Prólogo

 

 

Hallie no encontraba el fajo de documentos que tenía que darle a su jefe. Recordaba que lo había metido en un sobre blanco y grande antes de dejarlo dentro de su bolso. Y aunque el bolso estaba en el maletero de su coche, el sobre no aparecía.

De pie en el aparcamiento del supermercado, repasó todos los lugares en los que había estado esa mañana. Había ido a la droguería para comprar el acondicionador del pelo preferido de su hermanastra, había ido a la tintorería para recoger la falda que Shelly había manchado. Y después se pasó por el taller mecánico para preguntar, una vez más, cuándo estaría reparado el coche de Shelly, de modo que esta pudiera hacer sus dichosos recados.

Hallie inspiró hondo para tranquilizarse. También llevaba seis bolsas de plástico en el maletero, todas llenas con ropa de su hermanastra, con facturas sin abrir, con zapatos y con productos de belleza, pero ninguna contenía un sobre lleno de documentos.

Cerró el maletero y se dio la vuelta. «¡Esto se pasa de castaño oscuro!», pensó. Todo se estaba pasando de castaño oscuro. Desde que Shelly volvió hacía seis semanas, su vida se había vuelto un caos. Hallie se levantaba temprano; Shelly prefería trasnochar. Hallie necesitaba silencio a fin de estudiar para sus exámenes; Shelly no parecía viva a menos que una máquina estuviera haciendo ruido. El coche con el que Shelly había vuelto de California estaba en tan mal estado que quiso que la grúa se lo llevara.

—Usaré el tuyo —dijo, y salió de la habitación antes de que Hallie pudiera protestar.

Claro que Shelly había dejado bien claro el motivo de su estancia. Quería que Hallie vendiera la casa y se repartieran el dinero. El hecho de que el padre de Hallie no hubiera cambiado el testamento después de casarse con la madre de Shelly le daba igual. Shelly insistía en que tal vez no tuviera derecho «legal» a la mitad de la casa, pero desde luego sí que tenía un derecho moral.

—También era mi padre —sentenció Shelly, con sus largas pestañas cuajadas de lágrimas. Cuando era una preciosa niña, perfeccionó la expresión triste que lograba que todos le dieran lo que quería. Cuando creció y se convirtió en una joven todavía más guapa, Shelly no vio motivo alguno para dejar de usar su aspecto a fin de manipular a los demás.

Sin embargo, Hallie nunca se había dejado engañar.

—¡Corta el rollo! —le soltó—. Estás hablando conmigo, ¿recuerdas? No con un director de reparto al que quieres seducir.

Con un suspiro, Shelly se irguió en el asiento y las lágrimas desaparecieron.

—Vale, vamos a hablar de ti. Piensa en lo que podrías hacer con la mitad del dinero. Podrías viajar, ver mundo.

Hallie se apoyó en el coche y levantó la cara hacia el sol. Era primavera y los árboles de Nueva Inglaterra estaban cuajados de capullos.

La actitud de su hermanastra de «Mira, también puedes hacer esto por mí» agotaba a cualquiera. La cháchara incesante de Shelly, sus quejas, sus súplicas y sus esporádicos ataques de rabia hacían que Hallie quisiera tirar la toalla y llamar a un agente inmobiliario. Le había demostrado sobre el papel que si vendía la casa, cuando pagara la hipoteca que tuvo que solicitar para reparar el tejado y las instalaciones eléctrica y sanitaria, como mucho se quedarían a cero. Sin embargo, Shelly había agitado una mano y le había dicho que las casas en Los Ángeles se vendían por millones de dólares.

Durante las dos últimas semanas, Shelly se había tranquilizado, como si se hubiera rendido. Le había preguntado a Hallie por su trabajo como fisioterapeuta, diciéndole:

—¿Qué le recomendarías a un hombre que se ha fastidiado la rodilla?

—Descríbeme la lesión —contestó Hallie, y Shelly le leyó la información de un mensaje de correo electrónico que había recibido. Complacida por el interés de su hermanastra, Hallie le explicó la larga rehabilitación que necesitaría el hombre.

