4. 6. Balbuceos de un gigante
A
comienzos de la década de los setenta del siglo XVIII, todo parecía indicar que el desarrollo espectacular de la colonia de Luisiana iba a convertirla bien pronto en una de las joyas de la corona de España. Aún estaba relativamente poco poblada, era rica y sus habitantes constituían un saludable conjunto de europeos de diversas procedencias, negros, mulatos y sobre todo indios, dueños y señores aún de inmensas extensiones en gran parte inexploradas por los blancos.
Tras un comienzo complicado, la soberanía española se asentó con firmeza y la población creole se adaptó bien a la que, sin duda, fue la más tolerante de las administraciones coloniales españolas de América. Comerciantes, cazadores, religiosos y militares habían seguido extendiendo las fronteras del territorio, ascendiendo por los ríos hasta lo más profundo del interior del continente, creando asentamientos, puestos comerciales o fuertes, y ampliando las relaciones con las tribus indias.
En este panorama tan esperanzador, el único nubarrón que se veía en el horizonte era la terrible amenaza que significaba el territorio británico que se extendía al este del Misisipi, aún poco poblado en la frontera, pero que suponía una población de millones de habitantes en continuo crecimiento. Los menos de 50.000 pobladores de Luisiana tendrían problemas si la expansión hacia el oeste se aceleraba y podrían acabar igual que los francocanadienses, si tenían suerte, o que los acadios, si la tenían mala. Lo que no podían imaginar en 1770 los habitantes de Luisiana era que su destino no iba a estar marcado por los británicos ni por los españoles o los franceses, sino por una nueva nación que en poco más de treinta años sería la dueña y señora del territorio: los Estados Unidos de América.
En la costa Este de América del Norte, bajo control británico desde 1763, la clase dirigente de las Trece Colonias originales estaba muy influenciada por las ideas de los enciclopedistas y era, para la época, bastante culta. La población, mayoritariamente de origen inglés, escocés y galés, tenía ya un fuerte componente irlandés y notables minorías de origen alemán y holandés. Casi todos eran protestantes, pero se toleraba a una pequeña parte de la población que profesaba el catolicismo, y había ya sólidos grupos de judíos.
Dedicados a la agricultura y al comercio, los colonos angloamericanos eran hábiles e industriosos y disponían de una educación básica muy desarrollada, hasta el extremo que la mayor parte de ellos sabían leer y escribir. Por lo demás eran celosos de sus libertades y mantenían un espíritu emprendedor, características que les llevaron a oponerse a los impuestos que les aplicaba el gobierno británico. Entendían que no tenían porqué pagarlos, al considerar que no estaban en plano de igualdad con los británicos y, en realidad, eran ciudadanos de segunda y su opinión no contaba. Por esta razón solicitaron tener representantes en el Parlamento, algo que se les negó y que aumentó la frustración de muchos de sus líderes.
Tampoco ayudaba mucho el hecho de que en la práctica las normas reguladoras del comercio beneficiaban claramente los intereses de la metrópoli, pues obligaba a las colonias a comprar determinados productos en Inglaterra. Además, otras medidas impuestas por el gobierno británico, como la prohibición de expandir las colonias al oeste de los montes Alleghany, no gustaron en la frontera, donde eran muchos los que ignoraban las normas dictadas por el rey.
Las primeras revueltas comenzaron en los puertos, donde los americanos se opusieron a la importación obligatoria de productos de Inglaterra y la imposibilidad de exportar los suyos. Un incidente en Boston en 1768 provocó un motín popular tras la detención por los británicos del buque Liberty por actividades ilícitas.
La situación en Nueva Inglaterra y en Boston se fue haciendo más y más tensa, hasta que en marzo de 1770 las tropas británicas respondieron disparando contra una masa de ciudadanos y abatieron a cinco, sin que a partir de ese momento se lograse ya detener los continuos enfrentamientos.
Por si fuera poco, un intento del Parlamento británico para evitar la quiebra de la Compañía de las Indias Orientales, consistente en aumentar de manera radical los impuestos sobre el té que se enviaba a las colonias americanas, provocó intensas protestas. Se produjeron constantes manifestaciones en los puertos, principalmente de Nueva Inglaterra, pero también en Nueva York y Filadelfia, destacando el incidente de Boston, en el que unos ciudadanos disfrazados de indios tiraron por la borda al mar el cargamento de té de los buques británicos.
La reacción de las autoridades fue muy dura y la respuesta americana fue la convocatoria de Congreso Continental, en el que estuvieron la mayor parte de las colonias de Norteamérica —faltaron Nueva Escocia, Terranova, Canadá y las Floridas—, pues no eran parte de las autodenominadas Trece Colonias, de las cuales solo estuvo ausente Georgia.
El Congreso emitió una declaración de derechos y protestas que presentó al Parlamento de Londres y que no fue atendida. Eso produjo gravísimos enfrentamientos entre las tropas regulares británicas y las milicias norteamericanas en Lexington y Concord el 19 de abril de 1775, en los que cayeron decenas de soldados británicos, y fueron el comienzo de una abierta rebelión.
Reunido de nuevo un Congreso Continental en mayo, este se declaró órgano de gobierno de las Trece Colonias y creó un ejército, el Ejército Continental, que fue puesto al mando de George Washington, un experimentado oficial de la milicia de Virginia.
El 16 y el 17 de junio de 1775 los británicos derrotaron al recién nacido Ejército Continental en Bunker Hill, y tras la batalla el rey Jorge declaró a Nueva Inglaterra en estado de rebelión. La idea de la secesión, que en realidad no era defendida hasta entonces por casi nadie, comenzó a extenderse, hasta que finalmente, el 4 de julio de 1776, el Congreso Continental declaro la independencia de los Estados Unidos de América.
Preparándose para lo inevitable
La extensión de la insurrección de los colonos americanos no pareció influir en un primer momento en la vida de la colonia española de Lusiana, pero el hecho de tener una frontera enorme con los territorios británicos ahora en rebelión, hizo que los españoles comenzaran a darse cuenta del desafío que se les presentaba.
De nuevo volvieron los rumores acerca de un enfrentamiento con Gran Bretaña —siempre presentes, pues ambas naciones estuvieron a punto de entrar en guerra en 1770 por la crisis de las Malvinas, para dirimir la soberanía sobre esas islas. En España, además se dieron cuenta de la gran importancia que podía tener Luisiana si comenzaba la guerra, y el primer objetivo fue adoptar medidas que demostrasen la voluntad española de mantener con firmeza su dominio y evitar que los bandos en liza se aprovechasen de su supuesta debilidad. En consecuencia, se reforzó la red de agentes y espías que operaban en las colonias británicas, no solo en las de Norteamérica, sino también en Bahamas, Jamaica y otros lugares del Caribe, a fin de tener información fiable. También se inició, al principio tímidamente, un refuerzo de los puestos del Misisipi y del interior para afirmar la presencia española.
