9

 

 

—Bueno, ¿cómo te ves dentro de... digamos cinco años? —preguntó Jamie mientras le rellenaba la copa a Hallie por segunda vez. Él no bebía. Su excusa era que conducía, pero en realidad, sabía que no debía mezclar el alcohol con la medicación que estaba tomando.

Hallie sonrió.

—Pareces un psicólogo. —Bajó la voz—. ¿Cómo te sientes al heredar una casa y un paciente de la jet set?

Jamie hizo una mueca.

—Ojalá mi padre no hubiera mandado el avión —dijo—. Estoy pagando las consecuencias. ¿Cómo están las vieiras?

—Geniales. Estupendas. ¿Quieres emborracharme?

—Sí —contestó él con una expresión tan lasciva que ella se echó a reír—. ¿Cuál es tu futuro soñado?

—Me temo que no soy muy creativa. Me va más lo ordinario.

—¿Qué quieres decir con eso?

Hallie bebió otro sorbo de vino. El precioso restaurante, el hombre guapo y el vino estaban destrozando su reserva natural.

Jamie comía en silencio, a la espera de su respuesta. Nunca lo había visto con otra ropa que no fuera deportiva, de modo que la camisa almidonada y la chaqueta, que apostaría cualquier cosa a que estaba hecha a medida, así como los pantalones con la pulcra raya sobre la rodillera, lo hacían parecer recién salido de un sueño.

Inspiró hondo antes de contestar:

—Lo que muchas mujeres quieren: un hogar, un marido, unos hijos, un buen trabajo. ¿Ves? Ya te he dicho que soy una persona muy normal y corriente.

—A mí no me pareces tan corriente. Creía que las mujeres de hoy en día querían trepar por el escalafón directivo y convertirse en directoras de empresas multimillonarias.

—A lo mejor sí, pero a mí nunca me ha interesado eso. ¿Qué me dices de ti? ¿Qué quieres tú?

Jamie estuvo a punto de decir «Volver a ser como era», pero no lo hizo.

—Básicamente lo mismo.

—Pero en tu caso en una mansión con pasillos de mármol.

Jamie frunció el ceño.

—Mi familia no es así. Somos... —Se interrumpió porque quería que la conversación se centrara en ella—. Ahora eres la propietaria de dos casas, ¿qué vas a hacer con ellas?

Hallie gimió.

—No lo sé. No he tenido tiempo de pensar en el futuro. Le cedería la casa de Boston a mi hermanastra, pero ella la vendería y... —Bebió más vino. ¡No quería hablar de Shelly!—. ¿Alguna sugerencia?

—Vende la casa de Boston y quédate en Nantucket.

—¿Y cómo me gano la vida? Además, la casa de Boston tiene una buena hipoteca. Cuando me hice con ella, estaba en muy malas condiciones y tuve que pedir dinero para repararla. Si la vendo, cubriría algunas deudas, pero no todas. Así que ¿cuánto tiempo podría vivir con los pocos beneficios y pagar los impuestos de la casa de Nantucket? Y ya has visto los precios de Bartlett’s Farm. La isla es cara.

—Parece que lo has pensado a fondo. Seguro que necesitan fisioterapeutas en la isla. O podrías trabajar con los clientes en el gimnasio.

—Tardaría años en hacerme con una lista de clientes privada, ¿de qué vivo mientras? ¿Por qué sonríes?

—Me impresiona lo práctica que eres —contestó él, pero en realidad estaba pensando en que era libre—. Has dicho que quieres un marido. ¿Tienes ya candidato?

—No, nadie —contestó Hallie, pero apartó la vista. Esa tarde la había llamado la madre de Braden.

—Está fatal —había dicho la señora Westbrook, con un deje alegre en la voz.

—¿Cómo? —había preguntado Hallie—. ¿Ha pasado algo?

La señora Westbrook le había contado encantada que a su hijo le habían dado calabazas y que estaba deprimido.

—Te lo envío, Hallie. Con la esperanza de que... —No había terminado la frase, pero las dos supieron a qué se refería.

