6. 4. Viejos conocidos, nuevos enemigos

 

T

ras los éxitos realistas de 1813y 1814, en 1815 la guerra en México degeneró en una serie interminable de persecuciones en las que los ejércitos realistas seguían tras los restos de las desmoralizadas tropas republicanas, sin que los continuos combates lograsen un resultado definitivo.

El 5 de noviembre se produjo, por fin, el resultado que buscaban los realistas, al conseguir que el último ejército de campaña insurgente diese batalla en campo abierto a las tropas virreinales en Tezmalaca. En esa memorable jornada tres columnas realistas convergieron para destruir a las tropas de Morelos, que pudo escapar por poco. Poco después fue capturado por un voluntario urbano, que lo entregó a las autoridades españolas, y fusilado en diciembre.

La victoria había sido conseguida por una eficaz combinación de tropas españolas peninsulares, de nueva creación y veteranas, cuerpos fijos del Virreinato y milicias coloniales —regimientos Fernando VII, Zamora, Veracruz, Fieles de Potosí y Tlaxcala como infantería y Dragones de España como caballería—. El poderoso ejército realista, era ahora una fuerza de más de 80.000 hombres, fogueados y bien armados que estaban a punto de asegurar el país entero para las armas del rey.

El año 1815 coincidió con la llegada a Costa Firme de la poderosa expedición española de Morillo, que en poco tiempo reconquistó Venezuela, tras tomar la poderos plaza de Cartagena de Indias. Con la pérdida de sus principales puertos, los corsarios que combatían en el Caribe contra el tráfico comercial español con patentes de los gobiernos independentistas fueron mantenidos a raya. Esta situación se prolongó durante el año 1816 en todo México y en la frontera norte del Virreinato. Pero el apoyo a la causa insurgente vendría del lugar más inesperado, la propia España.

Llega Mina. El guerrillero

En abril de 1817 un flotilla de 8 buques desembarca a casi 600 hombres en la costa de Texas. Al mando iba el legendario guerrillero español de la Guerra de la Independencia Javier Mina «el Mozo», que combatía al lado de los insurgentes mexicanos. Llevaban además 6.000 fusiles, el mismo número de carabinas y tercerolas de caballería y al menos una treintena de cañones. La reacción del virrey fue inmediata. Tres naves atacaron la cabeza de puente de Mina en la costa, y destruyeron los cuatro barcos que encontraron con todo el material que tenían acumulado.

Las tropas del comandante en jefe de las Provincias Internas, Arredondo, se movieron con rapidez para enfrentarse a la nueva amenaza. La pequeña tropa de Mina fue sorprendida y destruida, pero el antiguo guerrillero logró escapar e intentó unirse a los rebeldes mejicanos.

Acosado por lo mejor de las tropas del virrey Apodaca, con los regimientos españoles Primero Americano, Extremadura y Zaragoza; y los americanos La Corona, Provincial del México, Dragones de Nueva Vizcaya y Sierra Gorda, Mina fue perseguido sin tregua y sitiado primero en Comaja y después en San Gregorio. En la primera plaza destacó el Primer Batallón del Regimiento de Infantería Zaragoza, que tomó la posición en una impresionante carga a la bayoneta. En San Gregorio la lucha fue más complicada. El sitio se prolongó cinco meses con constantes ataques de los sitiados a las líneas sitiadoras, que costaron a los realistas medio millar de bajas. Un último intento para romper el cerco, el 1 de febrero de 1818, demostró a los insurgentes que no había salvación y finalmente se rindieron, si bien Mina escapó de nuevo. Con algunas tropas había intentado romper el cerco, pero fracasó y fue sometido a una persecución implacable por parte de tres regimientos de dragones —San Luis, San Carlos y Sierra Gorda— que llegaron incluso a transportar a los soldados de infantería de los regimientos Primero Americano y Zaragoza a la grupa de sus caballos. Capturado finalmente, Mina fue fusilado el 11 de noviembre.

En Texas, el medio centenar de angloamericanos de Perry no tuvo mejor suerte. Al llegar a La Bahía, conminaron a la pequeña guarnición de la fortaleza a rendirse. Si lograban apoderarse de una base en la costa entre Galveston y el Río Grande y unían sus tropas a las de Aury y Mina, podían amenazar juntos a los realistas en Texas y el Nuevo Santander. Sin embargo, con su exigua fuerza poco podían hacer.

