El contrato disponía también el nombramiento de Juan de Oñate como adelantado, capitán general y gobernador de Nuevo México, cargo que pasaría a su hijo Cristóbal. Correspondía al virrey el suministro de la municiones, la pólvora —tres mil libras— y los cañones, más diez mil proyectiles de arcabuz. Parte de las cotas de malla y escarcelas, así como otro material de guerra de uso individual, fue adquirido por el propio Oñate para equipar a sus hombres.

Los expedicionarios eran hombres en general jóvenes, pues noventa no llegaban a la treintena y solo unos pocos estaban por encima de los cuarenta, lo que no impedía que hubiese también encanecidos veteranos como el alférez Francisco de Sosa Peñalosa, que tenía sesenta años. Reclutarlos no fue sencillo, pues después de las grandes expediciones exploradoras de la primera mitad del siglo, quedaban ya pocos aventureros en México y la mayor parte de la población española estaba acostumbrada a las comodidades de su nueva existencia y era reacia a arriesgar su vida y hacienda en extrañas aventuras de éxito dudoso. Por lo tanto Oñate decidió buscar a los que eran como él, criollos y mestizos ambiciosos, muchos de los cuales anhelaban, aún más que la riqueza, la promoción social que les supondría el título de hidalgos y entrar así en los círculos de descendientes de los primeros conquistadores cuyos padres habían acompañado a Cortés o descendían de los primeros colonos llegados de España. Tal era el caso de Gaspar Pérez de Villagrá, procurador de justicia de la expedición, hombre de leyes y letras; o el de sus sobrinos Juan y Vicente Zaldívar. El resto los reclutó entre ambiciosos recién llegados, que aún no tenían una posición sólida en la sociedad colonial, cada vez más jerarquizada [14], y que aún sentían deseo de aventura. Algunos de ellos habían combatido en el Mediterráneo y Flandes y eran tan duros y audaces como la mayoría de los soldados españoles de la época. Durante la expedición tuvieron ocasiones sobradas de demostrar sus recursos, habilidades y valor. En su mayor parte eran originarios de las dos Castillas y Andalucía, pero no faltaban cántabros, asturianos, gallegos y vascos. En total, de los 129 expedicionarios un tercio eran criollos y el resto eran españoles y un puñado de gente de Portugal, nación en la que desde 1580 reinaba Felipe II. Había también un griego, Juan Griego, y un flamenco, Rodrigo Velman.

Los últimos obstáculos

En 1595 Oñate no había logrado aún finalizar y cerrar la parte del contrato que le correspondía. Los obstáculos que tenía por delante eran superables, pero, desgraciadamente, el nombramiento de su amigo Luis de Velasco como virrey del Perú fue una mala noticia, pues su sucesor Gaspar de Zúñiga y Acevedo, conde de Monterrey, no era partidario de lo que se estaba preparando y en septiembre de 1596, dio orden de que nadie partiera hacia Nuevo México sin su autorización expresa. En México, todos pensaban que el nuevo virrey quería encargar la expedición a su amigo Pedro Ponce de León, si bien, para suerte de Oñate, su rival no fue capaz de reunir los fondos necesarios para una expedición tan compleja, por lo que los planes siguieron su curso.

En enero de 1597 todo estaba listo para la marcha cuando se produjo un retraso motivado por una nueva inspección que, finalmente, terminó de forma favorable cuando el grupo principal se encontraba en Santa Bárbara, en Chihuahua. Incluso a pesar de que el propio rey Felipe II ordenó que la expedición partiera a mediados de año, el virrey siguió oponiéndose y ordenó otra inspección, amenazando con detener la marcha si se partía sin su permiso. Oñate cedió y aceptó la nueva inspección si no se demoraba más de dos meses. Pasado el tiempo acordado el inspector no se presentó, y una parte de los soldados, hartos de esperar, abandonaron el lugar de concentración. Cuando, por fin, el inspector Frías llegó al campamento de los expedicionarios fue recibido con los honores debidos, pero desde el principio se percibió su mala fe, ya que todas las medidas que adoptó iban en contra de los intereses de Oñate. Frías amenazó con pena de muerte a quien abandonase el campamento, lo que impidió un buen control del ganado, que se dispersó por el campo, y aplazó la revista final para el 8 de enero, con la esperanza de que muchos hombres abandonaran a Oñate.

