1.4. La marcha inmortal de Vázquez de Coronado

 

E

n el año 1530, el presidente de la Audiencia de México, Nuño Beltrán de Guzmán, capturó a un indio llamado Tejo, nativo del valle de Oxitipar. El indio aseguraba que su padre mercadeaba con las tribus del interior, y de niño le había acompañado en sus viajes y había visto poblaciones grandes con altos edificios, repletas de oro y plata. Era posible llegar a ellas —decía Tejo— en cuarenta días, lo que equivalía a unas 200 leguas a través del desierto, caminando hacia el norte.

Los informes del indio despertaron el ansia conquistadora de Guzmán, quien abandonó sus funciones de presidente de la Audiencia y encabezó una fuerza de 400 españoles y 2.000 indios aliados que, desde la ciudad de México alcanzó Tarasca, en la provincia de Michoacán, hasta situarse en una región que, según Tejo, había que cruzar para llegar al país que albergaba tales riquezas.

Pero el cálculo del ambicioso Nuño de Guzmán resultó erróneo. Aunque la expedición conquistó un extenso territorio, bautizado como Reino de la Nueva Galicia y declarado provincia de Nueva España, que abarcaba los actuales estados mexicanos de Sinaloa, Jalisco, Aguascalientes, Zacatecas y parte de San Luis Potosí, no encontraron las ambicionadas riquezas. Enfrentados a una cadena montañosa (la Sierra Madre occidental) infranqueable, la expedición se vio obligada a detenerse en Culiacán.

Entre los expedicionarios empezó a cundir el desánimo, y más cuando el propio Nuño se enteró de que Hernán Cortés, con quien mantenía una gran rivalidad, había regresado de España, donde Carlos I le había colmado de honores y le había otorgado poderes extraordinarios. Durante el tiempo de su gobierno, Nuño de Guzmán había perjudicado mucho a Cortés y sus amigos, y ahora temía que éste le pagara con la misma moneda. Eso le hizo regresar a Ciudad México. El indio Tejo murió y la busca de las fabulosas ciudades quedó interrumpida.

Ocho años después de esta expedición, Nuño de Guzmán fue acusado de crueldad y despotismo y encarcelado por el juez Diego Pérez de la Torre, enviado desde España con poderes especiales, que le sustituyó en el puesto de gobernador de Nueva Galicia.

Enviado a España, para ser sometido a juicio, Guzmán murió encarcelado en el castillo de Torrejón de Velasco en 1544. Aunque su crueldad parece fuera de duda, también es cierto que fundó las ciudades de Guadalajara, Culiacán, Sinaloa y Tepic, más tarde Compostela de Nueva Galicia, aunque algunos atribuyen la fundación de Guadalajara y Tepic a su lugarteniente Cristóbal de Oñate.

El hidalgo salmantino

Muerto el juez Pérez de la Torre durante una rebelión india cerca de Tonalá, el virrey de Nueva España, Antonio de Mendoza, designó gobernador de Nueva Galicia a Francisco Vázquez de Coronado, segundón de familia hidalga nacido en Salamanca en 1510, hijo de Isabel de Luján, dama de la reina Isabel la Católica, y casado con Beatriz de Estrada, hija del influyente Alonso de Estrada, tesorero de Nueva España, de quien se decía que era hijo ilegítimo del rey Fernando el Católico.

Es muy probable que Coronado estudiara en la universidad de Salamanca. Según cuenta el cronista Pedro de Castañeda, allí un amigo científico le había profetizado que podría ser un poderoso señor en tierras lejanas y sufrir una caída de la que nunca se recuperaría. Algo que se cumplió con el grave accidente ecuestre que sufrió en Nuevo México poco antes de morir.

Cuando Coronado fue nombrado gobernador del Reino de la Nueva Galicia, en 1538, llevaba tres años en Nueva España y había sido nombrado regidor del consejo municipal de Ciudad de México. Un hermano menor de Coronado, Juan, sería nombrado gobernador de Costa Rica, donde su memoria sigue siendo muy respetada; y otro, Pedro, acompañó a Felipe II en 1554 a Inglaterra, cuando el monarca español se casó con María Tudor.

Los aparecidos

Por ese tiempo, a principios de marzo de 1536, también, llegaron a México los pocos supervivientes de la fracasada empresa de Pánfilo de Narváez en las costas de Florida. Eran Cabeza de Vaca y sus tres compañeros. Los cuatro alcanzaron Culiacán después de atravesar, desde Florida, todo el sur de Texas y parte del actual estado norteamericano de Nuevo México siguiendo la costa del Golfo de México, como el propio Cabeza de Vaca reveló en el relato de sus andanzas que dedicó al rey Felipe II. Melchor Díaz, alcalde mayor de Culiacán, les dispensó una gran acogida antes de enviarlos a la ciudad de México, donde fueron recibidos por el virrey.

