8
A la seis en punto, Hallie tuvo un desagradable encuentro con una de las muchas arañas que vivían en la habitación y Jamie la salvó valerosamente; o al menos así fue como él lo describió. Cuando aseguró que se había ganado el epíteto de «héroe», Hallie se echó a reír.
Ambos estaban sucios y cansados, pero con solo medio día de trabajo la diferencia en la estancia era notable. Una vez que atravesaron la despensa y entraron en la cocina limpia y bien iluminada de la casa, se miraron el uno al otro, repararon en el polvo que llevaban encima y se echaron a reír.
—Deberíamos subir, ducharnos, ponernos ropa limpia y después bajar para cenar como Dios manda —sugirió Hallie.
—¿Es que eres una Montgomery? —replicó Jamie mientras echaba a andar hacia el fregadero. Una vez allí, se remangó la camiseta y empezó a lavarse la cara y las manos.
—Vas a tener que hablarme de tu familia para que pueda entender ese tipo de comentarios. —Hallie se acercó al otro seno del enorme fregadero y le quitó el jabón de las manos.
Aunque ansiaba sentirse limpia, su mente nunca dejaba de pensar en el trabajo. Hasta el momento, no le había visto los brazos desnudos, y no pudo evitar mirarlos de reojo. Tenía una cicatriz alargada en el brazo izquierdo y tres más pequeñas le atravesaban la muñeca derecha.
Cuando Jamie se percató de que lo estaba mirando, se volvió y cogió un paño de cocina.
—Los Montgomery nacieron con un tenedor de ensalada en las manos —dijo mientras sacaba un recipiente con pollo del frigorífico como si no hubiera pasado nada del otro mundo—. En casa, usan servilletas de verdad que alguien se ha encargado de lavar y planchar.
—Menudos monstruos —replicó Hallie sin reírse.
—Son demasiado delicados para serlo. Mi madre dice que ambas ramas de la familia son como la Bella y la Bestia. ¿Adivinas quién es quién?
Jamie ya tenía la cara y las manos limpias, pero el pelo y el cuello seguían cubiertos de sudor y polvo, y la voluminosa ropa que llevaba estaba sucísima.
—No sé qué decirte... —contestó Hallie con el ceño fruncido como si estuviera pensando—. Eres demasiado guapo.
Jamie soltó una carcajada mientras se inclinaba para darle un beso en el cuello.
—Eres... —Dejó la frase en el aire y empezó a escupir—. Creo que tengo una telaraña en la boca.
—Te lo tienes merecido —repuso ella mientras se pasaba un paño de cocina por el cuello—. ¿Vas a compartir ese pollo?
Después de que comieran, Todd llamó por teléfono y, como siempre, Jamie se alejó para hablar con él en privado. Sin embargo, mientras se alejaba Hallie lo escuchó decir que había conducido un coche.
—Ajá, Hallie lo hizo —añadió Jamie.
Sonrió con la sensación de que todas las noches que había pasado en vela estudiando estaban dando sus frutos, y recogió la mesa.
Más tarde, después de una larga ducha caliente, Hallie se acostó temprano y se despertó a las dos de la madrugada, un hábito ya a esas alturas. Por un instante, pensó que Jamie no sufriría pesadillas esa noche, pero en cuanto lo escuchó gemir, corrió a su lado. Ya había establecido una rutina para relajarlo. Decirle que estaba seguro y pronunciar su nombre y el de Todd lo ayudaba. Pero, sobre todo, eran sus besos lo que lo tranquilizaban.
Al cabo de unos minutos, dormía tranquilo, de costado, sumido en un sueño sosegado.
Hallie estaba a punto de regresar a su dormitorio, pero se detuvo un instante para acariciarle el pelo limpio.
—Dime qué te pasó —susurró—. Dime qué ha hecho que acabes así. —Sin embargo, solo obtuvo silencio por parte de Jamie, de manera que volvió a la cama.
Cuando se despertó a la mañana siguiente, Jamie ya estaba trabajando. Hallie se vistió y bajó a la cocina, donde descubrió un precioso desayuno consistente en queso, saladitos y huevos cocidos. Al parecer, Edith los había visitado bien temprano.
Abrió la puerta de la despensa, pero comprendió que había cometido un error. El polvo entró en la cocina. Tosió al tiempo que agitaba una mano en el aire.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —le preguntó a Jamie, que en ese momento llevaba en los brazos un cargamento de moldes de estaño con forma de animales.
