Los españoles remontaron el Savannah y después giraron al oeste, cruzaron el norte de Georgia a través del país Cherokee y entraron en el pueblo de Chiaha, situado en la moderna Roma, donde fueron bien recibidos por el cacique de turno, que les proporcionó ayuda y alimentos. Estuvieron 30 días en Chiaha y luego marcharon hacia el este y entraron en Alabama. Pronto hallaron la fértil planicie de Coosa, a finales de julio de 1540. El cacique de ese territorio recibió a los españoles con toda clase de atenciones, e incluso propuso que se fundara una colonia española en sus dominios, pero Soto declinó el ofrecimiento. Sus hombres no querían ser granjeros. Lo que deseaban era encontrar una tierra donde hubiera oro en abundancia. Algo que creían tener al alcance de la mano y les impulsaba a caminar sin descanso ni meta fija.
Pero la resistencia de los indios iba en aumento a medida que progresaba el recorrido. Cuando De Soto pidió al poderoso cacique Acuera, de la tribu Muscogee, una entrevista amistosa, recibió una respuesta altiva: «Soy rey de mi propia tribu y nunca seré vasallo de un mortal como yo mismo». Los españoles pasaron tres semanas en los dominios de Acuera sitiados por los indios, y perdieron 14 hombres en emboscadas y escaramuzas, cuyas cabezas fueron llevadas al cacique clavadas en una pica.
Pasando por la actual Piedmont y el oeste de Carolina del Norte, Soto y sus hombres llegaron a Chalague —suroeste de Charlotte—, Guaquili —cerca de Hickory— y Joara o Xuala —cerca de Morganton—. Después de reponer fuerzas en este lugar se dirigieron a las montañas y cruzaron los ríos French Broad, Toe y Nolichucky, hasta alcanzar el valle del Tennessee por el este de Newport. En ningún sitio hallaron oro o plata, aunque sí algunas perlas.
La batalla de Mobile
En octubre de 1540 los españoles llegaron a Manbila o Mauvila —actual Mobile— una ciudad amurallada situada posiblemente en lo que hoy es Choctaw Bluff, en el condado de Clarke, norte de Alabama, a unos 40 kilómetros sobre la confluencia de los ríos Alabama y Tombigby. El jefe del lugar era el cacique Tuscalosa o Tascaluza, un gigante de la tribu Choctaw, al que apodaban Guerrero Negro, que recibió a la expedición con gran pompa e invitó a los españoles a descansar en el poblado. Al tercer día, Soto y sus hombres prosiguieron viaje acompañados del propio cacique, y al cabo de unas cuatro leguas llegaron a un pueblo llamado Tascaluza, de donde le venía el nombre al jefe de aquella tribu. El pueblo —dice el Inca Garcilaso— era fuerte y estaba asentado en la península de un río poderoso.
Dos soldados desaparecieron, y Soto entendió que Tascaluza lo engañaba y solo esperaba la ocasión propicia para acabar con los españoles. Al día siguiente, envió a dos exploradores para reconocer el pueblo de Mauvila, situado a legua y media de Tascaluza, donde el cacique había reunido a más de diez mil guerreros provistos de flechas, jabalinas y mazas con intenciones poco claras, aunque los españoles no se fiaban y estaban apercibidos.
Mauvila estaba rodeado de una gran cerca de gruesos maderos protegida por torres, y tenía dos puertas y una gran plaza. A ella llegó Soto con cien jinetes y cien infantes acompañado del cacique, que aparentaba buena voluntad, pero el jefe español, consciente de que los indios le habían preparado una encerrona, no se dejó engañar y permaneció alerta.
La creciente tensión con los indios de Tascaluza se resolvió cuando Soto envió recado con Juan Ortiz al cacique pidiéndole un encuentro para comer juntos. Como el cacique rehusara de malos modos la invitación, empezó la batalla. Los indios se batieron bien y lograron expulsar a los españoles del poblado. Pero Hernando de Soto, aunque herido de un flechazo en las nalgas que le impedía asentarse en la silla de montar, cargó con su caballería sobre la masa de indios y los rechazó hasta la ciudad. La pelea cuerpo a cuerpo duró nueve horas. De Soto reagrupó sus fuerzas en cuatro grupos que cargaron contra las puertas y consiguieron entrar en la ciudad, donde se produjo una horrible carnicería. Muchas casas fueron incendiadas. Tras una feroz batalla el poblado quedó destruido por el fuego. Cuando llegó la noche, la ciudad era un campo de muertos. Mauvila estaba en ruinas y sus habitantes habían perecido tras combatir bravamente y con desesperación hasta el final.