Los aparecidos informaron con detalle al virrey Mendoza de su largo y angustioso viaje, y le dijeron que habían escuchado hablar a los indios de ciudades ricas, con casas altas, situadas en alguno de los países que habían recorrido, aunque ellos no habían podido verlas. El virrey, impresionado por estas historias, decidió enviar inmediatamente hacia el norte una reducida expedición que incluía al Negro Esteban y a tres frailes franciscanos deseosos de acción misionera: fray Marcos de Niza, fray Honorato y fray Antonio de Santa María, acompañados de un grupo de indios mexicanos cristianizados. Fray Marcos era natural de la provincia de Niza, que entonces formaba parte del ducado de Saboya, aliado de España. Debió de llegar a América hacia 1531 y recaló en México después de acompañar a Pizarro en Perú. Murió en 1558, baldado por el reumatismo, en un convento de la ciudad de México.

Los religiosos franciscanos de Nueva España, como el fraile Marcos, eran hombres movidos por un genuino afán evangelizador que contribuyeron mucho a ampliar los límites de la aventura americana. Su impaciencia misionera les hacía alentar continuamente nuevas empresas conquistadoras, pero no les estaba permitido actuar por su cuenta, ni viajar sin permiso del virrey y sin protección armada por territorio indio.

Mujeres y turquesas

Coronado se apresuró a tomar posesión de su cargo de gobernador para apoyar la exploración ordenada por Mendoza. El virrey buscaba confirmar los datos recogidos por Cabeza de Vaca sin recurrir a una costosa expedición militar en los desconocidos territorios del norte, cuando aun existían extensas zonas de Nueva España cuya conquista era precaria.

El pequeño grupo explorador enviado por Mendoza, cuyo verdadero objetivo era encontrar las míticas ciudades de «casas altas», partió de Culiacán en marzo de 1539. Pronto surgieron las desavenencias entre los frailes y Estebanico, ya que este parecía interesado, sobre todo, en engrosar su bolsa con piedras turquesas, abundantes en esa zona, y apoderarse de cuantas mujeres indias se ponían a su alcance, con las que llegó a formar una especie de gran harén nómada.

Para asombrar a los indios, Estebanico, ataviado con plumas y cascabeles, apelaba a sus conocimientos de curandero aprendidos en el largo peregrinaje con Cabeza de Vaca. Una estratagema que parecía servirle hasta que dejaba al descubierto sus verdaderas intenciones lucrativas, muy diferentes de las espirituales que motivaban a los frailes. Cuando el Negro escuchó de algunos nativos que existía una magnífica ciudad llamada Cíbola, el antiguo esclavo berberisco decidió adelantarse a los religiosos e intentar descubrir por su cuenta, con unos cuantos hombres, el fabuloso lugar, pensando —como dice el cronista Castañeda— «ganar toda reputación y honra por su atrevimiento en descubrir aquellos poblados».

Con este afán, Estebanico se alejó tanto de los frailes que, cuando estos, tras caminar por tierras de la actual Arizona, llegaron a Chichilticalli, en los lindes del desierto, él estaba ya 80 leguas más lejos, con un gran botín de turquesas y mujeres que los propios indios le iban proporcionando, como afirma el cronista Pedro Castañeda. Pronto, su imprudente osadía y codicia le costarían caras.

Confiado en que podía atravesar aquel territorio sin peligro, Estebanico llegó con sus hombres a la aldea india zuñi de Háwikuk, donde le ofrecieron alojamiento. Recelosos, los indios le preguntaron durante tres días por las razones de su viaje. Él se anunció como adelantado de un gran señor de hombres blancos al que obedecían muchas naciones, pero sus respuestas no les convencieron. Como el Negro insistía en exigir turquesas y mujeres, los indios consideraron que era un espía o enviado de alguna nación peligrosa y decidieron matarlo. Así lo hicieron, aunque dejando en libertad a casi todos los que iban con él, que emprendieron la vuelta a través del desierto y se encontraron con los frailes rezagados que iban camino de Cíbola. Cuando los indios supervivientes —dice Castañeda— contaron a los frailes lo que le había ocurrido a Esteban, éstos se asustaron y emprendieron el regreso a México a marchas forzadas, sin tener de Cíbola otra idea que lo que los indígenas les habían contado. La apresurada vuelta debieron de hacerla por el valle de Sonora hasta San Miguel de Culiacán y Compostela.

Quizás para provocar el envío de una gran expedición militar, y a pesar de la escasa información real de que disponía, fray Marcos dijo haber visto con sus propios ojos Cíbola, y se inventó un relato fantástico en el que comparaba a esa ciudad con la de México, y aseguraba que sus gentes «tienen esmeraldas y otras joyas», y usaban vasijas de oro y plata, que eran más abundantes que en Perú. Todo esto hizo suponer a los españoles que tenían a mano la grandiosa riqueza de otro imperio Inca. Para rematar su fábula, fray Marcos bautizó Cíbola como «el nuevo reino de San Francisco», y dijo haber descubierto las Siete Ciudades, la mayor de las cuales era Tontonteac, donde habitaban los indios Nopi, una de las etnias más antiguas de Norteamérica, procedentes del norte de Arizona.

En el ánimo del virrey Mendoza y de los españoles de México, Cíbola se convirtió pronto en una palabra de resonancia mítica, al ser relacionada con en el libro de caballerías Amadís de Gaula, publicado por primera vez en 1508. Según uno de los relatos incluidos en esa obra, siete obispos huyeron de España al producirse la invasión musulmana en el siglo VIII, y se llevaron consigo un fabuloso tesoro a tierras situadas allende los mares. Allí fundaron siete ciudades de casas doradas, decoradas con piedras preciosas, donde la gente comía en vajillas de oro, que los españoles de Nuevo México se apresuraron a identificar como las Siete Ciudades de Cíbola.

