11
A las cuatro de esa tarde, Hallie estaba lista para cerrar la puerta del jardín y colocar un cartel que prohibiera el paso. Un interminable goteo de invitados masculinos a la boda había ido para pedirle cita, algún consejo para una lesión o directamente para solicitar una sesión de masaje. Todos habían pagado el precio que ella había estipulado y le habían dejado una generosa propina. Pero, en su opinión, lo que en realidad querían era conocerla.
«¿¡Por qué!?», se preguntó. Ni que fuera a formar parte de la familia. Aunque no le importaría. Todos los hombres eran muy amables, guapos, inteligentes, educados y con unos modales exquisitos. Salvo Todd. Todd le caía fatal.
Sabía que parte de la animadversión que existía entre ellos era culpa suya. Por la tarde, le dolían los brazos y los hombros por ofrecer masaje tras masaje. En un momento dado, hubo tres jóvenes sentados bajo el cenador con una toalla como única prenda de ropa. Se habían lavado con la ducha exterior, pero en vez de vestirse, se habían colocado las toallas en torno a la cintura y habían esperado su turno en la camilla de Hallie.
Todos fueron tan amables que, cuando le llegó el turno a Todd, su actitud la dejó de piedra.
En cuanto se tumbó bocabajo, desnudo, en la camilla, dijo:
—¿Qué intenciones tienes con mi hermano?
Era bastante tarde y ella estaba cansada.
—Secuestrarlo y quedarme con su avión —le soltó antes de pensar.
Hallie sabía que Jamie se habría echado a reír, pero Todd no lo hizo. Cuando sintió que se tensaba bajo sus manos, suspiró.
—No tengo «intenciones» más allá de rehabilitar su rodilla. Ya se ha perdido varias sesiones, además de sus ejercicios de respiración. ¡Y le hacen mucha falta!
—¿Qué quiere decir eso?
Hallie frunció el ceño. A lo mejor su animadversión se debía a los celos. Todd no era tan guapo como su hermano ni tan musculoso, y empezaba a creer que tampoco tenía demasiado seso. Habló despacio y vocalizando muy bien.
—Jamie se lesionó la rodilla esquiando, lo operaron y necesita que la rodilla le vuelva a funcionar. Me han contratado precisamente para eso.
—Me refiero a lo de los ejercicios de respiración —masculló Todd—. ¿Para qué sirven?
Hallie puso los ojos en blanco.
—Para ayudarlo a respirar.
—¿Por qué estabas en la cama con él? —preguntó Todd, con el tono de voz del agente de la ley que ella sabía que era.
No le cabía la menor duda de que Todd quería que le hablara de las pesadillas de Jamie. La noche anterior, Hallie se dio cuenta de que la familia estaba al tanto, pero algo le impedía compartirlas.
—Por el sexo. Fue increíble —contestó—. Toda la noche.
Todd aferró la toalla, se dio la vuelta en la camilla, se sentó y la fulminó con la mirada.
—No me gusta que me mientan.
—Y a mí no me gusta que intentes usarme de espía. Hemos terminado. —Cogió una toalla, se limpió las manos y se alejó.
Uno de los hombres le preguntó si se encontraba bien, pero ella siguió caminando sin contestar.
Cuando llegó a la casa, la rodeó en dirección al salón del té. A lo mejor allí encontraría tranquilidad.
Por algún motivo, no se sorprendió al ver a Jamie junto a una mesa donde se había dispuesto un suculento banquete. ¿Habría pasado Edith por allí con su carrito?
—¿Dónde te has metido? —le soltó con voz furiosa.
—Has tenido un mal día, ¿a que sí? —Cuando Jamie vio que se le llenaban los ojos de lágrimas, apoyó las muletas en la pared y abrió los brazos, y ella corrió hacia él.
La abrazó, con la cara pegada a su torso, de modo que Hallie podía escuchar los latidos de su corazón. Su cuerpo, grande y fuerte, era como una isla de tranquilidad en mitad del caos de los dos últimos días.
Jamie la apartó demasiado pronto y la miró a la cara como si quisiera leerle el pensamiento.
—Ven —dijo él en voz baja—. Edith nos ha traído la comida. Siéntate y dime qué has estado haciendo.
Hallie se quedó quieta y, por un segundo, creyó que Jamie la iba a besar.
Sin embargo, no lo hizo.
—Pareces agotada.
—Gracias —replicó con sarcasmo—. Parece que la hora que me he pasado con las tenacillas no ha servido de nada.
Con una carcajada, Jamie le apartó la silla para que se sentara.
—¿Estás de coña? Mis primos están loquitos por ti. Creen que eres guapa y lista, y que tus manos son mágicas.