Todos los españoles resultaron heridos, 90 de ellos graves, y en total murieron 82 hombres (aunque algunas crónicas rebajan esa cifra a la mitad) y se perdieron 45 caballos. Como las medicinas, vendas e hilas de la expedición se habían quemado en el incendio que destruyó la ciudad, muchos heridos tuvieron que ser curados con la grasa de los cadáveres indios —el «unto de indio»— abiertos en canal, que les sirvió de ungüento a falta de otra cosa.
En cuanto al número de indios muertos en la batalla, las cifras varían mucho. Algunas crónicas hablan de 2.500, aunque Garcilaso dice que perecieron «a hierro y a fuego» unas 11.000 personas [7], la mayoría dentro del pueblo, pero también en los alrededores. «Cuatro leguas en circuito —escribe el cronista— , en los montes, arroyos y quebradas, no hallaban los españoles, yendo a correr la tierra, sino indios muertos y heridos... que no habían podido llegar a sus casas, que era lástima hallarlos aullando por los montes sin remedio alguno».
Casi tres semanas estuvieron los españoles recuperándose de la batalla entre los restos humeantes de la ciudad. Habían perdido la mayor parte de sus pertrechos y provisiones, y se encontraban en un territorio desconocido, rodeados de enemigos. En esto, a Soto le llegaron nuevas de que los navíos de Maldonado estaban cerca, a solo unas treinta leguas en la costa, y decidió ir a su encuentro. Pero sus hombres estaban exhaustos, harapientos y desilusionados por no haber encontrado en Norteamérica otra cosa que indios belicosos y penalidades. Algo muy diferente a los tesoros que habían esperado hallar.
Muchos de los soldados se confabularon secretamente para abandonar la expedición y regresar a Cuba o México. Enterado Soto del motín que se preparaba, cambió de planes, y en vez de dirigirse a la costa para encontrarse con los barcos de Maldonado llevó a sus hombres hacia el interior, y prohibió bajo pena de muerte cualquier mención a los navíos, sabiendo que la deserción sería imposible si los revoltosos no disponían de barcos.
En noviembre de 1540, la expedición prosiguió su marcha hacia el norte, luchando por cada metro de su avance a través de la tierra de los choctaws. Tras cruzar las fértiles tierras altas del Misisipi, alcanzó los afluentes del rio Yazoo, en el condado de Yalobusha, y acampó frente al poblado de Chickasa o Chicaza, capital de la nación india del mismo nombre, situado en el noroeste del actual estado de Misisipi, cerca del río Black Warrior. En su orilla se había congregado un gran número de indios dispuestos a vengar la destrucción de Mauvila.

Tras una dura batalla, los españoles pudieron cruzar el río y entraron en Chicaza en los primeros días de diciembre de 1540. Durante dos meses, con frío y nieve, estuvo la tropa de Soto alojada en el sitio, hasta que finalmente los indios les arremetieron con hachas y flechas incendiarias en una dura batalla nocturna. Los españoles perdieron cuarenta hombres, casi todo el bagaje y más de cincuenta caballos, y tuvieron muchos heridos. Garcilaso menciona también que, además de la pena que los soldados sintieron por la muerte de sus compañeros y la pérdida de los caballos, los llenó de lástima la suerte de la única mujer española de la expedición, Francisca de Hinestrosa, casada con el soldado Hernando Bautista, que esos días estaba a punto de dar a luz. Al producirse el ataque nocturno, el marido salió a pelear y acabada la batalla, cuando regresó a reencontrarse con su esposa, la halló carbonizada por el fuego desatado durante el combate.
En Chicaza estuvieron los españoles aguantando las heridas y la inclemencia del invierno hasta finales de marzo, sin apenas ropa de abrigo, y la situación empeoró. «El más bien parado —escribe Garcilaso— no tenía sino unas calzas y jubón de gamuza, y casi todos descalzos sin zapatos ni alpargatas, fue cosa increíble el frío que padecieron y milagro de Dios no perecer todos».
