5. 2. El gobierno de Felipe de Neve
F
elipe de Neve, el nuevo gobernador de la Baja y la Alta California llegó a Monterrey el 3 de febrero de 1777. Natural de Bailén, en la provincia de Jaén, había estado dedicado al oficio de las armas desde que de joven ingresara como cadete en el Regimiento de Infantería Cantabria y fuera adscrito a la primera compañía de la Guardia de Corps en Madrid a los dos años. Después de 18 años de servicio, en los que estuvo en los regimientos Milán, Flandes y del Rey, alcanzó el grado de sargento mayor. Se trasladó a América con el visitador Gálvez y se le asignó al entrenamiento de las milicias, teniendo bajo su responsabilidad la formación del Regimiento de Dragones de Querétaro.
Aunque fue su habilidad como administrador lo que le valió el cargo de gobernador en California —pues ya hemos visto que administró con eficacia y rigor las propiedades jesuitas de Zacatecas—, no debe de olvidarse que Neve se distinguió combatiendo en la invasión de Portugal de 1762, durante la fase final de la Guerra de los Siete Años. En octubre de 1774 ascendió a teniente coronel de caballería, pero fue el informe final que presentó a Bucarelli sobre su actividad como gestor lo que impresionó al virrey, y esa fue la razón fundamental por la que se le asignó esta tarea difícil y compleja.
Quien estaba destinado a ser uno de los grandes gobernadores de California, no pareció en principio tener un gran interés por el cargo. En junio, apenas a los tres meses de su llegada, Neve pidió a Madrid licencia por enfermedad para ver a su familia, de la que estaba separado desde hacía trece años. La respuesta de España llegó en octubre de 1778 y en ella el rey se negó a aceptar su marcha, pero le ascendió a coronel. Neve aceptó la voluntad real y dedicó todas sus energías a reformar el sistema administrativo y político de la provincia, lo que quedaría finalmente reflejado en el Reglamento para el gobierno de la península de California.
Lo primero que el gobernador hizo al llegar a su nuevo destino fue pedir cuentas de su actuación a Rivera, lo que le permitió aprender todo lo que necesitaba saber sobre el nuevo territorio del que era máximo responsable. Cuando entendió que ya conocía lo necesario envío a Rivera a San Diego con media docena de dragones de cuera de escolta. Durante su estancia en la Baja California, Neve había concebido la idea de prescindir de aquellas misiones que no resultaban viables por no ser rentables o encontrarse en zonas demasiado aisladas y expuestas a las depredaciones de los indios. Su nombramiento coincidió con una de los cambios más importantes: la creación de las Provincias Internas de Occidente, cuyo mandó asumió Teodoro de Croix con poderes casi equivalentes a los del virrey, pues era responsable directamente ante el Rey. Por tanto, salvo en el importante asunto del abastecimiento que siguió a cargo del virrey, Neve era el nuevo y absoluto responsable del gobierno de las Californias.
Cuando llegó, las siete misiones de Alta California tenían una pequeña tropa asignada para su defensa y la protección de los indios a su cargo, que recibían alimentación y el material necesario del propio establecimiento religioso. Así las misiones del Arroyo Dolores, y Santa Clara, con 12 hombres, caían bajo la protección de San Francisco. Carmelo, San Antonio y San Luis tenían a 17 soldados y 3 cabos de Monterrey: y San Diego, San Gabriel y San Juan de Capistrano contaban con 8 hombres y 1 cabo.
Durante los años que España fue soberana de California la esencia de la colonización fue la misma: una mezcla entre la búsqueda permanente de la cristianización de los nativos y la extensión de las fronteras del territorio español. A diferencia de lo que ocurrió en Florida y en Luisiana, durante todo el periodo de dominio español, y en Texas a partir de 1803, California se mantuvo a salvo de agresiones de otras potencias europeas, y los indios fueron contenidos sin grandes problemas. Su progresivo desarrollo se produjo en un entorno de seguridad que facilitó el nacimiento de una sociedad original, en la que todo giraba en torno a las actividades de las misiones.