El gobernador de Texas, Antonio María Martínez, reunió en San Antonio de Béxar las tropas que tenía a mano y marchó contra los invasores. Los encontró en el Encinar del Perdido, donde derrotó con facilidad a los aventureros norteamericanos.

Pero la sólida posición del virrey empezaba a resquebrajarse. El coste de las campañas había sido inmenso y las constantes operaciones contra los insurgentes republicanos y el mantenimiento del gigantesco ejército virreinal, que nunca logró terminar con todos los grupúsculos independentistas, empezaba a pasar factura, sobre todo a una población cansada de lucha.

El abandono progresivo de los ranchos y de las pequeñas poblaciones de la frontera, cada vez más expuestas a los ataques de los comanches, estaba convirtiendo a Texas en un desierto. Las viejas y experimentadas tropas presidiales se habían unido en su mayor parte a los rebeldes, siendo aniquiladas en las campañas de los años 1812 y 1813, por lo que en los años siguientes fueron unidades del ejército regular del virrey o de milicias las encargadas de asegurar la frontera. Una misión para la que no estaban entrenadas ni equipadas.

Tras unos años de aparente tranquilidad, a finales de 1817 y a pesar de los éxitos de las tropas realistas, las escasas tropas que guarnecían las fronteras de Texas, se vieron de nuevo enfrentadas a una serie de desafíos a los que no pudieron responder.

Galveston, el reino pirata y el Campo del Asilo

Los sucesos que ocurrieron en Texas desde la llegada de Mina hasta el final de la expedición de James Long, el último de los filibusteros norteamericanos, demuestran a la perfección el proceso que se estaba produciendo en la frontera, donde el desgaste del poder español y su pérdida de autoridad no pudo ser sustituido por nadie.

Aunque hoy en día, Jean Laffite es una persona recordada tanto en la historia como en el folklore de los Estados Unidos, y resulta casi imposible separar la verdad de la realidad en las historias que se cuentan acerca de su vida, la versión más conocida asegura que nació en Bayona —Francia— de padre de esta nacionalidad y madre judía sefardí de origen español, en tanto otra versión dice que era bretón, de Saint Malo y que había nacido en 1781 y había navegado como corsario francés en aguas del Índico y del Atlántico, hasta que se estableció en Nueva Orleáns en los últimos años del gobierno español.

Un hecho cierto es que contrajo matrimonio con Christiana Levine, de familia judía danesa. Tras establecerse en Nueva Orleáns, Laffite creo en las ciénagas de la isla de Barataria un verdadero emporio de contrabando y comercio ilegal, apoyado por su hermano Pierre y con la colaboración de otros refugiados de Santo Domingo, que como su familia habían perdido todo al huir de la isla caribeña. Al parecer, establecieron un sistema económico que benefició el desarrollo en la zona, por lo que era apreciado por los acaudalados terratenientes y los pobres, que sobrevivían gracias al comercio y a la participación en las incursiones corsarias de su flotilla [77].

En 1814 las propiedades de Laffite en Barataria fueron confiscadas por el gobernador William C. Claiborne, quien envió tropas contra las que filibustero se negó a combatir para no enfrentarse a las fuerzas de Estados Unidos. Su entrada en la leyenda se produjo en enero de 1815, durante el intento de invasión británica a Nueva Orleans, cuando puso a disposición de Jackson más de mil hombres, armas y municiones, defendiendo una línea en el llamado French Quarter (barrio francés) con el apoyo de su flotilla desde la costa.

Al producirse victoria de los norteamericanos, Laffite recibió parte del mérito. Sin embargo, el corsario no consiguió el indulto por sus actividades ilegales ni que le fuesen devueltas sus propiedades en Barataria, a pesar de presentar su solicitud al propio presidente Madison.

Jean Laffite se trasladó en el invierno de f815 a Washington y Filadelfia, pero no obtuvo ninguna concesión. Hasta finales de 1816 lo único que logró del gobierno norteamericano fue el encargo de realizar mapas de las nuevas tierras obtenidas más allá del puesto de Arkansas, luego de la compra de Luisiana. Durante un tiempo sirvió a los españoles en Florida como agente, pero esa situación no satisfacía su ambición y pronto volvió a las andadas. Con la inmensa fortuna que había amasado en sus años de pirata reclutó nuevas tripulaciones y armó varios barcos con los que se dirigió a Texas, atendiendo a la llamada que le habían hecho los rebeldes mejicanos, y a finales de 1817 llegó a Galveston.

