14

 

 

 

Había comprado unas bonitas flores para poner en el despacho de Andrés. Le hacía falta un poco de color a la estancia, así que decidida se acercó hasta la puerta y golpeó con los nudillos esperando la invitación a pasar.

Cuando él mismo le abrió, lo recibió con una sonrisa.

—¿Estás solo?

—Sí, pasa —respondió observando las flores.

Ella entró y miró alrededor.

—¿No tendrás ningún jarrón por ahí?

—Ni idea. Pero no te preocupes. Llamo y encargo que nos traigan uno.

—¿Cómo fue lo de la cena del otro día? —preguntó ella—. ¿Se recaudó bastante?

—Mucho más que el año pasado. Unos quince mil euros.

—Eso es estupendo —exclamó mirando por la ventana las hermosas vistas de la playa.

Él se acercó.

—Déjame decirte que estabas preciosa.

Ella sonrió de nuevo.

—Gracias. Tú tampoco estabas nada mal —afirmó mientas dejaba el ramo sobre una de las mesas.

Se miraron.

Tenían que admitirlo. Los dos se deseaban. Se deseaban desde el encuentro en el tren, desde el beso en la trastienda, o quizás desde mucho antes.

Quitarse la venda de los ojos, eso es lo que ambos buscaban. Él, dejar de verla como cuando tenía veinte años. Era una mujer de treinta y cuatro , ya no era la jovencita soñadora que había conocido en la universidad.

¿Qué le había hecho? ¿Cómo había podido estar tan ciego? ¿Por qué había permitido dejarla escapar lanzándola a los brazos de otro hombre? ¿Cómo podría repararlo?

—Lilian… —susurró.

Ella le sostuvo la mirada durante un instante. Luego bajó la vista posándola en los labios. Unos labios que deseaba besar. Pero solo una caricia, un roce, un beso… y estaría perdida. Lo sabía.

Él la agarró por la cintura. Se acercó y la besó con suavidad una vez, dos, tres… Andrés le abrió los labios con su lengua y deslizándola dentro, le acarició la boca. Lilian respondió dejándole hacer. Era tan dulce, mucho más que haber besado a su marido. Se puso de puntillas, levantó los brazos para pasárselos por el cuello y se aferró a él.

No controlaba la situación. Ya no podía tomar decisiones con racionalidad, ni por sí misma. Y de nada servía luchar por la integridad de su alma, ni la de él. Eso quedaba atrás. La voluntad de ambos por no caer, por resistirse se perdía en el deseo de sus cuerpos, de sus ojos, de sus manos… la chispa que necesitaban se había encendido lo suficiente para provocar el desconcierto, la anarquía, y la voluntad de sus mentes se ahogaba para dar paso a la voluntad de sus sentidos.

Sus bocas, sus besos eran una realidad. Sus suspiros jadeantes, sus corazones desbocados. Parecían haber perdido totalmente el sentido de la razón.

Ella, con la espalda pegada a la pared viendo cómo la mano de Andrés desabrochaba los primeros botones de su blusa, deslizaba el tirante del sujetador, e inclinaba su cabeza para posar sus labios en su escote haciéndola estremecerse por el contacto. Después subía con suavidad la falda mientras sus ojos clavados en los de ella buscaban una reacción que le dijera, «no sigas, párate...» y sin embargo todo lo que podía leer era lo mucho que lo deseaba, lo mucho que había suspirado por ese momento.

Mientras, sus lenguas se unían, ella agarrada a su cuello, cerraba los ojos incapaz de creer que estaba sucediendo, sin dejar de besarlo, de explorar su boca, sintiendo su fuerte excitación, y notando cómo los dedos de Andrés se deslizaban a través del diminuto tanga, haciéndola anhelar su cuerpo como nunca había deseado a nadie, como siempre había soñado. ¡Tantas veces había fantaseado con esa escena!, con ese placer que estaba sintiendo sin que él llegara a introducirse en ella siquiera. Era como un sueño del que despertaron al escuchar que llamaban a la puerta.

Lilian le soltó y apresurada intentó colocarse bien la ropa al tiempo que se alejaba de él. Pero Andrés la abrazó por detrás.