—¿En qué estás pensando? —preguntó Jamie, que fruncía el ceño de nuevo.

Hallie apuró la copa de vino y él se la rellenó.

—En una casita —contestó ella—. Eso me gustaría. No una monstruosidad con un recibidor de tres alturas y ocho cuartos de baño. ¿Y tú?

—Una casa enorme en el campo, con un porche donde pueda sentarme a contemplar la lluvia.

Hallie pensó que tal vez fuera el comentario más personal que le había hecho.

—Y un jardín en el que se mezclaran verduras y flores. ¿Sabías que si plantas perejil junto a los tomates, los insectos se mantienen alejados? O eso se supone.

Jamie asentía con la cabeza.

—Y lo cercaremos todo y plantaremos girasoles en la parte trasera.

—Atraerán a los pájaros, que se comerán las verduras.

—En ese caso, pondremos un espantapájaros.

—Y tendría unas cuantas gallinas —siguió ella—. Mis abuelos tenían gallinas y yo recogía los huevos. Creo que es bueno que los niños tengan tareas y que sepan de dónde sale la comida. ¿Has visto alguna vez una gallina de cerca?

—¿Estás de coña? Mi familia prácticamente está formada por granjeros. Mi tía Samantha, que vive en la puerta de al lado, cultiva casi todo lo que nuestra familia y la suya comen. Soy capaz de pelar las mazorcas de maíz y dejarlas completamente limpias en menos de un minuto.

Hallie lo miraba con los ojos abiertos como platos.

—No te imagino haciéndolo. Dar vueltas con tu avión privado, sí, pero...

—¿Tener un avión privado es motivo para pintar a toda mi familia de la misma manera? Oye —dijo con seriedad—, mi padre y su hermano trabajan con dinero. Compran y venden cosas, y se les da muy bien, pero tienen que estar cerca de los mercados de valores. Los dos tuvieron el buen tino de casarse con mujeres que querían un hogar y una familia, no la vida de la alta sociedad, así que se mudaron a Chandler, Colorado, para estar cerca de la familia. Pero mi padre y mi tío necesitan un medio de transporte para ir a trabajar. Ir desde Chandler a Nueva York en vuelos comerciales hace que estén mucho tiempo alejados de sus familias.

—Así que se compraron un avión —dijo Hallie—. ¿Quién lo pilota?

—Mi prima Blair, pero con la condición de que no haga piruetas acrobáticas. Al menos, no con pasajeros a bordo.

Hallie se echó a reír.

—Ya me cae bien.

Jamie la miró con expresión seria.

—No soy como crees ni tampoco me criaron como te imaginas. De niño, tenía tareas y deberes.

—¿Y por qué no estás en casa, en Chandler, con ellos? ¿Por qué venir a Nantucket con una desconocida?

—Yo... —comenzó, pero un camarero se acercó para retirar los platos vacíos y no continuó. Cuando se quedaron solos de nuevo, cambió de tema—. Pero funciona bien, ¿no? Formamos un buen equipo.

Otra ocasión en la que no iba a revelarle nada personal, pensó ella. De repente, se sintió desanimada. Hasta ese momento no se había dado cuenta, pero lidiar con una historia de fantasmas le había proporcionado la distracción perfecta para no tener que pensar en el futuro. ¿Qué iba a hacer? ¿Debería buscar trabajo en Nantucket y vivir en la preciosa casa antigua que había heredado? ¿O debería venderla?

—Creo que te he molestado —dijo Jamie—, y no era mi intención.

—La verdad es que no sé qué hacer. —A lo mejor era por el vino o tal vez fuera porque Jamie parecía interesado en lo que tenía que decir, pero quería hablar. Se sorprendió al darse cuenta de que Jamie tenía razón: había pensado a fondo en su futuro.

Jamie pidió un postre de chocolate y dos tenedores, y mientras lo compartían, le contó lo que se le había pasado por la cabeza. Si conseguía un trabajo en Nantucket, ¿ganaría lo suficiente para cubrir el mantenimiento de una casa antigua? Si la vendía, ¿qué pasaría con los objetos del salón del té?

