23
Alfonso recogió los diversos sobres de correspondencia que tenía sobre la cómoda. Uno en especial le llamó la atención. Era un sobre grande, de color. No tenía remite pero sí pudo leer: London.
Cerró la puerta de su estudio y lo abrió. No le gustó nada lo que vio. Diversas fotografías y una carta manuscrita que leyó con rapidez. Su crispación se convirtió en rabia. Escuchó los pasos de Lilian. Estaba llamándolo y se acercaba. Antes de que ella abriera la puerta, guardó el sobre en uno de los cajones.
—Ah… estás aquí —exclamó al verlo.
Él trató de sonreír pero le salió una sonrisa forzada.
—¿Te pasa algo? —preguntó.
—No, nada. Estoy cansado. He tenido un mal día. Tener que ir a la oficina en Nochebuena no es lo que más me apetecía.
—Te dije que no fueras.
—¿Y quién iba a solucionar los problemas? ¿Tú…? —contestó alzando la voz.
—A mí no me grites. Yo no tengo la culpa.
Alfonso rectificó.
—Lo siento. Disculpa. Ha sido una mañana horrible de papeleo. Estoy cansado.
—Ya sabes que mis padres vienen a cenar hoy, y mis hermanos. Así que te pido por favor de que no hables de política. Ya sabes que no piensan como tú, y no tengo ganas de discusiones. Estamos en Navidad.
Él la miró irritado.
—Estoy en mi casa y hablaré de lo que quiera. Si tu hermana y su novio son unos descerebrados que creen todavía en los Reyes Magos, yo no tengo la culpa. Y no se te ocurra decirme de qué puedo o no puedo hablar —contestó volviendo a alzar la voz.
Ya había vuelto a las andadas. Tras unas semanas de ser el marido más atento y complaciente del mundo, había vuelto a dejar relucir su carácter autoritario y la falta de consideración cuando algo no estaba a su gusto, o no compartía las opiniones.
—Te lo pido como un favor, Alfonso.
Él sonrió molestó. Lilian empezó a dudar en serio si había sido una buena idea romper con Andrés, e intentar salvar su matrimonio. Le daba la impresión de que no tenía salvación alguna.
—Por favor, Alfonso —repitió—. Estamos en Navidad.
—Tengo cosas que hacer. ¿Puedes dejarme solo? —vociferó.
—De verdad qué no sé cómo te soporto —exclamó indignada
Salió dando un fuerte portazo. Siempre era así, cuando no salían las cosas como él quería, perdía los estribos y gritaba por cualquier cosa.
Toda la familia se reuniría para cenar. Nicolás su hermano había llegado dos días antes. Ella solo deseaba que la cena transcurriera con tranquilidad, sin discusiones.
Aparte de recibir una postal felicitándole la Navidad de Andrés aquella mañana, no había vuelto a saber nada de él. Habían dejado de escribirse, y aunque le dolía prefería que fuera así. Era mucho más fácil aceptarlo. Suponía que seguía en hotel de la montaña.
Seguro que tendría mucho trabajo en esas fechas. Desconocía si había regresado a la ciudad alguna vez desde su marcha. Tal vez lo hubiera hecho, pero no intentó contactar con ella.
En esas últimas semanas solo había tenido sexo con Alfonso en tres ocasiones, y ella se alegró infinito de que el resto de las noches se hubiera rendido al sueño antes de tocarla. Sus artes amatorias eran las de siempre y casi lo agradecía. No deseaba experimentar el placer exquisito que Andrés había conseguido proporcionarle porque sería como un gran sacrilegio para ambos. Con él era la unión de dos almas, algo íntimo y especial. Con su marido, era algo mecánico sin pasión alguna, sin coqueteos…
Ya no pensaba en nada ni en nadie. Simplemente se dejaba hacer. Ni se molestaba en fingir que se lo pasaba bien porque tenía la sensación de estar traicionando a Andrés por lo que estaba haciendo con su marido, y a este parecía traerle sin cuidado satisfacerla o no. Lilian no sabía que Alfonso en el fondo pensaba que se estaba volviendo cada vez más frígida.
Pero cuando estaba sola si fantaseaba con Andrés recordando sus besos, sus caricias… rememorando sus encuentros en la habitación trescientos trece.