Tras su llegada procedió a construir de forma metódica un verdadero mini-estado, al que dotó de una poderosa armada de más de veinte buques, de los cuales media docena eran magníficas naves de guerra perfectamente equipadas. Llegó incluso a construir un palacio lleno de lujo y riquezas llamado Maison Rougeyun pueblo al que bautizó Campeche. Las autoridades españolas de San Antonio de Béxar no podían hacer nada, pues al carecer de fuerza naval no podían atravesar el canal y alcanzar la isla de Galveston. Además se enfrentaban de nuevo a amenazas procedentes de los vecinos Estados Unidos.

La incapacidad del gobierno virreinal de controlar la costa del Golfo en Texas, provocó el extraño incidente del denominado Champ D’Asile-Campo de Asilo—, una historia que sucedió al mismo tiempo que las expediciones de Mina y Perry.

Ayudados por Jean Laffite, un grupo de 400 refugiados europeos, en su mayoría franceses expatriados de las Indias Occidentales, pero también españoles, mejicanos, angloamericanos e incluso polacos, todos bajo el mando del general François Antoine Lallemand, cruzaron de forma ilegal el río Sabine y se establecieron en Pecan Point, al sur del río Rojo. Desde allí, Lallemand se dirigió a la isla de Galveston, comunicando a Laffite que buscaba un nuevo hogar para sus compañeros. Pero había algo más, ya que Lallemand afirmaba que José Bonaparte, el destronado rey de España y hermano de Napoleón, exiliado ahora en Estados Unidos, estaba dispuesto a liberar a su hermano de su prisión de Santa Elena e incluso aceptar el nombramiento de rey de Nueva España [78].

Indirectamente relacionado con Champ D'Asileestá el episodio de Tombigbee, protagonizado por un grupo de exiliados franceses de la denominada French Agricultural and Manufacturing Society o Society of the Cultivation of the Vine and Olive que querían establecer una colonia en río Tombigbee, en el territorio de Misisipi —hoy en Alabama—. Viendo que podían mejorar su situación, convencieron a Luis de Onis, el embajador de España en los Estados Unidos, para establecer una colonia en Texas. Sin embargo el virrey denegó el derecho de establecimiento y les prohibió asentarse en Nueva España.

El general Antoine Rigaud, no hizo caso de la prohibición y penetró en el área del río Trinidad en una zona que llamó Champ D’Asile-junto al actual Liberty, en Texas— donde construyó un fuerte y plantó maíz, olivos y viñas.

El gobernador de San Antonio recibió órdenes de expulsarlos por la fuerza, pero no hizo falta. Tras varias negociaciones infructuosas, los ataques indios y un violento huracán acabaron con las esperanzas de los colonos. Una parte retornó a Nueva Orleáns, algunos a Nacogdoches y otros al pequeño reino de Laffite en Galveston.

Este pequeño incidente ponía una vez más de manifiesto la debilidad del gobierno español para controlar la frontera de Nueva España y aunque la situación no era tan grave como en las Floridas, donde la soberanía española en la práctica se había derrumbado, lo cierto es que no había forma de mantener el territorio libre de intrusos.

La Expedición de Long. La segunda República de Texas

El permanente descontento de quienes deseaban establecerse en Texas, ante las continuas negativas de las autoridades españolas, jugaban a favor de los insurgentes mejicanos, que deseaban usar la constante oposición española para animar a los norteamericanos a apoyar militarmente su causa.

La situación iba a dar origen a la última de las expediciones filibusteras, la del coronel James Long, apoyada financieramente por el general norteamericano James Wilkinson —siempre en un permanente doble juego—, que era tío de su mujer, Jane Wilkinson.

Long era médico y había servido bajo las órdenes del general Andrew Jackson durante la guerra de 1812. Su expedición tenía como objetivo penetrar en territorio español, crear una república en Texas con el apoyo de los rebeldes mejicanos y obtener concesiones de tierras para los futuros colonos angloamericanos. Si tenía éxito sería un negocio redondo, por lo que no es de extrañar que contase con poderosos apoyos.