—Siento cierta obligación hacia todos esos objetos porque están relacionados con un antepasado mío —adujo.

—Seguro que el señor Huntley tendría respuestas para algunas de estas preguntas. —Jamie hizo una pausa—. A Chandler le vendría bien contar con una fisioterapeuta. Es un condado vaquero y hay muchas lesiones. Podrías...

—¿Vivir a costa de tu familia rica? —terminó por él con más rabia de la que creía posible—. No, gracias. No acepto caridad. ¿Has terminado? Me gustaría volver a casa.

—Hallie, lo siento. No era mi intención...

Hallie se puso en pie.

—Tranquilo. No debería haberte hablado de mis problemas. Ha sido una cena estupenda y te lo agradezco. Has sido muy amable al invitarme.

Jamie pagó la cuenta y después regresaron al coche, pero Hallie seguía avergonzada. Le había revelado demasiado a ese hombre que vivía en un mundo muy distinto del suyo. Él no tenía que preocuparse por cosas como dónde conseguir su próximo trabajo o vender o no una casa. Y a juzgar por lo que contaba de sus parientes, no contaba con una Shelly entre sus filas.

Cuando estuvieron en el coche, Jamie preguntó:

—¿Tu amigo Braden forma parte de ese futuro tuyo?

Estuvo a punto de decir que no, pero cambió de idea.

—A lo mejor. Si tengo mucha, pero que mucha suerte.

—Es bueno saberlo —replicó Jamie, que arrancó para recorrer el corto trayecto de vuelta a casa en silencio.

 

 

Cuando Hallie escuchó el primer gemido, no sabía si era suyo o de Jamie. Estaba tan cansada que apenas podía abrir los ojos y estuvo en un tris de volver a dormirse. Pero un gemido más fuerte la instó a apartar el edredón y a dirigirse a trompicones al dormitorio de Jamie.

Como de costumbre, se sacudía en la cama.

—Tranquilo —le dijo, pero no con el tono de infinita paciencia y comprensión que solía emplear. Estaba demasiado cansada para ser comprensiva.

Como era habitual, le colocó una mano en la mejilla.

—Estás a salvo. —Bostezó—. Estoy aquí y... ¡Ay! —El enorme brazo de Jamie la rodeó y la obligó a tumbarse en la cama junto a él.

Con un solo movimiento, Jamie se colocó de costado y la pegó contra su cuerpo.

—Hora de los arrumacos —dijo y, por una milésima de segundo, pensó en intentar zafarse, pero después cerró los ojos y se quedó dormida.

 

 

Hallie sabía que estaba soñando. Se encontraba fuera del salón del té, la puerta estaba abierta de par en par y el interior era precioso. En el centro del salón se habían dispuesto cuatro mesitas, cada una con un mantel, vaporoso y exquisito, de algodón blanco. En un lateral de la estancia se encontraba la enorme vitrina, con los estantes llenos con los platos que Jamie y ella habían encontrado, solo que en ese momento estaban relucientes. De hecho, todo era bonito y acogedor.

Sin embargo, lo que atraía la mirada de Hallie no eran los objetos, sino la guapísima mujer sentada en el asiento acolchado del otro extremo del salón. Hallie no creía haber visto a nadie más hermoso en la vida. Llevaba el pelo oscuro recogido en la coronilla, de modo que el peinado resaltaba unas facciones exquisitas.

Hallie se la imaginaba en la portada de todas las revistas de moda, y a juzgar por el cuerpo que ocultaba el precioso vestido de seda, incluía la de Sports Illustrated.

Hallie quiso decirle algo a la muchacha, pero antes de poder dar un paso, otra mujer, igual de guapa, pasó a través de ella.

Hallie jadeó por la sorpresa, pero ninguna de las dos mujeres parecía consciente de su presencia. «Es un sueño», se recordó ella, y se quedó en el vano de la puerta, observando y escuchando.

