7

 

 

—¿Vas a aceptar el caso? —le preguntó la señora Westbrook a su hijo, Braden.

Su tono de voz era impaciente, incluso irritado. Claro que su ambicioso y trabajador hijo parecía estar haciendo las pruebas para el papel de un vagabundo de una película ambientada en los años treinta. Estaba repantigado en el sofá, comiendo patatas fritas mientras veía la reposición completa de Embrujada. Llevaba días sin afeitarse. De hecho, ni quisiera se había duchado desde que llegó a casa, hacía una semana.

—No lo sé —masculló él—. Detesto el derecho civil con disputas familiares de por medio. Demasiadas lágrimas y rencillas.

Su madre contó hasta diez.

—Es por Hallie. Necesita ayuda. Su hermanastra le ha hecho otra jugarreta, pero esta vez no solo necesita un hombro en el que llorar. Necesita ayuda legal.

—Hallie nunca acabaría ante un tribunal, así que cualquier estudiante de primer curso puede redactar los documentos. No necesita que lo haga un abogado que está a punto de convertirse en socio del bufete. —Resopló—. Claro que Hallie podría echarle narices al asunto por una vez y darle la patada a Shelly.

La señora Westbrook no recordaba haberse sentido más furiosa en toda su vida. Se plantó delante de su hijo y lo miró fijamente mientras le quitaba la bolsa de patatas fritas.

—Puedes hablar de esa manera en la gran ciudad, pero no en mi casa, mucho menos cuando te diriges a mí. ¿Me he expresado con claridad?

Braden se enderezó en el sofá y apagó la tele.

—Lo siento, mamá. De verdad, lo siento mucho. Sé que he sido un incordio toda esta semana, pero...

Ella levantó una mano para interrumpirlo.

—Entiendo por qué te estás regodeando en tu desdicha. Tu novia te ha dejado tirado.

—Zara era más que una novia. Era...

—La chica que se negaba a comprometerse contigo. —La señora Westbrook levantó las manos—. Braden, eres la persona más lista que conozco, pero a veces me pregunto si tienes sentido común.

—¡Mamá! —exclamó él, con un deje herido.

Su madre se sentó en el borde del sofá.

—Cariño, Zara es un zorrón. La única vez que la trajiste a casa la vi coqueteando con el hijo mayor de los Wilson.

—¿Tommy? No creo que Zara intentara algo con alguien como él.

—Si alguna vez te hubieras molestado en ver más allá de su cuerpo delgaducho y plano, te habrías dado cuenta de que Tommy está como un tren.

—¡Mamá! —Braden se quedó de piedra.

—Braden, cariño —dijo ella, bajando la voz—, si quieres encontrar el amor de verdad, ¿por qué no echas un vistazo a tu alrededor? A lo mejor podrías buscar más cerca de casa.

Braden echó la cabeza hacia atrás y la apoyó en el respaldo del sofá.

—Hallie no. Por favor, no me digas que vas a empezar de nuevo. Hallie es una buena chica. Trabaja duro. Su umbral del dolor es bastante alto si ha aguantado tantos años a su familia. Estoy seguro de que será una maravillosa esposa para alguien y que tendrá una caterva de críos que se reirán de ella.

—¡Mejor eso a una mujer que se ría de ti! —exclamó su madre al tiempo que hacía ademán de levantarse, pero él la agarró del brazo.

—Lo siento, mamá. Te pido perdón por esto. —Señaló el montón de bolsas vacías que tenía a su alrededor. Pero también se refería a su incapacidad para volver al bufete, donde tendría que ver a la mujer que quería con uno de los socios. Se había enterado de que en ese momento lucía un anillo de compromiso de cinco quilates—. Sé que quieres a Hallie —continuó—. Es la hija que nunca has tenido, y tal vez ese sea el problema. La veo como a una hermana.

Su madre lo miró con los ojos entrecerrados.

