VIII

Decir cómo pasé aquel día maldito, es inútil. Transcurridos los primeros momentos de cólera y terror, reflexioné con profunda humillación que estaba yo derrotado física y moralmente.

¿Qué podía yo hacer, pobre muchacho, aldeano insignificante, contra aquel militar, superior a mí bajo mil aspectos, y que se me figuraba un semidiós o algo semejante? Tan grande era mi impotencia, y tal la distancia que la casualidad había querido establecer entre mi rival y yo.

Naturalmente, esta distancia y esta impotencia se marcaban dolorosamente a mis ojos, a propósito de mi amor a Antonia; porque en otro caso, y con otro motivo, la comparación no me habría preocupado un solo instante.

En el mundo tiene uno, día a día, y momento a momento, ocasiones de comprender la inferioridad de su situación, si la compara con la de otras gentes más afortunadas; pero estas observaciones rápidas y comunes no inquietan el ánimo para nada, y sigue uno su camino indiferente y resignado, sin sentir las amarguras de la desigualdad social.

Pero llega un momento en que, a causa de algún asunto que interesa vivamente al orgullo, esta desigualdad toma proporciones colosales a nuestra vista, y entonces se siente todo el dolor, toda la indignación de la debilidad humillada. En tal ocasión, los espíritus débiles miden temblando sus fuerzas, y encontrándolas miserables, sufren la agonía de la desesperación y mueren en el abatimiento. Son atletas afeminados que se doblegan al primer empuje, y caen en la arena cubriéndose la cara con las manos. Pero los espíritus altivos y templados para la lucha, sienten entonces nacer o despertarse en ellos algo desconocido y terrible que los transforma y les hace comprender su fuerza. Es el gigante del orgullo, que nace desafiando al mundo con una mirada, y que desde su cuna, como Hércules, alza los puños para ahogar entre sus manos a las serpientes que le amenazan.

Aquel instante decide el porvenir. Basta un arranque de esos para romper las cadenas de la debilidad humana, y emprender con paso firme los caminos más difíciles de la vida.

Esa revolución se operó en mí aquel día, y le doy gracias; porque habiéndome hecho conocer mi debilidad, despertó en mí la ambición de ser algo más que un pobre aldeanito, asustadizo y expuesto a ser tratado con desprecio por el primer sayón insolente que quisiera divertirse con él.

Mis propensiones a la independencia y a otra vida superior, largamente acariciadas, se fortificaron entonces de tal manera, que mi resolución quedó tomada irremisiblemente. ¿Cómo iba yo a ponerla en práctica? No lo sabía, y esperé con ciega confianza que el destino, por uno de sus agentes misteriosos, me tomase por los cabellos como al profeta Ezequiel para colocarme en mi nuevo camino.

Por lo demás, tuve el buen sentido de comprender que en el asunto de Antonia había otros mil motivos fuera del de mi humilde posición, para que ella me juzgase inferior al coronel. El primero era seguramente mi edad. Tenía yo trece años; mi rival treinta. El prestigio que ejerce la virilidad cuando está en plena florescencia sobre el corazón femenil, me faltaba por completo. Yo era un niño inexperto y candoroso, y esta inexperiencia y este candor que tienen tanto atractivo para la vieja, no son más que virtudes sosas y desabridas para la joven.

Y si ésta siente una repugnancia invencible por el anciano, o por el hombre cuya edad está en gran desproporción con la de ella, en cambio adora y se somete al hombre que reúne en su persona el ardor de la juventud con la energía de la madurez. Esta década de treinta a cuarenta años, que suele prolongarse en las organizaciones privilegiadas, es la poderosa en los hombres y peligrosa para las mujeres.

Yo no me explicaba esto tan claramente como hoy, pero comenzaba a comprenderlo, merced a una rara y precoz disposición a reflexionar.

Los otros motivos de mi inferioridad eran mi humilde posición y lo insignificante de mi carácter. Pero cuando yo pensaba en ellos, era cuando se sublevaba mi indignación contra Antonia, porque era entonces, también, cuando consideraba yo que su fragilidad no tenía razón alguna para hacerse perdonar. Yo la amaba y mi amor era bastante para llenar ante sus ojos los vacíos que la casualidad había puesto en mi vida. Ella me había correspondido; es decir, me amaba, me encontraba digno de ella y debía encontrarme preferible a todos los demás. Haberme sacrificado en la primera comparación, era una cosa infame, era indicarme o que su amor era mentido, o que su corazón que así desalojaba el cariño, no valía un ardite.

Como es natural, cualquiera de estas conclusiones me ponía fuera de mí y me obligaba a formar proyectos de venganza a cual más disparatados.

Entonces sentía yo una necesidad irresistible de confiar a alguno mi pena y mis deseos; pero ¿a quién abrir mi corazón? La solterona era rival de Antonia, cuando no su cómplice, y por ese momento también ella se hallaba demasiado ocupada en hacer la conquista del coronel para que tuviese tiempo de consagrarme su atención. A ningún otro me resolvía yo a darle participio en aquel asunto.

Así es que me encerré en un silencio sombrío y triste, y como siempre, fui a buscar en la soledad el oráculo que debía guiarme.

—Mañana —decía yo—, seré otra cosa; procuraré salir de la esfera humillante en que me hallo, y no correré el peligro de que me amenacen con hacerme tambor; podré ver frente a frente a los fanfarrones y a los soberbios de la estofa de este militar; pero entretanto, ¿qué haré con Antonia? ¿Cuál debe ser mi conducta con ella después de haber renegado de mí?

—Después de todo —añadía yo como para consolarme—, tal vez estoy construyendo sobre arena el edificio de mi propia desgracia; tal vez estoy atormentando con fantasmas mi pobre imaginación. ¿Pues qué, porque mi amada con la timidez de su edad no ha podido dar otras respuestas que las que le he oído, y ha sonreído avergonzada a un soldado buen mozo y terrible, puedo creer ya que se ha dejado conquistar y que me ha sido infiel? Antonia y yo somos unos niños apenas. ¿Qué sabemos nosotros de estos asuntos? Yo, sobre todo, soy un injusto en pensar así, y este sentimiento de cólera contra mi amada es una cosa ruin. Por la primera vez, como lo he dicho, conocía yo los celos, y es una verdad que el corazón que jamás los ha sentido, los rechaza siempre avergonzado cuando brotan por primera vez. La credulidad lucha desesperadamente antes de sufrir la primera derrota.

De manera que al tremendo arranque de celos, de cólera y de tristeza, sucedió luego un momento de confianza y de sabrosa tranquilidad. Renació mi cariño hacia Antonia, y a su impulso me dirigí ya adelantada la noche y con paso seguro, a la casa de la solterona, donde supuse que aún encontraría a mi amada.

Clemencia. Cuentos de invierno
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