 

—Me preguntaba dónde te habías metido —le dijo Hyacinth a su hermana al entrar en el precioso salón del té. Había atravesado casi media estancia antes de reparar en el hombre bajito sentado en las sombras, detrás de la mesa más alejada—. ¡Ah! —exclamó por la sorpresa. 

Juliana estaba sentada en el asiento acolchado, con la vista clavada en el jardín. Llevaba puesto su vestido de novia, de seda azul grisáceo que se asemejaba al color de sus ojos. 

—Ha sido idea de Parthenia, y Valentina la ha respaldado —explicó ella—. Han insistido en que me hagan un retrato el día de mi boda. Ven a sentarte conmigo. 

Hyacinth se sentó junto a su hermana, con el vestido de seda de color rosa palo que le sentaba tan bien, y miró al hombre de pelo oscuro mientras este sacaba sus botes de tinta. 

—¿Habla nuestro idioma? 

Ni una palabra. 

—En ese caso, su silencio será una bendición —replicó Hyacinth—. La casa ya está tan llena de invitados que tengo ganas de correr y esconderme. 

Juliana no se dejó engañar por el tono alegre de su hermana. Llevaban juntas desde que nació, pero al día siguiente se marcharía de la isla para vivir con la familia del hombre que pronto se convertiría en su esposo. Abrió los brazos y Hyacinth apoyó la cabeza en su hombro. 

La nueva postura provocó una retahíla de sonidos furiosos por parte del artista, pero Juliana se limitó a agitar una mano. O las pintaba juntas o no las pintaría a ninguna. 

—¿Cómo voy a vivir sin ti? —susurró Hyacinth. 

—No será por mucho tiempo. Leland ha dicho que te reunirás con nosotros en primavera. Tiene un primo que va a venir de visita. Creo que Leland quiere que te cases con él. 

Hyacinth se echó a reír. 

—¿Quiere darle la vuelta a la tortilla? ¿Ahora soy yo la que va a ser emparejada en vez de encontrarle pareja a otro? Pero nuestro pobre padre no soportaría la idea de que las dos nos fuéramos. 

Juliana miró al artista, que había dejado de quejarse y que estaba dibujando a las dos muchachas. 

—¿Crees que padre se presentará en Boston con su remo para ahuyentar a tus pretendientes? 

—Seguramente —contestó Hyacinth—. Lo he visto hace poco y jamás había visto a nadie más desolado. Estaba sentado, solo, y echaba a cualquiera que se le acercase. 

—Después de la ceremonia, tengo que acordarme de pasar tiempo con él. No puedo dárselo todo a Leland. Al menos, todavía no. 

Cuando Hyacinth levantó la cabeza para mirar a su hermana, el hombre empezó a quejarse de nuevo. Quería que se quedaran quietas. Se volvió hacia él y le regaló su sonrisa más dulce, de modo que el artista se calmó. 

—¿Quieres mucho a tu Leland? —preguntó Hyacinth en voz baja—. ¿Con toda el alma? ¿Para toda la eternidad? 

—Sí —contestó Juliana, que se echó a reír—. Al principio no, no como todo el mundo cree. Solo tú sabes lo que pasó en realidad aquel día. 

—Cuéntamelo otra vez —dijo Hyacinth—. Cuéntamelo una y mil veces. 

—Todo el mundo cree que fue amor a primera vista, pero Leland... —Esperó a que su hermana fuera completando la historia. Se habían reído por la anécdota muchas veces. 

—Leland se había quedado dormido sobre su escritorio —terminó Hyacinth—. Había apoyado la cabeza sobre una litografía recién impresa. 

Juliana sonrió. 

—La tinta se había despegado y en la mejilla tenía la imagen de dos gansos y... 

—Y la palabra “vende” escrita al revés —terminó Hyacinth por ella. 

—Sí —confirmó Juliana—. Tenía la mejilla vuelta en mi dirección, de manera que yo era incapaz de mirar otra cosa. 

—Y todo el mundo creyó que te habías enamorado de él a primera vista —concluyó Hyacinth. 