El responsable de estas medidas era el coronel del Regimiento de Infantería Fijo de Luisiana, Bernardo de Gálvez, que había llegado a la provincia para mandar dicha unidad militar, pero que el 19 de julio, tan solo unos pocos días después de la declaración de independencia de las colonias norteamericanas, se convirtió en gobernador interino de la provincia y el 1 de enero de 1777 en gobernador de pleno derecho, dependiente en los asuntos militares de la Capitanía General de Cuba.
Las medidas que adoptó el nuevo gobernador estaban orientadas a favorecer la causa de los insurgentes americanos y a proteger la provincia de cualquier intento de agresión británica, por lo que abrió la navegación por el Misisipi a los norteamericanos rebeldes, lo que les garantizaba una vía libre y abierta de obtención de suministros, armas y municiones. Debido a estas acciones los incidentes con los británicos comenzaron a ser habituales. Las naves de la Royal Navy y los corsarios ingleses apresaban a menudo buques españoles a pesar de que ambas naciones estaban formalmente en paz.
El apresamiento por los británicos de unos barcos españoles en el lago Pontchartrain, muy cerca de Nueva Orleans, produjo una dura respuesta de Gálvez, que tras apoderarse de 11 buques británicos, puso en marcha todas las medidas legales existentes contra el contrabando y dictó la expulsión de Luisiana de todos los súbditos del Reino Unido en un plazo de quince días.
Esta decisión producía un daño inmenso a los intereses británicos en la costa del Golfo y en el Misisipi, pues además el gobernador abrió los puertos a los buques franceses, a quienes incluso se autorizó la importación de esclavos de Guinea. La respuesta británica fue inmediata y provocó el primer incidente serio cuando el capitán Lloyd, al mando de la fragata Atlanta, se situó frente al puerto de Nueva Orleans y amenazó a las autoridades españolas con usar la fuerza si no se devolvían los once barcos incautados, a lo que Gálvez se negó con firmeza.
Lloyd pidió refuerzos al gobernador de Florida Occidental, que estaba en Pensacola y no le apoyó, por lo que se retiró de inmediato. No obstante, el riesgo había sido enorme, pues la ciudad estaba prácticamente indefensa y el gobernador fue consciente de que era urgente proteger bien su capital. Con este fin decidió construir unas cañoneras que artilló con piezas de a 18 o 24 y con las que esperaba poder enfrentarse a fragatas como la Atlanta, aunque era consciente que necesitaba contar con algún buque de guerra de entidad para proteger el puerto y el delta del Misisipi, algo que se consiguió cuando, al conocerse los hechos en La Habana, se decidió enviar una fragata a Luisiana. Desde Madrid se apoyó además a Gálvez en todo lo que había hecho y se ordenó a la Capitanía General de Cuba que estuviese lista para reforzarle militarmente si era preciso.
Entre tanto, Gálvez había atendido a una petición formal de ayuda solicitada por el general Lee, comandante en jefe del Ejército Continental en el Sur, y de Patrick Henry, gobernador de Virginia, así como de George Morgan, que defendía Fort Pitt —hoy Pittsburg, en Pennsylvania—, al que envío 10.000 libras de pólvora en un buque de bandera española que burló los puestos británicos de vigilancia, alcanzó el Ohio y llegó al fuerte amenazado, logrando inclinar la balanza en la región a favor de los norteamericanos.
Al actuar de esta forma, Gálvez se situaba descaradamente al lado de los insurgentes, por lo que era consciente de que los británicos podrían iniciar una guerra contra España en Luisiana. Gálvez comenzó entonces a colaborar con Olliver Pollock, irlandés afincado en Nueva Orleans que se acabó convirtiendo en el agente del Congreso de Filadelfia ante las autoridades españolas, y a quien el gobernador español facilitó provisiones y mercancías [40] —quinina, pólvora, armas y ropa— por valor de 25.000 doblones. Todo eso lo envió Misisipi arriba hasta alcanzar Pennsylvania y Virginia, donde se distribuyó entre las tropas de Washington y Lee, y eso permitió al Ejército Continental sostenerse y asegurar todo el territorio al oeste de los montes Alleghany. Además de comprometerse en los asuntos públicos, Gálvez tomó también decisiones radicales en su vida personal, pues se casó —aunque sin autorización real, como era preceptivo— con Felicitas de Saint Maxent, una creole de 22 años muy bien relacionada en Nueva Orleans, hija de uno de los patricios de la ciudad y viuda de Jean Baptiste Honoré d’Estrehan, antiguo tesorero del rey Luis de Francia.
Durante el año 1778, tanto españoles como británicos sabían que la guerra era inevitable y, a pesar de las dudas del gobierno español, la situación era cada vez más complicada y se producían constantes incidentes. El general Henry Clinton, al mando de las tropas británicas en América del Norte, envió los regimientos de Waldeck —alemanes—, Pennsylvania y Maryland —realistas americanos— a Florida, en total 1.200 hombres al mando del general John Campbell, con los que se debían de reforzar los principales fuertes ingleses en Pensacola, Bute de Manchac, Panmure de Natchez y Baton Rouge, así como otros puestos menores en el interior del territorio.
Todas las fortificaciones se reforzaron y se mejoraron la artillería y los elementos defensivos, quedando los buques Syph y Howard de forma permanente en la zona. Estos sucesos, unidos a las informaciones llegadas de los agentes españoles, convencieron a Gálvez de que un ataque británico era inminente y de que Luisiana iba a ser invadida.
Gálvez estaba realmente preocupado por lo que podía ocurrir en caso de guerra abierta, y aunque había mejorado las defensas de Nueva Orleans, le faltaba lo principal, población. Para corregirlo, comenzó la llegada masiva de canarios, que se establecieron como hemos visto al sudeste de Nueva Orleans, en la parroquia de San Bernardo y el Bayou Lafourche, donde fundaron Valenzuela, y al sur de Baton Rouge, frente a la boca del río Amite, dirigidos por el suegro de Gálvez, Saint Maixent. Con canarios se fundó también la población de Barataria e incluso se estableció en la localidad de Galveztown —desaparecida a principios del siglo siguiente— una colonia de angloamericanos e ingleses que buscaban la protección de España y llegaron huyendo de la guerra [41]. Finalmente, con quinientos emigrantes malagueños nació Nueva Iberia. Con estos colonos se podía nutrir el regimiento de infantería de Luisiana y las milicias y mejorar la capacidad de defensa de la provincia.
Gálvez siguió en su línea de apoyar a los norteamericanos y especialmente al general George Rogers Clark en Illinois, donde su situación era complicada. A través de Pollock se hizo llegar al Ejército Continental toda la ayuda posible, si bien esta vez con más discreción.