Aunque Shelly no se explayó con los detalles, Hallie imaginó que su hermanastra tenía un amigo que había sufrido una lesión. Fuera cual fuese el motivo, supuso un estupendo respiro, ya que Shelly abandonó la insistencia con la que acostumbraba a perseguir su objetivo. Hallie empezó a creer que su vida por fin volvía a la normalidad. Había terminado de una vez los trabajos del curso, había aprobado los exámenes y había recibido la licencia que la habilitaba para ejercer de fisioterapeuta en Massachusetts. Y la semana siguiente empezaría a trabajar en un pequeño hospital local.

Miró el reloj. Tenía el tiempo justo para volver a casa en busca de los documentos y llegar al despacho antes de que el doctor Curtis se marchara para disfrutar del fin de semana. Mientras conducía, pensó en lo maravilloso que era tener una vida nueva. Profesión nueva, trabajo nuevo, mundo nuevo. Solo que no era nuevo en realidad. Su trabajo estaba cerca de la casa en la que llevaba viviendo toda la vida y trabajaría con personas a las que había conocido en el colegio. Además, su hermanastra también pensaba quedarse en la zona.

—Eres la única familia que me queda —dijo Shelly.

Hallie sabía que eso significaba que tendría a su hermanastra en casa durante todas las vacaciones, los fines de semana y las catástrofes que sucedían en la dramática vida de Shelly.

Sin embargo, ella practicaba la búsqueda del lado positivo de las cosas, aunque a veces sentía el impulso de buscar trabajo en algún lugar lejano y exótico.

Cuando Hallie enfiló su calle, se fijó enseguida en el BMW azul aparcado delante de su casa. Destacaba entre los Chevy y los Toyota como una joya sobre un montón de piedras.

Al otro lado de la calle, la señora Westbrook estaba abriendo su buzón.

—Braden está en casa —anunció antes de que Hallie pudiera meter el coche en su entrada—. Deberías venir y saludarlo.

Al escuchar la mención de su hijo abogado, a Hallie le dio un pequeño vuelco el corazón.

—Será un placer —replicó con sinceridad.

Desde que era niña, Hallie había ido a menudo a casa de la señora Westbrook, que ejercía de madre sustituta, cuando la actitud egoísta y ególatra de Shelly era demasiado para ella. El coulant de chocolate obraba milagros a la hora de calmar las lágrimas de Hallie.

Aparcó, se bajó del coche y cerró la puerta sin hacer ruido. No quería conocer a quienquiera que estuviera con Shelly. Sin embargo, mientras miraba el flamante coche, se preguntó de quién se trataba.

Hallie abrió la puerta trasera despacio, para que no hiciera ruido. En cuanto entró en la casa, vio el sobre en el extremo más alejado de la encimera de la cocina... y también escuchó voces. Dado que el arco sin puerta que daba al salón se interponía entre ella y el sobre, no tenía ni idea de cómo cogerlo sin que la vieran.

Sin embargo, la voz del hombre la distrajo de los documentos. La había escuchado antes, pero no recordaba dónde. Cuando echó un vistazo por el arco, vio algo en el salón que la sobresaltó.

Shelly, que estaba de perfil, le había quitado uno de sus trajes. Era más alta y más delgada que ella, de modo que la falda le quedaba más corta y, la chaqueta, demasiado grande, pero sí tenía un aspecto profesional.

Sobre la mesita auxiliar había un bizcocho y unas galletas, y lo que Hallie reconoció como el mejor juego de té de la señora Westbrook. Era evidente que Shelly sabía que el hombre iba a ir, pero no se lo había dicho.

El hombre que estaba sentado en el sofá miraba hacia la cocina, pero estaba concentrado por completo en Shelly. Hablaba en voz baja, algo acerca de una casa, y por un instante Hallie creyó que podría tratarse de un agente inmobiliario. Pero no, lo había visto antes.