Juliana sonrió al recordarlo. 

—Sobre todo Leland. 

—Pero él sí se enamoró de ti nada más verte. 

—Eso dice él —repuso Juliana—. Pero fueran cuales fuesen sus verdaderos sentimientos, le infundió el valor necesario para... —Tomó una honda bocanada de aire. 

Besarte en la despensa. —Hyacinth suspiró. 

—Siempre me he preguntado si habría sido tan valiente de haber sentido alguna vez el remo de nuestro padre en el trasero. 

—Eso hizo que muchos de nuestros pretendientes salieran corriendo —dijo Hyacinth—. Yo sigo esperando el hombre que desafíe su ira. 

—Ha habido muchos así —aseguró Juliana—. Caleb Kingsley trepó por la pérgola y llegó casi a la ventana de tu dormitorio antes de que padre lo escuchara y comenzara la persecución. ¡Bien rápido que corre Caleb! Habría sido un buen marido. 

—No estoy segura. Creo que Valentina y él forman mejor pareja. Ella corresponde la enorme pasión de Caleb. Yo prefiero una vida más tranquila. —Hyacinth tomó a su hermana de la mano—. ¿Cómo voy a servir nuestros tés sin ti? 

—¿Cómo podré conocer a toda la familia de Leland sola? —preguntó Juliana—. Son muy elegantes. Su madre se mareó por las olas en el trayecto hasta la isla. Y su hermana me preguntó si sé tocar a Mozart. 

—¿Y qué le contestaste? 

—Que no sabía quién era Mozart, pero que soy capaz de tocar Lame Sally’s Jig con una garrafa. 

—¡No serías capaz! 

—No —dijo Juliana—, no fui capaz. Pero estuve a punto. —Miró a su alrededor un momento y pensó en todas las risas y los buenos ratos que habían pasado allí—. Echaré de menos este salón y esta isla todos los días de mi vida. Prométeme una cosa. 

—Lo que quieras —repuso Hyacinth. 

—Que si algo me sucediera, si... 

—¡No! —la interrumpió Hyacinth—. No pienses así el día de tu boda. Trae mala suerte. 

—Pero algo me impulsa a decirlo. Si no me sale todo bien, tráeme de vuelta a esta casa, a esta isla. Deja que descanse aquí para siempre. ¿Me lo prometes? 

—Sí —prometió Hyacinth en voz baja—. Y yo te pido lo mismo. Tenemos que estar siempre juntas. 

Juliana le dio un beso a su hermana en la frente. 

—Será mejor que salgamos o padre creerá que alguien nos ha raptado y sacará los remos. —Miró al hombrecillo—. ¿Ha terminado? 

El hombre asintió con la cabeza al tiempo que se levantaba y dejaba el retrato en la vitrina para que se secase. En él se veía a dos preciosas muchachas, sentadas la una al lado de la otra, con las cabezas juntas y la ventana tras ellas. Junto a su retrato, se encontraba el que había realizado un poco antes del novio. 

Las hermanas, seguidas de cerca por el artista, casi habían llegado a la puerta cuando esta se abrió de repente y apareció su amiga Valentina. 

Ella también era guapísima, pero con un aura apasionada y vibrante, lo que ofrecía un gran contraste al lado del sereno encanto de las hermanas. 

—Tienes que ir a la iglesia —dijo Valentina—. Ya creíamos que os habíais fugado con un par de apuestos tritones. 

—Prefiero a Leland —repuso Juliana. 

—Y yo me reservo para Neptuno —replicó Hyacinth—. Me gusta su tridente. 

Entre carcajadas, salieron del salón. Ninguna se percató de que una ráfaga de aire se coló en la estancia e hizo que los retratos se pegaran a la parte trasera de la vitrina. Cuando la puerta se cerró, las hojas se deslizaron por detrás del mueble y quedaron ocultas. Y más tarde, en mitad de la tragedia acaecida aquel día, a nadie se le ocurrió buscar los retratos. 