—Empecé antes de que amaneciera —contestó—. Sobre las cuatro, creo.
Estaba a punto de exclamar, asombrada, pero vio el brillo travieso de sus ojos.
—Hace diez minutos que has bajado, ¿a que sí? —le preguntó entre carcajadas.
—Más bien ocho. ¿Has comido?
—Voy a empezar. Vamos, el té está caliente.
Después de que desayunaran, retomaron las labores de limpieza. Lo que encontraron en la despensa era fascinante. Cada balda tenía tres hileras de objetos, y al parecer había de todos los años transcurridos desde que las hermanas murieron. En la parte posterior encontraron cacerolas de hierro y utensilios de madera. En la hilera central, parecían chismes de la época victoriana. Los que estaban a la vista eran utensilios de cocina posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Incluso encontraron algunas cartillas de racionamiento.
—Supongo que deberíamos llamar al museo y decirles que envíen a alguien para que le eche un vistazo a todo esto. —Ante ellos, sobre la sábana que habían extendido en la hierba, descansaban gran parte de los objetos que habían limpiado, muchos de los cuales ni siquiera sabían para qué servían—. O tal vez deberíamos llamar al señor Huntley y a la Asociación Histórica de Nantucket.
—¿Estás segura? —preguntó Jamie—. ¿No dijo el señor Huntley que los marineros les traían regalos a las Damas del Té? Si eso es cierto, todo esto les pertenece.
—Crees que debemos devolverlo todo a la despensa, ¿verdad?
—Es una opción —respondió él.
Hallie lo miraba con atención.
—Finges que no crees en ellas, pero en realidad sí crees que existan como fantasmas, ¿a que sí?
—Me gustaría creer que hay algo más que la finalidad de la muerte, sí.
Cuando la miró, Hallie vio algo en sus ojos, un vacío, tal vez desolación. Pero desapareció con la misma rapidez que había aparecido.
Llegó a la conclusión de que Jamie estaba familiarizado con la muerte, de que la había sentido cerca. Sin embargo, al cabo de un segundo, esbozó su sonrisa más traviesa y volvió a ser el chico que recorría el mundo en avión privado de fiesta en fiesta.
—¿Qué te ha hecho ser...? —quiso preguntarle, pero él la interrumpió.
—¿Lista para una nueva ronda? —le preguntó.
Era evidente que no quería hablar de temas serios.
—¿Atacamos la última hilera de chismes? —Hallie lo miró de arriba abajo. El grueso chándal que llevaba estaba cubierto de polvo y de sudor seco—. Si soy capaz de soportar tu olor, claro está.
Jamie se echó un vistazo.
—Tienes razón. Volveré en unos minutos.
Hallie lo observó hasta que entró en la casa y después se sentó en la hierba y empezó a limpiar un poco más los antiguos utensilios de cocina. Había seis preciosos moldes blancos de cerámica que creía que se usaban para hacer helado. En el fondo, tenían dibujos de frutas y flores. Metió uno de ellos en un cubo de agua tibia y jabonosa, y se dispuso a fregarlo.
Se preguntó si Leland Hartley, su antepasado, habría tocado los moldes. ¿Habría comido helado hecho en ellos? La idea le hizo pensar en el lejano día de aquella boda, cuando dos preciosas chicas se contagiaron de una fiebre que las llevó a la muerte una semana después.
¿Cómo eran?, se preguntó. ¿Soñarían con el futuro? ¿Planearon Juliana y Leland vivir en Nantucket o habían pensado marcharse a Boston, al hogar de Leland? Si ese era el caso, ¿qué habría pasado con Hyacinth? ¿Se iría también con ellos?
«No», concluyó. Hyacinth se habría quedado con su padre, algo que habría convertido la boda en un día triste y a la vez alegre.
Hallie se encontraba tan absorta en sus pensamientos que no escuchó que Jamie se acercaba.
—¿Mejor? —le preguntó cuando estaba a unos metros de distancia.
Ella sonrió y lo miró, pero al hacerlo se quedó pasmada. Jamie se había cambiado de ropa. Aún iba tapado, pero llevaba un atuendo más liviano, ideal para correr. La camiseta de manga larga se le pegaba al cuerpo como una segunda piel, y dejaba a la vista el contorno de sus músculos. Los pantalones eran lo bastante anchos como para llevar debajo la rodillera, pero también le marcaban los poderosos músculos de las piernas. Superman sentiría envidia de ese cuerpo.