Hallie sirvió el té.
—Tu hermano me odia. —El silencio de Jamie hizo que lo fulminara con la mirada—. Se supone que tienes que decirme que no me odia, que solo se muestra... no sé, cauteloso o algo así.
—Más bien te está protegiendo de mí.
—¿Te importaría asegurarle que no estoy pensando en secuestrarte ni en seducirte o lo que sea para conseguir el avión privado de la familia?
Jamie casi se atragantó con una de las galletas de anís que tanto le gustaban.
—¿Eso es lo que le has dicho que ibas a hacer?
Hallie se encogió de hombros antes de mirarlo.
—Más o menos. ¿Me he pasado?
—Con él, sí. —Jamie seguía riéndose.
—¿Crees que me esposará?
—Qué imagen más provocadora —dijo él en voz baja, y la miró con tanta pasión que a Hallie se le erizó el vello de la nuca.
—Jamie... —susurró al tiempo que se inclinaba hacia él.
Jamie se apartó al instante y cambió de expresión.
—Bueno, dime a quién has conocido.
Hallie tardó un momento en recuperar la compostura. De acuerdo, lo había echado de menos, pero era cosa suya, no de él. Jamie era su paciente y tal vez, sin duda, se estaban haciendo amigos, pero era lo único que habría entre ellos.
—A tu tío Kit. —Le agradó ver la sorpresa en la cara de Jamie.
—Ni siquiera sabía que estaba en la isla.
—Eso es porque te escabulliste a alguna parte. Si te hubieras quedado y me hubieras dejado tratarte, habrías visto a todos tus parientes. Dime una cosa, ¿cómo se reproduce tu familia sin mujeres?
La sonrisa volvió a la cara de Jamie.
—Las mujeres están inmersas en las festividades nupciales: pasteles, flores, quién se sienta dónde y... cosas que no sé. Le dije a la tía Jilly que viniera a verte. Creo que es demasiado para ella.
—Sí, mándamela.
Jamie extendió una mano y le apartó un mechón de pelo de los ojos.
—Quiero saber por qué estabas en la cama conmigo.
Ella pensó con rapidez.
—Escuché un ruido y cuando fui a investigar, tiraste de mí y me obligaste a meterme en la cama contigo. Me hiciste trabajar tan duro durante el día que estaba demasiado cansada para levantarme. —Lo miró a la cara, a la espera de que le hiciera más preguntas.
Jamie se tomó su tiempo para volver a hablar, como si estuviera decidiendo si continuar el interrogatorio o no.
—¿Cuándo has visto a mi tío Kit?
—A las dos de la mañana, aquí. Tomamos el té juntos. Parece que ha estado soñando con las Damas del Té.
Jamie abrió los ojos como platos.
—¿Sí? ¿Qué ha soñado?
Hallie abrió la boca para contárselo, pero no lo hizo.
—No pienso decírtelo hasta que te tenga en la camilla. Quiero echarle un vistazo a tu rodilla, y vuelves a caminar inclinado. Y... —Lo miró con los ojos entrecerrados—. Quiero que te quites la ropa.
De inmediato, Jamie se tensó en la silla.
—¿No has sobado a bastantes hombres en los últimos días?
—Pues sí, y todos son perfectos ejemplares de masculinidad. Nunca he visto tanta perfección junta. No necesitan nada de mí.
—Pero ¿yo sí? —Jamie había inclinado la cabeza y hablaba en voz baja.
Hallie le cubrió una mano con una de las suyas.
—Sí, tú sí. Acumulas mucha tensión en el cuerpo y yo puedo ayudarte.
Jamie se puso en pie de forma tan brusca que la silla acabó tirada en el suelo. Cuando el golpe reverberó en la estancia, cogió la muleta de forma que parecía estar a punto de defenderlos de algún peligro.
Hallie lo miró, estupefacta.
—¡Jamie! ¿Estás bien?
Pasó un rato antes de que Jamie pareciera reconocer lo que lo rodeaba. Recogió la otra muleta y se apoyó en ellas. Cuando miró a Hallie, lo hizo con expresión fría y distante.
—No necesito ayuda —dijo con retintín—. No necesito lástima. No necesito... —Dejó la frase en el aire, cruzó la estancia a toda prisa y se fue, cerrando de un portazo al salir.
Hallie no daba crédito. No tenía ni idea de lo que acababa de suceder. ¿Por qué se había enfadado tanto? Normalmente, cuando le preguntaba si necesitaba ayuda, él sonreía y le decía que sí. De hecho, fingía necesitar ayuda con las muletas, con los paseos por el jardín o cuando subía y bajaba la escalera. Así que, ¿qué lo había hecho cambiar?