 

Cuando Jamie se despertó, no sabía dónde estaba. Tal como se había convertido en costumbre, lo atenazó el pánico. ¿Dónde estaba su equipo? ¿Dónde estaban sus compañeros de armas? ¿Dónde estaban las salidas y las entradas?

Extendió un brazo en busca de lo que necesitaba. ¿¡Por qué se había quedado dormido!? ¿Por qué no se había asegurado de que todos estaban a salvo?

Al escuchar el llanto de una mujer, recordó a Valery. Había intentado ayudarla, pero un médico lo había inmovilizado.

—Quédese quieto, señor. No puede levantarse. Parece que Freddy Krueger ha estado jugando por aquí.

—¡Sargento! —gritó alguien—. ¡Cierre el pico!

Jamie no cejó en su empeño de levantarse. Su trabajo era ayudar. Era su responsabilidad. Se lo debía. Estaban bajo su protección.

Se debatió todo lo que pudo hasta que alguien le inyectó morfina y perdió el conocimiento.

Tardó varios minutos en librarse del pánico y recordar que estaba en Nantucket. Se sorprendió al ver que tenía a Hallie entre los brazos, pero no era ella quien lloraba. Hallie se movía, inquieta, rozándole las piernas con las suyas, como si tratara de decirle algo, aunque no entendía las palabras.

Se preguntó qué hacía en su cama. ¿Le habría dicho la verdad cuando aseguró que la asustaban los fantasmas? ¡Joder!, pensó. Si no se tomara esas dichosas pastillas para dormir, la habría escuchado. Desde luego que habría sabido cuándo necesitaba su ayuda.

—Tranquila —le dijo al tiempo que le apartaba el pelo de la cara—. Tranquila. Estoy aquí. Estás a salvo.

—Juliana —susurró ella con voz entrecortada. Juliana ha muerto.

Hallie estaba soñando con los fantasmas, se dijo, y la abrazó con más fuerza. A lo mejor tenía razón y deberían mudarse a la casa de Jared. A lo mejor...

Un relámpago en el exterior hizo que perdiera el hilo de sus pensamientos, y con el fogonazo de luz vio a una muchacha junto a la cama, mirándolos. Era guapísima y lucía un vestido de talle alto del color de... ¿Cómo lo había llamado el señor Huntley? Había dicho algo de una tormenta. Sobre el pelo oscuro llevaba un velo blanco. Era una novia.

Por un segundo, la muchacha lo miró con una sonrisa y después asintió con la cabeza, como haciéndole saber que la complacía ver que estaba consolando a Hallie.

—¿Juliana? —susurró él y le tendió la mano. Pero con el siguiente relámpago, la muchacha desapareció. Y con ella se fue la inquietud de Hallie, de modo que se quedó relajada entre sus brazos.

Jamie frunció el ceño durante un rato, mientras intentaba averiguar qué había visto, pero después una profunda sensación de tranquilidad se apoderó de él. Por primera vez en más de un año, su mente se llenó con algo distinto del recuerdo de las armas, de las bombas, del miedo y... de la muerte.

A medida que su cuerpo se relajaba, comenzó a ver una casa. Tenía dos plantas, con un gran porche delantero, y a la derecha había una estancia acristalada. Se sintió flotar, suspendido sobre la tierra, y pudo ver el interior de esa habitación. Estaba junto al dormitorio principal, y sabía que Hallie la había convertido en una habitación infantil. Había dos cunas, pero una estaba vacía en ese momento, y a Jamie lo asaltó la conocida sensación de pánico. Sin embargo, en la otra cuna había dos niños pequeños, idénticos, tal y como lo fueron Todd y él. Y tal como ellos hacían, esos niños se negaban a dormir separados.

La visión, el sueño o lo que fuera, logró que Jamie se sintiera mejor de lo que se había sentido en... No recordaba haberse sentido tan bien en la vida. Abrazó a Hallie con más fuerza, sonrió por la forma en la que sus piernas se entrelazaron y se sumió en un profundo y tranquilo sueño, por primera vez en muchísimo tiempo.