5. 4. En un país lejano
L
a ausencia del gobernador, que había marchado al sur para combatir a los indios yuma, hizo que el gobierno de California quedase en manos de Nicolás Soler, un capitán ayudante descrito por el historiador Carlos López como «ambicioso, rencoroso y probablemente frustrado en sus deseos de alcanzar grados más altos, como había sido el caso de Rivera».
López acierta al definir la diferencia esencial entre ambos: a Rivera la tropa le tenía un gran aprecio, lo que no sucedía con Soler, y eso provocó una situación desagradable hasta que Fages tomó el relevo. Neve no le dejó a Solre órdenes algunas, pues estaba claro que pensaba regresar, pero a Fages le dio una magníficas instrucciones sobre cómo debía guiar su gobierno. Eran 18 artículos en los que se establecía una inteligente y astuta política para los indios, misioneros y colonos y el mantenimiento en buen uso de los presidios. En el caso de los indios, recomienda la política de regalos que tan buenos resultados dio en otras partes, y establecía también unas normas duras para los soldados violentos, insubordinados, y que mataran ganado o maltratasen a los indios.
Un detalle importante en el aspecto militar era el interés que muestra la instrucción en la pacificación de los indios del sur de San Diego, ya que era vital mantener libres las comunicaciones. El impedirles aprender a montar había garantizado la maniobra libre y rapidez en las acciones de los españoles, lo que garantizaba la victoria en combates a campo abierto y la persecución eficaz de los indios hostiles. Fages, por su parte, intentó evitar los conflictos. Prefería que los religiosos se encargasen de los indios renegados, para intentar no causar daños irreparables en las relaciones con las tribus. Con una política de regalos y visitas se intentó conseguir establecer buenas relaciones mutuamente ventajosas para españoles e indígenas. La política española resultó muy exitosa en este aspecto, pues jamás se rebelaron los indios de la región de San Diego, algo que se había temido durante mucho tiempo.
Además de una serie de problemas con su mujer, que casi provocan un escándalo en Monterrey, el principal problema de Fages fue con los franciscanos. Y eso pese a que fray Junípero Serra había cambiado mucho y ya estaba viejo y enfermo. Cuando el misionero murió el 28 de agosto de 1784 en la misión de Carmel, las exequias fúnebres que se le hicieron fueron impresionantes.
Tras la muerte de fray Junípero, el padre Fermín Francisco Lasuén quedó como director de las misiones, y con él tuvo que coordinarse Fages. Pero a pesar de que el gobernador hizo todo lo posible para llevarse bien con los religiosos, nunca lo logró. Éstos jamás le trataron con el suficiente respeto, si bien al menos se mantuvieron separados en sus funciones, lo que evitó mayores fricciones.
Transcurría sin sobresaltos la vida de la colonia cuando el 14 de septiembre de 1786 dos barcos aparecieron entre la niebla en el puerto de Monterrey. Llevaban banderas blancas con flores de lis, lo que no dejaba dudas acerca de su nacionalidad francesa. Eran L'Astrolabey La Boussole, las naves del famoso explorador Jean Francois Galaup de La Pérouse.
Fages había recibido noticias de México que le indicaban que debía comportarse con el francés con cortesía y atención extremas, y atendió todas las peticiones de navegante galo y le suministró lo que necesitaba. A cambio de tan excelente trato, en el que participaron los misioneros y los 18 soldados del presidio, el explorador les regaló tela de paño azul, algo de gran valor en la remota California. La Pérouse dejó una breve descripción, en la que muestra, como más tarde le ocurriría a Vancouver, el asombro que le causaba la escasa fuerza militar de España:
Un teniente coronel que vive en Monterrey es el gobernador de ambas Californias. Su jurisdicción es de más de ochocientas leguas a la redonda pero sus súbditos consisten de solo 284 soldados montados, que forman la guarnición de cinco pequeños fuertes y que proporcionan destacamentos de cuatro o cinco soldados para cada una de las 25 misiones o parroquias en que se dividen la Nueva y la Vieja California. Esta débil fuerza es suficiente para asegurar la obediencia de unos 50 mil indios nómadas en esta extensa parte de América.
Después de permanecer diez días en Monterrey, La Pérouse regaló al gobernador unos sacos de patatas chilenas, producto desconocido hasta entonces en California, y zarpó con rumbo al este [68].
El problema del comercio y los bienes materiales
Durante la última década del siglo XVIII los suministros a California seguían siendo enviados desde México. El sistema comercial español era lamentable y el abastecimiento de productos americanos y europeos continuó por intermedio de los navíos que partían de San Blas.
Cuatro buques —Favorita, Princesa, San Carlos o Filipino y Aránzazu— hacían un viaje anual tocando en dos puertos, bien Monterrey y San Francisco o Santa Bárbara y San Diego. La llegada de estas naves constituía una verdadera fiesta, pues suponía para los pobladores de California poder acceder a objetos de los que carecían. No es por tanto raro que algunas mentes emprendedoras intentasen buscar algo diferente y más ventajoso.
El responsable de intentar explotar ese nuevo negocio se llamaba Vicente Basadre y Vega y llegó a California en 1786. Tenía importantes cartas de recomendación y órdenes precisas para desarrollar en la provincia el comercio de pieles de nutria y foca.
El gobernador, atendiendo a las instrucciones que traía el recién llegado, dictó medidas para regular el comercio de pieles. Los indios eran los encargados de conseguirlas, y debían entregarlas en las misiones. Serían los misioneros quienes se las venderían a Basadre a un precio tasado que se fijó entre 2 y 10 pesos, en función de su cantidad, calidad, peso y color. El comercio de las pieles se declaró estanco o monopolio del Estado, y cualquiera que intentase venderlas por su cuenta en California o en México sería detenido y su mercancía confiscada.
El problema del tráfico de pieles así planteado es el mismo que una y otra vez lastró el desarrollo de las colonias españolas: la falta de libertad comercial. La estrecha capacidad de los españoles de esa época para actuar como quisieran, tanto en sus creencias religiosas como en su capacidad para mejorar su bienestar material, colocó a España en enorme desventaja a la hora de defender su soberanía sobre un territorio, pues, la dura realidad, es que los colonos vivían, con frecuencia, mejor materialmente bajo soberanía inglesa que bajo la española o francesa.
El hecho es que el comercio de pieles en esas condiciones, anulaba la iniciativa individual y la capacidad de empresa. Además, cargaba a las misiones con más trabajo del que ya tenían en agricultura y ganadería, y a los militares con una responsabilidad añadida de la que no obtenían beneficio alguno. No es de extrañar que en la primera campaña anual no se lograsen ni 2.000 pieles, algo que una compañía inglesa del otro lado de América del Norte podía lograr en unas semanas de trabajo.
Como bien señala citado historiador Carlos López, la demanda por las pieles en China era tal que «La Pérouse creía que dejaría a España más oro que México». Por supuesto, poco después británicos, norteamericanos y hasta rusos, lograrían grandes riquezas con ese negocio del que España pudo obtener grandes beneficios.
Un desgraciado incendio en presidio de Monterrey causado por una chispa, redujo a cenizas la mitad de los edificios en el verano de 1789. Hubo que reconstruirlo todo, y se logró en apenas un año pero el gobernador Fages no vio terminado el trabajo, pues tras años de duro servicio en la frontera había pedido que se le relevara del cargo a finales de 1789. El nuevo virrey, conde de Revillagegido, le licenció y permitió regresar a México capital desde donde marchó a España con su sueldo de un año pagado por adelantado. Se le ascendió a coronel y se le ordenó que entregara el mando a su sucesor, personalmente o a través del vicegobernador José Joaquín Arrillaga, que estaba en Loreto. El aún gobernador dejó listas las cuentas y tras preparar el inventario de cierre de su periodo de mandato, entregó el gobierno de California a José Antonio Romeu el 16 de abril de 1789, antes de embarcar hacia San Blas.
Al poco de la marcha de Fages llegó a Monterrey el navegante Alejandro Malaspina con la expedición científica que estaba dando la vuelta al mundo. Venían del norte, de Fuerte Nootka, y llegaron a la capital de California en septiembre de 1791 en dos naves, las corbetas de la Real Armada Descubierta y Atrevida.
Ante la ausencia del gobernador, le correspondió al comandante del presidio, Luis Argüello, recibir a los ilustres visitantes, a quienes se facilitó todo lo que precisaban: frutas, verduras, carnes, queso, agua y materiales, desde maderas hasta cuerdas de cáñamo. La carga se hizo sin prisas, pues los expedicionarios estuvieron dos semanas recorriendo el interior para tomar especímenes de plantas y animales, que incorporaron a la colección que iban preparando en su larga navegación. Cuando terminaron, partieron rumbo al sur.