—¿En serio? Ayer, cuando Shelly estaba fuera con menos tela que la necesaria para hacer un pañuelo, fue la única vez que te levantaste del sofá en toda la semana. ¿A ella también la consideras una hermana?

—Mamá, sé razonable. Shelly está tan buena que para el tráfico.

—Hallie es una chica muy guapa, pero sobre todo tiene corazón. Se preocupa por la gente.

—Sí, es verdad. —Esbozó una sonrisilla—. Ojalá pudiera tener el corazón de Hallie en el cuerpo de Shelly.

Su madre no le devolvió la sonrisa.

—Voy a decirte lo que vas a hacer, y no te lo estoy pidiendo por favor. Vas a levantarte, a ducharte y a afeitarte, y luego vas a negociar, a mediar o a llevar a juicio este asunto, lo que tengas que hacer, para solucionarle el problema a Hallie.

Braden abrió la boca para protestar, pero su madre siguió hablando.

—Y lo que es más, no vas a cobrar un solo centavo.

Braden miró a su madre a la cara. Era la misma cara que tenía cuando le había repetido innumerables veces que recogiera sus juguetes y él no lo había hecho. No sabía qué sucedería si desafiaba esa cara, porque nunca se había atrevido.

—Sí. —Eso fue lo único que consiguió decir.

Ella asintió con un gesto seco de cabeza y se puso en pie.

—Tengo el champú que usaba tu padre. No uses esas marcas pijas tuyas. Va a ser difícil quitarte la mugre de encima. —Se fue a la cocina.

Braden puso los ojos en blanco, se levantó del sofá y subió al cuarto de baño de la planta alta mientras mascullaba «¡Joder, Hallie!». Temía su forma de mirarlo, con una expresión suplicante en los ojos que le rogaba que le dijera una sola palabra amable. ¡Y la insinuación de su madre de que no se preocupaba por Hallie era muy injusta! Había cuidado a Hallie desde que era pequeña.

Mientras abría el grifo recordó la imagen de Shelly en biquini y fue incapaz de contener una sonrisa. El día anterior, la mitad del vecindario había salido de su casa para verla inclinada sobre las flores. No estaba seguro de qué había sucedido en esa ocasión entre las hermanastras, pero no le cabía la menor duda de que era culpa de Shelly. Siempre había sido una niñata interesada, siempre había estado tramando algo retorcido, y normalmente la pobre Hallie era el objeto de dicho plan.

El día que llegó a casa después de que Zara lo hubiera «dejado tirado», tal como su madre había dicho con tan poco tacto, supuso que Shelly no tramaba nada bueno. Estaba en la cocina con su madre, regalándole el oído para que le prestara un juego de té y preguntándole dónde podía comprar dulces. Le dio la sensación de que esperaba a un invitado importante.

En aquel momento, Braden se sentía demasiado mal como para dejarse ver, aunque incluso sumido en su total depresión, se dio cuenta de que había gato encerrado. En primer lugar, Shelly creía que los hombres estaban en la tierra para complacer sus caprichos, y no al revés. Así que, ¿por qué se estaba tomando tantas molestias por ese en concreto? Cuando le dijo de quién se trataba a su madre, él reconoció el nombre del famoso arquitecto. ¿Qué narices hacía visitando a Shelly?, se preguntó.

Lo último que le apetecía era enredarse en lo que estuviera metida Shelly, pero creía que Hallie debería saber lo que pasaba. El día que se suponía que iba aparecer el hombre, Braden estaba sacando la basura cuando vio a Hallie salir corriendo de la casa y meter unas cuantas cosas en el maletero abierto del coche. Tal vez no debería haberse inmiscuido, pero lo hizo. Cruzó la calle con la intención de ponerla sobre aviso, pero también temiendo hacerlo. En cambio, se dejó llevar por un impulso y sacó un sobre de aspecto importante de su bolso y lo metió por debajo de la puerta mosquitera. Cuando Hallie llegara a su destino y descubriera que le faltaba, tal vez volviera para recuperarlo. Y tal vez averiguara lo que Shelly estaba tramando.

