08

 

 

 

Asunción, la abuela de Lilian era una mujer menuda de ojos castaños y pelo blanco. El último domingo de agosto cumpliría ochenta y cinco años y toda la familia estaba invitada a la fiesta que Ángela le estaba preparando con la colaboración de sus dos hijas.

El mejor sitio para el evento sería la casa de Lilian. Era la única que disponía de un bonito jardín, y de espacio suficiente para reunirse gran parte de la familia.

Alfonso accedió con una gran sonrisa a los requerimientos de su suegra.

—Por supuesto, Ángela. No tienes ni que preguntarlo siquiera —afirmó—. Será un placer teneros a todos en casa. Y ahora si me disculpáis, tengo que irme o llegaré tarde.

—Adiós, cariño —añadió acercándose a Lilian que torció el gesto y esquivó su beso de despedida.

A su madre no le pasó desapercibido que algo iba mal entre ellos.

En realidad, la convivencia en la última semana había sido terrible. Él no había tenido ni un gesto de afecto hacia ella. Habían discutido tanto que ya no tenían ganas ni de dirigirse la palabra. Optaron por el silencio. Solo hablaban lo imprescindible.

Desde la noche en que Alfonso, casi se podía decir, que la había forzado a un acto sexual que ella no deseaba, se había interpuesto una pared de acero entre ellos. Lilian se había sentido humillada por el trato recibido, y aunque él había hecho un esfuerzo para pedirle disculpas, ella no permitió que la tocara en los días sucesivos. Él tampoco mostró mucho interés en hacerlo.

En algún momento Lilian llegó a creer que lo odiaba.

Lo cierto es que ni lo reconocía, ni se reconocía a sí misma. Él se seguía encerrando en su estudio mientras ella daba largos paseos con su perro, con la única intención de alejarse, ya que su mente era un torbellino de ideas confusas donde se mezclaba los deseos y la realidad.

No había intentado llamar a Andrés a pesar de que él le había dado otra nueva tarjeta, y había anotado los números en la agenda de su móvil para no perderlos. Él tampoco había hecho nada por contactar con ella. ¿Se arrepentía del beso? Puede que sí, lo más probable. Pero ella no, no se arrepentía. Lo había deseado tanto, durante años…

Estaba casada y Andrés no había llegado en el mejor momento de su vida. ¿Por qué las cosas se complicaban tanto? Qué cruel podía ser el destino a veces, se dijo. Qué caprichoso, pensó. Juega a su antojo con los sentimientos, con el alma de las personas.

Era inútil aspirar a algo con Andrés. No podía ser su marido ni el padre de sus hijos. En cambio, Alfonso, sí. Se sintió inquieta con solo recordarlo.

 

 

Ángela esperó a la marcha de su yerno para hablar con su hija, que no parecía muy contenta. Más bien tenía todo el aspecto de estar de mal humor, así que podía imaginarse que le molestarían sus preguntas, pero como madre, pensó que tenía todo el derecho de hacerlas.

—¿Qué pasa, Lilian? ¿Tenéis problemas? —preguntó en cuanto Alfonso salió por la puerta.

—Estamos pasando un mal momento —contestó para excusarse—. Alfonso tiene mucho estrés. Es un adicto al trabajo, ya lo sabes. Y yo no quiero quedarme en casa sin nada que hacer.

—Bueno, pero él no tiene la culpa de que tu prima haya decidido cerrar la tienda.

—Ya… —respondió no muy convencida.

—Ahora deberías de pensar en otras cosas, relajarte, tal vez eso te ayude…

Lilian la miró incrédula.

Ni que hubiera estado hablando con Alfonso a solas, pensó. ¿Ayudar? ¿Ayudar a qué? ¿A que viniera un bebé?

—¿Te lo ha dicho él? —preguntó con rabia.

—¿Decirme? ¿Qué tenía que decirme? Claro que no, hija.

—Pues quién lo diría. Hasta has utilizado sus mismas palabras. ¿Relajarme? Lo que no quiero es morirme de aburrimiento, mamá. Que es muy diferente.

—No te enfades. Yo solo quería… me preocupa tu vida.

—Pues no te preocupes. Todo va bien. Puedes estar muy tranquila —respondió al tiempo que se inclinaba hacia el lavavajillas para colocar un par de platos— ¿Te apetece un café? —añadió intentando sonreír.

—No, gracias. Ya he desayunado —observó cómo abría el armario y sacaba una taza donde vertió un poco de leche para luego meterla en el microondas.

—Yo sí voy a tomarme otro —dijo con tono seco—. A ver si me despierto de una vez. Necesito trabajar —añadió—. Tengo que buscar algo.