En abril, de 1541, Soto ordenó dirigirse al noroeste, donde pensaba que hallaría la tierra del ansiado oro. Los indios, desesperados, libraron otra batalla en una ciudad llamada Alibamo, pero pudo seguir avanzando, y probablemente el 8 de mayo alcanzó las orillas del Misisipi —que los españoles llamaron Río Grande— en el condado de Tunica, al sur de San Luis, cerca de Chickasa Bluffs. El poderoso río, que había avistado por primera vez Alonso de Pineda en 1519, admiró a los españoles, que tardaron veinte días en cruzarlo, ya que necesitaron construir barcas y piraguas y hacer frente a más de 6.000 indios que defendían el paso.
Ofuscado, como todos sus hombres, por encontrar una tierra rica en oro y pensando que el Mar del Sur —Océano Pacífico— estaba cerca, Hernando de Soto cruzó el Misisipi, atravesó las lagunas de Arkansas, escaló las colinas de Ozark, penetro por el oeste casi hasta las laderas de las Montañas Rocosas y pasó el invierno de 1541-42 en el poblado de Utiangue, actual Camden o Calion, en Arkansas.
Tras ese invierno, el rumbo de la expedición se hizo cada vez más indeciso, como correspondía a la desesperada búsqueda de un paraíso de riquezas cuya ubicación se les escapaba. En el interior del territorio de río Caddo los expedicionarios entraron en contacto con la aguerrida tribu india Tula, y durante un año, Soto exploró esa tierra que ningún hombre blanco había pisado nunca, aunque sus sueños de riqueza parecían cada vez más lejanos y sus ilusiones se iban desvaneciendo a medida que pasaban los días. En mayo de 1542, la expedición volvió sobre sus pasos y retomó al Misisipi, en un punto un poco al norte de la desembocadura del río Arkansas. Sobre la orilla izquierda del gran río, en el actual condado de Bolívar, estado de Misisipi, el conquistador eligió un sitio donde fundar una colonia entre una tribu de indios hostiles adoradores del sol, pero el proyecto fracasó.
Descorazonado y considerando frustrado su ambicioso sueño en pos del oro, Hernando de Soto emprendió la construcción de dos embarcaciones con la intención de seguir corriente abajo el gran río y alcanzar las costas de Cuba. Exhausto, fue víctima de una fiebre maligna y su tumba, como digno epílogo, fue el propio Misisipi.
Una muerte legendaria
Hernando de Soto cayó enfermo de fiebres, probablemente de malaria. El Inca Garcilaso dice que «sintió una calenturilla que el primer día se mostró lenta y al tercero rigurosísima. Y el gobernador, viendo el excesivo crecimiento de ella, entendió que su mal era la muerte, y así luego se apercibió para ella». Al verse en el trance final, ordenó testamento, que se redactó abreviado por no disponer de bastante papel, y «con dolor y arrepentimiento de haber ofendido a Dios, confesó sus pecados». Luego mandó llamar a todos sus hombres, que le despidieron entre lágrimas y gestos de dolor, y los exhortó a permanecer unidos para culminar la tarea que se habían impuesto.
El conquistador murió en mayo o junio de 1542 en Guachoya —hoy Lake City—, condado de Chicot, en el estado de Arkansas, junto al Misisipi. El lugar está al pie de una laguna formada por un meandro del río, no muy lejos de su desembocadura, en una región poblada por los indios Caddo, que creían a Soto inmortal.
La muerte de su jefe causó mucho dolor y tristeza en el campamento español, y para que los indios no pudieran verle muerto y afrentar su cadáver acordaron enterrarlo de noche, eligiendo para sepultura una de las muchas hoyas grandes que había cerca del río, de las que los aborígenes extraían tierra. Para disimular el lugar donde quedaba el cuerpo, los españoles dijeron a los indios que el gobernador estaba mejor de salud y decidieron dar muestras de mucha fiesta y regocijo, anegando la hoya donde estaba enterrado para que la señal del enterramiento se perdiese del todo.
Aun así, sospechando los españoles que los indios pudieran dar con el cadáver, acordaron sacarlo de donde estaba y darle sepultura en el Misisipi. Tras explorar la orilla con disimulo, algunos de los capitanes de Soto hallaron un sitio de un cuarto de legua de ancho y diez y nueve brazas de fondo que consideraron bueno pero como no había piedra gruesa para hundir el cuerpo, cortaron una encina gruesa. «Y la noche siguiente —dice Garcilaso— , con todo el silencio posible, lo desenterraron y pusieron en el trozo de la encina, con tablas clavadas que abrazaron el cuerpo por el otro lado, y así quedó como en un arca, y, con muchas lágrimas y dolor de los sacerdotes y caballeros que se hallaron en este segundo entierro, lo pusieron en medio de la corriente del río encomendando su ánima a Dios, y le vieron irse luego a fondo. Los indios, no viendo al gobernador, preguntaban por él, y los cristianos les respondían que Dios había enviado a llamarle para mandarle grandes cosas que había de hacer luego que volviese [8]».
