10
Luz y armonía fue la sensación que Andrés percibió al entrar en el salón-comedor de la casa de su amiga.
Las paredes pintadas en un blanco roto daban mucha luminosidad a la estancia, lo mismo que el suelo de mármol beis, los sofás y sillones tapizados en blanco contrastaban con la mesa del centro de roble oscuro.
A él le pareció que estaba todo decorado con mucho encanto. Seguro que Lilian había sido la artífice de todo lo que le rodeaba. Tenía un gusto especial en lo referente al arte de la decoración.
Lilian había anunciado a su familia que Andrés pasaría unos minutos para saludar a la abuela. Pudo ver diversas reacciones en los rostros de su madre, su prima Eva, y de Alfonso, que eran los que más le preocupaban.
—Va a venir acompañado de una amiga y estará muy poco tiempo —aclaró.
—Hace muchos años que no lo veo —afirmó la mujer—. Es un detalle de agradecer que se tome la molestia de venir a verme. Siempre fue un encanto de muchacho.
Todos sonrieron complacientes. No deseaban contrariarla en un día tan especial.
Pero Lilian notó en la mirada de su madre y muy especialmente en la de Alfonso que no había acertado con la decisión.
Cuando fue la cocina a coger una cerveza de limón que no había en la mesa de bebidas, su marido la siguió. Entró tras ella y cerró la puerta.
—¿Me quieres explicar de quién ha sido la idea de meter a ese tipo en nuestra casa?
—El otro día me preguntó por mi abuela —respondió con naturalidad—. Hablamos de ella y le comenté lo del cumpleaños. Se interesó en pasar a saludarla. No iba a decirle que no. La conoce desde hace mucho tiempo. Desde hace muchos años, antes que tú.
De pronto la agarró por la muñeca y tiró de ella con brusquedad haciendo que tropezara con su cuerpo. Ella lo miró sorprendida.
—Suéltame —dijo enfadada mirándolo fijamente a los ojos.
Él le sostuvo la mirada. Pero Lilian no se acobardó.
—He dicho que me sueltes —repitió indignada.
—No sé a qué estás jugando, Lilian. Pero si vas a traer a tu amiguito para convencerme de toda esa estupidez de las exposiciones, te has equivocado. No pienso cambiar de idea. ¿Me has oído? —le dijo levantando la voz y soltándola.
Ángela entró en ese momento y Alfonso girándose hacia ella, cambió la expresión de su rostro, sonrió.
—Ah, ¿estáis aquí? Acaban de llegar tus invitados —dijo con cierto énfasis—. Tendrás que atenderlos ya que tú los invitaste.
—Ya voy yo —respondió Alfonso.
Lilian se acercó a la nevera, la abrió y sacó la cerveza. Sintió la mirada inquisidora de su madre sobre ella.
—No sé cómo has podido, Lilian. No hay quien te entienda.
Su hija la miró.
—No hay nada que entender, mamá.
Ángela suspiró y salió de la cocina con gesto airado. Lilian esperó unos segundos a serenarse y después con la mejor de sus sonrisas se dirigió al salón a saludar a Andrés y a su acompañante.
Fueron recibidos con cordialidad, incluso por Ángela que se esforzó por ser amable aunque en un principio no pudo disimular su malestar al verlo
—Ángela —había dicho él— ¿Qué tal está?
—Bien, Andrés —respondió inquieta.
La que se mostró encantada con la visita y no dudó en adular a Andrés afirmando que estaba aparte de guapo, hecho un hombretón, fue la abuela. Siempre había profesado un gran cariño por el amigo de su nieta. Y la que se sintió fuera de lugar fue Lorena. Cuando Andrés la presentó a todos como una amiga, ella se limitó a sonreír.
Lilian fue a darle dos besos pero la chica le tendió la mano haciendo que retrocediera. No parecía que le gustaran mucho los saludos o estaba incómoda, pensaron todos. Claro que no conocía absolutamente a nadie. Alfonso les ofreció una bebida, y ambos pidieron cerveza.