Cuando Braden salió de la ducha, pensó que lo primero que tenía que hacer era ir a ver a Shelly. Tenía que escuchar su versión de lo sucedido... aunque se temía todo el drama. Si Shelly no tuviera el aspecto que tenía, nadie la soportaría. Claro que fue inevitable que pensara en lo que Zara diría si aparecía por el bufete con una chica del aspecto de Shelly. ¿No pasaría del metro ochenta si se ponía tacones? Unos bonitos zapatos de tacón y un traje. Tal vez algo de Chanel.

Cuantas más vueltas le daba, más le gustaba la idea. Si lo que había hecho Shelly en esa ocasión podía llevarla a la cárcel, le debería un favor por evitar que acabara allí.

«Dos pájaros de un tiro», pensó mientras se afeitaba. ¿O era más un caso de rascarse mutuamente las espaldas? Fuera lo que fuese, se moría por verle la cara a Zara cuando apareciera con Shelly de su brazo.

 

 

Cuando Hallie se despertó, miró el reloj. Faltaban cinco minutos para las dos de la madrugada. La hora de las pesadillas de Jamie. Mientras salía de la cama, pensó que cuando tuviera hijos, estaría preparada para las noches en vela.

Había dejado la luz del cuarto de baño de Jamie encendida, así que al menos podía verlo. A las dos en punto, empezó a sacudirse en la cama. Le puso las manos en los hombros, pero no era lo bastante fuerte para inmovilizarlo. Al recordar lo que les habían dicho de los fantasmas, pensó que tal vez ayudaría si mencionaba el nombre de su Amor Verdadero. A lo mejor las pesadillas se debían a que la echaba de menos. Sin embargo, en cuanto pronunció el nombre de «Valery», se puso peor. Jamie empezó a gemir y después levantó las manos, como si quisiera protegerse la cara.

—Soy yo, Hallie —dijo en voz alta—. ¿Te acuerdas? Hallie, Nantucket, y la rehabilitación de tu pierna. Y Todd. No te olvides de él.

Sus palabras parecieron calmarlo, ya que dejó de debatirse, pero seguía tenso. Se inclinó sobre él y le apartó el pelo de la frente.

—Ya estás a salvo —le susurró—. Vuelve a dormirte.

Cuando Jamie se relajó un poco, ella hizo ademán de alejarse, pero su mano la aferró de una pierna desnuda.

—Ah, no, de eso nada —dijo, pero después sonrió. Parecía que no iba a soltarla sin su beso de buenas noches.

Le tomó la cara entre las manos y lo besó. Cuando el beso tomó otro cariz más apasionado y Jamie intentó que se tumbara en la cama junto a él, Hallie se apartó y lo miró. Con cada minuto que pasaba, le gustaba más... y sabía que no tardaría mucho tiempo en enamorarse de él. Pero después, ¿qué pasaría? ¿Qué pasaría cuando se le curase la pierna y se fuera con una chica con el cuerpo de Shelly? Los tíos altos, guapos y ricos que se pasaban la vida yendo de fiesta en fiesta no se comprometían con fisioterapeutas rellenitas y bajitas. Tenían aventuras y luego se largaban.

No, pensó Hallie. Ya le había entregado el corazón a un hombre que solo parecía verla como a la cría de enfrente.

Jamie estaba dormido, de modo que ella podía volver a su cama. Mientras recorría la casa a oscuras, sopesó la idea de que los fantasmas no se le habían aparecido a ella porque ya había conocido a su Amor Verdadero. Pensó en Braden, en estar cerca de él mientras crecía. Era seis años mayor que ella y lo había adorado de lejos. Él siempre había sido... En fin, había sido espectacular. Una estrella del deporte, el mejor alumno de la clase, el rey del baile de graduación. Entró en Harvard con una beca parcial, sacó unas notas impresionantes y un famoso bufete de abogados lo contrató. Era un Chico de Oro en toda regla.

