos millones. El año pasado apareció una rama nueva de repente. Jared Montgomery Kingsley se presentó en nuestra casa y nos enteramos de que estamos emparentados con la mitad de los habitantes de Nantucket. Así que dime qué clase de parientes quieres. Puedes catalogarlos por edad, sexo, personalidad, profesión y ubicación. Dame una lista y te encuentro lo que estés buscando.
Cuando terminó con el discurso, Hallie reía a carcajadas.
—Me quedo con un hombre guapo, alto y moreno.
—Aquí me tienes.
Hallie se echó a reír con más ganas.
—¡Menudo ego el tuyo! Anda, túmbate en el suelo y empieza a respirar.
—¿Ahora es cuando vas a usar las dos manos para buscarme el ombligo? Porque, para que lo sepas, anoche se desplazó unos veinte centímetros más abajo.
—¡Túmbate en el suelo! —Hallie meneaba la cabeza sin dejar de reírse.
Cuando por fin dejaron de entrenar y regresaron a la casa, se llevaron una grata sorpresa al ver que la mesa de la cocina estaba a rebosar de comida.
—Parece que Edith se ha pasado por aquí —dijo Jamie.
—Y está intentando congraciarse con nosotros.
Jamie cogió un strudel crujiente con forma de triángulo, lo partió por la mitad y le dio el trozo más grande a Hallie.
—A ver: una mujer furiosa que cierra de un portazo por un lado y Edith, que nos trae comida. Difícil decisión, ¿eh?
—Edith me ha conquistado. Está buenísimo. ¿Albaricoque?
—Eso creo. ¿Cuál es tu baya preferida? —Jamie cogió una galleta cuadrada decorada con un conejito.
—Los arándanos rojos. Crecen en pequeños arbustos. Cuando era pequeña, mi abuela hacía una mermelada para chuparse los dedos con los arándanos. ¿Hay té caliente?
Jamie tocó la tetera.
—Está que arde.
En un abrir y cerrar de ojos, estaban sentados a la mesa, sirviéndose de los platos. Antes de terminar, sonó el teléfono de Jamie. Miró la pantalla.
—Un primo. Menuda sorpresa. —Tocó la pantalla para contestar—. Jared, me alegro de oírte. Acabo de salir del sótano, donde tengo encadenada a Hallie a la pared. Está...
—¡Dame eso! —protestó Hallie al tiempo que le quitaba el teléfono—. Hola, Jared. Todo va bien. ¿Y por ahí?
—Bien —contestó él—. Alix y yo estamos en Tejas ahora mismo, pero quería que supieras que no me he olvidado de ti. Voy a buscar un buen abogado para que te represente en la demanda contra tu hermanastra.
—No creo que sea necesario —repuso ella—. Estoy segura de que has dejado tan clara tu postura que Shelly no volverá a intentar algo así.
—Hallie —dijo Jared con paciencia—, hemos dejado a tu hermanastra sola en una casa de tu propiedad. A saber si a estas alturas la ha puesto a la venta.
—No creo que hiciera algo así. Es...
Jamie recuperó el teléfono y puso el altavoz.
—Yo estoy contigo —le dijo a Jared—. ¿Tienes ya abogado? Porque si no es así, estoy emparentado con unos cuantos.
—Por eso llamaba. Alix me preguntó si Hallie conocía a algún abogado que estuviera al tanto de la situación familiar. Así se ahorraría unas cuantas explicaciones.
Jamie la miró con expresión interrogante.
—El hijo de mi vecina, Braden Westbrook, es abogado —dijo Hallie—. Pero trabaja para Hadley-Braithwaite en Boston. Es un bufete de abogados muy importante y estoy segura de que este caso será demasiado pequeño para ellos.
—¿Tu amigo conoce a Shelly? —preguntó Jared.
—Sí, claro. La conoce desde que era pequeña.
—Perfecto. Voy a llamarlo.
—¿Quieres sus números de teléfono y sus direcciones? —preguntó Hallie—. Me los sé de memoria.
—Espera que busco algo con lo que apuntar —replicó Jared—. Ya. Dispara.
Hallie le dio el número del móvil y del despacho de Braden, así como la dirección del bufete de abogados y de su apartamento en Boston. Después, le dio el número de móvil y la dirección de su madre, que vivía enfrente de su casa.
—Genial —repuso Jared—. Gracias. Os volveré a llamar en cuanto me entere de algo.
—Pregunta por la sala del té —apostilló Jamie.
—Esto... ¿Jared? —dijo Hallie—. Es que... ha pasado algo. No sé cómo decirlo exactamente, pero... En fin, la verdad es que no ha pasado nada en realidad, pero...
Jamie cogió el teléfono.
—¿Sabías que esta casa está habitada por los fantasmas de dos damas que sirven té?
—Ay, Dios —exclamó Jared—. Me había olvidado de ellas. —Suspiró—. Nantucket tiene... —Dejó la frase en el aire—. ¿Estáis muy asustados?