Lorena había observado cómo Andrés miraba y sonreía a Lilian: con una dulzura infinita. Al menos eso parecía transmitir.
Como jamás la había mirado a ella, se dijo una y otra vez.
Una sensación que se alargaría durante el resto de la velada y que la reconcomió por dentro. Andrés nunca la había mirado de ese modo, nunca.
No tardó en averiguar que Lilian estaba casada con el tipo del pelo engominado peinado hacia atrás. Tan trajeado que daba una imagen perfecta e impecable. Seguro que era un engreído y arrogante. Tenía toda la pinta. Además era alto y guapo, pero hubo algo en él que no le gustó. Le pareció que mantenía una actitud de soberbia ante los presentes, además no dejaba de mirarla y no sabía cómo interpretarlo.
Lilian le pareció muy atractiva, y también vestía un elegante vestido negro. Le dio la impresión de que estaba inquieta, nerviosa. A veces sonreía, otras veces se llevaba los dedos a la boca y se mordía una uña. Por momentos parecía estar en tensión.
Durante el tiempo que permanecieron en la casa, Lorena observó que el matrimonio no se rozaba, ni siquiera se acercaban, podría jurar que ni se hablaban. Estaban cada uno en un extremo del salón. Se evitaban.
Ángela también lo percibió. No quitó ojo a su hija, que sonreía todo el tiempo al lado de Andrés.
La miró fijamente. Lilian, ¿qué estás haciendo?
En ese momento su hija la vio. Lejos de acobardarse, se enardeció.
Andrés y yo contra el mundo, contra todos, como a los dieciocho, pensó.
Sin poder evitarlo, sonrió a su madre que molesta torció el gesto y miró para otro lado.
Asunción le preguntaba a Andrés si seguían gustándole tanto las rosquillas de anís.
—Claro, y déjeme decirle que nunca he vuelto a probar unas tan buenas como las suyas —afirmó sonriente.
—Pues hace siglos que no las hago, muchacho. No sé si sabría ni hacerlas.
—Seguro que sí, abuela —dijo Lilian.
El que también estaba enfadado era Alfonso. Estaba indignado, furioso, irritado. Lo que menos hubiera deseado es volver a ver a Andrés, y mucho menos en su casa.
Ni a él ni a Lorena le pasaron desapercibidas las miradas que Lilian le dirigía a su amigo de vez en cuando. Parecía estar muy pendiente de él. Tampoco pudieron evitar fijarse en Eva, que con disimulo se acercaba cada vez más al recién llegado y coqueteaba como hacía siempre con todos los hombres. Eso también les molestó a ambos. Y por supuesto a Lilian.
Alfonso estaba deseando que se fueran de una vez. Ya se sentía bastante incómodo con su presencia teniendo que fingir que estaba encantado con la visita.
Deseaba hablar con Andrés a solas pero no veía la oportunidad de alejarlo de los demás y menos de la chica, que parecía su sombra, ya que no se despegaba de él. Cuando Lilian subió al piso de arriba para buscar una chaqueta para la amiga de su abuela que afirmaba tener frío, Alfonso aprovechó parar acercarse a ellos.
—Tengo que hablar con vosotros un momento, por favor. Venid. Es importante.
Los llevó hasta el estudio. Andrés comprobó que como todo lo que había visto de la casa, el despacho estaba decorado con exquisito gusto. Obra de Lilian, sin duda, pensó. Pudo ver un par de fotografías de la pareja en las estanterías. Ambos sonreían y parecían felices. Le dolió admitirlo y tuvo que apartar la vista para disimular su malestar. Alfonso después de invitarles a que tomaran asiento, sonrió amablemente.
—Tengo algo que deciros.
Aludiendo la excusa de que Lilian deseaba quedarse embarazada y según indicaciones del médico, no debía de llevar una vida ajetreada, aseguró que le era imposible que aceptara la propuesta de colaborar en el proyecto de las galerías.