—No te preocupes. No pienso abrir —le susurró al oído—. Más bien, voy a cerrar con llave.

La besó detrás de la oreja y le apartó el cabello. Acarició su cuello con los labios mientas ella nerviosa intentaba apartarlo.

 

 

Lorena, al otro lado de la puerta, sabía que ambos estaban dentro. Había visto llegar a Lilian poco antes. Se habían cruzado en el pasillo. Incluso cuando le había preguntado por Andrés, le confirmó que estaba en su despacho. Volvió a golpear la puerta con rabia hasta que la misma Lilian abrió unos minutos después.

La joven, desconcertada, la observó sin perder detalle: el pelo revuelto, el color de sus mejillas, y esa sonrisa nerviosa era la prueba evidente de que algo había ocurrido.

—Yo…, yo, ya me iba. Hasta luego.

Y salió disparada ante la mirada acusadora de la chica que la siguió con la vista hasta que la puerta se cerró.

—Vaya, vaya… —murmuró volviéndose hacia a Andrés.

Él sonrió.

—¿Decías?

—Nada.

Él estaba llamando a recepción pidiendo un jarrón.

—¡Qué bonitas! —exclamó Lorena—. ¿Las ha traído Lilian?

—Sí.

—Todo un detalle. Pero ¿ha venido hasta aquí solo para traer un ramo de flores? ¡Qué poco tiene que hacer!

—¿Querías algo? —preguntó él molesto por el comentario.

Sacó unos documentos de una carpeta y se los dio para que los firmara. El silencio se adueñó de la estancia durante los siguientes cinco minutos.

 

No vio a nadie en su trayectoria a través del pasillo y del vestíbulo de hotel porque era incapaz de ver, de oír, de pensar. Su mente iba nublada por las emociones, sus sentidos sobresaltados, y tan alterada que no fue capaz ni de reconocer a Pilar, la madre de Andrés, que se acercaba sonriente.

—¡Liliana, preciosa! —exclamó la mujer.

Tuvo que tomar aire antes de responder.

—Ho… hola. ¿Qué… qué tal? —acertó a decir, tan nerviosa que no era capaz de ordenar las palabras. Pilar le preguntó por su hijo Andrés. Ella le aseguró que acababa de dejarlo en el despacho.

—¿Me acompañas?

—¿Eh? Lo siento, Pilar. Pero tengo muchísima prisa. De verdad. Me tengo que ir. Hasta luego —se despidió moviendo los dedos en el aire.

Caminó tan rápido que llegó enseguida al aparcamiento. Buscaba el mando para abrir el coche en el bolso, cuando escuchó una voz masculina que la saludaba. Giró la cabeza y vio a Juan, el hermano mayor de Andrés.

—Ah… hasta luego, Juan.

¿Me voy a encontrar con toda la familia Salgado? se dijo. Ya sentada en el asiento y antes de encender el motor, golpeó el volante con rabia: Dios mío, se dijo… ¿por qué? ¿Por qué? ¿Por qué ahora?

 

Mientras tanto, Lorena y Andrés seguían en silencio.

—¿Te ocurre algo? ¿Por qué estás tan raro?

Él tosió para aclarar su garganta antes de responder.

—¿Raro? No sé. Estoy como siempre —dijo al tiempo que firmaba la última hoja de los documentos—. Y si no te importa, déjame solo. Tengo mucho trabajo por hacer.

Unos segundos después levantó la vista al ver que volvían a llamar a la puerta. ¿Quién demonios será ahora?, pensó. Su madre apareció ante sus ojos. La saludó con desgana. Esta le recordó había quedado en acompañarla a casa para comer juntos.

Él suspiró. Lo había olvidado por completo.

—Lo siento, mamá. Estoy muy ocupado. No puedo ir contigo. ¿Quieres que llame a un taxi?

—Hum… ¡hijos! No puedo contar con vosotros para nada. Si hubiera tenido una niña seguro que sería distinto. Ya se lo decía a tu padre: los chicos nunca miran por una madre como una chica… —refunfuño.

Andrés sonrió.

—Mamá. No te quejes. Ya sabes que te mimamos mucho…

—Sí, sí, anda, llama a un taxi, que se me hace tarde.