Una vez convertidos los indios, eran los misioneros los responsables de toda su vida, por lo que eran tutelados de forma casi absoluta y tratados como menores de edad, ya que la misión los alimentaba, acogía, cuidaba, vestía y les regulaba desde su trabajo a su vida sexual. Se trataba en cierto modo un régimen totalitario, pero en realidad se parecía más a un sistema de puro de despotismo ilustrado que recordaba a las reducciones jesuitas de Paraguay, pues los misioneros exigían trabajo y obediencia a cambio de protección absoluta, y nunca dudaban en llamar a los soldados asignados a la vigilancia de cada misión si consideraban preciso reprimir el descontento o castigar a los indios.
El reglamento para el gobierno de California
El principal problema que se encontró Neve fue la incapacidad tradicional de todas las colonias españolas para tener un régimen económico eficaz, lo que en el caso de los comienzos de la California española se tradujo en una auténtica pesadilla.
Según el historiador californiano Carlos López, el problema derivaba de la existencia de un fondo de dinero creado tras la expulsión de los jesuitas que se suponía debía de servir para financiar las nuevas misiones, pues contaba con un millón de pesos y había pasado a la Tesorería Real.
Al principio los intereses del fondo cubrieron las pérdidas generadas por las misiones, algo que se complicó cuando se fundaron más, ya que el gasto que suponían, unido al de las tropas que debían de protegerlas, ascendía a más de cuatro veces la cantidad que aportaban los beneficios del fondo, generando un déficit anual de 35.000 pesos. Encima los productos traídos desde México costaban en California hasta un 150% más que San Blas.
Por lo tanto, una vez que Neve puso manos a la obra, sus primeras reformas se encaminaron a buscar una mayor eficacia de los medios disponibles, lo que produjo unos choques constantes con los misioneros, que bajo la férrea dirección de Serra habían sido los amos auténticos de la Alta California. Estos roces se produjeron porque Neve se negó a que las tropas presidiales, incluso las destinadas a la protección de la misiones, se usasen de forma automática para perseguir a los indios recién convertidos que escapaban de las misiones. El gobernador, además, prohibió a los religiosos usar a las tropas para labores de apoyo y mantenimiento de las misiones, que incluían desde reparar muros o vallas hasta cortar árboles.
Neve era consciente también de que debía de estimular la economía de la colonia, mejorar su capacidad para autosostenerse y no depender de los carísimos productos traídos desde México.
Una de sus primeras iniciativas surgió cuando vio que había lugares con agua y buen clima. Percibió que eran perfectos para cultivar cereales como el trigo o el maíz y con sus cosechas cubrir las necesidades de San Diego y de las misiones próximas. El lugar seleccionado primero fue una llanura no muy lejana a San Gabriel, junto al río de la Porciúncula, y el segundo se situó en el río Guadalupe, junto a la misión de Santa Clara.
Aunque no tenía autorización formal del virrey, Neve pensó que era preciso hacer algo pronto, y eligió a nueve hombres de la Tropa que tenían experiencia como agricultores y se unieron a cinco colonos de la antigua expedición de Anza. Todos ellos, con sus familias —en total 66 personas—, fueron puestos a las órdenes del teniente Moraga y enviados a fundar el nuevo pueblo que se construyó a seis kilómetros de la misión de Santa Clara. El lugar fue nombrado San José del río Guadalupe, y nació oficialmente el 29 de noviembre de 1777.
Todos los colonos recibieron semillas y material para poder labrar la tierra, así como un salario mensual de diez pesos, pero no se olvidó la protección de la nueva población, por lo que los habitantes recibieron armas con las que formar una especie de milicia [55].
El virrey, a petición de Neve, envío también 140 yeguas y 4 potros para que procrearan en las fértiles tierras que rodeaban la nueva población, lo que hicieron con un éxito casi excesivo.
Pero sin duda, la más exitosa de las acciones de Neve fue el reglamento que iba a regir la administración de la nueva provincia del Imperio Español y sustituir al elaborado por Echeveste, que en realidad no había sido otra cosa que una serie de instrucciones y órdenes para los religiosos franciscanos, a quienes beneficiaba mucho, pero no tanto a los militares y colonos, que precisaban algo diferente.