—No tenía ni idea —respondió Andrés.
Alfonso sonrió maliciosamente.
—Para ella es un compromiso aceptar pero no sabe cómo decirte que no. Ha tenido dos abortos en este tiempo que llevamos casados. Como es de suponer no vamos a permitir que pierda la oportunidad de ser madre por malgastar el tiempo organizando exposiciones culturales en tu hotel. Y no tengo más que decir al respecto. Así que te rogaría que la dejaras en paz. Es más, te lo exijo.
—Claro —respondió la chica aturdida por el cambio de tono en sus últimas palabras. Le había sonado cínico y demasiado frío, incluso amenazante.
Pero Andrés no se sorprendió. Sonrió y lo miró fijamente sin inmutarse.
—Te conozco, Alfonso. Y no me fío de ti.
Lorena lo miró desconcertada. No entendía que Andrés pudiera hablarle de ese modo. Alfonso sonrió.
—¿No me crees? —inquirió poniéndose de pie—, pregúntale a Lilian. Ella misma te confirmará que ha tenido dos abortos. No le gusta hablar de ello pero… también puedes interrogar a su madre, a su abuela… —añadió clavando la vista en los ojos de Andrés—. Sé que te encanta jugar a los detectives y hacer demasiadas preguntas que no suelen ser de tu incumbencia. Me imagino que en eso no has cambiado…
La conversación se vio interrumpida cuando Lilian abrió la puerta del estudio. Se sorprendió de verlos juntos.
—Como iba diciendo —prosiguió Alfonso—. Ha sido un placer. Gracias por venir —dijo con amabilidad invitándolos a que se marcharan.
—¿Os vais? —preguntó Lilian
—Sí. Tenemos que irnos —alegó Andrés—. Vamos.
Se despidieron del resto y el matrimonio insistió en acompañarlos hasta el portón del jardín. Andrés miró a Lilian y sonrió después de que le diera un beso en la mejilla. Ella le devolvió la sonrisa pero él percibió tristeza en sus ojos. Tuvo un extraño presentimiento. No sabía aún cómo lo haría pero tenía que liberarla de las garras de Alfonso, como fuera. Ya estaban a punto de salir cuando el perro se acercó hasta ellos moviendo la cola.
—Quieto, Andy. Vamos, vete… vete… —le ordenó su dueña.
Cuando Lorena entró en el coche y se puso el cinturón de seguridad miró a su amigo.
—¿De qué va todo esto? ¿Me lo explicas? Porque no entiendo que le hables así a un tío que parece lanzar amenazas cuando te habla y te mira de manera asesina. No parece que le caigas muy bien. Y está visto que os conocéis de antes, ¿no?
—El sentimiento es mutuo, créeme. Pero es una larga historia que no puedo explicarte, así que no me preguntes.
—Ya… —respondió burlándose—. Puedo imaginármelo, te pone su mujer o tú a ella, y no lo lleva nada bien. ¿Es eso?
—No. Y hazme un favor, olvida este tema. ¿Quieres? Olvídalo. Olvídalo para siempre. Y hablo muy en serio.
—Como quieras —respondió encogiéndose de hombros.
Mientras tanto, Alfonso se servía un poco de brandy al tiempo que pensaba en lo sucedido. Otra vez Andrés Salgado importunando en su vida. No lo iba a permitir. Antes de eso, acabaría con él.
♡
A última hora de la tarde solo quedaba en casa el matrimonio acompañados de Eva, que no dejaba de hablar y fumar un cigarro tras otro.
—Bueno, ya es hora de que me vaya. Llamaré un taxi. Es un fastidio eso de tener el coche en el taller —afirmó mientras aplastaba la colilla en el cenicero.
Alfonso se ofreció a llevarla.
—No te molestes, Alfonso. Llamaré a un taxi.
—No es ninguna molestia. Yo te llevo.