Long no era un aventurero corriente. Era un hombre culto que conocía bien el horror de la guerra y disfrutaba de una cómoda vida en su plantación de Natchez, por lo que necesitó importantes motivos para embarcarse en una expedición esta naturaleza. Conocía bien el destino de hombres como Philip Nolan y había tenido relación con algunos de los participantes en anteriores expediciones filibusteras en territorio tejano. Por eso no es de extrañar que tuviera apoyo directo de los niveles más altos del gobierno de los Estados Unidos, con el que España estaba embarcada en duras y largas negociaciones para firmar un tratado de límites definitivo. Los norteamericanos querían forzar a España a ceder las dos Floridas —aunque la Occidental estaba de hecho bajo su control, salvo la plaza de Pensacola— y ambicionaban Texas, por lo que una expedición armada que provocase el caos en la ambicionada provincia serviría perfectamente a los intereses de Washington.

Armados con apoyo directo de las autoridades norteamericanas, oficialmente neutrales, 125 hombres al mando de Eli Harris entraron en territorio español y ocuparon Nacogdoches el 8 de junio de 1819. Dos días después, Long cruzaba la frontera con un segundo contingente que elevó sus fuerzas hasta los 300 hombres en poco tiempo, al sumársele los rebeldes tejanos opuestos a los realistas. Finalmente, el 23 de julio de 1819, el doctor James Long se convertía en presidente y comandante en jefe del Ejército de la Segunda República de Texas.

En su Consejo Supremo de la República se encontraban Stephen Barker, Horatio Bigelow, John G. Burnet, Hamlin Cook, J. Child, Peter Samuel Davenport, Pedro Procello, John Sibley, W.W. Walker, y Bernardo Gutiérrez de Lara, antiguo presidente de la Primera República de Texas y comandante en jefe del viejo Ejército Republicano del Norte. A ellos se sumó Vicente Tarín, un hombre con gran experiencia en la región y en la lucha con los indios de la frontera, pues había sido antiguo comandante de la Segunda Compañía Volante de Álamo de Parras, el líder más importante de la resistencia antiespañola en Texas. No obstante, Gutiérrez de Lara y Tarín no eran los únicos hombres de peso, pues entre los angloamericanos había personas de cierta importancia.

El primero era, al igual que Long, un médico: el doctor John Sibley, agente indio del gobierno de Estados Unidos en el territorio de Orleáns entre 1805 y 1814. Mantenía muy buenas relaciones con las tribus que vivían entre el río Sabine y la bahía de Matagorda, razón por la cual los agentes españoles en la zona le habían mantenido bajo permanente observación y seguimiento. Sus cartas a Thomas Jefferson y al gobierno de Estados Unidos, así como sus artículos en la prensa, demuestran que era un buen conocedor de la situación en Texas. Desde su casa en Natchitoches, junto a la frontera española, podía obtener información de gran calidad que el sabía interpretar perfectamente, por lo que no es de extrañar la importancia de su incorporación a la expedición de Long.

El segundo era un periodista, Horatio Bigelow, al que se encargó, tras la toma de Nacogdoches, la edición del periódico Texas Republican, cuyo objetivo era difundir entre la población anglohablante de Luisiana las bondades de Texas y del nuevo gobierno presidido por Long. El tercero era Samuel Davenport, que disponía del privilegio del comercio con los indios desde Luisiana en la provincia española a través de su compañía, The House of Barr and Davenport, con sede en el fuerte español de Nacogdoches. Se había enemistado con el gobierno español tras apoyar la expedición de Gutiérrez de Lara y Magee, en la que alcanzó el grado de capitán, y participó en varios combates apoyando la expedición de Long, a pesar de que vivía con notable lujo en Luisiana.

Una vez en territorio tejano y viendo la escasa reacción de las tropas virreinales, Long, apoyado por el periódico de Bigelow, comenzó a extender títulos de propiedad sobre las tierras y estableció puestos comerciales que atrajesen a los ricos empresarios del Este. El negocio empezaba a prosperar y Long, desde su base en Nacogdoches, envío emisarios a los hermanos Laffite para incluir su puerto de Galveston a la nueva República de Texas. La nueva bandera, similar a la de Estados Unidos, pero con una estrella blanca en un cantón rojo, fue izada en el antiguo fuerte español. Había nacido la «Estrella solitaria», que en el futuro sería el símbolo de Texas.