El móvil que estaba sobre la mesa empezó a sonar. Lilian lo cogió y el nombre de Andrés se iluminó en la pantalla. Su rostro cambió de color. No sabía qué hacer, si descolgar o no. No deseaba que su madre se enterara de quién era su interlocutor. Decidió colgar y apagar el teléfono. Seguro que llamaría más tarde.

—¿No contestas? —preguntó Ángela.

—¿Eh? No, no es importante.

Miró hacia otro lado y con los dedos empezó a retorcer un mechón de pelo, señal inequívoca de que se había puesto nerviosa.

—Seguimos con los preparativos de la fiesta de la abuela —dijo deseando olvidarse del tema de Andrés, mientras cogía la cafetera para servirse.

—Lilian…

—¿Qué, mamá? —preguntó con desgana.

—¿Qué os está pasando?

Lilian soltó un bufido.

—Nada, mamá. Nada. Ya te he dicho que no tienes por qué preocuparte.

—No será que estás viendo a ese amigo tuyo, a Andrés…

Lilian negó con la cabeza, pero su madre la miró de arriba abajo frunciendo el entrecejo y luego levantó la mirada con aire inquisitivo.

—Lilian…

—¿Eh? Claro que no, mamá. Pero… —contestó irritada—. ¿Por qué sacas a Andrés a relucir? Me parece mal que lo insinúes siquiera.

—Está bien. Perdona. Olvídalo. No he dicho nada.

Se quedaron calladas unos instantes. Lilian evitando su mirada, haciendo cierto mohín de enfado, y su madre inquieta porque estaba segura de que su hija le estaba ocultando algo. La conocía muy bien. Viendo su gesto enojado, pensó que lo mejor era dejar el tema. Se miraron unos segundos, pero a ambas les parecieron demasiado largos. Habían reñido tantas veces por causa de Andrés que ninguna de las dos deseaba que eso volviera a suceder.

—Está bien, Lilian. Hablemos del cumpleaños de tu abuela.

Su hija asintió con una sonrisa, pero estaba fingiendo. No le habían gustado las preguntas y las insinuaciones de su madre. En un afán de complacerla, se acercó a ella y la abrazó.

—Estoy bien, mamá. No te preocupes tanto por Alfonso y por mí. Todo va bien. De verdad —dijo sonriendo.

—Soy tu madre, y como tal, es lógico que me preocupe, Lilian.

—Ya lo sé. Pero todo va perfectamente. Puedes estar tranquila.

Ángela suspiró. Sabía que mentía pero prefirió no seguir atosigándola.

—Está bien.

Después de media hora decidió irse.

—¿Quieres que te lleve en el coche, mamá? —preguntó su hija.

—No. Prefiero ir andando hasta la parada del autobús. Me viene bien caminar.

—No, de verdad, mamá. No me importa.

Pero su madre se negó. Se despidió con un beso. Pero antes de salir se volvió y se dirigió a ella.

—Lilian, tienes un buen matrimonio. No lo tires por la borda.

—Mamá, por favor. Te he dicho que…

Ángela la interrumpió.

—Voy a perder el autobús. Hasta mañana.

Después de cerrar la puerta. Lilian se apresuró a coger el móvil. Cuando miró las llamadas recibidas, comprobó que tenía dos de Andrés Salgado. Algo la recorrió por dentro y su sonrisa se iluminó: la había llamado.

 

 

Andrés pensó que el destino se empeñaba en jugar con él y sus sentimientos. Su hermano Juan le propuso un proyecto que le interesó: organizar exposiciones culturales en su hotel. Le pareció una gran idea pero su único problema era que ya tenía demasiado trabajo y poco tiempo para dedicase a ese tema.

—Lorena, la prima de mi mujer te puede ayudar. Recuerda que está licenciada en Bellas Artes y no tiene trabajo fijo. He hablado con ella y está encantada con la idea. Si tú estás de acuerdo…

—¿Lorena? —preguntó extrañado.

Había tenido una corta relación con ella y no habían quedado muy bien.

—¿No sois amigos? Cuando rompisteis, quedasteis como amigos, ¿no?

—Más o menos —respondió haciendo una mueca.

—¿Entonces qué problema hay? Y si necesitas de más personal, busca tú a alguien.

—Bien. Ya miraré a ver si merece la pena.

—Claro que sí. No lo dudes. Merece la pena. Hazlo.

Nada más salir del despacho de su hermano, pensó en Lilian. ¿Por qué, no? Se dijo. Lilian adoraba el arte. Tenía tiempo suficiente para dedicar unas horas a la semana al nuevo proyecto. Después de todo, desde que había finalizado sus estudios pocas veces había trabajado en temas relacionados con su carrera. Le entusiasmaría, estaba seguro.