«¡Todd!», se dijo. Él era quien lo había cambiado todo. En cuanto llegó, se había hecho con su hermano y se lo había llevado. ¿Estaba celoso? ¿Estaba resentido por que Jamie y ella estuvieran...? ¿Haciendo qué? ¿Haciéndose amigos? Pero ¿no había dicho Jamie que su hermano era el motivo de que él estuviera en la isla?
Hallie se quedó sentada a la mesa, pasmada. No sabía qué estaba pasando. Cuando fue a coger la tetera, le temblaban las manos, pero daba igual porque el té estaba helado.
—Así es como me siento —susurró. Enterró la cara en las manos y se permitió llorar un rato. Después, echó un vistazo por la bonita habitación—. No sé si hay fantasmas aquí, pero desde luego que me vendría bien un poco de ayuda. Ahora mismo mi vida está en pleno cambio y no sé si será para bien o para mal. Jamie me gusta mucho. Me digo que no es para mí, pero después lo miro y... No sé, me siento atraída por él. —Guardó silencio, sintiéndose muy tonta por hablar con personas que no existían, pero parecía incapaz de parar—. El señor Huntley dijo que solo la gente que no ha conocido a su Amor Verdadero puede veros. Dado que yo no puedo, supongo que ya lo he conocido. Es Braden, claro. El hombre que sobresale por encima de todos. Incomparable y perfecto.
Solo encontró silencio. Pero decir lo que sentía en voz alta había logrado que se sintiera mejor. Inspiró hondo un par de veces y se puso en pie. Miró la tetera fría y la comida que no habían tocado, y supo que tenía que recogerlo todo, pero no lo hizo. Solo quería meterse en una bañera a rebosar de agua caliente y dejar de pensar.
Cuando entró en la cocina, se encontró con Raine. Se le iluminó la cara al verla y Hallie pensó en lo sencillo que sería dedicarle toda su atención. Raine era muy agradable, guapísimo y todo lo demás.
Sin embargo, solo consiguió ofrecerle una media sonrisa mientras deseaba que se fuera.
Él captó la indirecta.
—Me los llevaré a todos —le dijo—. Descansa. Hoy has trabajado mucho.
—Gracias —replicó, y cuando llegó a la planta alta, se percató de que la casa estaba vacía.
Llenó la bañera de agua todo lo caliente que pudo y se quedó dentro hasta que se enfrió. Mientras estaba en la bañera, tomó una decisión. Se desentendería del aspecto personal de su relación con Jamie y se concentraría por completo en el aspecto profesional. Esa familia la había contratado para rehabilitar su rodilla lesionada y eso haría.
Kit le había dicho: «Mi familia no es apta para cobardes», pero ella se estaba comportando como una. Estaba dejando que un puñado de hombres encantadores la distrajera de su objetivo de conseguir que Jamie mejorase. Y el peor de todos ellos era Todd.
Mientras se secaba y se ponía el pijama, se juró que al día siguiente haría todo lo necesario para trabajar con Jamie. Ni sus estallidos de mal genio ni la brusquedad de su hermano ni la encantadora interferencia de sus primos la alejarían de su objetivo.
Cuando por fin se metió en la cama, se sentía muchísimo mejor... salvo por la soledad de esa casa vacía. ¿Por qué le parecía tan pequeña cuando Jamie estaba allí y tan grande cuando no estaba?
«¡Compórtate como una profesional!», se ordenó mientras se acurrucaba para dormir. Pero, como siempre, se despertó a las dos de la madrugada y, antes de pensar siquiera, hizo ademán de salir de la cama. Pero en ese momento fue como si viera y escuchara el frufrú de la seda, y una gran calma se apoderó de ella, de modo que se tumbó de nuevo.
Cuando volvió a despertarse, miró el despertador y vio que eran casi las seis de la mañana. Por regla general, se habría vuelto a dormir, pero estaba bien espabilada.
—¡Jamie! —exclamó al tiempo que saltaba de la cama.
Esa era la hora en la que solía entrenar, de modo que seguramente estuviera en el gimnasio en ese momento. Corrió al cuarto de baño, y se puso a toda prisa la ropa interior, los pantalones cortos, la camisa y las sandalias. Mientras bajaba la escalera corriendo, se recogió el pelo en una coleta.
Salió en tromba por la puerta trasera y atravesó corriendo la hierba cubierta de rocío, y la primera persona a la que vio fue Todd. Estaba fuera del gimnasio, con unos pantalones de deporte y una camiseta de manga corta, secándose el pelo con una toalla. Parecía recién salido de la ducha.
Cuando vio a Hallie, abrió los ojos como platos y echó una miradita a la ducha al aire libre.