El apoyo español fue esencial para la campaña de Clark, que tras tomar los fuertes británicos de Kaskaskia, Kahokia y Vicennes aseguró para la nueva nación el valle del Ohio. Finalmente el activo gobernador de Luisiana se dedicó a intentar captar a las tribus indias para la causa española, algo en lo que, a la hora de la verdad, fracasó, pues los choctaws, chicasaws, creeks y semínolas, combatieron en la guerra del lado inglés.
Al comenzar el año 1779, la situación parecía clara. Francia, cuyo gobierno sufría una fuerte presión de los intelectuales y enciclopedistas (favorables en su práctica totalidad la causa americana), y de una parte de la oficialidad del ejército, aún resentida de la derrota de 1763 que buscaba revancha, se dirigía hacía la guerra, en la que ya participaban decenas de franceses voluntarios que combatían al lado del Ejército Continental. Pero, la mayor parte del gobierno francés seguía desaconsejando al rey Luis la ruptura con Inglaterra, pues la hacienda del reino no estaba muy boyante y tampoco tenían claras las ganancias que se conseguirían con la aparición de una nación americana independiente [42].
A pesar de las reticencias de sus ministros, el rey francés se veía presionado por una opinión pública favorable al bando pro norteamericano, y el 6 de febrero firmó un tratado con los Estados Unidos en el que reconocía el derecho de estos a ser independientes, lo que en la práctica suponía la guerra con los británicos. Luis XVI intentó hacer valer el Pacto de Familia con España, pero el conde de Floridablanca, opuesto a la guerra, consiguió evitarla. Alegaba que Francia no había consultado a su aliada antes de provocar a los ingleses, pero la realidad es que en España no había un núcleo de intelectuales como los de Francia, por lo que apoyar a los colonos americanos no agradaba demasiado a la mayoría dirigente. Además, Floridablanca, temía el contagio de las ideas norteamericanas en la América Española, algo que finalmente ocurrió.
En el lado opuesto al Floridablanca estaba el conde de Aranda, embajador en Francia, que apoyaba sin reservas a los franceses, pues consideraba que una sólida alianza de las dos Coronas era la única forma de oponerse con éxito a la Gran Bretaña.
La experiencia de lo sucedido desde 1700 parecía darle la razón, más aún cuando se ganó la guerra en 1783. Sólo quienes tenían enfrente de sus narices la amenaza británica, como era el caso de Gálvez en Luisiana entendían de verdad la necesidad de ayudar a los norteamericanos, aún sabiendo que en el futuro podrían ser una amenaza para los intereses de España.
Conociendo la actitud del conde de Aranda, Francia le presionó todo lo que pudo, pero el conde siguió fiel a las instrucciones de Floridablanca, aun estando en desacuerdo con él, y mantuvo firmemente la no beligerancia de España.
En cuanto al Reino Unido, hizo esfuerzos diplomáticos para mantener a España fuera de la guerra, pero la agresividad y altanería de sus marinos les impidió actuar con la prudencia que requería la situación y las agresiones a los buques españoles continuaron.
En consecuencia, el 3 de abril de 1779 España dio un ultimátum al Reino Unido, y el 18 de mayo el rey Carlos III impartió instrucciones para la defensa de los territorios de Ultramar ante la previsión de guerra con los británicos. Estaba ya claro que, de una forma u otra, España iba a entrar en una contienda en la que los Estados Unidos combatían por su independencia y en la que desempeñaría un papel crucial, desgraciadamente hoy olvidado por todos. Con su participación España iba a aportar su flota, la tercera del mundo, y extendería el campo de operaciones al Mediterráneo y a la América caribeña, desde Luisiana a las islas y desde Costa Firme a Centroamérica.
La lucha comenzó en Europa, en el lugar del mundo en el que tropas españolas y británicas estaban más cerca: Gibraltar. Los españoles bloquearon el Peñón nada más comenzar las hostilidades y una fuerza naval atacó el puerto. También comenzaron de inmediato las conversaciones con Francia acerca de cuál debía ser la estrategia a seguir. Para España lo prioritario era tomar los territorios usurpados, es decir, Gibraltar, Menorca y Florida, y defender Cuba y Puerto Rico, si bien Luisiana y Honduras estaban también entre aquellos lugares en los que, por la vecindad con los británicos, podían producirse choques armados de inmediato. La idea obvia era aprovechar la alianza franco-española para equilibrar la situación en el mar.
Era evidente que si los norteamericanos y los franceses querían triunfar en América del Norte debía de contar con el apoyo financiero, material y naval de España, que, por su parte, precisaba del apoyo francés en el Mediterráneo y en Gibraltar. Si las dos potencias borbónicas se coordinaban bien sería factible amenazar las islas británicas, lo que obligaría al Reino Unido a desatender otros escenarios de guerra y aumentaría las posibilidades de éxito de España en el Caribe y de Francia en la India.
Los planes de invasión de Inglaterra se pusieron en marcha ya en 1779, nada más comenzar la guerra, si bien no se concretó si el esfuerzo principal debía de ir encaminado contra Inglaterra o contra Irlanda, donde se presumía que la población apoyaría a las dos potencias católicas.
España carecía de las fuerzas terrestres que exigía una invasión del suelo inglés, pero confiaba en que la presión obligaría a los británicos a aflojar en la defensa de Gibraltar. Por ello Floridablanca estaba dispuesto a comprometerse con dinero y medios materiales y esperaba que Francia pusiera las tropas.
El único problema estratégico que veían los altos mandos de los ejércitos borbónicos con respecto a una ataque a las islas británicas es que naciones de Europa neutrales, como Prusia, acabasen combatiendo en el lado inglés para guardar el equilibrio continental. Aparte de estas consideraciones de tipo político, había que tener en cuenta otros factores, como el estado deplorable de una parte importante de la flota francesa y la escasez habitual de tropas españolas.
Los planes de invasión nunca se abandonaron del todo, pero estuvieron más orientados a distraer a las tropas británicas de los frentes de batalla que a invadir Inglaterra. Respecto a Gibraltar, estuvo sitiada desde del 11 de julio de 1779 hasta el final de la guerra, y Menorca no fue reconquistada totalmente hasta el 4 de febrero de 1782. En América, la guerra afectó a Campeche, Yucatán, Honduras y Lusiana, que se convertiría en el punto de partida de la reconquista de las Floridas.
Quien da primero da dos veces. De Bute de Manchac a Baton Rouge
Ante la inminencia de la guerra los problemas de Bernardo de Gálvez eran considerables. A pesar de la rebelión de sus colonias los británicos seguían contando con ciertas ventajas estratégicas, siendo la más importante su capacidad para atacar desde el norte, tomando como base el fuerte de Michilimackniac y fijando como objetivo inicial San Luis, desde donde podrían avanzar hacia el sur, apoyándose en sus puestos fortificados meridionales, para tomar Nueva Orleans y alcanzar el Golfo.