Sonrió pensándolo. Sí, se arriesgaría. No podía seguir negando que se moría por volver a verla. Puede que no aceptara pero pensaba proponérselo. No se iba a quedar con las ganas de hacerlo, ni con las duda de saber si aceptaría. Tenía que intentarlo.

 

 

No habían dado las siete cuando Lilian escuchó el coche de Alfonso. Miró el reloj extrañada de que hubiera vuelto tan temprano. Había planeado recibirle con una gran sonrisa para olvidar los sinsabores de por la mañana e incluso había sacado una botella de vino para poder celebrar juntos la buena noticia de su próxima ocupación.

—Me alegro de que hayas llegado tan pronto hoy. Tengo mucho que contarte.

Él la miró. Le agradó verla tan sonriente. Nada que ver con el humor que había mostrado los días anteriores ni esa misma mañana. Y estaba muy guapa, no podía negarlo

—Ven —dijo ella cogiéndole de la mano.

Ya en el salón mientras le servía el vino en una copa le explicó lo mucho que le entusiasmaba poder dedicarse por fin a algo que realmente le gustaba. Le comentó todo sobre el proyecto en el que pensaba colaborar.

—¿Me has oído, Alfonso? —preguntó al ver que no decía nada.

Lejos de mostrarse cariñoso, su marido hizo una mueca de disgusto cuando rebobinó en su mente lo que acababa de oír.

—¡Qué tontería, Lilian! Por favor… —lo dijo con un tono de desprecio que a ella le ofendió.

Dejó la copa sobre la mesa sin siquiera probar el vino.

—No sé qué tiene de malo. Me parece muy interesante. Me voy a dedicar a organizar exposiciones de pintura, fotografía, cultura, en la sala de Arte del hotel Princesa del Norte; tampoco es todos los días, ni todas las semanas. Solo es una pequeña colaboración. Hay otra chica que será la encargada principal.

—¿Ah, sí? Y, ¿quién ha sido el alma caritativa que te ha hecho ese favor?

Lilian no dudó.

—Andrés. Andrés Salgado.

El rostro de Alfonso se tensó.

—Olvídalo, Lilian. No pienso consentirlo —dijo saliendo del salón y dirigiéndose al dormitorio.

Ella indignada lo siguió.

—No puedes prohibirme nada. ¿Quién te crees que eres?

Él le dedicó una mirada glacial.

—Soy tu marido. Te guste o no, somos un matrimonio, lo que significa que no podemos hacer lo que nos dé la gana. Hay que respetar y compartir. No estoy de acuerdo en que tomes esa decisión. Además…

Ella lo interrumpió.

—¿Eh? Estás completamente loco. No sé si sabes que estamos en el siglo veintiuno.

Él sonrió.

—¿Qué te falta, Lilian? Dímelo, no te falta de nada —dijo mientras se cambiaba y se vestía con ropa de deporte.

¿Cariño, tal vez? Pensó ella, ¿Un poco de consideración? ¿Qué me trates como a una persona? ¿Un poco de respeto?

—¿Un bebé?, eso llegará, Lilian. Aunque si sigues esquivándome todas las noches como lo vienes haciendo últimamente —exclamó alzando la voz—, lo vas a tener muy difícil. Deberías…

Ella le interrumpió alterada.

—¿Vas a volver a decirme que tengo que relajarme? No quiero volver a oír esa palabra en mi vida. Y te rogaría por favor, que dejaras de ir con cuentos a mi madre, haciéndote la víctima y dejándome a mí como si fuera la culpable de todo lo que nos está pasando.

Él la miro confuso.

—No sé qué estás diciendo. ¿A tu madre? —preguntó mientras se buscaba las zapatillas deportivas en el armario.

—¿Ya habéis hecho un plan para mi futuro entre los dos? Porque ella, lo mismo que tú, insiste en que me relaje.

—Ya veo. El problema es tu madre. No soportas que te dé consejos.

—No, Alfonso. El problema no es ella, eres tú. A ti lo único que te importa es que los demás piensen que eres maravilloso y el mejor marido del mundo, antes que mostrarme un poco de ternura, comprensión y algo de respeto.

—¿Respeto y comprensión? —preguntó alzando demasiado la voz.

—No sé si realmente me conoces y tienes idea de lo que quiero, Alfonso.

—Tú no sabes lo que quieres. Ese es tu gran problema, Lilian.

—¿Qué? Sé muy bien lo que quiero y lo que no.

Él no replicó.

—Voy a correr un poco. No tardaré. Espero que cuando vuelva te hayas calmado.