Los trabajos artísticos de la expedición, hechos por José Cardero, son hasta hoy los más valiosos desde el punto de vista histórico de la California española. Pero aunque los comentarios, diarios e informes de Malaspina son muy completos en cuanto a los indios, flora y fauna, hay pocas menciones a los misioneros y las misiones, y no hay alusión alguna al presidio y a sus tropas.
La defensa de California: presidios y fortificaciones
Durante un tiempo el gobierno de California estuvo vacante. Fueron varios los candidatos a ocuparlo, aunque no todos por su voluntad. Tal fue el caso de Pedro de Alberni, comandante de los Voluntarios de Cataluña destinados en la remota Nootka, cuya candidatura fue promovida ante el virrey por su mujer Juana Vélez. Otros candidatos fueron el experimentado y duro oficial de las campañas de la frontera Manuel de Echegaray, comandante del Presido de Santa Cruz en Sonora; el marino Francisco Mourelle de la Real Armada, que había participado en las exploraciones de la costa norte; y Diego de Borica, un oficial con gran experiencia en la frontera que había guerreado con apaches y comanches, inspeccionado presidios, y que ocupaba el cargo de subinspector de las Provincias Internas. Borica resultó finalmente el elegido. Era alavés, de Vitoria, y, además de militar, caballero de la Orden de Santiago.
El 14 de mayo de 1794 Borica recogía en Loreto el nombramiento de gobernador interino y siguió viaje por tierra a Monterrey. Encontró las fortificaciones y presidios de la Alta California en un estado lamentable, salvo el fuerte de Santa Bárbara, y eso a pesar de que habían llegado noticias de guerra contra Francia, y se había informado al virrey de que la provincia estaba totalmente indefensa.
Además de tener que fortificar y reparar los presidios, el nuevo gobernador tuvo tiempo de mejorar la economía, que en los años de su gobierno logró un espectacular crecimiento. También se hizo un gran esfuerzo por mejorar la educación, estableciendo escuelas públicas en todos los presidios y obligando a los alcaldes de los pueblos y villas a que velasen para que todos los niños fuesen escolarizados. Algo muy avanzado para la época.

La llegada al cargo de Borica coincidió con el relevo en México, donde el virrey Revillagigedo había dejado entre las instrucciones que legó a su sucesor, el marqués de Branciforte, la urgente necesidad de mejorar las defensas de los puertos de California, cada vez más expuestos a una agresión extranjera.
En 1793, Revillagigedo decidió seriamente fortificar los cuatro presidios de Alta California. Durante el gobierno de Arrillaga algo se había hecho en San Francisco, donde los esfuerzos se habían concentrado en la explanada elegida por Anza en su primera expedición. Se trataba de levantar un castillo en el Cantil Blanco, el punto más cercano a la costa norte de la bocana, donde hoy la cruza el puente del Golden Gate. También se habían reforzado otros lugares defensivos en San Diego y Monterrey.
Para todo ello se recurrió a Miguel de Constansó, que además de ser un hombre muy competente, se había labrado una gran reputación en México como experto ingeniero, y conocía California por haber estado en la expedición de Portolá. Constansó estuvo apoyado por Alberto de Córdoba, cuya misión consistía en supervisar lo que ya se había construido y establecer nuevas baterías. Su contribución principal estuvo en la batería de Yerba Buena, en San Francisco, y Fuerte Guijarros, en San Diego.
El 8 de diciembre de 1794, se bendecía el castillo de San Joaquín, en San Francisco, bajo el mando del alférez José Fernández Pérez, que actuaba como comandante accidental. En el castillo se había establecido una batería de ocho cañones, y se habían construido atalayas para los centinelas, santabárbaras, y un pequeño cuartel. En ese mismo año se construyó una segunda batería en Punta Médanos, o punta San José, donde hoy se encuentra el Fuerte Mason. La batería tenía defensas de madera y montaba cinco cañones de 8 libras. Pese a sus deficiencias, San Francisco fue el mejor artillado y el más fortificado de los puertos de California.
También se estableció por orden del virrey un fuerte en San Diego, precisamente en el sitio que Vancouver había pensado. El lugar escogido fue Punta Guijarros, en la península de la Punta de la Loma.
Todas estas mejoras defensivas se vieron reforzadas en 1796, cuando la compañía de Voluntarios de Cataluña al mando de Alberni, ahora ascendido a teniente coronel, llegó a San Francisco junto con 25 artilleros, enviada por órdenes expresas del virrey para reforzar la guarnición de las fortificaciones.
A pesar de las críticas que en su momento se hicieron, no todas las baterías y defensas de la costa californiana resultaron inútiles o malas. En primer lugar, existían, y a primera vista imponían respeto a cualquier agresor. Dos hechos lo prueban: el intercambio de disparos entre un buque norteamericano y el fuerte Guijarros de San Diego en 1803, y la rendición en Monterrey de una de las naves del corsario argentino Hipólito Bouchard. Lo cierto es que al final cumplieron su papel y California resultó inexpugnable para los enemigos de España, que eran muchos.
En cuanto a los presidios, habían sufrido un notables desgaste por efecto del tiempo, por lo que su estado y dotación eran de lo más variado. El más sujeto a cambios en lo referente a su guarnición era el de San Diego, algo lógico pues era el punto de comunicación entre la Baja y la Alta California. Su compañía de guarnición estaba habitualmente formada por 60 hombres, que incluían dos mecánicos, un armero y un carpintero.
En San Francisco la construcción del fuerte de San Joaquín y sus constantes reparaciones liquidaron los recursos del presidio y de la guarnición, pese a trabajar en las obras más de cien indios dirigidos por soldados que también colaboraban. En Santa Bárbara las dependencias y el estado general eran razonables, por lo que fue el que menos reformas necesitó. Finalmente, Monterrey, sede del gobierno, se mantenía en buenas condiciones pero no así las dependencias, que necesitaban de urgentes reparaciones a pesar de las reformas hechas tras el incendio de 1789.
Durante el período de 1791-1800 el estado de los presidios, la condición de la tropa y las defensas costeras, mejoraron y se incrementaron. Todos los presidios mantenían caballos, muías y otro ganado. Los primeros eran esenciales para las funciones militares, y las muías también, pues se dedicaban al transporte. En cuanto al ganado vacuno, además de utilizarse los cueros de las reses, se aprovechaba como alimento, y se daba muy bien en la mayor parte del país. El llamado Rancho del Rey, en el presidio de Monterrey, disponía a finales de 1791 de más 5.000 cabezas de ganado vacuno y 2.000 caballos cuidados por los soldados, que actuaban también como vaqueros para evitar robos de los indios o los ataques de animales depredadores, como lobos o pumas.
El desarrollo: más misiones y pueblos
Durante el gobierno de Borica se mantuvo el interés por aumentar la población de California, el eterno problema de las colonias españolas en América del Norte. Para conseguirlo se hicieron algunos intentos de estimular la formación de familias. Borica pidió al virrey que se enviaran a California mujeres honestas, y se distribuyeron 19 muchachas huérfanas entre las familias de los soldados. Dos de ellas se casaron antes de un año de su llegada. Con el mismo fin se buscó aumentar el número de familias casadas, bonificando con cuarenta pesos a los soldados que contraían matrimonio.
Junto a estas medidas encaminadas a aumentar la población, también nacieron nuevas misiones, para lo cual se precisaba explorar previamente los lugares idóneos, enviar expediciones con escolta militar y pedir las correspondientes autorizaciones al virrey en México.
Estas expediciones mejoraron mucho el conocimiento del interior del extenso país. El sargento Pedro Amador, del presidio de San Francisco, siguió la ruta que Anza, había explorado 20 años antes, y nombró Alameda a un lugar que todavía conserva el nombre. En sus cercanías se fundó la Misión de San José en 1797, a la que se asignó una custodia de cinco soldados a cargo del cabo Miranda, y el gobernador Borica ordenó al cabo Ballesteros que con cinco hombres fundara la misión de San Juan Bautista.
El 25 de Julio de 1797 se fundó la tercera misión, San Miguel, en el valle de Salinas, entre las misiones de San Luis Obispo y San Antonio, en la que se dejó una custodia de cinco hombres al mando del cabo José Antonio Rodríguez.
Dos misiones más se establecerían en el sur. Entre San Buenaventura y San Gabriel encontraron los misioneros un lugar apropiado, pero estaba ocupado por un colono llamado Reyes, al que desalojaron del lugar. Allí nació la misión de San Fernando Rey de España, que con toda probabilidad no tuvo tropas destinadas a su protección.