Al mirarlo a la cara, se percató de la expresión ufana que lucía. ¡Saltaba a la vista que era muy consciente de lo bueno que estaba!
Hallie se obligó a volver la cabeza para recobrarse de la sorpresa, y compuso su expresión más profesional.
—Con esa ropa estarás más fresco —dijo con seriedad—. ¿Listo para regresar al trabajo?
La expresión risueña de Jamie se tornó ceñuda mientras retrocedía un paso.
—Sí, claro. —Entró en la casa como si se hubiera llevado una decepción.
Hallie se levantó para seguirlo, pero al ponerse en pie descubrió que las piernas no la sostenían y que estaba acalorada. Se apoyó en la pared y trató de calmarse. Jamie Taggert tenía el mismo aspecto que las estrellas de cine y los deportistas que siempre le habían gustado y de los que se enamoraba platónicamente. Tenía una cara preciosa y un cuerpo que despertaba en ella el deseo de tocarlo. ¡Se imaginaba besando esos abdominales!
Jamie se asomó por la puerta y la vio apoyada en la pared.
—Si estás demasiado cansada para hacer esto, puedo acabar de hacerlo yo solo.
—No, no —dijo al tiempo que se alejaba de la pared—. ¿Qué es lo siguiente que vamos a hacer?
—Tú puedes subir a la escalera e ir bajando cosas de la balda superior.
—Claro —replicó Hallie y él entró de nuevo.
Dio un paso hacia la puerta, pero en ese momento vio la nueva manguera y la pistola pulverizadora que acababan de comprar. Tras cogerla, se roció la cara con agua helada. Tal como se sentía, si se sumergiera en una charca helada, la convertiría en una charca de agua termal.
—¡Vamos, Hartley! —escuchó que le gritaba Jamie desde el interior, de modo que se dispuso a entrar de nuevo.
Jamie sintió la vibración del teléfono y se lo sacó del bolsillo para leer el mensaje de texto. «Tengo información», había escrito Todd.
Miró a Hallie de reojo. Estaba sentada en el suelo, limpiando las patas de las mesas que se empleaban para servir el té. Cuando le dijo que tenía que hablar con su hermano, ni siquiera levantó la cabeza, se limitó a hacerle un gesto con la mano.
Una vez fuera, llamó a Todd.
—¿Qué has descubierto?
—Podría perder mi trabajo, porque me he tomado unos días para ir a Boston y hacer unas cuantas averiguaciones, todo por ti.
—¿Con quién has hablado? —le preguntó Jamie.
—¿Ya no se estila aquello de: «Gracias, Todd, eres el mejor hermano del mundo»?
—Dame la tabarra luego. Ahora mismo tengo que volver con Hallie.
—¿Tienes que volver con ella o quieres volver con ella? —Al ver que Jamie no contestaba, Todd supo que se había pasado de la raya—. He hablado con la madre de Braden Westbrook. Esa mujer es una mina de información. ¿Te ha contado Hallie lo que hizo su hermanastra?
—No —contestó Jamie—. He intentado sonsacárselo, pero no quiere entrar en detalles.
—Me extraña. Cualquiera diría que estando al lado de una persona como tú, tan abierta y extrovertida, que no esconde el menor secreto, la chica estaría encantada de desahogarse contigo.
—¡Ya vale! —exclamó Jamie—. Si guardo secretos es por un motivo. Cuéntame lo que has descubierto.
—Como ya sabrás, Jared era el albacea del testamento de Henry Bell, y fue quien le envió los documentos a Hallie a través de un servicio de mensajería urgente. Al parecer, la hermanastra, Shelly, recibió el sobre y lo abrió, y empezó a tramar un plan para suplantar la identidad de Hallie. Incluso le envió a Jared una copia del pasaporte de Hallie con su propia foto. Hallie regresó a su casa por pura casualidad y descubrió lo que sucedía. Así que Jared está decidido a ayudarla.
Jamie tardó un instante en recuperar el aliento.
—¿Su hermana falsificó un pasaporte para hacerse pasar por ella? ¿Eso no es un delito federal?