Mientras llamaba, lo observó. Era el menor de sus hijos, el más rebelde, el más soñador e idealista, pero el más tierno y cariñoso de los tres. Y el más guapo, ¡para qué negarlo! Se parecía a ella y mucho. Se sentía muy orgullosa de todos, pero no podía negar cierta predilección por Andrés.

—Por cierto acabo de cruzarme con Liliana. Iba tan deprisa que ni me vio —comentó mientras abría el bolso y buscaba el paquete de tabaco—. Es una lástima que esté casada. Me gustaba tanto para ti. Hacéis tan buena pareja. Tendríais unos hijos preciosos. ¡Qué pena!

Andrés bajó la vista mientras su madre intentaba encender un cigarro.

—Mamá. No se puede fumar. Ya lo sabes.

Pilar refunfuñó por lo bajo y desistió del intento. Eso de tener hijos que no fumaban y casi nunca tomaban alcohol no era lo más conveniente. Tendría que haber sido al revés y ser ella quien les reprendiera. Pero le habían salido tan buenos chicos que nada tenía que objetar, más bien dar gracias al cielo por su suerte.

—Esperaré el taxi en la calle, por lo menos podré fumar tranquila.

Andrés sonrió.

—Sí, mamá. Será mejor…

 

 

En el refugio de su casa, Lilian, durante toda la tarde, no pensó en otra cosa que en Andrés. Y deseaba odiarlo, deseaba aniquilarlo de su mente. Estaba furiosa. La había rechazado cuando lo amaba y lo necesitaba tanto… y ahora que había aprendido a sobrevivir sin él, volvía a aparecer en su vida.

Y nadie más que ella tenía la culpa de haberse casado con Alfonso. Una traición a sí misma porque era capaz de ver que no lo amaba. Una traición a ella y a Andrés. Ya no importaba que no hubiera podido ser su esposa o su novia, hasta su amante o tener un hijo suyo, tenía que haber comprendido que lo había amado siempre. Nunca debió de conformarse con menos de lo que le imponía el corazón. Ya era hora de admitir que todo había sido un desastre. Había cedido a casarse con Alfonso totalmente equivocada, huyendo de Andrés Salgado, y al mismo tiempo reteniéndolo en la inconsciencia de su alma. Nunca había estado enamorada de Alfonso. Nunca lo vio tan claro como hasta ese momento. Y no podía culpar a nadie de su error. Solo a sí misma. No se movió de casa. Cuando Alfonso regresó por la noche, la encontró cabizbaja, ensimismada, como en otro mundo.

Ella no se alegró de verlo. Todo lo contrario. Le irritó tenerlo cerca. Le molestó que le hablara durante la cena.

Y después llegaría la noche y tener que compartir la misma cama no era lo que más deseaba. Rogó en silencio para que se encerrara en el estudio hasta las tantas como hacía muchas veces. Pero ni en eso tuvo suerte. Ella se fue a la cama pronto y él la siguió ante su total desolación.

Mientras ella se quitaba la ropa, Alfonso se acercó por detrás y la besó en la nuca. Ella se apartó casi con brusquedad.

—No, Alfonso.

Se alejó y se fue a sentar sobre la cama, mientras él seguía en el mismo sitio, observándola.

—¿Por qué? —preguntó él.

—Porque no me siento bien.

—¿Estás enferma?

—No, no. Es que no estoy de humor.

—Y ¿qué quieres decir con que no estás de humor?

—Pues eso, que no estoy de humor.

—¿Se puede saber qué te pasa?

—Nada. No me apetece… y no voy a hacer algo que no siento.

Él se acercó y se sentó a su lado. Le tomó la mano.

—Yo te quiero, Lilian. Sé que me he pasado contigo con respecto a todo lo de tu colaboración en las exposiciones, pero te prometo que todo va a ir bien entre nosotros. Si te hace feliz hacerlo, hazlo. He sido muy terco. Lo reconozco.

—No me has preguntado ni una sola vez —protestó ella—. Ni una sola vez. Te importa muy poco. Ya lo sé. No te importa nada de lo que hago o dejo de hacer.

—Claro que no. No digas eso.