La última misión se fundó al año siguiente, pues en febrero de 1798 Borica ordenó al comandante de San Diego que enviase una pequeña tropa, que debía quedar bajo las órdenes del padre Lasuén, para construir una misión entre San Juan Capistrano y San Diego a la que se llamó San Luis Rey de Francia.
El último gran paso fue la fundación de un pueblo en la costa fortificado y protegido por sus propios pobladores, que debían ser soldados presidiales. Eso formaba parte de un plan de defensa del virrey para incrementar en la provincia el número de «gentes de razón», y ofrecía dos posibilidades: o traer a soldados y sus familias de Filipinas —en el galeón de Manila— o establecer a los colonos en las misiones, para que el ejemplo de vida en comunidad sirviese de modelo a los indios.
Siguiendo instrucciones del virrey, el gobernador Borica pidió a Alberni y a Córdoba que exploraron la región cercana a San Francisco y buscarán un buen lugar para establecer una colonia. En 1796 Alberni y Córdoba presentaron tres posibilidades: San Francisco, Alameda y Santa Cruz. De los tres, se eligió el peor, la ribera sur del río que separaba a la misión de Santa Cruz, en la bahía del mismo nombre.
El gobernador envió su informe al virrey pidiendo los recursos necesarios y colonos, que llegaron el 12 de mayo de 1797 con sus familias. Todos estaban enfermos y su aspecto era lamentable, pues se trataba de vagabundos y criminales recogidos en México. El gobierno de la provincia se vio en la necesidad de hacer un gran esfuerzo para que estuviesen en condiciones de hacer algo útil, por lo que primero hubo que curarlos y vestirlos y el ejército les construyó un pueblo. Quedó al mando el sargento Gabriel Moraga, que siguió las órdenes de procurar que en el nuevo asentamiento hubiese paz y armonía. Estaban prohibidas las relaciones sexuales ilícitas, el juego, la borrachera y la vagancia, y se obligaba a rezar el rosario, asistir a misa, confesarse y comulgar una vez al año.
Con estas fundaciones, la California española recibió su forma final, pues en los veinte años siguientes no habría grandes novedades. En abril de 1799 Borica solicitó al virrey su traslado a un puesto de menor responsabilidad en México. No se atendió su petición, pero le concedieron un permiso de ocho meses, y en enero de 1800 abandonó California con su familia.
El virrey no nombró de momento sucesor, pues la marcha de Borica era un permiso temporal. Se limitó a ordenar que Arrillaga ocupase vez más el cargo de gobernador interino, que debía ejercer desde Loreto, quedando el coronel Alberni a cargo de las fuerzas militares y de la gobernación de Monterrey. Pero Bórica no vivió mucho, ya que falleció en Durango el 11 de Julio de 1800. Durante el tiempo transcurrido entre su marcha de California y su muerte, España se encontró envuelta en uno de los conflictos más absurdos de su historia: la guerra con Rusia.
En guerra con Rusia
Tras la toma de la isla de Malta por Napoleón en 1798, cuando iba de camino a Egipto, los caballeros de la Orden Hospitalaria de San Juan de Jerusalén, hasta entonces señores y soberanos de la isla, se refugiaron en su mayor parte en Roma, pero muchos de ellos se acogieron a la hospitalidad que les ofreció el zar Pablo I, que siempre había admirado a los enemigos seculares de los turcos.
Agradecidos por el gesto, varios caballeros exiliados nombraron al zar Gran Maestre, a pesar de la oposición del Papa y de los altos dignatarios que estaban en Roma. Su Católica Majestad, el rey Carlos IV de España, apoyó a los que se oponían, toda vez que el zar era miembro de la Iglesia Ortodoxa y no obedecía al Papa ni seguía la fe católica.
Esta oposición frontal le sentó mal al zar, que además vio como España, aliada con Francia desde el Tratado de San Ildefonso de 1796, no entraba en la coalición contra Napoleón, por lo que ordenó —15 de julio de 1799— que se declarase la guerra a España, lo que se hizo efectivo el 9 de septiembre.
La declaración de guerra que no tuvo efecto militar alguno, pues tras la demoledora victoria francesa en Marengo, los rusos iniciaron un progresivo acercamiento a Francia. Curiosamente, ese mismo año de 1799 el zar había creado la Compañía Ruso-Americana, que tenía por objeto consolidar la expansión rusa en Alaska y más al sur.
El 23 de marzo de 1801 fue asesinado el zar Pablo. Su sucesor, Alejandro I, hombre liberal y bondadoso, notificó a España su elevación al trono y sus buenas disposiciones permitieron el restablecimiento de la paz el 4 de octubre de 1801 y la vuelta de los embajadores al año siguiente.
Afortunadamente, este pintoresco conflicto había tenido lugar en el tiempo transcurrido entre la evacuación española de la costa de la actual Columbia Británica (1795) y la llegada de los rusos a California (1806). De lo contrario, la cosa podía haberse convertido en algo más serio, pues la flota rusa estaba presente en el Mediterráneo desde 1770 y, con motivo de la guerra contra Francia, había un escuadrón naval en Lisboa cuando se anunció la extraña declaración de guerra.
De haberse producido un choque, los barcos rusos habrían sido sin duda barridos por la flota española —todavía la tercera del mundo—, cuyos buques en el otro extremo Pacífico, en Filipinas, podían haber atacado también la navegación rusa en el Extremo Oriente, además de haber destruido sus pequeños puestos comerciales en Alaska, situados en unas costas que los experimentados navegantes españoles conocían bien. Por suerte, esta vez predominó la cordura en ambas partes y el conflicto se deshizo.
El siglo XIX
La historia de la California española tiene dos partes. Una primera, que transcurre hasta 1810, en la que se consolidó como una tierra feraz, hermosa y pacífica, una de las más agradables provincias del imperio español. En la segunda, que alcanza hasta que se arrió la última bandera en San Diego en la primavera de 1822, los sucesos de la revolución en México y los conflictos por la independencia en toda América afectaron de forma dramática a su tranquila evolución.
España dominó California hasta 1821, pero desde fines del siglo anterior se produce una desorganización que se acentúa con los sucesos revolucionarios de México ocurridos en 1810.
En los primeros diez años del siglo, varios elementos negativos hacen su aparición. Tiene lugar una degradación, todavía hoy no muy bien explicada, del sistema administrativo y militar de la colonia originado en México, donde los virreyes fueron perdiendo el interés por su lejana provincia noroccidental. Las fortificaciones y defensas costeras se fueron deteriorando sin que nadie hiciese nada, y a esto se unió la decadencia de las tropas presidiales, que a diferencia de lo que sucedía en la conflictiva Texas o incluso en Nuevo México y Nueva Vizcaya, no debían estar en permanente tensión para repeler agresiones.
A estas causas habría que sumar las tribulaciones que en la provincia originó el comienzo de la guerra de independencia de México, que si bien no afectaron de forma directa a California, como ocurrió, por ejemplo en Texas, lo hicieron de forma indirecta pero importante.
Los insurgentes mexicanos capturaron en 1810 el puerto de San Blas, y cortaron la vía principal de contacto entre California y México. A todo esto se unieron dos sucesos no relacionados entre sí, pero que representaron una amenaza: la llegada de los rusos y los ataques de navegantes corsarios con patente de las nuevas repúblicas que combatían la soberanía española.
No obstante, el hecho cierto es que a principios del siglo XIX esta decadencia no se vislumbraba. La vida en un entorno amable y hermoso era agradable y la actividad militar era casi nula. En 1804 un decreto confirmó legalmente lo que era una práctica habitual, la división de California en Alta y Baja. La primera llamada oficialmente Nueva California, tendría capital en Monterrey, y la segunda, seguiría con capital en Loreto y se extendería por toda la península, cubriendo las misiones de los dominicos desde el Cabo San Lucas hasta un poco más al sur de San Diego, muy cerca de la frontera actual.
En enero de 1806 llegaba el gobernador Arrillaga a su capital en Nueva California, y Goicoechea dejó el mando del presidio de Santa Bárbara para hacerse cargo del gobierno de la Baja California en Loreto.
José Joaquín Arrillaga era también vasco, de Aya, en Guipúzcoa, donde había nacido de familia noble en 1750. Soldado en Sonora en 1777, era alférez en 1780, y adquirió una gran experiencia en la guerra contra los indios de la frontera. Ya había sido gobernador interino y se le consideraba hombre experimentado, de conducta recta y valiente. Fue excepcional en el sentido de que mantuvo buenas relaciones con los religiosos de la colonia. En el aspecto puramente militar son importantes sus Preceptos Generales para los comandantes, de 1806, en los que se detallan las normas para oficiales a cargo de los presidios, cómo debían de comportarse y actuar ante los indios, los misioneros y otros temas menores.