—Sí, pero la señora Westbrook dice que Hallie jamás presentará una denuncia. Dice que es demasiado buena. —Todd hizo una pausa—. He hablado con seis o siete vecinos de la calle, y ninguno tiene nada malo que decir de Hallie, todo lo contrario que sobre su madrastra.
—¿Te refieres a Ruby?
—Sí. Al parecer, hubo muchas quejas por el césped sin cortar y por las escandalosas fiestas que organizaba. Los vecinos me han contado que Hallie solía arreglar el jardín cuando estaba en casa los fines de semana. Y después de que Ruby y su padre murieran... —Dejó la frase en el aire.
—¿Qué pasó? —le preguntó Jamie.
—Hallie dejó la universidad para ocuparse de su hermanastra. Según me han contado, el primer año fue un infierno para todos los vecinos de la calle, y todos han afirmado sin dudar que la culpable de dicho infierno fue Shelly, que en aquel entonces era una adolescente. He mirado los archivos de la policía y, después de la muerte de los padres, hay seis llamadas de los vecinos para denunciar fiestas que duraban toda la noche. Algunas incluso con moteros o bandas callejeras. Hubo varias visitas para advertirles de que dejaran de hacer ruido antes de que todo se solucionara.
—Pobre Hallie —replicó Jamie.
—¿No te ha contado nada de esto?
—Un poco, pero no mucho —respondió—. Casi siempre habla de sus abuelos y de lo feliz que fue su vida con ellos.
—Pasas las veinticuatro horas del día con Hallie, jamás te había oído hablar de otra mujer como hablas de ella y, sin embargo, no sabes prácticamente nada de su vida. ¿Qué hacéis durante todo el tiempo que pasáis juntos?
—Investigar sobre una historia de fantasmas y, últimamente, limpiar. —Jamie quería retomar el tema inicial de conversación—. ¿Qué has descubierto sobre el tal Braden?
—¿Estás limpiando? —repitió Todd sin dar crédito—. ¿Fantasmas? ¿Así es como estás cortejando a esta mujer?
—Nadie ha dicho nada sobre «cortejos».
En ese momento, fue Todd quien guardó silencio.
—¡Vale! Me gusta, sí. ¡Me gusta mucho! Es simpática, lista, cariñosa y...
—Y es agradable de mirar —añadió Todd.
—Eso también. ¿Va a venir Braden?
—Ajá —contestó Todd—. No sé cuándo exactamente, pero dentro de unos días. Su madre tenía unas cosas muy interesantes que contarme sobre su hijo.
—¿Como qué?
—Como que acaba de cortar con su última novia. Dice que es la tercera que lo deja, porque Braden solo persigue lo inalcanzable.
—¿Qué significa eso?
—Al parecer, le gustan las mujeres con los tacones más altos, las que quieren subir a la cima con uñas y dientes. Usan a Braden y después lo dejan pisoteado cuando pasan sobre él.
—Bien —repuso Jamie.
—Sé lo que estás pensando y si eso es lo que le gusta, se mantendrá alejado de tu Hallie. ¿Quieres escuchar lo mejor de todo? —Todd no esperó su respuesta—. La señora Westbrook ha intentado emparejar a su hijo y a su querida y dulce Hallie desde que eran pequeños.
—¡Es demasiado mayor para ella! —exclamó Jamie.
—No según su madre. Cree que Hallie sería una esposa estupenda para su hijo y le daría seis o siete nietos. ¿Qué opina tu Hallie de él?
—No lo sé —contestó Jamie en voz baja.
—¿Qué has dicho? No te he oído.
—¡Que no sé lo que piensa de él! —Jamie alzó la voz, pero luego se tranquilizó—. Lo único que tengo claro es que Hallie dice que es su amigo y quiere que este lugar esté como los chorros del oro cuando él llegue.
Todd contuvo el aliento.
—¿La estás ayudando a limpiar la casa para su novio?
—No es... —Jamie cerró los ojos un instante—. Además de ser un imbécil en lo que a las mujeres se refiere, ¿qué más me puedes contar de este tío?
—Está limpio. No tiene ni una multa por mal aparcamiento. Papá conoce a alguien en el bufete de abogados donde trabaja, así que...
—¿Se lo has contado a papá? Por favor, dime que no se lo has dicho a mamá...
—Claro que sí. De hecho, mamá ha decidido que su siguiente libro será sobre una fisioterapeuta que...
—No me lo cuentes —lo interrumpió Jamie—. ¿Qué ha dicho papá?