Tras casi un año de intenso trabajo, el 10 de junio de 1779 el borrador del nuevo reglamento estaba terminado y fue enviado al Comandante General de las Provincias Internas, que lo aprobó sin tocar una sola coma y tras promulgarlo informó a Madrid. Por su parte, el virrey lo aceptó y se encargó de que se cumpliera en el puerto de San Blas la parte que le afectaba.
El reglamento entró en vigor en virtud de un Real Decreto de 24 de octubre de 1781, si bien para California era de cumplimiento obligatorio desde el 1 de enero. Esta importantísima norma jurídica sería de aplicación en los cuarenta años siguientes en los que la bandera española ondeó en California. Sorprendentemente, cuando en 1848 los Estados Unidos se hicieron con el control definitivo de California, todo lo referente a las fundaciones de pueblos siguió vigente, y así fue aprobado por los tribunales de justicia norteamericanos.
Edwin Beilharz, en su biografía sobre Neve, destaca los tres apartados del reglamento y su importancia:
El primero hacía referencia al sistema financiero y trataba de que las pérdidas del tesoro se redujesen al mínimo, pues era evidente que no se podía permitir que el déficit fuese siempre en aumento. El segundo se refería a la población de California: al abastecimiento y suministro de mercancías y bienes, y al establecimiento de milicias y soldados [56]. Finalmente, se incluía un apartado dedicado a reformar el sistema de las misiones, intentando que se limitasen las enormes atribuciones de los franciscanos.
Respecto a los proyectos colonizadores, Neve no se conformó con San José y quiso seguir adelante con su idea de crear poblaciones agrícolas que suministrasen cereal a los presidios y misiones, por lo que solicitó a Croix el envío de 60 colonos. La misión de buscarlos se le encomendó al capitán Rivera, que al fin y al cabo tenía experiencia en la materia, pero la cifra, para ajustarla a las posibilidades reales se redujo a solo 24 colonos, aunque al final solo fueron 14, de los que llegaron 11 y se quedaron 8.
Rivera cruzó el mar de Cortes en diciembre de 1779 para reclutar colonos, algo que sabía era muy complicado. A esa misión se unió la de buscar mujeres que se quisieran casar con los soldados. Croix designó para acompañarle en su tarea a los tenientes Alonso Villaverde y Diego González y los alféreces Mariano Carrillo, Manuel García Ruiz y Ramón Lasso de la Vega.
Los soldados procedían de voluntarios de los presidios de Sonora con los que Neve podía guarnecer el nuevo fuerte que debía fundarse en Santa Bárbara. La tropa y los colonos marcharían a California por dos rutas. Un primer grupo cruzaría por mar entre Guaymas y Loreto y seguiría el camino por Baja California. El segundo grupo debía ir por la ruta del Colorado desde Sonora, con más de 900 caballos y muías.
El capitán Rivera contaba ahora con hombres excelentes, que habiendo servido en Sonora conocían muy bien el terreno, por lo que envió el grueso de su fuerza, unos 35 dragones de cuera con sus familias, al mando del teniente González. Luego ordenó el regreso a Tubac de una unidad de 65 hombres que les habían acompañado en el viaje, al mando del teniente Andrés Arias Caballero. El capitán, con unos 10 hombres, acampó en las márgenes del Colorado con la idea de dejar descansar al ganado, que había sufrido mucho en la marcha.
González llegó sin ningún problema a la misión de San Gabriel el 14 de julio de 1781. Con él iban los 35 soldados y las familias de 30 de ellos, pero Neve decidió esperar a la fundación de las nuevas misiones y del presidio, y a que llegaran los colonos y soldados que faltaban. Fijó como fecha para el nacimiento de los nuevos establecimientos la primavera del año siguiente.
Mientras tanto, el teniente José Zuñiga, que había reemplazado a Valverde, se había unido en Loreto con Lasso de la Vega que le esperaba con 17 soldados y sus familias. Con Zuñiga venían solo once colonos, pues los otros habían desertado.
Esta segunda columna no llegó a San Gabriel hasta el 18 de agosto, y hubo de man ya [Sic. Así en el original. N. del escaneador] que pues algunos de los niños tenían viruela. Pero Neve no cejó en sus esfuerzos y dio órdenes precisas para que se fundara el segundo pueblo.