Intentó besarla pero ella volvió la cara hacia el otro lado esquivándolo. Lejos de enfurecerse, Alfonso le habló con suavidad.

—¿De verdad no quieres?

Se quedaron en silencio unos segundos. Ella decidió preguntarle por su relación con Eva. Aseguró convencida de que sabía que estaban liados. Él se rió, burlándose.

—Pero que ocurrencias tienes, Lilian. ¿Yo con tu prima? Ni loco. ¿Estás celosa de tu prima?

—¿Celosa? —se burló.

A él no le gustó el tono jocoso de su pregunta.

—¿Qué pasa? ¿Crees que no podría gustarle a una mujer como Eva?

Lo miró de reojo.

—A Eva, le gustan todos los hombres, Alfonso. Sobre todo si se los puede quitar a las demás. Es su hobby favorito. ¿No lo sabías?

—No me hagas reír. ¿Me estás montando una escenita de celos? Estás completamente loca.

—No lo creo. Es más, estoy segura de que andas con ella. Pero sabes, me da exactamente igual. Me es indiferente. Haz lo que quieras. En el fondo, sois tal para cual.

Cogió la bata que tenía sobre la butaca y se dispuso a salir de la habitación.

—¿A dónde vas? —preguntó él.

—No tengo sueño. Me voy abajo.

Cerró la puerta dejándolo solo. Alfonso se quedó tranquilo. Una escenita de celos no estaba mal de vez en cuando. Se rió. Lilian estaba celosa y eso le producía una gran dicha. ¿Preocuparse de su antiguo amigo que no le llegaba ni a la suela de los zapatos? ¿Para qué? Lilian era suya totalmente. No tenía nada que temer. Andrés no suponía ninguna amenaza. Era un blandengue después de todo. No era ni la mitad de hombre que él. Pura fachada, murmuró entre dientes.

Se metió en la cama con una gran sonrisa y se dispuso a leer esperando que su mujer no tardara mucho en regresar a la habitación.

 

Lilian abrió el portátil para ver el correo electrónico, deseosa de encontrarse con un email de Andrés. El pulso se le aceleró cuando miró la bandeja de entrada y comprobó que en efecto había un mensaje suyo. Estaba ansiosa por abrirlo y al mismo tiempo inquieta por lo que pudiera decir:

 

Lilian,

Lamento mucho lo que pasó hoy en mi despacho. No volverá a suceder.

Andrés.

 

No volverá a suceder. Lo lamenta, pensó. Pues yo no lo lamento. No lo lamento en absoluto. Tal y como lo pensaba, lo escribió. Es más, incluso afirmó que había sido una maldita suerte que Lorena hubiera aparecido.

Él se encontraba mirando el ordenador y no tardó en abrir el correo. Al leer la respuesta de Lilian, se quedó perplejo. Volvió a leerlo una vez más pensando que estaba equivocado. ¿Insinuaba lo que se estaba imaginando? ¿Quería continuar? ¿Ir más lejos? ¿Tener una aventura con él? ¿Le daba igual su matrimonio? ¿Estaba dispuesta a arriesgarse?

No sabía qué responder. La deseaba, claro que sí. Nadie podía imaginarse lo mucho que pensaba en ella, de noche, despierto, a todas horas. Había estado luchando por aguantar, por mantenerse a distancia, por ser fuerte.

Y aquella mañana, cuando la vio entrar en su despacho, tan sonriente, tan dulce, con las flores en la mano, tan seductora, tan cautivadora… pensó que ni un bloque de piedra podría resistirse a tales encantos. Y él no era precisamente ninguna piedra.

Le excitaba con solo imaginárselo y fantaseaba con acariciar cada milímetro de su piel, besar sus labios una y otra vez, hacerla vibrar de placer, de pasión…

Decidido escribió:

 

Mañana en el hotel, dejaré en recepción un sobre para ti. Contendrá una llave de una de las habitaciones. Si no la pides, entenderé que no te interesa. Si la pides, espérame allí. A las cuatro y media.

Andrés.

 

Cuando Lilian leyó aquellas palabras escritas por Andrés, sonrió, se acaloró y a punto estuvo de caerse de la silla de la impresión. Decidió borrar el email. Y nada más cerrar el correo electrónico, Alfonso apareció detrás de ella con tal sigilo que Lilian ni lo escuchó.