Las ciudades altas

Mientras tanto, Coronado emprendió una infructuosa exploración por una región llamada Topira, al norte de Culiacán, y a su regreso se entrevistó con fray Marcos y sus compañeros, quienes le repitieron lo que los indios habían contado de las «ciudades altas». Coronado, como antes Nuño de Guzmán, se sintió acicateado por descubrirlas y, sin pérdida de tiempo, marchó con el fraile Marcos a la ciudad de México para informar al virrey. Un viaje que alimentó los rumores sobre las fantásticas riquezas que esperaban en Cíbola y desató el entusiasmo por reunir una expedición armada. Cuando fray Marcos llegó a la capital mexicana, hasta los púlpitos sirvieron de altavoz para proclamar las maravillas que esperaban a quienes tomaran parte en la empresa. El resultado fue que, en pocos días, se organizó una expedición de más de 300 españoles y unos 800 indios bajo el mando de Coronado, que fue nombrado capitán general por el virrey Mendoza, con quien en ese momento mantenía una fuerte amistad que luego se rompería.

 

 

Como maestres de campo de la fuerza española —dividida en seis compañías de caballería, una de infantería y otra de artillería— Coronado nombró a Pedro de Tovar, antiguo mayordomo y guardián de la reina Juana —Juana la Loca—, y a Lope de Samaniego, gobernador del arsenal de la ciudad de México. Los jefes de la caballería eran Tristán de Luna Arellano, Pedro de Guevara, el sargento García López de Cárdenas, y Rodrigo Maldonado —cuñado del duque del Infantado—. De jefe de la infantería iba el capitán burgalés Pablo de Melgosa, y de la artillería, Hernando de Alvarado.

Otros miembros distinguidos de la expedición fueron Francisco de Barrionuevo, caballero de Granada; Juan de Zaldívar, Francisco de Ovando, Juan Gallego, el capitán Melchor Díaz, Alonso Manrique de Lara, el aragonés Lope de Urrea, Gómez Suárez de Figueroa, Luis Ramírez de Vargas, Juan de Sotomayor y Francisco Gorbalán. El cronista Pedro Castañeda de Nájera, que tomó parte en la expedición, dijo que «en pocos días se juntaron más de trescientos españoles y ochocientos indios; y entre los españoles tantos hombres de tan gran calidad que dudo que en las Indias se haya juntado tan noble gente». También participaban algunas mujeres en la empresa, como Francisca de Hozes, esposa del zapatero Alonso Sánchez; María Maldonado, casada con el sastre Juan Paradinas; y la esposa mexicana de Lope Caballero. El grupo religioso lo integraban el imaginativo Marcos de Niza y otros tres franciscanos: fray Juan de Padilla, el capellán militar fray Antonio de Victoria y fray Luis de Escalona.

Aunque la expedición tenía el apoyo oficial de la Corona, fue financiada principalmente por el virrey Mendoza, que aportó 60.000 ducados, y por Vázquez de Coronado, que puso 50.000. Mientras se organizaban los preparativos, el virrey envió un destacamento de quince hombres, al mando del capitán Melchor Díaz, para inspeccionar el terreno. El grupo salió de Culiacán el 17 de noviembre de 1539, y tras caminar unas cien leguas hacia el norte encontró en la frontera entre Sonora y Arizona a unos indios que decían haber vivido en Cíbola. Luego continuaron a la actual ciudad de Phoenix (Arizona) y siguieron la orilla del río Gila hasta que las fuertes nevadas y las abruptas montañas les obligaron a detener la marcha y montar un campamento para pasar el invierno. Al no tener noticias de este destacamento, en México se pensó que los indios lo habían aniquilado para proteger el secreto de las enormes riquezas de Cíbola, y eso aceleró los deseos de partir de los hombres de Coronado.

Por fin, el 23 de febrero de 1540, la expedición salió de Compostela, capital de Nueva Galicia, situada a unos 600 kilómetros de Ciudad México. Antes de emprender la marcha, el virrey pasó revista a las compañías y arengó a los hombres. Todos juraron sobre los Evangelios que seguirían a Coronado y obedecerían completamente sus órdenes. Mendoza acompañó a la expedición hasta los alrededores del lago Pátzcuaro, en Michoacán, y cuando la columna española dejó Culiacán llevaba en total unos 550 caballos y más de mil acémilas cargadas de provisiones y pertrechos.

El apoyo naval y la marcha por tierra

Una vez que la fuerza emprendió la marcha, el virrey ordenó a don Pedro de Alarcón que navegase desde el puerto de la Natividad, a lo largo de la costa del Pacífico, con dos barcos, el San Pedro, capitaneado por el propio Alarcón, y el Santa Catalina, al mando de Marcos Ruiz. Con ellos iba también Domingo Castillo, que había navegado con Ulloa por el mar de Cortés. Los dos barcos zarparon de Acapulco dos meses después de que Coronado partiera de Compostela, y a la altura de Culiacán otro barco, el San Gabriel, se añadió a la flotilla.