Mientras, en Galveston, Jean Laffite meditaba sobre la propuesta de Long. Por una parte le apetecía apoyar a los defensores de la nueva república, pues le ayudaría a mejorar sus deterioradas relaciones con los Estados Unidos; por otra, temía que su implicación en el movimiento de Long le pusiera en el punto de mira del todavía poderoso ejército realista, que hasta el momento le había dejado en paz. El cálculo del pirata era acertado. Pocos días después, las tropas españolas en San Antonio de Béxar recibieron orden de acabar con la amenaza filibustera. Eran tropas experimentadas y fogueadas, al mando del coronel Ignacio Pérez, para las que los aventureros norteamericanos y sus aliados mejicanos no eran rival. Long, consciente del peligro, envío a su familia de vuelta a los Estados Unidos e intento impedir una confrontación abierta con las tropas españolas. No lo logró. Su hueste fue sorprendida de noche en su campamento en río Brazos y 22 de sus hombres cayeron prisioneros. Entre los muertos norteamericanos estaba el coronel David Long, hermano del presidente de la República de Texas.

Con toda tranquilidad, Pérez dirigió sus tropas hacía la frontera de Estados Unidos, y destruyó todos los asentamientos de los partidarios de Long entre los ríos Brazos y Trinidad. Tras la toma de la villa india de Coushatta, sobre el río Trinidad, en la que se había refugiado un pequeño contingente a las órdenes del capitán Smith, ya no había ninguna fuerza armada que defendiese los intereses de la fugaz República de Texas. En Bolivar Point, junto a Galveston, Long se reunió con los pocos supervivientes y tras cruzar el Sabine entró de nuevo en los Estados Unidos.

Las tropas españolas vencedoras procedieron como en 1813. Tras arrasar los cultivos, las casas, granjas y villas de los colonos angloamericanos, los soldados del rey ocuparon de nuevo Nacogdoches —prácticamente vacía de habitantes— y aseguraron una vez más la frontera con los Estados Unidos. La bandera blanca con la cruz de Borgoña de España volvía de nuevo a ondear en la orillas del río Sabine. El problema es que, tras casi una década de guerra, ya no había casi pobladores a los que defender. La Texas española se moría.

Tras su vuelta a Nueva Orleáns, fracasado y derrotado, Long trató de buscar apoyo entre aquellos que, por su vinculación al gobierno norteamericano, más interés debían de tener en su éxito. Aunque al principio no demostró gran entusiasmo, el general Eleazar W. Ripley fue convencido para liderar el movimiento de reconquista de Texas, y se le prometió el cargo de comandante en jefe del ejército y la marina de Texas y la presidencia de la república.

Ripley se interesó por el proyecto y preparó planes para estimular el comercio, la educación, la cultura y la religión, así como para mejorar la agricultura y la producción de manufacturas. El plan incluía también medidas legales que garantizaban la libertad de comercio, credo y prensa, incluyendo una prohibición expresa de la esclavitud.

Long incansable y optimista, incorporó, además de a Ripley, a José Félix Trespalacios, Ben Milam, John Austin y William H. Christy, quienes prepararon una expedición para apoyar a los rebeldes mejicanos en el sur.

La mujer de Long y uno de sus sirvientes se habían acogido en Galveston a la hospitalidad de Jean Laffite, quien con sus buques ayudó a recoger a los refugiados que huían en la costa del avance de las tropas españolas.

Apoyándose en la fuerza naval del filibustero francés, el plan de Trespalacios. Milam y Christy era navegar hasta Tampico, ahora bajo control insurgente, y enlazar con las fuerzas de Long en La Bahía. Éste, para reforzar su apoyo entre los hispanos, nombró presidente de la República de Texas a José Félix Trespalacios, y vicepresidente al incombustible Bernardo Gutiérrez de Lara. Poco después, dejando a su mujer en Bolivar con una pequeña escolta, y contando solo con una pequeña fuerza de apenas 52 hombres, navegó hasta la bahía de Matagorda y desembarcó en la desembocadura del río Colorado con la esperanza de tomar La Bahía, lo que logró a finales del verano de 1821. Pero para entonces la suerte le había abandonado. Tras conocer que México había logrado su independencia de España, las tropas trigarantes le capturaron y llevaron a San Antonio de Béxar como prisionero. Desde allí, tras pasar por Laredo y Monterrey fue enviado a Ciudad de México, cuando Iturbide había tomado ya el control de la nueva nación.