Mientras se metía en la cama, pensó en Braden como el hombre a quien más deseaba... un sentimiento alentado por su madre. Pero sabía que para él nunca sería otra cosa que la cría que siempre estaba en su casa.

Hallie lo veía como alguien inteligente y atento. A veces, Braden volvía a casa de sus entrenamientos y ella estaba en la cocina con su madre, preparando galletas con los ojos enrojecidos de tanto llorar.

—Bueno, ¿qué ha hecho ahora? —preguntaba él siempre al tiempo que cogía un montón de galletas para llevárselas a su dormitorio. Sabía que Shelly siempre era la causante de la infelicidad de Hallie.

Hallie le contestaría que le había roto el ordenador o que se había gastado el dinero de su hucha. O, lo más habitual, que no podía ir a tal o cual sitio porque tenía que quedarse a ayudar a Shelly con algo. Braden, que siempre había sabido que quería ser abogado, le diría algo como: «¿Quieres que redacte un contrato y la mande a trabajar con la Reina de Hielo?»

Sus preguntas y sus graciosos «castigos» siempre conseguían animarla. A lo largo de los años, habían elaborado una lista con todo lo que le harían a Shelly.

—La pondría en el cuerpo de un avatar —dijo Braden una vez.

—Nunca se acostumbraría a ser tan bajita —replicó Hallie.

Braden se echó a reír, ya que los avatares medían más de tres metros.

Si ya había conocido a su Amor Verdadero, seguro que se trataba de Braden.

 

 

A la mañana siguiente, el móvil la despertó. Con los ojos medio cerrados, contestó y escuchó la voz de Jared al otro lado.

—Siento llamarte tan temprano, pero estoy a punto de embarcar en un avión para viajar al extranjero. —En pocas palabras, le explicó que su amigo Braden iba a encargarse del caso.

—¿Braden ha accedido? —preguntó Hallie, que se incorporó en la cama, le prestó atención y le hizo unas cuantas preguntas.

Jamie entró cojeando en la habitación y se quedó al pie de la cama.

—Claro —dijo Hallie—. Allí estaré. No tendrás un coche que pueda usar, ¿verdad? Necesito hacer unos cuantos recados. Otra cosa, ¿dónde puedo comprar productos de limpieza? —Escuchó durante varios minutos y guardó silencio—. Vale. ¡Muchas gracias! Que tengas un buen vuelo. —Colgó y miró a Jamie—. Mi amigo Braden se va a encargar de lo de mi hermanastra. Quiere redactar unos documentos para que a Shelly le quede claro qué es de quién. Y Braden va a arreglarlo todo para que nunca vuelva a incordiarme con el dinero. —Soltó el aire que había retenido—. Para mí será como una Declaración de Independencia.

Jamie se sentó en el borde de la cama.

—Y este Braden consigue ser el héroe. ¿Qué tal le sienta su magnífica capa cuando ondea al viento?

—A Braden le sienta bien todo. —Apartó el edredón y salió de la cama—. Y Jared me ha dicho que puedo usar el coche de un hombre llamado Toby. —Hallie entró en el cuarto de baño y cerró la puerta. Al salir, Jamie estaba tumbado en su cama, con las manos detrás de la cabeza y la vista clavada en el techo.

—Toby es una chica y se va a casar con mi primo Graydon —le explicó él.

—¿Estás invitado a la boda? —preguntó Hallie mientras cogía unos vaqueros.

—No, pero mi tía Jilly sí. Es en otro país, pero mi tío Mike ha montado una pantalla para que podamos ver la boda en directo. Puedo decirle que nos conecte aquí si quieres verla. Creo que va a ser una boda por todo lo alto.

—Sería genial —dijo Hallie. Se ocultó tras la puerta del cuarto de baño para ponerse la ropa interior, los vaqueros y una camiseta, antes de volver al dormitorio—. ¿Te importa levantarte para que pueda hacer la cama?