—Alfonso…

Salió de la habitación y bajó las escaleras dejándola con la palabra en la boca.

Poco después Lilian se dirigió al jardín y llamó a Andy, que se acercó meneando la cola.

—Tú y yo nos vamos a dar un paseo, Andy.

Caminó despacio con el perro a su lado intentando poner en orden sus pensamientos. Se sentía disgustada. Sabía que a Alfonso no le iban a hacer mucha gracia sus noticias, pero no esperaba que reaccionara de ese modo, burlándose de ella.

Al llegar cerca de la ermita de San Salvador, se sentó sobre la hierba dejando a Andy que correteara por los alrededores. Observó la iglesia . Conservaba aún en su construcción restos prerrománicos y estaba en un lugar precioso que la llenaba de paz. El pórtico exterior con las columnas laterales era digno de admirar.

El templo donde había celebrado su matrimonio con Alfonso, sonrió al recordarlo. Todos habían asegurado que serían tan felices juntos. Ella misma lo pensaba. Después de un largo rato decidió encaminarse por el sendero del arroyo, con la única compañía de su perro y los robles centenarios que bordeaban el camino.

 

Mientras tanto Alfonso maldijo a Andrés unas cuantas veces. Estaba furioso. Después de llegar de hacer footing , buscó a Lilian por toda la casa y al no encontrarla se imaginó que había salido. Fue al garaje y comprobó con satisfacción que no se había llevado ninguno de los dos coches.

Volverá pronto, se dijo a sí mismo. Media hora después, calentó parte de la cena en el microondas porque aún no había rastro de Lilian. Se había duchado y cambiado de ropa. Ahora si estaba furioso e irritado. Ni siquiera podía llamarla al móvil ya que lo había dejado sobre la cómoda.

Pensaba montarle un número en cuanto apareciera por la puerta pero no se preocupó por ella. No estaría muy lejos paseando con ese maldito perro que parecía ser el centro de su universo. Estaba seguro de que quería más al setter que a él. No, no hacía falta ni jurarlo, estaba cada día más convencido.

Se encerró en su estudio como casi todas las noches y ni la escuchó regresar.

 

Las copas de vino estaban en el fregadero junto los platos de la cena de su marido. Lilian lo recogió todo y lo colocó en el lavavajillas. Tenía que comer algo pero no se sentía con mucha gana. No sabía si la había escuchado llegar. Puede que sí, pero cuando se enfadaba solía ignorarla por completo. Se imaginó que estaría encerrado en su despacho. No pensaba acercarse para averiguarlo, que fuera él quien se preocupara por ella si es que le importaba algo. Empezaba a parecerle que no, que no le interesaba nada ni le importaba lo más mínimo.

Pensó que casi todos creían que Alfonso era inteligente, amable, encantador, un buen partido, un hombre perfecto para ser el marido ideal. Nadie ni ella misma hubiera pensado nunca que podría ser tan insensible, tan poco razonable, tan autoritario. En los últimos meses estaba descubriendo otra personalidad de su marido que desconocía. Y eso, por un momento la asustó. ¿Siempre había sido así y no se había dado cuenta? ¿O era cuestión de poco tiempo atrás?

Cuando él salió del estudio poco después, la encontró ensimismada, sentada en una de las butacas del salón, mirando por la ventana con una taza de café en las manos.

—¿Dónde has estado? —preguntó con gesto de enfado acercándose.

—Paseando —respondió sin mirarlo.

Él se sentó frente a ella.

—Escúchame, Lilian… —dijo con voz suave, dejando el tono de enfado empleado segundos antes—. Dime ¿por qué necesitas trabajar? —preguntó cambiando su expresión iracunda por otra más conciliadora—. No lo necesitas, cariño…

Ahora me llama «cariño», pensó ella al escucharlo.

—¿Quieres cambiar algo de la casa? Te dejo hacer los cambios que quieras. Puedes tener tu propio estudio en la buhardilla. Compra todo lo que necesites, seguro que te vendrá bien. Sé que disfrutarás mucho. Siempre te ha encantado la decoración y las manualidades. Te relajará.

Ella sabía que estaba tratando de camelarla. Había cambiado de táctica. En vez de gritar, le hablaba dulcemente como si en verdad le importara o estuviera entusiasmado ante la idea de verla redecorando la casa.

—¿Relajarme? ¿Cuántas veces me has dicho que tengo que relajarme? —respondió irritada—. Estoy muy relajada, Alfonso, y no necesito relajarme más —le gritó—. Y ya te he dicho que no quiero volver a oírte decir esa palabra.

Él movió la cabeza de un lado a otro.

—Ya lo veo —comentó sarcástico—. Estás de lo más relajada. Podrías ser complaciente por una vez y pensar en nuestro matrimonio.