La misión de Alarcón era apoyar desde el mar la exploración terrestre y transportar el equipaje que los expedicionarios no pudieran acarrear. Esta carga se perdió en su mayor parte, ya que falló la comunicación entre las naves y las tropas. Aun así, Alarcón fondeó en la desembocadura del río Buena Guía, que los españoles remontaron en dos botes en agosto de 1540, hasta encontrarse con indios de la tribu Yuma. Lo más probable es que llegaran hasta los alrededores de la actual ciudad de Yuma, en Arizona, en el lugar donde confluyen los ríos Gila y Colorado.

Tras duras jornadas de caminar, la expedición de Coronado llegó a Chiametla, donde permaneció unos días para procurarse comida. Para entonces, se produjeron enfrentamientos con los indios cuando Lope de Samaniego entró con un grupo de sus hombres en un poblado en busca de provisiones. Los indígenas, alarmados, mataron a flechazos a Samaniego y a unos cuantos de sus compañeros, y los expedicionarios se vengaron capturando a algunos indios y ahorcando a otros que parecían haber tomado parte en la refriega.

En Chiametla, se produjo el encuentro con la pequeña tropa de Melchor Díaz. El capitán describió Cíbola como un conjunto de pueblos hechos de piedra y adobe, habitado por indios que desconocían el oro, pero a esas alturas, nadie creyó que eso fuera verdad. Díaz se incorporó a la tropa de Coronado como jefe de exploradores.

Desde Chiametla, la fuerza de Coronado llegó a Culiacán, donde fue bien acogida durante varios días. Luego, la expedición reemprendió la marcha, que entorpecía el acarreo del ganado, la excesiva carga de las acémilas y los más de mil auxiliares indígenas. Eso hizo que Coronado se adelantara con unos cincuenta jinetes, algunos soldados de a pie y treinta indios mexicanos, y dejara detrás al grueso del contingente, con los víveres y el ganado, al mando del capitán Arellano.

Coronado dejó Culiacán el 22 de abril de 1541, dos meses después de abandonar Compostela, y cuando Alarcón llegó a esa costa el general salmantino ya había reemprendido la marcha, por lo que no se encontraron. Mientras todo esto ocurría, un mensajero, el capitán Juan de Zaldívar, fue enviado para enterar a Mendoza del negativo informe de Melchor Díaz. Después de reunirse con el virrey en Colima y trasmitirle las noticias de Díaz, Zaldívar partió de nuevo a Culiacán por mar, con orden de que el grueso de la expedición de Coronado se quedara en ese lugar, mientras un grupo se adelantaba a explorar la región del interior. Pero cuando el mensajero llegó a Culiacán, la vanguardia exploradora ya había partido, con lo que, sin saberlo, Coronado cumplía exactamente los deseos del virrey.

La avanzadilla de Coronado atravesó la inhóspita región que se extiende desde Culiacán hasta Chichilticalli, un lugar donde comenzaba el desierto, y a finales de mayo penetró en Arizona. Tras quince días de penoso caminar por tierra inhóspita, llegó a un río a unos 40 kilómetros de Cíbola, que llamaron Rio Rojo por el color de sus aguas fangosas. Cuando por fin alcanzaron el poblado de Hawikuh, el 7 de julio de 1540, los expedicionarios quedaron decepcionados y maldijeron a fray Marcos por haberles engañado. Todo era falso. No había reinos ni ciudades ricas llenas de oro y plata. Hawikuh, que algunos identificaron con Cíbola, era una aldea de pocos habitantes y casas pequeñas, algo muy diferente de las maravillas que habían pensado hallar. Se trataba de una modesta población de viviendas adosadas de arenisca y adobe, algunas colocadas encima de otras y con la entrada situada en el techo, al que se accedía con escaleras de mano. Para aumentar la frustración, los indios zuñis que la habitaban se resistieron a la ocupación y los españoles tuvieron que atacar el pueblo y ponerlos en fuga, pero durante el ataque Coronado estuvo a punto de perder la vida herido de una gran pedrada. Se salvó por la ayuda que recibió de López de Cárdenas y Hernando de Alvarado, que le protegieron con sus cuerpos y consiguieron arrastrarlo fuera del combate. Derrotados, la mayoría de los indios huyeron del poblado.

El cañón del Colorado

Aunque no encontraron oro ni plata, la toma de Hawikuh y otros poblados próximos, con sus almacenes repletos de maíz permitió saciar el hambre de los expedicionarios. Tenaz en su intento de hallar las supuestas riquezas de Cíbola, Coronado envió desde el poblado de Zuñi pequeñas expediciones en varias direcciones del extenso y desconocido territorio. Una de ellas, mandada por Pedro de Tovar y compuesta por 21 soldados y el fraile Juan de Padilla, se encaminó a Tuysayan, en el país de los hopis, cuyos guerreros, armados de arcos y cachiporras de madera, ofrecieron una dura resistencia que obligó a los españoles a emplearse a fondo. Los indios informaron a Tovar de un gran río (el Colorado) situado al oeste, y Vázquez de Coronado decidió enviar para localizarlo al sargento García López de Cárdenas con veinticinco soldados. El grupo consiguió guías hopis y emprendió la marcha hacia el noroeste hasta que, a unas veinte jornadas de andadura apareció ante sus ojos el famoso Cañón del Colorado. Un impresionante escenario natural de 290 kilómetros de largo que llega a alcanzar una profundidad de casi dos kilómetros y catorce de anchura máxima. Cárdenas y sus hombres intentaron descender por la garganta hasta alcanzar el río, pero no lo consiguieron y regresaron al campamento de Coronado para informar de su descubrimiento.