—Que Braden Westbrook pronto será nombrado socio del bufete. Es un currante nato y tan honesto como lo puede ser un abogado. Esas víboras traicioneras a las que persigue parecen ser su único defecto. Pero su madre cree que va a cambiar de actitud después de la experiencia que ha tenido con la última. No sé exactamente qué pensar, pero el día que estuve allí, él había ido a Boston para comprarse ropa que ponerse en Nantucket. ¿Qué tal te va con tu ropa deportiva?
Jamie obvió la pregunta.
—¿Qué aspecto tiene?
—Es un Montgomery rubio.
—Eso es bueno —dijo Jamie—. Delgado, sin músculos, pálido e insípido.
—Sigue pensando así. El tío es guapetón y tiene un buen trabajo. Por curiosidad, ¿le has dicho a Hallie lo mucho que te gusta?
—Todavía no —contestó Jamie—. Es demasiado pronto y necesito más tiempo para solucionar las cosas.
—Estoy de acuerdo —convino su hermano—. Tómate todo el tiempo que necesites. Estoy seguro de que hay miles de chicas guapas, generosas, graciosas y listas como Hallie. Y te apuesto lo que quieras a que cuando la familia empiece a llegar, ninguno de los primos va a tirarle los tejos. ¿Qué están tramando Adam e Ian ahora? ¿Le gustan los tíos cachas? Seguro que le gusta Raine. ¿Qué pasará cuando Westbrook la invite a dar un paseo por la playa a la luz de la luna? ¿Se quedará en casa limpiando contigo o hablando de fantasmas?
—Eres un cabrón, ¿lo sabes? —le dijo su hermano, furioso.
—Solo intento que superes el pasado —replicó Todd, tan enfadado como Jamie—. Tienes una oportunidad y no quiero que la desaproveches. Si yo encontrara a mi Hallie, pondría toda la carne en el asador para conseguirla.
—Sí, bueno, en este caso hay circunstancias atenuantes. Yo...
—Ya me lo has contado antes —lo interrumpió Todd—. Tal como lo veo, solo tienes unos días para que te vea como algo diferente a su compañero de limpieza. Te llamaré mañana. ¡No! Llámame tú cuando hayas hecho algo al respecto. Si no, no te molestes. —Y colgó.
Jamie estaba enfadado después de hablar con su hermano, pero cuando regresó a la casa y vio a Hallie, estuvo a punto de explotar. Estaba en la despensa, de puntillas sobre la pequeña escalera, intentando alcanzar algo que se encontraba en la parte posterior de la balda más alta. Parecía estar a punto de irse al suelo.
—¿Qué narices estás haciendo? —le preguntó Jamie a voz en grito, si bien se arrepintió al instante. Era la voz que usaba en el frente y en casa había hecho que muchos niños salieran corriendo con lágrimas en los ojos.
Sin embargo, Hallie pareció imperturbable.
—Casi... —Se estiró un poco más—. ¡Lo tengo! —dijo justo antes de hacer lo que pareció un paso de baile sobre la escalera. Cuando fue a apoyar el otro pie, encontró aire.
Jamie levantó los brazos, dejó que las muletas cayeran al suelo y saltó para agarrarla por la cintura en el aire. Ambos cayeron al suelo. Cuando el polvo se asentó, Hallie estaba tumbada sobre él, con la nariz casi sobre la suya.
—Si necesitabas un abrazo, solo tenías que decirlo.
Jamie se echó a reír.
—¿Qué estabas haciendo ahí arriba? Si no hubiera llegado a tiempo... —Abrió los ojos como platos.
—¿Qué pasa?
En un abrir y cerrar de ojos, Jamie rodó en el suelo hasta dejarla de espaldas y después la levantó en brazos como si quisiera llevarla a algún lado. Aunque le costó trabajo conseguirlo por culpa de la rígida rodillera, lo logró.
Al ver que empezaba a andar, Hallie gritó:
—¡Espera!
Jamie se detuvo.
—No puedes llevarme en brazos con la lesión de la pierna.
—¡Tengo que sacarte de aquí!
Al escuchar su tono de voz, lo miró a los ojos y se percató del pánico que lo atenazaba. Tal como hacía por las noches, le tomó la cabeza entre las manos y acercó la cara a la suya.
—Jamie —dijo en voz baja y con seriedad—: Dime qué te pasa.