—Pues sí —respondió Jamie, que seguía con la vista clavada en el techo—. Cuéntame más cosas del tal Braden. ¿Puedes fiarte de él?

—Totalmente. Conoce a Shelly y todo lo que ha hecho a lo largo de los años, así que ya cuento con esa ventaja. No se dejará engañar por ella como os pasa a ti y al resto de los hombres que hay sobre la faz de la Tierra.

—¡Oye! —Jamie se sentó en la cama—. ¿Cómo es que me he convertido en el malo de la película? ¡Si ni siquiera conozco a tu hermanastra!

—No, pero tienes sus fotos en tu agenda. ¿Para qué? ¿Para poder babear sobre ellas? —preguntó Hallie antes de poder morderse la lengua, pero luego añadió a toda prisa—: Claro que da igual. Necesito el coche para ir a una tienda llamada Marine Home. Tengo que comprar un montón de cosas.

Jamie se levantó de la cama, recogió las muletas tan deprisa que casi se cayó, pero consiguió alcanzar a Hallie antes de que esta llegara a la escalera.

—No puedes acusarme de algo y largarte antes de que pueda defenderme.

—Solo necesitarías defenderte si te estuvieran acusando de algo... cosa que no es verdad. Todos los hombres os comportáis como unos idiotas delante de Shelly. —Hallie cejó en su empeño de rodearlo y lo fulminó con la mirada—. ¿Por qué no estás en el gimnasio intentando añadir más músculos a tu cuerpo?

—He dormido bien y se me han pegado las sábanas —contestó él—. Y ahora me están acusando injustamente de un crimen que no he cometido. Sí, intercambié mensajes de correo electrónico con tu hermanastra, pero creía que eras tú.

—Y tienes una foto impresionante de ella. Genial. Ahora, apártate para que pueda irme. Tengo mucho trabajo por delante.

—¿Conmigo? Mi pierna va bien, me duele un poco, pero sé que puedes solucionarlo. —Le regaló una sonrisilla sugerente.

Ella lo fulminó con la mirada.

—Para que lo sepas, la vida consiste en muchas más cosas aparte de ti. Mi amigo Braden Westbrook llegará en cuestión de días y quiero que este sitio esté impecable. Voy a comprar un montón de productos de limpieza y después voy a volver para dejar el salón del té reluciente. Braden no es la clase de hombre al que le gusta un sitio tan sucio como este. ¿Ya estás satisfecho? ¿Me puedo ir?

Jamie no se movió.

—¿Vas a hacer todo eso por él? ¿Tú sola?

—Sí. —Lo miró fijamente... y habría jurado que vio una expresión celosa en sus ojos—. Te pediría que me acompañaras, pero te niegas a salir de la propiedad, así que supongo que el proyecto es cosa mía. —Se puso de perfil para pasar a su lado y echó a andar escaleras abajo.

—Te acompaño —dijo él.

Hallie se detuvo en mitad de la escalera, pero no miró hacia arriba.

—¿Conduces tú?

—No te pases —replicó Jamie.

Con una sonrisa, Hallie bajó el resto de los escalones.

 

 

Una vez en la tienda, Hallie se concentró en lo que necesitaba para limpiar la casa e hizo todo lo posible por desentenderse del nerviosismo de Jamie.

Antes de salir de casa, había hecho una lista. Cuando estuvo preparada para irse, esperó a que Jamie se echara atrás. De hecho, parecía sudar por la mera idea de salir. Sin embargo, le dijo:

—Recuérdame que llame a la madre de Braden para pedirle la receta de sus galletas de pasas y avena. Son las preferidas de Braden.

El comentario pareció afianzar tanto la decisión de Jamie que la acompañó por Kingsley Lane para ir a la enorme casa de Jared. La esperó fuera mientras ella cogía las llaves del coche y después recorrieron el camino que llevaba hasta una casita, donde estaba el coche. Durante el trayecto, Jamie se aferró al reposabrazos en las dos curvas que trazaron, pero aguantó bastante bien.