Por si fuera poco, Frías no autorizaba la salida de la expedición, pues alegaba que la falta de ochenta soldados ponía en peligro el éxito de la misma, pero ante tan desesperada situación, Juan Guerra, segundo en el mando de Oñate, y su esposa, la gentil Ana de Mendoza, se comprometieron a abonar a su cargo el salario de los soldados para no verse obligados a esperar su regreso o su reemplazo. Guerra pagó los costes de la inspección y por fin obtuvo el permiso para partir, pero Frías ordenó la salida antes de que los carros y vehículos recibiesen el último ajuste, con el fin de perjudicar a Oñate. No pudiendo hacer el inspector del virrey nada más para demorar la partida, la expedición salió el 26 de enero de 1598, fecha inolvidable para la historia de Nuevo México.

Debido a los problemas que tenían los carromatos, la expedición no había avanzado ni siquiera ocho kilómetros cuando hubo de detenerse, momento que aprovechó Oñate para ordenar la acampada de los 83 carros tirados por bueyes que se extendían a lo largo de una legua. Llevaba siete mil cabezas de ganado, mujeres y niños y un pequeño grupo de religiosos, escoltados todos ellos por los mejores guerreros de su tiempo, los soldados del rey Felipe II de España.

Con el fin de evitar errores, Vicente de Zaldívar, sobrino de Oñate, partió en vanguardia con 17 hombres para abrir camino y descubrir obstáculos que pudiesen perjudicar a la expedición. Su trabajo fue esencial, pues evitó retrasos innecesarios y errores. Avanzando hacia el norte, pararon junto a un río al que llamaron Jueves Santo y donde acamparon en Semana Santa. Antes había ocurrido un suceso importante para el futuro católico de Nuevo México. En febrero, fray Diego Márquez, el franciscano que acompañaba a la expedición había decidido regresar a México, y el capitán Farfán, que le acompaño en su retorno, se incorporó de nuevo a la expedición acompañado de dos padres y ocho hermanos franciscanos que se unieron al grupo principal el 3 de marzo y serían los responsables de la evangelización de Nuevo México.

Cuando Oñate salió de Santa Bárbara, esta localidad era en aquel momento la población más al norte de Nueva España. Además era meta final de uno de los cuatro grandes caminos del virreinato. Todos nacían en México y el primero iba hasta Veracruz, el segundo llegaba a Acapulco, el tercero a Guatemala y el cuarto, el de Durango, acababa en la remota Santa Bárbara. Pero más allá, no había nada, solo el Río Grande y un territorio desconocido.

La posesión de Nuevo México

Antes de pasar el Río Grande hubo que atravesar el río de las Conchas, operación difícil para la que se construyó un puente usando 24 ruedas de las carretas que atadas con amarras se lanzaron al agua. Sobre ellas se colocaron troncos de árboles para que pudiese pasar el ganado, operación tras la cual fue preciso un descanso que duró una semana.

La expedición alcanzó el Río Grande el 20 de abril, y lo cruzó el día de la Ascensión, tras varios encuentros con una banda de guerreros indios hostiles. Una vez en la orilla norte la primera obsesión de Oñate fue levantar una capilla y disponer así de una iglesia que diese a los colonos esperanza en su destino. Con troncos de árboles la construyeron y la adornaron con algunos de los ricos tapices que llevaban, y a las tres semanas ya estaba lista para celebrar una misa.

El 8 de septiembre de 1598, fiesta del nacimiento de la Virgen María, fue el día señalado para dar gracias por la suerte que hasta el momento había acompañado a la expedición. Fray Alonso Martínez, superior de los franciscanos celebró la misa y fray Cristóbal de Salazar dio el sermón. Luego, Juan de Oñate celebró una ceremonia oficial en la que tomó posesión de Nuevo México en nombre de España y del rey Felipe II.