El gobernador había escogido una planicie que le pareció muy fértil y podía regarse con el río Porciúncula, y dio instrucciones exactas al alférez Argüello para fundar el pueblo. Firme y enérgico, Neve siguió adelante con su propósito, aún a pesar de conocer la terrible noticia que le trajo un alférez malherido: Rivera había muerto y los yumas habían hecho una masacre.
El día 4 de Septiembre de 1781 procedía Argüello a delinear la plaza, hacer las suertes y distribuir los solares. La población original era de 32 almas. Aunque no todos los pobladores se mostraron satisfechos, acababa de nacer una ciudad destinada a un futuro glorioso: El Pueblo de Nuestra Señora la Reina de los Ángeles de Porciúncula, hoy conocida como Los Ángeles, una de las grandes urbes del planeta y uno de los mayores centros culturales, económicos, científicos y de entretenimiento del mundo.
Los fundadores eran en su mayoría de origen indio y español, y un buen número de estos eran mestizos o mulatos de ascendencia africana [57]. Se mantuvo como un rancho durante décadas, pero en 1820, poco antes del fin del dominio español la población había aumentado a 650 habitantes. Los restos primitivos de la ciudad se conservan como monumento histórico en la llamada Olvera Street, la parte más antigua de la ciudad.
Como bien dice Beilharz, al igual que San José, «la ciudad echó raíces firmes en el nuevo suelo, trayendo a California un nuevo elemento que no era eclesiástico ni militar. Los oficiales y los soldados del rey desaparecerían en la turbulencia de la revolución colonial contra España. Las misiones se desmoronarían en la secularización entre 1834 y 1836. Sólo la población civil, sobreviviría y florecería».
Las razones de Neve para continuar con la fundación de misiones y del presidio de Santa Bárbara eran lógicas, pues sabía que era de vital importancia si se quería que la provincia de California tuviese futuro. Tras ponerse en contacto con fray Junípero Serra en Carmel y quedar en enviarle misioneros, marchó al sur.
Viendo que no llegaban los misioneros pedidos por el gobernador, Serra decidió ir en persona a fundar la misión que llevaría el nombre de Buenaventura, y el 13 de marzo de 1782, tras detenerse brevemente para ver el nuevo poblado de los Ángeles, llegó a San Gabriel, donde se encontró con Neve. Esta vez no hubo roces y tras llegar a un acuerdo, el gobernador, Ortega y 70 soldados con sus familias marcharon para dar vida a la nueva fundación.
La zona había sido ya explorada por Ortega en 1780, y se eligió un lugar agradable, con agua, bosques y buena tierra donde el día de Pascua de Resurrección de 1782, 31 de marzo, quedó fundada la misión de San Buenaventura. Se levantó una capilla y una empalizada de madera, y dos sacerdotes veteranos, Serra y Cambón, quedaron temporalmente a cargo mientras llegaban los nuevos misioneros. Los indios colaboraron en la construcción, aunque Ortega, que no se fiaba, dejó 14 soldados de escolta asignados a la nueva misión.
Pero aún faltaba algo por hacer y Neve, tras pasar por Buenaventura y ver el progreso de los trabajos, marchó con una expedición a lo largo de la costa hasta un lugar conocido como Arroyo de la Laguna, donde tras negociar con los indios chumash y su jefe Yanolali, logró un acuerdo para que colaboraran en la edificación del nuevo presidio, que sería el cuarto de la provincia.
El 12 de abril, con la presencia de Neve y del padre Serra nacía el Real Presidio de Santa Bárbara, que en solo un mes y medio disponía de empalizada de adobe, bodega, armería, cuartel y todas las dependencias necesarias. Aunque Serra no estaba muy de acuerdo con el emplazamiento, a Neve le pareció bien y se preparó para otra tarea urgente: acabar con la rebelión de los yumas.
La guerra de Yuma
Al visitante ocasional o al turista que llega a Yuma, podría parecerle que se encuentra en un lugar seco y polvoriento, sin nada especial. Sin embargo no es así, ya que en realidad, durante los años en los que formaba parte del virreinato de Nueva España, se encontraba en un lugar de gran importancia para mantener las comunicaciones entre California y Sonora por vía terrestre.