Cuando llegaron a la tienda, Hallie pensaba: «James Michael Taggert, ¿qué narices te ha pasado?»

Los productos de limpieza se encontraban en el extremo más alejado de la tienda y en cuanto se alejaron de los demás clientes y del espacio abierto, Jamie se tranquilizó y llenaron el carrito de la compra a rebosar. De camino a la caja, cogieron una aspiradora y muchas bolsas de recambio.

Cuando Jamie insistió en pagar la cuenta, Hallie protestó.

—Deja que yo le gane en algo a Braden el Magnífico —masculló él mientras le entregaba la tarjeta de crédito a la cajera.

Cuando salieron, Hallie tenía tanta hambre que estaba mareada, de modo que se detuvo en el aparcamiento de un establecimiento llamado Downyflake. Jamie casi se negó a entrar, pero cuando lo hizo, se negó a sentarse en una mesa al lado de la ventana. Se sentó en una situada en un rincón del interior.

Se comieron un par de gruesos sándwiches de atún y queso fundido, y Jamie pidió una docena de donuts para llevar. De camino al coche, le ofreció uno a ella.

—A Braden no le gustan las mujeres gordas —repuso Hallie.

—Tú no estás gorda —la corrigió él— y a cualquier hombre que no le guste tu aspecto es que directamente no le gustan las mujeres.

—Eres muy amable. —Estaba sonriendo, pero añadió—: ¡Ay, no! ¿Cómo salgo de aquí? —Dos camionetas estaban aparcadas a ambos lados del coche, y en cierto ángulo. Quedaba muy poco espacio en el lado del conductor para entrar en el coche—. Vamos a tener que esperar a que se lleven uno de los coches.

—Dame las llaves —le dijo Jamie al tiempo que le entregaba las muletas.

Jamie fue saltando a la pata coja y se coló entre el coche y la camioneta, abrió la puerta todo lo que pudo y consiguió meter su corpulento cuerpo en el coche.

Hallie se apartó mientras él sacaba el vehículo con pericia del hueco. Una vez fuera, dejó las muletas en la parte trasera y se sentó en el asiento del acompañante.

—¿Te acuerdas de cómo volver a casa?

—Sí —contestó él, pero cuando salió a la carretera, dobló a la derecha en vez de a la izquierda.

—¿Adónde vas?

—La verdad es que me gusta conducir. ¿Te importa?

—En absoluto —contestó ella, y se acomodó en el asiento.

Había un mapa de Nantucket en la guantera, así que pudo indicarle qué camino seguir mientras pasaban la mañana explorando la isla. Jamie tenía que conducir usando la pierna izquierda, pero no tenía problemas.

En el camino de vuelta, se detuvieron en Bartlett’s Farm para comprar comida. Jamie no quería entrar, pero cuando Hallie le comentó que no recordaba la marca preferida de queso de Braden, la acompañó.

—Lo estás haciendo a propósito, ¿verdad? —le preguntó él.

—Ya lo creo. La siguiente parada es aquel sitio. —Señaló con la cabeza el enorme vivero lleno de plantas.

—Deja que lo adivine: a Braden le encantan las flores. ¿Tendrán alguna que combine con su capa de superhéroe?

—En realidad, estaba pensando en algunas que combinaran con sus ojos. —Se echó a reír al ver la mueca de Jamie. Nunca había tenido un novio celoso y estaba disfrutando de lo lindo. Claro que Jamie no era su novio, pero, fuera lo que fuese, estaba disfrutando de su incomodidad.

Cuando volvieron a la casa, encontraron la mesa de la cocina rebosante de platos con una de las gloriosas meriendas de Edith, en esa ocasión dulce. En la bandeja inferior del expositor había tartaletas de coco con diminutas fresas silvestres y tartas de manzana de cinco centímetros que rezumaban queso por la corteza. En la parte alta había rebanadas de pan de jengibre con trocitos de manzana y uvas.