Lo añoraba, no podía negarlo. Y estaba segura de que si Andrés volvía a aparecer en su vida, caería de nuevo…
♡
Mientras tanto en Londres Miss Brady se encontraba una situación desesperada. Sin apenas dinero, sin trabajo. No había recibido ninguna respuesta del padre de su hija.
Y para colmo la relación con su marido, Harry, había ido a peor. Al quedarse en el paro, este pasaba las horas metido en los pubs y se gastaba casi todo el dinero de la prestación social.
Tenía que hacer algo para solucionarlo.
♡
Habían pasado dos meses desde su último encuentro y aunque se habían enviado varios mensajes, la situación se había enfriado más de lo que deseaban.
Lilian trataba de ser feliz a su manera, buscando el modo de compartir con Alfonso lo que alguna vez habían tenido pero era una misión casi imposible. Nunca se ponían de acuerdo en nada.
Intentaba no discutir con él por lo que muchas veces le dejaba hablar mientras desconectaba y no atendía a sus palabras. Él seguía enfrascado en sus proyectos, en su trabajo, y saber en qué más cosas, pensaba Lilian, que le retenían tanto tiempo fuera de casa y lejos de ella.
Por todo eso y porque en el fondo seguía pensando en Andrés, el corazón le dio un vuelco cuando sonó su móvil y vio su nombre reflejado en la pantalla.
Aun así no atendió la llamada en ese momento. Se encontraba en un centro comercial con su madre, que acababa de salir del probador.
—Al final me llevo este. Creo que es el que mejor me queda. ¿Verdad, Lilian?
Pero Lilian no la escuchaba. Estaba ansiosa por terminar las compras y despedirse de su madre cuanto antes.
—Lilian… ¿Me estás oyendo?
—Ah… —sonrió—. Sí… sí... ¿Qué decías?
—Me llevo este vestido. Voy a pagar y ahora subimos a la cafetería a tomarnos ese café.
—¿Eh?... No… en realidad… yo casi prefiero irme…
Miró el reloj disimulando.
—¿Tienes prisa?
—Sí, ya es un poco tarde. Todavía tengo que dejarte en casa, e irme a la mía…
—Como quieras, pero antes habías dicho tú lo de subir a la cafetería.
—Ya, pero me he dado cuenta de que tengo varias cosas pendientes por hacer, mamá.
—Está bien. Por mí no hay problema.
Lilian aparcó el coche frente al portal de su madre. Observó cómo entraba en él y después, cuando ya la había perdido de vista, sacó el móvil del bolso con rapidez. Había sonado varias veces la señal de que tenía un mensaje. Tal y como imaginaba era de Andrés.
Estaba en el pub de John y le preguntaba si podía pasar por allí porque estaba deseando verla.
—Yo también, Andrés. Estoy deseando verte —dijo en voz alta.
Tenía que ver a Andrés como fuera, es más, se moría por verlo.
Logró encontrar aparcamiento enseguida. Esa era una de las ventajas de conducir un coche pequeño. No le hacía falta dar muchas vueltas para buscar un hueco donde ubicarlo. Caminó despacio con el corazón acelerado.
Entró. Lo divisó en la barra hablando con John, y con una mujer. Se acercó. John fue el primero en saludarla, tendiéndole la mano.
—¿Qué tal? —preguntó.
Ella sonrió. Andrés se giró hacia ella.
—Lilian…
La dio dos besos, uno en cada mejilla.
—¿Cómo estás, Andrés?
—Muy bien.
Se fijó en Lorena, que estaba a su lado, y una punzada de celos la recorrió por un momento. Tal vez fuera su nueva pareja. La chica también la miraba con atención.
—¿Qué tal, Lilian? —dijo Lorena sonriente.
—Bien ¿y tú?
—¿Qué quieres tomar? —preguntó ahora John.
—No sé. Una coca cola.
—Ahora mismo.
Lorena no dejaba de observarla. Se sintió incómoda. No comprendía por qué tenía que mirarla tanto. Hacía tanto calor que se quitó el abrigo y se desanudó el pañuelo del cuello.
—Bueno, os dejo —dijo la chica bajándose del taburete—. Tengo que irme. Te llamo más tarde, Andrés.
—Está bien.
—Hasta luego, Lilian.
—Adiós, Lorena.
Andrés la miraba sonriendo.
—¿Qué? —preguntó ella.
—Estás guapísima. ¿Sabes?
—Gracias. Tú, también. Dime ¿sigues en la montaña?