La historia de Yuma y del comienzo de la presencia española en Arizona datan de 1669, cuando el padre Kino establecido los primeros contactos con los indios de la región, a los que desde finales del siglo XVII se consideró pacíficos y amistosos, por lo que no es de extrañar que tanto el padre Garcés como Anza, los tuvieran en cuanta como aliados, e incluso su cacique, Palma, fuese respetado por los españoles. También había por parte española una buena valoración de su territorio, que se consideraba fértil y de buen clima, algo para lo cual era necesario echarle mucha imaginación.
Lo cierto es que Garcés consideraba que Yuma era la mejor tribu del Sudoeste para predicar el mensaje de Cristo. Gracias a su intervención, el cacique Palma había sido elevado por el virrey en México al rango de «magistrado del rey» en la región.
El jefe indio pidió con insistencia que se establecieran misiones entre los poblados de la nación Yuma, pues los indios por supuesto no pensaban que los españoles fueran dioses o algo parecido, pero estaban convencidos de que disponían de reservas inagotables de ganado, comida y regalos que iban desde los espejos y los collares a las telas o los caballos [58]. El problema fue el habitual, una mezcla de suficiencia y desprecio que no tenía en cuenta las peticiones de los indios, lo que en realidad solo servía para resquebrajar ante los guerreros la autoridad del cacique. Palma llegó a pedir misioneros de forma insistente, casi desesperada —más que por la palabra de Dios por los regalos—, pues su prestigio dependía de su capacidad para demostrar a su gente que él tenía «poder» ante los hombres blancos.
Croix sabía que se trataba de algo importante y autorizó la presencia de los misioneros, pero España, a diferencia de Francia o Gran Bretaña, no tenía una política orientada al soborno y control de las tribus indias por medio de regalos y dádivas, así que las autoridades virreinales no se encontraban preparadas para llevar a cabo una política hipócrita pero eficaz que evitase la guerra en la frontera [59].
La tradicional falta de recursos de las autoridades españolas hizo que no hubiese dinero y recursos con los que mantener una política fluida de envíos de regalos y baratijas a los yumas, y las misiones no disponían de medios económicos para afrontar el problema. Sus gastos estaban limitados hasta extremos exagerados, y a este grave dilema se unió otro: la escasez de mujeres.
A la docena de dragones de cuera encargados de la custodia de las misiones se les había prohibido llevar a sus familias. Como ya había pasado en California, este hecho unido a una mala decisión sobre los derechos de los indígenas, iba a causar un gravísimo conflicto. Así, en 1780 se decidió crear dos pueblos llamados Purísima Concepción, situado en la ribera sur de la confluencia del Gila con el Colorado, y San Pedro y San Pablo Vicuñer, a unos 20 kilómetros más al norte en la ribera oeste del río. La guarnición formada por experimentados dragones de la frontera se encargó en 1781 al alférez Santiago Yslas, que tenía órdenes de proceder a la división de las aguas y las tierras entre las tres clases de personas que había en la región: soldados, colonos e indios.
Los años 1780 y 1781 fueron muy duros en el Sudoeste y los indios sufrieron mucho la gran sequía padecida por Arizona. Las autoridades debían de haber tenido mucho cuidado a la hora de repartir el agua, pues las plantaciones de los yumas se podían ver muy afectadas se les privaba de este recurso que por ley les correspondía.
Conviene no olvidar que las leyes españolas eran justas con los indios, a los que se otorgaban unos derechos inimaginables entre los ingleses, portugueses o franceses. Lo cierto es que las autoridades españolas comenzaron a advertir los problemas que podían existir si a la falta de agua se unía la ocupación ilegítima de las mejores tierras por colonos o soldados. El resultado fue que los indios se vieron privados de agua y buenos pastos, y se dañó sus cultivos sin ningún respeto a su cultura o derechos. Como resume el historiador Chapman, «los españoles pusieron poca atención a los derechos de los indios al distribuir la tierra, y el ganado pisoteó los sembrados de los y yumas».