Desde Culiacán, Coronado envió a Melchor Díaz con un destacamento a Sonora para decir a Tristán de Arellano que llevase el resto del ejército más al norte, hasta los pueblos de los zuñí, que los españoles confundían con las Siete Ciudades de Cíbola. Estos dos grupos se volvieron a reunir y pasaron el invierno en Tiguex, cerca de la ciudad de Santa Fe, a orillas del río Bravo. En su recorrido, la fuerza de Arellano alcanzó con mucho esfuerzo una tierra que Cabeza de Vaca había bautizado Corazones, porque cuando pasó por ella los indios le habían ofrecido muchos corazones de venados para comer, y en ese lugar se fundó la ciudad de San Jerónimo de los Corazones, que no tardaría mucho en ser traslada de sitio.

A mediados de octubre de 1540, los capitanes Melchor Díaz y Juan Gallego llegaron a Cíbola. Este último iba de vuelta a Nueva España con mensajes para el virrey, y Melchor Díaz se dirigía a Corazones, para hacerse cargo de la tropa que allí quedaba —unos 80 hombres— y marchar a lo largo de la costa al encuentro de los barcos de Alarcón.

Cuando Melchor Díaz y Juan Gallego alcanzaron Sonora, el pequeño ejército de Coronado se disponía a salir de Cíbola, donde solo quedó Tristán de Luna con los enfermos y los más débiles. Entre tanto, Díaz, con 25 hombres y algunos guías indios, prosiguió su camino hacia el mar y tras recorrer 150 leguas llegó a una región poblada por indios de gran estatura y extraordinaria fuerza, que vivían en cabañas construidas bajo tierra, con el techo a ras del suelo, y combatían el frío con tizones que llevaban en las manos. Por esa razón llamaron Tizón al río que surcaba esa tierra y desembocaba en el mar. Siguiendo su curso pudieron por fin hallar la costa, pero las naves de Alarcón, tras esperar en vano, ya habían partido. Solo encontraron un mensaje escrito en el tronco de un árbol: «Alarcón llegó a este lugar; hay cartas al pie de este árbol». En las cartas, el jefe de la expedición naval informaba de que se había visto obligado a regresar a Nueva España después de una inútil espera. Díaz recogió el mensaje y regresó a Zuñi.

La busca de Quivira

En la primavera de 1541, tras internarse hasta el cañón de Palo Duro, Texas, en busca de oro, Coronado dejó allí el grueso de sus hombres y continuó en pos de otro mito aúreo, la ciudad de Quivira, que la calenturienta imaginación de aquellos soldados suponía repleta de riquezas. La ilusión surgió cuando Coronado encontró a un indio, al que por su aspecto llamaron el Turco, que le habló de un fabuloso país situado al noroeste conocido como Quivira. Con el Turcocomo guía, Coronado se lanzó en busca de la imaginaria tierra.

Tras varias semanas de dar vueltas en vano, y como la marcha se prolongaba más de lo previsto, Coronado descubrió que el Turcole engañaba y lo hizo ejecutar, pero siguió adelante con otros guías hasta llegar a un pequeño pueblo indio cerca del actual Lindsborg, en Kansas. De nuevo, la desilusión y el desánimo hicieron mella en Coronado y sus hombres, ya que los indios quivira de esa zona, más tarde conocidos como Wichita, eran muy pobres y vivían en cabañas con techo de paja. En vista del fracaso, Coronado volvió a Tiguex, donde lo esperaba el grueso de sus tropas, y allí pasó el invierno de 1541.

La expedición que Coronado dejó atrás al mando de Arellano, cuando decidió adelantarse con su vanguardia, se dirigió primero desde Palo Duro a Tule Canyon, guiada por indios teya, buenos conocedores del territorio. A partir de allí, la ruta más probable pudo ser hacia el sudoeste, hasta llegar a la zona de los actuales Littlefield y Anherst, para cruzar el límite entre Texas y Nuevo México pasando por Melrose, Taiban y Fort Sumner, y alcanzar la orilla occidental del río Pecos —Cicuyé—, a la altura de Puerto de Luna, donde los españoles habían construido un puente.

En cuanto a Coronado y sus treinta compañeros, debieron de atravesar los lugares que hoy ocupan las localidades de Canyon, Amarillo, Fritch y Borger para entrar en Oklahoma y luego en Kansas. En la zona fronteriza entre Texas y Nuevo México, cuando la expedición marchaba hacia Palo Duro, cerca del río Canadian, Coronado y sus compañeros avistaron enormes manadas de «vacas salvajes» —bisontes—, y se encontraron con los indios querechos, una rama de apaches nómadas que seguían al ganado salvaje para subsistir. Poco después, como escasearan las provisiones, Coronado nombró maestre de campo a Diego López y lo envió a buscar un lugar llamado Haxa, donde el Turco había asegurado que hallarían provisiones. López, tras perder tres caballos en una estampida de bisontes, no encontró otra cosa que llanuras inmensas en las que algún soldado que se aventuró a salir de caza se perdió para siempre.