Hallie no tardó mucho en comprender lo que pasaba. Jamie y Todd ya habían terminado el entrenamiento diario, Todd se había duchado y Jamie estaba haciéndolo en ese momento.
Se dirigió a la ducha. No sabía qué iba a hacer, pero pensaba ponerle fin a toda esa tontería en ese preciso instante.
Todd plantó su enorme cuerpo delante de ella.
—Mi hermano quiere intimidad —dijo con algo que solo podría describirse como un gruñido.
Hallie lo fulminó con la mirada.
—¿En serio? ¡Pues yo quiero hacer mi trabajo! Apártate.
Era un hombre muy grande y se quedó donde estaba. Estaba decidido a no dejarla pasar, aunque intentó rodearlo. Se fulminaron con la mirada, pero ninguno cedió.
Fue Jamie quien acabó resolviendo el asunto. Abrió la puerta de madera y salió al sendero de piedra. Llevaba una toalla en torno a la cintura y la rodillera que le cubría la pierna derecha, pero el resto estaba al descubierto.
Por fin, Hallie pudo ver el secreto que ocultaba. Desde la cintura hasta los hombros, así como la pierna izquierda, tenía todo el cuerpo plagado de cicatrices. Había desgarros y cortes, puntos en los que parecía haber perdido piel y músculo. Era como si lo hubieran arañado con unas garras metálicas, como si le hubieran desgarrado la piel y se la hubieran vuelto a coser.
Al ver por primera vez la mutilación de lo que fue en otro tiempo un cuerpo perfecto, Hallie creyó estar a punto de desmayarse, echarse a llorar o ponerse a vomitar. O las tres cosas a la vez.
Jamie se estaba secando y ella estaba oculta tras Todd, de modo que no sabía que estaba allí.
—Te acompaño de vuelta a la casa —dijo Todd, con un susurro apenas audible.
Hallie lo miró a la cara y vio una expresión que le provocó ganas de abofetearlo. Tenía una mueca desdeñosa en los labios. Suponía que Hallie querría salir corriendo. Sin dirigirle la palabra, Hallie lo rodeó y se acercó a Jamie.
Cuando la vio, se quedó blanco. Durante un segundo, la retó con la mirada a decir algo, pero después se irguió y clavó la mirada en el vacío.
Mientras él se ponía en posición de firmes, ella lo rodeó para examinar sus heridas. La mayoría eran superficiales, pero algunas habían afectado a los músculos. Era incapaz de imaginarse el dolor que había soportado cuando resultó herido y después, mientras se curaba y recuperaba la fuerza física.
Al llegar de nuevo frente a él, Jamie seguía mirando por encima de su cabeza. Parecía esperar que hiciera el siguiente movimiento, pero la emoción que cobraba vida en su interior comenzaba a devorar la compasión que sentía. Recordaba todos los trucos y las medias verdades que había puesto en práctica Jamie para ocultarle lo que veía en ese momento.
Extendió una mano y rozó con la yema de un dedo el extremo de una larga cicatriz que iba desde su hombro hasta su abdomen.
—¿Militar? —preguntó ella.
—Sí. —No la miró.
Un movimiento captó su atención. Adam, Ian y Raine entraban en ese momento por la puerta del jardín. Habían ayudado a Jamie con sus mentiras.
—Tenéis una hora para abandonar mi propiedad —anunció al tiempo que echaba a andar hacia la casa. Todd estaba allí, pero no lo miró. Andaba deprisa, con zancadas que expresaban toda la rabia que sentía.
Jamie la agarró del brazo.
—¿Qué dices?
Hallie se detuvo.
—Lo que has oído. Largo. No quiero volver a veros a ninguno en la vida.
—Lo entiendo —dijo él—. Te doy asco.
Se volvió para mirarlo.
—¡No me hables en ese tono! Me has insultado... has insultado mi profesionalidad. Me has humillado. —Lo fulminó con la mirada—. ¡Me has traicionado! —Echó a andar de nuevo.
Jamie se plantó delante de ella para bloquearle el paso.
—¿Qué dices? ¿Cómo te he traicionado?
Su torso surcado de cicatrices quedaba justo delante de ella.
—¿Qué creías que iba a pasar cuando te viera? Cuando viera esto.
—Que me tendrías lástima. —Hablaba en voz baja.
—Ya. Como he dicho, has insultado mi profesionalidad, has insultado mi profesión. —Intentó rodearlo, pero Jamie se lo impidió. Se quedó donde estaba, con los brazos cruzados por delante del pecho, pero se negaba a mirarlo.
—Hallie, por favor, es que no quería que tú... que...