—La semana que viene regreso a la civilización —respondió sonriendo—. Ya estaba a punto de abandonar todo. Tanta tranquilidad es desesperante, además no me gusta la nieve.
Ella miró el reloj.
—No tengo mucho tiempo —dijo—. Me tomaré la coca cola y me iré.
—¿Te parece bien?
Ella le miró sin comprender.
—No te entiendo.
—¿Te parece bien que vuelva o prefieres que siga lejos de ti? —preguntó con tono seco.
Ella puso gesto de extrañeza.
—No sé a qué viene eso, Andrés.
—No sé, como ahora juegas a la familia feliz. Mejor dicho… a la parejita feliz… —afirmó medio burlándose.
Ella se sorprendió por sus palabras, pero no respondió. Tomó un trago del refresco.
—Creo que es mejor que me vaya —dijo dejando el vaso sobre el mostrador.
Él seguía mirándola, pero ahora estaba serio. No sonreía.
—No me has respondido. ¿Qué tal con tu marido?
Lilian torció el gesto y miró para otro lado.
—Lilian…
Se giró hacia él visiblemente enfadada.
—¿Para eso me has citado?¿Para hablar de mi marido? —preguntó.
—Solo tengo curiosidad. Porque ¿sabes? Alfonso Torres tiene todo lo que quiere, aunque sea un auténtico cabrón, ¿No es verdad?
Ella se quedó de piedra al oírlo. Se sintió ofendida. Se bajó del taburete.
—Me voy.
—¿A dónde vas? —preguntó él perplejo.
Se puso el abrigo y el pañuelo en el cuello.
—Lilian… respóndeme…
Lo miró con gesto serio.
—Estás bebido, Andrés —murmuró en voz baja—. Hablaré contigo cuando estés sobrio y sepas lo que dices.
—No, te equivocas. Yo… —la cogió del brazo pero ella se soltó con brusquedad.
—¡Que me dejes!
—Vale, vale… no te enfades…
John que había salido de detrás de la barra, se acercó a ellos.
—¿Os pasa algo? Me vais a asustar al personal —dijo bromeando.
Lilian se volvió hacia él.
—Me voy, John. Y controla a tu amigo, por favor. Prepárale un café bien cargado. Creo que le hace falta. ¿Cuánto te debo por la coca cola?
—Nada. Invita la casa.
—Gracias.
Andrés iba a salir detrás de ella, pero John le sujetó.
—Déjala, Andrés.
—Pero tengo que decirle…
—Ahora no es el momento, Andrés. Siéntate. Te traeré un café.
Andrés se sentó de nuevo. Escondió la cabeza entre las manos. Se sentía desesperado. Quería reconquistar a Lilian porque la amaba. Siempre la había amado.
Ella le había dejado bien claro que iba a salvar su matrimonio. Solo sería su amiga, deseaba recuperar la vida anterior a su reencuentro en el tren. Hacer como si nunca hubiera vuelto. Pero él no podía permitir que se escapara de nuevo. Haría lo que fuera…, se arriesgaría a todo. Aunque saliera perdiendo no pensaba ocultarle por mucho más tiempo lo que conocía sobre Alfonso. Era hora de poner las cartas sobre la mesa, lo que no sabía es que Maite tenía su propio plan.
♡
Una semana después, el teléfono volvió a sonar. Estaba desayunando cuando al mirar la pantalla vio reflejado el nombre de Andrés. Dudó si responder o no. Casi iba a apagarlo pero al final respondió.
—Hola…
—Hola, Andrés —respondió mientras recogía la caja de cereales y la guardaba en el armario.
—Ya he vuelto al trabajo, Lilian. Estoy en el hotel. Sí. Estoy en mi despacho. Necesito hablar contigo, por favor. Ven…
—Creo que dejé bien clara mi posición, Andrés. No quiero cometer más errores. No puedo seguir viéndote, por lo menos de momento. Necesito verte como a un amigo. No me pidas más por ahora, Andrés, compréndeme.
—Por favor… —le rogó—. Es importante.
Ella suspiró.
—Por favor, Lilian. Tenemos que hablar.
Llegó una hora después. Saludó a Juan, con el que se cruzó en el pasillo. Juan sonrió y luego cambió su sonrisa por una expresión de enfado. ¿Cómo era posible que el primer día que Andrés volvía a incorporarse al trabajo, Lilian apareciera de nuevo? ¿Es que no les importaba nada ni nadie?
