XI

Al día siguiente me levanté muy temprano, y fui a situarme a una huerta vecina de la casa de Antonia desde donde podía observarlo todo sin ser visto.

En la casa se hacían los preparativos correspondientes al rango de la ilustre visita que venía a honrarla. Los criados iban y venían muy afanados. El viejo comprendía, quizá por instinto, que los héroes ordinariamente están dotados de una voracidad bestial, y con esa convicción mandó sacrificar un buen número de víctimas. Gallinas, pavos, carneros, lechoncitos, todo esto se asaba en el horno, se freía en sendas cazuelas o se cocía en las ollas; amén de la nata que los vaqueros habían traído del rancho y que se ostentaba en grandes fuentes, de los dulces de leche que la madre de Antonia preparaba con cierto orgullo, y de las sabrosas y aromáticas frutas que la joven colocaba con esmero en limpios canastillos.

Aquello parecía un banquete de bodas.

El viejo bonazo aparecía de cuando en cuando por el patio dando órdenes a sus criados para el arreglo de la casa. Habíase puesto sus mejores ropas: su camisa llena de randas y bordados; su corbata de colores chillantes atada con una sortija, calzoneras con grandes botones de plata, chaqueta de paño oscuro, y botas de venado color verde olivo.

Antonia también apareció acompañada de algunas primas que estaban ayudándola en sus tareas. Para mi desesperación, la muchacha estaba más linda y más provocativa que nunca. Su vestido tenía siempre la sencillez encantadora, que ella, por un instinto de buen gusto, sabía dar a todo lo que se ponía. Había colocado hábilmente entre sus espesas y negras trenzas, algunas flores del campo rojas y exquisitas. Sobre su camisa de finísimo lino y para cubrirse el seno, se había cruzado el más precioso pañuelo de punto que puede imaginarse; sus mangas bordadas y llenas de encajes dejaban en toda su desnudez sus hermosos y torneados brazos, adornados de hoyuelos y cubiertos de un vellito suave y apenas perceptible, como el de un melocotón. (Aunque no pude ver por la distancia esto último, me lo figuré; ¡había yo besado tantas veces esos pícaros brazos!)

Sus enaguas eran de seda de bonitos dibujos y colores, y como en aquel tiempo precisamente no se usaban largas, dejaban ver a la perfección unos pies arqueados y pequeños, calzados con zapatitos de raso verde, y el principio de dos piernas que había yo visto, ¡ay! la primera vez desnudas en su mayor parte, pero que entonces se me figuraron desconocidas y por lo mismo terriblemente hermosas. ¡Lo que es la privación!

Yo me mordía los puños y los brazos, como debió sucederle a Tántalo siempre que tenía delante la fruta provocadora que no podía devorar. Ardientes lágrimas surcaban mis mejillas, y ardía en mi corazón una sed de venganza espantosa.

¡Antonia, Antonia, perdóname si más tarde la ejercí con una crueldad tan terrible! ¡Sufrí tanto entonces, que nunca creí que pudiera llegar hasta la saciedad y el arrepentimiento!

Pero no anticipemos: yo continué observando desde la atalaya que me había formado entre los árboles y arbustos de la huerta susodicha.

Las viejas campanas y rotos esquilones de la iglesia parroquial daban las doce, cuando llegó a la casa de Antonia la gran comitiva.

Componíase ésta del valiente general, a quien había invitado su hijo el bizarro coronel, de algunos oficiales y de Doloritas, a quien ofrecía galantemente el brazo el viejo jefe, y que venía emperejilada con todos los ridículos arreos que una vieja coqueta, ignorante de la moda de la ciudad, se envanece de ostentar en un poblacho.

El padre de Antonia salió a recibir a sus visitantes con profundas cortesías, y la linda muchacha se sonrió, poniéndose como una grana al ver al coronel.

Éste se sorprendió al encontrar tan bella a Antonia, y la devoró con una mirada de sátiro. No se contentó con eso, sino que pasando de la contemplación más impertinente a la familiaridad más indebida, ciñó con sus brazos el talle de la niña y levantándola hasta la altura de su rostro, la estrechó contra sí, de un modo que hizo dar un brinco al viejo, lanzar un chillido a la jamona, reír a los oficiales y decir al general con una severidad zumbona:

—¡Hombre! ¡Hombre!

Pero ya estaba hecho: el coronel tomando las manos de la aldeanita, se entró con ella en la casa seguido de los demás, y para mí cayó la horrorosa cortina de lo invisible, tras de la cual iban a ocultarse misterios cuyo solo presentimiento me hacía temblar y oprimírseme el corazón. Caí desplomado sobre mi asiento de yerba; los árboles que me rodeaban me parecieron odiosos, y aun aquella luz del mediodía, que tomó a mis ojos un color verdoso, no logró calentarme los huesos. La bilis comenzaba a mezclarse en los asuntos del corazón.