Cuando Hallie regresó a la cocina, lo recordó. Se trataba de Jared Montgomery, el famoso arquitecto. En la universidad había salido con un estudiante de Arquitectura que quiso que lo acompañase a una conferencia. El tío no había dejado de alabar al arquitecto que daba la charla. Hallie esperaba aburrirse, y se aburrió con lo que decía, pero el orador era muy guapo: alto, delgado pero atlético, con ojos y pelo oscuros.

No le sorprendió comprobar que la mayor parte de la audiencia era femenina. La chica que tenía al lado le susurró:

—Ojalá se esté imaginando a su audiencia desnuda.

Hallie no pudo contener la carcajada.

Así que, ¿qué narices hacía el famoso Jared Montgomery sentado en su salón?

Hallie intentó oír lo que estaban diciendo, pero hablaban en voz demasiado baja. No sabía si debería salir y presentarse o escabullirse de puntillas y dejarlos solos.

Acababa de darse la vuelta cuando escuchó que el señor Montgomery decía:

—Ahora, Hallie, si firmas aquí, la casa será tuya.

Hallie se quedó paralizada. ¿¡Shelly estaba fingiendo ser ella para venderle la casa a ese hombre!?

Entró en el salón. Shelly, con la pluma en la mano, acababa de firmar un documento.

—¿Puedo verlo? —preguntó Hallie en voz baja y controlada, aunque ardía de rabia por dentro.

Shelly, que se quedó blanca como el papel, le ofreció el documento a su hermanastra. Estaba redactado con el lenguaje típico de un contrato y, al final de la página, estaba el nombre completo de Hallie, escrito con una buena imitación de su letra.

—Deja que te lo explique —comenzó Shelly con un deje histérico en la voz—. Es de justicia que yo también consiga una casa. No es justo que tú te quedes con toda la herencia, ¿verdad? Seguro que papá querría que yo me quedara con la mitad de lo que tenía. Seguro que él...

—Disculpadme —dijo el hombre—, pero ¿os importaría explicarme qué pasa?

La rabia de Hallie comenzaba a aflorar. Le dio el documento al hombre.

—Usted es Jared Montgomery, el arquitecto, ¿verdad? Pues puedo asegurarle que si piensa construir un rascacielos aquí, la asociación de vecinos luchará hasta las últimas consecuencias.

Esas palabras parecieron hacerle gracia.

—Haré todo lo posible por reprimir mi tendencia de construir rascacielos allá por donde voy. ¿Eres la hermana de Hallie?

—No. Soy Hallie.

La sonrisa desapareció del apuesto rostro del hombre y, por un segundo, miró a una y a la otra. Sin hablar, sacó un documento del maletín y se lo ofreció.

Hallie lo aceptó y se quedó de piedra al ver que se trataba de una fotocopia de su pasaporte, salvo que en lugar de su foto había una de Shelly. Cuando lo examinó de cerca, se fijó en que su hermanastra había recortado con cuidado la fotografía para que encajara en el hueco. Si se miraba el pasaporte original, habría sido muy evidente lo que había hecho, pero la fotocopia ocultaba lo que Hallie sabía que se trataba de un fraude en toda regla.

—Tenía que hacerlo —protestó Shelly, con deje frenético—. No me hacías caso, así que hice lo que tenía que hacer. Si me hubieras hecho caso, no me habría visto obligada a...

La mirada que le lanzó hizo que Shelly se callase. En silencio, Hallie fue a su dormitorio, abrió el primer cajón del escritorio y sacó su pasaporte. Regresó al salón y se lo dio al señor Montgomery.

El hombre examinó la fotocopia y el original, y después miró a Hallie, que seguía de pie.

—Es culpa mía —dijo él—. No lo examiné con el debido cuidado. Ahora veo lo que ha pasado. —Miró a Shelly, y sus ojos azul oscuro se entrecerraron con una expresión furiosa—. No me gusta formar parte de algo ilegal. Mis abogados se pondrán en contacto contigo.