Entró en el despacho después de llamar a la puerta. Andrés se acercaba con una sonrisa pero ella no sonreía. Todo lo contrario.
—¿Ya estás sobrio? —preguntó.
Él bajó los ojos.
—Lo siento, Lilian. Te pido disculpas por lo del otro día.
Ella lo miró sin cambiar el gesto.
—No pongas esa cara de enfadada. Me gustas mucho más cuando sonríes —dijo intentando sacarle una sonrisa.
—¿Qué quieres, Andrés? —preguntó molesta—. No estoy para bromas…
Él la miró.
—A ti, Lilian. Te quiero a ti. Estoy dispuesto a todo. Renunciaré a lo que sea. Pero quiero estar contigo.
Lo dijo con tanta ternura que la conmovió. Caminó alejándose de él, y se acercó a la ventana. Luego se giró.
—No, Andrés. No me hagas esto, por favor. No me hagas esto ahora.
Fue junto a ella y le apartó el mechón de pelo que caía sobre sus ojos. Con los dedos acarició su rostro. Lilian se apartó.
—No…, no puedo…
Él sonrió.
—Te quiero, Lilian.
Ella no se inmutó. Siguió callada.
—Por favor, dime algo…
Fijó los ojos en él, furiosa, ofendida, dolida.
—¿Ahora me quieres? —preguntó a la defensiva—. Y ¿has tardado tantos años en darte cuenta? ¿Quién te crees que eres? ¿Vuelves a mi vida después de tanto tiempo, y te crees que tienes derecho a ponerlo todo patas arriba, Andrés? —exclamó alterada.
Él se compadeció. Y al mirarla con ojos compasivos, cometió un gran error. Ella no deseaba dar lástima.
Decidida se dirigió hasta la puerta pero él la alcanzó y al cogerla del brazo hizo que girara en redondo, chocando contra él, haciéndola tambalear.
La besó porque ya no podía resistirse más. Tomándole el rostro con las manos buscó sus labios y los encontró.
Besar a Andrés era el placer más maravilloso del mundo. Había echado mucho de menos sus besos, había fantaseado con ellos. No podía frenar su deseo ni tampoco quería hacerlo; aunque no estuviera bien, aunque fuera inmoral, aunque estuviera casada con otro hombre…
Los lápices y bolígrafos salieron disparados cuando la mano de Lilian tropezó con el bote que los contenía. No sabía muy bien si había sido él, si había sido ella, o los dos juntos... lo único cierto es que se encontraba sobre la mesa sintiendo los labios de Andrés besando sus senos con el sujetador a medio quitar. Se incorporó.
—No, Andrés… no deberíamos… puede entrar alguien…
Él sonrió y acalló sus palabras con un apasionado beso que la dejó sin aliento.
—Nadie va a entrar. He cerrado con llave… —le dijo al oído.
Ella sonrió y lo miró con picardía. Era excitante ¿Por qué parar? ¿Aquello era solo sexo? ¡Y qué importaba, si era una delicia!
—¡Oh, Dios! —exclamó dejándose caer hacia atrás.
Ella misma se desabrochó el cinturón de los vaqueros mientras que él le quitaba las botas. Luego el pantalón cayó sobre la moqueta. Poco después el tanga… los papeles, la agenda, la grapadora, el teléfono. Todo rodó por el suelo.
Se arreglaba el pelo cuando Juan entró sin llamar. Se sintió abochornada. Aparentemente todo estaba normal. Andrés sentado en su silla. La mesa perfecta, pero ella se sintió tan avergonzada que el rubor cubrió sus mejillas ante la mirada insistente del mayor de los Salgado.
Andrés sonrió tranquilamente a su hermano.
—Dime…
Sin apartar la vista de Lilian, Juan le pidió unos documentos. Andrés abrió un cajón y sacó una carpeta de color negro.
—Aquí tienes.
—Bien. Gracias.
Volvió a salir sin decir palabra.
Lilian miró a Andrés.
—Me dijiste que habías cerrado.
—Lo siento. Te mentí. No quería interrumpir lo que estábamos haciendo. ¿Puedes perdonarme? —preguntó poniendo una sonrisa tierna.
Ella se cubrió la cara con las dos manos.
—Por Dios, Andrés. Imagínate que hubiera entrado tu hermano… ¡Qué vergüenza!