La realidad es que estas previsiones eran demasiado pesimistas para los intereses españoles, pues si bien los británicos tenían alguna posibilidad de tomar San Luis e incluso amenazar la Baja Luisiana, conquistar Nueva Orleans no era tan fácil, pues además de la resistencia que pondría la propia población criolla, había que tener en cuenta que los norteamericanos del general George Rogers Clark controlaban una gran parte del territorio por el que los británicos tendrían que moverse. Además, para que la ofensiva inglesa tuviese resultado positivo debería de coordinarse con tropas de Florida Occidental —desde Pensacola— e incluso desde Jamaica, para así asegurar el delta del Misisipi. Si lograban tener éxito, las posibilidades de victoria de las colonias rebeldes se verían muy limitadas y España recibiría un duro golpe.
Respecto a Gálvez, agresivo por naturaleza y convencido de que «es necesario jugar a los dados y probar suerte» (como escribió a Juan Bautista Bonet, comandante en jefe del departamento naval de La Habana), tuvo en mente desde un primer momento la realización de acciones ofensivas contra los británicos, y decidió que había que atacar los fuertes y emplazamientos de las parte baja del Misisipi, que podrían convertirse en una amenaza contra la Luisiana española.
Los planes británicos no eran un secreto y todos sabían que el riesgo era cierto si no se actuaba con celeridad. Además, tomar los puestos británicos permitiría a España negociar la paz desde una posición ventajosa, ya que eran muchos los que pensaban que si los norteamericanos se independizaban, a la larga serían una amenaza tan temible o más que los ingleses. Triste fue que el tiempo les diera la razón y ese fuera el ingrato tributo que a la postre pagó España por ayudar a la independencia de Estados Unidos.
Desde el punto de vista estratégico español, Gálvez contaba con todo lo que necesitaba, al menos desde el punto de vista del conocimiento del enemigo al que se enfrentaban. Ya hacía tiempo que su suegro, que conocía bien los fuertes británicos, le había facilitado planos y dibujos precisos, especialmente de Bute de Manchac, pero había visto también los de Natchez y Baton Rouge. Ante el temor de que el número de tropas enemigas a las que enfrentarse fuese mayor de lo supuesto, Gálvez pidió a La Habana más soldados. La petición fue atendida con celeridad y el general Navarro tomó la decisión de enviar desde Cuba al 2º batallón del Regimiento de Infantería España —631 hombres—.
Una Junta de guerra que se celebró en Nueva Orleans examinó con detalle la situación. Aún no se sabía en Nueva Orleans que España y el Reino Unido estaban ya en guerra, pero daba igual, pues habían llegado noticias de Madrid advirtiendo de la necesidad de tomar precauciones contra a un inmediato ataque inglés. Las nuevas de la declaración de hostilidades no llegaron a La Habana hasta el 17 de julio y en los días siguientes a Luisiana.
A la junta asistió Francisco Cruzat, comandante del puesto de San Luis y responsable de la defensa de la frontera norte; el capitán Juan De la Villebeuvre, al mando de las tropas situadas en los fuertes del sur; Alexander Coussot, del lejano puesto de Arkansas; y los demás jefes de los destacamentos de todo la provincia, incluyendo a los oficiales de más alta graduación, como el coronel Esteban Miró, el teniente coronel Pedro Piernas y el comandante Jacinto Panis. En suma, todos los responsables de las tropas regulares y de la milicia.
La primera recomendación de la Junta hacía referencia a la defensa de la capital, Nueva Orleans, para lo que se consideró esencial fortificar el Bayou San Juan y concentrar el máximo posible de tropas en la ciudad. Por consejo de Miró se decidió construir cuatro reductos debajo de Manchac —en manos inglesas—, para proteger Nueva Orleans de un ataque desde el río. Aún así, se consideraba que si los ingleses tenían éxito y lograban abrirse paso desde el norte y se juntaban con las tropas de los fuertes del sur, sería muy difícil defender la ciudad. Además hacían falta municiones, armas, pólvora y ante todo comida, puesto que si se producía una ofensiva británica los refugiados se amontonarían.
Era pues lógico que Bernardo de Gálvez se mostrase intranquilo, aun a pesar de tener las ideas bastante claras. Estaba seguro de que la guerra con los británicos era inevitable, y se alegró enormemente al ver la respuesta entusiasta de civiles y militares cuando días después, en una reunión extraordinaria en el Cabildo de Nueva Orleans, comunicó a los presentes el inicio de las hostilidades. El 17 de agosto, envío copia completa de su plan de operaciones a La Habana, en el que comunicaba que proyectaba iniciar de inmediato una ofensiva contra los asentamientos ingleses del Misisipi, aprovechando el factor sorpresa. Navarro, capitán general de Cuba, no estaba totalmente de acuerdo con Gálvez, por lo que comenzó un serio enfrentamiento sobre el número de tropas que eran necesarias para las operaciones. Consideraba Navarro que eran suficientes 3.200 hombres para tomar Pensacola, un número muy alejado de los 7.000 que solicitaba Gálvez. El problema estaba en que Navarro temía algo parecido a lo que había ocurrido en 1762 y quería retener como mínimo 3.871 hombres para la defensa de la capital de Cuba, además de los que harían falta para las operaciones en Centroamérica —Yucatán, Campeche, Honduras— y el Caribe.
Gálvez no se desanimó por la falta inmediata de refuerzos y tras informar a los comandantes de los puntos más expuestos a enfrentamientos con los británicos les pidió que se prepararan para formar una milicia e iniciar un reclutamiento urgente de voluntarios. También autorizó la incorporación de norteamericanos a las milicias criollas franco-españolas.
El primer problema no vino, sin embargo, de los británicos, sino de la naturaleza, ya que un terrible huracán barrió Nueva Orleans y arrasó la ciudad y su comarca. Las pérdidas fueron cuantiosas y una parte considerable de los barcos de transporte de los que se disponía quedaron dañados. La confusión y el caos fueron importantes, y los daños terribles. Pero cuando las cosas se ponen mal es cuando de verdad se ve la pasta de la que está hecho un líder. Apenas unos días después del desastre, estimulado por las noticias de Du Breüil, cuyos hombres habían realizado varios reconocimientos en los alrededores del fuerte inglés de Bute de Manchac y que le notificaba que no apreciaba una gran capacidad ofensiva en el enemigo, Gálvez tomó una firme decisión: atacar.