—En absoluto —le aseguró Jamie. Bueno, Hallie está un pelín asustada, pero me ha convencido de que me mude a la planta alta para estar cerca de ella y ya se le ha pasado.
—¿En serio? —preguntó Jared de tal forma que quedó muy claro que eso de mudarse a la planta alta no tenía nada que ver con los fantasmas.
Jamie miró a Hallie, que se estaba poniendo colorada.
—La verdad es que el asunto nos tiene intrigados y nos gustaría averiguar más cosas sobre las damas, pero el salón está cerrado. Hemos pensado que podríamos llamar a un cerrajero y...
—No —lo interrumpió Jared—, conozco a alguien que puede abrir la puerta. Lo llamaré. Seguramente también pueda contestar cualquier pregunta que os hagáis. Se llama Caleb Huntley y es el director de la Asociación Histórica de Nantucket. ¿Vais a quedaros en casa hoy?
Jamie miró a Hallie y ella asintió con la cabeza.
—Estaremos aquí.
Cuando colgó el teléfono, Jamie cogió otra de las galletas cuadradas, en esa ocasión decorada con una rosa.
—Será interesante averiguar la historia de las Damas del Té, ¿no crees? —preguntó Hallie.
Jamie miraba la comida, presentada en el expositor con sus múltiples bandejas.
—¿Cuál es el número de tu hermanastra?
—Te lo miro en el teléfono y ahora te lo doy.
—¿No te lo sabes de memoria?
—Pues no.
—Así que no eres una de esas personas capaces de recordar los números de teléfono y las direcciones de todo el mundo, ¿no?
—Claro que no. ¿Por qué dices eso? Ah. Braden. Es que lo conozco desde hace mucho tiempo, y su madre y yo mantenemos una relación muy estrecha. Me ayudó mucho después de la mudanza de mis abuelos, cuando me quedé sola con Ruby y Shelly. Y él...
—¿Cuántos años tiene este tal Braden?
Cuando Hallie se dio cuenta del rumbo de la conversación, fue incapaz de contener una sonrisilla.
—Treinta y dos. ¿Celoso? —Le estaba tomando el pelo, tal como él hizo esa mañana con ella, pero en ese momento no había ni la más leve sonrisa en su cara.
—¿De un abogado viejo? En absoluto. —Se levantó de la mesa—. Tengo que contestar unos cuantos mensajes de correo electrónico. —Salió de la estancia.
A pesar de su negativa, la actitud de Jamie le arrancó una sonrisa.
Jared llamó a Caleb Huntley, el padrastro de su mujer... aunque antes de que lo fuera, entre ellos existía una relación personal bastante larga. No se anduvo con rodeos.
—Tienes que ir hoy a la casa Hartley-Bell y hablarles a Jamie y a Hallie de los fantasmas. Y hacerlo con tiento. No entienden cómo funcionan las cosas en Nantucket.
—Ah —dijo Caleb en voz baja—. Esas damas tan guapas. Me gustaría volver a verlas.
—Olvídate de eso. No quiero que empieces a hablar de fantasmas y que les des un susto de muerte a un par de forasteros. Preséntate como el señor Huntley, director de la Asociación Histórica de Nantucket, y explícales los hechos.
Caleb soltó una carcajada.
—¿Quieres que les cuente que todos los hombres de la isla menores de setenta años trepaban por la pared para llegar hasta esas dos mujeres? Aunque ahora que lo pienso, el viejo Arnie tenía setenta y dos, así que mejor les digo que todos los hombres menores de ochenta años.
—No puedo ponerme a recordar los viejos tiempos ahora mismo. Hazme el favor de ir a la casa y contarles una historia bonita y tranquilizadora que evite que se monten en el próximo ferry que salga de la isla. Sobre todo, quiero que Hallie se tranquilice. No puede irse hasta que hayamos resuelto el lío con su hermanastra.
—Me encargaré de todo —le aseguró Caleb—. Tú ocúpate de tus edificios y déjame a mí los fantasmas.
En cuanto Caleb colgó, llamó a su asistente por el intercomunicador. Al verla entrar, le dijo:
—Si te dibujo un mapa del ático de Kingsley House, ¿podrías ir y buscarme una cosa?
Como le sucedería a cualquier historiador, a su ayudante se le iluminaron los ojos por la idea. Kingsley House llevaba en manos de la misma familia desde que la construyeron a principios del siglo xix. Se rumoreaba que el ático estaba lleno de tesoros que deberían exponerse en un museo: diarios, ropa, objetos históricos y cosas que eran el sueño de cualquier historiador.
—Sí —consiguió decir ella.
Caleb le dibujó un plano de la distribución del ático. En la tercera columna desde la puerta, al fondo del todo, debajo de cuatro cajas llenas de objetos procedentes de China y en el interior de un viejo baúl, en el fondo a la izquierda, había una cajita de cinabrio con una llave dentro. Él quería esa llave.