—No era mi intención hacer nada malo —adujo Shelly, con lágrimas en sus bonitos ojos—. Solo intentaba ser justa, nada más. ¿Por qué Hallie tiene que conseguir tanto cuando yo no consigo nada? Papá habría querido que yo tuviera...

—¡Silencio! —ordenó Jared—. Quédate sentadita sin decir una sola palabra más. —Miró a Hallie—. Empiezo a entender la magnitud de lo sucedido y no sé cómo puedo disculparme. Supongo que no he estado intercambiando mensajes de correo electrónico contigo durante estas dos últimas semanas, ¿verdad?

—No. —Hallie seguía fulminando con la mirada a Shelly, que tenía la cabeza gacha mientras las lágrimas caían sobre sus manos entrelazadas sobre el regazo—. Lo conozco porque asistí a una charla que dio en Harvard.

Jared se pasó una mano por la cara.

—¡Menudo follón! —Miró a Hallie una vez más—. Como no sé qué es verdad y qué no —dijo, y fulminó a Shelly con la mirada—, será mejor que empiece por el principio. ¿Eres fisioterapeuta y acabas de obtener la licencia para trabajar en Massachusetts?

—Sí.

—¡Qué alivio! ¿Qué sabes de tu familia paterna?

—Muy poco —contestó Hallie—. Mi padre se quedó huérfano cuando era pequeño y creció en hogares de acogida. No tenía familiares vivos, al menos que él supiera.

—De acuerdo —dijo Jared—. Es lo que me habían dicho. Al parecer... —Miró a Shelly. Sus lágrimas iban acompañadas en ese momento de sollozos, cada vez más inconsolables.

Shelly alzó la cabeza y miró a su hermanastra. Con expresión suplicante. Aunque Hallie no entendía qué le estaba suplicando. ¿Perdón? ¿O que demostrara su sentido de la «justicia» al hacer lo que Shelly quería?

—Shelly —dijo en voz baja, pero muy firme, quiero que vayas al despacho del doctor Curtis y entregues el sobre con documentos que hay en la mesa de la cocina. Sé que no sabes dónde trabajo, pero la dirección está escrita en el sobre. ¿Me he expresado con claridad?

—Sí, Hallie, claro que sí, pero cuando vuelva tenemos que hablar. Y esta vez será mejor que me escuches con atención para que entiendas que...

—¡No! —la interrumpió Hallie sin miramientos—. Shelly, esta vez no voy a perdonarte. Coge el otro juego de llaves y llévate mi coche.

Shelly lucía la expresión airada de alguien que hubiera sido acusado injustamente de un crimen, pero hizo lo que Hallie le ordenaba.

Una vez que Shelly salió de la casa, Jared dijo:

—Si quieres denunciar, yo correré con los gastos. Me siento como un imbécil.

—No es culpa suya, señor Montgomery —replicó Hallie con formalidad, a lo que él respondió pidiéndole que lo llamara Jared y lo tuteara.

Hallie miró la firma falsificada que lucía el documento que tenía en el regazo. Con semejante prueba, sabía que podía denunciar. Sin embargo, también sabía que no estaba en su naturaleza hacerlo.

—Hallie —dijo él, mirándola a la cara—, tengo que contarte muchas cosas, explicarte muchas cosas, e incluso resarcirte por mucho. Hallie... quiero decir, Shelly, iba a marcharse conmigo hoy.

—Entiendo —repuso Hallie, y, por primera vez, reparó en sus maletas apiladas en un rincón. Dejó claro con su tono de voz lo que pensaba de la relación.

—No es eso —le aseguró Jared—. Mi mujer y yo vivimos en Nantucket y en cuestión de una hora tengo que embarcar en el avión de un amigo y volver a casa. Shelly iba a viajar conmigo, pero te aseguro que era un asunto estrictamente de negocios.

Hallie no entendía ni media palabra.

—Pero ¿qué pasa con la casa? ¿Por qué quieres comprarla?

—¿Esta casa? —Echó un vistazo a su alrededor—. Sin ánimo de ofender, pero... —Se interrumpió al darse cuenta de lo mal que se estaba explicando—. Tu hermanastra no intentaba robarte esta casa. Soy el albacea del testamento del difunto Henry Bell, y al morir dejó estipulado que su casa de Nantucket fuera para ti.

