VII

Después de haberse acuartelado las tropas, alojádose el general y oído con una cara de Federico el Grande el discurso elocuente que el Secretario del Ayuntamiento le dirigió en nombre del vecindario, felicitándole por las glorias de la Patria, los jefes y oficiales se diseminaron por la población para buscar sus alojamientos y comenzar sus conquistas.

Yo no sé cómo diablos se arregló el coronel con el alcalde, pero el caso es que le tocó de alojamiento la casa de Doloritas. De manera que aún no había transcurrido media hora de la entrada y estábamos todos nosotros en las ventanas, cuando vimos llegar a un ayudante seguido de asistentes, caballos y mulas de carga. Un alguacil traía la boleta de alojamiento, y notificó a la solterona, de orden del alcalde, que recibiera en su casa al señor coronel.

Cualquier otra persona se habría puesto de mal humor, calculando las molestias que aquella carga le imponía; pero la jamona, todavía no enteramente desengañada acerca de las intenciones del coronel, recibió sonriendo al ayudante, y ordenó a sus criados que indicaran a los asistentes la cuadra y los demás departamentos de la casa, yendo ella misma a preparar su recámara para que sirviera al militar.

Como es de suponerse, Antonia fue ocupada por su madrina en estas faenas, y yo, temblando de inquietud y de cólera, me aproveché de tales momentos para acercarme a mi amada y decirle casi llorando:

—Oye, te suplico que luego que acabes te vayas a tu casa, y no vuelvas aquí.

—¿Sí?, ¿por qué? —me preguntó ella con aire burlón.

—¿Cómo por qué? Pues qué, ¿no tienes miedo a los soldados?

—Yo no… ni tantito.

—¿Ni tantito? ¿Es posible Antonia? ¿Y si te roban?

—¡Qué me han de robar! No seas tonto.

—Oye: he oído decir que los soldados son muy malos; ese coronel te miró con unos ojos…

—¿A mí? No… sería a mi madrina.

Ahora era la niña la que ocultaba la verdad, que había comprendido tanto como nosotros.

—No, fue a ti —repuse colérico—; a ti que eres más bonita que doña Lola.

—¿De veras?

—¡Oh! Antonia, no me hagas enojar; vete para tu casa, por vida tuya.

Yo dije esto saltándoseme las lágrimas. La muchacha pareció sorprenderse al notar mi sentimiento, y enternecida me dio un beso, deciéndome:

—No tengas cuidado, no tengas cuidado.

Pero en ese instante oímos un ruido ocasionado por la llegada del coronel, que como todos los animales de su especie, no entraba jamás a una casa sin causar un estrépito escandaloso. Pisaba con brutalidad para que sus acicates repiquetearan, y arrastraba su sable de cubierta metálica para producir un curioso terror en las mujeres y en los niños. Además, hablaba con voz de Esténtor y de una manera imperiosa e insolente, tratando a todo el mundo como trataba a sus reclutas. Todos los que hayan conocido al antiguo ejército recordarán este tipo, que va perdiéndose de día en día, pues aunque algunos oficiales de esta época, a los que se han incrustado por hambre en las filas liberales, pretenden algunas veces reproducirlo, nuestras burlas lo hacen insostenible.

Antonia me abandonó para ir a la sala. Yo la seguí. Ya la solterona estaba haciendo los honores al coronel, que aún no tomaba asiento. Parecía que buscaba algo. Luego que vio a Antonia, sonrió con satisfacción y la saludó con una familiaridad descarada.

—¡Hola! ¡Qué linda niña! ¿Es algo de usted, señorita? —preguntó a Dolores.

—Es mi ahijada, señor coronel.

—¿Ahijada de usted?

—Sí; era yo muy niña cuando la confirmé. Es muy encogidita, porque ya sabe usted lo que son las gentes del pueblo. Yo también así soy, aunque me he educado en México.

—¿Ha estado usted en México, eh?

—Sí; desde chica, allí estuve en un convento, y después con mi familia hasta que mamá, que estaba curándose, tuvo alivio, y nos vimos obligados a venirnos a este pueblo donde papá tenía sus fincas. En aquel tiempo murió papá.

—¿Y su mamá de usted vive todavía?

—No señor, a consecuencia de la muerte de papá nos vimos enredadas en un pleito, y mamá, quizá a causa de las pesadumbres que tuvo y de las infamias que nos hicieron, murió también —la solterona aquí suspiró y se llevó el pañuelo a los ojos.