—¿A qué tienes miedo, Alfonso? —preguntó mirándolo a los ojos.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Lo que has oído. ¿Tienes miedo a que nuestro matrimonio se desmorone porque pase unas horas fuera de casa? O ¿solo se trata de tu ego y tu deseo de controlarme continuamente?

—Estás loca, Lilian. No sabes lo que dices.

Salió del salón dejándola sola. Aunque podría resultar ridículo, ella sabía que en el fondo era su afán de obligarla a hacer lo que él deseaba, dominarla, controlarla, ni por un segundo imaginó la desconfianza que le producía el acercamiento de Andrés Salgado.

Como era de esperar, poco después se sintió fatal. Él intentaba hacer que se sintiera culpable y lo estaba consiguiendo. Pero ¿culpable de qué?, se dijo…

Recordó lo que había pasado esa mañana.

Después de haber visto las llamadas de Andrés decidió esperar a que él volviera a intentar ponerse en contacto. Tal y como imaginó, el móvil volvió a sonar minutos más tarde y sonrió al ver de nuevo el nombre de Andrés reflejado en la pantalla.

Respondió nerviosa. Él afirmó que necesitaba hablar con ella para un asunto que podía interesarle. Prefería hacerlo personalmente, así que Lilian no dudó en citarse con él en la cafetería del hotel donde Andrés estaba trabajando.

Se habían saludado con dos besos en la mejilla sonrientes y después se habían sentado en la mesa que estaba pegada a la ventana desde podían contemplar las preciosas vistas al mar.

—Me alegro de verte, Lilian.

Ella sonrió. Esta vez iba vestida de modo informal con vaqueros claros, una blusa blanca y una chaqueta de punto gris. Calzaba zapatos de mocasín planos.

—Yo también —respondió sin perder la sonrisa.

Se alegraba y mucho. Le encontró guapísimo con la camisa blanca y la corbata de rayas azules, el pelo algo despeinado con los unos mechones ondulados que le caían sobre la frente. Además, no se había afeitado y ese ápice de barba que mostraba era de lo más seductor. Él había pedido que le sirvieran dos cafés que no tardaron en llegar. La camera colocó también un plato con pastelitos variados sobre la mesa.

—Vaya, cómo te cuidan —exclamó Lilian—. Se nota que eres el jefe…

Andrés sonrió.

—No, no soy el jefe. Solo soy uno de los encargados junto a mis dos hermanos —aclaró.

—Para el caso es lo mismo, Andrés. No seas modesto.

—Venga, elige uno —dijo acercándole el plato.

Ella se quedó mirando sin decidirse por ninguno. Le gustaban todos.

—No sé cuál elegir. Todos tienen una pinta estupenda.

Al final se decidió por el de chocolate.

—Lo sabía. Estaba seguro. Te perdía el chocolate, y sobre todo los bombones.

Ella se rió.

—Es cierto. En eso no he cambiado nada. Y a ti ¿te siguen gustando las rosquillas caseras con anís y azúcar?

—Hum… me muero por ellas. Tu abuela las hacía estupendas. Por cierto, tu abuela…

—Está bien. Muy bien. El próximo domingo cumplirá ochenta y cinco años y le estamos organizando una fiesta sorpresa en mi casa.

—Eso es genial.

—¿Quieres venir? —preguntó de pronto—. A mi abuela le encantará verte.

Se quedó mirándola pensativo sin saber qué decir. Por un lado le encantaría asistir pero por otro, la idea de que ver a Alfonso no le seducía lo más mínimo. Y más viéndolo en su terreno, en su casa como esposo de Lilian. Así que declinó la oferta.

—No creo que pueda. Tengo un montón de compromisos este fin de semana.

—No importa —respondió ella sonriente.

Casi agradeció su negativa pues segundos después de haberle hecho la propuesta se había arrepentido. Se miraban. Eso podía percibirlo cualquiera que los estuviera observando. No se quitaban los ojos de encima y ambos trataban de dar una explicación a lo que estaban sintiendo. Nostalgia, pensaron casi al unísono. Solo es eso, nostalgia.

Ella fue la primera en apartar la mirada y en hablar.

—Y ¿para qué querías verme? —dijo limpiándose con la servilleta.

Él tomó un sorbo del café y después de dejar la taza sobre el plato, respondió.

—¿Te gustaría dedicarte a organizar exposiciones de arte?

A ella se le iluminaron los ojos al escuchar aquellas palabras.