—Seguro que se ha enterado de que su nuera nos ha estado dando la tabarra y quiere disculparse —dijo Hallie.

—Sea como sea, la adoro. Me muero de hambre. Prueba esto. —Le ofreció una minimagdalena con trocitos de cereza por encima.

Hallie apartó la cara.

—Creo que me conformaré con una ensalada.

Jamie protestó.

—¡No me vengas otra vez con el superhéroe de la capa! ¿No te has dado cuenta de que has perdido peso desde que llegaste?

—Qué tontería. Los dulces de Edith son una bomba calórica.

—¿Y qué me dices de esto? —Jamie enganchó el dedo en la cinturilla de sus vaqueros y le demostró que había una holgura de cinco centímetros.

Lo cierto era que la ropa le quedaba un poco ancha. Había pensado que se debía a que no estaba bebiendo mucha agua, pero tal vez no fuera ese el motivo.

—Mira, Hartley —dijo Jamie—, entre los dos entrenamientos al día y toda la energía que gastas dándome masajes, estás consumiendo más calorías de las que ingieres. Y si piensas en todo el trabajo que vamos a hacer esta tarde...

—Me has convencido —lo interrumpió Hallie, que cogió la magdalena de chocolate y se la comió de un bocado—. Maravillosa. —Se sentó y empezó a servir el té.

Como de costumbre, se lo comieron todo. Después lavaron los platos, se quejaron amargamente antes de iniciar el proyecto y salieron en busca de la puerta de doble hoja que conducía al viejo salón del té.

—A lo mejor tus fantasmas lo han limpiado durante la noche —aventuró Jamie, pero estaba tal cual lo habían dejado.

De hecho, como había más luz, el lugar parecía en peores condiciones. Telarañas, una capa de mugre tan gruesa como la suela de un zapato y un ambiente cargado de humedad y de polvo.

—Vale —dijo Hallie—, creo que deberíamos sacar todo lo que se puede lavar y empezar con un buen manguerazo. Lo que se quede dentro lo limpiaremos con la aspiradora y después a mano.

—Buena idea —convino Jamie, y después de sacar los productos de limpieza del coche, se pusieron manos a la obra.

Se colocaron mascarillas blancas y abrieron todas las puertas y las ventanas. Hallie empezó a llevar platos y más platos a la cocina para fregarlos, mientras Jamie atacaba la despensa.

Al principio, trabajaron en silencio, pero poco a poco comenzaron a hablar. Jamie le hizo un montón de preguntas sobre su vida. Tal como hiciera antes, Hallie solo habló del período anterior al matrimonio de su padre con Ruby.

—Lo que no entiendo —dijo Jamie tras apartar la mascarilla— es que si tu padre estaba fuera casi todo el tiempo y tal como acabas de decirme casi todo su trabajo se concentraba en Florida, ¿por qué no te fuiste con tus abuelos cuando se marcharon? ¿Por qué te quedaste con tu madrastra si apenas la conocías?

—Quería irme con ellos y mis abuelos le suplicaron a mi padre que me dejara ir, pero Ruby dijo que Shelly necesitaba a su hermana mayor. Mi padre estaba loquito por Ruby en aquella época, así que le dio la razón y dijo que no podía irme. —Soltó una carcajada amarga—. A veces, tenía la sensación de que me usaban como una especie donante de órganos. Mi objetivo en la vida se convirtió en «ayudar a Shelly». Ayudar a mi hermanastra era más importante que los deberes del colegio, que mi vida social, que todo. —Cuando lo miró, vio una expresión preocupada en la cara de Jamie—. ¿Ahora me tienes lástima?

—La lástima no me gusta —le aseguró él—. Ni la recibo ni la ofrezco.

—Buena filosofía —dijo ella—. A veces, tienes que aceptar cómo son las cosas y vivir con ellas.

—En eso te doy toda la razón —repuso él, y se miraron con una sonrisa.