—Vamos, no se entristezca usted, señorita, con esos recuerdos —dijo con aire indiferente el militar.

—¡Ay, señor coronel!, ¡cuán desgraciada he sido! Pues señor, desde entonces vivo aquí sola, lejos del mundo, sin distracciones, porque ¿qué distracciones quiere usted que haya en este poblacho? Y hasta me estoy volviendo tonta; me ha de encontrar usted muy tonta, acostumbrado como estará usted a tratar a las señoritas de la Capital.

—¡Oh! no lo crea usted, la encuentro muy amable y muy graciosa, y me alegro de encontrarme por estos rumbos una joya como usted, cuyo trato me recuerda la sociedad en que he vivido siempre. Además, la hermosura de usted…

—Coronel —repuso la jamona mirando tiernamente al jefe—, usted es muy galante, usted me hace mucho favor… ¡Yo hermosa! ¡Si en estos pueblos se pone una harto fea, y luego los pesares…! ¡Si estoy inconocible…!

—Y ¿esta niña vive con usted? —preguntó el coronel que había estado mirando frecuentemente a Antonia.

La solterona hizo una mueca de disgusto y se apresuró a contestar:

—No; no vive aquí sino con su padre que es un labrador; y de veras, Antonia se me pasaba decirte que ya es tarde y te estarán aguardando en tu casa; no vayan a regañarte.

—¡Cómo! —dijo impaciente el militar—, ¿esta niña nos abandonará cuando es tan graciosa, señorita? Espero que no me privará usted de su presencia.

Yo devoraba a señas a Antonia, pero esta bribonzuela respondió con mucha seguridad, aunque ruborizándose.

—No, madrina, mi padre me dijo que podía yo estarme todo el día con usted.

Dolores hizo una mueca nueva, el coronel movió la cabeza con satisfacción, yo me desesperé y quise arrancarme los cabellos.

—Ya lo ve usted, señorita —añadió el soldado—; está autorizada, y por consiguiente comerá con nosotros y nos platicará. ¡Qué candorosa es! ¿Cuántos años tienes linda?

—Quince, señor, ya los cumplí.

—¡Quince! —repitió él, atusándose los bigotes con marcada fatuidad—. ¡Muy bien…! —y la devoró con una mirada de sátiro.

No había remedio: la solterona, al oír hablar de comer, se había levantado para dar sus órdenes.

—Usted dispensará, coronel, la asistencia; va usted a comer muy mal.

—¡Oh, señorita, no lo creo así! Pero no se moleste usted por mí; cualquiera cosa; un soldado como yo se contenta con nada… ¡con tal de que ustedes me acompañen, me parecerá divina cualquier cosa!

Este ustedes acabó de malhumorar a Dolores, que se marchó llevando el diablo adentro. En cuanto a Antonia, quedóse mirando de soslayo al guapo militar, y poniéndose colorada a cada momento. El coronel la hizo señas de que se sentase junto a él; Antonia obedeció, y sentóse en el canapé jugando con los flecos de su chal. Yo me arrimé también.

—Y este picarillo, ¿es tu hermano?

—¿Quién? ¿Éste? No, no es nada; es Jorge, un muchacho de aquí que viene a ver a mi madrina.

Ni la negación de San Pedro me pareció tan infame como esta negación de mi amada.

El coronel, mirándome con burla, me dijo:

—¡Qué bueno estás para tambor, muchacho! ¿Quieres irte con la tropa?

Yo me encogí de hombros confuso y aterrado. ¡Tambor! Ésa es una amenaza terrible para los muchachos de pueblo.

—Vamos, te voy a llevar de tambor; ¿no te enojarás tú, linda mía? ¿Qué dices?

—Si él no ha de querer —contestó sonriendo Antonia.

Ésa fue la única observación que se le ocurrió.

Yo me olvidé por un momento de mi amor, de mis celos y de Antonia, por no atender más que al peligro que estaba corriendo. El coronel me miraba como un tigre; sentí correr hielo en mis venas a la sola idea de que me cogiesen de tambor y me quebrasen las manos, como me habían dicho que se hacía con los muchachos. Así es que, espantado y sacando los ojos, me escurrí poco a poco de la sala; y sin decir adiós a nadie, eché a correr con todas mis zancadas en dirección de mi casa, y busqué el rincón más oscuro para acurrucarme.

Hasta que estuve en salvo, no reflexioné que había yo dejado a la tórtola en las garras del gavilán.

Clemencia. Cuentos de invierno
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