Así quedé por espacio de dos horas, enderezándome a veces al oír las carcajadas de los militares, la risa chillona de Doloritas, o la voz armoniosa de la infame aldeana, que me punzaba como un puñal agudo.

A las tres de la tarde concluyó la comilona; y debieron haber bebido bastante aquellos sujetos porque, cuando salieron al patio en espera de los caballos, algunos de ellos, particularmente el general y el viejo de la mula, vacilaban y reían como insensatos.

Los caballos llegaron un momento después. Los de los militares, que habían sido traídos por asistentes, venían ricamente enjaezados. El caballito canelo prometido a Doloritas, y cuya silla plateada estaba cuidadosamente envuelta por un blando cobertor para que no se lastimara la gordinflona, fue sacado en triunfo por el viejo ranchero, que levantó en sus robustos brazos a su comadrita y tardó diez minutos en acomodarla.

La madre de Antonia no era de la partida, porque tenía que recoger el campo del festín; pero la joven, habiéndose colocado un gracioso sombrerillo de paja, de alas anchas, montó con gallardía y ligereza, y sin ayuda de nadie, en un potro retinto de hermosa estampa y de mucho brío, que apenas sintió su carga cuando comenzó a caracolear impaciente.

—Ajá —exclamó el general con voz de borracho—. ¿Con que esas tenemos, eh? ¡Caramba, y qué bien monta la chica! Pues es un tesoro de gracias la bribonzuela, amigo; debe usted estar vanidoso con semejante alhaja.

—Mil gracias, mi general; usted la pondera, señor. Es regular, no hay que alabarla —contestó el ranchero con su fraseología de siempre.

Después de lo cual montó a su vez en un caballo magnífico, el mejor de sus dehesas seguramente, y se puso a la cabeza de la comitiva para guiarla.

Entonces yo, como todos los celosos, deseando apurar el cáliz hasta la última gota, sin haberme desayunado, pero fuerte con mi cólera, puse los pies en alas de mis celos, y seguí a la cabalgata hasta llegar a orillas del pueblo. Allí, adivinando adonde se dirigía, tomé un camino de través, me hundía en un bosque contiguo a la casa del rancho. Luego, trepando a veces en las rocas que elevaban sus picos por sobre la cima de los grandes árboles, procuraba yo encontrar con la vista a la comitiva.

Ésta llegó a la casa, descansó en ella un momento, y volvió a salir para continuar el paseo, pues ya pardeaba la tarde.

El viejo ranchero se había apoderado del general y le mostraba todas sus riquezas agrícolas y pecuarias, cosa que maldito lo que importaba al sargentón, haragán de oficio y poco afecto al honrado trabajo de los campos, del que no tenía noticia sino por los productos que muchas veces había saqueado durante su honrosa carrera militar.

Yo procuré colocarme cerca del camino que tenía que atravesar la comitiva, a fin de cerciorarme por mis propios ojos de la liviandad de Antonia. No tardé en satisfacerme.

Apenas me había escondido entre la grieta que formaban dos riscos, y que estaba oculta bajo una cortina de maleza, cuando pasaron el ranchero y el general, después Doloritas, en compañía de los oficiales. La jamona venía muy encarnada, y sus cabellos flotaban en desorden bajo su gorrito viejo de terciopelo, del que pendía un gran velo descolorido.

Al último, y una distancia considerable, caminaban paso a paso Antonia y el coronel, conversando, al parecer con extraordinaria animación.

Después de sentir un horrible estremecimiento, causado por el temor y el disgusto, fijé sobre ellos una mirada de odio. Venían muy juntos, al grado de que los caballos parecían encadenados estrechamente el uno al otro. El coronel se había puesto, como era natural, del lado en que podía contemplar a su sabor la parte inferior del cuerpo de Antonia, y aun tomarse algunas libertades, sin riesgo de ser visto.

Ella parecía abandonarse a las caricias del militar libertino, con todo gusto. De repente vi una mano de éste coger una cosa blanca que estrechó y atrajo, de manera que imprimió con esta acción un movimiento oblicuo al caballo de su compañera. La cosa blanca era el pie de Antonia calzado todavía con el zapato de raso verde, y que pertenecía a la pierna que iba cruzada en la cabeza de la silla.

La muchacha sonrió soltando las riendas, lo que permitió al coronel atraerla hacia él y estamparle el beso más voluptuoso en la boca, beso que ella correspondió con un entusiasmo superior a sus conocimientos. Esto hizo que se le cayera el sombrerillo de paja. El coronel, después de repetir sus ósculos, se bajó para alzar el sombrero.

Entonces no pude reprimir mi cólera, y encontrando a mano un guijarro, lo lancé con la destreza que me era habitual, y con tal fuerza, que silbando como una bala fue a estrellar precisamente aquella mano atrevida que acababa de acariciar el hermoso pie de mi infiel amada.