—Que yo ¿qué? ¿Que fuera capaz de ayudarte? ¿Creías que era una de esas muñequitas con las que te relacionas cuando vas por el mundo en tu avioncito privado? Ah, ¡espera! Que eso también es mentira, ¿no? Querías que pensara que eras una especie de playboy ricachón con un ego enorme. ¡Me has ocultado tu condición de militar! Desconocer la principal causa de tus problemas físicos me ha dificultado mucho el trabajo.
Se volvió para mirar a los cuatro hombres que estaban un poco apartados, mirándolos. Todos parecían alucinados por su reacción.
—Todos vosotros lo habéis ayudado a ocultarme esto —dijo Hallie, tan cabreada que casi no le salían las palabras—. Me disteis el trabajo, pero luego me impedisteis llevarlo a cabo. Quiero que os vayáis. ¡Ahora mismo! —Echó a andar de nuevo.
Jamie la persiguió con sus muletas.
Cuando Hallie llegó a la casa, no entró por la cocina. A saber si habría gente allí. En cambio, rodeó la casa y abrió de par en par la puerta del salón del té. Por suerte, estaba desierto.
Jamie la seguía de cerca.
—No era mi intención ocultarte nada —le aseguró él con voz contrita—. Solo quería ser normal, nada más. Mi familia me trata como si fuera una delicada copa de cristal capaz de romperse si dicen una palabra más alta que otra.
Se volvió hacia él.
—¿Normal? ¿Te parece que la situación es normal? —le preguntó, alzando la voz al pronunciar la última palabra—. Estás aislado con tu fisioterapeuta personal. Tenía que estar al tanto de tus heridas, pero te has dedicado a jugar al escondite como si fueras un niño. A ver, ¿qué tiene esto de normal?
Jamie se acercó a ella con paso no demasiado firme.
—La parte de que seas fisioterapeuta no es el problema, el problema es que eres muy guapa y muy deseable. Desde que te vi, me muero por ponerte las manos encima. —La miraba con una sonrisa muy dulce.
—¿Se supone que ahora me voy a lanzar a tus brazos? —preguntó Hallie—. ¿Es lo que crees que voy a hacer? Tú admites que estás dispuesto a meterte en la cama conmigo y se supone que yo tengo que perdonarte sin más, ¿es eso?
—En fin, creía que sería distinto si lo sabías y que... —Jamie se dio cuenta de que, con cada palabra que pronunciaba, la cabreaba más. Por un instante, le pareció escuchar la carcajada del señor Huntley mientras le decía que él nunca se había «enfrentado a una mujer furiosa por las mentiras de un hombre». Lo cierto era que no sabía qué decir ni qué hacer para que lo perdonase.
Hallie retrocedió al ver que daba un paso hacia ella.
—Hallie, por favor, deja que te lo explique —le pidió—. Creía que... —Dejó la frase en el aire, porque tres de sus primos estaban al otro lado de la ventana, detrás de Hallie. Sujetaban hojas de papel con algo escrito. La de Adam decía «Discúlpate». Ian había escrito «Suplica». Y la hoja de Raine decía «Dile que te has equivocado».
—Lo siento —se disculpó Jamie—. Me he equivocado. Solo he pensado en mí, en nada más.
—¡Sí, precisamente! —exclamó Hallie—. Has sido muy egoísta.
Jamie dio otro paso hacia ella, pero, una vez más, Hallie retrocedió.
—Solo quería un respiro de tanta compasión, nada más —se disculpó Jamie, y la voz le salió del corazón.
—¿Por eso has permitido que haya estado a punto de volverme loca preguntándome qué te pasaba? ¿Y todo porque creías que te tendría lástima?
Los hombres del exterior asintieron con la cabeza al escucharla.
—Sí, así es —contestó Jamie con la cabeza gacha.
—Eso es una falta de respeto a mi profesionalidad.
Fuera, los hombres asintieron con la cabeza de nuevo.
—Lo siento muchísimo y tienes toda la razón. No te respetaba, ni a ti ni a tu profesionalidad, y solo estaba pensando en mí. Es que... —Dejó la frase en el aire al ver que sus primos negaban con la cabeza enfáticamente. Raine se llevó la mano a la boca e hizo como que cerraba una cremallera.
Mientras Hallie miraba su cuerpo casi desnudo, sintió que la rabia la abandonaba en parte. Seguía cubierto solo por la toalla y la rodillera. De cerca, los cortes y los desgarros parecían peor que a primera vista.
—¿Qué más? ¿Padeces síndrome de estrés postraumático?
—Sí. Yo... —Jamie dejó de hablar.
—¿Cuando la puerta se cierra de golpe?