Las tristes nuevas de la muerte de Soto llegaron también a La Habana, donde Isabel, la infeliz esposa que esperaba su retorno, murió de pena poco tiempo después. Eso al menos cuenta la leyenda.
Como muchos soldados y conquistadores españoles de esa época, Hernando de Soto tenía una preocupación especial por su propio funeral. Las honras fúnebres suponían una muestra orgullosa del poder que habían adquirido en vida, tras haber llegado muchos de ellos pobres a América, sin más recurso que la espada y la voluntad de hacerse ricos y famosos por sus hazañas.
Poco antes de partir la expedición de Cuba, el conquistador había firmado un testamento por el que daba poder notarial a su esposa Isabel de Bobadilla. En el documento se especificaba minuciosamente la forma en que quería ser enterrado en una capilla de la iglesia de San Miguel de Jerez de los Caballeros, para cuya construcción aportaba dos mil ducados. Su cuerpo debía reposar dentro de una tumba muy decorada, con las de sus padres a cada lado. Los restos del conquistador deberían colocarse en el centro de la capilla, de tal forma que el extremo del sepulcro coincidiera con el centro del pie del altar. También ordenó que se colocara sobre la tumba un paño fino con la cruz roja de la Orden de los caballeros de Santiago.
Durante gran parte de su corta vida, Soto resultó uno de los conquistadores más afortunados. Fue gobernador de Cuba, caballero de Santiago, y adquirió méritos y fortuna luchando al lado de Vasco Núñez de Balboa en Panamá y de Francisco Pizarra y Diego Almagro en Perú. Yerno del adelantado Pedro Arias de Ávila, alcanzó a ser dueño de una fortuna que se calcula cercana a los 200.000 pesos de oro —unos 13 millones de euros actuales—, procedente del rescate del Inca Atahualpa. Una cantidad fabulosa que apostó al todo o nada de empresas mayores.
La riqueza adquirida en Perú fue como una maldición para Hernando de Soto, que vivió el resto de su existencia obsesionado por repetir el hallazgo de otro tesoro como el de los incas en Norteamérica, donde solo encontró escasez y privaciones. Su vida se convirtió en paradigma del fracaso de una ambición sin límites, incapaz de saciarse con la simple riqueza, que termina devorada por la lucha contra el propio destino. Como dice el Inca Garcilaso, a modo de lacónico epitafio: «Gastó su vida y feneció en la demanda».
El regreso
Poco antes de morir, Hernando de Soto nombró sucesor en el mando de la expedición a Luis de Moscoso Alvarado, un hidalgo nacido en Badajoz en 1505 con quien estuvo asociado en Perú, que era sobrino del conquistador Pedro de Alvarado.
Moscoso también obtuvo en Perú una gran fortuna que dilapidó en España, y era maestre de campo de la expedición de Soto. Al tomar el mando condujo los restos de la expedición hasta los bosques al oeste del Misisipi, con la esperanza de retornar a México. Cruzó el noroeste de Luisiana y luego volvió al sur, al país de los indios Ais y de los Hasinai, que un siglo y medio después sería el territorio de las misiones franciscanas al este de Texas.
Después de merodear durante casi un año, los españoles sobrevivientes volvieron a las orillas del Misisipi, donde construyeron embarcaciones con las que se dirigieron hacia el mar. Quedaban unos 300, con algunas indias jóvenes que habían capturado en Mauvila y unos cuantos caballos. Una vez alcanzado el Golfo de México, lo cruzaron, y después de muchas penurias alcanzaron Pánuco, un asentamiento español en la costa mexicana, en septiembre de 1542, cuando ya todos les daban por muertos. Desde allí fueron a Ciudad de México, donde les recibió el virrey Antonio de Mendoza, que quedó asombrado de su hazaña.
Desde México, Moscoso escribió dos cartas al rey en las cuales informaba brevemente de los resultados de la gesta, y poco después se casó con su sobrina en Nueva España. Luego entró al servicio del virrey Mendoza, a quien en 1550 acompañó al Perú, y allí murió al año siguiente.