—Como quieras…
Se despidió de su prima con un beso sin dejar de alabar el buen gusto con el que estaba decorado todo.
—Siempre has sido una artista, Lilian. Lástima que no trabajes en ello. Es lo tuyo, sin duda.
—¿Vamos? —preguntó Alfonso—. Ya he sacado el coche de garaje.
—Sí, sí. Adiós, Lilian.
—Adiós.
Cuando cerró la puerta y se encontró a solas, sonrió satisfecha. Todo había salido estupendamente. Claro que estaba segura que tendría que escuchar a su madre en los días sucesivos dándole la charla sobre lo inadecuado de su comportamiento o cosas parecidas, pero recordó con agrado que al día siguiente sus padres partían de viaje, y que sería su hermana quien los llevaría hasta el aeropuerto. Puede que cuando volvieran a su madre ya se le habría pasado el enfado. Seguro que sí.
Ahora le tocaba librar la peor de las batallas, su marido. Se esperaba lo peor. A Alfonso con un enfado monumental echándole en cara lo de la invitación a Andrés. Se pondría a la defensiva. Estaba preparada para afrontarlo.
Tardó en regresar. Lilian se imaginó que se habría parado a tomar una copa o tal vez hubiera ido a la oficina. Tampoco le importó. Se había cambiado de ropa. Ahora vestía un jersey blanco y unos vaqueros. Estaba echada sobre la cama leyendo un libro, cuando escuchó el sonido del coche entrando en el garaje.
Para su asombro, Alfonso entró sonriente y le habló con suavidad.
—Perdona, cariño. Me he parado en el despacho a coger unos documentos —dijo señalando la carpeta que llevaba en la mano—, por eso he tardado.
Los dejó sobre la pequeña butaca de color claro.
Ella, que se había incorporado y estaba sentada sobre la colcha, lo miró extrañada. Él se sentó a su lado. Le cogió la mano y le besó los dedos.
—¿Estás enfada por lo de esta mañana? No quise enojarme. Lo siento. No pensarías… que… yo no, nunca te haría daño, Lilian. Nunca. Perdóname —puso gesto compungido y parecía que iba a ponerse a llorar—. Yo te quiero, cariño. Te quiero más que a nadie en el mundo. Eres todo para mí. Sin ti, me moriría, me moriría, Lilian. No podría vivir sin ti.
Al escuchar esas palabras, ella se conmovió. Hacía tanto tiempo que no le decía que la amaba que ya no recordaba la última vez.
—Alfonso, yo…
Él la besó en los labios. Esta vez no lo rechazó. Se sentía tan terriblemente culpable.
—Vamos a tener ese niño, cariño —dijo él al tiempo que metía sus manos bajo el jersey de ella para ayudar a quitárselo.
Hicieron el amor. Lilian se rindió. Pero en cada caricia, en cada beso, en cada palabra, su mente divagó con la imagen de Andrés. No podía evitarlo. Seguía pensando en él.
Si alguien estaba indignada por haber visto a Andrés en la fiesta, era Ángela. Y así se lo dijo a su marido en cuanto llegaron a casa.
—Invitarlo sin ni siquiera consultarlo con su marido. No sé qué tiene tu hija en la cabeza últimamente.
—Que yo sepa también es hija tuya —refunfuñó Santiago.
—Sí, sí, defiéndela. Pero en este caso yo tengo razón.
Su marido no dijo nada. No deseaba discutir, así que encendió la tele y puso el canal de deportes. Ángela, resignada, se fue a la habitación a cambiarse de ropa.
Tenía motivos sólidos para creer que si su hija se hubiera casado con Andrés, se habría equivocado totalmente. Ahora tendría dos o tres hijos, o ninguno, pero sería una mujer abandonada, o peor aún, soportaría infidelidades, y sería una desgraciada. Lo mejor que había podido hacer era haberse casado con Alfonso. De eso estaba bien segura.