—Me pongo en modo defensivo —contestó él.
Hallie asintió con la cabeza.
—¿Tu miedo a salir de la propiedad?
—Multitudes, desconocidos, lugares que no conozco, todo eso... —Inspiró hondo. Para un hombre, era duro admitirlo—. Me da miedo.
—¿Qué medicación tomas?
—Pastillas para dormir, para la ansiedad, para la depresión. —Hizo una pausa—. Pero, Hallie, desde que estoy contigo, estoy mejor. Has sido lo mejor que me ha pasado. Has... —En esa ocasión, cuando dio un paso hacia ella, Hallie no retrocedió.
—¡Un momento! Se lo contaste al señor Huntley, ¿verdad? Le contaste a un completo desconocido lo que estabas sufriendo, pero a mí no. No, a mí me dejaste para que lo averiguara solita. Estoy aquí para ayudarte, pero te negaste incluso a quitarte la camiseta. Eres... —Estaba a unos pocos pasos de ella y la idea de lo que había debido de sufrir Jamie empezaba a calar en su mente. La rabia empezaba a ceder ante las lágrimas.
—Hallie, lo siento —repitió él, con un hilo de voz—. Lo siento de verdad. Solo quería que me vieras como a un hombre completo, no como a uno herido. No quería que creyeras que estaba tarado.
La rabia volvió en parte, pero por otro motivo.
—¿Te das cuenta de la tontería que estás diciendo? Eres más hombre que cualquiera que haya conocido. Te preocupas por... por todo el mundo. Eres gracioso, listo y... Creía que empezábamos a ser amigos. Pero te has largado con tu hermano y me has dejado aquí con tus primos desnudos.
Jamie empezaba a comprender que ella no le iba a tener lástima. Todd lo había convencido para que se alejara un par de días de ella, a fin de que tuvieran tiempo para reflexionar. Sin embargo, Jamie se había vuelto loco al pensar que Hallie conocería a hombres que no habían sufrido las atrocidades de la guerra y de la vida. Y ella los había reducido a «primos desnudos». No sabía muy bien si echarse a reír o a llorar por la alegría.
Les hizo un gesto a sus primos para que se fueran antes de dar un paso hacia ella.
—Cometí una estupidez y fui muy egoísta porque no sabía que existieran mujeres como tú. Supuse que eras como todas las demás y que al ver mi cuerpo se te revolvería el estómago. —Hablaba con el corazón. Su orgullo, su virilidad, también eran patentes. Admitir sus defectos era tan doloroso como las heridas que le cubrían el cuerpo—. Hallie, tengo problemas, muy gordos, y de verdad que no tengo ni idea de cómo lidiar con ellos. No puedo dormir sin pastillas. No...
—Tampoco duermes bien con ellas —lo interrumpió Hallie—. De no ser por los besos que te doy, te habrías caído de la cama la primera noche que pasé aquí.
Jamie abrió los ojos como platos.
—¿Qué besos?
—A las dos de la madrugada, todas las noches, estoy junto a tu cama intentando tranquilizarte. La única manera de conseguirlo es con besos y abrazos. Y a veces durmiendo en tu cama, como si fuera tu peluche preferido. Eres como un niño pequeño. Salvo que... —Fue incapaz de seguir con la bravuconada. Extendió una mano y se la colocó en el pecho, sobre las cicatrices. Algunas eran de quemaduras—. Podría haberte ayudado —terminó con un hilo de voz.
—Ahora lo sé, pero no entonces. —Jamie le acarició el lóbulo de una oreja—. Eres guapísima, mientras que yo soy... espantoso. Mis primos son perfectos y yo soy...
—¡Mucho más interesante! —exclamó Hallie—. Ellos son perfectos, ¡perfectos! No tienen una sola marca en sus cuerpos inmaculados, pero tú... tú has hecho algo por los demás y también por tu país. Tú... —Intentaba contener las lágrimas—. Tú eres mucho más hombre de lo que ellos lo serán jamás.
Cuando Jamie le tendió los brazos, tenía los ojos llenos de lágrimas, de modo que Hallie fue hacia él. Durante un instante, la abrazó como otras veces, como si fueran amigos, y ella analizó todo lo que había pasado.
Sin embargo, mientras estaban allí de pie, con los cuerpos pegados, Hallie se dio cuenta de que a Jamie se le había caído la toalla en algún momento. Y de que estaba muy excitado. Sentía su erección a través de la fina tela de los pantalones cortos. ¡Al parecer ciertas partes de su cuerpo estaban en perfectas condiciones!
Cuando se apartó de él, su intención era la de bromear. Pero la expresión que vio en sus ojos evaporó su buen humor. Había pasado mucho tiempo desde su último novio y Jamie Taggert era un hombre muy deseable.