—Serías una especie de colaboradora. La encargada es una chica llamada Lorena pero he pensado que puedes ayudarla. Entre las dos tendríais que organizarlo todo. Yo os pasaré una lista de los artistas que puedan exponer con nosotros. No tienes que dedicarle todo el día, solo unas horas, y cuando puedas. Se te remuneraría por supuesto. Pensé que podría interesarte. Después de todo has estudiado Historia del Arte.

Ella suspiró. Le encantaba la idea. Le fascinaba poder dedicarse a algo que tenía que ver con su carrera. Quería decirle que sí, que aceptaba en ese mismo instante, pero al pensar en Alfonso dudó.

—Tengo que pensarlo, Andrés. Ahora no puedo decirte nada.

—Claro, lo entiendo. Tendrás que consultarlo con... tu..., con él…

Iba a decir con tu marido, pero no le salieron las palabras.

—Dirá que no —afirmó ella convencida.

Luego bajó los ojos. Detestaba tener que admitirlo delante de Andrés. Pero eso era lo sabía que oiría de labios de Alfonso.

Se quedaron en silencio. Andrés no sabía qué decirle. No pretendía inmiscuirse en su vida aunque podría jurar que ella no era feliz con aquel tipo al que él consideraba un verdadero cretino.

—Piénsalo con calma y habla con él. Tienes tiempo hasta la semana que viene. Si no, tendré que buscar a alguien.

—¡Andrés! —exclamó una voz lejana.

Los dos se volvieron. Una mujer de pelo rubio se acercaba hacia ellos. Cuando llegó casi a su altura, Lilian la reconoció. Era Pilar, la madre de Andrés.

—¿Mamá? —preguntó su hijo sorprendido.

—Pasaba por aquí, y…

De pronto se fijó en Lilian. Y también la reconoció.

—Liliana ¿eres tú? —preguntó con una gran sonrisa.

Todo el mundo la llamaba Lilian menos Pilar Freire que desde siempre había utilizado su nombre completo para dirigirse a ella.

—Es Lilian, mamá —rectificó Andrés.

La mujer no dejaba de sonreír. Parecía alegrarse de verdad.

—Hola, ¿cómo está, Pilar?

—Pero dame dos besos, mujer. No seas tímida.

Lilian se acercó y la mujer la abrazó con afecto.

—¡Cuánto tiempo! Pero deja que te vea. Estás guapísima, como siempre.

—Gracias, usted también.

Pilar seguía siendo una mujer muy atractiva. Su pelo castaño oscuro de otros tiempos era ahora de un rubio pajizo con vetas más claras que le iban muy bien a su piel blanca. Tenía una nariz recta, fina y los ojos color grisáceo en una cara algo alargada, pero muy bien maquillada y con un toque de pintalabios rosa brillante en sus labios que llamó la atención de Lilian. Vestía impecable, como solía ser su costumbre, con un traje de chaqueta y falda color claro con una blusa fucsia.

—Bueno, con algunos años y kilos de más. Pero qué le vamos a hacer, así es la vida. Ya tengo un montón de años —dijo al tiempo que abría el bolso y sacaba un paquete de tabaco—. No quiero ni pensar cuántos. Prefiero olvidarlos.

—Mamá —advirtió su hijo—, no puedes fumar aquí.

La mujer puso gesto de fastidio y volvió a guardar la cajetilla en el bolso.

Lilian sonrió al comprobar que tampoco Pilar había cambiado. Había sido siempre muy moderna para su tiempo. Incluso se había independizado de la casa de sus padres siendo muy joven, algo que estaba muy mal visto entonces. Trabajaba y conducía su propia Vespa. Al casarse con el hostelero Juan Luis Salgado tuvo que renunciar a muchas de sus libertades, algo que no le fue fácil. Él no había sido un buen marido. Pecaba de machista y autoritario. El tener tres hijos le sirvió de terapia para poder soportarlo, ya que se había dedicado a ellos con verdadero fervor. Los adoraba y el sentimiento era recíproco. Aun así ninguno de ellos había conseguido que dejara de fumarse cuatro o cinco cigarrillos al día.

La mujer miró a su hijo sonriente. Iba a decir algo cuando Andrés la interrumpió.

—Mira donde viene Juan —dijo al ver a su hermano mayor que se acercaba. Y detrás a dos pasos, también pudo divisar a Luis, su otro hermano acompañado de su mujer. A Andrés le pareció demasiada reunión familiar y cogiendo a Lilian del brazo tiró de ella con suavidad.

—Vamos. Tenemos mucho de que hablar.

—Pero Andrés… —exclamó su madre— ¿A dónde vas? ¿No me dejas despedirme?

No respondió. Se cruzó con sus hermanos que le miraron extrañados.

—Hola y adiós —dijo él antes de que pudieran mediar ni una palabra.