Cuando años después de su nombramiento pidió ser sustituido, no se aceptó su renuncia, pero se le ascendió a coronel de caballería en premio a su trabajo. Jamás volvió a España, ya que falleció ejerciendo el cargo en 1811.
Nada más acceder al puesto, Arrillaga informó al nuevo virrey, Iturrigaray, del mal estado de los presidios y de la necesidad de mejorar la artillería. Iturrigaray contestó que enviaría a un inspector, y entre tanto debían de construirse edificios más baratos pero capaces de resistir un ataque.
La otra preocupación del gobernador fue el escaso conocimiento que se tenía de la California interior, alejada de la costa. Gobernadores como Borica elucubraron con la posibilidad de atravesar las montañas y llegar basta Santa Fe, pero en realidad se trató solo de un sueño jamás realizado, pues las rutas interiores se exploraron solamente en la región de San Diego, gracias sobre todo al viaje de Anza, y los viajes de Fages o Garcés apenas habían aportado nada. A comienzos de siglo. Arrillaga era consciente de que sabían poco del inmenso país en el que vivían. Para paliar este desconocimiento, ordenó varias expediciones de exploración que debían buscar lugares interesantes desde el punto de vista militar, comercial o religioso, y fundar fortines, puestos de intercambio con los indios o misiones.
En 1806, saliendo desde San Diego, Santa Bárbara y Monterrey, partieron varias patrullas de dragones —cada una a cargo de un oficial, un sargento y un capellán— con la misión de dar nombre a ríos, montañas y otros accidentes geográficos.
En mayo de 1806 el alférez Maitorena, al frente de la primera expedición, salió de San Diego rumbo a la cordillera intermedia, y recorrió varias rancherías con escasos resultados. Ese mismo mes partió de Santa Bárbara la segunda expedición al mando del teniente Ruiz, que se adentró en el valle de los tulares, llegando a divisar Sierra Nevada. Contactaron con decenas de pequeñas tribus con las que apenas se entendieron, pero tomaron conciencia de lo impresionante del territorio y de sus increíbles posibilidades de futuro.
Sin embargo, la expedición que mejores resultados obtuvo fue la tercera, al mando del alférez Moraga, un californio, hijo de un dragón de cuera, que acostumbrado desde niño a la vida en la frontera era un explorador excelente. Con él iba el padre Pedro Muñoz, que llevó el diario de la expedición.
Moraga abrió nuevas rutas partiendo de San Juan Bautista en septiembre de 1806. Muchos de los arroyos estaban secos y avanzó por sus cauces. Atravesó el valle y el río que llamó San Joaquín, nombre que conserva hasta hoy, y llegó a un lugar cenagoso lleno de mariposas que sirvieron para darle nombre, continuando hasta el pie de las gigantescas montañas de Sierra Nevada. Tras atravesar lugares idílicos alcanzó la costa por San Gabriel.
Dos años después, Moraga realizó otro reconocimiento por el valle central, siguiendo un gran río que llamó el Sacramento. Todavía en 1810, acompañado del padre Viader, realizó una expedición, con treinta indios exploradores, en la que capturó a 20 fugitivos que devolvió a su trabajo en las misiones; y luego emprendió dos expediciones más. Una que fracasó, en un intento de localizar lugares idóneos para establecer nuevas misiones, y otra en la que llegó al norte hasta la bahía de Bodega.
Los primeros extraños. Yanquis en el Pacífico
Desde las exploraciones de Cook y Vancouver la presencia inglesa había sido una constante en el Pacífico Norte, pero tras su independencia en 1783, buques de los Estados Unidos comenzaron a navegar por la zona. Para llegar tenían que hacer un viaje larguísimo, pero la caza de la ballena y los negocios de pieles les daban grandes beneficios por los que merecía la pena ir al otro lado del continente.
Capitanes como Meares, Colnet, Gray o Kendrick habían tenido problemas en Nootka con las limitaciones que les impusieron los buques de guerra de la Armada española, entonces dueños y señores de las costas del noroeste de América. Pero los dividendos que se podían obtener en el Pacífico eran tantos, que la innata capacidad de empresa de los anglosajones hizo que los buques con matrícula de Boston recorrieran pronto de forma habitual las costas de California.
Los norteamericanos descubrieron dos cosas al llegar a California. La primera, que las leyes españolas de restricción del comercio eran implacables. La segunda, que todo el mundo deseaba vulnerarlas, pues los californios andaban escasos de casi todo, en especial de aquello que los norteamericanos querían venderles. De forma que no es de extrañar que, ya desde principios de siglo, sus barcos fuesen dominantes en la región, superando a ingleses y franceses.
Para comerciar, los norteamericanos usaban todo tipo de artimañas, pero en realidad pronto descubrieron que no hacía falta, pues la vigilancia costera española era prácticamente nula, lo que les permitía tratar con los indios, obtener pieles y cambiar los productos que traían de China, América del Sur, las islas del Pacífico o los propios Estados Unidos. Como es lógico, y dado el abandono en el que vivían, no es de extrañar que los comandantes de los presidios españoles dejaran hacer a sus vecinos y no se entrometieran.
No obstante, había quien no estaba dispuesto a incumplir las órdenes. En 1803, el teniente Manuel Rodríguez, un tipo recto y cumplidor, dirigió una inspección al bergantín norteamericano Alexander en el puerto de San Diego. En el barco halló 500 pieles de nutria, que por supuesto sabía que habían sido recogidas en California y que decomisó, amenazando con arrestar al capitán. Algo parecido ocurrió poco después con el bergantín Lelia Byrd. Rodríguez subió a bordo e indicó al capitán que, en caso de bajar a tierra, no debía acercarse al presidio. Y para asegurarse de que se cumplía la orden dejó un piquete de cinco hombres en el barco. El capitán intentó sobornar a Rodríguez, pero fracasó, y tras llegar a un acuerdo con otros californios intentó sacar las pieles, pero su tripulación fue arrestada.
Se calcula en 15.000 las pieles del noroeste americano que se comerciaban anualmente en China, hasta el extremo de casi exterminar a las nutrias en dos décadas, pero lo más importante fue que esta abundancia ofreció a los habitantes del este de Estados Unidos una visión idílica de California que calaría hondo en su imaginación, y a la larga se convirtió en un problema para México.
Llegan los rusos
El 5 de abril de 1806, a primeras horas de la mañana, un bergantín penetró entre la niebla sin que le viera el soldado de guardia en el castillo de San Joaquín. Cuando un cambio de viento facilitó al barco acercarse a la costa se dio la voz de alarma, y los dragones del presidio, con sus cueras puestas, montados y armados, se pusieron de inmediato a las órdenes de Luis Argüello, alférez al mando en ausencia de su padre, que era el comandante del presidio. Sólo había cinco artilleros de los veinticinco de plantilla, pero no hacían falta más, pues solo funcionaban dos cañones.
Ante la ausencia de saludo, se lanzaron dos cañonazos de advertencia que los tripulantes del barco ignoraron. Luego, la nave fondeó en el interior de la bahía, fuera del alcance de la artillería y largó una barca que se dirigió a la playa. Hacia allí partieron también ocho dragones de cuera al mando del alférez Argüello. Los jinetes llegaron antes que los remeros, y a ellos se unió el padre Uría que en la misión había escuchado los cañonazos.
Los rubios marineros que acababan de llegar a tierra no eran muy diferentes en apariencia de otros navegantes europeos o norteamericanos que navegaban por la costa, pero había en ellos algo extraño. Uno de ellos se dirigió a los españoles en una lengua que el sacerdote español entendió sin problemas: era latín. El que le hablaba se identificó como el doctor Langsdorff e indicó que con él venía el teniente Davidov, ambos tripulantes del buque de bandera rusa Juno, que precisaba de provisiones con urgencia.
Ayudar a los rusos no era un problema, pues en el presidio y en la misión había en abundancia todo lo que pudiesen necesitar y en una carta del virrey se había dado la orden expresa de apoyar a la expedición rusa de Krusenstern. En realidad la carta del virrey era de 1803, pero en la California de la época tres años de retraso no eran nada.