El 27 de agosto las tropas españolas partieron de Nueva Orleans en dirección a su primer objetivo. Eran 669 hombres distribuidos en 170 veteranos y 330 reclutas del Real Ejército, parte de ellos del Regimiento de Luisiana y el resto procedentes de Europa. A ellos se unían 80 negros y mulatos libres, 60 milicianos criollos, la mayoría de origen francés, 20 carabineros y 9 voluntarios norteamericanos [43] al mando de Olliver Pollock, que rechazó un puesto en el ejército español. Una verdadera tropa multiétnica, pues había españoles, franceses, criollos del país, angloamericanos, irlandeses, mejicanos, puertorriqueños y dominicanos.
Francisco Collel, comandante del puesto de Galveztown, dirigió una incursión contra unas barcas inglesas en el río Amite a 30 kilómetros de Manchac, cortó las comunicaciones entre el lago Marrepas y el Misisipi, y tomó el pequeño fuerte Graham, capturando entera a su guarnición de 12 soldados.
Si los británicos tenían alguna duda acerca de cuál sería el comportamiento de los españoles, ya tenían la primera respuesta. Es posible que no conociesen la declaración de guerra, pues el teniente coronel Alexander Dickson, al detectar las actividades de las avanzadas del agresivo Collel, decidió no enfrentarse a las tropas enemigas en el fuerte Bute y se replegó a Baton Rouge donde el 9 de septiembre supo, por una comunicación del gobernador de Florida Occidental en Pensacola, que estaban en guerra también con España.
Las cosas eran justamente lo contrario de lo que ambos bandos esperaban. Gálvez decidió aprovechar la falta de combatividad de los ingleses de inmediato, pues si el enemigo no conocía la declaración de guerra y no tenía planes ofensivos, tampoco imaginaría lo insignificante de la fuerza española a la que se enfrentaban, ni el agotamiento de sus soldados tras días de fatigosa marcha. Pero si alguien no pensaba dar tregua al enemigo este era Gálvez, cuyas tropas atacaron el 7 de septiembre el fuerte Bute, que cayó sin una sola baja española y con una inglesa. El resto de los británicos: un capitán, un teniente y dieciocho soldados se rindieron de inmediato. Sólo un pequeño contingente logró escapar y llegar a Baton Rouge.
Con todos los hombres agotados, los españoles alcanzaron las trincheras y parapetos de Baton Rouge tras quince días de campaña. Allí se enfrentaban a casi medio millar de soldados británicos e indios —de ellos casi 400 veteranos—, con artillería, inferiores en número a los atacantes —aunque no lo sabían—. Ante la imposibilidad de asaltar el fuerte frontalmente, los españoles se limitaron a emplazar con la mayor eficacia posible los cañones que llevaban —10 cañones con 14 artilleros al mando de Julián Álvarez, que hizo su trabajo a la perfección.
Respecto a los ingleses, la verdad es que en esta primera fase de la campaña parecían no tener muchas ganas de resistir, pues tras un corto bombardeo de la artillería española, que abrió fuego a primera hora de la mañana del 21 de septiembre, el coronel Dickson se rindió con sus 375 hombres y 8 barcos de transporte. Las mujeres y los niños fueron liberados.
Dickson afirmó que se vio obligado a ceder ante la tremenda superioridad de la artillería española. Por si fuera poco, Gálvez le obligó también a rendir el fuerte Panmure de Natchez, situado muy al norte, que fue ocupado por el capitán Juan De la Villebeuvre el 5 de octubre.
Con la caída de Panmure, todos los objetivos de la campaña se habían cumplido en un tiempo récord. No se podía pedir más, pero aún así, en las semanas siguientes las patrullas españolas se dedicaron a limpiar los núcleos de resistencia en la cuenca baja del Misisipi que aún estaban en manos inglesas. Vicente Rillieux, un criollo de Luisiana, con su goleta de 60 hombres capturó un transporte de tropas británico con casi 500 soldados y marineros, rastrillando luego el río Amite; Grand-Pré, tomó el puesto inglés de Thompson’s Creek, que también había sido incluido por Dickson al aceptar las condiciones de rendición en Baton Rouge.
Con esta impresionante victoria las tropas españolas habían bloqueado cualquier intento inglés de intentar unir Canadá con el Golfo de México desde el sur, y si bien es cierto que los británicos todavía lo intentarían desde el norte atacando San Luis, lo cierto es que su situación era ahora mucho peor, sobre todo porque ya no amenazaban las Provincias Internas del virreinato de Nueva España. No es de extrañar que Bernardo de Gálvez fuese ascendido a mariscal de campo cuando solo contaba 33 años.
La ofensiva sobre Florida y la toma de Mobila
Mobila, la vieja base francesa de la costa del Golfo, era según Gálvez más autónoma para su defensa que Pensacola, ya que afirmaba que esta última no podía mantenerse en manos británicas si caía Mobila, que por el contrario si podía resistir sin Pensacola. Edificada en el fondo de la bahía de su nombre —hoy Mobile, en Alabama—, disponía de un poderoso fuerte de piedra, Fort Charlotte, situado en un alto y reforzado por los británicos en los meses anteriores a la entrada de España en guerra, que tenía 35 cañones y una guarnición de 300 hombres más algunos indios aliados.
Así pues, Gálvez consideró que Mobila era la plaza que había que tomar si se deseaba conquistar Pensacola y la Florida Occidental. Pero el principal problema era que en Lusiana no había fuerzas suficientes para ocupar esa base, por lo que solicitó a Cuba el envío de las tropas y el material necesarios para comenzar la nueva campaña. Como casi siempre, en La Habana le negaron los refuerzos, y después de intensas negociaciones y largas dilaciones logró disponer en Nueva Orleans de una fuerza suficiente para intentar acometer la empresa. En total contaba con 1.200 hombres, artillería de sitio, municiones y víveres abundantes, con los que partió el 14 de enero de 1780 en 14 buques de transporte y escolta.
Una vez más la naturaleza se mostró contraria a los españoles y un tremendo temporal arrastró a 6 de los barcos a la costa, donde embarrancaron en la entrada de la bahía de Mobila, en una isla desierta, sin apenas agua y comida y salvándose solo unos pocos cañones. En total quedaron 756 hombres, de ellos 141 del regimiento de Lusiana, 50 del regimiento de La Habana, 43 del Príncipe y 14 artilleros, a los que se sumaban 26 carabineros de Nueva Orleans —una unidad de élite—, 325 milicianos blancos, 107 milicianos negros y pardos, 26 norteamericanos y 24 esclavos negros. Allí Gálvez demostró una vez más su capacidad ya que con los cañones recuperados de los barcos formó una batería para controlar la entrada a la bahía y establecer una mínima defensa.
Tras restablecer la moral de sus hombres, Gálvez ordenó fabricar escalas con los restos de los barcos para poder asaltar las fortificaciones de Mobila y se dispuso a continuar con sus planes como si nada hubiese sucedido.