Acoma y la exploración de Alvarado

De la expedición principal de Coronado se desgajaron otras que llevaron a cabo hallazgos sorprendentes. Una fue la ya mencionada del sargento Cárdenas, descubridor del Cañón del Colorado, y otra la de Hernando de Alvarado, que fue el primer europeo en atravesar un tramo de más de mil kilómetros de territorio norteamericano.

Cuenta el cronista Castañeda que cuando Coronado estaba en Háwikuh se reunió con un pequeño grupo de indios que procedían de la región de río Pecos. A dos de ellos, que parecían los de más autoridad los españoles les dieron el nombre de Cacique y Bigotes. Los indios le dieron nuevas sobre las tierras que había al este repletas de bisontes, y Coronado envió al capitán Hernando de Alvarado a explorar esos lugares con Bigotes y Cacique como guías, el sacerdote Juan de Padilla y un grupo de jinetes. Les dio un plazo de 80 días para llevar la exploración a cabo.

Alvarado partió el 29 de agosto de 1540 y se dirigió a un lugar que fray Marcos de Niza había llamado «el reino de Hacus», conocido por Ahko o Acoma por los indios.

Todavía existe en Nuevo México la vieja ciudad india de Acoma, en el lugar hoy llamado Sky City. Cuentan que cuando Hernando de Alvarado la contempló por primera vez pensó que había llegado, para su fortuna, a una ciudad bañada en oro, al observar el brillo causado por el reflejo del fuego de los hogares indios sobre el ocre terroso de las casas.

La primera vez que los españoles llegaron a Acoma iban casi hambrientos, y gracias a los buenos oficios de Bigotes, los indios les invitaron a visitar el sitio, y les ofrecieron algodón, pieles, maíz, turquesas y pavos.

Acoma estaba habitado por unos indios del grupo Pueblo, los queres, y era una fortaleza natural que durante siglos había servido de baluarte a sus moradores, construida sobre una alta cumbre aplanada que se elevaba más de cien metros sobre una amplia llanura. Estaba situada en el centro de un valle de seis kilómetros de ancho y bordeada de hendiduras y precipicios casi inaccesibles. Solo unas pocas y estrechas sendas talladas en la roca conducían a la cima. Alvarado la describió como inexpugnable, y continuó siéndolo hasta que, como veremos, la asaltó un grupo de soldados de la expedición de Juan de Oñate, al mando de Vicente de Zaldívar, en 1599, tras una titánica lucha cuerpo a cuerpo con los guerreros indios, casa por casa, en lo alto del risco.

El grupo de Alvarado prosiguió su camino y tras pasar por la zona de Laguna Pueblo llegó al Río Grande, que llamaron río de Nuestra Señora. Los expedicionarios acamparon en la zona de la actual Albuquerque, en la provincia que denominaron Tiguex, palabra derivada del nombre de los indios Tigua o Tewa, habitantes del lugar que hoy ocupa Bernalillo. Eran indios pacíficos, que Alvarado calificó de «buena gente, más dedicados a la agricultura que a la guerra». La expedición siguió el río Grande hacia el norte hasta alcanzar el pueblo de Taos, y luego regresó hacia Tiguex y siguió hacia Cicuyé, donde también fueron acogidos amistosamente por los indios que procedían de las grandes praderas del noreste. En este recorrido, Alvarado y sus hombres cruzaron el ríos Pecos y se maravillaron al encontrarse con las interminables manadas de bisontes. «Hay tales cantidades de ganado —relató un participante de la expedición— que no sé con qué compararlo, excepto con los peces en el mar... Había tantas cabezas que en muchas ocasiones cuando empezábamos a pasar a través de ellas buscando ir al otro lado no éramos capaces... La carne de los bisontes es tan buena como la del ganado de Castilla, y algunos dicen que incluso mejor...»

Durante este recorrido por tierras de Texas, fue cuando el Turco, que hacía de guía, comenzó a calentarle los cascos a Alvarado con las riquezas de Quivira. Lo que pretendía el indio era que el capitán, guiado por el afán de hallar tesoros, torciera el rumbo y le permitiera regresar a su tierra. Las mentiras y fantasías que el Turco le relató hicieron mella en Alvarado, que decidió regresar a informar a Coronado de tanta riqueza en ciernes. Pero antes pasó por Cicuyé, para recoger a dos caciques indios que, según el Turco, habían visto el oro de Quivira. Como ambos jefes indígenas se negaron a acompañarle para ir a ver a Coronado y contarle lo que supuestamente sabían, Alvarado se los llevó prisioneros y encadenados. Eso soliviantó mucho a los indios del territorio, que trocaron su anterior generosidad en odio.

Cuando Vázquez de Coronado supo lo sucedido decidió mejorar la relación con los nativos descontentos para no tener problemas en su marcha hacia Quivira, y con ese fin se encaminó a Cicuyé, al tiempo que enviaba emisarios con semejante propósito a otros pueblos indios al oeste de Rio Grande. Los indios de esas tierras eran apaches nómadas llaneros que seguían a las manadas de bisontes, vivían pobremente en tiendas de piel y empleaban perros para transportar sus escasos enseres.