La expedición rusa estaba al mando de un distinguido caballero que dejó impresionados a los españoles. Se llamaba Nicolai Petrovich Rezanov, era conde y hablaba francés y latín, gracias a lo cual puedo entenderse sin problemas con los responsables de la pequeña localidad española. Les comentó que deseaba recoger provisiones y entrevistarse con el gobernador de California, pues el zar había tenido a bien nombrarle responsable de la América rusa, con base en Sitka, en Alaska. Al día siguiente, un correo fue enviado a Monterrey para informar de lo que sucedía y llevar una carta de Rezanov para Arrillaga.
En San Francisco los rusos cambiaron todo lo llevaban por comida, pues Rezanov se guardó mucho decir la verdad. En Sitka los rusos se morían de hambre y su población, debido al naufragio del buque que les llevaba los víveres, solo comía algunas águilas, gaviotas y moluscos, y estaban casi todos enfermos de escorbuto. Cuando la situación era desesperada, el bergantín americano Juno entró en el puerto y el conde Rezanov le compró al capitán toda su carga y se lo alquiló para intentar alcanzar California y conseguir comida.
Pocos días después el gobernador llegó a San Francisco y tuvo una cordial entrevista con el noble ruso, a quien prometió ayudar en todo lo que pudiera. Pero la verdadera cuestión estribaba en saber cuáles eran realmente las intenciones del conde Rezanov. En realidad hay sospechas más que fundadas de que el astuto conde quería algo más.
Durante la cena en la casa del comandante del presidio, Rezanov había conocido a su hija, hermana del alférez que había ido a recibirle a la playa. Se llamaba Conchita y tenía solo quince años, pero se enamoró inmediatamente del apuesto noble ruso, a quien al parecer también le gustó la bella hija del comandante Argüello. Al poco tiempo, a pesar de la oposición inicial de la familia, Conchita aceptó la proposición de matrimonio de Rezanov.
Para el doctor Langsdorff, «el aristócrata ruso concibió la idea de que a través de un matrimonio con la hija del comandante, podía obtener un vínculo firme para a ganarse el negocio entre su compañía ruso-americana y la provincia de Nueva California», según consta en sus memorias, pero lo cierto es que era posible que el amor fuese sincero, aunque se truncó por la muerte del conde en Siberia durante su viaje de regreso a San Petersburgo [69].
La dura realidad es que Rezanov estaba conspirando contra la soberanía española del territorio. Su objetivo era ocupar territorio californiano para Rusia, por las buenas o por las malas, y una vez que vio el lamentable estado del presidio pensó que sería muy sencillo. También era consciente de que dada la compleja política europea había que darse prisa, por si los ingleses o los franceses concebían la misma idea. Su informe al zar, que llegó a la capital rusa en 1807 era claro: «todo el país puede convertirse en parte integral del imperio ruso» y proponía dirigir una fuerza naval de inmediato a la bahía de Bodega y levantar un fuerte.
Tras llenar hasta los topes el Juno de provisiones, Rezanov partió rumbo a Sitka el 20 de mayo de 1806, después de llegar a un acuerdo con Arrillaga por el que abría un crédito para adquirir los productos que estimase necesarios. El informe de Arrillaga al virrey fue favorable. Lo que el gobernador no podía imaginar era el contenido del informe de Rezanov a su soberano.
La muerte del conde retrasó los planes del zar, pero no los detuvo, pues los rusos encontraron una magnífica ayuda al utilizar a los marinos norteamericanos. Estos, a pesar de no contar con bases en la zona hasta que se fundó Fort Astoria en la desembocadura del Columbia, en marzo de 1811, tenían decenas de barcos en la región noroeste y nunca desperdiciaban la oportunidad de hacer un buen negocio.
En 1807, el duro y enérgico gobernador ruso de Alaska, Alexander Baranov, puso en marcha el plan de Rezanov por órdenes de San Petersburgo. Se trataba de ocupar dos puestos en la costa al sur de Alaska, uno en el río Columbia y otro en California, así como uno más en las islas Hawai [70].
Baranov, que había combatido duramente a los indígenas de Sitka en 1804, era tan agresivo y expansionista como Rezanov y estaba deseando poner en marcha el plan. Sólo había un problema. Si bien el análisis de los rusos sobre la debilidad española era correcto, sobrevaloraron sus propias capacidades, ya que sus dos puestos principales en el extremo meridional de Alaska, Nuevo Arcángel y Sitka, no eran sino dos villorrios habitados por una turba de desesperados a los que solo apoyaban unos centenares de aleutianos.
A pesar de ello, en marzo de 1807, cuando Rezanov fallecía en Krasnoyarsk en su viaje por Siberia, el Peacock, nave americana al mando del capitán Oliver Kimball que trabajaba para Rusia, desembarcó en Bodega a un grupo de aleutianos, con mandos rusos, que se dedicaron a cazar nutrias. Los cazadores entraron en la bahía de San Francisco con total desprecio a las tropas españolas en la zona, que ni siquiera se enteraron.
Visto el éxito alcanzado en este primer intento, tres expediciones rusas salieron de Alaska para cumplir las órdenes del zar. La primera, que al mando de Iván Alexandrovich Kuskov embarcó en los buques americanos Juno y O’Cain, no llegó tan al Sur como debía y desembarcó junto a la actual frontera de Alaska y Canadá, en donde se vieron envueltos en una cruenta batalla con los indios que les obligó a volver a su base tras sufrir la pérdida de nueve hombres en el combate. La segunda también fracasó, a pesar de los intentos de Kuskov para que todo fuese perfecto. Uno de los barcos, el Nikolai, encalló en la costa y su tripulación fue hecha prisionera por los indios, que no tenían ninguna simpatía por los rusos. El otro barco, el Kodiak, llego a Bodega donde permaneció nueve meses reconociendo con precisión la costa y enviando expediciones al interior.
La conclusión del estudio de Kuskov era que el lugar podría ser perfecto para establecer una base avanzada en California. Estaba solo a 80 km de San Francisco, no había rastro de españoles, pues los rusos solo vieron indios, y había nutrias y lobos marinos en cantidades inmensas. Kuskov, en su informe al zar, solicitó permiso para ocupar el lugar, aunque sabía que en San Petersburgo se consideraba el río Columbia como el límite meridional de la América rusa.
La respuesta del gobierno ruso alegró a Baranov y a Kuskov, pues se les permitía fundar un establecimiento donde les viniese en gana, asegurándoles que contarían con todo el apoyo necesario.
Rusia, aliada con Francia, tras la paz de Tilsit no consideró necesario informar al gobierno de Madrid, ya que por otra parte, la capital española estaba ahora en manos francesas. Los rusos difundieron una proclama destinada a los californios en la que se les animaba al intercambio comercial con Rusia. No fue conocida hasta tres años después en California, y el gobernador español fingió ignorarla.
En Alaska, ahora que conocían bien la costa en la que pensaban instalar su puesto, los rusos se tomaron las cosas con calma y esperaron el momento oportuno. Este llegó cuando se produjo el caos que azotó el virreinato de Nueva España a partir de 1810, con el comienzo de la revolución mejicana.
En febrero de 1811, Kuskov volvió a Bodega y amplió la exploración. Subió por el actual río Ruso, y, tras reconocer en profundidad la región, retorno optimista a Sitka. Ahora solo faltaba decidirse y Baranov no esperó más. Ordenó partir al bergantín Chirikov con 95 rusos, de ellos 25 mecánicos, artesanos y obreros especializados en trabajos en madera, así como 80 trabajadores aleutianos.
Nace el Fuerte Ruso
En 1812, en la bahía de Bodega, en un lugar que los indios conocían como Ma-shui-nui y que los rusos llamaron Rossiya, nació el puesto conocido hoy como Fort Ross, una empalizada de maderos protegida por diez cañones. Esta posición, la mejor defensa de California, unida a los obstáculos naturales, se convirtió en realidad en un puesto militar, aunque su actividad básica era dedicarse al comercio de pieles y a enviar alimentos frescos a Alaska. En cualquier caso fue una excelente fortificación cuyos medios de defensa jamás se pusieron a prueba. Llegó a tener 400 habitantes, entre rusos, aleutianos, indios y algunos polacos y bálticos —lituanos, letones y estonios—.
La llegada a la bahía de San Francisco en el verano de 1812 de cazadores rusos alarmó al comandante del presidio, que seguía siendo Argüello. Cuando los indios le comunicaron la presencia de los extranjeros, envió al teniente Gabriel Moraga con siete dragones para ver que ocurría. Moraga descubrió en Bodega una empalizada —para defenderse de los indios— con unos rusos hambrientos y eso es lo que comunicó a su superior, que se dio cuenta de lo que el hallazgo significaba y mando una carta al virrey.