—Lilian —exclamó con voz autoritaria.

—Alfonso. ¡Qué susto me has dado!

—¿Se puede saber qué haces?

—Miraba el correo.

—Vaya, últimamente estás muy pendiente de tus mensajes. Y dime, ¿alguna noticia importante?

Ella vaciló antes de responder.

—Pues sí. Me ha escrito Olga. Llegará en tres semanas.

—Mira qué bien. Así ya no te sentirás tan sola —dijo con cierto retintín.

—Estoy deseando verla —respondió al tiempo que cerraba el portátil.

Olga era su amiga. Hacía dos años que no se veían. Su mejor amiga, su confidente, residía desde hacía cuatro años en Suecia. Se había enamorado de un sueco en unas vacaciones, y no había dudado en dejar todo para irse con él. Lilian la echaba mucho de menos. El haber vivido tantos años fuera, codearse con el ambiente de Alfonso, la había dejado bastante aislada de su mundo. Aparte de Olga, estaba María, pero cuando contactó con ella al volver a instalarse en la ciudad, esta no mostró mucho interés en recuperar su amistad. Se citaron un par de veces para comer juntas, pero ambas descubrieron que ya no tenían nada en común. Sus vidas eran muy diferentes. María dijo que la llamaría, pero nunca lo hizo. Cuando Lilian volvió a intentarlo, no obtuvo una respuesta positiva. Su antigua amiga solo puso excusas, hasta que Lilian, cansada de tanta disculpa, dejó también de llamarla. Estaba claro que no quería nada con ella.

Solo le quedaba Olga, la única a la que consideraba lo suficiente digna de contarle sus pecados. Olga no le había fallado nunca ni tampoco se iba a escandalizar de lo que pudiera contarle.

Las demás, pasaban al rango de conocidas, y no eran precisamente a las que pudiera confesar sus intimidades. Lo sucedido con Andrés, le asfixiaba tenerlo dentro. Deseaba desahogarse, averiguar de una vez por todas qué estaba pasando en su vida, en su matrimonio, y lo peor de todo por qué se sentía tan confundida, por qué deseaba tanto a Andrés y aborrecía cada vez más hacer el amor con Alfonso.

Lo evitaba, lo evitaba siempre que podía. Sabía que él acabaría perdiendo la paciencia, aunque no creía que fuera capaz de forzarla, sin embargo pensándolo bien, casi lo había hecho aquella noche. Sí, no violentamente, pero la había obligado en contra de su voluntad. No deseaba irritarlo, pero su cuerpo no respondía a sus caricias, no podía, era superior a ella.

 

Decirle algo de Andrés a su madre, impensable, pondría el grito en el cielo.

Tal vez a su hermana podría decírselo aunque conociendo la antipatía que sentía hacia Alfonso, seguro que la animaba a lanzarse a la aventura. A la única que podía contárselo era a Olga.

La comunicación con su amiga era escasa. Aunque de vez en cuando se escribían por email. Olga, siendo madre de unos gemelos de tres años, y trabajando a turnos, no estaba por perder mucho tiempo en la pantalla del ordenador. Lilian recibía sus mensajes casi con cuentagotas. Por eso la idea de volver a verla la hizo feliz. ¡Tenía tanto que contarle! Pensar en ella y en Andrés la confortó.

No mostró ningún deseo a que Alfonso le hiciera el amor por mucho que intentó convencerla esa noche. Como solía ser habitual, él acabó por enfadarse. No podía permitir que se negara una noche sí y otra también. Era su mujer y como tal tendría que comportarse. La dejó por imposible aunque le advirtió que no iba a volver a permitirle tanta tontería. Ella ni se inmutó. Se dio media vuelta, dándole la espalda evitando que sus cuerpos se rozaran. Tanto, que se quedó al borde de la cama y si se hubiera movido entre sueños se habría caído sobre la alfombra.