El 23 de abril de 1541, Vázquez de Coronado, con una parte de su ejército, emprendió la marcha a Quivira llevando como prisionero a Bigotes y de guía a el Turco, quien decía ser oriundo de Quivira. Al pasar de nuevo por Cicuyé, puso en libertad a los dos caciques apresados en lo que se llamó Pecos Pueblo: un lugar amurallado, con casas de cuatro plañías a las que se accedía con escaleras y habitado por unos dos mil indios.

Sobre el modo de construir de los nativos, el cronista Castañeda de Nájera dejó escrito que todos trabajaban juntos para edificar las aldeas, estando las mujeres a cargo de hacer la mezcla y las paredes, mientras que los hombres traían y colocaban la madera. «No tienen cal —añade— pero preparan una mezcla con cenizas, rescoldos y tierra que es casi tan buena como si fuera mortero, porque cuando construyen una casa de mas de cuatro pisos no hacen las paredes con más de media yarda de grueso. Colocan una gran pila de ramas pequeñas y pasto y le prenden luego, y cuando están medio quemadas cenizas y brasas, echan una cantidad de tierra y agua y lo mezclan todo junto. Con esto hacen liólas redondas que usan en lugar de piedras cuando se secan, fijándolas con la misma mezcla que viene a ser como barro endurecido».

Los españoles construyeron luego en esc sitio dos misiones en los siglos XVII y XVIII, pero las enfermedades, las penurias y los ataques comanches impidieron su desarrollo. En 1838, diecisiete habitantes de Pecos se trasladaron a Jemez Pueblo, donde todavía hoy viven sus descendientes.

En el cañón de Palo Duro —actual Palo Duro Canyon—, bautizado también por los españoles como la Gran Barranca y situado cerca de Amarillo, en Texas, se dividió la expedición de Coronado el 26 de mayo de 1541. El salmantino, con 30 jinetes, atravesó el rio Arkansas se internó hacia el noroeste de Kansas, en busca de Qui— vira, y envió de regreso a Tiguex al grueso de la columna, que había quedado muy quebrantada por una gran tormenta huracanada de granizo. La mayoría de los que regresaron a Tiguex lo hicieron a disgusto, pues preferían morir con su general que volver atrás. En ese lugar los españoles se encontraron con los indios teyas, conocidos luego en Nuevo México y Texas como juamanos. Los teyas advirtieron a Coronado que Quivira no era una tierra rica, en contra de los informes que recibía del Turro, quien terminó admitiendo su engañoso proceder para extraviar a los españoles, por lo que, como ya se ha dicho, fue encadenado y posteriormente ejecutado a garrote.

En una carta enviada al rey de España, Coronado explicó así la decisión de adelantarse a la mayor parte de su gente: «En vista de las diferentes opiniones entre los indios con respecto a Quivira, y también porque mucha gente, incluyendo mujeres y niños, que me acompaña no ha comido nada excepto carne durante varios días, he decidido ir hacia delante con treinta jinetes y encontrar ese país, examinarlo, y darle un fiel informe de lo que allí haya».

La guerra de Tiguex

Aconsejado por Alvarado, Coronado llegó hasta la zona de la actual ciudad de Bernalillo, en momentos en los que la expedición se encontraba repartida por una extensa región. Mientras el capitán general estaba aún en Cíbola, con la vanguardia que le había seguido desde Culiaeán, Alvarado exploraba el alto valle del Río Grande al este de Nuevo México, Díaz iba camino del río Colorado en busca de Alarcón, y otra parte de la expedición permanecía en Sonora. Antes de partir de Háwikuh, Coronado ordenó adelantarse al sargento Cárdenas para que buscase un sitio apropiado donde establecer el campamento de invierno. No sin protestas de los indios de Tiguex, Cárdenas les pidió que desalojaran uno de sus pueblos, Alcanfor, para que los españoles lo ocupasen, y al poco llegó Alvarado con los cautivos de Cicuyé.

A finales de noviembre de 1540, Coronado marchó hacia Tiguex, y allí se le unió Alvarado para darle cuenta de su exploración por tierras al este de Río Grande y presentarle al mencionado Turco, el indio cautivo, que seguía relatando maravillas de una tierra situada al norte en la que había peces tan grandes como caballos y en los árboles colgaban cascabeles de oro. Todo aquello reforzó todavía más la calenturienta ambición de Coronado y el resto de los expedicionarios.

Deseosos de hacerse con tan extraordinarios tesoros, los españoles estaban inquietos mientras preparaban el campamento en Alcanfor. La relación con los nativos se tensó cuando un español abusó de una mujer india en un pueblo cercano. López de Cárdenas intentó castigarlo, pero el violador era Juan de Villegas, hermano de un alto funcionario en México, y consiguió eludir el escarmiento con gran disgusto de los indios. También contribuyó a deteriorar la situación que los españoles arrebatasen a los indios ropas de abrigo para hacer frente al duro invierno. Finalmente, los nativos se rebelaron y cercaron un pueblo llamado Arenal —cuya ubicación exacta se desconoce—, donde mataron muchos caballos de los españoles. Coronado, sabiendo que no podía dejar a su espalda pueblos indios sublevados, envió entonces a Cárdenas al asalto de Arenal con una tropa de infantería, indios aliados y sesenta jinetes.