—Tranquila, Lilian. No ha pasado nada. Nadie ha entrado.
Ella sonrió.
—Eres imposible. Pero… me vuelves loca —confesó acercándole los labios.
Él la besó.
—Ahora te dejaré trabajar. Me voy…
—Espera —dijo él—. Toma…
Abrió un cajón y le dio una tarjeta electrónica con el número de la habitación trescientos trece.
Ella lo miró de reojo.
—No, Andrés. Esto no puede continuar. No sé lo que hago, ni siquiera me reconozco. No soy yo. Es otra Lilian.
Él se levantó y se acercó a ella. Sonrió.
—Pues a mí me encanta esa otra Lilian.
—No. A mí no…
—Te estaré esperando. Solo envíame un mensaje diciéndome la hora.
Ella no respondió. Guardó la tarjeta en el bolso y salió del despacho. Tenía que hacer algo, tal vez divorciarse de Alfonso, o posiblemente no volver a ver a Andrés, pero así no podía continuar. No quería seguir viéndole en el despacho o en una habitación, ni que sus citas se centraran solo en tener sexo porque lo que había ocurrido había sido esencialmente un arrebato de deseo sexual. No podía seguir siendo su amante, aunque tampoco estaba arrepentida de su aventura.
Ya no eran tiempos de ser Madame Bovary, como le había dicho a Claudia una vez, no estaba por la labor de suicidarse. Si Alfonso la engañaba, ella también tenía el mismo derecho a hacerlo.
Tarde o temprano se divorciaría. Estaba segura de que su matrimonio no iba a aguantar. Estaba tocado desde mucho tiempo atrás, y como en el juego de los barcos, acabaría hundiéndose. Ya no había complicidad, todo era desconfianza, provocaciones, malos modos… siempre estaba sola, y cuando él llegaba por la noche intercambiaban cuatro palabras.
Tenía que divorciarse. Ya no iba a ceder más aunque le llorara y suplicara. No lo amaba. ¿Para qué engañarse? ¿Para qué fingir? Tenía razón Andrés, estaban jugando a la parejita feliz… era absurdo. Tenía que acabar con toda esa farsa y que cada uno hiciera su vida.
Estaba decidida a dar el paso. Nada ni nadie la iba a echar para atrás.
Andrés hubiera querido hablarle de lo sucedido en Londres, pero después de los besos, de encuentro tan excitante que acababan de tener, no lo consideró muy oportuno. Pensó que lo dejaría para otra ocasión.
—¿Para cuándo? —preguntó John al enterarse de que no había sido capaz de hacerlo.
—No lo sé —respondió Andrés.
—Mira bien lo que haces, amigo, porque cuando se entere no te va a perdonar que no se lo dijeras antes.
—Es que no sé hasta qué punto soy yo el responsable de decirle la verdad. Tendría que ser su marido, no yo.
—Él nunca se lo dirá. No le conviene. Es más fácil para él que viva en la ignorancia.
♡
Siguió viendo a Andrés durante las semanas siguientes. El mundo dejaba de existir cuando se encerraban en la habitación. Conversaban, tomaban una copa, y como norma general acababan en la cama, o en suelo, en la ducha… Se despedían con un beso y ella se iba por el pasillo rumbo al ascensor. No temía encontrarse con nadie porque le traía sin cuidado.
Alfonso estaba demasiado ocupado con su trabajo, su edición del libro, y sus nuevos amigos políticos. Él nunca le preguntaba qué había hecho en el día, o cómo había pasado las horas. Lo que deseaba era tener la cena en la mesa y que ella estuviera en casa a su llegada. Apenas tenían sexo, y si lo hacían era porque él lo deseaba. Pero casi siempre estaba demasiado cansado después de la jornada laboral y sus encuentros escondidos con Eva. Satisfacía todos sus deseos sexuales con la prima de su esposa. Le gustaba verla sumisa y obediente, dominarla, poseerla…no la quería, no la amaba, pero era una exquisita amante, dispuesta complacerlo en todo. No tenía la belleza ni delicadeza de Lilian, pero como él solía decirse a sí mismo, Lilian era su mujer, y Eva solo su fulana.