La noticia fue tan sorprendente que Hallie casi no fue capaz de hablar.

—No conozco a nadie que se llame Henry Bell.

—Lo sé. —Le dio unos golpecitos a su maletín—. Está todo aquí, y le mandé copias de los documentos a tu hermanastra. Te llevará un tiempo leerlos todos. Y... —Soltó el aire de golpe—. Hay algo más que deberías saber. —Hizo una breve pausa—. Hallie y yo... —empezó Jared—. Quiero decir que Shelly y yo hemos mantenido correspondencia, pero ella también la ha mantenido con uno de mis primos. Dijo que era fisioterapeuta, y dado que él...

—Se rompió los ligamentos de la rodilla derecha mientras esquiaba —terminó Hallie por él conforme las piezas del rompecabezas empezaban a encajar—. Shelly me interrogó acerca de cómo rehabilitar esa lesión en concreto.

—Bueno... Sí, en fin... —comenzó Jared—. A ver cómo te lo digo... Tu hermanastra autorizó que el antiguo cobertizo de tu casa se equipara como un gimnasio. —Titubeó antes de continuar—. E invitó a mi primo lesionado a mudarse al salón de la planta baja de tu casa. Ella se quedaría en la planta alta. El plan era trabajar durante los próximos meses en la rehabilitación de Jamie para que este volviera a andar. —Abrió los ojos como platos—. Si este... en fin, si este intercambio no se hubiera descubierto, ¿cómo pensaba llevar a cabo tu trabajo?

—No tengo ni idea —contestó Hallie—. Pero no acostumbro a tratar de entender a mi hermanastra. —Durante unos segundos lo miró en silencio, mientras intentaba asimilar lo que le estaba diciendo.

Lo primero que tenía que hacer era aclararse las ideas, porque de lo contrario la rabia se apoderaría de ella. Si no lo había entendido mal, se le presentaban dos alternativas. Podía quedarse allí, empezar en un trabajo estable pero que le ofrecía pocas perspectivas de promoción y vivir en la casa donde había crecido. Pero eso significaría tener que lidiar con las quejas constantes de Shelly sobre lo injusta que era su vida... algo que se solucionaría si ella cediera más, hiciera más y se preocupara más por su hermanastra.

O, pensó, podría ir a Nantucket y... No sabía qué la esperaba allí, pero en ese preciso momento le parecía el paraíso.

Tomó una honda bocanada de aire.

—¿Me estás diciendo que me espera una casa y un trabajo en la preciosa isla de Nantucket?

Jared sonrió al escuchar su voz. La chica reaccionaba como si estuvieran a punto de concederle un deseo por arte de magia. Teniendo en cuenta lo que acababa de presenciar de su hermanastra, eso era lo que le estaban ofreciendo.

—Si los quieres, claro. Puedes venir conmigo ahora o llegar después. O puedo vender la casa en tu nombre y enviarte el dinero. Tú eliges. Te ayudaré, decidas lo que decidas. Desde luego que te lo debo.

Por primera vez desde que llegó a casa, Hallie sonrió.

—¿Me das veinte minutos para hacer el equipaje?

Jared sonrió.

—Llamaré al piloto, le diré que retrase el vuelo y dispondrás de treinta.

Hallie se acercó a sus maletas, que Shelly había llenado con sus cosas, y las vació en el suelo antes de recoger lo que su hermanastra le había cogido «prestado». Miró a Jared.

—Si Shelly quería hacer esto, eso quiere decir que tu primo Jamie tiene que ser guapísimo o rico... o las dos cosas.

Jared se encogió de hombros.

—No sabría decirte lo de guapísimo. Es bajito y corpulento; la verdad es que solo es un crío, pero su madrastra es Cale Anderson, la escritora.

Hallie asintió con la cabeza.

—Rico. Ya me lo suponía. Estaré lista en veinticinco minutos.