Ese fue el primer Día de Acción de Gracias de la historia de los Estados Unidos, que antecede en 23 años al de los Padres Peregrinos de Plymouth [15]. El complejo documento elaborado por Oñate justifica la toma de posesión del territorio en la Bula del papa Alejandro VI de 1497, y se basa en tres motivos fundamentales: la muerte y martirio de los frailes Juan de Santa Marta, Francisco López y Agustín Rodríguez; la necesidad de corregir y castigar los pecados «contra la naturaleza y la humanidad» cometidos por los indígenas, y la salvación de los hijos de estos indígenas que no habían sido bautizados.

La declaración oficial de soberanía española sobre Nuevo México fue seguida de una gran fiesta en la que hubo juegos, comida y baile e incluso se representó una obra de teatro compuesta por Marcos Farfán que tenía como tema la evangelización de los indígenas. Lo que los improvisados actores no sabían es que acababan de realizar la primera representación teatral de la historia de los Estados Unidos.

Otra vez en marcha, avanzaron hacia el norte próximos al curso del Río Grande y en el poblado indio de Teipana recibieron una gran ayuda de los indígenas, que les facilitaron maíz en abundancia, por lo que Oñate bautizó el lugar con el nombre de Socorro [16]. La travesía del territorio más allá de El Paso había sido terrible, pues en ochenta millas —unos ciento veinte kilómetros— apenas había un pozo en el que poder encontrar agua. Después siguieron su ruta pasando por Eiguex y Zía hasta alcanzar Santo Domingo Pueblo, desde donde Oñate decidió enviar mensajeros a los pueblos vecinos para que los indígenas conocieran sus intenciones. Les habló de la necesidad de prestar fidelidad al rey de España, y les prometió su colaboración si lo hacían. Con posterioridad, al norte de Santo Domingo, a mediados de julio, localizó un lugar cerca de la población india de Oh-ke, donde decidió establecer un pueblo español. Tras acordarlo con los indios el lugar pasó a ser conocido como San Juan de los Caballeros, en honor del santo patrón del general Oñate y en recuerdo de la caballerosidad mostrada por los españoles con los indios oh-ke. Era el 18 de agosto de 1598 y acababa de nacer la primera población española de Nuevo México, a la que pusieron por nombre San Gabriel.

Ante la proximidad del invierno, Oñate pensó que resultaría útil emplear los restos de un poblado indígena abandonado llamado Yunque-yungue y pidió a los caciques indígenas autorización para ocupar las ruinas. Lo consiguió a cambio de ayuda contra los temibles apaches, cuyas incursiones tenían aterrorizados a los indios de la región. La reconstrucción de las pobres casas de adobe debió de ser muy penosa para los colonos y sus familias, que afrontaban el duro invierno en un territorio desconocido a miles de kilómetros de su civilización.

La desesperanza cundió en muchos de los expedicionarios que no veían futuro en la nueva ciudad de San Gabriel. Tal vez muchos se habían hecho ilusiones acerca de nuevas y feraces tierras, pero lo que tenían ante sus ojos era una tierra seca y pobre, en la que sería difícil labrar la tierra y en la que tal vez no habría otro futuro que pastorear ganado bajo la amenaza de las tribus salvajes de indios bárbaros. La consecuencia del descontento fue una revuelta protagonizada por cuarenta y cinco hombres, muchos con sus familias, por lo que su decisión de regresar a México ponía en peligro toda la expedición.

Oñate actuó con energía y ordenó la detención de los cabecillas de lo que consideraba una conspiración y los trató como desertores. La intervención de los franciscanos liderados por fray Alonso Martínez, logró el perdón de los rebeldes y todo quedó en una fuerte amonestación. Pero Oñate se dio cuenta de que si no quería perder el dinero invertido no solo tenía que mantener el orden, sino también dar una esperanza a quienes habían ido con la idea de encontrar una vida mejor. Además descubrió que cuatro de los soldados habían desertado. Para detenerlos y castigarlos, Oñate eligió a uno de sus mejores hombres, su amigo Gaspar Pérez de Villagrá, que aún no sabía que estaba destinado a ser el primer héroe de la historia de Nuevo México.