Mientras tanto, en La Habana, José de Ezpeleta y Galdeano, coronel del Regimiento de Infantería Navarra, enviado por Gálvez para conseguir más refuerzos, no había tenido éxito, pues, tras lograr unas mínimas cantidades de hombres y pertrechos, no logró que el Comandante de Marina, Bonet, le autorizase la partida. La situación era casi ridícula, aunque Ezpeleta logró enviar a Mobila 200 hombres en 4 barcos, con escasez de equipo, armas y municiones, pero con algo de material de sitio y artillería.
Para Gálvez, que estaba dispuesto a intentar el asalto con escalas, la llegada de refuerzos por pequeños que fueran significaba mucho, y pudo establecer un sitio en regla. Tras embarcar en los buques que acababan de llegar, marchó hasta la plaza fuerte inglesa. El 24 de febrero de 1780 desembarcó y tomó posiciones frente a Fort Charlotte. En Pensacola el general Campbell, al tener noticias de lo sucedido, decidió de inmediato marchar con una fuerza de 1.100 hombres en apoyo de la guarnición. Era una oportunidad de destruir a los españoles antes de que se reforzasen.
La decisión de Campbell no era mala, pero afortunadamente para Gálvez, tras intensas discusiones, Ezpeleta logró autorización para partir con refuerzos que el 9 de marzo estaban en la bahía, donde tras desembarcar el material y a los soldados, Gálvez disponía ya de 1.400 hombres con los que comenzó el sitio de la plaza.
La idea de Gálvez y los mandos españoles era montar una batería de 18 piezas para derribar los muros de Fort Charlotte, y tardaron solo dos días en comenzar a batir las posiciones británicas. El 13 de marzo se logró abrir una brecha y las tropas españolas se lanzaron al asalto. Los granaderos que iban en vanguardia barrieron a los defensores que, tras retirarse al interior del fuerte, no aguantaron mucho y se rindieron. Al día siguiente, Gálvez dictó las condiciones de rendición que fueron aceptadas por el comandante de Fuerte Charlotte, quien se entregó junto a 13 oficiales, 300 soldados e ingentes cantidades de municiones y provisiones, así como todos los cañones.
El general Campbell que acababa de llegar de Pensacola con los refuerzos vio como sus compatriotas se rendían a los españoles y se retiraban sin intentar nada. Eso no era suficiente para el general Gálvez, que lanzó una intensa persecución contra los británicos y logró capturar a un capitán y 26 dragones que protegían la retaguardia de Campbell. Con ello dio por suspendida la persecución, a pesar de que los soldados españoles deseaban proseguir el acoso y buscaban el combate en campo abierto.
La toma de Mobila, que permanecería en manos españolas los siguientes 33 años, era una victoria considerable, pues consolidaba las conquistas del año anterior, pero Gálvez era consciente de la importancia de actuar con rapidez contra un enemigo fuerte pero desmoralizado, y con el que se debía acabar antes de que se recuperase. Por ello, solicitó de Gabriel de Aristizabal, capitán de la fragata Nuestra Señora de la Oque había reforzado las operaciones terrestres, que le permitiese emplear las fuerzas navales que había en Mobila para apoyar un desembarco en Pensacola. Como siempre el audaz y agresivo Gálvez quería mantener la ofensiva a toda costa y acabar con los británicos en toda la Florida Occidental. Sin embargo, Aristizabal, se negó por considerar insuficientes sus fuerzas y la empresa que le proponían temeraria.
Una junta de guerra presidida por Gálvez examinó otras alternativas, como la de dirigir una expedición por tierra, para lo que se habían enviado varias patrullas con oficiales de ingenieros y artillería con el fin de evaluar las posibilidades. Las conclusiones fueron pesimistas, ya que no se consideraba factible llevar por tierra el tren de sitio, y la única alternativa era el asalto de la infantería sin apoyo artillero.
La verdad es que intentar tomar Pensacola con un ataque frontal y sin previa preparación artillera era muy complicado, dada la calidad de las defensas y de los defensores. Tampoco se podía sorprender a la guarnición, así que, para decepción de Gálvez, la única posibilidad era pedir refuerzos, organizar una expedición en condiciones y conseguir la ayuda de la Armada, que debía mover hombres y materiales, proteger la expedición desde el mar y garantizar las comunicaciones con Nueva Orleans y La Habana. En vista de la situación Gálvez retornó a Luisiana, dejando al coronel Ezpeleta como gobernador de Mobila con una poderosa guarnición de 800 hombres, por si los británicos intentaban regresar.
El frente Norte: La defensa de San Luis y la expedición al lago Michigan
Casi todas las obras modernas que tratan de la campaña contra los británicos de Bernardo de Gálvez se centran solo en las acciones militares que llevó a cabo el gobernador de Luisiana, pero olvidan que la guerra no se limitaba al bajo Misisipi y al Golfo de México, sino que se extendía hasta los Grandes Lagos.
Durante la primera mitad del siglo, audaces viajeros y exploradores franceses, militares, comerciantes, tramperos y religiosos, habían abierto una importante vía de comunicación entre Canadá y Nueva Orleans, rodeando las colonias británicas. La cadena de fuertes construida por los franceses para bloquear a los ingleses fue desbaratada durante la Guerra de los Siete Años y a su término, tras la entrega de Luisiana a España, nació una inmensa frontera en la región bajo soberanía española y británica.
Las operaciones en el norte de los dominios españoles son realmente desconocidas. Allí los colonos franceses de la Alta Luisiana, bajo soberanía española desde 1765, y los escasos soldados españoles que defendían la frontera, se enfrentaron a los británicos y sus indios aliados en los desolados bosques y ríos que rodean los Grandes Lagos. Fue una guerra ignorada y salvaje, llevada a cabo por patrullas de largo alcance, que en marchas de centenares de kilómetros entre la nieve, el hielo, la lluvia y el barro, atacaban fuertes y puestos comerciales lejanos y en los que el enemigo surgía de la forma más insospechada.
En esta guerra, que se extendió en un gigantesco arco que va desde Arkansas hasta Michigan, los españoles se enfrentarían a tribus con las que jamás habían combatido, pero cuyo eco nos ha llegado por el cine y la televisión, como los sioux y los fox, en unas luchas que llevarían a las tropas españolas hasta lugares remotos.
Cuando comenzó la guerra, el territorio situado al noreste de San Luis, conocido habitualmente como Ilinoa estaba prácticamente indefenso. Leyba, responsable de la defensa, había solicitado varias veces refuerzos, pero Gálvez había desatendido su petición, pues alegaba que necesitaba todas sus tropas en el sur, en espera de los refuerzos que debían llegar de Cuba o España.