Lilian no pudo evitar reírse y les saludó con la mano. Los conocía a todos. Pero parecía que Andrés no estaba dispuesto a perder el tiempo en saludos ni protocolos.

Abrió la puerta de lo que parecía un despacho y la hizo pasar.

—Perdona —se disculpó él—, pero si una cosa odio son las reuniones familiares improvisadas. Me iban a atiborrar a preguntas sobre ti y no estoy dispuesto a dar explicaciones —advirtió divertido—, al menos ahora.

Ella se rió y se acercó a él.

—No has cambiado nada, Andrés —dijo tirándole de la corbata, bromeando.

—¿Verdad que no? —respondió riéndose.

Por un momento le apeteció besarla. Estaba tan guapa, tan encantadora con aquella sonrisa que no le hubiera costado nada dejarse llevar, pero hizo un esfuerzo y se alejó de ella con la excusa de abrir la ventana.

—¿Es tu despacho? —preguntó Lilian observando con detalle.

—Sí, pero paso poco tiempo en él. Casi siempre estoy viajando.

Ella miró todo con atención.

—Deberías de poner unas flores o algo que le dé color. Es demasiado sobrio. ¿No crees? —preguntó acercándose a él.

—Puedes redecorarlo a tu gusto. Te doy mi permiso. Sé que lo dejarás perfecto —dijo inclinándose sobre ella. Se acercó tanto que pudo respirar su perfume, seductor, muy femenino que le encantó. Un paso más y la besaría. No iba a poder evitarlo.

El móvil de Lilian empezó a sonar. Al ver el nombre de Alfonso, decidió rechazar la llamada pero intuyó que lo mejor era despedirse de Andrés.

—Tengo que irme, Andrés —afirmó.

Él pareció sorprendido. Sonrió.

—Ah… ¡Y yo que pensaba invitarte a comer!

Ella negó con la cabeza.

—Hoy imposible. Dime ¿Tienes email? —preguntó.

—Claro. Espera, ahora te lo doy.

Lo anotó en una tarjeta del hotel.

—Bien. Entonces te escribiré diciéndote algo, ¿te parece?

—Sí. Estaré atento al correo —respondió sin perder la sonrisa—. No dejaré de mirar la pantalla. Esperaré tus noticias.

No, no la besó. No podía cometer ese error una vez más.

Agradeció en su interior que ella no hubiera mencionado lo del beso en la trastienda semanas antes, y Lilian también pensó lo mismo ya que durante todo el recorrido hasta el hotel en su coche, no había parado de darle vueltas a la posibilidad de que Andrés lo sacara a relucir. Gracias que no lo había hecho. Hubiera sido muy violento. Y lo peor, que no hubiera sabido reaccionar ni qué decir.

Salieron del despacho y la acompañó hasta la puerta de entrada, donde se despidió.

Le dio un beso en la mejilla, y luego la siguió con la mirada. Observó cómo se acercaba a un auto de marca Mini Cooper, de color rojo. Se quedó inmóvil hasta que el coche desapareció de su ángulo de visión. Dio la vuelta para entrar de nuevo en el vestíbulo del hotel. Su madre se acercaba con paso apresurado.

—Andrés… —dijo la mujer—, ¿por qué te fuiste de esa manera? Nos dejaste con la palabra en la boca.

—Teníamos prisa, mamá. Lo siento.

—Eso se llama mala educación, Andrés. Por cierto, tus hermanos se quedaron muy sorprendidos de ver a tu amiga, y yo también, la verdad. Así que ahora vas a invitarme a comer y de paso me explicas qué planes tienes con Liliana.

—Lilian, mamá.

—Está bien. Lilian si quieres.

Durante la comida, como era su costumbre Pilar no paraba de hablar. Fue en el postre cuando por fin su madre le preguntó por ella.

—Y ahora cuéntame ¿Has vuelto a tener contacto con tu amiga del alma?

Él sonrió.

—Mamá…

—Lo sé, lo sé… no te gusta que me meta en tu vida pero soy tu madre. Y un poco cotilla, lo reconozco —añadió sonriendo, después de saborear un trozo de tarta de queso y arándanos—. Así que cuéntame… Hummm… ¡Esta tarta está deliciosa! ¿No quieres un poco? Pero no te quedes tan callado, y cuéntame. Soy toda oídos.

Él suspiró. Le relató lo de su encuentro en el tren. Que la había visto un par de veces y que ahora le había ofrecido que ayudara en la galería. La mujer sonrió.

—Cásate con ella, Andrés. Siempre habéis estado enamorados —afirmó convencida después de limpiarse con la servilleta.

Andrés bajó la vista primero pero luego se quedó mirando a su madre que a su vez lo observaba intrigada.