Apenas durmió. Estaba inquieta, preguntándose si sería capaz de ir a la cita con Andrés. Nunca se había planteado hacer algo así. No estaba educada para ser la amante de otro y engañar a su marido. Pero la realidad se abría ante sus ojos por mucho que no la quisiera ver. Andrés era el único hombre que podía arrastrarla a cometer semejante locura. No podía evitar todo lo que sentía cuando pensaba en él ni que su cuerpo respondiera ante la idea de simplemente rozarlo como si estuviera en plena efervescencia hormonal.

El teléfono sonó mientras desayunaba una taza de café con cereales.

—Hola, mamá.

—¿Qué haces?

—Desayunar. —El reloj de la cocina marcaba las ocho y media—. ¿Por qué?

—Pensaba que podrías acompañarme esta tarde hasta Ikea. Necesito ir a mirar un armario que quiero poner en tu antigua habitación. He visto en el catálogo que tienen muy buen precio y la oferta termina hoy.

—Hum… Pues… —Su madre no conducía y su padre odiaba ir de compras— ¿Cuando quieres ir?

—Esta tarde.

—¿No puede ser mañana?

—Imposible. Te estoy diciendo que la oferta termina hoy.

¿No le servirá cualquier tienda de muebles de la ciudad que estaba mucho más cerca? No, quería desplazarse a veinte kilómetros por un maldito armario, pensó Lilian.

—Si no quieres, no importa —dijo su madre, ofendida por su silencio.

—Lo siento, mamá. Hoy no puedo. Tengo trabajo —se excusó—. ¿Le has preguntado a Claudia?

—Está trabajando, ya lo sabes.

Lilian se quedó callada sin decir nada.

—Ya veo que es demasiada molestia para ti. No te importuno más. Trataré de convencer a tu padre para que me lleve —respondió antes de colgar.

—¿Mamá?

Estaba segura de su madre esperaba su llamada diciéndole que lo sentía y que estaba dispuesta a acompañarla. Podía imaginársela pegada al teléfono. Y estaba en la cierto, Ángela esperó en vano porque Lilian no descolgó el auricular para marcar ningún número. Nadie, ni su propia madre, iba a estropear su cita con Andrés.

 

 

Andrés salió a toda prisa del restaurante donde había compartido una comida con su hermano Luis y la mujer de este. Nada más de terminar el postre, miró el reloj. Se le estaba haciendo tarde para el encuentro con Lilian. Se despidió de la pareja.

—¿No te quedas a tomar ni un café?

—No. No tengo tiempo —aseguró mientras se ponía la cazadora de cuero.

Condujo más de una hora hasta llegar a la ciudad. Durante el trayecto no había dejado de preguntarse si Lilian acudiría al hotel. Le preocupaba tanto que apareciera como que no. Ella lo deseaba. Lo había dejado bien claro en su email. ¿Por qué se sentía tan nervioso? Puso un CD de Bruce Springsteen para dejarse llevar por la música y no pensar.

Hasta entonces ninguna mujer había hecho dudar a su conciencia por los actos cometido junto a ellas. Eran adultos… que ella estuviera casada, era algo inadecuado. Pero ¿desde cuándo un impedimento? No lo había sido meses atrás, cuando mantuvo una historia con una chica francesa que le había acosado sin descanso durante su semana de vacaciones en Ibiza. ¿Desde cuándo se había vuelto tan recatado? También era cierto que no conocía al marido de Marie y a Alfonso Torres sí , o que la joven buscaba solo sexo y Lilian no era de ese tipo de mujeres; también le importaba demasiado y no deseaba herirla, ni destruir su felicidad, pero ¿acaso era feliz con su marido? No, no podía serlo si estaba dispuesta a verse con él en la habitación de un hotel. Solo tenía que recordar lo ocurrido el día anterior, cómo había respondido a sus besos, a sus caricias; si no hubiera aparecido Lorena. ¿Hasta dónde habrían llegado?

Dejó el coche en el parking. Salió a la calle y se acercó hasta la farmacia más próxima para comprar preservativos. Desconocía si Lilian utilizaba algún método anticonceptivo, pero si estaba buscando ser madre, seguro que no.

Tampoco sabía lo que iba a ocurrir cuando subiera a la habitación o si al final habría acudido a la cita. Decidió pasar por recepción para averiguar qué había pasado con el sobre.