A finales de año una patrulla de caballería se encontró con tres desertores del establecimiento ruso y se envió de nuevo a Moraga a Bodega. Los dragones españoles estuvieron varios días en el puesto eslavo y vieron el estado de la construcción. Los rusos seguían hambrientos y Moraga hizo un viaje a San Francisco para proporcionarles ganado, y les autorizó a ir ellos mismos a buscar comida, cosa que hicieron.
El virrey en Ciudad de México ya sabía lo que ocurría por informes de comerciantes de Boston. Ahora España y Rusia eran aliadas contra Napoleón y habían firmado un tratado que se hizo llegar al gobernador de California para que comunicase a los rusos que tenían que desalojar Bodega. Al mismo tiempo, el virrey ordenó al comandante de las Provincias Internas que estuviese preparado para una posible acción militar contra los rusos, algo que la situación en el virreinato, en guerra abierta entre republicanos y realistas, hacía imposible en la práctica.
Los rusos, por supuesto, no se fueron y en los dos años siguientes, aunque la guerra no afectó a California, no se hizo nada.
En abril de 1814 Moraga se dirigió al fuerte ruso en compañía de Gervasio Argüello y una escolta militar. Kuskov se entrevistó con ellos —no se sabe cómo, pues no hablaba español y los californios no hablaban francés ni ruso—, pero los intrusos no se marcharon. Para ellos, California representaba un negocio redondo que les permitía almacenar pieles de nutria, procesar la carne de casi 1.500 focas al año, y fabricar barriles y todo tipo de objetos de madera, hasta goletas y barcas. Mucho de lo que allí obtenían se vendía luego en San Francisco, las islas Hawai, Alaska e incluso China y Chile.
Tras la muerte de Arrillaga, Luis Agüero, por ser el oficial más antiguo se convirtió en gobernador interino. La guerra en México se inclinaba claramente hacia los hombres del rey y se le envío una nueva misiva a Kuskov para que abandonara Fuerte Rossiya, amenazándole por primera vez con el uso de la fuerza. Ante las evasivas, el nuevo gobernador, Pablo Vicente Solá, encarceló en Los Ángeles a una partida de caza rusa, incluyendo al oficial que la comandaba. No podía hacer más, pues no se habían recibido refuerzos desde 1810 y los buques de San Blas llevaban sin llegar seis años. California estaba sola y olvidada.
La llegada de una expedición científica de Rusia en 1816 en el bergantín Rurik fue aprovechada para intentar, en una conferencia que se celebró en San Francisco, convencer a los rusos de que se marcharan, pero tampoco se logró nada.
Solá se marchó decepcionado a Monterrey, en espera de una respuesta del gobernador Baranov o del zar que jamás llegó, por lo que el virrey Calleja dio órdenes de expulsar a los rusos por la fuerza. El gobernador Solá acató la orden pero indicó que para hacerlo necesitaba un centenar de hombres y por lo menos cuatro piezas de artillería de campaña y servidores para los cañones. Como no le llegaron los refuerzos pedidos, Fuerte Rossiya siguió en manos rusas hasta el fin del virreinato. Al fin y al cabo eran intrusos en el territorio español, pero tampoco parecían ser una amenaza. El peligro no iba a venir del norte, sino del sur.
Caballeros de fortuna
A pesar de su aislamiento era imposible que California se mantuviese al margen de los conflictos que sacudían la América española desde 1810. A los problemas derivados de la insurrección mejicana se unió el progresivo éxito de las repúblicas de América del Sur, cuyas marinas —básicamente mercenarias— comenzaban a ser una amenaza en el Pacífico para el comercio español, por lo que ya en 1816 había serios problemas para comunicar California con Perú o Chile.
La amenaza comenzó a ser más seria cuando en la primavera de ese año el gobernador de Alta California recibió una carta en la que se le advertía del avistamiento en la costas mexicana del Pacífico de varios buques corsarios enemigos. El temor cundió en la pacífica y tranquila California y se tomaron medidas de defensa. Lo que nadie sabía es que la amenaza que se cernía en las costas californianas llevaba bandera albiceleste y tenía nombre, Hipólito Bouchard, capitán audaz y caballero de fortuna con patente de corso de las Provincias Unidas del Río de la Plata.
Con una historia cargada de aventuras y tras haber guerreado al servicio de la recién nacida Argentina, Bouchard había combatido a los realistas en mar y tierra y formó parte de la escuadrilla de Brown, al mando de la goleta Halcón, en las costas chilenas. En las islas Galápagos, el corsario se separó del grueso de la escuadra argentina y se hizo con el mando de la fragata Consecuencia y de una goleta. Luego, en Buenos Aires, se asoció con el rico comerciante Vicente Echevarría, que pagó el equipamiento de una fragata de 34 cañones, La Argentina, con la que Bouchard partió con destino al Índico, navegando hasta el Pacífico y llegando a las Hawai tras una travesía llena de riesgos.
Al entrar en Kealakekua, en Hawai, la fragata de Bouchard se encontró con la corbeta Santa Rosa de Chacabuco, que había zarpado en corso desde Buenos Aires y cuya tripulación, amotinada en las costas de Chile, tras desembarcar a sus oficiales se dedicó a la piratería.
Bouchard convenció al rey Kamehaha para que le entregara la corbeta, y, viendo su fuerza incrementada, el corsario al servicio de Argentina planeó atacar California.
Un bergantín americano que estaba en las Hawai, el Clarion, avisó al comandante del presidio de Santa Bárbara de la amenaza, y este envió un mensaje urgente al gobernador. Ahora los californios sabían que se enfrentaban a dos buques bien armados, con unos 250 hombres.
El gobernador Solá dio órdenes de extremar la vigilancia en las costas, y el 20 de noviembre de 1818 los vigías de Punta Pinos vieron entrar en la bahía de Monterrey a dos buques de guerra. Bouchard estaba en California.
Solá solo disponía de 40 hombres, de los que 25 eran dragones de cuera del presidio, cuatro artilleros y el resto milicianos locales que servían también como artilleros. La Santa Rosa de Chacabuco, más ligera y de menor calado, se aproximó a la costa para desembarcar a sus 200 hombres armados al mando del teniente Sheppard.
Al amanecer del 21 la corbeta comenzó a disparar contra las tropas californianas concentradas en la playa, con las que mantuvo un duro intercambio de disparos que duró horas y en la que la corbeta resultó dañada. Solá debió abordarla, pero no se atrevió a hacerlo, lo que fue un grave error.
Ante la inactividad de los defensores, la Santa Rosa de Chacabuco abrió fuego de nuevo y el gobernador ordenó clavar los cañones y retirarse al presidio. Allí la resistencia fue un fracaso y el resto de los defensores, llevando un pequeño cañón, se retiró con las municiones que se pudieron cargar y el archivo de la provincia. Minutos después la bandera argentina ondeaba sobre el presidio de Monterrey, mientras los corsarios se dedicaban al saqueo y a beber, incendiando el presidio antes de embarcar. Solá obtuvo refuerzos pero no atacó a los corsarios, y cuando el 26 de noviembre se marcharon entró en su destruida capital.
Las naves de Bouchard anclaron luego en la ensenada de Refugio y tras arrasar una hacienda se marcharon al conocer la presencia de los soldados presidiales de Santa Bárbara, que en una emboscada capturaron a un bostoniano, el teniente Taylor, y dos corsarios más.
En su huida, las naves corsarias se dirigieron a Santa Bárbara y luego desembarcaron en San Juan de Capistrano, donde Bouchard exigió provisiones a la misión. Al serle negadas, desembarcó con 140 hombres y dos cañones, y ante la nula resistencia de la caballería presidial, que se retiró sin combatir, saqueó la misión y después abandono las costas de California rumbo al sur, y continuó su periplo corsario por Centroamérica.
Bouchard llegó al Perú y San Martín lo protegió dándole el mando de la fragata Prueba. Retirado de la actividad corsaria administró una hacienda y murió asesinado por sus propios esclavos en 1837.
El Real Ejército de California y los indios de la provincia
No debe olvidarse que, con independencia de la labor misional tendente a la conversión de los indios y a su integración en el sistema virreinal que caracterizó la colonización española, la ocupación de California obedecía, ante todo, a criterios estratégicos, por lo que las tareas encomendadas al Ejército y a la Armada fueron esenciales. Para ello se recurrió a lo poco que se tenía a mano y, visto el resultado, parece increíble que España pudiera mantener la soberanía de un territorio tan extenso con unos medios tan escasos.