Todos los autores que se ocupan de la campaña de Gálvez —con la notable excepción de Thomas E. Chavez— ignoran o dan escasa importancia a esta parte importantísima de la guerra, pues si los ingleses hubiesen conquistado San Luis y los puestos en la Alta Lusiana hubieran puesto en peligro todo el dispositivo español, ya que habrían amenazado directamente Nueva Orleans y tomado a las tropas españolas por la espalda. En cualquier caso habrían desbaratado todo su plan ofensivo, al obligar al general Gálvez a defender su capital y el delta del Misisipi, haciendo imposible el ataque sobre Pensacola y comprometiendo el éxito final de la campaña.
Lo único que jugaba a favor de los españoles era el gran trabajo realizado por el general Clark, que había conquistado para los Estados Unidos la mayor parte del territorio al oeste de los Apalaches, por lo que Leyba podía disponer de un buen apoyo por parte de los norteamericanos, a quienes ya se había ganado antes del comienzo de las hostilidades facilitándoles armas, suministros y dinero.
En cuanto a los británicos, gozaban de una inmensa ventaja material y militar, sólidas posiciones en Canadá y en los Grande Lagos y la habitual alianza de los indios, por lo que no es de extrañar que al poco de comenzar las hostilidades, el general Frederick Haldimand, oficial al mando de las tropas británicas en Canadá, recibiese al orden de destruir todos los asentamientos españoles y de los insurgentes americanos en el río Misisipi.
El mando de la expedición recayó en el general Patrick Sinclair, gobernador adjunto de Michilimackinac, que desde su fuerte en el norte de Michigan debía de dirigir sus tropas regulares hacia el sur, y unirse a sus aliados indios de las tribus sax, fox, sioux y menominee. Desde la desembocadura del Wisconsin avanzaron hacía San Luis, el principal asentamiento español en la zona, una pequeña villa fortificada construida por los franceses al poco de acabar la Guerra de los Siete Años.
En marzo de 1780 la expedición británica estaba lista y contaba con 750 hombres a los que se fueron sumando más aliados indios según avanzaba hacia el sur.
Los colonos norteamericanos que vivían en la región y los exploradores enviados al norte por Leyba, el gobernador de San Luis, localizaron las avanzadas de los ingleses e indios enemigos y informaron con rapidez a las autoridades españolas. La alarma cundió en San Luis y sus alrededores, pues apenas se disponía de medios de defensa. Leyba, muy enfermo, reclutó y armó a todos los voluntarios que pudo y formó una improvisada milicia.
La principal defensa estaba en los llamados «fuertes de don Carlos», construidos en las orillas del Misouri. El del sur se llamaba oficialmente Fuerte don Carlos el Señor Príncipe de Asturias, bautizado así en honor del futuro Carlos IV, con una empalizada de 80 pies y cuatro bastiones. En la orilla norte se levantó el Fuerte San Carlos el Rey, don Carlos Tercero, más conocido como Fuerte San Carlos del Misuri, que contaba con una gran edificación de 18 píes de planta y 7 de altura y una guarnición de cinco hombres. Ambos fuertes se complementaban, ya que sus cañones se cubrían mutuamente, pero los oficiales que estaban con Leyba los consideraban indefendibles con las fuerzas de que disponían, por lo que se ordenó su destrucción para evitar que cayesen en manos de los británicos.
La fortificación más importante de San Luis paso, por lo tanto, a ser el fuerte San Carlos, que contaba con una torre de piedra artillada con cinco piezas que se edificó en previsión del inminente ataque. Las obras se pagaron por el propio Leyba, que se arruinó en la defensa de la ciudad. Además se levantaron terraplenes y barricadas de tierra y piedra formando cuatro medias lunas y dos bastiones, equipándose la media luna del norte —hoy en Franklin Street— con cuatro cañones sacados de los fuertes de don Carlos abandonados.
El general George Rogers Clark, al mando del Ejército Continental en el Oeste, envió de refuerzo al capitán Rogers y al coronel Montgomery, que una vez en San Luis, propusieron a Leyba dirigir una fuerza armada al norte para bloquear el avance británico antes de que sus tropas llegaran al Misisipi.
Leyba aceptó el plan y se ofreció a apoyar a las tropas americanas con artillería, municiones y todos los hombres que pudiese reunir. Estas tropas incluían la guarnición de St. Genevieve, que se había unido a las tropas que había en San Luis —un total de 62 hombres y dos barcos artillados— y 150 colonos franceses que llegaron al poco tiempo, todos ellos conocedores de los bosques y buenos tiradores. Respecto al enemigo, los exploradores enviados al norte lo evaluaban en unos 300 regulares británicos, unos 900 indios y algunos canadienses.
El 23 de mayo las avanzadas británicas estaban ya a solo 85 kilómetros de San Luis y tres días después comenzaron los ataques. Enfermo y cansado, Leyba sacó fuerzas de flaqueza y haciendo un tremendo esfuerzo tomó personalmente el mando de los defensores. Los tiradores creoles, con sus rifles de caza rayados y los pocos norteamericanos incluidos entre los defensores y que iban armados y equipados como ellos, así como la mayor parte de las tropas españolas, se situaron en las empalizadas para disparar contra los ingleses e indios enemigos cuando se presentasen ante las defensas.
El entramado defensivo se centraba en dos grandes trincheras que quedaban cubiertas por dos cañones. Uno, desde la torre que debía proteger también el acceso al pueblo, y el otro, en un baluarte en el que se situó el propio Leyba para dirigir las operaciones. Junto a él, se izó una gigantesca bandera blanca con el aspa roja de San Andrés, para que todo el mundo pudiera verla, como símbolo de su decisión de mantener la ciudad bajo la soberanía de España. El teniente Silvio Francisco Cartabona, segundo en el mando y que debía reemplazar a Leyba si este caía, fue el encargado de proteger la población y amparar a las mujeres y los niños si las defensas cedían y los indios penetraban en la ciudad. Para ello quedó al mando de 20 fusileros españoles de las tropas regulares.
Los indios que llegaron ante las defensas españolas se extrañaron de no ver a nadie en las proximidades, y creyendo que habían sorprendido a los defensores de San Luis se lanzaron aullando contra los terraplenes, seguidos por los regulares británicos que avanzaron en perfecta formación. A una señal de sus oficiales, los trescientos defensores se alzaron en sus parapetos y lanzaron una descarga cerrada contra los asaltantes, que fueron barridos por una lluvia de plomo. A continuación los cañones abrieron fuego lanzando sus botes de metralla contra la masa de indios atacantes y los regulares ingleses. Éstos últimos aguantaron el fuego y siguieron avanzando, pero los indios no soportaron el castigo y huyeron, dejando solos a los soldados británicos que, igualados ahora en número a los defensores, no tenían ninguna posibilidad de tomar las trincheras y parapetos y retrocedieron, dejando decenas de muertos y heridos en el campo.