El sangriento combate se dio a finales de diciembre de 1540, con frío y nieve. Los arcabuces y ballestas españolas se impusieron a las flechas indias, pero los nativos supervivientes se atrincheraron en el interior de las casas y los hombres de Cárdenas los obligaron a salir con humo y fuego. El resultado fue una cruel carnicería que se prolongó cuando más de cien prisioneros indios fueron llevados atados a las afueras del poblado y quemados vivos.

Concluida la batalla, Cárdenas regresó a Alcanfor, pero la dura represión española en Arenal no calmó a los indios, y estos se hicieron fuertes en el pueblo de Moho, al norte de Alcanfor. Ante la situación, el propio Coronado encabezó el ataque a Moho, defendido con fuertes empalizadas. Los españoles fueron rechazados y tuvieron más de cien bajas entre muertos y heridos. Un nuevo ataque, el 20 de febrero de 1541, también fracasó, pero los de Coronado apretaron el cerco a Moho confiando en que los sitiados acabaran siendo derrotados por hambre y sed. Una táctica que terminó produciendo los resultados previstos cuando, a finales de marzo, los indios intentaron romper el asedio de noche y a la desesperada tras matar a los centinelas españoles. Solo unos pocos de los sitiados consiguieron llegar hasta Río Grande y escapar con vida.

Después de esto, desanimado y confuso, Coronado y el grueso de su tropa terminaron volviendo a Tiguex, y poco después de este regreso, la buena estrella de Coronado se apagó definitivamente. Cerca de Alcanfor sufrió una caída del caballo que puso en grave riesgo su vida, tal como le predijeron en Salamanca. A partir de entonces, la salud del general español quedó muy quebrantada, lo que unido a la decepción de no haber encontrado riqueza alguna en su extraordinario recorrido, le movió a abandonar el proyecto de colonizar a fondo lo que hoy es el sur de Estados Unidos, sin esperar siquiera el permiso del virrey.

No es de extrañar que al regresar a la ciudad de México en el verano de 1542, este le reprochara su actuación y fuera sometido a juicio por la mala gestión de su ejército y por las crueldades cometidas contra los pueblos nativos. Depuesto de sus cargos oficiales, pasó al olvido hasta que le sobrevino la muerte.

El retorno

Coronado regresó a Ciudad de México en 1542 por la misma ruta que había seguido en la ida. Solo cien de sus hombres regresaron con él, sin que aparentemente la aventura consiguiera resultado alguno, por lo cual no es de extrañar que el virrey lo recibiera con frialdad y le iniciara un proceso por haber abandonado la expedición que tenía a su cargo. A pesar de esto, Coronado continuó como Gobernador de Nueva Galicia hasta 1544, y después se retiró a la ciudad de México, donde murió el 22 de septiembre de 1554. Sus restos fueron enterrados en la antigua iglesia de Santo Domingo de la capital mexicana, destruida por una inundación, y hoy se dan por desaparecidos.

Los logros de la expedición de Coronado no hay que medirlos por el oro y la plata obtenidos, sino por ser la primera incursión prolongada del hombre blanco en el Oeste de Estados Unidos, y por la extraordinaria aportación de datos sobre un territorio y sus habitantes de los que nada se sabía en Europa. Uno de estos hallazgos fue la divisoria continental de las aguas de los ríos que van al Atlántico o al Pacífico, lo que en inglés se conoce como Great Divide. De ello dejó constancia el cronista de la expedición, Juan Jamarillo, quien escribió que tras cruzar una divisoria, al este de Zuñi, «todos los cauces que hemos encontrado hasta Cíbola, y quizá también aquellos que se encuentran uno o dos días más allá, fluyen hacia el Mar del Sur —Océano Pacífico— y aquellos que están más lejos lo hacen hacia el mar del Norte —Atlántico—». El historiador norteamericano Bolton subrayó también que fue Coronado el primero en adquirir un conocimiento certero de la anchura del continente, ya que los mapas europeos de la época mostraban una Norteamérica muy estrecha hacia el sur, y se pensaba que los océanos estaban muy próximos al norte de México. La expedición recorrió más de 6.000 kilómetros de territorio norteamericano por tierras nunca pisadas antes por ningún europeo, preparó la ruta para nuevas expediciones y abrió la puerta a la colonización hispana del sudoeste de Estados Unidos.

Aunque todavía no se han encontrado pruebas definitivas, algunos historiadores afirman que Coronado dejó en 1540 algunos colonos en lo que hoy es Bernalillo, con lo que esta ciudad sería la primera fundada por los españoles en Estados Unidos, veinticinco años antes de que lo fuera San Agustín, en Florida, que ahora es considerada oficialmente la más antigua.

Pese a todas las posibilidades que la gran marcha de Vázquez Coronado dejaba abiertas para afianzar la presencia hispana en el centro y oeste de Norteamérica, la expedición se consideró un fracaso. Las quiméricas ciudades rebosantes de oro nunca aparecieron. Los españoles de la famosa marcha, tras recorrer miles de kilómetros, apenas vieron otra cosa que territorio inhóspito y tribus de indios en general poco amistosas. Su desilusión era comprensible, pero aun así la penetración, aunque tardó años en reanudarse, no se detendría.