Cuando Neve accedió al cargo de gobernador en febrero de 1777, los restos de las unidades que habían participado en las primeras expediciones de exploración eran una sombra de lo que habían sido un década antes. A pesar de que todos sabían que España estaba a punto de iniciar en una nueva guerra con Inglaterra y se había advertido a los comandantes de los presidios de la posible llegada de buques británicos, el estado de las tropas que guarnecían los escasos puntos fortificados que España controlaba en California era deplorable.
Nada más llegar a San Diego, Neve comprobó que la tropa del presidio no cumplía, ni de lejos, con lo establecido en la Ordenanza de 1772. Faltaba de todo: vestuario, municiones, armas y caballos. En la práctica no había disponibles más de 146 hombres, con los que se debía de vigilar y asegurar más de 900 kilómetros de costa. Eso sin contar con que era preciso proteger las comunicaciones con las misiones y los otros presidios y vigilar a las decenas de miles de indios que habitaban la región. Pese a esto, se contaba con ciertas ventajas. La mejor era, sin duda, la medida de no permitir que los indios aprendieran a montar a caballo, lo que daba a los españoles una gran ventaja militar pues les permitía desplazarse por la provincia con rapidez y acabar con cualquier rebelión aprovechando la superioridad de sus armas.
Con notable eficacia, Neve se puso manos a la obra. En las misiones se prepararon talleres para confeccionar nuevos uniformes y cueras, se cambiaron las astas de las lanzas y se repararon las armas en la medida que fue posible. Una parte de las escopetas no podía arreglarse, y se pidieron más a México, desde donde se contestó que habría que esperar a que llegaran de España, pues la capital virreinal no las tenía disponibles.

También se ocupó Neve de entrenar a sus hombres. Estableció prácticas de tiro e incrementó las patrullas en el interior en poblados y rancherías, para que los indios vieran a menudo la imagen competiva de los lanceros presidiales.
Los presidios se reforzaron en lo posible, especialmente el de Monterrey que fue protegido por sólidos muros de piedra, y en febrero se ordenó al cabo Carrillo marchar a San Juan de Capistrano, donde los indios amenazaban la misión. La causa, como de costumbre, era una disputa por una mujer y la cosa terminó mal, pues Carrillo mató a dos indios en un combate en Panió y abrasó vivos a dos más en una choza cuando se negaron a rendirse. Tras esta brutal acción, arrestó a cuatro cabecillas y los condujo a San Diego para juzgarlos y fusilarlos. Su muerte fue la primera ejecución pública de California.
Cada uno de los presidios de California tenía cuatro compañías de dragones de cuera, al menos de forma nominal. Esta tropa tenía las mismas características del resto de los soldados presidiales de las Provincias Internas, y siempre fueron los responsables del correo y de mantener abiertas las comunicaciones —correo, escolta, traslado de presos, etc—. En algunas zonas fueron sustituidos por los Voluntarios de Cataluña, que como se ha dicho, tuvieron una gran importancia en la colonización y conquista de California, ya que al prestigio de ser tropa europea unían su excelente armamento y material.
Respecto a la artillería, que era esencial para la defensa de los presidios, se contaba desde 1790 con cinco artilleros y un oficial por cada presidio, si bien, por razones de comodidad los oficiales vivían habitualmente en Monterrey. Pero ante la escasez provocada por las guerras revolucionarias mexicanas hubo que reclutar milicianos del lugar, por lo que no es de extrañar el envío de un alférez desde México que se encargó de entrenar y formar a 70 artilleros en la región.
Las guerras de independencia en América a partir de 1810 tardaron mucho en afectar a California. El ataque corsario de Bouchard hizo preciso reforzar el dispositivo colonial de defensa, y una compañía de infantería de San Blas y un escuadrón de dragones fueron enviados a ese territorio. Los infantes quedaron en San Francisco y Monterrey, y la caballería en San Diego y Santa Bárbara.
Cuando los Voluntarios Catalanes se marcharon, las vacantes ya no fueron suplidas con europeos sino con reclutas del país, y a comienzo del siglo XIX estaban casados muchos de ellos, pero los matrimonios con indias eran muy escasos.
Poco a poco, California se iba hispanizando en la sangre además de en la cultura, aunque el conjunto de la población seguía siendo abrumadoramente mestizo.
El armamento varió poco en el periodo español y se mantuvo en uso durante décadas. En los presidios se crearon pequeños talleres para reparar y fabricar sillas de montar, frenos, adargas, cueras, riendas y otros artículos de cuero, hierro o madera.
De acuerdo con el reglamento de Neve, los soldados debían hacer ejercicios militares a pié y a caballo, tirar al blanco y mantener su equipo. La mayoría de los comandantes ordenaban estas prácticas al menos una vez a la semana, siendo obligatorio recuperar balas, puntas de lanza, sables rotos y cualquier elemento metálico dañado. También se mantenía a la tropa hábil en el tiro por la constante práctica de la caza mayor, pues los depredadores mataban el ganado y era preciso eliminarlos, dedicando los soldados parte del tiempo de servicio a cazar osos, pumas, chacales y lobos.
Se otorgó a los casados algunas ventajas, como el derecho a una habitación individual. Nunca hubo rancho común y cada soldado se preparaba su comida, que básicamente era carne en abundancia, tocino, pan y tortas de cebada, trigo y maíz. Además, se hacía queso y mantequilla de la leche de las vacas.
Los sueldos de soldados y oficiales variaron muy poco desde la promulgación del Reglamento de Neve. Había un fondo llamado de Retención que se le entregaba al soldado al retirarse del servicio, y los oficiales disponían de un montepío especial para ellos. Pero desde el comienzo de la Revolución independentista en 1810 los sueldos dejaron de pagarse, lo que obligó a la tropa a llevar una vida de subsistencia, sobreviviendo gracias a la ayuda que recibían de las misiones.
Respecto a los indios de California, presentaban algunas diferencias notables con los del resto de lo que hoy forma el Oeste de los Estados Unidos. Su aislamiento geográfico secular los mantenía en pleno neolítico. Apenas tenían contacto con sus vecinos del otro lado del desierto o de las sierras, por lo que no habían desarrollado una cultura material tan compleja como en el este.
Lo sorprendente era que la incomunicación y el aislamiento llegaban al extremo de que las tribus de cada zona apenas se relacionaban con sus vecinos. Las bondades naturales de California habían producido una de las mayores concentraciones de población de América del Norte, pero en los conflictos de vecindad era raro que se llegase a la sangre, aunque no disponían de malas armas, pues contaban con arcos, flechas, lanzas y mazas.
Otro aspecto original de los indios de California lo constituía la gran variedad lingüística. Las tribus pertenecían, según los filólogos modernos, a más de una veintena de grupos idiomáticos, con dialectos locales que convertían a California en la segunda región mundial en diversidad de lenguas tras el Daguestán ruso. Salvo los mojaves y los yumas del desierto, ninguna tribu presentaba la más mínima cohesión política, lo que facilitó mucho la ocupación española a pesar de la escasez de medios.
Las últimas exploraciones y campañas militares
Los españoles nunca dejaron de intentar mejorar el conocimiento que se tenía del interior. Poco antes de llegada de los rusos a Bodega, se exploró el territorio norteño con una expedición a cargo del padre Abella en 1811, que no aportó mucho, pero permitió el contacto con nuevas tribus. Por desgracia nunca se penetró profundamente en el centro de California. En 1812 y 1814 se llegó al borde del valle de los tulares, pero un desgraciado combate contra centenares de indios hizo que se retirara la expedición al mando del sargento Soto, que iba en busca de fugitivos con 12 hombres.
El padre Juan Cabot, con un sargento y 30 dragones, partió de San Miguel en 1814 y reconoció zonas no holladas por los españoles antes, pero la expedición más importante fue la llevada a cabo después de un ataque a San Buenaventura en 1819.
El gobernador Solá, para tranquilizar a colonos y religiosos, hizo entonces una profunda incursión de castigo contra los indios. Una unidad de dragones al mando de José Sánchez penetró en el Valle Central y abatió a 27 indios makelumes en un duro combate, hiriendo a 20, haciendo 16 prisioneros y recuperando 49 caballos robados. Otra expedición, al mando del teniente Estudillo, fracasó tras un mes de campaña, en el que no logró éxito alguno. Finalmente, hubo una tercera dirigida contra los mojaves al mando de Moraga. Estaba compuesta de 35 dragones y 15 soldados de infantería de la unidad llegada de Mazatlán al mando del teniente Fabregat, cuatro artilleros y un cañón ligero.
La expedición partió de San Gabriel rumbo al río Colorado y recorrió 80 leguas de desierto buscando a los indios mojaves, pero no los localizó y regresó a su base de partida.