Durante un segundo, Jamie la miró en silencio, y ella supo que vio la respuesta afirmativa en sus ojos.
Después, él inclinó la cabeza y la besó, pero fue un beso muy fugaz. Se apartó de ella y la miró con asombro.
—¡Lo recuerdo! —exclamó—. Recuerdo el sabor de tus besos.
Esbozó una sonrisa al escucharlo, pero la pasión de Jamie se hizo con el control. En cuestión de segundos, Hallie estaba desnuda de cintura para abajo y tenía la camisa abierta.
Nunca antes había experimentado semejante deseo, semejante energía y excitación. Jamie la apartó del campo de visión de la ventana, la pegó contra la pared y la instó a subir una pierna. Un movimiento que ella aprovechó para rodearle la cadera.
La penetró con un ímpetu que Hallie no había sentido antes y exhaló un largo suspiro.
—Ooooooh.
Al parecer, todo en Jamie era grande.
—¿Te he hecho daño? —Parecía preocupado.
—Ya lo creo —contestó ella, con la cabeza apoyada en la pared y los ojos cerrados—. Creo que a lo mejor no salgo de esta.
Jamie soltó una carcajada.
—Ya somos dos. —La besó en el cuello.
Sus fuertes y profundas embestidas le provocaron escalofríos de placer por todo el cuerpo. El deseo, el anhelo, se apoderó de ella. Jamie la instó a levantar la otra pierna, de modo que le abrazaba las caderas por completo mientras él se hundía en ella una y otra vez.
El pensamiento racional, su misma esencia, abandonó a Hallie mientras se entregaba una y otra vez a ese hombre. Su mente, su cuerpo y su alma se transmutaron en sentimientos y sensaciones.
Con la espalda apoyada en la pared y las piernas rodeándole las caderas, Hallie levantó los brazos. El cambio de postura hizo que llegara todavía más adentro.
Cuando el estallido final llegó, la asaltó una oleada de placer tras otra hasta alcanzar la liberación. Hallie pasó de ser una torre de fortaleza a una muñeca de trapo. Si Jamie no la hubiera sujetado, se habría caído al suelo, pero la rodeó con los brazos y la pegó a su torso desnudo.
Jamie caminó los dos pasos que los separaban del viejo sofá y se tumbó en él, con la pierna herida estirada en el suelo y Hallie encima.
Ella seguía teniendo el sujetador y la camisa, pero estaba desnuda de cintura para abajo. Mientras yacían tumbados, Jamie le acarició el trasero, disfrutando de sus curvas.
En cuanto a Hallie, tardó un rato en recuperar la compostura. Estaba flotando en una deliciosa bruma de sensaciones y parecía incapaz de volver a la realidad.
—¿Estás bien? —le preguntó él en voz baja.
—Sí. —El torso de Jamie estaba muy calentito. No era suave, sino que sentía sus duros contornos. Le pasó una mano por las costillas y por el costado, sobre las protuberantes cicatrices que encontró en esa zona.
Muy despacio, recordó dónde se encontraba... y con quién. Acababa de violar una de las reglas de su profesión al acostarse con un paciente.
No quería hacerlo, pero se obligó a apartarse de su cuerpo, grande y calentito, para sentarse en el borde del sofá, rozándolo con la espalda. Había un cojín en el suelo, de modo que se lo puso en el regazo y empezó a abrocharse la camisa... aunque era una tontería, porque le faltaban casi todos los botones. Vio uno de los botones brillar en el suelo, junto a la pared, donde acababan de... Inspiró hondo. Había cosas que tenía que decir y temía la reacción de Jamie.
—Esto no puede repetirse —dijo en voz baja—. No tenemos...
—¿Una relación formal? —sugirió él con voz alegre.
Hallie lo miró, sorprendida. Según su experiencia, cuando se le decía a un hombre que no habría repeticiones, aunque la decisión fuera consensuada, se cabreaba. Sin embargo, Jamie la miraba con una sonrisa. Estaba tumbado en el sofá, con un musculoso brazo detrás de la cabeza, y lucía una sonrisilla en su apuesto rostro.
Hallie acabó frunciendo el ceño.
—¿Estás de acuerdo?
—Lo entiendo —contestó él—. No crees que tengamos un futuro juntos y además soy paciente tuyo. Por si fuera poco, un tío va a venir a verte un día de estos. No quieres complicaciones.
—Ajá —replicó ella. Eso era justo lo que tenía en mente, así que ¿por qué la irritaba tanto que él dijera lo mismo?