El final de Long es oscuro. Tras recibir honores como defensor de la libertad, murió en extrañas circunstancias cuando un soldado mejicano le disparó en Ciudad de México. Algunos piensan que fue un accidente, pero hay quien cree que se debió a desavenencias con el nuevo gobierno mejicano. No obstante, en mayo de 1822 el presidente de los EE. UU., James Monroe, reconoció la independencia de México.

El embajador norteamericano que viajaba con destino a Chile, pasó por la capital mejicana y en diciembre de 1822 logró que los últimos prisioneros angloamericanos fuesen liberados y llevados a Estados Unidos a bordo del USS John Adams. La historia de los filibusteros había terminado.

Jean Laffite no había podido ayudarle. Tras sus ataques a naves de los Estados Unidos fue de nuevo imputado por el ataque al barco mercante Alabama por parte de uno de sus capitanes. En 1820 se había trasladado de nuevo a Nueva Orleáns para clamar por su inocencia, alegando un malentendido y solicitando la libertad de los tripulantes del barco que había capturado al Alabama, que estaban en prisión. De regreso a Galveston, ante la presencia del barco de guerra norteamericano USS Enterprise, abandonó Texas sin oponer resistencia, no sin antes quemar su propiedad y probablemente cargar a bordo de su buque insignia The Pride —El Orgullo— una inmensa cantidad de riquezas.

De su final solo hay conjeturas, pero como bien dice el historiador británico Tim Pickles, lo más probable es que esté enterrado «en una ciudad al sur de la frontera, en un lugar donde, todavía hoy, no se admiten demasiadas preguntas.»

La puerta abierta: inmigración legal y controlada

Aunque Texas quedó libre de filibusteros, la provincia era económicamente una ruina, pero hasta la firma del Tratado Adams-Onis, que por fin estableció una frontera definida, nadie se atrevió a tomar iniciativas.

Las reformas liberales en España tras el alzamiento de Riego fueron animando de nuevo a los norteamericanos a iniciar contactos con las autoridades españolas en México. Entre los que comenzaron a mirar hacia Texas tras la firma del Tratado Adams-Onis estaba Moisés Austin, que había vivido en Missouri en 1798, cuando era territorio español, y al que ayudaba su hijo Stephen. Motivado por la depresión, la pérdida personal financiera y la política de tierra cada vez más difícil en Virginia, Missouri y Arkansas, Moisés Austin llegó a San Antonio de Béxar el 23 de diciembre de 1820 procedente de Little Rock, en Arkansas, con su pasaporte español de 1797, acompañado de su criado negro Richmond, del buscador de esclavos fugitivos, Jacob Kirkham, y de Jacob Forsythe, de Virginia, que perseguía en Texas nuevas oportunidades de negocio.

Austin, al parecer, había encontrado a ambos hombres en Natchitoches. Las autoridades reales examinaron detenidamente los documentos de Austin y le ordenaron marcharse. Sin embargo, cuando se alejaba disgustado se encontró en las calles de Béxar al barón de Bastrop, a quién conocía de Luisiana. Bastrop intervino ante el gobernador Martínez, que accedió a conceder a Austin una segunda entrevista para obtener información detallada de los movimientos en la frontera de Estados Unidos y del grupo de ilegales establecidos en la Isla Galveston. La entrevista se saldó de forma positiva, y Austin obtuvo el permiso para permanecer en Texas. En los documentos que envió a Joaquín Arredondo, comandante en jefe de las Provincias Internas, Austin declaró que tenía 55 años y que era súbdito del rey de España, como demostraba su pasaporte de 1797. Añadía que era católico y no llevaba mercancías para negociar, sino solo lo necesario para su mantenimiento digno. También dijo que su objetivo, conocida la reinstauración liberal en España, era pedir permiso para establecer una colonia de 300 familias norteamericanas entre los ríos Brazos y Colorado.

El 17 de enero de 1821, Arredondo aceptó la propuesta de Austin, que recibió la comunicación a mitad de mayo. Afectado por una neumonía falleció sin ver completado el éxito de su visionaria idea de poblar Texas con angloamericanos. Pero su hijo Stephen continuó su misión. El 18 de junio llegó a Natchitoches acompañado de una decena de emisarios del gobernador Martínez, que deseaba ir ajustando las relaciones con sus vecinos con vistas a consumar el traspaso de soberanía de España a México. Entre ellos iba Juan Erasmo Seguín, un patricio de San Antonio de Béxar [79].