Al cabo de unas pocas horas todo había acabado. El general Haldimand, desde Canadá, culparía luego a los franco-canadienses de haberle traicionado y haber espiado para los españoles, lo que es falso y además injusto, pues los pocos canadienses que servían con Sinclair fueron leales y fieles a los británicos. El hecho cierto es que la desmoralización cundió entre las tropas asaltantes, que además empezaron a ser atacadas constantemente, pues tanto Leyba como los criollos franceses de San Luis sabían que el éxito solo podía lograrse si se mantenía la presión, sobre todo porque eso desmoralizaría a los indios. Por lo tanto las tropas españolas salieron de sus defensas y se adentraron en los bosques en persecución de sus enemigos.
Los fogonazos de los disparos, los gritos de los que caían y los continuos combates diarios convirtieron a la fuerza expedicionaria británica en un caos total, con los indios fuera de control. Los efectos de la artillería y de la brutal forma india de guerrear hicieron que el espectáculo que encontraban las tropas españolas en su avance fuese dantesco. Leyba escribió «que la angustia y la consternación se apoderaron de todos al encontrar los cadáveres cortados en pedazos, sin entrañas y con los miembros, brazos y piernas, dispersos por el campo».
A pesar de la victoria, Leyba seguía inseguro. Se temía que la desorganizada fuerza británica, con los indios enloquecidos, intentase volver a atacar la ciudad, cuyos habitantes estaban aterrorizados. La única solución era perseguir al enemigo y destruirlo para impedirle regresar. En una conferencia con el coronel Montgomery se acordó formar una fuerza conjunta hispano-norteamericana y lanzarse tras los británicos y sus aliados indios en retirada.
Con un total de 300 hombres —200 del Ejército Continental y milicias norteamericanas— y el resto tropas españolas y voluntarios franceses, se inició la persecución, en la que solo encontraron campamentos y aldeas indias abandonadas y una total desolación. El 20 de junio de 1780, Leyba escribió una carta a Gálvez en la que le notificaba la victoria obtenida y le informaba de la persecución sobre las tropas enemigas vencidas. También le hablaba de su mal estado de salud. De hecho fue su última carta, pues falleció el día 28 de junio, siendo enterrado en la iglesia de San Luis, la ciudad que había defendido con valor y energía, dando ejemplo a todos y rindiendo un último servicio a su patria.
Tras la toma de Pensacola, las cartas de Gálvez atestiguan la importancia que se le concede a San Luis. En las instrucciones a Piernas, gobernador provisional de Nuevo Orleans, y en una carta a Silvio Francisco de Cartabona, Gálvez se disculpaba de no haber podido enviar refuerzos, hasta que finalmente estos llegaron a San Luis con Francisco Cruzat, que el 20 de julio de 1789 fue nombrado en sustitución de Leyba. El 24 de septiembre llegó con más tropas a San Luis y el 20 de enero de 1781 recibió todos los suministros pedidos, algo esencial para mantener la amistad de los indios, a los que se mantenía tranquilos gracias a los regalos.
Durante su mando interino el eficaz Cartabona no había perdido el tiempo y sus tropas habían ocupado una lejana posición avanzada en Sac Village, cerca del actual Montrose (Iowa) y también en Peroia, en el Illinois. El mando de estas tropas lo ostentaba un francés llamado Jean Baptiste Malliet, que envío patrullas para reconocer el territorio y contactar con las tribus indias de la región, los sacs, fox, potowtamis y otos. En sus contacto con las tribus llegó a la conclusión de que tarde o temprano los británicos intentarían otro ataque contra San Luis y través de indios aliados descubrió que la base principal inglesa se encontraba en la orilla este del lago Michigan, en Saint Joseph, cuyo fuerte se había convertido en un importante almacén de municiones y pertrechos para la preparación de expediciones contra norteamericanos o españoles. En consecuencia, el audaz oficial francés del ejército español concibió una idea temeraria: atacar el puesto en pleno invierno y destruirlo. Sólo había un problema, para llegar había que avanzar más de 800 kilómetros por territorio helado y nevado plagado de enemigos.
Una vez que se autorizó la temeraria expedición, esta partió de San Luis el 2 de enero de 1781 al mando del capitán Eugenio Pourré. Contaba con 91 hombres de la milicia y 61 indios oto, sotú y potutaami. Tras subir por el Illinois en canoa, a unos 320 kilómetros de su objetivo, el hielo les impidió seguir avanzando y tuvieron que continuar a pie, escondiendo suministros por el camino para poder usarlos a su regreso. En la madrugada del 12 de febrero, los pocos centinelas congelados de frío que guardaban la empalizada del fuerte de Saint Joseph fueron sorprendidos por los hombres de Pourré, quienes tras desarmar y hacer prisionera a la guarnición, izaron la bandera española. Pasaron un día en el fuerte y luego, tras cargar con lo que podían llevar, incendiaron las provisiones, suministros, empalizadas y casas y se marcharon por donde habían venido, llegando a San Luis el 6 de marzo. Las noticias de un éxito tan increíble —al mejor estilo de los actuales comandos— llegaron pronto a La Habana y finalmente a España, donde se publicaron en La Gaceta de Madrid, el periódico predecesor del actual Boletín Oficial del Estado.
Desde el punto de vista militar la acción de Pourré tuvo una gran importancia estratégica, pues Gran Bretaña anuló sus proyectos de ofensiva hacia el Misisipi al pensar que el poder español en la zona era mucho mayor de lo esperado. En adelante, los británicos se situaron a la defensiva, para proteger Canadá de cualquier ataque, algo que en realidad estaba muy lejos de las posibilidades españolas e incluso norteamericanas.
Durante el resto de la guerra la actividad se mantuvo con la acción de patrullas de ambos bandos que actuaban en lo más profundo de los bosques con sus aliados indios, y que siguieron intercambiando golpes hasta el final de la guerra. En algunos casos se trató de acciones preocupantes, como la insurrección de Natchez a finales de 1782, cuyos habitantes —la mayor parte ingleses realistas— se alzaron en armas y su revuelta tuvo que ser sofocada por las tropas españolas; o como la incursión llevada a cabo por un grupo de rangers y realistas americanos que en compañía de una partida de indios lanzaron en 1783, el último año de la guerra, una correría al estilo de Porrué contra el lejano Puesto de Arkansas. El ataque fue rechazado, pero demostró que incluso hasta el final el peligro siempre estaba presente para los soldados que ocupaban los fuertes dispersos en el interior del enorme territorio de Luisiana.
Por lo tanto, cabe concluir que al absoluto éxito español en el sur, se unía una victoria en el norte del todo inesperada. Pronto a los británicos solo les quedaría el Caribe, e incluso allí su posición iba a ser amenazada por los victoriosos ejércitos de España.