Ni se imaginaba que su esposa pudiera verse con Andrés. Había hecho un trato con Juan Salgado. Andrés permanecería en el hotel de la montaña por tiempo indefinido. No había contado con que Andrés tomaba sus propias decisiones y había decidido por su cuenta abandonar su trabajo. Incluso amenazó con dejarlo todo e irse al pub de John a servir copas. Si no lo hizo fue porque su madre le exigió a su hijo mayor que lo readmitiera otra vez en su antiguo puesto. Juan tuvo que ceder, muy a pesar suyo.
Su otro hermano, Luis, le pidió a Juan que se olvidara para siempre de Alfonso Torres. Andrés era su hermano y aunque fuera solo por la sangre que los unía, no podían darle la espalda.
Si Alfonso llegaba a enterarse de lo de Lilian y Andrés, ellos no debían interceder. Eran problemas ajenos. Juan se convenció. Luis tenía razón. Allá ellos y sus líos. Que fueran el cotilleo del personal, ya no importaba. Que su madre tuviera esa predilección por su hijo menor, no era para preocuparse. Siempre había sido su niño mimado. Eso no quería decir que le diera más privilegios, o no mirara para los otros dos, o les hiciera de menos, solo que le gustaba creer que Andrés todavía la necesitaba, por eso estaba feliz de tenerlo en casa aunque solo fuera por unas horas.
Mientras cenaban una noche, su madre le preguntó por Lilian.
—Tus hermanos me han dicho que estás con Liliana.
Él la miró, se limpió con la servilleta y no dijo nada.
—Sé muy bien que no quieres que me meta en tu vida. Pero ¿has pensado en lo que estás haciendo, hijo? Es una mujer casada…
—Lo sé. Pero no quiero hablar del tema, mamá. Lo siento.
—Yo adoro a Liliana, lo sabes. Pero no creo que sea correcto lo que hacéis. Si no es feliz con su marido, hoy en día existe el divorcio. ¿O es que solo la quieres como amante?
Él no contestó y siguió comiendo.
—Andrés…tú sabes que soy la persona más liberal del mundo, pero me dolería mucho que solo vieras a Liliana como una aventura… No se lo merece.
—Lo sé, mamá. Y te aseguro que no la veo de ese modo.
—¿Y ella a ti? ¿Es que quiere seguir casada y tenerte como amante? —preguntó con expresión de susto.
Andrés sonrió.
—Mamá, no insistas. No vas a sonsacarme nada.
—Lo único que te digo es que tengas cuidado. Y sinceramente, siempre pensé que era una chica muy sensata. Parece que estaba equivocada…
—Mamá, no creo que a estas alturas tú te escandalices de nada.
—No, no es eso, pero me preocupa, hijo.
—Pues puedes estar tranquila. No hay nada por lo que preocuparse.
—Si tú lo dices…
Andrés prefirió cambiar de tema. No deseaba angustiar a su madre ni crearle preocupaciones innecesarias. No era de las que se escandalizaban ante situaciones como la que él estaba viviendo, pero sí se podría intranquilizar por lo que pudiera pasarles en un futuro. Seguro que temía que el marido de Lilian le hiciera algún daño a él o a la propia Lilian. Aunque no lo conocía, su hijo había cometido la imprudencia de hablarle no muy bien de Alfonso, afirmando que no era una buena persona, ni de fiar. Y que temía hasta por Lilian. Eso no había hecho otra cosa que alarmarla.
—Mamá, lo que te dijo el otro día sobre el marido de Lilian, no es verdad. Estaba exagerando. Solo que no me cae muy bien…
Su madre lo miró y lanzó un suspiro.
—Te conozco, Andrés. Ahora dices eso para que no me preocupe.
—No, mamá…
Su madre lo interrumpió.
—Prométeme que intentareis arreglarlo como sea. Solucionadlo… o tú, o ella… o los dos, pero así no podéis seguir.
—No te preocupes, mamá. Lo haré. Te lo prometo.
♡
Cada vez que Lilian y Andrés entraban en la cafetería del hotel y Lorena no dejaba de observarlos. Se les veía muy felices, siempre con miraditas y sonrisas.
Lilian la trataba con amabilidad. Eso no podía negarlo, pero pensar que estaba con Andrés le creaba un profundo malestar y mucha rabia.
Para colmo era atractiva, vestía muy bien y no tenía ningún tipo de problema. Empezaba a odiarla hasta el punto de que no pensaba quedarse cruzada de brazos. Algo tenía que hacer… tendría que pensar algo, y pronto.