—Una pregunta —dijo Jamie—. ¿Me convenciste de que me mudara al dormitorio de la planta alta para no tener que deambular a oscuras? Por lo de mis pesadillas, digo.
—Pues sí.
—¿Te inventaste que te daban miedo las guapísimas Damas del Té para evitarte el paseo?
Dejó de fruncir el ceño y sonrió al escucharlo.
—Eso mismo. Solté una trola gordísima y mis pies bien que me lo agradecen. De hecho, todo el cuerpo me lo agradece, porque la primera noche la pasé en el sofá. ¡Casi muero congelada!
Jamie adoptó una expresión tan dulce que estuvo a punto de inclinarse hacia él y besarlo.
—Gracias —dijo él—. Dame la toalla, ¿quieres? A menos que te apetezca otra sesión de sexo entre amigos.
Sabía a lo que se refería, que estaba preparado de nuevo... y ella no se atrevió a mirar, porque de lo contrario se le echaría encima.
Durante unos segundos, sus miradas se encontraron y Hallie estuvo a punto de sucumbir. Aunque sabía que no debía hacerlo, se inclinó hacia delante al tiempo que empezaba a cerrar los ojos.
Sin embargo, de repente, Jamie se incorporó y estuvo a punto de tirarla del sofá. Un fuerte brazo la atrapó al tiempo que salía de detrás de ella. Hallie cayó contra el respaldo y lo vio cruzar la estancia en toda su gloriosa desnudez. Así que también tenía unas cuantas cicatrices por detrás, pensó. En fin, más que unas cuantas, pero no le restaban belleza.
Jamie se enrolló la toalla en la cintura y después se volvió para ofrecerle su ropa.
Hallie no se había movido. Lo sucedido no parecía haberlo afectado en lo más mínimo, pero no se podía decir lo mismo de ella. Pero ¿no lo había tomado siempre por un niño rico que daba vueltas por el mundo en su avión privado? A lo mejor estaba acostumbrado a esas cosas. Sin embargo, acababa de descubrir que era un hombre que había servido a su país y que casi había muerto en el proceso. Esas dos imágenes no cuadraban. ¿Quién era el verdadero Jamie Taggert?
—Voy al dormitorio a cambiarme de ropa —anunció él—. No quiero que los niños me vean así. ¿Todavía quieres que me suba a la camilla?
—Sí, claro.
—Nos vemos en el gimnasio en una hora.
Antes de que Hallie pudiera replicar, atravesó la puerta que daba a la cocina y la cerró a su espalda.
Una vez que se vistió, Hallie echó un vistazo por el desierto salón del té. ¡Qué comprensivo era Jamie!, se dijo. Se habían dejado llevar y habían echado un polvo. Por supuesto, era comprensible, teniendo en cuenta la confluencia de emociones. En primer lugar, ella acababa de descubrir lo que le había estado ocultando, después había visto con sus propios ojos la gravedad de sus heridas y después habían tenido una discusión. La rabia siempre elevaba la temperatura, ¿no?
Visto de esa manera, tenía sentido. Dos personas jóvenes y sanas, con él cubierto por una toalla (que además se le había caído al suelo)... cualquiera habría hecho lo mismo. Era algo natural. Si en vez de Jamie se hubiera tratado de su primo Raine, seguramente también habría pasado.
Aunque, nada más pensarlo, Hallie supo que era mentira. Había deseado a Jamie desde el primer día que miró por la ventana y lo vio.
De modo que ya había pasado y tenía que olvidarse del asunto. Tal como Jamie había dicho, Braden llegaría al cabo de unos días y después... ¿Quién sabía lo que podía pasar?
Claro que si todo iba bien, ¿por qué tenía ganas de gritarle a James Michael Taggert? ¿Por qué tenía ganas de montarle una buena? ¿Cómo se había ido así sin más? Se había comportado como si nada hubiera pasado. Incluso había hablado de que se fuera con Braden.
¿¡Acaso su encuentro no había significado nada para él!?
—¡Hombres! —exclamó en voz alta antes de entrar en la cocina. Cerró la puerta tras ella con más fuerza de la debida. Cierto que no rompió cristal alguno, pero desde luego que retumbaron.
En la planta alta, Jamie sintió, al igual que escuchó, el portazo que resonó como un trueno, y por primera vez desde que salió del hospital, no dio un respingo. En cambio, sonrió. Estaba muy preocupado por la reacción de Hallie cuando viera su cuerpo, pero como ya estaba resuelto ese tema, no había más obstáculos. Al menos, ninguno de importancia. Un rubio en plan Montgomery era lo de menos.
Sin dejar de sonreír, se metió en la ducha. Quería estar muy limpio para el masaje que estaba a punto de recibir.