La incursión más interesante tuvo como destino el río Columbia, y se dirigió al norte en la primavera de 1821, cuando llegaron rumores de que los británicos o los rusos habían establecido un nuevo puesto.
Con gran esfuerzo se logró equipar bien una fuerza de 35 dragones de cuera. 20 soldados de infantería, artilleros, un cañón de campaña y vaqueros, arrieros e indios auxiliares, todos al mando del capitán Luis Argüello. Partieron del norte de San Francisco y tras cruzar por mar la bahía en lanchas avanzaron hacia el Columbia nueve días seguidos, atravesando el valle de Sacramento y sobrepasando el cabo Mendozino. Pero no encontraron nada que les valiera la pena.
La mayor parte de estas pequeñas incursiones estaban relacionadas con la búsqueda de indios escapados de las misiones, fenómeno que entre 1816 y 1818 tuvo un enorme incremento. Los indios escapaban hartos del trabajo, de los castigos y de la implacable disciplina que imponían los misioneros, que azotaban y golpeaban a los aborígenes por la mínima falta.
El incidente más serio de la década se produjo en San Buenaventura el 30 de mayo de 1819, provocado por un grupo de 25 mojaves deseosos de comerciar con los misioneros. Como eran peligrosos, se les colocó un vigilante, al que mataron junto a un soldado inválido tras producirse un incidente.
Los soldados que custodiaban la misión y los religiosos y neófitos tomaron las armas disponibles y defendieron la iglesia. Abatieron a una decena de mojaves ya un indio desertor que iba con ellos, pero no pudieron evitar que escaparan. El comandante del presidio de Santa Bárbara, capitán Guerra, envío en su busca al sargento Anastasio Carrillo con 14 dragones de cuera y un pequeño cañón. Carrillo con la gran ventaja que le daba la caballería, logró capturar a 10 de los sobrevivientes del ataque y los llevó prisioneros a Santa Bárbara.
Aunque no se recibían apenas refuerzos y no se cobraba, la tropa estuvo relativamente bien en los últimos años del dominio español gracias a las misiones y a la mejora de la economía. Los presidios fueron también reparados y se crearon milicias indias formadas por los misioneros. Santa Bárbara podía poner en campaña 150 indios al mando del padre Ripoll, que los había entrenado y organizado con cierta disciplina militar. Se trataba de la Compañía de Urbanos Realistas de Santa Bárbara, constituida por 100 arqueros, 50 macheteros y un pelotón seleccionado de 30 lanceros.
El final
Al conocer el ataque argentino a Monterrey, en diciembre de 1818 el virrey Apodaca ordenó el inmediato envío de refuerzos y municiones. En San Blas embarcó una compañía de infantería de línea que a bordo de los transportes San Carlos y Reina de los Ángeles llegaron a Monterrey en el verano de 1819. Además los buques llevaban armas, uniformes, municiones, pólvora y artillería —quince cañones, cinco de seis libras y diez de cuatro libras, quinientos sables y tres banderas nacionales—. Solá se quedó en Monterrey con 40 hombres y envío el resto a San Francisco. Era el primer refuerzo artillero que recibía California en una década.
El segundo refuerzo fue una compañía completa de caballería al mando del capitán Pablo de la Portilla, que llegó de Mazatlán a bordo del Cossack. La compañía viajaba desmontada, y llegó a la Alta California por tierra desde el Mar de Cortés en septiembre de 1819. Su armamento era excelente y Solá ordenó que 55 soldados marcharon hacia el norte a reforzar la guarnición del Real Presidio de Santa Bárbara.
A pesar de recibir los más importantes refuerzos que habían llegado a California, Solá se quejó al virrey de la falta de mercaderías, que seguían sin llegar. Su protesta le valió una dura reprimenda del virrey, pues Apodaca consideraba que había apoyado al gobernador todo lo posible. Aun así, tras hablar con sus comandantes de presidio, Solá decidió mandar a un enviado especial para entrevistarse con el virrey y hacerle ver la desastrosa situación en que se encontraba el ejército y la administración de la provincia.
Solá escogió para esta tarea al capitán Guerra, apoyándose en los éxitos financieros y las relaciones familiares que ese oficial tenía en México. Las instrucciones que llevaba establecían que debía pedir 200.000 pesos, aunque tendría que aceptar lo que le dieran y, a pesar de los refuerzos recibidos, solicitar más artilleros y armas. La mitad del dinero que obtuviese tenía que dedicarlos a comprar todo lo que se necesitaba en California.
Desde San Blas, Guerra escribió al virrey, quien le ordenó regresar. Pero el emisario californio no obedeció y se presentó en la capital, consiguiendo finalmente más dinero y regresando a Monterrey en agosto de 1820 con 40.000 pesos en mercancías. También llegaron poco después los artilleros, pero no los cañones.
Aunque a comienzos de 1819 parecía evidente que el ejército español había ganado la guerra en México y los últimos núcleos republicanos estaban acosados por el experimentado ejército realista, la revuelta de Rafael Riego en España, que inauguró el trienio constitucional, lo iba a cambiar todo.
Las noticias llegadas de España a México inflamaron de nuevo la rebelión, y parte de las tropas españolas obligaron al virrey Apodaca a jurar la Constitución de 1812 en Veracruz. Este hecho iba a ser el punto inicial del desmoronamiento del virreinato. En la Alta California, Solá recibió la orden de que todas las tropas a su mando jurasen la Constitución, empezando por la guarnición en Santa Bárbara, que lo hizo en octubre de 1820. Siguieron luego las juras en el resto de los presidios, aunque la población siguió sin saber realmente lo que eso significaba.
Aislados como siempre, los californios no se enteraron de lo que ocurrió en México en los últimos meses de 1821, con el cambio de bando de Iturbide, que se proclamó emperador del bando rebelde. Las noticias llegadas de México fueron ignoradas, hasta que al gobernador le ordenaron convocar una Junta en Monterrey en abril de 1822. Allí se decidió reconocer la autoridad de Iturbide y obedecer al nuevo gobierno establecido en México, declarar la integración de California en el Imperio Mexicano y jurar la independencia.
La Junta juró el 11 de abril de 1822 en la capital, Monterrey. Luego lo hizo la tropa formada en la Plaza de Armas. La bandera española fue arriada y el propio gobernador la recogió con cuidado antes de que tocara el suelo. Luego hubo una fiesta en la que ni la tropa ni la población se mostraron demasiado entusiastas.
El 13 de abril en Santa Bárbara y San Francisco se hizo una ceremonia similar y luego en todas las misiones y pueblos. El punto final fue ordenar a los soldados de los presidios que se cortasen la coleta, con gran disgusto de sus mujeres, tras jurar fidelidad al Imperio Mexicano.
San Diego de California, 20 de abril de 1822: La última bandera.
En cumplimiento de las órdenes llegadas a la Alta California, el proceso de cambio de soberanía se llevó a cabo en toda California sin alteraciones. Al final, le tocó el turno al Real Presidio de San Diego. Como apuntó el historiador Carlos López, «es un hecho significativo que fuese San Diego el último bastión en el que flameara la bandera de León y Castilla. Fue en San Diego donde Portolá plantó por primera vez la bandera de su rey en California».
El 20 de abril la tropa se alineó formada en la plaza de armas. La artillería estaba colocada ante la sala de guardia, de forma que miraba a las aguas azules del Pacífico. Como no había un lugar disponible donde flamear una bandera, uno de los cabos recibió la orden de enarbolar la bandera de España en un palo y otro cabo mantuvo en otro palo la tricolor mexicana.
A la hora señalada, al redoblar del tambor y con paso firme, el comandante Francisco María Ruiz, en compañía de José María Estudillo, se detuvo ante la tropa, saludó y lanzó el grito de «¡Viva el Imperio Mexicano!». Se bajó la bandera española y se levantó la tricolor mexicana en el mismo momento en que se dispararon los cañones y se lanzó al aire una salva de fusilería. No hubo gran fasto ni especial celebración. Fue solo una ceremonia rutinaria, solemne y fría.
La última bandera española en el actual territorio de los Estados Unidos había sido arriada. Era el final de trescientos años de luchas y esfuerzos.
Al día siguiente, al igual que había ocurrido en toda California, se dio la orden a los soldados presidiales de cortarse la coleta. Juana Machado, entonces una niña, narra en sus memorias que, tras cumplir con la orden, su padre entró en casa con la trenza en las manos y una cara muy triste y se la entregó a su esposa, que también estaba con la cara compungida. Dice Juana que «mamá miró la trenza y se lanzó a llorar».
La California española había terminado para siempre.