—Está casada, mamá.

Pilar se quedó sin habla. Eso sí que no lo esperaba. No supo que decir. Conocía a Andrés, y sabía que aquella expresión de su rostro reflejaba tristeza.

—La dejaste escapar, Andrés. Tú tuviste la culpa. Ella te adoraba pero tú, con tus ansias de libertad y todas esas tonterías —le reprochó su madre que había dejado la cuchara sobre el plato sin terminar el trozo de tarta.

—Mamá, no empieces con eso. Solo éramos amigos, nada más.

Ella negó con la cabeza.

—¿Amigos? Hum… ya… amigos…

—Sí, amigos.

—Tengo demasiados años, hijo. Y sé muy bien cuando una persona está enamorada de otra. Y ella estaba loquita por ti. Te hubiera seguido a Londres incluso, si se lo hubieras propuesto.

—Te equivocas, mamá. Y termina el postre, para lo que te queda.

—¿Se lo propusiste siquiera? Y, no, no quiero comer más —añadió apartando el plato a un lado.

Él negó con la cabeza.

—Ella aspiraba a casarse y tener una familia. Yo no, y además te repito que solo la veía como a una amiga.

Su madre suspiró.

—¡A ver dónde vas a encontrar a una mujer como ella ahora!

—No quiero encontrarla, mamá. De momento quiero seguir así. Sin compromisos.

—¿Algún día pensaras en casarte y darme nietos?

Andrés sonrió.

—Mamá, ya tienes dos nietos. ¿Para qué quieres más?

—De tus hermanos, pero quiero uno tuyo. Así que vete pensándolo y déjate de ir de flor en flor. Ya no tienes edad. Tienes treinta y seis años. ¿Cuándo piensas madurar?

Andrés decidió pedir la cuenta al camarero y escabullirse de su madre. Al parecer tenía una opinión muy equivocada sobre él. Lo consideraba un promiscuo conquistador que cambiaba de pareja como de camisa, y sin embargo, no podía imaginarse que hacía más de ocho meses que no estaba con nadie. Su última relación con Lorena había sido un desastre, y aunque estuvieron tiempo sin dirigirse la palabra, ahora ya se hablaban.

—Menos mal que terminaste con la jovencita esa. No me gustaba nada.

—¿Te refieres a Lorena?

Asintió con la cabeza.

—Creo que solo ves con buenos ojos a Lilian, mamá.

—Por algo será. ¡Qué lástima que esté casada! Y, ¿no tiene niños? —preguntó con curiosidad.

Andrés se encogió de hombros.

—No lo creo. No le he preguntado pero es evidente que no.

—Y, ¿con quién se ha casado? ¿Lo conoces?

—No, mamá. No lo conozco.

Había mentido por no tener que darle explicaciones. Con la curiosidad insaciable de su madre querría saber hasta el mínimo detalle de la vida de Lilian. Y no le apetecía decirle nada y mucho menos, hablarle de Alfonso.

—¡Qué lástima! —volvió a exclamar su madre lanzando un suspiro—. Hacéis tan buena pareja.

Pilar recordaba con claridad la primera vez que había visto a Lilian. Era invierno y hacía mucho frío. Regresaba a casa de hacer unas compras y al entrar en el hall, escuchó unas risas procedentes del salón. Se acercó con curiosidad y encontró a su hijo Andrés haciendo el payaso como solía ser su costumbre, tratando de imitar a alguien, mientras la jovencita se reía tanto que parecía no poder parar.

—Mamá… —había dicho él, entre risas.

La joven se levantó del sofá y se ruborizó ante su presencia. Andrés se la presentó. Le gustó ya en ese primer momento. No era la chica más guapa de la universidad, sin duda, pero tenía algo especial y unos ojos preciosos de color claro.

—Liliana… ¡Qué nombre más bonito!

Ella había sonreído agradecida.

—Todo el mundo me llama Lilian.

—Andrés, invita a tu amiga a tomar algo. No seas maleducado. Y os dejo, que tengo cosas que hacer.

No tardó en pensar que se harían novios y que su hijo dejaría a su pareja por ella. Sin embargo, se equivocó. Andrés le explicó miles de veces que solo eran amigos.

Lilian era la novia más perfecta que su hijo hubiera podido tener: alegre, sencilla, buena persona, y sensata. Como a todas las amigas especiales de sus tres hijos, intentó encontrarle algún defecto, pero no, como mucho podría reprochársele que era demasiado buena. Por lo demás, Lilian era entonces un dechado de virtudes y suponía que aún hoy, seguiría siéndolo. Una verdadera lástima, sin duda, se dijo.