Cuando Austin estaba de viaje, un emotivo acto tuvo lugar la mañana del 19 de julio de 1821 en la Plaza Mayor de San Antonio de Béxar, donde el gobernador Martínez, en un breve acto y con la asistencia indiferente de los pocos vecinos que quedaban, arrió la bandera blanca con la cruz de borgoña e izó la tricolor mejicana «Trigarante», blanca, verde y roja, proclamando la independencia de México.

Un mes después fue firmado el Tratado de Córdoba en Ciudad de México por el virrey Juan O’Donoju y O’Ryan, representante de España. Fue una trasmisión de poderes triste. Al fin y al cabo el ejército realista había ganado la guerra y ahora debía salir derrotado del país.

El antiguo gobernador español, Martínez, se convirtió en el nuevo gobernador de la provincia mejicana de Texas y todo aparentemente siguió igual. Pero para muchos, el hecho de que los espadones del ejército decidieran lo que debía hacerse o no en el país sentó un terrible precedente para México y fue una de las causas de sus desastres.

Mientras estos hechos sucedían en la capital de la provincia del norte, los bejareños que acompañaron desde Louisiana a Stephen F. Austin lo escoltaron hasta la capital de Texas, donde el gobernador Martínez le recibió cordialmente el 12 de agosto de 1821 y le mostró los planes que tenía para recuperar la economía de la región. Martínez declaró que «los soldados del rey —uno de ellos era él, pero parecía que se le había olvidado— habían agotado los recursos del país y habían puesto sus manos sobre todo que había, dejando la provincia en una avanzada situación de ruina y destrucción».

Una década de luchas entre insurgentes mejicanos y de otras naciones de Hispanoamérica, voluntarios de Estados Unidos y aventureros de toda Europa contra las tropas defensoras de la Corona, habían convertido la provincia en un desierto.

La continua violencia desatada en Texas a lo largo de las primeras décadas del siglo XIX fue desastrosa. Las guerras de la revolución mejicana, las incursiones de los filibusteros norteamericanos, los contragolpes realistas y los continuos ataques indios despoblaron el territorio convirtiéndolo en una No Man's Land, donde la vida tranquila era imposible, lo que hundió la economía y arruinó a los rancheros. Hacia 1821, solo quedaban dos ciudades dignas de ese nombre: San Antonio de Béxar y La Bahía. En esta última, antaño la mejor fortaleza de Texas, había solo una pobre guarnición, mal armada y equipada en la que sobrevivían varias familias. En San Antonio, incluso el fuerte estaba afectado por el robo y la corrupción. Faltaba de todo y la ciudad estaba sumida en la penuria. Nacogdoches, sometida a la constante presencia de fuerzas de ocupación, había quedado prácticamente despoblada y no era un asentamiento viable, ya que de más de un millar de habitantes que había en 1812 apenas unas decenas sobrevivían malamente.

Al año siguiente, San Antonio contaba con 2.516 habitantes frente a los 3.103 del censo de 1777. En total no había más de 5.000 pobladores hispano-mejicanos en Texas cuando Stephen F. Austin llegó a San Antonio en el verano de 1821.

Ahora todos, conservadores y liberales, republicanos y realistas, españoles, mejicanos y anglos, sabían que tenían ante ellos un desafío formidable: poner en marcha la economía de una región destinada a un futuro prometedor. Antes, sin embargo, se producirían duras y brutales luchas entre las comunidades que habitaban el territorio, pero la misión de España había concluido en la mañana del 19 de julio de 1821. Texas era ya parte de México, y en unos años se destruiría la herencia recibida.

Aunque en ruinas, los soldados del rey habían mantenido intactas las fronteras del virreinato. Contra viento y marea España sostuvo con valor y energía la soberanía sobre el territorio a costa de la sangre y el esfuerzo de sus escasos colonos y soldados, por lo que cuando las banderas con la cruz de Borgoña se arriaron en el verano de 1821 y Texas pasó a México la línea de la frontera seguía en el Sabine. Y ahí sigue hoy en día.

Lástima que nadie se acuerde ni en Texas, ni en Luisiana, ni en México, ni por desgracia en España, de quienes dieron su vida por cumplir las órdenes que habían convertido a un río lejano y desconocido en una frontera infranqueable.