Sus palabras parecieron sacarlo del trance y clavó la mirada en su frente.
Hallie apartó las manos para acariciarse el nacimiento del pelo y los dedos se le mancharon de sangre.
—Creo que esa caja me ha golpeado en la cabeza. —Jamie aún parecía preocupado—. Bájame e iré a por unas gasas.
La luz comenzaba a regresar a sus ojos.
—Tienes tanto polvo en el pelo que no podrás ponerte un apósito. Vamos, hay un botiquín de primeros auxilios en el gimnasio. Voy a limpiarte esa herida.
Hallie percibía que se avergonzaba de la reacción que había demostrado, pero no quiso mencionarlo. ¿Era el hecho de que se hubiera hecho daño o la visión de la sangre lo que lo había perturbado?
Atravesaron el jardín de camino al gimnasio y Jamie le indicó que se sentara en el borde de un banco de abdominales. Le apartó el pelo con delicadeza y le examinó la zona.
—¿Sobreviviré? —preguntó Hallie, intentando aligerar su humor.
Parecía muy serio, aunque solo se trataba de un accidente sin importancia.
—Tienes tanto polvo en el pelo que podría infectarse. Tengo que limpiar toda la zona. Ven conmigo.
Lo siguió hasta el otro extremo del gimnasio, donde abrió una puerta de la que ella ni se había percatado antes, y sacó una silla plegable.
—¿Qué es eso?
—Una ducha exterior —contestó él—. Para cuando llegas de la playa lleno de arena. Siéntate mientras traigo todo lo necesario.
Tan pronto como se sentó, cerró los ojos. Llevaban un día y medio realizando un trabajo muy duro. Además, estaban las sesiones de rehabilitación con Jamie por la mañana y por la noche. A eso había que añadir las pesadillas de las dos de la madrugada... y de ahí que estuviera exhausta.
Estaba medio dormida cuando lo oyó decir:
—Echa la cabeza hacia atrás y no abras los ojos.
Para su más absoluta delicia, Jamie le echó agua caliente en el pelo. ¡Estaba en la gloria!
—Es champú antiséptico. No huele muy bien, pero cumple su función.
A medida que el champú (que en su opinión para nada olía mal) se convertía en espuma, Jamie empezó a masajearle el cuero cabelludo. Cuando se acercó al corte, que Hallie sabía que no era muy grande, sopló como si el champú pudiera provocarle escozor. Algo que no sucedió, pero no quiso detenerlo.
Le masajeó la zona de alrededor de las orejas, la parte posterior del cuello y la coronilla. Tenía unas manos fuertes y certeras, pensó ella. Puesto que tenía mucha experiencia en el campo de los masajes, comprendió que Jamie sabía lo que estaba haciendo. Estaba a punto de preguntarle dónde había aprendido, pero supo que no le contestaría. Además, estaba disfrutando tanto de sus caricias que no quiso interrumpirlas.
Jamie bajó las manos hasta su cuello y después hasta sus hombros. Mientras sus pulgares le masajeaban los trapecios, sintió cómo desaparecía la tensión.
Necesitaron varios cubos de agua caliente para aclararle el pelo. Después, Jamie empezó a desenredárselo, despacio.
Hallie suspiró cuando se detuvo, apenada porque todo hubiera acabado. Lo miró.
—¿Me concederías el honor de salir a cenar conmigo esta noche? —le preguntó Jamie.
Sin titubear siquiera, contestó:
—Me encantaría.
—Entonces ponte algo bonito y nos vemos en una hora.
Hallie volvió a la casa prácticamente a la carrera y subió la escalera. Pensó que no debería aceptar la invitación. Jamie era su paciente, no tardaría mucho en marcharse y no volverían a verse. Pero, de todas formas, una cena con él sería estupenda.
Cuando hizo el equipaje para viajar a Nantucket, metió las cosas en la maleta sin pensar. En aquel momento, entre la herencia y la última jugarreta de Shelly, no pensaba con claridad.
Pero Shelly sí había tenido tiempo para planear su viaje con Jared. Había cogido la maleta de Hallie y la había llenado con su ropa y con algunas prendas que le había robado a ella. Una vez que los planes cambiaron, Hallie vació el contenido que Shelly había metido en la maleta y buscó su ropa entre el montón. Una de las prendas era un vestido recto negro de seda con tirantes finos. Estaba en el fondo de su armario, reservado para una ocasión especial que nunca había llegado. En ese momento, Hallie estaba muy agradecida de tenerlo. Se preguntó si debería agradecerle a Shelly que lo hubiera sacado del armario y la idea estuvo a punto de arrancarle una carcajada.