El resto de lo que ocurrió, a pesar de haber sucedido en 1781, podía perfectamente servir como ejemplo de la estupidez y arrogancia europeas. Representa en pequeña escala un drama semejante al que iban a sufrir los británicos, franceses, portugueses o italianos en Asia y África, o los propios norteamericanos desde la masacre de Dade en Florida a Little Big Horn en Dakota. Una falta absoluta de respeto al valor, sentido común y capacidad militar de los indios [60].
Yslas no demostró ser muy competente y decidió ante las legítimas protestas de los yumas arrestar al hermano del cacique Palma, sin tener en cuenta la importancia que este tenía entre los indios y la consideración que se le debía. La situación que agravó cuando ordenó que se azotara a varios de los indios rebeldes. A esto se unió que, en la primavera de 1781, la cansada tropa del capitán Rivera llegó a la zona con sus 900 animales, entre caballos, muías y burros, a los que se dejó forrajear libremente entre los cultivos de los indios. Los yumas, indignados con toda razón, vieron cómo podía perderse su trabajo en un momento de grave sequía, condenando a sus mujeres y niños al hambre. Surgió así entre ellos una sorda y justa indignación contenida solo por las lanzas y las cueras de los jinetes presidiales, que seguían imponiendo respeto sobre sus caballos, pero a los que se odiaba ya tanto como se temía.

Cuando el grupo principal de las tropas españolas partió en dirección a California por la ruta de Colorado, las cosas parecieron calmarse, pero en realidad era demasiado tarde. Los indios, desesperados, ya no podían aguantar más y habían tomado una decisión definitiva.
En la madrugada del 17 de julio de 1781, varios centenares de yumas cayeron por sorpresa sobre las pequeñas poblaciones de San Pedro y San Pablo. No eran apaches o comanches, pero su desesperación le hizo actuar con una violencia y brutalidad inimaginable. Tras matar a golpes con mazas y macanas a todos los hombres secuestraron a las mujeres y a los niños, a quienes se llevaron a sus poblados. La iglesia fue arrasada y los padres Díaz y Moreno abatidos a golpes.
Tras el saqueo, los edificios fueron pasto de las llamas, y no quedó con vida más que un habitante del pueblo, que logró escapar para dar la alarma en toda la provincia de Sonora.
Entre tanto el cacique Palma, que no tenía ya otra elección, dirigió a un grupo de sus guerreros contra Purísima Concepción, donde todos los varones fueron masacrados. Murieron los dos sacerdotes: Barreneche, un joven sin experiencia en el territorio, y Garcés, uno de los grandes exploradores de Arizona.
Unidos los dos grupos de indios yuma, atacaron el campamento del capitán Rivera y sus dragones de cuera. Los expertos soldados de California respondieron con fría profesionalidad. Situados a caballo y en línea lanzaron una devastadora descarga con sus escopetas contra la multitud que se les venía encima, pero esta vez los indios no cedieron. Su odio se sobrepuso a su temor y cargando sobre una trinchera que habían cavado los defensores los mataron a todos a golpes. Allí cayó a sus 70 años de edad, y aún con el grado de capitán, el agrio y duro Fernando de Rivera y Moncada, hombre complejo y cargado de defectos, que a pesar de todo supo morir fiel al código de honor que representaba ser un soldado español.
Pero si la historia del final de Rivera es digna de elogio, más aún lo es la del alférez Cayetano Limón, que fue quien avisó a Neve de lo que estaba ocurriendo.
Limón que debía de tener cerca de los cincuenta años y era hijo de un dragón de cuera, debía regresar a Sonora desde California si Neve no ordenaba otra cosa. En esta tarea partió con rumbo al sur, pero cerca de Yuma se encontró con un grupo de indios por los que supo que los yumas estaban alzados en armas. A pesar de imaginar lo que había ocurrido, prefirió arriesgarse. Con su hijo y dos hombres al cuidado del bagaje que llevaban, avanzó y penetró en el territorio indio para averiguar lo sucedido.
Cuando llegó a Yuma los incendios se habían apagado y no encontró otra cosa que cadáveres y restos de la destrucción sufrida por la población. Las casas habían sido saqueadas y arrasadas hasta sus cimientos. No había rastro de los niños ni de las mujeres y el cuerpo del padre Moreno estaba decapitado. Horrorizado, comprendió que debía volver a California y advertir a los misioneros y colonos, pero la cosa no iba a ser fácil, pues los indios les habían descubierto.