El movimiento que el coronel hizo al sentir aquella pedrada maestra, fue tan grotesco, que me obligó a lanzar una carcajada, la cual aumentó la sorpresa y la confusión de los dos amantes. Antonia lanzó un grito; el militar, engarabatado todavía por el dolor, y sacudiendo frenético la mano lastimada, alcanzó a duras penas su caballo, lo montó y echó a correr como si una legión de diablos le persiguiese. Antonia, menos asustada, porque probablemente me había visto, se apresuró a seguirlo, sin embargo, procurando tranquilizarlo.

Yo no creí conveniente continuar mi persecución, temiendo que el viejo ranchero viniese a buscarme; y alejándome por una vereda escabrosa, me alejé de aquel lugar, sin querer entrar tampoco en el pueblo hasta que fuese de noche.

Hice muy bien, porque al acercarme a mi casa a cosa de las ocho, distinguí junto a las puertas a una patrulla de soldados, y una criada de mi familia me detuvo por el brazo tan pronto como me conoció.

—Jorge, por Dios, anda, vete —me dijo temblando—; esos soldados vienen a cogerte para tambor, y te andan buscando por todas partes los alguaciles. Dice tu madre que te huyas al monte hasta que se vaya la tropa. ¡Corre!

Todo lo comprendí; la traidora Antonia había seguramente descubierto que era yo el que había herido al coronel. Habían venido al pueblo rabiosos y me perseguían. No pensé ya entonces más que en salvarme.

Me apresuré a ganar una montaña vecina; y sería la medianoche, cuando habiendo llegado a lo más escarpado de aquella sierra, resolví descansar, pues estaba ya fuera del alcance de mis perseguidores. Rendido por la fatiga y el sueño, dormí, como se duerme a esa edad, y cobijado por el manto de la madre Naturaleza.

Clemencia. Cuentos de invierno
cubierta.xhtml
sinopsis.xhtml
titulo.xhtml
info.xhtml
contenido0001.xhtml
contenido0002.xhtml
contenido0003.xhtml
contenido0004.xhtml
contenido0005.xhtml
contenido0006.xhtml
contenido0007.xhtml
contenido0008.xhtml
contenido0009.xhtml
contenido0010.xhtml
contenido0011.xhtml
contenido0012.xhtml
contenido0013.xhtml
contenido0014.xhtml
contenido0015.xhtml
contenido0016.xhtml
contenido0017.xhtml
contenido0018.xhtml
contenido0019.xhtml
contenido0020.xhtml
contenido0021.xhtml
contenido0022.xhtml
contenido0023.xhtml
contenido0024.xhtml
contenido0025.xhtml
contenido0026.xhtml
contenido0027.xhtml
contenido0028.xhtml
contenido0029.xhtml
contenido0030.xhtml
contenido0031.xhtml
contenido0032.xhtml
contenido0033.xhtml
contenido0034.xhtml
contenido0035.xhtml
contenido0036.xhtml
contenido0037.xhtml
contenido0038.xhtml
contenido0039.xhtml
contenido0040.xhtml
contenido0041.xhtml
contenido0042.xhtml
contenido0043.xhtml
contenido0044.xhtml
contenido0045.xhtml
contenido0046.xhtml
contenido0047.xhtml
contenido0048.xhtml
contenido0049.xhtml
contenido0050.xhtml
contenido0051.xhtml
contenido0052.xhtml
contenido0053.xhtml
contenido0054.xhtml
contenido0055.xhtml
contenido0056.xhtml
contenido0057.xhtml
contenido0058.xhtml
contenido0059.xhtml
contenido0060.xhtml
contenido0061.xhtml
contenido0062.xhtml
contenido0063.xhtml
contenido0064.xhtml
contenido0065.xhtml
contenido0066.xhtml
contenido0067.xhtml
contenido0068.xhtml
contenido0069.xhtml
contenido0070.xhtml
contenido0071.xhtml
contenido0072.xhtml
contenido0073.xhtml
contenido0074.xhtml
contenido0075.xhtml
contenido0076.xhtml
contenido0077.xhtml
contenido0078.xhtml
contenido0079.xhtml
contenido0080.xhtml
contenido0081.xhtml
contenido0082.xhtml
contenido0083.xhtml
contenido0084.xhtml
contenido0085.xhtml
contenido0086.xhtml
contenido0087.xhtml
contenido0088.xhtml
contenido0089.xhtml
contenido0090.xhtml
contenido0091.xhtml
contenido0092.xhtml
contenido0093.xhtml
contenido0094.xhtml
contenido0095.xhtml
contenido0096.xhtml
contenido0097.xhtml
contenido0098.xhtml
autor.xhtml
notas.xhtml