Tardó un buen rato en secarse el pelo con el secador y casi le dio tristeza hacerlo, porque era como deshacerse del recuerdo de Jamie mientras se lo lavaba. Empuñó el secador mientras tarareaba todas las canciones de Al sur del Pacífico.
Al ponerse el vestido, le sorprendió descubrir que le quedaba un poco ancho. Cuando lo compró, se le ajustaba como si lo llevara pintado.
Abrió el pequeño joyero que Shelly había guardado y descubrió cosas que hacía años que no se ponía. Eligió una cadena de oro muy sencilla y unos pendientes a juego.
Cuando Jamie llamó de forma educada a la puerta, estaba lista.
—¡Madre mía! —exclamó—. Estás genial. Vamos a quedarnos aquí y nos lo montamos.
Hallie se echó a reír.
—Quiero una cena con vino y tú tampoco estás mal.
—Gracias —replicó Jamie, que la dejó que bajara la escalera delante de él.
Cuando llegaron a la puerta principal, Hallie le dio las llaves del coche retándolo con la mirada a que se negara. Ya había conducido antes y podría hacerlo de nuevo.
Mientras arrancaba el coche, Hallie dijo:
—Háblame de la boda. ¿Cuántos miembros de tu familia vendrán?
—Muchos. Todos quieren a la tía Jilly. Te los presentaré a todos y después te preguntaré por sus nombres. Pero si te olvidas de los Montgomery, no te lo tendré en cuenta.
—Pobres Montgomery. Pero me interesa más conocerlos de uno en uno, como... no sé. ¿Quién es el más listo?
—Mi padre y su hermano. Pero esa es mi opinión y no se te ocurra decírselo a ellos.
—¿Quién es el más simpático?
—Sin duda, la tía Jilly.
—¿El más guapo?
—Mi hermano Todd —contestó con una sonrisilla.
—Vale —replicó Hallie—. ¿Quién es el más interesante?
—El tío Kit. Sin duda alguna. Aunque es un Montgomery, es interesante porque nadie sabe mucho sobre él, ni sobre su trabajo o su vida personal. Nada. Todo es muy misterioso.
«Más o menos como tú», pensó Hallie, que no lo dijo en voz alta.
—¿A qué crees que se dedica?
—Es un espía. Todos los demás miembros de la familia lo creemos. Una vez apareció en Navidad con dos adolescentes, un chico y una chica, y nos los presentó como sus hijos. Los chicos eran muy elegantes y educados. Podían hacer cualquier cosa, ya fuese una actividad deportiva o algo intelectual. Resultaban intimidantes.
—Seguro que en un gimnasio no te intimidaron. ¡Es imposible que fueran más cachas que tú!
Jamie sonrió.
—¡Acabas de ponerme el ego por las nubes! Pero, en fin, es mi primo Raine quien tiene el honor de ser el más cachas. No hemos vuelto a ver a los chicos después de aquella Navidad. Creo que pensaron que éramos unos bárbaros.
—¿Los Montgomery también?
—Sí. Asombroso, ¿verdad? Deberías ver al tío Kit con mi madre. Lo interroga sin piedad, pero jamás suelta prenda. Todos creemos que su detective Dacre, que es un espía jubilado, está basado en él.
—¿Vendrá tu tío Kit a la boda?
—¿Quién sabe? Tú busca a un hombre alto, delgado, canoso y elegante. A mi madre le gusta desafiarlo con ciertas actividades para ver si es capaz de hacerlas, como tiro con arco, esgrima o backgammon. De momento no la ha decepcionado.
Hallie se echó a reír.
—¡Menuda es tu madre!
—Sí, lo sé. —Aparcó en el estacionamiento del Sea Grille, apagó el motor y la miró—. Es como tú.
Por un instante, siguieron sentados en el coche, mirándose, y Hallie tuvo el impulso casi irresistible de inclinarse para besarlo. Pero besar a Jamie ya era algo familiar para ella porque lo hacía todas las noches.
Estuvo a punto de soltar una risa tonta al pensar en lo asombrado que se quedaría él si lo besara. Sonrió, se volvió y bajó del coche.