Durante dos días los cuatro españoles combatieron desde el amanecer hasta el anochecer, superando trampas y emboscadas en las que perdieron el ganado. Cayeron dos dragones de cuera en la lucha, y solo quedaron Limón y su hijo. Ambos, cubiertos de heridas, alcanzaron finalmente las avanzadas españolas en California, y pudieron informar a Neve el 30 de agosto de 1781.
Sin embargo, a pesar de la hazaña de Limón, hubo un superviviente en la matanza de Vicuñer que había advertido a los vigilantes de la frontera, por lo que Croix dispuso de inmediato una expedición de castigo contra los yumas, y ordenó a Fages que se uniese a Neve con todo lo que tuviese disponible para pacificar el oeste de Arizona.
Esta vez la campaña implicó a tropas del interior de México y fue a gran escala. Las tropas de Sonora debían esperar a los californios en el río Colorado para atrapar a los yumas en dos frentes. Olvidando sus continuas discusiones con el padre Serra, que ya conocía el nuevo reglamento y no paraba de quejarse, Neve partió a unirse a las tropas de Fages, con las que se encontró en la última semana de agosto de 1782, para avanzar juntos. Pero el destino les tenía reservada una sorpresa.
A principios de septiembre un correo los encontró antes de que alcanzaran las riveras del Colorado. Aunque las cartas estaban firmadas hacía ya tres meses, la situación había impedido que se les notificaran las órdenes reales por las que ambos eran ascendidos al rango de coronel. Neves había sido nombrado inspector general de las Provincias Internas y Fages gobernador de California.
Por lo tanto, en medio del desolado y remoto lugar entre las fronteras actuales de California y Arizona, ambos militares se despidieron para siempre, pues nunca se volverían a ver. Neve partió con dirección al Colorado, donde le esperaba aún un importante trabajo que hacer, y Fages hacia San Gabriel y Monterrey.
El nuevo inspector general tenía todavía una misión pendiente y a pesar de su nombramiento siguió con los planes previstos. Se reunió con sus 60 dragones de cuera en la orilla del Colorado y con el capitán José Romeu, un catalán que le esperaba al mando de 108 dragones del Regimiento Provincial de Sonora. Romeu llevaba incluso un cañón, y le acompañaban más de dos mil indios aliados cuya valía combativa era dudosa, pero hacían bulto para poder cubrir una zona lo más amplia posible.
La campaña que siguió fue un fiasco. Lo mejor del ejército virreinal estaba en campaña en Luisiana, Florida o Nicaragua, combatiendo contra los británicos, y nadie tenía intención de prestar atención a un grupo de indios desharrapados en el límite norte de una frontera olvidada. No había un objetivo claro, el territorio a cubrir era inmenso y el enemigo no tenía consistencia.
Tras varias semanas vagando por el desierto, y salvo una pequeña escaramuza, no hubo combates de importancia ni nada que ocupar, excepto una polvorienta ranchería. Neve ordenó la retirada y la zona se perdió definitivamente al quedar cortada la ruta de Anza. Si bien las unidades militares siguieron patrullando el desierto, las expediciones civiles abandonaron el camino del Colorado para siempre.
Las consecuencias de la matanza de Yuma fueron por lo tanto de gran importancia, pues al cerrar la vía terrestre a California, este territorio quedó aislado en la práctica. Para llegar hasta la lejana provincia era preciso hacer un largo viaje por mar, lo que detuvo la llegada masiva de colonos y decidió su futuro.
Felipe de Neve, gran gobernador y hombre de indudable genio y valía, continuó su brillante carrera en México, pero nunca más volvió a California. En febrero de 1783 fue de nuevo ascendido al cargo de comandante general de las Provincias Internas en lugar de Croix, el puesto más importante de la Nueva España después del virrey. Ascendido a brigadier, fue recompensado con la Cruz de Carlos III en mérito a sus servicios.
El 21 de agosto de 1784 falleció en el estado de Chihuahua, una semana antes de que fray Junípero Serra le siguiera a la tumba en Carmel.