5. 3. Las expediciones al Noroeste: de California a Alaska
S
i hay una parte desconocida de la presencia española en el Norte de América, sin duda son los intentos de colonización del Noroeste, en la ignorada costa que se extendía desde San Francisco hasta el Mar Ártico. Un territorio inmenso e inexplorado que interesaba a varias potencias europeas, en el que las exploraciones españolas fueron mucho más intensas de lo que se cree y dejaron huellas que no han sido borradas.
Todavía hoy es muy raro que en España alguien sepa que una vez, en un lugar lejano hoy llamado Orca Inlet —La cala de la Orea—, el 3 de junio de 1790 un navegante español tomó posesión formal de la tierra de Alaska en nombre del rey Carlos IV. De toda este esfuerzo de marinos audaces y navegantes ilustrados solo quedan unos pocos topónimos en castellano que traen recuerdos de lugares remotos, helados y barridos por el viento que un día fueron reclamados como parte integrante de la soberanía española.
A la búsqueda de los estrechos de Anián
Correspondió a la Real Armada el honor de llevar sus buques hasta lugares que ningún europeo había visto antes, en pos de un paso que conectara en Pacífico con el Atlántico a través de los legendarios Estrechos de Anián, buscados desde el siglo XVI.
El Santiago, al mando de Juan Pérez, navegó hacia el Norte y alcanzó la isla de Nootka [61], Vancuver, en la actual Columbia Británica —Canadá— en 1774 [62], e Ignacio de Arteaga en su navío Princesa volvió a la zona en 1779, explorando una amplia bahía y una ensenada a la que bautizó como Puerto Bucarelli, y alcanzando los 61° de latitud Norte. Ese fue el límite de las reclamaciones territoriales de la Corona española, que desgraciadamente no hizo nada en los diez años siguientes para ampliar su conocimiento de la región e intentar sentar las bases de una colonización efectiva.
A juicio de muchos historiadores, esa inhibición sería finalmente la causa del fracaso español en el Pacífico canadiense, porque entre las dos expediciones españolas James Cook llegó a Nootka en abril de 1778 y llamó a la zona Friendly Cove, debido al buen trato que le dispensaron los indios. Allí, sus marineros encontraron la prueba de que otros europeos habían llegado antes, pues encontraron dos cucharas de plata españolas.
El sistema virreinal no autorizaba al gobernador de California realizar asentamientos en un lugar tan alejado y, por otra parte, no había recursos suficientes para llevar adelante una colonización viable. A ello se unieron los problemas por los que pasó el gobierno virreinal tras la muerte de Bucarelli, quien además no era partidario de extender el control de la costa más al norte, pues opinaba —y no le faltaba razón— que bastante tenía con mantener California. Tras su muerte, le sucedió en el cargo, de forma interina, Martín de Mayorga, hasta que ocupó el puesto en 1783 Martín de Gálvez, fallecido en menos de un año y sucedido por su hijo Bernardo, muerto también en un año.
Tras la cadena de fallecimientos, el cargo quedó vacante otro año más y nadie quiso tomar la decisión de continuar con las expediciones al lejano norte, si bien, para desgracia de España, se perdió un tiempo decisivo que luego no se pudo recuperar.
La actividad cada vez mayor de franceses, ingleses, rusos y norteamericanos en la región no podía pasar desapercibida, y aunque La Pérouse no informó en su visita a Monterrey de que había explorado la región, en la que tomó posesión de un puesto al que llamó Port des Français, el capitán Esteban Martínez tomó la decisión de informar al virrey, quien notificó lo que ocurría al gobierno de Madrid.
En España lo que estaba ocurriendo se sabía muy bien, ya que cuando La Pérouse pasó por Concepción, en Chile, en su singladura hacia el norte, levantó sospechas. Además, el embajador en Moscú había comunicado que el británico Billings iba a encabezar una expedición naval rusa a la zona, en la que se sospechaba que ya habían levantado algún puesto para el comercio de pieles.
Alarmado, el rey Carlos III, tomó por fin la decisión de enviar una expedición de exploración en enero de 1787 y el ministro Floridablanca impartió sus instrucciones el 8 de julio de 1787. Debían de realizarse exploraciones hacia el norte con expresas instrucciones de afirmar la soberanía española, para que «fijaran y aseguraran los puntos que se puedan, aficionando los indios y arrojando cualesquiera huéspedes que se hallen establecidos». La expedición estaría formada por la fragata Princesa, de Esteban Martínez, acompañada por el San Carlos-que era conocido como el Filipino—, al mando de Gonzalo López de Haro, pero, por desgracia, los dos capitanes se enfrentaron entre ellos y se separaron.